sábado, 1 de agosto de 2015

Los pecados capitales 5: la gula

Gula: Exceso en la comida o bebida y apetito desordenado de comer y beber. Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. 23ª edición. Octubre 2014.

En el pasado cualquier forma de exceso podía caer bajo la definición de este pecado (wikipedia)

No, no me paso la consulta comiendo, ni bebiendo. Ni compulsivamente ni circunspectamente. No mordisqueo galletas escondidas en el primer cajón de  mi mesa entre paciente y paciente (me imagino recibiéndoles con la boca llena, escupiéndoles migajas mientras amnanniseo, pobres)

Tampoco guardo una petaca  de whisky en el bolsillo de la bata. Sería difícil en mi caso, porque la pobre creo que duerme el sueño de los justos en casa de alguno de mis cuñados que se metió en su día a pintor de brocha gorda.  

Mis pecadillos de gula se limitan a unos caramelos de eucalipto con miel que me trae el bueno de Fulgencio  cada vez que viene a la consulta a charlar un poco de su mujer y sus lagunas de memoria cada vez más profundas y anchas, y echamos unas lágrimas por aquel hijo que se les fue tan cruelmente en su niñez e hizo de sus vidas un infierno de pena y pastillas para los nervios. 

Apenas bebo durante la consulta. Me lo reprochan mis residentes, muy adictas ellas a los buchitos de sus botellitas de agua mineral (algunas recomendadas por los amigos de la AEP, que al fin y al cabo, no ha tanto que abandonaron el desideratum de la edad pediátrica)

Eso si, no perdono los cafés. Uno en casa, madrugador,que comparto con Rosa Taberner por esas magias del Twitter que me permiten ver amanecer el cielo de Mallorca, otro antes de empezar en el bar del pueblo, codo con codo con mi compañero, enfermero de los que fueran jefes locales de  Sanidad, hijo adoptivo del pueblo por desposorios, mientras se despereza la auxiliar de la residencia del turno de noche y miro para otro lado con falso disimulo para que no le sepa amarga la copa de coñá al bueno de Mauricio. 

Luego un tercero a media mañana que no me lo pongo con un 18 porque no quiero molestar al enfermero.  En fin, que no trabajaré a turnos, como dicen los chicos de la Cochrane, pero que yo diría que este espabile que me da la cafeína no es gula sino pura y dura necesidad. 

Pero abandonemos la infructuosa búsqueda de la gula tardo-cristiana, de difícil encaje en mi día a día (aunque no inexistente en este páramo, como bien saben los chicos de la BigPh) y centrémonos en el más abstracto que recogían los wikipedienses, con esa referencia a un pasado de excesos que se me hace un presente. Y ahí sí que hemos pecado, y lo hemos hecho como gordos cardenales renacentistas. De algunos de esos excesos ya hemos hablado: de diagnosticar, de medicalizar la normalidad, de pruebas, de búsquedas, de fármacos, de atemorizar y exigir y regodearnos luego en el medico-centrismo.


Pero hoy quiero flagelarme por el terrible pecado del exceso registrador, el ansia de escuchar cien mil clicks en cada consulta, de dejarme los ojos en los pixeles, sin saber de qué color son las pupilas de quien me habla, de cambiar ítems de estado, de destacar sobre todos los demás en las estadísticas que me enviaban los sabios que habitan las cavernas de las gerencias. 

He puesto caras de seboso pervertido ante un protocolo completado, ante unos  parámetros clínicos rellenos ad nauseum,  ante un botón derecho que me desplegaba un mundo secreto de opciones. 

Y en medio de aquel placer insano, de aquel estómago a punto de vomitar para seguir comiendo, he olvidado el auténtico sentido de mi misión, el deleite de un manjar explotando en mi paladar en forma de datos que no engordarán estadísticas, pero que me servirán para conocer las inquietudes de un paciente. He olvidado el aroma de un vino disfrazado en un efecto adverso que generó una desconfianza hacia ciertos tratamientos, algo mucho más importante que registrar a los 90 años si se ha hecho una citología en los últimos cinco años. 

He olvidado, en fin, que lo que tenía entre manos era sólo un instrumento para lo que de verdad tenía que tener entre manos. Que comer y beber era una necesidad para seguir viviendo, una necesidad de la que puede devenir un placer, por qué no, pero necesidad al fin y al cabo.

Y como un franciscano arrepentido, me he puesto el más viejo de mis hábitos, he apretado fuertemente mi cilicio, he dejado en un lado el oscuro deseo de mis gulas, al que sólo me entrego tras un padrenuestro rezado entre dientes al dios de la medicina de cabecera, desde mi silla, al nivel y junto a la de mis pacientes, y en pequeños y disimulados bocados, aunque les quite el sueño a mis gerentes y pretendan, sin suerte, tentarme con sus incenti-viles manjares. 

Que ustedes disfruten con la venia de sus festines veraniegos. 


La representación de la Gula por parte de El Bosco, en su obra La Mesa de los Pecados Capitales, que se encuentra en el Museo del Prado, es una escena de interior con cuatro personajes. A la mesa del banquete hay un hombre gordinflón comiendo. A la derecha, de pie, otro que bebe ansiosamente, directamente de la jarra, lo que provoca que el líquido se le caiga de las comisuras de los labios. A la izquierda, una mujer presenta una nueva vianda en una bandeja. Aparece un niño obeso, simbolizando el mal ejemplo que se da a la infancia, que reclama la atención a su obeso padre, En primer plano, una salchicha se asa al fuego. (Wikipedia)



sábado, 25 de julio de 2015

Los pecados capitales 4: la ira

La Ira: el cabreo, la mala leche reconcentrada, la mala baba, echar humo por el coco, ponerte rojo como el pimentón y morderte la lengua hasta que sangre, o directamente, escupir sapos y culebras que ríete tú de los tres dragoncitos de Juego de Tronos. Resumidas cuentas, que no creo que tenga que sacaros a relucir los que es la ira con la definición de los sabios de la RAE. Lo dejaremos para el resto de los pecados.

