lunes, 25 de mayo de 2015

Otra vez a perder el partido, sin tocar el balón...

Escribir una entrada en una noche electoral, una entrada que no leerá nadie, salvo mi mujer y mis residentes, entregadas ellas en mis brazos literarios por motivos diferentes, pero en cualquier caso igual de nobles.
Escribir mientras aún se resisten los últimos escrutinios, mientras algunas familias sientes peligrar sus  trabajos, encadenados vulgarmente a la simpatía de los que todo lo pueden, y de repente dejan de poderlo todo. Personas que han vivido pegadas a un móvil, a una agenda, haciendo kilómetros en coches oficiales y recordando al oído del interfecto el nombre de ese señor encorbatado que se acerca a darle la mano.
Escribir, en fin, desde el pellejo de un medico de pueblo, cada vez mas viejo y menos sabio, que purgó afinidades políticas hace años, y que lleva una vida significándose, aunque no debe hacerlo tan bien cuando aún alguien le mira descolodado cuando le habla en pelotas sobre sus ideas y convicciones.
Escribir es vivir, aunque como decía uno de mis maestros, la vida se me va con lo que escribo. Pero la vida se nos va entre los dedos como la arena, queramos o no, así que, si somos capaces, sembremos de alguna palabra hermosa el reguero que nos llevará hasta la muerte.

Recuerdo a una joven llorando en mi consulta, hace años. La recuerdo con sus enormes ojos claros, perdonen ustedes mi daltonismo para no ser más explícito, como grifos inagotables, contándole a su entonces más joven médico de cabecera cómo en el ayuntamiento en que trabajaba la maltrataban, como la arrinconaban en una habitación horrible sin ventanas, donde consumía su jornada laboral hasta que el amargor le quemaba la garganta, mientras se tragaba las lágrimas que luego dejaba desbordar libremente en mi consulta.

Yo la dejaba llorar mientras la proporcionaba pañuelos de papel porque aquel vendaval de sentimientos aún me pillaba con mi corteza de psicólogo un poco tierna, y la explicaba un discurso que había perfeccionado bastante acerca de una balanza entre nuestros recursos y lo que la vida nos trae, un discurso que me sonaba vacío pero que era lo poco que tenía entonces que ofrecer. Y al final ella sonreía mientras se sonaba los mocos, y yo la arropaba con mi capa de empatía de médico de cabecera y notaba que ella se sentía a gusto allí debajo.

Y los días pasaron hasta que llegaron otras elecciones municipales y los blancos fueron negros, y los negros blancos, y aquella joven del despacho sin ventanas se convirtió en concejala, y después en alcaldesa. Y no sé si alguna vez ella relegó a alguien a un despacho sin ventanas a tragar hiel, porque yo abandoné ese pueblo donde consumí siete años de mi vida y donde estuve a punto de dejarme la vocación.

Recuerdo a un alcalde que quería que el médico, el cura y él, formasen un trío de mosqueteros "como los de antes", un alcalde añorante de tiempos pretéritos, de pareja de Guardia Civil con capote y carajillo matutino en el bar del pueblo, quién sabe si cacería en el coto. Pero este medicucho nuevo no quiere esos sones, no ha venido al despacho a rendir pleitesía. La juventud se pierde, ¡ay, cómo se pierde!

Y recuerdo a un cura alto, con acento andaluz y sotana negra de mil botones, un cura que nunca pedía cita para su madre, siempre se presentaba al final de la consulta con una sonrisa de disculpa y una queja poco misericorde hacia alguno de los fieles, que le hacían el vacío como si todos se hubieran convertido al luteranismo, porque se le ocurrió cantarles las cuarenta en bastos, y eso en un pueblo pequeño no se perdona.

Y aquel curita, al que no echaron al pilón porque no usaba cleryman, y la sotana aún retiene su iconografía mítica e inviolable salvo en revoluciones, que no era el caso, se atreve a decirle a ese alcalde que "las ovejas se las manda el Señor, pero los amigo los eligo yo". Y semejante desplante termina siendo su ruina, porque el que manda durante muchos años, cuando manda, manda, y un traslado a su tierra es lo mejor para todos.


Recuerdo una alcaldesa que viene mi primer día a la consulta para ponerse a mi disposición, lo que agradezco caballeroso, y asombrado por los contrastes. Y que, respetuosa, me invita a la inauguración del nuevo consultorio, que han criticado la otra mitad del pueblo, pero que yo agradezco después de haber estado durante un año pasando consulta en una habitación de una casa, con una lámpara redonda en el techo, una camilla detrás de una puerta y una ventana abierta a un callejón. Y allí acudo con mis dos hijos (los que tenía entonces) y la gente cariñosa los agasaja, los pellizca los mofletes y los besuquea, y los pobres aguantan con una paciencia que solo puede recompensar unas cuantas chuches.


Recuerdo aquel día en que, ya en el consultorio moderno y luminoso, la alcaldesa me pregunta tímida si quiero salir a saludar a una preboste que ha tenido a bien ir a pasear por el pueblo a ver sus logros. Y yo acepto educadamente, y allá que nos vamos el enfermero y yo a plantarla dos besos, sin saber que en un futuro próximo acumularía tanto poder, y tanto sobre nuestras vidas.


Así es la política para un médico de pueblo. Partidos que se pierden o se ganan, quien sabe, pero eso sí, sin tocar el balón. Somos malos jugadores, o hay otros mejores que nosotros, o simplemente, no estamos a este partido.

Escribir un post en una noche electoral. En fin. Querida esposa, encantadoras residentes mías, espero que os haya gustado.


Por escribir esas frases que tanto nos inspiran a los mortales, el maestro Joaquín.




lunes, 18 de mayo de 2015

Hijos de un dios menor

Vuelve a ser esta una historia de precariedades, en esta ocasión de precariedades testosterónicas, que parecen doler menos, pero también están ahí, y que, al fin y al cabo, fueron las que me tocaron lidiar en su día. Azares cromosómicos, debe ser.

Andaba yo trasteando en mi primer año post-residencia, un año dedicado a folgar en su máxima expresión. Sustentaba tan digna aspiración en un trabajo a dedicación plena como médico en un equipo deportivo, combinado con unas guardias nocturnas pateando los madriles con un vehículo a motor (a Dios gracias) pero solitario como la madre que lo parió, que me llevaba de universo en universo domiciliario a la hora de las putas y los infartos de miocardio.

