lunes, 24 de agosto de 2015

Confieso que no he vivido

Andaba yo esta semana aterrizando en las consultas tras veintitantos días de oír la palabra papá a ritmo de ametralladora, es decir, andaba con esa sensación de pérdida que te generan las vacaciones que morirán por un año, y de euforia por retomar aunque sea parcialmente las rutinas que desprecian los jóvenes alocados, y que tanto agradecen nuestros riñones añosos.

Andaba, como suele ocurrirme habitualmente, dándole vueltas al por qué de la dicotomía que muestran mis dos cupos, a pesar de ser muy similares en cuanto a numero y composición, y de soportar al mismo médicucho (o sea, yo) en los últimos nueve años, que es algo así como el séptimo de los problemas del milenio, esos que quedan aún por resolver, y con los que se pueden ganar un millón de dólares. Bueno, pues yo no tengo un millón de dólares, pero invito a una buena cena a quien resuelva el misterio: en uno se respira paz, tranquilidad, se mastica el tiempo. En el otro, se palpa la ansiedad en la sala de espera, se atropellan las consultas, el teléfono suena sin parar. Me preguntaba si se puede extrapolar un diagnóstico del DSM-IV a toda una población: trastorno de ansiedad poblacional. No sé. Se lo preguntaré algún día a mi psiquiatra steampunk de cabecera.

Andaba, también, ocupado pensando de qué hablaría tras esta primera semana de trabajo en esta modesta boutade, después de la serie veraniega de los pecados capitales, que, como todas las series, terminan afortunadamente.

Andaba mucho, como habréis podido apreciar.

Y en éstas estaba, cuando entró en la consulta Magano. A Magano no le ha llamado por su nombre de pila yo creo que ni el cura que lo bautizó hace mas de 80 años. "¿Qué nombre habéis decidido ponerle a vuestro hijo?"  Entonces alguien tosió con fuerza en la iglesia y el cura no pudo oírlo. Así que dijo: "Magano, yo te bautizo in nomine Patri, etc". Disculpen la fabulación, pero aunque sé cómo se llama, yo también le interpelo por su apellido y él tan a gusto. Venía Magano con unas bermudas que dejaban al aire las canillas morenas, su garrota en la mano y los audífonos chirriando como dos locomotoras locas. Se sentó a mi lado y sacó su libretilla cuadriculada de muelle, algo arrugada, con cuatro o cinco tensiones anotadas.

- "¿Qué tal en Torrevieja?". Magano se ríe con una risa de chaval travieso, como si estuviese en primera línea de playa viendo a las chavalas en top less.  - "¡Muy bien!"  Sin entrar en más detalles. Luego me cuenta que ha paseado por la playa, que han estado allí sus sobrinos. Magano es un solterón de los perjudicados por la falta de mujeres en el pueblo, el exceso de trabajo durante la postguerra, y las pocas habilidades sociales. Con otros dos compañeros de parranda, discípulos de soltería, eran clientes habituales del  puticlub de un pueblo cercano, aunque cuentan las malas lenguas que se enzarzaban en discusiones fieras por quién ha pagado esta Mirinda.

Sus cifras de tensión son muy buenas, renquea algo de la próstata, pero los bronquios le dan el respiro estival que tan bien le viene, así que esta contento. - Ahora me vuelvo para allá. Bromeo con él sobre lo bien que vive a su edad, mientras veo que hace mas de año y medio que no le hago una analítica. No soy de natural pesado, ya me conocéis, pero sus potasios y esas cosillas me inquietan (tomar un antihipertensivo y una pastilleja para la próstata tampoco es gran cosa a los ochenta y cuatro años) así que le pido que me ponga fecha cuando vuelva para mi pequeño ejercicio vampírico.

- Eso si vuelvo - me contesta. - En los últimos cuatro años he tenido que volver hasta dos veces para ir al entierro de un compañero, un amigo o un familiar. Igual me toca a mi esta vez. - Y vuelve a echarme la sonrisa de hoyuelos que derretía a las putas en la barra donde se calentaban las Mirindas.

Cuando Magano se marcha, me deja pensando en la tranquilidad con que va descontando, con que tacha los días en el calendario. Ya no me quedan paciente que atender en mi pueblo tranquilo. Tengo que acercarme a casa de un anciano que navega entre las tormentas de sus hijos veraneantes, esperando, con ansia creo,  que retomen sus vidas, y él sus tranquilidades, pero aun tengo tiempo para leer un artículo que propone que todos nos convirtamos en pre-enfermos, para así poder tardar mas en ser enfermos. Y me pregunto si no estaremos pre-viviendo, para así tardar mas en vivir, aunque en realidad estemos pre-muriendo, sin apenas habernos dado cuenta. Por si acaso, por ahora, prefiero confesar que no he vivido.

Pablo Neruda es para mi uno de los más grandes. Confieso que he vivido es su maravillosa obra autobiográfica, publicada en 1974, y cuyas últimas líneas están fechadas diez días antes de su muerte, el 23 de septiembre de 1973.














lunes, 17 de agosto de 2015

Los pecados capitales 7: la codicia

Codicia: afán excesivo de riquezas. Deseo vehemente de algunas cosas buenas.
Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. 23ª edición. Octubre 2014.

