lunes, 20 de marzo de 2017

El buen rolllista

Podía haber tomado cualquier otro camino en la Medicina: los había visto de todos los colores en los veinticinco años que llevaba con el fonendo colgado del cuello. Podía haber escogido la senda de los elefantes cabreados con su sino, que ven en la señora y el señor sentados al otro lado de la mesa el enemigo que busca sus puntos débiles para torpedear bajo la línea de flotación al sistema sanitario. 

Podía haber optado por la búsqueda de El Dorado de las dietas hipohuracanadas y ultramineralizadas, de las espaldas agujereadas como acericos orientales buscando las líneas electromagnéticas que se alineen con el Yang hepatico, de las bolitas azucaradas con la memoria de la memoria de la memoria de los primeros apóstoles. 

Podía haber recorrido las moquetas mullidas, allá donde las batas sirven de pretexto a conciencias que no quieren olvidar orígenes que no consiguen recordar. Podía haber pasado por este mundo de los sufrimientos y alegrías de la vida completamente desapercibido, como la cara del cobrador del recibo del gas, como la lluvia sobre los bancos del parque. 

Pero él no. El había tomado la decisión de ser el adalid del buen rollismo, un profeta del humanismo, un gurú de la bondad primigenia, al que se le queda cara de gilipollas si la maldad decide asomar las narices por su consulta. Había decidido sonreír, acercarse, tocar, comprender, empatizar y epatizar al mismo tiempo. Había decidido no ser lluvia en el parque, sino ser tsunami acaparador y hasta empalagoso. Lo que decíamos, un buen rolllista. 

Y como tal, llegaba cada mañanas sonriendo en su coche que todo el mundo en el pueblo conocía, saludaba, sonreía, bromeaba, alborotaba el pelo de los niños, piropeaba a las nonagenarias y le faltaba dar un salto lateral y entrechocar sus talones para ser el jodido Bob Esponja después de comerse una cangreburguer. 

Pero, ay, el buen rolllista olvida que la vida es machacona e impertinente, como Calamardo, y que cualquiera puede tener un mal día. Así que aquella mañana se levanta hasta la puerta de la consulta inquieto, con esa rara inquietud que al resto de los mortales nos hace presagiar el desastre, y que él, desde su nido del águila Zen, confunde con gases matutinos. 

Entonces se sienta junto al primer paciente, que cruza sus brazos sobre sus ciento veinte kilos que contienen unos bronquios de usar y tirar, y le escucha decir:

-Algo tiene que hacer para quitarme esta tos y esta mucosidad que tengo por la mañana. Póngame penicilina o lo que sea pero algo tiene que hacer para quitármela. 

El buen rolllista procesa el speech a través de su filtro de colores pastel, pero un pequeño tic en el ojo le dice que algo no está tan bien engrasado en la máquina de buen rollo como suele ser habitual. Sin embargo hace dos suspiros profundos con efecto de patada sobre máquina atascada, y el buen rollo vuelve a fluir, quizás un pelín distorsionado, para explicar el concepto de cronicidad, tan de moda en estos tiempos, y los peligros del mal uso del arsenal antimicrobiano. La consulta se resuelve con un tiro al poste y dos palmaditas acompañantes hasta la puerta, y deja paso al caballero emigrante de las tierras centroeuropeas, que entre patadas al diccionario y circunloquios, intenta hacer cuadrar su vulgar lumbalgia con unos "reumáticos" muy altos que tuvo a los veinte años y una hermana a la que una poliartritis la llevó a una toracotomia abierta en busca de un cáncer pulmonar que quedó en unos agujeros en los pulmones. 

El buen rolllista ve palmariamente como la máquina de buen rollo echa humo como la locomotora de Buster Keaton, y a falta de espejo en la consulta, trata de imaginarse la cara de gilipollas que se le debe estar quedando con el discurso. El tic del ojo amenaza con parecerse al de Encalna de Noche y el batiburrillo se resuelve con una cita para hacerse una analítica que valore si de aquellos "reumáticos" vienen estos lodos. 

