lunes, 5 de octubre de 2015

Las trincheras de la medicina

La medicina a pie de calle está repleta de historias de trincheras. Son historias que se rememoran con una taza de café en la mano, historias que arrancan una sonrisa, un suspiro de juventudes rememoradas o un rictus de dolores subcutáneos. Esta es una de esas historias, un historia de otoño frío, una historia de guardias, de vida y de muerte, como todas, y de situaciones absurdas por lo reales, imposibles por lo cotidianas. 

La guardia se dejaba llevar hacia ese rún rún de horas intrascendentes, de conversaciones a retazos interrumpidas por los bostezos. Las últimas horas de un día duro, en las que uno añora su almohada y la respiración sosegante de su contrario o contraria. Esas horas que esconden una última llamada o un penúltimo timbre al que se responde arrastrando los pies, el fonendo y el alma. 

Aquella vez fue una llamada de angustia, un "corran que mi madre está muy mala", de los que revelan terror en cada sílaba, de los que alertan el endurecido sentido arácnido del viejo médico. Mi compañera y yo llevábamos años de guardias juntos, una mirada traduce un mensaje de urgencia que no necesita palabras. Lo demás son movimientos mecanizados y el pequeño coche disparado hacia el pueblo de al lado. 

Se habla poco cuando se piensa mucho, y al final, los GPS se reemplazan por cabezas fuera de la ventanilla buscando los rótulos de las calles a la luz pobretona de las medias farolas. Era un chalet con la verja abierta donde esperaba una mujer acurrucada cómo podía en su bata. Entramos tras ella en un garaje. Sobre una silla de madera una anciana vencía la cabeza con esa dejadez que solo sabe dar la muerte. Su hijo la sujetaba torpemente, llamándola con ese madre tan de los pueblos, y ese dolor tan de las despedidas. 

Al vernos entrar nos miró con la angustia del que lo sabe todo. Su muñeca inerte y silenciosa me decía  lo que era evidente. "Vamos a tumbarla en el suelo", les pedí mientras mi compañera desembalaba el aparataje pertinente. La mujer de la bata corrió escaleras arriba y volvió al cabo de un momento con una manta que extendió sobre el enlosado. 

Rápidamente su hijo me contó que su madre, muy delicada ya del corazón, hacía años que llevaba dos "muelles", había decidido salir a tirar la basura. Pero el contenedor estaba calle arriba y aquello fue demasiado pedir para la vieja bomba cansada que llevaba en el pecho. Cuando volvió, pálida y mareada, se sentó en aquella silla y allí había cerrado los ojos entre los brazos de su hijo. 

Entre todos recolocamos a la anciana sobre la manta, y sus pupilas arreactivas y sus silencios en el pecho corroboraron el relato y convirtieron en trastos inútiles el ambú y los demás chismes que rodeaban su cuerpo inerte. 

Me levanté y como me ocurre siempre a pesar del callo de la experiencia, las palabras se me atragantaron en el gaznate como si fueran brasas. Puse la mano en el hombro de aquel hombre que no dejaba de mirar a su madre, en esos breves y eternos momentos en que de repente somos conscientes de lo insignificantes que somos en realidad. 

Su mujer, aportó el pragmatismo que a veces es de agradecer, y afirmó con rotundidad: "no podemos dejarla ahí en el suelo hasta que lleguen los de la funeraria". Pues no, a todos nos parecía una falta de respeto, pero nos mirábamos los unos a los otros sin ser capaces de reaccionar. Ocupando el centro del garaje había una mesa de billar. El tapete verde resaltaba contra el blanco de las paredes y el suelo, y, por un minuto, los cuatro miramos aquella superficie atraídos por la cercanía. No recuerdo si alguien llegó a sugerirlo, pero me parece recordar a los cuatro protagonistas de la historia desechando con un imperceptible movimiento de cabeza la imagen de la pobre anciana velada sobre una mesa de billar.

"Si les parece, podemos subirla arriba entre todos, a una habitación". Creo que fue el hijo el que lanzó la sugerencia al rescate, mirándonos suplicante, temeroso de que nos negáramos a ayudarles. Mi compañera y yo nos miramos, de nuevo con el mensaje completo en las pupilas, y nos dispusimos a hacer el último servicio a aquella pobre anciana. Cogimos cada uno de una esquina de la manta, repartidos estratégicamente para compensar nuestras fuerzas, y emprendimos camino escaleras arriba, escaleras estrechas y empinadas que apenas te dejaban margen para moverte, con el pánico a que se nos cayera haciéndonos sudar y resoplar. 

Al final, la depositamos con sumo cuidado sobre una cama y muy discretamente recogimos nuestras cosas, dejando a aquella familia con su pena y sus despedidas. Antes de irnos, nos regalaron una última mirada de agradecimiento empapada en una levísima sonrisa. Más que suficiente. 