Porque este cuarto pecadillo de mis entretelas permanece debajo de nuestra piel de vendedores de feria, lo llevamos tatuado de los tiempos en que recorríamos el salvaje oeste repartiendo crecepelos mágicos, sacando alguna muela o sajando un buen abceso anestesiando con bourbon (¡qué tiempos aquellos!)

Y es que tratamos cada día con cúantas, cuarenta, cincuenta, sesenta personas, si contamos adyacentes, opinadores y pequeños que tambien estaban tosiendo, no habían ido al cole y no tenían con quien quedarse. Y entre tanto personal, abundan los expertos en gripes, los que saben como se cura un orzuelo, los que han pensado en ese diagnóstico antes de que llegues al "¿a qué lo atribuye?". También está el que es su mejor medico, el que, para él, treinta y siete ya es fiebre, el que tenía un primo al que le dijeron que tampoco era nada y se murió en tres meses, el que te nota mas gordo que antes del verano, el que no te ve buena cara, el niño que te tira al suelo la caja de depresores...En fin, que la mies es mucha y la paciencia (algún día hablaremos de las virtudes cristianas en el medico de cabecera, tema, sin duda, mucho mas aburrido) la paciencia, divagaba, no es tanta, y así, un día, de repente, sin comerlo ni beberlo, vas a abrir la boca y hala, a través de ti habla la niña de El Exocirsta, mientras tu atlas se desplaza trescientos sesenta grados sobre tu axis, y, si lo tienes a bien, rematas con un vómito verdoso, que los demonios no conocen la colecistectomía, por lo visto.

Pues no, yo no soy una excepción. Y eso que soy un tipo de natural tranquilo, poco dado a los alborotos, con tendencia a la fibrilacion auricular de ritmo no controlado en cuanto tengo que alzar la voz. Pero me vienen al pronto pago tres episodios de ira incontenida, tres, que serán muchos mas, pero permítanme ustedes una cierta benevolencia veraniega.

El primero fue allá por mis guardias de jovenzuelo residente en el Centro de Salud. Recuerdo al sujeto, cincuentón, inquieto desde que sonó la campana, como un Mohamed Alí, soltando su veneno como Cassius el uppercut. Yo aún no había bebido en las fuentes del zen de la Primaria (no había leído todavía a Salva ni a Vicente): era joven y aquel sujeto me estaba tocando los cojones. Así que, cuando aquel peso pesado creía tenerme en el rincón y me lanzaba su crochet a la mandíbula de cristal amenazándome con una denuncia judicial, me puse en pie empujando hacia atrás la silla con violencia (esto confiere un efecto dramático potenciado por el pijama verde con el que  entonces yo hacia las guardias) y arrebatándole la tarjeta sanitaria, le espeté a voz en grito que me encargaría personalmente de que le retiraran la tarjeta al menos temporalmente por su comportamiento intolerable, agresivo, mal educado... Mi combinación de directos de izquierda y derecha amenazaban con noquearle, y así hubiera sido si su esposa, hasta entonces callada, no le hubiera obligado a salir de la sala de urgencias y se hubiera quedado a pedirme disculpas, asegurándome que estaba enormemente preocupada por la actitud agresiva que últimamente adoptaba un marido que siempre había sido encantador.

Aquello me dejó como a Foreman en el octavo asalto en aquel cuadrilátero africano. Desaté una ira inconcebible sobre un hombre que no necesitaba un médico que le gritara, sino uno que escuchara detrás de sus gritos. Y es que se que muchos de los que leáis esta reflexión estaréis pensando con benignidad sobre nuestras caídas en la ira, la estaréis poniendo la etiqueta de venial, pero yo no consigo ser tan indulgente conmigo mismo. Creo que cada vez que me dejo arrastrar por ella, mato un poco del buen médico que hay en mi interior. Y me duele.


El segundo que me viene a la amargura es penoso, porque ya no me ampara la disculpa de la juventud, ni la eventualidad, ni el paciente desconocido atendido una noche de guardia. La protagonista es una mujer de setenta y tantos que consumía su ¿vigésimo quinta? ¿vigésimo sexta? visita del mes, con su dolor aquí (en un hipocondrio visto y revisto con ecos, Tacs y hasta ouija), con su boca "como una alpargata", con su "mándeme usted algo, lo que sea", con su " oiga, ¿yo puedo comer pepinos?", con su "mándeme usted a que me vean" (mientras repaso los trescientos mil informes de especialistas, públicos y privados, a los que ha ido, mientras veo que su hijo, el que aparece solo algunos fines de semana, la ha vuelto a llevar al hospital porque el médico de cabecera no le hace caso). Y el médico de cabecera pierde los papeles, y alza una voz dura, desalmada que escupe verdades que no se deben decir.

Y aquella pobre mujer dice un triste "no me grite usted", que me devuelve una imagen asquerosa de mi que no borro ni lavándome mil veces las manos, y que me reafirma en mi determinación de ser inflexible con este pecado, de que se han acabado para siempre las excusas y las benevolencias.