Para rematar la faena, que la folganza requiere buena bolsa, estaban todos esos apaños que nos iban saliendo sustituyendo  a esa generación de entre los nuestros que, por circunstancias históricas, se habían dejado los lomos inventandose la primaria y a ellos mismos y podían al fin disfrutar de sus merecidas  vacaciones, moscosos y bajas variadas, contribuyendo así a mantener el mínimo nivel de empleo entre los jóvenes recién entitulados. 

Como dijo el cabronazo de Dickens (perdón por el insulto, pero es que jode que se le hayan ocurrido a él antes las mejores frases) era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Cero de responsabilidades y una cabeza hueca es lo que tienen. 

Aquella Navidad venía a reventar de una gripe pesada y extendida que mantenía un flujo en las consultas cansino y eternizante. Y cuando finalizaban, las administrativas sonrientes te acercaban tres o cuatro papelillos escritos con boli BIC que me costaba entender. Mi mejor amigo y yo sustituíamos a dos compañeros en el Centro de Salud del casco antiguo. La población que sobrevivía a la invasión de tiendas de souvenirs acumulaba años y deterioro (físico y cognitivo) y tendían a mimetizarse con la historia de las piedras sobre las que vivían. 

Nunca me desagradaron las visitas domiciliarías. Al contrario, me daban una sensación de desnudez, de regreso a la sencillez de la Medicina que me enternecía y me apasionaba. Y eso que hay una corriente vergonzosa dentro de nuestro gremio a  rechazarlos, o a cargarlos en otros, urgencias, unidades hospitalarias, compañeros por turno. Una lástima y una deshonra, pero es lo que hay. 

Así que aquella mañana, pastosa y húmeda, el final de la consulta prometía patear empedrados y recetar paracetamoles. Como terminamos más o menos al mismo tiempo, y compartíamos parte del camino, decidimos salir juntos por aquello de un ratito de risas y chanzas que teníamos por costumbre entre nosotros. El primer aviso de mi amigo era una casa situada a unos cien metros de Centro. Nos extrañó la cercanía pero presumimos serios problemas de movilidad, y como estaba tan cerca, decidí acompañarle. 

Nos abrió la puerta una joven veinteañera que nos explicó que el enfermo era su hermano de diecisiete años (igual eran dieciocho pero no creo que afecte la  veracidad del relato). Las miradas que nos cruzamos mi amigo y yo fueron suficientemente significativas como para que no pasasen desapercibidas por aquella joven, pero no dijimos nada. 

Llegamos a la habitación y un adolescente estaba plácidamente descansando en el lecho del dolor. Se desesperezó al vernos y mi amigo inicio su intervención salvadora. En un arrebato  muy propio de su cachaza (un día le dedicaré un post entero, o mejor un libro, que es lo que se merece) pidió una cuchara y una linterna, como si éste fuera un útil presente en todas las casas en los cajones de la cocina (tiempos antiguos aquellos sin móviles con luces incorporadas: ¿existieron alguna vez?)

Como era de esperar no tenían linterna y tuvimos que desenroscar la tulipa de la lámpara de la mesilla, y con ella en ristre le iluminaba las fauces mientras mi amigo  le deprimía la lengua con el mango de la cuchara. Sí, vale, éramos los Pepe Gotera y Otilio de los médicos de familia. 

Prescrito el oportuno antibiótico para luchar bravamente contra tamaño exhudado purulento, nos íbamos con viento fresco cuando, ya en la puerta, se me ocurre hacer un comentario más que naif sobre priorizar la visitas domiciliarías a los ancianos tan necesitados en aquella época del año, instando a jóvenes fuertes en la flor de la edad a acercarse en cualquier momento a unas instalaciones distantes la friolera de un hectómetro. 


No recuerdo como siguió aquella mañana ni las siguientes. Pero uno de aquellos días, mientras contestaba amablemente al interés de los pacientes por el destino de su médico de cabecera y trataba de superar su desconfianza hacia aquel chavalillo mal peinado con mi atractivo personal (o sea, malamente), entraron en la consulta un matrimonio de mediana edad, es decir, que la mediana de su edad estaría por los cincuenta  y tantos. Trajeado él y enjoyada ella, pero con un gesto adusto que no presagiaba precisamente empatías varias. 

- Usted no sabe quién soy yo - me soltó antes de que abriera la boca. 
- Pues ni idea, la verdad - y es que era la verdad. Ni puñetera idea, aunque la frase y el aspecto dibujaban en mi imaginación un comisario de la política de Franco. O un delegado del movimiento recién salido de la Adoración Perpetua con su mujer. 

Creo que mi nada fingida ignorancia le calentó más de lo que venía, tal vez porque cuando uno se cree importante asume mal que los insignificantes no les conozcamos, y debió interpretar mi ignorancia como un gesto de chulería. Infundado, aunque me hubiera encantado. 

Pues resulta que semejante matón era el papá de la tierna criaturita que había investigado sobre qué especie de animal sin sentimientos había hecho comentarios desagradables y maleducados a sus rorros, precisamente en aquella situación de desamparo y enfermedad. 

Son esos momentos en que si llego a tener a mano unas lagrimitas artificiales me hubiera instilado a chorro cada ojo para que no me ardieran de lo ojiplaticos que los tenía. La realidad estaba tan desvirtuada que me costaba localizar el desplante, pero cuando ya no me cupo la menor duda, intenté desinflar aquel basilisco explicándole el tono y el contenido de la famosa "reprimenda". 

No agachar la cabeza y reconocer mi error le enervo aún más y las frases finales fueron de lo más encantadoras: 
- Dígame su nombre y apellidos que me voy a encargar de que tenga usted muy difícil trabajar en esta provincia! 

Por aquel entonces empezaba yo a repasar mentalmente las fotos del Hola de la familia real por si acaso se me había ocurrido molestar a algún cuñado importante. Pero como no era capaz de ubicar al menda, me dispuse a zanjar el rapapolvo ahora ya sí con un punto de chulería. Ya que me defenestraban, al menos por mi parte que fuera con estilo. 

- Lo que hice y en la forma que lo hice lo volvería a hacer en las mismas circunstancias. Puede usted pedir la hoja de reclamaciones a las administrativas antes de irse. Buenos días. 

Se levantaron y se marcharon envueltos en aires de ofensas y con la mala educación de dejar la puerta abierta. 

Fui a buscar a mi amigo, que pasaba consulta un piso por encima mío. Cuando le conté el sucedido, sonreía pícaramente y me confesó: 

- Te he vendido, amigo. Era el concejal de Urbanismo y como me estoy haciendo la casa en el casco, no he querido meterme no sea que me pare las obras. 

Nos descojonamos durante un buen rato porque entre nosotros no cabían los malos rollos, ni en su corazón la más mínima maldad hacia mi. El era así. 