En el camino de vuelta, comentamos las situaciones tan absurdas que se dan en estas trincheras de la vida, mientras el Centro de Salud nos recibía en silencio, y nos marchábamos a la cama con esa intranquilidad del qué nos deparará la noche que, como los buenos desodorantes, nunca nos abandona. 






lunes, 21 de septiembre de 2015

Pena

No consigo quitarme la imagen de la cabeza.  Los brazos repletos de arañazos, la cara y el cuello, allí medio ocultos por las servidumbres del paso del tiempo. Pero en la cara y los brazos morenos resaltan  y escupen la pena. Y los ojos que no resisten ni una lágrima más y deciden dejar de contener lo incontenible. No consigo quitarme la imagen de la cabeza, la pena más descarnada y rabiosa.

Ella es asombrosamente pequeña, diminuta. Camina siempre como si el mundo se fuera a acabar en ese instante, una faena que resultaría insoportable, con la cantidad de cosas que tiene por hacer. Va calle arriba y calle abajo empujando el carrito de su segunda nieta, lleva a la mayor al cole, da una vuelta a su casa, luego a ver a su padre, apañarle un poco, después la comida, las niñas, su marido y su hijo que vienen del campo cansados, y a la tarde, a limpiar en otra casa. 

Al salir pasa por la residencia a ver a su madre. Esta sentada en su silla de ruedas en el comedor, mirando por la ventana, ajena a la televisión y a las conversaciones de los vecinos, ajena al mundo que ve por la ventana. Ajena a su propia hija. La coge la mano y la besa. Huele a orina. Pide a una auxiliar que por favor la cambien el pañal. Aún no es la hora y además si quiere cambios fuera de hora tendrá que traerse los pañales de casa porque están contados. Se calla y traga saliva. Saliva que quema la garganta. Entonces descubre en el brazo un par de erosiones y un hematoma que no estaban allí ayer.  Se ha debido agitar a la hora del baño matinal. También le ocurría en su casa, pero allí, ella se armaba de paciencia y se tragaba las lagrimas que le provocaban los improperios obscenos y vulgares que salían de la boca desdentada y también ajena, a ella e incluso a su propia madre. 

Esa mujer fuerte que puso en pie aquella familia, que atemperó los gritos con que hablaba su marido trasformándolos con cariño y paciencia, apenas puede ponerse en pie. Vuelve a preguntar a la auxiliar, que está agotada y despeinada, restando los minutos que faltan para que llegue el turno de noche. Sospecha que esta demasiado medicada, que algo más está ocurriendo. La auxiliar se muerde la lengua para no soltar lo que está pensando, porque sabe que se juega su trabajo, y tampoco están las cosas como para irse al paro. Al final se contenta con asegurarle que solo se le da la medicación pautada y que si cree que puede tener otra cosa, que hable con el médico. 

Se despide con un beso en la cabeza que apenas provoca un parpadeo en su madre. Le coloca una horquilla y se marcha a su casa con su mismo paso atropellado de siempre. Antes pasa por la de su padre. Ella está acostumbrada a su tono de voz, que siempre fue parecido al de un pregonero, pero que a la vejez ha adquirido un tinte cascado y metálico que impresiona al que no lo conoce. Está intranquilo porque también la notó muy parada y apenas si le había mirado un par de veces a pesar de su estentoriedad. 

- Mañana iré a hablar con el medico para que nos quedemos tranquilos.

No le gusta dejarle solo pero no hay quien le mueva de su casa y al fin y al cabo no llegaran a doscientos metros de distancia de puerta a puerta. Son pocos, pero a veces se convierten en un mundo salvador, y otras desesperanzador. Aprovecha una llamada de su hija para pedirla que coja cita al día siguiente con ordenador. Las moderneces son un avance, pero para ella han llegado algo tarde. 

Esa noche, rendida en la cama, no encuentra un hueso, o un músculo que no la duela. Pero como tantas otras, el sueño no es misericordioso con ella. Y aunque se esfuerza en vaciar su mente y relajarse, no puede expulsar las imágenes de su madre lanzando manotazos, clavando las uñas donde encuentra carne que arañar, escupiendo palabrotas que no tenía ni idea que conociera. Recuerda el calvario como si ella hubiese sido el Cireneo, o el mismísimo Jesucristo, por lo que pesaba la cruz. Los olvidos, tontorrones y hasta divertidos al inicio, y oscuros y tenebrosos mas adelante. Las búsquedas por los caminos con el corazón en la boca y el alivio de encontrarla mirando un horizonte que solo veía ella.

Recuerda la manía del mal sabor de boca, que le hizo beber colonia un par de veces, y por la que le obligaba a llevarla al médico al menos dos veces por semana.  Y las alucinaciones, terribles en su realidad paralela, que la hacían llorar como una niña aterrada, y que no desaparecieron hasta que dejó de tomar aquellas pastillas que querían ayudar y encerraban esos horrorosos disparates.

Recuerda la consulta empapada en llanto en la que confesó al médico que había alcanzado su límite, que afrontar aquel dolor era demasiado para ella sola, y que habían decidido probar la opción de la residencia del pueblo. Fue una consulta repleta de vergüenza que no alivió ni la actitud comprensiva del médico ni la racionalidad que le brindaban los arañazos de su cuerpo cansado.

El despertador es un chisme inútil en su mesilla de noche, hace años que no necesita ponerlo. La rutina diaria es demasiado tirana como para permitir reflexiones relajadas, y además es inmisericorde con los insomnes. No importa. El sol sale de nuevo y todo recupera sus ritmos egoístas.