El tercero es tan reciente que parece que hubiera sido ayer. Un sujeto paciente se jacta en mi consulta de haber amenazado a un compañero gravemente. Busca en mi complicidades, explicándome las causas y se encuentra una escena miguelangeniana, un tipo duro al que de pronto le ha salido una barba blanca y un gesto de ira bíblica mientras le expulsa del paraíso, que le interrumpe preguntándole qué tipo de persona es, que le repudia, que le amenaza con dejar caer sobre el todo el peso de la ley (a sabiendas de que es un peso pluma). Dies irae, dies illa. 

En fin, tres botones, con más o menos razones, con más o menos vergüenzas, con más o menos reproches. Sean sus mercedes indulgentes.

El cuadro, siguiendo la serie mostrada hasta ahora, representa a la ira, y como los anteriores pertenece a La Mesa de los Pecados Capitales, de El Bosco, que se encuentra en el Museo del Prado de Madrid.

El Bosco la representa con dos campesinos borrachos riñendo a la puerta de una posada con jarras de bebida y uno de ellos es detenido por una mujer, mientras el otro tiene un banco en la cabeza. (Wikipedia)


lunes, 20 de julio de 2015

El paciente cero

No se si existe esa denominación fuera de la epidemiología, pero si no está definida en los sesudos tratados que andan por ahí, debería estarlo, porque estoy seguro que todos lo médicos tenemos un paciente cero en nuestras cabezas, en lo más recóndito de nuestras almas (el que la tenga, sea suya o prestada)

Estoy seguro que si, todos aquellos de mis amables lectores que juraron la parrafada hipocrática, cerraran los ojos en este momento (bueno, mejor al acabar el párrafo, que si no va a ser un pelín mas complicado de entender), lograrían perfilar con todo lujo de detalles la cara de ese paciente que fue el primero en conmovernos verdaderamente los cimientos de la vocación, el primero en desnudarnos ante nuestros miedos, en despojarnos de vanidades, en vomitarnos toda la futilidad y devolvernos al polvo que tanto nos habíamos empeñado en limpiar de los zapatos.

Les deseo un buen ejercicio. Adelante.

Y ahora, recuperados de esas imágenes que jamás se fueron, permítanme que les hable de mi paciente cero. Al exorcismo a través de la literatura. Si lo ha dicho algún escritor famoso, no he sido capaz de encontrarlo en Google.

Se llamaba Sergio. Tenía veintitantos años, y era un tipo fornido, un chavalote de los que no habían querido estudiar, pero había sabido encontrarse su hueco bien remunerado en el boom del ladrillo. Lo suficiente para comprarse un buga apañadito, y salir con su churri los fines de semana a lo que se terciara, que para eso eran jóvenes e inmortales.

Yo había aterrizado en mi primer cupo estable desde la residencia en un pueblo de la periferia de Madrid, a caballo entre sus tradiciones y el progreso desbocado y devastador. Trabajaba como una mula, el único médico en el turno de tarde, junto con una compañera enfermera y una administrativa. Nosotros nos lo guisábamos y, si hubiéramos tenido tiempo, nosotros nos lo hubiéramos comido. Pero no teníamos (tiempo, se entiende). Acabábamos agotados pero inconscientemente felices, al menos los primeros años.

Mi trato con Sergio había sido superficial y catarrero, de justificantes de cuarenta y ocho horas y colitis criminales, poco más. Unas veces venia acompañado por su lozana novia y otras por una madre preocupada a la que se le había ido la flor de la edad sin enterarse. Era una mujerona morena de pelo rizado que me daba la impresión de que podría comerse el mundo entre pan si se lo,proponía. Me caía muy bien.

Entre miles de consultas en nuestras vidas, es difícil recordar los detalles concretos de alguna. Pero, curiosamente, con el paciente cero se recuerdan con nitidez posiblemente mentirosa. Sergio vino aquella tarde con su chica. Llevaba unos días con un dolor en la parte más baja de las costillas izquierdas, que le aumentaba al moverse o al respirar profundamente. Era molesto hasta para él, que era un mulo. Recuerdo casi al detalle la exploración, toque las costillas, escuche las inspiraciones y espiraciones simétricamente tranquilizadoras, y empezamos a charlar de los esfuerzos físicos que hacia en su trabajo, y de que ese tipo de dolores era de los más frecuente, y tardarían en dejar de molestar. Calor y analgesia, o Paracetamol y mucho agua, por acercarnos a la versión televisiva.

Pasaron los días y llegó una segunda consulta similar en planteamiento y resolución, y luego una tercera, esta ya con la figura preocupada de la madre en segunda línea de platea, fijando unos ojos en mi tan intensos que escocían. A Sergio parecía que le costaba reconocerlo, pero su madre no tuvo reparos en aportar datos más preocupantes, cansancio y una perdida de apetito impropia del buen yantar natural de su niño. Volví a tumbar a Sergio en la camilla y repetí la exploración, esta vez añadiendo el toqueteo abdominal tradicional, sin olvidar la percusión, que para eso se me ha dado siempre de cine. Pero todo fue igual de anodino.

Yo estaba tierno, pero había aprendido a no creer saber más del paciente que él mismo, o que su madre. Alimentarle por la umbilical durante nueve meses tiene que dar un plus de conocimiento por cojones que no lo da la Complu. Solicité analítica y ecografia, pues por aquel entonces era una novela de Asimov pretender que el Servicio de Salud madrileño nos concediese ciertos dispendios tecnológicos, y esperamos tranquilamente resultados. Lo de tranquilamente es un decir, pues su madre y un servidor teníamos por aquel entonces enjambres de moscas tras las orejas.