Hoy terminamos este camino dantesco de reflexión sobre nuestras flaquezas y debilidades. Ha sido un camino más duro del que los chascarrillos han podido aparentar, y solitario en realidad, sin mi Virgilio particular, excepto la propia conciencia, que no es moco de pavo.

Terminar con la codicia ha resultado paradójico. Porque en su concepto judeo-cristiano  de afán excesivo de riqueza también me contaminó en su día. Y porque en la más benevolente definición de los académicos de la RAE, sueño despierto cada noche de insomnio. Expliquémonos y sometámonos a su generosa indulgencia.

Primera parte: esa codicia infame y vergonzante.

Sí, yo también quise ver en la Medicina un camino para enriquecerme. Puedo poner excusas de juventud, pero excusas al fin que tapan poco las vergüenzas. Yo tenía la residencia tierna, y había encontrado de rebote en el deporte profesional un mundo de lujo de niños mimados acostumbrados a tener un médico a cualquier hora a golpe de teléfono móvil de última generación. Y aquel despilfarro de coches caros, de ropas de marca y porteros que aparcaban tu coche en la puerta del Barnum me atraía como la luz a una polilla, a una polilla cada vez más vacía de valores, y a la que, si le rechinaban los dientes, le bastaba con ponerse unos auriculares caros en las orejas.

Cuando te falta el contrapeso del amor profundo, es fácil perder la perspectiva. Y el sueño. Porque me faltaban días en el mes para pasarlos de guardia, en un trabajo que me llevaba de una casa a otra del Madrid de las horas golfas. Hacia visitas domiciliarias nocturnas para una compañía privada; yo pago, ergo el médico viene a las cuatro de la madrugada a mi corrala a verme un callo que me ha salido en el juanete. Regardé la gilipolluá (recuerdo de Tip y Coll sólo para viejunos)
Dinero a fin de mes, ojeras matutinas. Aunque no hay mal que por bien no venga: descubrí el gusto por los domicilios, ese mundo desconcertante donde las miserias se esputan con la tos y se defecan con las diarreas. Y donde las fotos y los muebles te cuentan historias increíbles, amargas o tiernas.


Y luego completábamos el dislate con un trabajo de Atención Continuada en el único Centro de Salud que quedaba abierto por la noche en mi ciudad de provincias, un centro que rendía pleitesía al gigantismo de las Urgencias del Hospital, abierto como un Seven Eleven solo dos calles más abajo. A veces sufríamos el trasvase de sus saturaciones y otras, muchas, nos compensaba con el hospitalismo ciego de la población: quid pro quo, como diría Hannibal Lecter (en este caso, con similar canibalismo)

¿Cómo, que me quedaba algún hueco libre, unas mañanas al bies? Sustituciones a saco, hoy por este, mañana por aquel, aquí un médico de pueblo, allí un pediatra moderno, acullá un expendedor de recetas y partes. Suma y sigue. La cuenta corriente engorda al mismo ritmo que se dilapida la buena Medicina que debía estar sembrada por ahí en algún lugar de tanta tierra yerma. Me hacia falta que alguien me incrustara una brújula en la cara, una auténtica patada en los cojones, vamos.

Hay relojes que sólo los para un martillazo. Y sólo hay una fuerza en la naturaleza humana capaz de convertirse en ese mazo pilón. Resumiendo, y para no entrar en detalles, me lleve el martillazo en salva sea la parte y tal día hizo un año. Al contrario que en el refrán, el amor entró por la ventana y a la codicia la dimos boleto por la puerta como señores que somos. El mazo aun respira tranquila cada noche en la almohada. Y por muchos años.

Segunda parte: la codicia benevolente. El deseo vehemente de algunas cosas buenas

Deseo vehementemente una sociedad sin miedos, de humanos preocupados por reír y gozar, o por llorar y sufrir, que no busquen respuestas a cada por qué, que sonrían cuando se despiertan por la mañana, y valoren la temporalidad de sus vidas, en vez de buscar una inmortalidad tenebrosa.

Deseo apasionadamente una sanidad justa e igualitaria, un reducto de humanidad y humildad, de comprensión y cariño. Una sanidad con ciencia y con conciencia, ajena a las perversiones del dinero, preocupada y ocupada en servir, centrada en el que necesita ayuda en el trance del enfermar o del morir.

Deseo ardorosamente un sistema sanitario repleto de médicos de cabecera que se sepan el nombre de sus pacientes, que sepan cuantos nietos tienen, que sepan por qué le abandonó su mujer, que sepan por qué no se habla con su hermana. Repleto de gestores que olviden sus números y vuelvan a ver a las personas, que entiendan quien debe ser el centro de todo.