Esta vez se toma unos minutos antes de volver a abrir la puerta. El humo y el olor a quemado de la máquina del buen rollo empiezan a llenar la atmósfera y la puerta se da ya un cierto aire a la de chiqueros de Las Ventas. El tercer paciente y su querida señora se sientan muy formales junto a él, tras haberse dado todos elegantes apretones de manos. El buen rolllista está inquieto en el sillón. 

-Ayer estuve en el urólogo. Me ha dicho que de mi próstata estoy fenomenal, pero que cree que 156 de colesterol malo es un poco alto para tomar solo 10 miligramos de Simvastatina. Me ha dicho que te lo comente para que me pongas algo más fuerte. 

El buen rolllista definitivamente está de una mala leche que alucina. En su fuero interno se está acordando de los muertos de todos los emperadores de la dinastía Ming, de los de la tía política del que inventó el mindfulness y hasta de los del jodido doctor Sachs. Advierte que los temblores son ilusorios porque si no lo fueran los pacientes creerían que le estaba dando un ataque epiléptico, y no puede evitar soltar un par de recuerdos cariñosos hacia el amable compañero tan preocupado por la prevención primaria de eventos cardiovasculares del portador de aquella próstata tan saludable, y se vuelve a enzarzar en el discurso de las decisiones compartidas, los beneficios y riesgos y etcétera, etcétera, interrumpidos por un par de formales "no, si yo hago lo que tú me digas, que para eso eres mi médico", que terminan por llevarse por el desagüe los restos de buen rollismo para aquel día, un día que, como muy bien definiría en su momento el bueno de Murphy, siempre podría ser susceptible de empeorar. 


Y es que hay días. 













lunes, 13 de marzo de 2017

Cuidar

- No sabes lo que es que suene el timbre, vayas a la habitación y te pidan algo tan absolutamente normal como que les rasques la frente. 

La enfermera lleva un par de semanas habituándose a su nuevo destino. Ha llegado como un bálsamo para curar ásperas heridas, las que empezaban a dejar cicatrices en la vocación y en el ánimo. Un clavo ardiente para salir de una ciénaga donde alguien la habia empujado sin comerlo ni beberlo. Ha pasado unos meses mordiéndose los labios de rabia por la sensación de fracaso, de derrota inaceptable para un espíritu como el suyo. Pero finalmente se ha sentido como esos náufragos que, agotados, deciden dejar de mover los brazos aunque ello suponga hundirse sin remedio: aliviada. 

Aun así sabe que es una persona afortunada, al menos tiene la opción de volver a sacar la cabeza del agua. A otras muchas compañeras solo les resta dejarse llevar por la corriente e intentar sobrevivir. 

Los principios guardan siempre terrores nocturnos y horas de insomnio. Así ha sido y será siempre. Y ella el insomnio lo lleva fatal, tan mal que le cuesta no caer en la tentación de los lorazepanes. Pero los caminos parecen menos aterradores cuando empiezan a recorrerse. Los primeros días son de tanteo, con un deje de frustración, un querer llegar a todo y una desagradable sensación de torpeza que no es más que el desconocimiento de las rutinas y las convulsiones del día a día. 

No es fácil entendernos a los sanitarios. Hacen falta dosis veterinarias de comprensión y empatía. Llegar a casa agotada y con ganas de hablar, buscando en la escucha el truco de magia que ayude a parar el temblor de las piernas. No es fácil entendernos, no. Las historias se precipitan una de tras de la otra, cada cual más absurda, cada cual más terrible, cada cual más ridículamente normal: una caída de la cama, un accidente de tráfico, una caída de la silla. Una madre, un joven, un abuelo, una hippie, un ejecutivo. 

La razón sujeta al corazón y le pide algo de sosiego. Los relatos superan a las personas y eso es un error a corregir. Y la enfermera se propone hacerlo, porque lo que hay allí, en esas habitaciones, esperando sentir sus dedos rascando sus frentes, son personas. 

-  Dos veces en semana les damos un baño completo en la bañera. Yo me encargo de lavarles el pelo. Les enjabono y les froto la cabeza dándoles un masaje y siento cómo les gusta y les relaja. Es un momento increíble. 