La analítica fue tontorrona, pero la ecografia escupió un bazo grande y podrido que yo no había sido capaz de tocar. Los pómulos que se iban marcando en la cara de Sergio me hacían los mil reproches que no me hacía su boca. Con un truco de cambios de empadronamiento conseguimos que le operara uno de los más prestigiosos cirujanos de España, al que habían acudido de forma privada y que, por supuesto, hubo de aceptar el caso en la pública. Luego vino la quimioterapia y la desintegración, las lagrimas de su madre en una consulta terrible pidiéndome opinión sobre acudir a una renombrada clínica oncológica americana con sede en Madrid, su determinación por gastarse hasta su última moneda en la cara o cruz de la vida de su hijo, aun sabiendo, como habia visto en sus ojos, que ya había salido cruz.

Luego el consumirse esa vida joven, hasta hacia un año capaz de comerse el mundo, o al menos dos menús completos de Mc Donald's con una mano, sin quitar la otra de las cachas de su chica, y doce meses después agotado entre sus sabanas.

Solamente una vez acudí a su domicilio durante su abandono final. No dejo de arrepentirme cada día que pasa. El fue mi paciente cero. No fue el primero que se me murió, pero fue el primero de la que entonces era mi pequeña familia que desnudó todas mis vergüenzas, y, cuando miro hacia adentro , ejercicio muy sano, aunque, como todos los ejercicios sanos, muy duros, sigo viendo su cara, a veces fresca y joven, otras huesuda y abandonada, y me vuelvo a sentir desnudo, y los pies se me vuelven a llenar de polvo.


Para aquellos hipocondriacos de entre vosotros, deciros que los tumores primarios de bazo son extremadamente raros (hay unos 200 descritos en la literatura) y son de pronóstico desgraciadamente fatal.

Hace unos meses nos reunimos unos cuantos (casi 200) profesionales sanitarios para hablar de nuestros errores. Y lo hicimos por el bien de nuestros pacientes y por nuestro propio bien. De aquel hermoso aquelarre surgieron unas iniciativas que, implantadas por los servicios de salud, mejorarían la seguridad del paciente y la nuestra propia. También, un banco de casos clínicos, entre los que no se encuentra éste, de una riqueza y una sensibilidad únicas.

Gracias a todos los que lo hicieron posible.

Dedicado a ti, Sergio, estés donde estés. Y gracias por hacerme médico y no abandonar mi memoria.

Los resúmenes del SIAP 2015 de Granada (Seminario de Innovación en Atención Primaria) son del estupendo blog de la gente de Sano y Salvo. La foto es de unos pocos de los piraos que nos juntamos allí a exorcizarnos y sobre todo a aprender. Buenos amigos, besos y abrazos para todos
















Los pecados capitales 3: la pereza

Pereza: Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. 
Diccionario de la Real Academia Española. 23ª edición. Octubre 2014.

Cuando uno decide afrontar esta boutade veraniega de los pecados capitales, influido sin ninguna duda por el amor incondicional al cine y la rendida admiración a ese actorazo de Kevin Spacey, el villano mas retorcido e inteligente de la pantalla que se descojona en la cara del guapito de Brad Pitt; pues bien, como digo, cuando alguien se embarca en tamaña autorreflexion y repasa la lista de los pecados, siempre se topa con aquel del que reniega en público y en la soledad de la cama, aquel contra el que bufamos como un toro encabronado, contra el que echamos sapos y culebras por nuestra boca siempre que tenemos oportunidad, aquel que disfrazamos como si fuera el Mortadelo de nuestra conciencia, para que ni desinhibidos por los gin tonics de la terraza junto al mar seamos capaces de reconocerlo como un hijo descastado que abofetea a su madre.

En mi caso, ese pecado impronunciable, ese baldón a las virtudes de cualquier persona, mucho más de un médico, es la pereza.

Desde que decidí afrontar la reflexión sobre este demonio apocalíptico, me asaltaba en todo su esplendor y en sus mil y una faceta a mi alrededor. He visto su rostro de podredumbre en el medico que llega media hora tarde a su consulta porque no le gusta madrugar, y que además no le importa hacer esperar otra media horita a sus pacientes mientras se toma un café con algún amiguete de los de traje encorbatado y brillantes papeles satinados bajo el brazo.

He visto su repelente silueta en compañeros que declinan una y otra vez la invitación del pesado del encargado de la docencia para hacer una modesta sesión clínica que compartir con el resto de sus compañeros, escudándose en lo mal que se les da hablar en público (como si fueran a debutar en el Teatro Real), o en lo sobrecargadisima que esta su consulta (no como la de mi compañero de al lado, que se pasa la mañana trasteando en internet)

Me ha asaltado su fetidez en todos aquellos compañeros que han decidido que ya lo saben todo, que reciclarse es cosa de jovenzuelos por destetar, que además están hartos de que les ofrezcan todos los cursos fuera de su horario laboral (que, por supuesto, incumplen a rajatabla) y que tienen una vida interior y exterior riquísima como para perder su valioso tiempo en tontadas de niñatos.

Se me aparece su espectro una y otra vez cada vez que alguien me dice aquella frase tan bonita de "esto no es mío", cada vez que una boca pronuncia las palabras "espere a las tres que entran los de guardia", cada vez que un suplente pronuncia entre dientes "eso, mejor, cuando venga su médico", cada vez que un médico de cabecera rellena una volante sabiendo que el paciente será absorbido en un tifón de los mares de China que le mantendrá alejado de su consulta quién sabe cuánto tiempo.