Deseo entusiastamente un mundo de hospitales pequeños, con pocas camas, abiertos y cercanos, con muchos generalistas y visitas continuas de los médicos de cabecera. Un sistema con unos pocos hospitales que concentren esos ojos de cíclope enormemente necesarios, pero en su justa medida. Médicos que vuelvan a sentirse médicos, traumatólogos que  ausculten a un paciente que tose, cirujanos que interpreten un electro, neumólogos que sepan calmar el dolor de un cólico nefritico de uno de sus pacientes sin rellenar siete hojas. Y pacientes que sean personas, no números en una habitación, o, peor aún, diagnósticos fríos.

Deseo fervientemente una vuelta a la medicina rural de siempre, médicos de cabecera abandonando las trincheras de sus consultas, renegando de los edificios gigantiásicos, a los que se encuentre en la casa de una ancianita, o en la guardería, o hablando con los gitanos que acamparon junto al río, para ver si han vacunado a su chavalería.

Deseo todo eso en una noche oscura, con ansias en amores (por la Medicina) inflamada, ¡oh, dichosa ventura! estando ya mi casa (gracias a estas reflexiones veraniegas) sosegada. Y que me perdone San Juan de la Cruz por el atrevimiento de robarle unos versos.


Con este retablo final completa El Bosco, al igual que lo hacemos nosotros, la Mesa de los Pecados Capitales que puede admirarse en el Museo del Prado de Madrid.
En ella, representa un juicio en el que el juez, lejos de impartir justicia, acepta un soborno de una de las partes o incluso de las dos partes en litigio. (Wikipedia)



lunes, 10 de agosto de 2015

Los pecados capitales 6: la envidia

Envidia: tristeza o pesar del bien ajeno. Emulación, deseo de algo que no se posee. 
Diccionario de la Real Academia Española. 23ª edición. Octubre 2014.

¡Ay, la envidia! Hablar de la envidia en un blog de un español, y no irse a los 150.000 caracteres sin espacios es tan difícil como que mi madre sepa decir a sus amigas cual es la especialidad que hizo su hijo el médico. Al final, la mujer termina diciendo que es médico en un pueblo y ahí lo deja, sospecho que con un deje de vergüenza y... ¡anda! con envidia de la que dice que el suyo es cirujano en el hospital donde operan al rey.

En fin. La envidia es el ancla que arrastramos por la senda que nos lleva a la felicidad. Si finalmente hemos consensuado con los gurús de la espiritualidad (y conociendo el Nepal sólo por Españoles por el mundo) que la felicidad es disfrutar de lo que uno tiene, la envidia viene a meternos el dedo en el ojo de nuestro camino zen. A joder la marrana, vamos, en román paladino.

Así que, hallándome como me hallo a estos mis cuarenta y tantos en estado de felicidad, sí, como suena, y sin necesidad de ser mucho más explícito, pues, ingenuo de mi, creí que me costaría escribir sobre esta toca pelotas. Pero, no. No. En la breve reflexión previa al tecleteo, ya tuve que decidir centrar el tema en la Medicina y adláteres, para no caer en el terreno mas mundano de mis entretelas. Ustedes me comprenderán.

Y antes de lanzarme a relatar mis envidias médicas, versión abreviada, no se preocupen (la versión del director da para una novela y de las gordas) quiero dejar claro que no se trata aquí de hablar de esa estupidez que nos hemos inventado para justificarnos, la envidia sana (ya se sabe, añada usted salud a cualquier cosa, y manita de chapa y pintura, como nueva). Hablaremos de envidia de la de verdad, la humana, la que huele, esa.

Aterrizar en la Facultad y la primera en la frente. Resulta que allí había un ciento y la madre de hijos de médicos, chicos y chicas que llevaban mamando desde la cuna la filosofía de esta profesión, que habían visto a sus padres llegar a casa ojerosos y sonrientes, agotados y satisfechos, que habían oído anécdotas emocionantes, divertidas, tristes, que habían adivinado entre líneas el traje de súper héroe de su padre o su madre. Yo, ni por el forro. Mis tratos con la Medicina se limitaban a las visitas del pediatra (sí, antes iban a tu casa cuando estabas fatal, increíble, ¿verdad?) y pare usted de contar. Afortunadamente crecí en una familia "desmedicalizada", de las de vacunas y se acabó. Con cinco hijos, había poco tiempo para pasar el día en la consulta y mi madre aun no se había dejado expropiar su capacidad de cuidar a sus vastaguitos. Mi llegada a la Medicina fue la evolución lógica de un tipo listo al que se le daban bien las ciencias pero le encantaban las letras: una ciencia humanística.

Luego vino la envidia de esos fieras capaces de sacar una notaza en el MIR y poder así elegir la especialidad que querían. Yo, maniatado por mi complejo de inferioridad, que en realidad no era mas que una constatación de capacidades, apenas me esforcé en prepararme, allí me presenté y, en un golpe de fortuna, en una lotería de esas que no sabes que te ha tocado hasta que pasan los años, me encontré residente de medicina de familia.

Y podemos añadir la envidia de tener un trabajo de sólo tres año fijos,  mientras mis amigos tenían cuatro o cinco, que terminaban casi siempre en contratos en sus servicios, el que no lo complementaba con trabajitos en las privadas (eran otros tiempos, menos precarizados en los hospitales), y yo desaguando en un mercado saturado por una bolsa de médicos que durante años había quedado excluidos de la élite MIR, pero se ganaban las habichuelas en el mercado libre de la Atención Primaria.