Yo nunca volví a ver a ese energúmeno. Ni siquiera rellenó la hoja de reclamación, seguro de que tendría otros medios más dañinos de hacérmelo pagar. Pero yo seguí maltrabajando sin noticias de ese Gurb postfranquista ni de su maldición gitana. 

Pero los azares del destino, azarosos son, que diría el disléxico de Joda, y muchos años después, aquel jovenzuelo blandurrio fue encumbrado por la meritocracia de su partido a un cargo en mis servicio de salud, desde el cual sistemáticamente cumplió su venganza, claro que sin comerlo ni beberlo, la extendió atómicamente como un Hiroshima  sanitario. 

Lidiar con politicastros es un mal necesario para los médicos de cabecera. Sobre todo para los médicos rurales, las relaciones a veces se estrechan y en las distancias cortas todos olemos, unos mejor y otros peor. Eliminar la dependencia de las autoridades locales fue en muchas ocasiones un avance, pues la auténtica Medicina sólo se puede y se debe hacer desde la total autonomía.

Luego somos humanos, tenemos nuestras filias y nuestras fobias, pero la inmensa mayoría de nosotros tenemos la gallardía de reconocerlo, y, olvidando siglas y colores, al fin los humanos devienen a su condición de tales y allí deben encontrar a su médico de cabecera.

Por otro lado, se discute mucho sobre la rigidez contractual de nuestro sistema sanitario, presuponiéndola un problema, y tal vez lo sea. Pero sustituirla por contratos de mierda que te impiden llevar la cabeza alta (por el cansancio y la necesidad perpetua de estar mirando la cuenta corriente) no debe ser el camino. La estabilidad laboral es imprescindible, desde luego por múltiples motivos sanitarios, tanto de la población como de los propios trabajadores, y también es necesaria para mandar a freír puñetas a determinados fanfarrones, aunque, a sus ojos, seamos hijos de un dios menor.




(fotograma de la película Hijos de un dios menor, de 1986, con William Hurt y Matlin)

PD: la precariedad es una lacra. Seguiremos informando, aunque nos quede sólo la narrativa

Os adjunto el enlace al Manifiesto en contra de la precariedad laboral sanitaria, un punto de partida de los profesionales implicados en la salud de la población, una postura por encima de intereses políticos, cuyo único fin es hacer visible un problema que, con otros que también se ponen negro sobre blanco en el escrito, ponen en riesgo un sistema hasta el momento vertebrador de la sociedad  y garante de la equidad. Quien lo crea oportuno, puede adherirse al m mismo. Os garantizo que ha nacido de la buena fe.

Gracias a Juan Gérvas y a Joan Carles March por sus aportaciones (y la infinita paciencia de soportarme alguna que otra vez)







domingo, 10 de mayo de 2015

Lo he tenido fácil.

Yo vengo lo que se dice de una familia bien, de orden. De esas en las que el padre mete el voto en el sobre a sus hijos y se van a Misa luego todos juntos después de llevarlos a las urnas. Y no nos los llevaba él porque las leyes sin pies ni cabeza se lo prohibían, algo según él, vergonzoso, que duda cabe.

Tuve una niñez y una adolescencia en mi pequeña ciudad de provincias de faldita de tablas, carpetas forradas con Leonardo di Caprio y mensajitos escritos (sí, en papel, alguna vez fueron así) de los guapitos de la clase. Bueno, y algún besito, sin que entremos en escala de castidades. 

Pero tuve la suerte de que en mi ciudad no se podía estudiar Medicina, así que me fui a la capital con enorme pena de parte de mis padres que hasta me hicieron la matrícula y me encontraron una residencia acorde a mi fachada de señorita provinciana. Y aquello fue el acabose. Descubrí las fiestas, las manifestaciones, las cafeterías de las facultades, y, en fin, la libertad sexual y el derecho, el mío, a disponer de ella. Fue la repera. 

Pero una vez repuesta del huracán de novedades, con un saco de suspensos, y la amenaza de dos hostias bien dadas de parte de un padre que jamás me había puesto una mano encima, saqué la cabeza del culo y me lié a estudiar como una loca. Fue sólo un año perdido, o ganado, ahora que lo veo en perspectiva.   

El caso es que el esfuerzo me puso un título de Licenciada en Medicina en las manos y un lío en la cabeza de impresión, porque en realidad no tenía nada, salvo la certeza de que me tocaba estudiar un cerro para poder decidir mi futuro, ahí es nada, mi futuro. 

Pues mi futuro fue un verano sin ponerme un bikini, blanca como un vampiro, pero con mucho menos glamour, me había dejado la mitad del poco que tenía en las gafotas que tuve que terminar poniéndome cuando se me empezaron a cruzar las líneas (que no los cables)

Y llegó el gran día, y la gran corrección, y la gran elección. Y la decisión poco fundamentada, por ser finos, de ser médica de familia. Y después de una cascada de amigos, de compañeras y compañeros de piso, de amores hospitalarios y primarios (no sensu estricto, sino de localización) me llegó el amor por la medicina de cabecera casi al mismo tiempo que le conocí a él. Debe ser que los amores nunca vienen solos, digo yo. Médico también, aunque de los que se aterran si el paciente tiene fiebre, en vez de mucha tristeza y ganas de llorar. Sí, psiquiatra, qué le vamos a hacer. 


Y de repente aquello dejó de venir y aquello empezó a crecer, y cuando quisimos darnos cuenta estábamos llorando delante de la pantalla del ecógrafo y riéndonos cuando la "R" de nuestro año de gine nos señalaba la cola del enfant tèrrible. 

Lo que pasa es que las risas se fueron trocando en tobillos hinchados y un dolor  de patada en los riñones cuando las horas de pasillo de urgencias se iban acumulando, y en una pesadez de Caballé al intentar salir del coche de urgencias del centro de salud. Y él atendiendo depresivos primaverales en sus guardias no ayudaba precisamente. Pero en fin. 

Luego para casa durante seis meses donde el fonendo acumulaba polvo y la bata olor a naftalina. Y a mi se me olvidaba lo mucho que me gustaba y lo que había peleado por ser lo que era (lo poco que era), se me olvidaba cuando el cabroncete me echaba una risita mientras se enganchaba a los pezones, como dice el clásico sucedido médico, "como un adulto". 

Y cuando después de medio año volví a ponerme la bata, me pareció un traje a rayas con un número en la pechera que me separaba de mi niño. Y el fonendo, una bola de acero atada a mi tobillo que me impedía ir a rescatar a mi pequeñín de ese orfanato de brujas maltratadoras que en realidad era sólo una pobre guardería. 