La desidia me rodea, y yo, Davy Crockett en El Álamo (el de Texas, no el de Madrid, donde resistí un asedio de siete años) como el gran John Wayne en la película, resisto al envite final desde mi fortaleza moral, poniendo cara de asco y un gesto de duro de Hollywood copiado de The Duke. Hasta que no le quedan balas a mi Winchester y entonces, se detiene el tiroteo lo suficiente como para que recuerde aquellos dos viejecitos que vivían sus últimos días en dos pequeñas camas, el uno junto al otro, entre olores a pañales empapados de orín y humedades de paredes de cal, y que tomaron el camino del olvido con apenas unas semanas de diferencia, sin que su medico de cabecera hubiese ido a conocerlos.

Y me doy cuenta de que hay autocríticas que duelen mas que otras, y que esta es una de esas que me provocará un insomnio culpable que resulta difícil de expiar, aunque se pase uno la vida a la tarea. Porque lo disfrace como lo disfrace, lo maquille como lo maquille, no puedo librarme ya de esas vergüenzas.

Y hasta creo que tampoco quiero, pues tenerlas presentes me permiten no relajar la guardia, y, en definitiva, volver a convertirme en perezoso.

El cuadro, como en las dos ocasiones anteriores, representa a la pereza, perteneciente a La Mesa de los Pecados Capitales, de El Bosco, que se encuentra en el Museo del Prado de Madrid.

En ella, un eclesiástico duerme ante la chimenea en un acogedor interior, mientras que una mujer (la Fe), elegantemente ataviada, trata de despertarlo para que cumpla sus deberes de oración. (Wikipedia)




lunes, 13 de julio de 2015

Los pecados capitales 2: la lujuria

"Lujuria: Exceso o demasía en algunas cosas "
DRAE, XXII edición, 2012

Para el lego que desconozca el mundillo en el que nos movemos los médicos de cabecera, les explicaré que el momento en que recibes tu primer cupo por un periodo mínimamente superior a un mes te sientes como un ser de otra galaxia. Empiezas a ir a tu consulta con otro aire, recolocas las cosas de encima de la mesa, hasta puede que te lleves alguna foto, el respaldo se acomoda a tus machacados riñones de trotamundos sustituto y te ves incluso más alto y más guapo en el espejo. 

Cuando los pacientes tuercen el morrillo al sentarse frente a tu mesa olisqueando complicaciones con ese jovencillo precarizado, son respondidos con una expresión de infinita seguridad, y, en el más osado de los casos, con un "a partir de ahora yo seré su médico de cabecera" y una sonrisa de anuncio de Sanitas que extiende la tranquilidad de forma automática en la atmósfera de la consulta, y provoca un brillo alucinógeno en las pupilas de los pacientes, en las que te parece verte reflejado con un toque a Gregorio Marañón que no deja de favorecerte.

Sí, sí, no crean que exagero. Si no, pregunten ustedes por ahí.

Ese permiso de maternidad, esa pierna rota (qué desgracia más grande, madre, no quisiéramos el mal a nadie, pero a ver si tarda un poquejo ese callito de fractura) se trasforman por arte de magia en la apertura espontánea de las espuertas de todo nuestro arte. Y es que tenemos mucho, somos como unos Curro Romero encerrados con seis mansos que embisten nobles con los dos pitones. Hemos dejado de ser Platanito pidiendo una oportunidad y ahora sí que vamos a demostrar de qué somos capaces.

Y claro, somos jóvenes (éramos) y formados en un ambiente donde el más tonto hace relojes  (con las tripas de un paciente), así que allí sentados en el trono (no el del señor Roca, el otro), comienza a crecer en nuestro interior un gusanillo lujurioso que nos remueve, y nos remueve, y nos inquieta y nos perturba. Y molestos, como la pobre señora del anuncio de las almorranas, nos levantamos de nuestro sillon y gritamos a voz en pecho: ¡YO PUEDO CON TODO!

Por supuesto, sólo hemos tenido la ilusión de que nos hemos levantado y gritado, afortunadamente para nuestra salud mental, todo ha quedado controlado en el sistema límbico (¡qué a gustito!)

Mi aterrizaje, mis primeros pasos algo más estables en la Medicina de Cabecera fueron tal cual. Me sentí una especie de Guerrero del Antifaz, en la obligación moral de salvar a mis pacientes, incluso de su misma ignorancia. Me lancé a la expropiación de su salud como un ministerio de obras públicas construyendo una autovía. Todas las analíticas me parecían pocas, no había prueba pequeña: controlaremos vuestro colesterol, ¿te has mirado alguna vez la vitamina B, y la D? Esa osteoporosis que se abre paso; habrá que hacerte una espirometría con un test provocacion post-ejercicio, que suena que te cagas. ¿Y ese tiroides, es que nadie va a hacer caso a ese tiroides?

Que a su hijo adolescente sólo le gusta la PSP: no se preocupe, traigamelo y yo me encargaré de encauzarle. Que usted, fumador empedernido, es un bronquítico crónico que tose como un perro todas mañanas, venga cada semana a que le escuche sus roncus. Que usted, jovencita dismenorreica pasa dos días al mes sumida en el profundo dolor, aquí la quiero en mi camilla para valorarla y revalorarla, y rerevalorarla. 