No, no tenía envidia de sus especialidades, todas me parecían excesivamente cortas de miras, no me veía a mi mismo restringido a una sola faceta de la Medicina, es una cuestión de gustos, que no se me enfade nadie. Pero ese brillo social de cualquier especialidad hospitalaria, esas preguntas de "¿en qué hospital trabajas?", esas insinuaciones de si me quedaré para siempre en el pueblo o ascenderé a trabajar en el hospi. He sentido una especie de envidia de clase que me ha costado aprender a desterrar.

La lista de envidias, ahora que la desgrano, no solo me avergüenza, incluso me asusta. En fin, dejémoslo aquí. Yo ya me he embarcando en el camino de la felicidad. Lo he hecho desenganchándome los anzuelos que me lanzaba la envidia dichosa, y os aseguro que se camina mucho más ligero. No digo que no me pinche de vez en cuando, a quién no, solo faltaría que tuviera que andar detrás de mi la Congregación para las Causas de los Santos. Que estén tranquilos, que este pecador, seguro que seguirá pecando.

En esta ocasión, El Bosco, representa a la envidia en La Mesa de los Pecados Capitales (Museo del Prado. Madrid) con una pareja de enamorados (un burgués que intenta seducir a la mujer de otro) dos señores (un mercader que mira a una joven noble que lleva un halcón en el puño) y en la calle, dos perros con un hueso. (Wikipedia)



sábado, 1 de agosto de 2015

Los pecados capitales 5: la gula

Gula: Exceso en la comida o bebida y apetito desordenado de comer y beber. Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. 23ª edición. Octubre 2014.

En el pasado cualquier forma de exceso podía caer bajo la definición de este pecado (wikipedia)

No, no me paso la consulta comiendo, ni bebiendo. Ni compulsivamente ni circunspectamente. No mordisqueo galletas escondidas en el primer cajón de  mi mesa entre paciente y paciente (me imagino recibiéndoles con la boca llena, escupiéndoles migajas mientras amnanniseo, pobres)

Tampoco guardo una petaca  de whisky en el bolsillo de la bata. Sería difícil en mi caso, porque la pobre creo que duerme el sueño de los justos en casa de alguno de mis cuñados que se metió en su día a pintor de brocha gorda.  

Mis pecadillos de gula se limitan a unos caramelos de eucalipto con miel que me trae el bueno de Fulgencio  cada vez que viene a la consulta a charlar un poco de su mujer y sus lagunas de memoria cada vez más profundas y anchas, y echamos unas lágrimas por aquel hijo que se les fue tan cruelmente en su niñez e hizo de sus vidas un infierno de pena y pastillas para los nervios. 

Apenas bebo durante la consulta. Me lo reprochan mis residentes, muy adictas ellas a los buchitos de sus botellitas de agua mineral (algunas recomendadas por los amigos de la AEP, que al fin y al cabo, no ha tanto que abandonaron el desideratum de la edad pediátrica)

Eso si, no perdono los cafés. Uno en casa, madrugador,que comparto con Rosa Taberner por esas magias del Twitter que me permiten ver amanecer el cielo de Mallorca, otro antes de empezar en el bar del pueblo, codo con codo con mi compañero, enfermero de los que fueran jefes locales de  Sanidad, hijo adoptivo del pueblo por desposorios, mientras se despereza la auxiliar de la residencia del turno de noche y miro para otro lado con falso disimulo para que no le sepa amarga la copa de coñá al bueno de Mauricio. 

Luego un tercero a media mañana que no me lo pongo con un 18 porque no quiero molestar al enfermero.  En fin, que no trabajaré a turnos, como dicen los chicos de la Cochrane, pero que yo diría que este espabile que me da la cafeína no es gula sino pura y dura necesidad. 

Pero abandonemos la infructuosa búsqueda de la gula tardo-cristiana, de difícil encaje en mi día a día (aunque no inexistente en este páramo, como bien saben los chicos de la BigPh) y centrémonos en el más abstracto que recogían los wikipedienses, con esa referencia a un pasado de excesos que se me hace un presente. Y ahí sí que hemos pecado, y lo hemos hecho como gordos cardenales renacentistas. De algunos de esos excesos ya hemos hablado: de diagnosticar, de medicalizar la normalidad, de pruebas, de búsquedas, de fármacos, de atemorizar y exigir y regodearnos luego en el medico-centrismo.


Pero hoy quiero flagelarme por el terrible pecado del exceso registrador, el ansia de escuchar cien mil clicks en cada consulta, de dejarme los ojos en los pixeles, sin saber de qué color son las pupilas de quien me habla, de cambiar ítems de estado, de destacar sobre todos los demás en las estadísticas que me enviaban los sabios que habitan las cavernas de las gerencias. 

He puesto caras de seboso pervertido ante un protocolo completado, ante unos  parámetros clínicos rellenos ad nauseum,  ante un botón derecho que me desplegaba un mundo secreto de opciones. 