Y que volviera a latir (y no a fibrilar) mi corazón de médica tuvo que ser a base de descargas de 360 julios que me dió el  bueno y paciente de mi tutor. Pero las guardias me seguían doliendo porque la separación de mi niño se unía a un desapego por la Medicina transversal que me habían imbuido y no era ya capaz de escupir. 

Y cuando el resto de mis colegas eran paridos en primavera a las bolsas de trabajo, y a las urgencias hospitalarias y de las otras (las de las Casas de Socorro echanicianas), yo aún tenía por delante seis meses de sueldo fijo que ocultaban al menos un par de años más que mis ex-compañeros de adherencia a la precariedad. No sé si he contado entre medias las horas de guardias con las tetas a reventar y las lágrimas a flor de piel por tener que abandonarle con mi suegra, hay que ver el instinto maternal las pasadas que nos juega. Por no hablar de las mañanas salientes de guardia que le robaba al sueño para pasear por el parque y no sentirme mala madre y perra dejándole en la guardería estando yo en casa (aunque mirara de reojo y con deseo el sillón del salón). O de las noches en vela de apiretales y ronquidos del froidiano de los cojones que luego se despertaba tan cariñoso y encantador como era, cada vez mejor psiquiatra, y yo cada vez más vieja, más cansada y peor médica.

Se transformó en un pis-pas en adjunto, aunque su contrato se firmaba cada tres meses. Qué faena, me dijo, al tiempo que me insinuaba que por fin podríamos ir a por la niña. Podríamos adoptar mejor una de 20 años y que supiera planchar, que me hacía más apaño, le contesté, y me hizo un psicoanálisis a vuela pluma al que sólo le faltó el acento argentino para que le hubiera reventado la virilidad de una buena patada.

Y cuando por navidades me escupieron por fín al frío del mercado laboral (que estaba helado hacía ya muchos años) eché en la bolsita del carrito del niño el cúmulo de promesas que me hicieron mis antiguos jefes, y cayeron encima del ansia que tenía por ser médica de cabecera, todo bien en el fodo. Luego puse encima los pañales y me fui a casa a hacer la comida, aunque ese día me ahorré la sal por motivos obvios para cualquiera que tenga algo de romanticismo en su alma.

Así que allí estaba, madre feliz, eso es cierto, amantísima esposa (también, en serio, el psiquiatra me hartaba de vez en cuando pero tenía su punto), y médica de cabecera ya vocacional, pero en paro.Y como aquello no debía durar, para no hacer un feo a tantísimo político preocupado porque cotizáramos, acepté lo primero o segundo que me ofrecieron, porque aunque no quería abandonar mi meta de vivir mi propia consulta, se me empezaban a olvidar los principios activos y hasta los pasivos, así que me vi de adjunta de urgencias rellena huecos en época de gripes para que no me coma la prensa (gerente dixit). No me gustaba pero al menos sanaba, a veces, trataba de humanizar siempre que podía y hasta de racionalizar si me dejaban. Incluso me atrevía con una pizca de docencia, aunque si abusar, que no me veía aún yo quién. Luego vino el despido por e-mail, que para finos y tecnológicos, nosotros, que se note que somos potencia mundial, y llegar a casa acordándome del padre que los engendró a todos y de las teas de la Bastilla, y, tras el sosiego, las consultas de un día coche para arriba, coche para abajo, y hasta las de media jornada, que aunque me costaban dinero, al menos me servían para acumular tiempo trabajado.

Mi querido esposo seguía firmando contratos cada 3 meses, porque la lista de espera se desbordaría si les echaban, me decía, y eso, antes de elecciones es terrible. Y yo seguía acumulando mala leche que fermentaba con el deseo de volver a ser madre justo cuando empezaban a encontrar algo menos esclavo mis compañeros de promoción, primero los hombres y luego las sin hijos, menos exigentes a la hora de optar por una horario infame. Y cuando alguien me decía aquello de "menos mal que a tu marido no le falta", entonces tenía que venir a detener mi brazo Hipócrates y toda la comisión deontológica de la OMC para que no le rebanara el cuello con la cureta de extirpar moluscos, y aun les costaba.

Sí, soy una mujer, soy una médico, soy una madre, soy una trabajadora precaria. Lo he tenido fácil.



Sobre la precariedad laboral de los sanitarios, especialmente en Atención Primaria y en Salud Pública, las dos hermanas tontas de la Sanidad en nuestro país, y más concretamente en las más perjudicadas, como en tantos otros terrenos, las mujeres, hay dos textos básicos enredados en las redes más recientes, el de Juan Irigoyen en sus tránsitos intrusos, y el de Sergio Minué, en su Gerente de Mediado.  Fue este último, y su demoledor título, Se nos ha ido de las manos, el removedor de conciencia que algunos necesitábamos para despertar de nuestro letargo vergonzante y adquirir compromisos que nos tocan de cerca. No sé ustedes, pero yo necesito dormir con la conciencia tranquila. Ya lo decían los miles de compañeros marchando por las calles de Madrid: "sí se puede"














lunes, 4 de mayo de 2015

Existir es apostar a no perder?

Que vinieran los dos juntos a la consulta era un hecho excepcional. Por eso me sorprendió verles entrar esa tarde de primavera precoz repleta de pólenes y estornudos. Yo acababa de poner en marcha mi gran proyecto de musicoterapia,  consistente en ponerme en el ordenador una lista inacabable de música relajante a un nivel apenas audible, pero que creía ingenuamente contribuía a amansar a las fieras interiores, exteriores y hasta las mediopensionistas. Estaba en un momento realmente malo de mi vida profesional, atascado en un turno de tarde que me consumía el amor por la medicina de cabecera al mismo ritmo que crecía mi primer hijo, y cagándome cada noche al terminar en la madre que parió al que inventó la conciliación familiar sin tatuaresela a fuego en las nalgas a algunos políticos y gestores.