Llega tarde a la consulta, pero como no  hay listas en la puerta, el médico la hace entrar nada más verla esperando. Sabe lo que le va a decir: que la enfermedad avanza, que esas desconexiones serán cada vez más prolongadas, que es difícil acostumbrarse a vivir en un ambiente tan diferente. Lo sabe todo. Intenta no llorar, pero para qué, ya está más que harta de tener que hacerse la dura. Al menos allí tiene unos minutos para masticar el dolor.

Se lleva un papel para una analítica con efectos relajantes sobre las conciencias de todos, y se marcha escupiendo su propia confesión: que ella tampoco se acostumbra a la residencia, que quiere entregar de nuevo sus brazos, su cara, su cuello a esa destrucción lenta y terrible a la que la naturaleza a condenado a su madre.

Sale a la calle empujando el carrito de su nieta como si no hubiera mañana, aunque sabe que sí lo hay, y que por ahora, seguirá siendo igual de desesperanzador.


El 21 de septiembre es el día elegido por la OMS para difundir y dar a conocer en todo el mundo  información acerca de esta enfermedad. La demencia afecta a 47,5 millones de personas según cifras de la propia OMS, y cada año se calcula que se registran 7,7 millones de nuevos casos. Aunque la demencia ha sido considerada como una prioridad de salud pública mundial, hay dos vertientes que a mi juicio aún requieren de un esfuerzo máximo de parte de las instituciones y de la propia sociedad: el impacto abrumador sobre las familias, y la protección de los derechos humanos de los afectados.


Y ésto sin olvidarnos de que contemplamos este panorama desolador desde nuestros sistemas sanitarios y sociales del mundo desarrollado. El 58% de las personas con demencia viven en países de ingresos medios o bajos. Creo que no somos capaces de imaginarnos las situaciones de desamparo y miseria que puede acarrear. No somos capaces ni siquiera cuando nos duelen en nuestras consultas, seguro que no lo somos, hasta que nos da de lleno.




martes, 8 de septiembre de 2015

El médico sin médico

Sus gafas siempre habían sido su barrera, y él lo sabía. Y jugaba esa baza, porque con esa cara de nieto de Dorian Grey, a veces, demasiadas, a la gente le costaba trabajo tomarle en serio. No es que no las necesitara, sin ellas no veía un pimiento, pero necesitaba aún más el aire de respetabilidad que le ofrecían. Porque él era y siempre había querido ser, un tipo serio. Desde el colegio. No es que no se hubiera corrido sus juergas. Para esas sí que se quitaba las gafas, y durante mucho tiempo, costaba que le dejaran entrar en los garitos. Pero él quería ser un buen médico, y creía imprescindible envolverse en un halo de seriedad, que transmitiera confianza a sus pacientes.

Tardó en descubrir el poder de la sonrisa en la consulta, venía con esos frenos difíciles de soltar. Cuando empezó a hacer la residencia de Familia, cayó en un grupo donde transitaban dos o tres de esos residentes un tanto desvergonzados, dados al chascarrillo y a la desdramatización. Le chirriaba bastante, pero no pudo evitar la atracción de la camaradería que irradiaban, y terminó integrado en el grupo. Eso sí, daba el contrapunto de seriedad sin caer en la pedantería ni el aburrimiento, así que al final, se hacía querer.

Después del inevitable purgatorio hospitalario, cayó en las manos tutorizantes de una eminencia con bigote, de las que hay que adivinarles la sonrisa con los pacientes, una de esas fotocopias de Ramón y Cajal, que luego en la cocina del centro de salud y con la taza del café en la mano sueltan unas barbaridades del siete. Así que parecían hechos el uno para el otro. Se cortaba la formalidad con un cuchillo. Pero él estaba a gusto, había tenido suerte.

Fue de los primeros entre sus compañeros en desembarcar en una consulta, y no como un invitado, sino para quedarse unos cuantos años. Los pacientes le miraban al prinicpio recelosos, y él se parapetaba un poco tras sus gafas salvadoras y su bata. Les ofrecía serenidad, profesionalidad y fiabilidad. Quizás echaban en falta ese toquecito empático (aunque no supieran muy bien cómo definirlo) pero hasta a los serios se les coge cariño con el tiempo, y a él se lo cogieron porque era buena persona y un excelente médico de cabecera.

Durante años escuchó, trató de entender, utilizó sus conocimientos para conducir a sus pacientes por una camino tranquilo, a pesar de los asaltos medicalizadores, de las tentaciones tecnologicistas, y de los miedos, los de ellos mismos, los de la sociedad en la que vivimos y los propios, pues los demonios habitan en nosotros, que digo habitan, campan a sus anchas como Pedro por su casa.

Fue un médico sensato, con el primun non nocere tatuado. Un buen bagaje. Hasta que un día empezaron a temblarle las manos, un temblor tontorrón, pero molesto. Se las miraba sin quitarse las gafas, como para darse a sí mismo seguridad. Siempre había sido un tirillas, pero de pronto empezó a percatarse que la ropa bamboleaba, y puso en valor los comentarios sobre su excepcional delgadez de los pacientes, sobre todo los de sus muchas fans de edad mediana, por lo indeterminada.