Y en medio de aquel placer insano, de aquel estómago a punto de vomitar para seguir comiendo, he olvidado el auténtico sentido de mi misión, el deleite de un manjar explotando en mi paladar en forma de datos que no engordarán estadísticas, pero que me servirán para conocer las inquietudes de un paciente. He olvidado el aroma de un vino disfrazado en un efecto adverso que generó una desconfianza hacia ciertos tratamientos, algo mucho más importante que registrar a los 90 años si se ha hecho una citología en los últimos cinco años. 

He olvidado, en fin, que lo que tenía entre manos era sólo un instrumento para lo que de verdad tenía que tener entre manos. Que comer y beber era una necesidad para seguir viviendo, una necesidad de la que puede devenir un placer, por qué no, pero necesidad al fin y al cabo.

Y como un franciscano arrepentido, me he puesto el más viejo de mis hábitos, he apretado fuertemente mi cilicio, he dejado en un lado el oscuro deseo de mis gulas, al que sólo me entrego tras un padrenuestro rezado entre dientes al dios de la medicina de cabecera, desde mi silla, al nivel y junto a la de mis pacientes, y en pequeños y disimulados bocados, aunque les quite el sueño a mis gerentes y pretendan, sin suerte, tentarme con sus incenti-viles manjares. 

Que ustedes disfruten con la venia de sus festines veraniegos. 


La representación de la Gula por parte de El Bosco, en su obra La Mesa de los Pecados Capitales, que se encuentra en el Museo del Prado, es una escena de interior con cuatro personajes. A la mesa del banquete hay un hombre gordinflón comiendo. A la derecha, de pie, otro que bebe ansiosamente, directamente de la jarra, lo que provoca que el líquido se le caiga de las comisuras de los labios. A la izquierda, una mujer presenta una nueva vianda en una bandeja. Aparece un niño obeso, simbolizando el mal ejemplo que se da a la infancia, que reclama la atención a su obeso padre, En primer plano, una salchicha se asa al fuego. (Wikipedia)



sábado, 25 de julio de 2015

Los pecados capitales 4: la ira

La Ira: el cabreo, la mala leche reconcentrada, la mala baba, echar humo por el coco, ponerte rojo como el pimentón y morderte la lengua hasta que sangre, o directamente, escupir sapos y culebras que ríete tú de los tres dragoncitos de Juego de Tronos. Resumidas cuentas, que no creo que tenga que sacaros a relucir los que es la ira con la definición de los sabios de la RAE. Lo dejaremos para el resto de los pecados.

Porque este cuarto pecadillo de mis entretelas permanece debajo de nuestra piel de vendedores de feria, lo llevamos tatuado de los tiempos en que recorríamos el salvaje oeste repartiendo crecepelos mágicos, sacando alguna muela o sajando un buen abceso anestesiando con bourbon (¡qué tiempos aquellos!)

Y es que tratamos cada día con cúantas, cuarenta, cincuenta, sesenta personas, si contamos adyacentes, opinadores y pequeños que tambien estaban tosiendo, no habían ido al cole y no tenían con quien quedarse. Y entre tanto personal, abundan los expertos en gripes, los que saben como se cura un orzuelo, los que han pensado en ese diagnóstico antes de que llegues al "¿a qué lo atribuye?". También está el que es su mejor medico, el que, para él, treinta y siete ya es fiebre, el que tenía un primo al que le dijeron que tampoco era nada y se murió en tres meses, el que te nota mas gordo que antes del verano, el que no te ve buena cara, el niño que te tira al suelo la caja de depresores...En fin, que la mies es mucha y la paciencia (algún día hablaremos de las virtudes cristianas en el medico de cabecera, tema, sin duda, mucho mas aburrido) la paciencia, divagaba, no es tanta, y así, un día, de repente, sin comerlo ni beberlo, vas a abrir la boca y hala, a través de ti habla la niña de El Exocirsta, mientras tu atlas se desplaza trescientos sesenta grados sobre tu axis, y, si lo tienes a bien, rematas con un vómito verdoso, que los demonios no conocen la colecistectomía, por lo visto.

Pues no, yo no soy una excepción. Y eso que soy un tipo de natural tranquilo, poco dado a los alborotos, con tendencia a la fibrilacion auricular de ritmo no controlado en cuanto tengo que alzar la voz. Pero me vienen al pronto pago tres episodios de ira incontenida, tres, que serán muchos mas, pero permítanme ustedes una cierta benevolencia veraniega.