Pero eso es otra historia. Volvamos a la tarde trufada de moqueo líquido y canciones de Kenny G, y a aquella pareja de cincuentones que se sentaban delante de mi mesa. El traía una mirada entre asesina y ausente por encima de su bigote de comunista de preguerras que presagiaba rayos y truenos. Ella le lanzaba miradas como saques de McEnroe cabreado, que a mi me iban preparando para lo peor. En realidad me hacia una idea de sobre qué versaría tamaña consulta, y ojeé preocupado la lista, temblando por lo que aún me quedaba fuera y deseando, sí, lo reconozco, que el grueso fueran mecánicas y salvadoras recetas (qué futuro tan disparatado me parecía entonces la existencia de recetas electrónicas)

Ella había venido un par de veces a la consulta preparando el terreno. Me di cuenta por sus miradas, sus gestos, o sus silencios, que valoraba la sensibilidad que podría yo desplegar, que validaba mi empatía antes de lanzarse en paracaídas. Sí, yo llevaba unos años en el pueblo y me había labrado fama de buen escuchante, empujado por mi aversión al pastilleo, era la única opción que se me ocurría en un maremagnum de desarreglos sociales, económicos, laborales. Y eso que aún no nos mordía la crisis económica, pero pellizcaban la soledad, la incultura y el desapego, y como las cuarenta en el tute, no joden pero atormentan. En fin que ella me probó como si fuera un echador del tarot de tele cutre de madrugada, y debió gustarle la experiencia, porque allí estaba al lado de su marido, esperando a que la diera pie con alguna de mis frases de médico bien educado.

Yo volví a ojear la lista de Schindler, que volvió a parecerme eterna, y, acorralado, solté el ocurrentísimo: bueno, pues vosotros me diréis, que me quedó como el culo. Aquello desató la torrentera. Al principio, tibias acusaciones de falta de entendimiento respondidas con meneos morsianos del bigotón, y despacio pero sin pausa, frases cada vez más hirientes que el silencio y los vaivenes del mostacho inflamaban como si Homer Simpson encendiera una barbacoa. Yo dejaba hacer, aunque subía iluso unos puntos el volumen de la música, pero aquel acorralamiento empezaba a semejarse a la caza de la foca por apaleamiento (la imagen me ha venido sin querer, qué le vamos a hacer) así que me pareció oportuno meter una pequeña cuñita.

- ¿Y tu qué tienes qué decir?- Tardó un tanto en hablar, porque aún le cayeron dos o tres interjecciones del tipo de ¡eso! ¡habla! ¡a ver que milonga cuentas ahora! que tampoco es que ayudaran  demasiado a la armonía, pero finalmente aquella boca invisible soltó su ración de olvidos, desaires y cuitas que habían acumulado polvo y rabia durante años.

Recuerdo el relato con el que pretendía ilustrar, y vaya si lo hizo, su queja sobre el abandono sexual en que vivía hacia siglos. - Doctor, ¿sabe lo que me dice si le digo que se venga a la cama a hacer el amor? Veté yendo tu y te la vas cascando que yo estoy viendo este programa de la tele. Cuando termine ya si eso voy. 

Supongo que la historia os estará dando una idea del miura que me tocaba lidiar aquella tarde. Para entonces, ya tenía claro que ni toda la música de la sección chillout de El Corte Inglés , vamos, ni unas camas balinesas en una playa de Ibiza me iban a valer para nada. Así que, primero me maldije por no ser el típico médico amargado al que no le darían ni los buenos días, y después, arremangandome el alma, me dispuse a sacar el arsenal de buen rollo que tenía hace diez años (algo quedará aún por ahí, tranquilos).


- ¿Cuánto tiempo hace que no habláis el uno con el otro de algo que no sea vuestros hijos? - Se miraron  (como diría Sabina) como dos desconocidos, abrumados por la respuesta que no me dieron. - Siento decirnos que sois unos perfectos extraños el uno para el otro. Ya no sois capaces de reconocer a ese morenazo ni a ese pibón que os enamoraron. Sólo tenéis dos opciones: o volvéis a salir juntos, o tal día hizo un año. 

Y me quedé tan pancho oyendo un bolero que lloraba en aquel momento desde los altavoces de mi ordenador.


Al médico de cabecera le manchan las babas que nos chorrean en las almohadas mientras dormimos. El médico de cabecera no siempre encuentra el diagnóstico en el CIE-9, porque la vida suele venir más emborronada que como escriben Harrison y sus chicos. Pero el médico de cabecera a veces se mancha los pantalones de lodo, no puede evitarlo. Nos decimos una y otra vez que no debemos implicarnos, que somos médicos, no terapeutas, sexólogos, confesores, camareros de puticlub, peluqueros, porteras, y hasta fontaneros. Pero a veces, tantas, lo somos.


Hoy sólo quería reflexionar sobre la dificultad de permanecer al margen cuando los años se acumulan en medio de un grupo de gente que ríe, sufre, goza, muere, folla, miente, traiciona y ama. Así que hoy, hay pocas referencias bibliográficas, si acaso, esta reciente que liga el divorcio al incremento del riesgo de infarto, sobre todo en mujeres, vaya por Dios con las jodidas discriminaciones. Y encima, ni siquiera se arregla con volverse a casar. Aunque, ya se sabe, aquello tan manido de "para lavar calzoncillos a otro"

En realidad, me apetecía contar una historia de desamor. ¡Quien puede resistirse!

El título de la entrada es de la excelente canción del maestro, don Luis Eduardo Aute.  Aquí os la dejo interpretada por ese otro genio que es Pablo Milanés, en el disco homenaje que le dedicaron hace años  y que por motivos personales ha sido clave en mi vida.


























lunes, 20 de abril de 2015

El camino de Damasco

La primera vez que le invitaron a comer se sintió como un niño con zapatos nuevos. Había visto a sus compañeros con plaza fija presumir de viajes, comidas y regalos. Recordaba perfectamente como uno de los veteranos le contaba la fórmula con la que consiguió amueblar su consulta privada: recetar un antibiótico común pero de una marca desconocida todos los días durante dos semanas. Entonces el representante de esa marca comercial acudió a su pueblo a presentarle sus respetos y sus generosos donativos.

Así son las cosas, le decían unos y otros, y el sonreía e inocentemente, iba asimilando la anormalidad como una parte más de la vida. 

Pero él, al fin y al cabo, con sus contratos de mierda peloteando de un pueblo a otro, era una presa despreciable para los tiburones. 

Así que cuando cambió el estatus y de paria recoge basuras pasó a joven promesa, el colegueo con los amos del calabozo lo transformó en un chaval ávido de consumir su trozo  del pastel. 

Aquella primera comida estuvo hecha de kokotxas de merluza "a las que les vas a poner por encima unas angulitas", y de un vino con sabores afrutados que había que dejar que recorriera en cada sorbo las encías para que no se olvidaran sus matices. Compadreo, risas y una tarjeta de crédito como una esponja capaz de absorber cualquier atisbo de ética sin rechistar. 

Luego se fue a su casa pensando que al fin y al cabo aquellos lujos eran los que le correspondían después de tantos trabajos y tantos años de llevar una petaca y pedir una Coca-Cola eterna en las discotecas visitando la barra para rellenar de hielos el vaso, mientras que los demás chicos habían olvidado mucho tiempo atrás las apreturas.