Y no crean ustedes que necesito a más gente que a mi mismo para lanzarme a estas cruzadas expropiadoras. Con un pequeño ecógrafo la miro y la remiro lo que haga falta, usted traiga sus órganos sólidos y ya me encargaré yo de ultrasonidificarlos.
Unas lesioncitas en la piel: no tienen mala pinta pero será mejor que se las extirpe, quien sabe. ¿Azúcar? Eso se lo controlo yo en un pis pas: póngase los dedos como un acerico, pinche y anote, pinche y anote y traigamelo, que ya me encargo yo. 

Y claro, en esa lujuria desmedida, al jovencito Marañón empiezan a salirle unas feas ojeras y un rictus permanente de asombro: ¡oh, Dios de la Medicina! ¿Cómo a mi, amado hasta la veneración por mis pacientes, cómo a mi, oscuro objeto del deseo de aquellos desgraciados que soportan a otros médicos de cabecera y no les dejan cambiarse de cupo, cómo a mi, objetivo de las envidias más furibundas de compañeros menos avezados, se me puede estar desbordando mi consulta perfecta, mi paraíso terrenal de la medicina de familia, el sueño médico de Tomas Moro?

Y de ese Mar de los Sargazos  de la sobreprotección, del sobrediagnóstico y del sobretratamiento, no consigue sacarte más que un cambio de cupo con leyenda de fortuna y realidad de huida cobarde, y un vagar errante por el miedo a no querer caer de nuevo en viejos errores, pero siendo incapaz de la necesaria introspección para parirlos.

Y en ese miedo van pasando los días  y las consultas, hasta que descubres a unos cuantos pirados y algunas leturas herejes, y te das cuenta de qué pecador (y qué imbécil) has llegado a ser. Y entonces, como los antiguos franciscanos, te pones la túnica más raida, te calzas las sandalias más pobretonas, y te dispones a hacer voto de castidad médica aunque te conviertas para siempre, y para casi todos, en un pobre médico de pueblo.

El cuadro es la parte de la Mesa de los Pecados Capitales de El Bosco dedicado a la Lujuria (siguiendo la estela de la entrada anterior), conservada en el Museo del Prado de Madrid. Se observa como dos parejas dedicadas al galanteo no aprecian como un juglar está siendo azotado a su lado.

Abrazos e indulgencias.






lunes, 22 de junio de 2015

Cien años

La semana que viene cumplirá cien años. Cien años. Yo la conocí cuando ya llevaba unos años de médico en el pueblo. Era invierno, lo recuerdo porque entró en la consulta con un abrigo de paño con cuello de piel. Delgada, sonriente, un pelo plateado en ondas perfectas. Se sentó frente a mi sin dejar de sonreír y me ofreció la mano como un político en busca de votos, pero con esa encantadora desidia que yo siempre he asociado en mi subconsciente hollywoodiano con la suprema elegancia. Era como tener en la consulta a Lauren Bacall con la calidez de Jackie Kennedy, como para no sentirse fascinado.

La estreché la mano con sumo cuidado, como quien sujeta una pieza de porcelana china, y las pulseras tintinearon levemente. Venia acompañada por su hija, también elegantemente abrigada, pero sin ese aura etérea de su madre, sin duda se había dejado en el camino de la modernidad el halo misterioso de los viejos tiempos.

Dejó hablar a su hija, mientras yo buscaba en su historia referencias que me ayudaran a ubicarme, como hago siempre que conozco a un paciente, aunque con poco éxito, así que  inicié el clásico interrogatorio de manual, que resulta vergonzosamente superficial, pero al menos da pie a honduras mayores. Me pidió que la disculpara su fastidiosa sordera pero no me atreví a responderla alzando la voz, quizás por ese respeto atávico que nos impone la buena educación en los ancianos. Fue un encuentro breve, las quejas de unas toses inoportunas y unas recetas, pero se estableció entre nosotros la química que deviene del jovencito fascinado que ha pasado el examen.

Las consultas se sucedieron, siempre lo suficientemente espaciadas para demostrar que en ciertas vidas, las lecturas y los recuerdos hermosos llenan adecuadamente el tiempo sin necesidad de regalarlo a las modernidades científicas. Me di cuenta de que aquellas pastillas, esa necesidad de saber en cada momento como está la tensión, el azúcar, las grasas, esa afición malsana a verse en macabras fotografías desprovistas de alma no eran para ella mas que un fastidio, y, poco a poco, fuimos reduciendo controles absurdos, esclavitudes en forma de cápsula, medicina probabilística y miedosa y nuestros encuentros quedaron reducidos cuantitativamente, y magnificados cualitativamente. Nos llevábamos muy bien.

Luego vino la caída, una mañana de primavera con cientos de olores entrando por la ventana de su casa en la dehesa. Era la primera vez que la veía y quedé fascinado por todo lo que me rodeaba: por el largo camino de tierra que recorrí entre trigales, por el arroyo que atravesé en mi cuatro por cuatro, por las enormes máquinas segadoras durmiendo en una nave junto a la entrada, por los perros que ladraban y saltaban entre mis piernas (y que me tenían acojonado, aunque me hiciera el valiente, advertido de su docilidad)

Ella estaba en una cama de sábanas de hilo, aguantándose las lagrimas y tratando de tranquilizar a dos nietos veinteañeros, un varón y una hembra, que se movían de un lado a otro asustados. La exploré con sumo cuidado y leyó en mi cara de preocupación el diagnóstico. Luego una única queja, un reproche a la fatalidad, y después, una serenidad recobrada llenándolo todo.