Una analítica extraída en su centro una mañana reveló un tiroides peleón y nervioso. Era de esperar. Se rellenó el mismo una interconsulta con los endocrinos, pero la dejó a su caer, no quería que le arrollara el síndrome del recomendado. Siguieron unas cuantas visitas amables con una endocrina que utilizaba un tono paternalista y docente que le incomodaba, pero como era de buen corazón (él, la endocrina no tenía ni idea) pensó que era más bien un problema de sus propios prejuicios que una realidad.

Y un día aparecieron los primeros fármacos: antitiroideos. "Vamos a ponértelos a dosis bajas, a ver cómo va tu tiroides". Sin más. Que no le hablara de efectos adversos posibles lo atribuyó a su consideración con un compañero. No es que fuera un pastillero, pero nunca le había hecho ascos a un ibuprofeno, o a un omeprazol si hacía falta, así que tampoco le dio mayor importancia. El problema vino cuando empezó a notar un desagradable cosquilleo en la pierna derecha. Hacía unos años, tras un par de ciáticas molestas por lo limitantes, había acabado con una resonancia de espalda escupiendo una bonita hernia discal, que el traumatólogo, y el no repetirse las ciáticas dejó en el limbo del olvido.

Ahora reaparecieron sus fantasmas, pero cuando, a la mañana siguiente, el runrún amaneció también en el brazo derecho,  y hasta en la pierna izquierda, las alarmas se pusieron en defcon cuatro en su cabeza. Al terminar la consulta se presentó en el hospital buscando a la endocrina. Ya se sabe, privilegios de ser de la casa. "No, es casi imposible que sea de la medicación. Si además la tomas a dosis muy bajas".

Salió de allí con una interconsulta con los neurólogos que decidió abreviar por la vía del amiguismo. Esta vez el síndrome del recomendado le importaba ya un carajo. Fue a degüello a abusar de un conocimiento que remató la pertinenete exploración neurológica pidiendo unos potenciales evocados y una resonancia magnética nuclear cerebral, así, como el que pide uno con leche.

Aquella noche no pegó el ojo. Fantasmas con caras de sillas de ruedas, de sondas nasogástricas para tragar, de amigos compungidos disimulando mal la pena. Los hormigueos llegaban ya hasta la coronilla, su cuerpo entero era un criadero de hormigas, la jodida marabunta. Desde su atalaya de serenidad intentó hacer frente a los infaustos pronósticos autoimponiéndose una resignación islámica. Pero aquel esfuerzo de contención contribuyó poco a disminuir los sudores nocturnos. A la mañana siguiente cogió el teléfono y llamó a uno de sus amigos, de aquellos que fueran en su día jóvenes juerguistas despreocupados, y que ahora peinaba canas en un pueblito estepario.

Le pidió su opinión profesional sin intentar disimular su angustia, ni su falsa resignación ante lo inevitable. Y aquel amigo se calzó las botas de sosegar, y despacio, sin atropellos, le cogió de la mano y le trajo a la senda de la serenidad, sin que sintiera en exceso la patada en el culo que le estaba propinando.

"¿Qué habrías hecho, qué le habrías dicho tú a un paciente si te hubiera consultado con este problema?  ¿Por qué le cuesta tanto creer a tu endocrina que la aparición de unos síntomas claramente  registrados como  efectos adversos en su ficha técnica, aunque se presenten con poca frecuencia, puede ser la explicación más posible? ¿Acaso lo vive como una amenaza, un descrédito de su decisión? ¿No hubiera sido más razonable suspenderte el medicamento un par de semanas para ver si existe relación causa-efecto?"

Y la pregunta más importante de todas: ¿por qué no tienes médico de cabecera?

Cremos que el hecho de ser médicos nos exime del miedo y la angustia, nos confiere la capacidad para mantenernos fríos y distantes si nos enfrentamos a nuestra enfermedad, o la de nuestros seres queridos, pero no es así. Somos usuarios con tarjeta oro de Sanitas, decidimos a qué especialista debemos acudir porque, quién mejor que nosotros. Nos engañamos. Porque la enfermedad desnuda nuestras miserias, y se nos nota el miedo debajo de la piel, y el raciocinio se va a tomar por culo.

Lo que deberíamos hacer es utilizar nuestros conocimientos para encontrar un gran médico de cabecera. y permanecer fielmente a su lado como cachorrillos, ni siquiera como iguales, ni como amigos. Estamos viviendo en un permanente riesgo de hacernos daño. Será mejor que abandonemos cuanto antes ese camino. Si no lo queremos para nuestros pacientes, como razonaron en su día Juan Gérvas y Mercedes Pérez Fernández en el magnífico blog de Rafa Bravo Primun non nocere, no lo queramos para nosotros mismos.

Me comentaba no hace mucho el propio Gérvas que en Nueva Zelanda, uno de los indicadores de calidad utilizados a la hora de valorar a un médico de cabecera, era si éste disponía así mismo de médico de cabecera. Vale que Nueva Zelanda está en nuestras antípodas, pero ójala fuera así sólo en el sentido geográfico.