El primero fue allá por mis guardias de jovenzuelo residente en el Centro de Salud. Recuerdo al sujeto, cincuentón, inquieto desde que sonó la campana, como un Mohamed Alí, soltando su veneno como Cassius el uppercut. Yo aún no había bebido en las fuentes del zen de la Primaria (no había leído todavía a Salva ni a Vicente): era joven y aquel sujeto me estaba tocando los cojones. Así que, cuando aquel peso pesado creía tenerme en el rincón y me lanzaba su crochet a la mandíbula de cristal amenazándome con una denuncia judicial, me puse en pie empujando hacia atrás la silla con violencia (esto confiere un efecto dramático potenciado por el pijama verde con el que  entonces yo hacia las guardias) y arrebatándole la tarjeta sanitaria, le espeté a voz en grito que me encargaría personalmente de que le retiraran la tarjeta al menos temporalmente por su comportamiento intolerable, agresivo, mal educado... Mi combinación de directos de izquierda y derecha amenazaban con noquearle, y así hubiera sido si su esposa, hasta entonces callada, no le hubiera obligado a salir de la sala de urgencias y se hubiera quedado a pedirme disculpas, asegurándome que estaba enormemente preocupada por la actitud agresiva que últimamente adoptaba un marido que siempre había sido encantador.

Aquello me dejó como a Foreman en el octavo asalto en aquel cuadrilátero africano. Desaté una ira inconcebible sobre un hombre que no necesitaba un médico que le gritara, sino uno que escuchara detrás de sus gritos. Y es que se que muchos de los que leáis esta reflexión estaréis pensando con benignidad sobre nuestras caídas en la ira, la estaréis poniendo la etiqueta de venial, pero yo no consigo ser tan indulgente conmigo mismo. Creo que cada vez que me dejo arrastrar por ella, mato un poco del buen médico que hay en mi interior. Y me duele.


El segundo que me viene a la amargura es penoso, porque ya no me ampara la disculpa de la juventud, ni la eventualidad, ni el paciente desconocido atendido una noche de guardia. La protagonista es una mujer de setenta y tantos que consumía su ¿vigésimo quinta? ¿vigésimo sexta? visita del mes, con su dolor aquí (en un hipocondrio visto y revisto con ecos, Tacs y hasta ouija), con su boca "como una alpargata", con su "mándeme usted algo, lo que sea", con su " oiga, ¿yo puedo comer pepinos?", con su "mándeme usted a que me vean" (mientras repaso los trescientos mil informes de especialistas, públicos y privados, a los que ha ido, mientras veo que su hijo, el que aparece solo algunos fines de semana, la ha vuelto a llevar al hospital porque el médico de cabecera no le hace caso). Y el médico de cabecera pierde los papeles, y alza una voz dura, desalmada que escupe verdades que no se deben decir.

Y aquella pobre mujer dice un triste "no me grite usted", que me devuelve una imagen asquerosa de mi que no borro ni lavándome mil veces las manos, y que me reafirma en mi determinación de ser inflexible con este pecado, de que se han acabado para siempre las excusas y las benevolencias.


El tercero es tan reciente que parece que hubiera sido ayer. Un sujeto paciente se jacta en mi consulta de haber amenazado a un compañero gravemente. Busca en mi complicidades, explicándome las causas y se encuentra una escena miguelangeniana, un tipo duro al que de pronto le ha salido una barba blanca y un gesto de ira bíblica mientras le expulsa del paraíso, que le interrumpe preguntándole qué tipo de persona es, que le repudia, que le amenaza con dejar caer sobre el todo el peso de la ley (a sabiendas de que es un peso pluma). Dies irae, dies illa. 

En fin, tres botones, con más o menos razones, con más o menos vergüenzas, con más o menos reproches. Sean sus mercedes indulgentes.

El cuadro, siguiendo la serie mostrada hasta ahora, representa a la ira, y como los anteriores pertenece a La Mesa de los Pecados Capitales, de El Bosco, que se encuentra en el Museo del Prado de Madrid.

El Bosco la representa con dos campesinos borrachos riñendo a la puerta de una posada con jarras de bebida y uno de ellos es detenido por una mujer, mientras el otro tiene un banco en la cabeza. (Wikipedia)


lunes, 20 de julio de 2015

El paciente cero

No se si existe esa denominación fuera de la epidemiología, pero si no está definida en los sesudos tratados que andan por ahí, debería estarlo, porque estoy seguro que todos lo médicos tenemos un paciente cero en nuestras cabezas, en lo más recóndito de nuestras almas (el que la tenga, sea suya o prestada)

Estoy seguro que si, todos aquellos de mis amables lectores que juraron la parrafada hipocrática, cerraran los ojos en este momento (bueno, mejor al acabar el párrafo, que si no va a ser un pelín mas complicado de entender), lograrían perfilar con todo lujo de detalles la cara de ese paciente que fue el primero en conmovernos verdaderamente los cimientos de la vocación, el primero en desnudarnos ante nuestros miedos, en despojarnos de vanidades, en vomitarnos toda la futilidad y devolvernos al polvo que tanto nos habíamos empeñado en limpiar de los zapatos.

Les deseo un buen ejercicio. Adelante.

Y ahora, recuperados de esas imágenes que jamás se fueron, permítanme que les hable de mi paciente cero. Al exorcismo a través de la literatura. Si lo ha dicho algún escritor famoso, no he sido capaz de encontrarlo en Google.

Se llamaba Sergio. Tenía veintitantos años, y era un tipo fornido, un chavalote de los que no habían querido estudiar, pero había sabido encontrarse su hueco bien remunerado en el boom del ladrillo. Lo suficiente para comprarse un buga apañadito, y salir con su churri los fines de semana a lo que se terciara, que para eso eran jóvenes e inmortales.