Temí que no se recuperara, pero lo hizo. Aunque restringió al máximo sus desplazamientos más por miedo que por ningún otro motivo. Ya nunca volvió a la consulta, pero periódicamente acudía a verla, me recibía en una estancia repleta de fotos antiguas, acomodada en una especie de chaise-longue con un libro en la mano. Charlábamos un rato, luego una breve auscultación, un discreto vistazo a las piernas y hasta la próxima. Su hija salía a despedirme a la puerta, divertida con las caras de fascinación de mis residentes ante los techos altísimos, las vigas de madera, la chimenea de castillo medieval y los pucheros de bronce bruñidos de la cocina.

Y así fueron pasando los años. Y tuvimos sorpresas en forma de un corazón cansado fibrilante, de alguna neumonía que venia acompañada para mi de negros nubarrones y bombonas de oxígeno, y para  ella de una terrible inevitabilidad y un deseo mil veces expresado de no moverse ya de su casa, una confianza ciega creo que, no tanto en mis habilidades, sino en mi compromiso de librar solo las batallas que ella me permitiera, y solo en el campo de batalla que ella decidiera.

Y juntos fuimos planeando la estrategia para aquello que no puede planearse, aunque todos conozcamos el final. Y las visitas, más frecuentes durante el frío, se volvían a espaciar durante el estío, pero siempre entre sábanas con olor a lavanda, camisones de organdí, entre libros, entre sonrisas, con agradecimientos sinceros sin necesidad de alabanzas inútiles.

Ha sido una vida larga. Supongo que muchos dirán que una vida privilegiada. Hace poco me enteré que ya de niña, enseñaba a leer a los hijos de las familias que estuvieron entonces viviendo en la dehesa, más de mil personas. Me lo contó en una guardia un paciente de otro pueblo, que con apenas seis o siete años, tenía que encargarse de cuidar dos cabras. Ella jugaba y comía con ellos, y aprendían cuatro letras. A mi nunca me ha contado nada sobre aquel pasado. Y yo me mantengo, respetuoso, en los límites que me quiere marcar, faltaría más. Tampoco me ha pedido nunca que hiciera lo posible porque cumpliera los cien años. Ni se muy bien qué hubiera podido hacer. Solo se que la semana que viene se convertirá en mi paciente más anciana, y me siento satisfecho con mi pequeño granito de arena de su felicidad. No se si tiene miedo a vivir o a dejar de vivir, el miedo es de cada cual, y es una faceta de nuestra humanidad. Como nuestra mortalidad, y como nuestra dignidad. Y ella es profundamente humana.

Que pase usted un muy feliz cumpleaños, de parte de su médico de cabecera.

He tenido en mi carrera varios pacientes centenarios. Curiosamente, ninguno de ellos vivió su vida con miedo a morir, ninguno buscó aterrorizado los brazos de la eternidad  en la Medicina. No han sido muchos, tres o cuatro, pero todos ellos eran conscientes de que su longevidad había sido un regalo inesperado, no una apuesta tramposa comprada con medicinas. Ninguno me pidió vivir más años, simplemente querían paz. Uno de ellos, prácticamente ciego desde muchos años antes, la buscaba junto a una radio que escuchaba a todas horas, otros en el silencio, o en las risas de los bisnietos. Pero ninguno la buscaba en mi consulta.


El último post de Sergio Minué, por la metformina hacia Dios, me ha hecho reflexionar sobre la absurda deriva de nuestra sociedad. Yo no quiero ser inmortal. Curiosamente entre inmortal e inmoral solo hay una letra de diferencia, la "t" de timo.

La foto está tomada cruzando el arroyo que lleva hasta la casa de mi paciente centenaria














lunes, 8 de junio de 2015

Dos hombres y un destino

Aquella mañana de primavera fui a las oficinas del nuevo centro comercial de mi ciudad. Me recibieron amablemente en el departamento de tipos raros y les expuse mi idea de abrir una franquicia de ropa vaquera. Sí, de ropa vaquera. Y me quede tan ancho.

Se mostraron muy interesados y tras explicarme la condiciones económicas, me emplazaron a una nueva reunión una vez que tuviese en mi poder la concesión de la marca en cuestión. 

Yo salí con los papeles bajo el brazo y en la puerta del centro me detuve un momento. Me vi reflejado en el escaparate de Zara y apenas conseguí reconocer al muchacho que había contestado sí sin dudarlo un instante cuando le ofrecieron esa interinidad de tarde que no encontraba dueño y que había devorado previamente a dos aguerridos candidatos que apenas dejaron su impronta en el asiento de la silla de la consulta. 

Recuerdo una sala de espera con otros dos candidatos trajeados y con apariencia de revenidos, una entrevista con la directora médica y un tipo de sindicatos en la que mentí como un bellaco, porque no sabía ni cómo se llamaba el sistema informático de entonces (el añorado OMI). No debía importar mucho, dado que los siguientes cuatro años los ordenadores no aparecieron por mi consulta y nos seguimos apañando con las clásicas carpetas y los bolis BIC, mientras el resto del mundo luchaba con los softwares malditos. 

Cometí muchos errores en aquella mi primera aventura real en la cabecera. Hasta entonces, todo habían sido escarceos amorosos, incluso algún apasionado romance, pero, como todos sabemos, todo eso se parece poco a la convivencia diaria, a la denostada pero bendita rutina. Llegué al matrimonio con mi profesión con la alegría inconsciente del vocacional, y me lancé como un torito a cometer uno tras otro todos los pecados del novato, y, por descontado, creyéndome el rey del mambo, que no me besaba porque no me llegaba.