El dibujo, maravilloso como siempre, es de mi gran amiga Monica Lalanda


























lunes, 31 de agosto de 2015

Olor a humanidad, olor a amor, olor a muerte

Una pareja extraña. Sin duda. Llegamos a la puerta del chalet a la hora de comer. Se han quedado las tortillas hechas enfriandose en la cocina. No sabemos nada de ellos, no son de aquí. 

Los desplazados molestan. Vienen sin sus informes, olvidan sus medicaciones, creen que estos secarrales son las riberas del Manzanares, y sólo somos un puñado de médicos de pueblo. Demandan y sobrecargan y los jefes no lo reconocen. Viejas quejas para viejos problemas con viejas soluciones. Forasteros en tu propio país. Un despiporre. 

Un chalet setentón con muros de gotelé grueso, una casa descolocada en medio de una urbanización burbujera. La puerta metálica está cegada con una malla densa. Oímos ruidos de llaves detrás y unos desasosegantes sollozos. Las manos tiemblan y no terminan de encarar la llave adecuada. La cerradura se atasca  y los sollozos se vuelven hipos y juramentos. 

Me cuesta adjudicarle una edad. Me lo impide una melena negra despeinada que cae sobre la cara, aunque medio enseña lágrimas de las que ensucian, y mocos. Me da la sensación que renquea un poco de la pierna derecha. Tartamudea, quiere contestar a mis preguntas, un tanto atropelladas por la premura, realizadas mientras buscamos el salón donde está su marido. Hay algo raro. 

Ese vistazo de perro viejo haciendo domicilios, ese análisis canalla de datos blandos que nos dan los cuadros, los muebles y los olores. Me sale sólo. Han sido muchos años. Cuadros impersonales, sillones y sofás a un paso de convertirse en vintage, pero por ahora vulgarmente pasados de moda. 

El está incosciente, sentado en el sillón con la cabeza volcada hacia atrás, la boca semi abierta. Al verlo, mi gesto instintivo es aproximar el oído para oír le respirar, aliviado. Mis compañeras despliegan su profesionalidad sin que medien apenas palabras. Mi olfato de perro viejo me señala una cartilla de las de apuntar los azúcares que esta semi escondida por una bolsa repleta de paquetes de tabaco. 

El LOW del glucómetro activa nuestros protocolos internos, los que no necesitamos que nos tatúen los jerifaltes. Luego los papeles doblados dentro de un sobre mugriento me revelan enfermedades de esas que manifiestan su crueldad devorando desde las tripas sin dar más oportunidades que las de despedirse de quienes quieres mientras aún te queda algo de aliento. 

Ella me confiesa que ha tenido una trombosis cerebral y me culpo por malinterpretar el arrastre de la pierna y de las palabras. Y entiendo mejor las lágrimas de desamparo que no han parado en todo el tiempo que ha tardado la glucosa al 50% en espabilar al caballero. 

Luego se sienta a su lado, ya recuperada la consciencia y el habla, y le da zumo de  naranja de un modo torpe y cariñoso. 

Qué ha llevado a aquellos dos seres golpeados por la naturaleza a abandonar sus redes de seguridad y venirse a estos pueblos a mitad de camino de ninguna parte, precisamente cuando la vida se empeña en forzarles el paso no puedo ni imaginármelo. Pero os garantizo que la miseria huele. El amor también, por cierto. 

Habíamos pasado buena parte de la mañana absorbiendo otros olores. Con el mismo aroma a desesperanza, pero rematados por una sonrisa agradecida a pesar de los auto-engaños que quieren hacer más llevadera la proximidad del final. El cáncer nos enfrenta a nuestros terrores más profundos: el dolor, la desesperanza y la muerte. Por eso nos aterroriza, y por eso requiere un valor del que no siempre dispones. Y esa cobardía  es de las pocas que no pueden reprocharse.

La muerte huele, es un hecho. Huele cuando empieza a sobrevolarnos. En realidad siempre está allí revoloteando como las gaviotas sobre el barco pesquero. Pero sólo nos alcanza su olor cuando nos decidimos a mirar hacia arriba. 

La guardia no estaba resultando demasiado complaciente. Hoy tampoco encuentro el ánimo. Quizás mañana. 

lunes, 24 de agosto de 2015

Confieso que no he vivido

Andaba yo esta semana aterrizando en las consultas tras veintitantos días de oír la palabra papá a ritmo de ametralladora, es decir, andaba con esa sensación de pérdida que te generan las vacaciones que morirán por un año, y de euforia por retomar aunque sea parcialmente las rutinas que desprecian los jóvenes alocados, y que tanto agradecen nuestros riñones añosos.

Andaba, como suele ocurrirme habitualmente, dándole vueltas al por qué de la dicotomía que muestran mis dos cupos, a pesar de ser muy similares en cuanto a numero y composición, y de soportar al mismo médicucho (o sea, yo) en los últimos nueve años, que es algo así como el séptimo de los problemas del milenio, esos que quedan aún por resolver, y con los que se pueden ganar un millón de dólares. Bueno, pues yo no tengo un millón de dólares, pero invito a una buena cena a quien resuelva el misterio: en uno se respira paz, tranquilidad, se mastica el tiempo. En el otro, se palpa la ansiedad en la sala de espera, se atropellan las consultas, el teléfono suena sin parar. Me preguntaba si se puede extrapolar un diagnóstico del DSM-IV a toda una población: trastorno de ansiedad poblacional. No sé. Se lo preguntaré algún día a mi psiquiatra steampunk de cabecera.