Yo había aterrizado en mi primer cupo estable desde la residencia en un pueblo de la periferia de Madrid, a caballo entre sus tradiciones y el progreso desbocado y devastador. Trabajaba como una mula, el único médico en el turno de tarde, junto con una compañera enfermera y una administrativa. Nosotros nos lo guisábamos y, si hubiéramos tenido tiempo, nosotros nos lo hubiéramos comido. Pero no teníamos (tiempo, se entiende). Acabábamos agotados pero inconscientemente felices, al menos los primeros años.

Mi trato con Sergio había sido superficial y catarrero, de justificantes de cuarenta y ocho horas y colitis criminales, poco más. Unas veces venia acompañado por su lozana novia y otras por una madre preocupada a la que se le había ido la flor de la edad sin enterarse. Era una mujerona morena de pelo rizado que me daba la impresión de que podría comerse el mundo entre pan si se lo,proponía. Me caía muy bien.

Entre miles de consultas en nuestras vidas, es difícil recordar los detalles concretos de alguna. Pero, curiosamente, con el paciente cero se recuerdan con nitidez posiblemente mentirosa. Sergio vino aquella tarde con su chica. Llevaba unos días con un dolor en la parte más baja de las costillas izquierdas, que le aumentaba al moverse o al respirar profundamente. Era molesto hasta para él, que era un mulo. Recuerdo casi al detalle la exploración, toque las costillas, escuche las inspiraciones y espiraciones simétricamente tranquilizadoras, y empezamos a charlar de los esfuerzos físicos que hacia en su trabajo, y de que ese tipo de dolores era de los más frecuente, y tardarían en dejar de molestar. Calor y analgesia, o Paracetamol y mucho agua, por acercarnos a la versión televisiva.

Pasaron los días y llegó una segunda consulta similar en planteamiento y resolución, y luego una tercera, esta ya con la figura preocupada de la madre en segunda línea de platea, fijando unos ojos en mi tan intensos que escocían. A Sergio parecía que le costaba reconocerlo, pero su madre no tuvo reparos en aportar datos más preocupantes, cansancio y una perdida de apetito impropia del buen yantar natural de su niño. Volví a tumbar a Sergio en la camilla y repetí la exploración, esta vez añadiendo el toqueteo abdominal tradicional, sin olvidar la percusión, que para eso se me ha dado siempre de cine. Pero todo fue igual de anodino.

Yo estaba tierno, pero había aprendido a no creer saber más del paciente que él mismo, o que su madre. Alimentarle por la umbilical durante nueve meses tiene que dar un plus de conocimiento por cojones que no lo da la Complu. Solicité analítica y ecografia, pues por aquel entonces era una novela de Asimov pretender que el Servicio de Salud madrileño nos concediese ciertos dispendios tecnológicos, y esperamos tranquilamente resultados. Lo de tranquilamente es un decir, pues su madre y un servidor teníamos por aquel entonces enjambres de moscas tras las orejas.

La analítica fue tontorrona, pero la ecografia escupió un bazo grande y podrido que yo no había sido capaz de tocar. Los pómulos que se iban marcando en la cara de Sergio me hacían los mil reproches que no me hacía su boca. Con un truco de cambios de empadronamiento conseguimos que le operara uno de los más prestigiosos cirujanos de España, al que habían acudido de forma privada y que, por supuesto, hubo de aceptar el caso en la pública. Luego vino la quimioterapia y la desintegración, las lagrimas de su madre en una consulta terrible pidiéndome opinión sobre acudir a una renombrada clínica oncológica americana con sede en Madrid, su determinación por gastarse hasta su última moneda en la cara o cruz de la vida de su hijo, aun sabiendo, como habia visto en sus ojos, que ya había salido cruz.

Luego el consumirse esa vida joven, hasta hacia un año capaz de comerse el mundo, o al menos dos menús completos de Mc Donald's con una mano, sin quitar la otra de las cachas de su chica, y doce meses después agotado entre sus sabanas.

Solamente una vez acudí a su domicilio durante su abandono final. No dejo de arrepentirme cada día que pasa. El fue mi paciente cero. No fue el primero que se me murió, pero fue el primero de la que entonces era mi pequeña familia que desnudó todas mis vergüenzas, y, cuando miro hacia adentro , ejercicio muy sano, aunque, como todos los ejercicios sanos, muy duros, sigo viendo su cara, a veces fresca y joven, otras huesuda y abandonada, y me vuelvo a sentir desnudo, y los pies se me vuelven a llenar de polvo.


Para aquellos hipocondriacos de entre vosotros, deciros que los tumores primarios de bazo son extremadamente raros (hay unos 200 descritos en la literatura) y son de pronóstico desgraciadamente fatal.

Hace unos meses nos reunimos unos cuantos (casi 200) profesionales sanitarios para hablar de nuestros errores. Y lo hicimos por el bien de nuestros pacientes y por nuestro propio bien. De aquel hermoso aquelarre surgieron unas iniciativas que, implantadas por los servicios de salud, mejorarían la seguridad del paciente y la nuestra propia. También, un banco de casos clínicos, entre los que no se encuentra éste, de una riqueza y una sensibilidad únicas.