Así que se entregó feliz a esa suerte de camaradería que parecía guiar a esos muchachitos trajeados y encorbatados que poblaban pasillos y salas de espera, y a ese galanteo tontorrón con esas chicas impecables y de sonrisas perfectas, a pesar de las horas y los kilómetros a sus espaldas.

Sembrar en barbecho es fácil, no requiere tanto esfuerzo, y la tierra prometía a poco que se abonase después, así que una comida aquí, una cena allá y dos o tres viajecitos a visitar las antesalas de los Palacios de Congresos y Exposiciones y las playas y discotecas y todo ello aderezado con asentimientos y guiños cómplices de tutores y co-tutores, con tendencia a unirse a la juerga para no olvidar los años de juventud.  Y así llegó la normalidad y las semillas que crecían escupiendo raíces poderosas, bien asentadas y con un olor a podrido que estaba demasiado enterrado bajo tierra como para que preocupara a nadie.

Luego llegó la estabilidad laboral, aunque en su forma más torpe, pero más que suficiente para que las hechiceras regresarán a reclamar lo que era suyo. Y cuando asomaron los hocicos, se dieron cuenta de que aquello iba a ser pan comido, bastaba arrugar un poco la nariz para ver si olía a ética y sonreír con sonrisa franca de capitán inglés (que decía el Orts Llorca de Anatomía) cuando se percataban de que por allí ni estaba ni se la esperaba.

Entonces los ardides se desplegaban en todo su esplendor y, en un impresionante concierto disonante, se mezclaban el científico con el amiguete, el que estaba a punto de ser despedido y casi provocaba la lástima, con el que era hincha a muerte de tu mismo equipo desde Grifa, la mojigata con la casquivana que ponía ojitos, el renegado con el que escupía las maldades de los jefes. Y en todos los trapos caía el palurdo, seguro de tener controlada la situación, como la tenía el drogata antes de meterse el siguiente pico.

Y en las charlas de barra de bar con sus colegas del paraíso hospitalario, los tours de la vergüenza por el mundo que le contaban le hacían reconcomerse por ser su especialidad menos reconocida por el mercadeo y se reafirmaba en que aquello era una cosa de la que no convenía hablar, pero que al fin y al cabo todo el mundo hacia, como cagar o desear irte a tu cama después de follar.


Así que la vida transcurría plácida excepto el ratito en que había que hacer la declaración de la renta y las molestas colaboraciones hacían imposible confirmar el borrador. Hasta que un día uno de aquellos chavalotes sin malicia se volvió demasiado atrevido y sáltandose los convencionalismos más básicos dejó al desnudo sus intenciones. En un alarde inigualable de hipocresía, aquella desnudez le horrorizó  como si hubiera pasado la vida andando en pelotas por una playa con una venda en los ojos y alguien se la hubiera quitado de repente. Y aunque desde hacía años sentía en sus genitales el frío que le decía que estaba desnudo, fue vérselos lo que le resultó insoportable.


Y anduvo desorientado y sin dormir buscando la forma de taparse las vergüenzas, mientras como si de una conspiración se tratase, de todas partes le escupían a la cara con iniciativas libres de humos, médicos sin marca, no gracias, farmacriticks y etcétera etcétera. Y entonces ella, desde su infinita candidez le preguntó: ¿por qué le prescribimos esa medicación? Y el no supo qué contestar pero si hubiera estado sólo, hubiera llorado todas y cada una de sus vergüenzas hasta que se hubiera empapado el teclado, y hasta el poto de encima del archivador.


Todos tenemos nuestro camino hacia Damasco. Todos montamos un caballo blanco brioso y somos prestos con la espada, orgullosos ciudadanos de esa Roma moderna que es la Medicina. Pero, desgraciadamente, no todos nos caemos de un caballo asustado ni oímos una potente voz que nos pregunta por qué le perseguimos. Porque somos prepotentes, estamos hechos para vencer a la enfermedad y la muerte, a semejanza de los dioses. Pero somos polvo, y en polvo nos convertiremos (cinus, pulbis et nihil, reza una tumba en la Catedral de Toledo). Lo único que tenemos son nuestros principios y nuestra dignidad. Enhorabuena a todos los espíritus nobles que en su día decidieron ir andando hacia Damasco aunque las sandalias se les llenaran de polvo. A los otros pobres, los que se subieron al caballo por sí solos o porque les ayudaron a montar,  les deseo una caída lo más temprana y lo menos dolorosa posible, antes de que consumamos ante nuestra población el escaso prestigio que nos queda.  Al fin y al cabo, como dijo el gran Quevedo, seremos polvo, pero al menos polvo enamorado.


Un texto básico para entender la falla moral que subyace bajo nuestra profesión es Los conflictos de intereses en la salud, de Juan Gérvas , y las fenomenales entradas de Médico crítico y Javier Padilla sobre el riesgo que nuestra relación con la Industria Farmacéutica supone para la salud de nuestros pacientes  o la banalización con la que afrontamos los conflictos de interés.

En próximas entradas prometo tratar el compromiso para la ética que supone aceptar incentivaciones de nuestras empresas (servicios públicos de salud) por prescribir de una manera determinada y la hipocresía con que por un lado se rechaza una relación por inmoral mientras se abren las sábanas a otra concubina por el otro.

Mientras el largo y tortuoso camino, del genial Paul















lunes, 13 de abril de 2015

La medicina de familia también tiene su día

Era una mañana tibia de las primeras del verano. El pueblo estaba situado en una hondonada, y engañaba un tanto cuando se le veía de lejos, parecía pequeño, apenas unas pocas casas y el campanario de la iglesia. Se reservaba la sorpresa de sus auténticas dimensiones hasta que  encarabas la última curva de la carretera y aparecían las casitas derramandose por la ladera hasta la plaza mayor, cerrada en una esquina por el Ayuntamiento y por la iglesia.

El coche renqueaba con las ventanillas bajadas, una antigualla de estudiante sin posibles que tendría que servir hasta que empezaran a verse los frutos de tantos años de universidad. No eran tiempos de aires acondicionados de serie, así que el fresquete matutino despertaba al más adormilado, y los nervios hacían el resto.

El chaval preguntó por el consultorio local a una mujer que barría su acera en guatiné y rulos. Le señaló la plaza, que se veía casi desde cualquier punto del pueblo. Aquel joven no cabía duda de que aún tenía capacidad de asombro, o al menos eso parecía dada su tendencia a mantener los ojos muy abiertos. Reunió el valor suficiente para atravesar una barrera humana apelotonada frente a la puerta del consultorio, y con varias miradas asesinas clavadas en la espalda, tras un cortés golpeo, asomó la cabeza en la consulta.