Andaba, también, ocupado pensando de qué hablaría tras esta primera semana de trabajo en esta modesta boutade, después de la serie veraniega de los pecados capitales, que, como todas las series, terminan afortunadamente.

Andaba mucho, como habréis podido apreciar.

Y en éstas estaba, cuando entró en la consulta Magano. A Magano no le ha llamado por su nombre de pila yo creo que ni el cura que lo bautizó hace mas de 80 años. "¿Qué nombre habéis decidido ponerle a vuestro hijo?"  Entonces alguien tosió con fuerza en la iglesia y el cura no pudo oírlo. Así que dijo: "Magano, yo te bautizo in nomine Patri, etc". Disculpen la fabulación, pero aunque sé cómo se llama, yo también le interpelo por su apellido y él tan a gusto. Venía Magano con unas bermudas que dejaban al aire las canillas morenas, su garrota en la mano y los audífonos chirriando como dos locomotoras locas. Se sentó a mi lado y sacó su libretilla cuadriculada de muelle, algo arrugada, con cuatro o cinco tensiones anotadas.

- "¿Qué tal en Torrevieja?". Magano se ríe con una risa de chaval travieso, como si estuviese en primera línea de playa viendo a las chavalas en top less.  - "¡Muy bien!"  Sin entrar en más detalles. Luego me cuenta que ha paseado por la playa, que han estado allí sus sobrinos. Magano es un solterón de los perjudicados por la falta de mujeres en el pueblo, el exceso de trabajo durante la postguerra, y las pocas habilidades sociales. Con otros dos compañeros de parranda, discípulos de soltería, eran clientes habituales del  puticlub de un pueblo cercano, aunque cuentan las malas lenguas que se enzarzaban en discusiones fieras por quién ha pagado esta Mirinda.

Sus cifras de tensión son muy buenas, renquea algo de la próstata, pero los bronquios le dan el respiro estival que tan bien le viene, así que esta contento. - Ahora me vuelvo para allá. Bromeo con él sobre lo bien que vive a su edad, mientras veo que hace mas de año y medio que no le hago una analítica. No soy de natural pesado, ya me conocéis, pero sus potasios y esas cosillas me inquietan (tomar un antihipertensivo y una pastilleja para la próstata tampoco es gran cosa a los ochenta y cuatro años) así que le pido que me ponga fecha cuando vuelva para mi pequeño ejercicio vampírico.

- Eso si vuelvo - me contesta. - En los últimos cuatro años he tenido que volver hasta dos veces para ir al entierro de un compañero, un amigo o un familiar. Igual me toca a mi esta vez. - Y vuelve a echarme la sonrisa de hoyuelos que derretía a las putas en la barra donde se calentaban las Mirindas.

Cuando Magano se marcha, me deja pensando en la tranquilidad con que va descontando, con que tacha los días en el calendario. Ya no me quedan paciente que atender en mi pueblo tranquilo. Tengo que acercarme a casa de un anciano que navega entre las tormentas de sus hijos veraneantes, esperando, con ansia creo,  que retomen sus vidas, y él sus tranquilidades, pero aun tengo tiempo para leer un artículo que propone que todos nos convirtamos en pre-enfermos, para así poder tardar mas en ser enfermos. Y me pregunto si no estaremos pre-viviendo, para así tardar mas en vivir, aunque en realidad estemos pre-muriendo, sin apenas habernos dado cuenta. Por si acaso, por ahora, prefiero confesar que no he vivido.

Pablo Neruda es para mi uno de los más grandes. Confieso que he vivido es su maravillosa obra autobiográfica, publicada en 1974, y cuyas últimas líneas están fechadas diez días antes de su muerte, el 23 de septiembre de 1973.














lunes, 17 de agosto de 2015

Los pecados capitales 7: la codicia

Codicia: afán excesivo de riquezas. Deseo vehemente de algunas cosas buenas.
Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. 23ª edición. Octubre 2014.

Hoy terminamos este camino dantesco de reflexión sobre nuestras flaquezas y debilidades. Ha sido un camino más duro del que los chascarrillos han podido aparentar, y solitario en realidad, sin mi Virgilio particular, excepto la propia conciencia, que no es moco de pavo.

Terminar con la codicia ha resultado paradójico. Porque en su concepto judeo-cristiano  de afán excesivo de riqueza también me contaminó en su día. Y porque en la más benevolente definición de los académicos de la RAE, sueño despierto cada noche de insomnio. Expliquémonos y sometámonos a su generosa indulgencia.

Primera parte: esa codicia infame y vergonzante.

Sí, yo también quise ver en la Medicina un camino para enriquecerme. Puedo poner excusas de juventud, pero excusas al fin que tapan poco las vergüenzas. Yo tenía la residencia tierna, y había encontrado de rebote en el deporte profesional un mundo de lujo de niños mimados acostumbrados a tener un médico a cualquier hora a golpe de teléfono móvil de última generación. Y aquel despilfarro de coches caros, de ropas de marca y porteros que aparcaban tu coche en la puerta del Barnum me atraía como la luz a una polilla, a una polilla cada vez más vacía de valores, y a la que, si le rechinaban los dientes, le bastaba con ponerse unos auriculares caros en las orejas.