Gracias a todos los que lo hicieron posible.

Dedicado a ti, Sergio, estés donde estés. Y gracias por hacerme médico y no abandonar mi memoria.

Los resúmenes del SIAP 2015 de Granada (Seminario de Innovación en Atención Primaria) son del estupendo blog de la gente de Sano y Salvo. La foto es de unos pocos de los piraos que nos juntamos allí a exorcizarnos y sobre todo a aprender. Buenos amigos, besos y abrazos para todos
















Los pecados capitales 3: la pereza

Pereza: Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. 
Diccionario de la Real Academia Española. 23ª edición. Octubre 2014.

Cuando uno decide afrontar esta boutade veraniega de los pecados capitales, influido sin ninguna duda por el amor incondicional al cine y la rendida admiración a ese actorazo de Kevin Spacey, el villano mas retorcido e inteligente de la pantalla que se descojona en la cara del guapito de Brad Pitt; pues bien, como digo, cuando alguien se embarca en tamaña autorreflexion y repasa la lista de los pecados, siempre se topa con aquel del que reniega en público y en la soledad de la cama, aquel contra el que bufamos como un toro encabronado, contra el que echamos sapos y culebras por nuestra boca siempre que tenemos oportunidad, aquel que disfrazamos como si fuera el Mortadelo de nuestra conciencia, para que ni desinhibidos por los gin tonics de la terraza junto al mar seamos capaces de reconocerlo como un hijo descastado que abofetea a su madre.

En mi caso, ese pecado impronunciable, ese baldón a las virtudes de cualquier persona, mucho más de un médico, es la pereza.

Desde que decidí afrontar la reflexión sobre este demonio apocalíptico, me asaltaba en todo su esplendor y en sus mil y una faceta a mi alrededor. He visto su rostro de podredumbre en el medico que llega media hora tarde a su consulta porque no le gusta madrugar, y que además no le importa hacer esperar otra media horita a sus pacientes mientras se toma un café con algún amiguete de los de traje encorbatado y brillantes papeles satinados bajo el brazo.

He visto su repelente silueta en compañeros que declinan una y otra vez la invitación del pesado del encargado de la docencia para hacer una modesta sesión clínica que compartir con el resto de sus compañeros, escudándose en lo mal que se les da hablar en público (como si fueran a debutar en el Teatro Real), o en lo sobrecargadisima que esta su consulta (no como la de mi compañero de al lado, que se pasa la mañana trasteando en internet)

Me ha asaltado su fetidez en todos aquellos compañeros que han decidido que ya lo saben todo, que reciclarse es cosa de jovenzuelos por destetar, que además están hartos de que les ofrezcan todos los cursos fuera de su horario laboral (que, por supuesto, incumplen a rajatabla) y que tienen una vida interior y exterior riquísima como para perder su valioso tiempo en tontadas de niñatos.

Se me aparece su espectro una y otra vez cada vez que alguien me dice aquella frase tan bonita de "esto no es mío", cada vez que una boca pronuncia las palabras "espere a las tres que entran los de guardia", cada vez que un suplente pronuncia entre dientes "eso, mejor, cuando venga su médico", cada vez que un médico de cabecera rellena una volante sabiendo que el paciente será absorbido en un tifón de los mares de China que le mantendrá alejado de su consulta quién sabe cuánto tiempo.

La desidia me rodea, y yo, Davy Crockett en El Álamo (el de Texas, no el de Madrid, donde resistí un asedio de siete años) como el gran John Wayne en la película, resisto al envite final desde mi fortaleza moral, poniendo cara de asco y un gesto de duro de Hollywood copiado de The Duke. Hasta que no le quedan balas a mi Winchester y entonces, se detiene el tiroteo lo suficiente como para que recuerde aquellos dos viejecitos que vivían sus últimos días en dos pequeñas camas, el uno junto al otro, entre olores a pañales empapados de orín y humedades de paredes de cal, y que tomaron el camino del olvido con apenas unas semanas de diferencia, sin que su medico de cabecera hubiese ido a conocerlos.

Y me doy cuenta de que hay autocríticas que duelen mas que otras, y que esta es una de esas que me provocará un insomnio culpable que resulta difícil de expiar, aunque se pase uno la vida a la tarea. Porque lo disfrace como lo disfrace, lo maquille como lo maquille, no puedo librarme ya de esas vergüenzas.

Y hasta creo que tampoco quiero, pues tenerlas presentes me permiten no relajar la guardia, y, en definitiva, volver a convertirme en perezoso.

El cuadro, como en las dos ocasiones anteriores, representa a la pereza, perteneciente a La Mesa de los Pecados Capitales, de El Bosco, que se encuentra en el Museo del Prado de Madrid.

En ella, un eclesiástico duerme ante la chimenea en un acogedor interior, mientras que una mujer (la Fe), elegantemente ataviada, trata de despertarlo para que cumpla sus deberes de oración. (Wikipedia)