- Buenos días. Soy el médico que va a sustituirle.

Había un tipo enorme de espaldas, trasteando en un archivador que se volvió sonriente y le atizó un manotazo en la espalda de los que desencuadernan al más pintado.

- Pasa, chaval, pasa. No te preocupes, que esperen un poco, que no tienen otra cosa que hacer. 

La consulta hacia esquina y había un buen ventanal en cada una de las paredes que daban, una a la mismísima plaza del pueblo, la otra a una calle adyacente.  El joven buscó tímido un sitio donde sentarse, pero allí la única silla presente era el sillón donde se repantingó el gigante. 

- Ni se te ocurra poner sillas, o se sentarán y tardarás un mundo en pasar la consulta-. Si se abrían un poco más los párpados del chaval, los ojos terminarían por quedar colgando como los de los zombies de las películas.

- Allí tienes el archivador con las historias clínicas, pero no vas encontrar gran cosa. Sólo escribo cuando la gerencia va a venir a hacernos la valoración anual para los incentivos. Mira, muchacho, yo te aconsejo que no escribas nada. Así siempre será tu palabra contra la del paciente. Ahora, como escribas y te equivoques...

Aquella tarde las horas se fueron volando entre libros de repaso, vademécum y tazas de café. Una libreta de anillas convertida en chuletario se iba llenando poco a poco desde la certeza terrible de las más profunda ignorancia. Fue una noche de pesadillas y sudor, y un despertar de palpitaciones, prisas y ojeras. Cuando la plaza del pueblo se reveló, las manos le sudaban en el viejo volante de imitación a cuero. Había mucha gente ante la puerta del consultorio, pero mucha de verdad. El se sentía pequeñito, casi ridículo, hasta tuvo que tentarse la ropa para alejar la duda de haber salido de casa en pijama.

Entró en la consulta con un buenos días traicionado por un gallo en la voz, respondido desde la desconfianza o la lástima, no tenía muy claro cual de los dos tonos había podido identificar, probablemente ambos. Lo primero que hizo fue rebuscar en las demás consultas a la caza de un par de sillas, que colocó frente a la mesa. Estaba terminando la redecoración cuando se abrió la puerta de la consulta.

- ¿Hoy no está el doctor?- le soltó de bienvenida el primer paciente, a quién el ruido de muebles le había parecido suficiente señal como para empezar el día por su cuenta.
- No. Está de vacaciones. 
- Bueno pues hágame usted las recetas, entonces. Tengo un problema pero iré esta tarde a contárselo a su casa. 
- Pero hombre, cómo va a ir usted a molestarle estando de vacaciones. 
- No, no, si nos tiene a todos los del pueblo igualaos

Fue aquel un primer día de recetas, volantes, partes de confirmación y miradas recelosas. La muñeca le dolía de tanto firmar a media mañana, y el alma de médico se la iba dejando con la tinta del boli BIC. El fonendo acumulaba polvo encima de la mesa, y miradas tristes. Aún así, el suplicio se alargó hasta que el sol apretó de firme por el ventanal. A última hora, llegó una madre con su hijo, un niño de unos cinco años que le miraba con gesto hosco.

- Al niño le duele mucho el oído-. El chaval agarró el otoscopio con una alegría infantil y se lanzó a por la oreja del niño. A la madre casi la da un patatús cuando vió encenderse el aparato. -¡Ah! ¿Pero funciona? Como el médico siempre nos dice que está roto y no le mandan otro para sustituirlo. 
- ¿Y como les mira los oídos cuando les duele?
- No, nos manda al hospital directamente o al ambulatorio. 

El regreso a casa en el horno en el que se convertía el cacharro de coche, entre el estruendo del aire entrando por la ventanilla, fue de una tristeza y unas ganas de llorar como pocas veces había sentido hasta entonces. Aquel desvirgamiento doloroso y sin miramientos a que le había sometido la medicina le dolía y amargaba la boca.

Pero en aquel viaje a cincuenta grados de asco y decepción decidió dedicar su vida a la Atencion Primaria, a demostrar a las personas que le tuvieran al lado como médico de cabecera, que tenían derecho a que les cuidara alguien dispuesto a dar el máximo de sí mismo en el empeño. Que estaba dispuesto a luchar por borrar el recuerdo de esos viejos sheriff que habían hecho de su medicina un sayo. Que, algún día, sus pacientes le querrían, le respetarían, quizás hasta colocarán su opinión por delante de la de las eminencias del hospital.

Aquel fue su primer, su único y definitivo Día de la Atención Primaria.


Han pasado casi veinticinco años de esta historia. En aquellos tiempos, había personajes enormes que habían entregado su vida a hacer una Medicina más que digna en pueblos, en aldeas y ciudades, pariendo una Atención Primaria en un parto largo y doloroso, lleno de buenas palabras pero, como en los partos reales, en los que siempre empuja la misma protagonista. Pero también había sujetos como el de la historia, dueños de cortijos sanitarios, empobrecidos en sus miserias, dedicados en cuerpo y alma a desprestigiar la profesión más bella.

No me gustan los días de nada, a pesar del rollo de la visibilidad y demás pamplinas. Pero sí creo firmemente que cada uno de nosotros tiene SU día. Y creo que la regeneración que ha vivido la Atención Primaria, nutriéndose de médicos bien preparados, con un ligero (a veces más que ligero) deje de valentía y de abnegación, ha servido para plantar unos cimientos sobre los que cualquier cabeza razonable decidirá algún día hacer crecer el edificio de la Sanidad de este país.

O al menos, quiero creerlo. Porque los cimientos también pueden olvidarse y dejar que los cubra la madreselva.

La foto es de la chapa que lucirá durante todo el 13 de abril en su bata mi amigo Luis Tobajas.






























lunes, 6 de abril de 2015

Los renglones torcidos (del caballero Tudor)

Juan era un tipo fornido. Vivía en un pueblo de Córdoba con  sus padres, dedicado a la aceituna, y a echar requiebros a las chavalas en las fiestas. Las distancias no eran muy largas, al menos a ciertas edades, y el clima clemente de las noches de primavera permitía volver a casa por las cunetas de las carreteras comarcales mientras se construían fantasías inconmensurables sobre sucedidos mucho más prosaicos.

De aquella noche sólo le queda el recuerdo de unos ojazos negros que le habían encandilado bajo las farolas de la plaza del pueblo de al lado, y un chirrido atronador que se le llevó por delante sin darle tiempo a girar la cabeza. Tuvo más suerte que otros dos de sus compañeros de viaje y despertó en la UCI del hospital de Córdoba un mes y medio después con la mitad de su cuerpo hecho un guiñapo y una especie de zapatilla en la boca que no le dejaba enhebrar unos pensamientos que parecían encasquillados.