Cuando te falta el contrapeso del amor profundo, es fácil perder la perspectiva. Y el sueño. Porque me faltaban días en el mes para pasarlos de guardia, en un trabajo que me llevaba de una casa a otra del Madrid de las horas golfas. Hacia visitas domiciliarias nocturnas para una compañía privada; yo pago, ergo el médico viene a las cuatro de la madrugada a mi corrala a verme un callo que me ha salido en el juanete. Regardé la gilipolluá (recuerdo de Tip y Coll sólo para viejunos)
Dinero a fin de mes, ojeras matutinas. Aunque no hay mal que por bien no venga: descubrí el gusto por los domicilios, ese mundo desconcertante donde las miserias se esputan con la tos y se defecan con las diarreas. Y donde las fotos y los muebles te cuentan historias increíbles, amargas o tiernas.


Y luego completábamos el dislate con un trabajo de Atención Continuada en el único Centro de Salud que quedaba abierto por la noche en mi ciudad de provincias, un centro que rendía pleitesía al gigantismo de las Urgencias del Hospital, abierto como un Seven Eleven solo dos calles más abajo. A veces sufríamos el trasvase de sus saturaciones y otras, muchas, nos compensaba con el hospitalismo ciego de la población: quid pro quo, como diría Hannibal Lecter (en este caso, con similar canibalismo)

¿Cómo, que me quedaba algún hueco libre, unas mañanas al bies? Sustituciones a saco, hoy por este, mañana por aquel, aquí un médico de pueblo, allí un pediatra moderno, acullá un expendedor de recetas y partes. Suma y sigue. La cuenta corriente engorda al mismo ritmo que se dilapida la buena Medicina que debía estar sembrada por ahí en algún lugar de tanta tierra yerma. Me hacia falta que alguien me incrustara una brújula en la cara, una auténtica patada en los cojones, vamos.

Hay relojes que sólo los para un martillazo. Y sólo hay una fuerza en la naturaleza humana capaz de convertirse en ese mazo pilón. Resumiendo, y para no entrar en detalles, me lleve el martillazo en salva sea la parte y tal día hizo un año. Al contrario que en el refrán, el amor entró por la ventana y a la codicia la dimos boleto por la puerta como señores que somos. El mazo aun respira tranquila cada noche en la almohada. Y por muchos años.

Segunda parte: la codicia benevolente. El deseo vehemente de algunas cosas buenas

Deseo vehementemente una sociedad sin miedos, de humanos preocupados por reír y gozar, o por llorar y sufrir, que no busquen respuestas a cada por qué, que sonrían cuando se despiertan por la mañana, y valoren la temporalidad de sus vidas, en vez de buscar una inmortalidad tenebrosa.

Deseo apasionadamente una sanidad justa e igualitaria, un reducto de humanidad y humildad, de comprensión y cariño. Una sanidad con ciencia y con conciencia, ajena a las perversiones del dinero, preocupada y ocupada en servir, centrada en el que necesita ayuda en el trance del enfermar o del morir.

Deseo ardorosamente un sistema sanitario repleto de médicos de cabecera que se sepan el nombre de sus pacientes, que sepan cuantos nietos tienen, que sepan por qué le abandonó su mujer, que sepan por qué no se habla con su hermana. Repleto de gestores que olviden sus números y vuelvan a ver a las personas, que entiendan quien debe ser el centro de todo.

Deseo entusiastamente un mundo de hospitales pequeños, con pocas camas, abiertos y cercanos, con muchos generalistas y visitas continuas de los médicos de cabecera. Un sistema con unos pocos hospitales que concentren esos ojos de cíclope enormemente necesarios, pero en su justa medida. Médicos que vuelvan a sentirse médicos, traumatólogos que  ausculten a un paciente que tose, cirujanos que interpreten un electro, neumólogos que sepan calmar el dolor de un cólico nefritico de uno de sus pacientes sin rellenar siete hojas. Y pacientes que sean personas, no números en una habitación, o, peor aún, diagnósticos fríos.

Deseo fervientemente una vuelta a la medicina rural de siempre, médicos de cabecera abandonando las trincheras de sus consultas, renegando de los edificios gigantiásicos, a los que se encuentre en la casa de una ancianita, o en la guardería, o hablando con los gitanos que acamparon junto al río, para ver si han vacunado a su chavalería.

Deseo todo eso en una noche oscura, con ansias en amores (por la Medicina) inflamada, ¡oh, dichosa ventura! estando ya mi casa (gracias a estas reflexiones veraniegas) sosegada. Y que me perdone San Juan de la Cruz por el atrevimiento de robarle unos versos.


Con este retablo final completa El Bosco, al igual que lo hacemos nosotros, la Mesa de los Pecados Capitales que puede admirarse en el Museo del Prado de Madrid.
En ella, representa un juicio en el que el juez, lejos de impartir justicia, acepta un soborno de una de las partes o incluso de las dos partes en litigio. (Wikipedia)



lunes, 10 de agosto de 2015

Los pecados capitales 6: la envidia

Envidia: tristeza o pesar del bien ajeno. Emulación, deseo de algo que no se posee. 
Diccionario de la Real Academia Española. 23ª edición. Octubre 2014.