Tenía que demostrar al pueblo que les había tocado el gordo, así que busque fidelidades y pasar a los altares del lugar, seguramente a base de colocarme en el centro de aquellas vidas. Me quise convertir en un mega-padre capaz de tocar todos los palos, dispuesto a escuchar confesiones eternas con la mejor de las caras, entregado en cuerpo y alma a que fueran haciendo una placa con mi nombre para, si no la calle principal, al menos una de las paralelas.

Me faltó modestia y me sobró orgullo, y probablemente esto trajera medicalizaciones innecesarias, revisiones sin sentido, dependencia absurda de un sistema en el que yo era el héroe, y expolio de su capacidad de autocuidado, de sus recursos para llevar una vida normal, para enfermar y sanar, para vivir y morir.

Podría engañarme a mi mismo y a mis fieles lectores (hola cariño, espero que te esté gustando) y escribir que todo era por el bien de mis pacientes. Pero la triste verdad es que todo era para demostrar al mundo, y a mi mismo, que yo era un médico cojonudo, como no hay dos.

Y claro, con rigor y esfuerzo casi todo se consigue, y lo que yo creía que era mi prestigio fue creciendo en el pueblo ante la atenta mirada de mis compañeras del turno de mañana, una, con un carácter que convertía la empatía en una quimera, hasta con el espejo, y la otra, un perro viejo que sonreía advirtiéndome que nada servía para nada, pues el cariño de los pacientes es tornadizo, como el viento de la exigencia que te niegues a cumplir y que te transformará de héroe en villano en un parpadeo.

Así que sin comerlo ni beberlo, y para mi asombro, me fui sintiendo cada vez más vacío. Miraba a algunos de mis pacientes a través de la lupa de la desconfianza y me desconcertaba si no reaccionaban como yo me esperaba. Había perdido por completo el norte, porque pensaba que yo era el centro y que las expectativas de ellos deberían ser las que yo les impusiera. Y cuando no era así, llegaba a casa irritado y rezongando acerca de la falta de agradecimiento y de la deslealtad. Cría cuervos... El invierno estaba claramente llegando (frase para los frikis de Juego de Tronos).

En fin, volvamos al tipo reflejado en un escaparate de Zara, a punto de poner una tienda de ropa sin tener ni repajolera idea de llevar un negocio, como si fuera un emprendedor de estos engañados de la crisis. Pues aquel prenda se fue para su casa haciendo números, y siguió haciéndolos en la carretera hasta el pueblo, y sólo paró de hacerlos cuando le llamaron para decirle que muy pronto, probablemente al mes siguiente, tendría un compañero con quien compartir Invernalia. Entonces, se detuvo la calculadora mental, desaparecieron los jeans and jackets y con cara de imbécil pidió referencias. Como la cara no podía verse por el teléfono, se las dieron: es el marido de tu compañera la del Centro de Salud de cabecera. Ella era majísima, y aunque todo es posible, deduje que no podía haberse casado con un ceporro, así que me preparé para darle la bienvenida.

El tipo era guapo, con ese aspecto un tanto desaliñado que despierta un no se qué en las mujeres, barbita de buscador de tesoros y una sonrisa permanente que costaba hacerle desaparecer. Y mira que lo intentamos los otros tres médicos, muy compañeros nosotros, cediéndole amablemente unos cuantos pacientes, no, por favor, no penséis que los más frecuentadores, o los más conflictivos, o ... Bueno, sí, pensadlo.

Pues el tipo ni un mal gesto. Y encima era del Atleti. Y charlábamos, cuando podíamos. Y pasábamos a vernos a la consulta para preguntarnos qué tal íbamos, bueno, yo más, porque el estaba en periodo de adaptación, o lo que es lo mismo, tratando de no morir en el intento. Y nos compramos una Melita y nos hinchábamos a cafés que tomábamos sin detener la consulta, que si no nos daban las mil y monas.

Y él tuvo un niño, y yo un segundo. y nos enseñábamos las fotos e intercambiábamos penurias. Y a nuestras mujeres las llamábamos las jefas, y las dos estaban igual de piradas, pero ambas eran encantadoras y nos tenían loquitos.

Y un buen día decidimos, sin encomendarnos a Dios ni al diablo, que organizaríamos las consultas a nuestro gusto, y decidimos que los miércoles, de forma alternativa, uno de nosotros sólo pasaría consulta media jornada, y dedicaría la otra media a leer, a escribir o a pintarse las uñas si se terciaba. Y encima, en la otra media, citaría pacientes cada veinte minutos, a los que atendería todos sus problemas de salud para dejarlos "niquelaos", que se dice.

Y aquel sujeto que quería montar una tienda de ropa fue rescatado por ese Indiana Jones justo un minuto antes de rendir Invernalia, y se convirtieron en amigos para siempre. Luego, el azar del destino le hizo reinventarse en dos pequeños pueblos, donde se prometió a sí mismo empezar de cero, no repetir los mismos errores, enterrar el orgullo en lo más profundo de las Fosas de las Marianas y abandonar para siempre el centro de la vida de las gentes. Y el rescatador de la eterna sonrisa tuvo que emigrar a los fríos hospitales para hacerlos más cálidos, para derramar humanidad como sólo él sabe hacerlo.

Así que, por ser quien es, por haberme honrado haciéndome su amigo, y por mi rescate, ¡va por ti, amigo!