Habían pasado casi veinticinco años de aquello. Los pensamientos seguían igual de enlentencidos. La lengua había recuperado sus dominios, pero las palabras se articulaban unas veces atropelladas, otras titubeantes. El brazo izquierdo era un trapo colgante y la pierna una mala muleta. Se había ido a vivir con su hermana mayor, recluida en una silla de ruedas por una polio de postguerra, se supone que a echarla una mano, aunque el cuadro resultaba patético.

Cuando le conocí me costó enormemente entenderle. Entró en la consulta con un pantalón azul con tiras fluorescentes en las perneras, y un chaquetón amarillo brillante. Trabajaba en una subcontrata del Ayuntamiento de la capital, pasando una máquina limpiadora que manejaba con el brazo derecho y con la que renqueaba por la ciudad de las cuestas. Acababa el día molido con contracturas por todas partes, al llegar a casa se daba un lilimento que espantaba a las moscas y se derrumbaba en la cama. Aquella primera vez entró casi al final de la mañana. Sus balbuceos y ese saltar inconcreto de unos razonamientos a otros me irritaron como si Murphy hubiera venido a meterme un dedo en el ojo. Le despaché recomendándole unos estiramientos, calorcito y si acaso, algún flojo analgésico, mientras me hacia cruces al ver su historial blanco como si fuera un recién nacido.

Entonces, cuando se marchaba, el gran Tudor Hart me abofeteó en ambas mejillas y retrató con la puntera de su bota en mis nalgas su ley de cuidados inversos, consiguiendo que le parara en la puerta y le citara en quince días, lo que agradeció con su exquisita educación y una sonrisa el bueno de Juan.

En aquella segunda visita fui capaz, al fin, de leer aquellos renglones torcidos conque la vida se empeña a veces en redactar su bitácora. La crisis le dejó malviviendo de su pensión de incapacidad parcial (con medio cuerpo de goma y sin estudios, los trabajos no se amontonan en su puerta) y sacándose unas perrillas de estranjis ejerciendo de taxista sin papeles para vecinos aún más solitarios que él. Se quedó sólo cuando su hermana ya muy deteriorada decidió trasladarse a morir a su pueblo natal. Yo le veía algún día en la puerta de la consulta, ejerciendo de chófer, le preguntaba por su vida y él me contaba, agradecido, que cada vez tenía más dolores que apenas podía salir a caminar y que desde que se encargaba él de la cocina, su barriga se había empeñado en crecer sin mesura.

De ella no sé su nombre. Acompaña a su madre cuando viene a mi consulta, cada dos o tres viernes, siempre a última hora. Permanece callada con una expresión bobalicona, de la que he intentado rescatarla alguna vez con preguntas sobre el comportamiento de su padre. Apenas llevan un año en el pueblo, en un piso de alquiler junto a mi consulta. Lo he visitado varias veces y ella se mantiene en un segundo plano. Su madre es una mujer muy delgada que se levanta antes del amanecer para recorrer andando por la carretera los kilómetros que nos separan del pueblo más importante, donde limpia en una casa. Su padre tiene la mirada perdida de los enfermos sin memoria, pero en sus gestos subyacen agresividades que han dejado una marca indeleble.

Aquella noche hacia un frío de perros. Llovía despacio empapando los huesos y la enfermera que compartía conmigo la guardia y yo rezábamos porque tuviéramos un final tranquilo, al menos, sin salidas.  Las horas pesan y ninguno de los dos éramos especialmente jóvenes. Perros viejos, diría yo, o al menos maduritos. Cuando sonó el timbre soltamos una maldición poco considerada. En la puerta esperaban calándose, Juan y ella.
Pensé que la había traído al Centro en sus funciones de chófer y les recibí con lo más cálido que tenía a mano, que no era nada más que una sonrisa. Ella se mantenía un paso por detrás, como si no fuese capaz de encontrarse cómoda en ningún otro sitio, y Juan, deshaciéndose en  disculpas tartamudas, me contó que llegaban del entierro de su hermana en su pueblo de Córdoba, y que el autobús desde Toledo no había parado en nuestro pueblo, sino en el pueblo cabecera. Aquello suponía cuatro kilómetros de caminar por la cuneta (otra vez), en la noche y bajo el calabobos inmisericorde.

- He visto su coche y me he atrevido a llamar por sí ustedes nos podrían ayudar, pero ya me figuro que será imposible. No se preocupe, vamos despacio por la carretera y llegamos enseguida.

- Hombre, Juan. Aquí estamos los dos solos. Abandonar el Centro sería una irresponsabilidad.

- No se preocupe, de verdad, si lo entiendo.

Apenas cerraron nos quedamos mirándonos en silencio la enfermera y yo. La Nightandale debió darla un sopapo y a mi, sir Tudor Hart, directamente una patada en la genitalidad.

- Antiguamente, los hubiéramos subido a la furgoneta en un momento y ya está-, me dijo la enfermera.

- ¿Te importa quedarte sola dos minutos? No tardaré mucho más.

Los recogí apenas a cincuenta metros y no pude dejar de sonreír en todo el trayecto de ida y de vuelta. Nunca he podido resistirme a las historias de amor en las que se entremezclan renglones torcidos.

Si tuviera veinte años menos, hubiera peregrinado al castillo del caballero Tudor, como antes lo hicieran el Mozart de la Medicina de Familia, Roberto, escoltado por el enfànt terrible, Julio. Me hubiera arrodillado delante de él para que golpeara los hombros de mi jersey de renos y me calzara las espuelas de caballero. Pero como tengo esos veinte años de más, doy gracias a aquellos que me han inculcado su espíritu, y a la enfermera que revivió conmigo a Florence aquella noche de invierno.

Y termino lanzando una reflexión, que más bien será un grito en el desierto: ¿a espaldas de cuántos de estos renglones torcidos pasamos nuestras consultas tras nuestras mesas de marfil? ¿Quiénes son los que nos necesitan de verdad? ¿Nos sentimos cómodos en nuestras rutinas preventivas y nuestro paternalismo feroz y nos incomodan los auténticamente necesitados?

¿Queremos ser héroes de brillante armadura, o no nos va tan mal en el papel de villanos?

Para los legos en esto de la Atención Primaria y menos suelto en el inglés, esta referencia de la Wikipedia sobre sir Julian Tudor Hart

La foto es compartida con el permiso de mi amigo Roberto Sánchez y la mala educación de no haber dicho nada a Julio Bonis (espero que sepa perdonarme)