¡Ay, la envidia! Hablar de la envidia en un blog de un español, y no irse a los 150.000 caracteres sin espacios es tan difícil como que mi madre sepa decir a sus amigas cual es la especialidad que hizo su hijo el médico. Al final, la mujer termina diciendo que es médico en un pueblo y ahí lo deja, sospecho que con un deje de vergüenza y... ¡anda! con envidia de la que dice que el suyo es cirujano en el hospital donde operan al rey.

En fin. La envidia es el ancla que arrastramos por la senda que nos lleva a la felicidad. Si finalmente hemos consensuado con los gurús de la espiritualidad (y conociendo el Nepal sólo por Españoles por el mundo) que la felicidad es disfrutar de lo que uno tiene, la envidia viene a meternos el dedo en el ojo de nuestro camino zen. A joder la marrana, vamos, en román paladino.

Así que, hallándome como me hallo a estos mis cuarenta y tantos en estado de felicidad, sí, como suena, y sin necesidad de ser mucho más explícito, pues, ingenuo de mi, creí que me costaría escribir sobre esta toca pelotas. Pero, no. No. En la breve reflexión previa al tecleteo, ya tuve que decidir centrar el tema en la Medicina y adláteres, para no caer en el terreno mas mundano de mis entretelas. Ustedes me comprenderán.

Y antes de lanzarme a relatar mis envidias médicas, versión abreviada, no se preocupen (la versión del director da para una novela y de las gordas) quiero dejar claro que no se trata aquí de hablar de esa estupidez que nos hemos inventado para justificarnos, la envidia sana (ya se sabe, añada usted salud a cualquier cosa, y manita de chapa y pintura, como nueva). Hablaremos de envidia de la de verdad, la humana, la que huele, esa.

Aterrizar en la Facultad y la primera en la frente. Resulta que allí había un ciento y la madre de hijos de médicos, chicos y chicas que llevaban mamando desde la cuna la filosofía de esta profesión, que habían visto a sus padres llegar a casa ojerosos y sonrientes, agotados y satisfechos, que habían oído anécdotas emocionantes, divertidas, tristes, que habían adivinado entre líneas el traje de súper héroe de su padre o su madre. Yo, ni por el forro. Mis tratos con la Medicina se limitaban a las visitas del pediatra (sí, antes iban a tu casa cuando estabas fatal, increíble, ¿verdad?) y pare usted de contar. Afortunadamente crecí en una familia "desmedicalizada", de las de vacunas y se acabó. Con cinco hijos, había poco tiempo para pasar el día en la consulta y mi madre aun no se había dejado expropiar su capacidad de cuidar a sus vastaguitos. Mi llegada a la Medicina fue la evolución lógica de un tipo listo al que se le daban bien las ciencias pero le encantaban las letras: una ciencia humanística.

Luego vino la envidia de esos fieras capaces de sacar una notaza en el MIR y poder así elegir la especialidad que querían. Yo, maniatado por mi complejo de inferioridad, que en realidad no era mas que una constatación de capacidades, apenas me esforcé en prepararme, allí me presenté y, en un golpe de fortuna, en una lotería de esas que no sabes que te ha tocado hasta que pasan los años, me encontré residente de medicina de familia.

Y podemos añadir la envidia de tener un trabajo de sólo tres año fijos,  mientras mis amigos tenían cuatro o cinco, que terminaban casi siempre en contratos en sus servicios, el que no lo complementaba con trabajitos en las privadas (eran otros tiempos, menos precarizados en los hospitales), y yo desaguando en un mercado saturado por una bolsa de médicos que durante años había quedado excluidos de la élite MIR, pero se ganaban las habichuelas en el mercado libre de la Atención Primaria.

No, no tenía envidia de sus especialidades, todas me parecían excesivamente cortas de miras, no me veía a mi mismo restringido a una sola faceta de la Medicina, es una cuestión de gustos, que no se me enfade nadie. Pero ese brillo social de cualquier especialidad hospitalaria, esas preguntas de "¿en qué hospital trabajas?", esas insinuaciones de si me quedaré para siempre en el pueblo o ascenderé a trabajar en el hospi. He sentido una especie de envidia de clase que me ha costado aprender a desterrar.

La lista de envidias, ahora que la desgrano, no solo me avergüenza, incluso me asusta. En fin, dejémoslo aquí. Yo ya me he embarcando en el camino de la felicidad. Lo he hecho desenganchándome los anzuelos que me lanzaba la envidia dichosa, y os aseguro que se camina mucho más ligero. No digo que no me pinche de vez en cuando, a quién no, solo faltaría que tuviera que andar detrás de mi la Congregación para las Causas de los Santos. Que estén tranquilos, que este pecador, seguro que seguirá pecando.

En esta ocasión, El Bosco, representa a la envidia en La Mesa de los Pecados Capitales (Museo del Prado. Madrid) con una pareja de enamorados (un burgués que intenta seducir a la mujer de otro) dos señores (un mercader que mira a una joven noble que lleva un halcón en el puño) y en la calle, dos perros con un hueso. (Wikipedia)