¡Qué difícil es entender a los sanitarios! El que escucha a la enfermera tiene un nudo en la garganta y los malditos ojos de tierno irredento a punto de delatarle, aunque ya le quedan pocos recovecos que mostrarla. Entonces ambos hablan de lo hermosas que pueden llegar a ser sus profesiones, de lo místico en que puede convertirse cuidar, de la fortuna que manejan entre los dos, auténticas megaestrellas de Wall Street que nunca sufrirán una OPA hostil. 


Los días seguirán religiosamente a las noches, como está mandado. Las camas se irán llenando y con el paso del tiempo, vaciando, para volver a llenarse en la ruleta loca y azarosa en la que se mueven nuestras vidas, todas las vidas. La mucosidad atascará las traqueos, las úlceras amenazaran con devorar los sacros. El ánimo subirá y bajará como el Dragón Khan y a los veranos seguirán las navidades, y a la vida, la muerte, faltaría más. Y allí, en esas plantas donde, como en un museo, se concentran en pocos metros y en pocos meses, retazos, muestras de todas esas verdades inevitables de la vida, allí seguirán cuidando todas esas raras personas tan difíciles de entender por el común de los mortales. 

¡Qué orgullosa estaría de ti Florence Nightingale! 









lunes, 6 de marzo de 2017

Yasmine

Yasmine tiene catorce. Está sentada en la sala de espera de las consultas junto a una de las maestras del instituto. Hace unos minutos estaban ambas ante las mesas de la administrativas solicitando ser atendidas por alguno de los médicos. Ya saben que no le corresponde; aunque va al instituto del pueblo donde está el centro de salud, ella vive en el pueblo de al lado. Pero no puede llamar a sus padres para que vengan a recogerla, ahora no, no después de haberse decidido por fin a contarlo todo. En las sillas aún hay mucha gente, sobre todo gente mayor. Algunos le lanzan miradas de reojo. Ella mantiene las manos sobre las rodillas y la vista fija en el suelo. Lleva vaqueros desgastados, unas zapatillas deportivas blancas y un jersey de cuello alto de lana gruesa. Se siente a gusto con el hijab, aunque nota que capta la atención de los aburridos pacientes. Es lo habitual. 


Las cabezas se giran al unísono hacia la médica que se asoma por la puerta con la lista en la mano. Pronuncia un nombre y como solo consigue que se miren unos a otros, canta el nombre de un segundo agraciado que, esta vez sí, se levanta presuroso entre la envidia de la concurrencia que retorna a sus cuchicheos, sus móviles y sus cotilleos de salón. 


Yasmine llegó hace cuatro años. Sus dos tíos se habían adelantado a su padre y en cuanto estuvieron medio instalados, convencieron a su hermano pequeño para que se les uniera. Le encontraron un trabajo y una casa en el mismo pueblo que ellos, y la familia volvió a reunirse con la pena de dejar atrás a sus padres, que se negaban en redondo a abandonar su aldea y sus vecinos. Pero ellos eran jóvenes y emprendedores y es demasiado lo que ofrece la vieja Europa como para negarse a intentarlo. 

Los dos primeros años de colegio fueron duros, pero los niños son camaleónicos y logran, con ese mimetismo infantil, adaptarse a la lengua, las costumbres, las risas y los juegos. Yasmine no era la primera niña inmigrante del pueblo ni del colegio, y no le costó hacerse amigas. Pero a los doce años tenía que empezar el instituto, y las cosas cambiaron de la noche a la mañana. Se convirtió en una mujer. Y ahora por fin estaba allí, en la sala de espera, con su profesora sentada junto a ella en un silencio bastante incómodo y opresivo. 


La puerta vuelve a abrirse y cerrarse, a abrirse y cerrarse, y las sillas van vaciándose, hasta que ya solo quedan ellas dos frente a la puerta cerrada. Está nerviosa sin poder evitarlo. En realidad lleva unos meses dándole vueltas a la cabeza. No ha sido fácil. Hasta hace poco jamás se le hubiera pasado por la imaginación. Hasta que conoció a Emma. En realidad habían estado juntas en la misma clase desde que empezaron el instituto, pero el primer año es raro, un paso forzado de la infancia a la adolescencia, doce años tiernos y atemorizados, descolocados lejos de sus colegios, de sus profesores, de sus pueblos. Las clases se conforman en grupos cerrados que garantizan cierto sentido de protección. Pero el segundo año los miedos se van diluyendo, los grupos se funden y dispersan como si estuvieran hechos de barro y cayera sobre ellos un aguacero. Y en aquella mezcla, descubrió a Emma, una niña esbelta, risueña, con una enorme rareza impropia de aquella edad, una sobrenatural capacidad para escuchar. Es imposible resistirse a quien es capaz de escucharte. Y Yasmine tampoco estaba dispuesta a oponer mucha resistencia. 


Las confesiones generan vínculos profundos, y las revelaciones de Yasmine provocaron lágrimas en Emma de rabia y de una enorme y amarga frustración. Las cosas no siguieron un plan premeditado, simplemente fluyeron en los pensamientos de ambas hasta que aquella mañana por fin habían
reventado y juntas habían pedido ir a hablar con la directora. Y después el relato allá en el despacho casi sin respirar, mientras Emma la miraba en silencio, ejerciendo su don de escuchante con plenas capacidades. 


La médica vuelve a salir y la última paciente se despide de ella en la puerta con una mirada breve había la adolescente del velo y la cabeza gacha. La profesora se pone en pie y Yasmine la imita, pero se acerca a la puerta permaneciendo detrás de ella. Cuando pasa junto a la médica, alza la vista y ve que la está sonriendo. Entonces le devuelve la sonrisa y con ella se desprende una losa de granito de encima del pecho. 

Yasmine deletrea su apellido como está acostumbrada a hacer en los últimos cuatro años. Observa teclear a la médica y espera sus preguntas mientras advierte cómo repasa su historial. No hay gran cosa, no tiene mucho tiempo para pensar en enfermedades. No sabe cómo lo contará, pero sabe que ya no está dispuesta a callar ni un minuto más. Le gusta que le pregunte ¿en qué puedo ayudarte? Sonríe con timidez y simplemente empieza a hablar. Cuenta el infierno en el que se ha convertido su vida en los últimos dos años, relata las palizas de su padre y sus hermanos, los golpes en la espalda y en las piernas con los cables, el miedo a no prepar bien la comida, a no haber limpiado lo suficiente la casa, a disgustar de cualquiera de las maneras imaginables a los cuatro hombres a los que está obligada a atender. 

Detrás de una cortina, enseña a la médica las marcas moradas atravesando los muslos y la espalda, y llora de dolor y de vergüenza cuando ella palpa los verdugones suavemente con sus dedos.  Su madre esta enferma, pero la enfermedad la ha vuelto egoísta y cruel, y pasa el día ordenándola cosas, reprochándola su torpeza, justificando las palizas. 

No queda mucho más que contar. Se da cuenta de que la atmósfera que se ha creado en la consulta parece la de un día plomizo de invierno, como si estuviera a punto de ponerse a llover, como si las 
tres desearan que se pusiera a diluviar y poder así llorar desconsoladamente para quedarse a gusto, y es que no sabemos por qué, pero la pena parece digerirse mejor cuando puede materializarse aunque sea solo en lágrimas. 

Yasmine sabe que no hay vuelta atrás. Sabe que nunca volverá a ser como antes. Tendrá que esperar a que la lleven a algún otro lugar, a cualquier otro lugar. Puede que tarde un tiempo en volver a ver a Emma, en realidad es la única persona a la que querría seguir viendo. Pero ambas se despidieron cuando salieron del despacho de la directora, con la inevitabilidad de la separación, sabiendo, aunque odiaran la idea, que podría ser para siempre. 

Las fotos pertenecen a la campaña "Algunas marcas nunca se quitan" de la organización Innocence in danger, contra el maltrato infantil.