domingo, 15 de noviembre de 2015

La absurda crueldad, la enorme bondad del ser humano

Aquel día fuimos a pasar nuestra consulta de tarde en estado de shock, como no podía ser de otra manera. Era jueves y todos llevábamos escupiendo lágrimas frente a las televisiones desde que las estaciones habían empezado a reventar y los gritos de pánico nos removían el estómago. Lágrimas era todo lo que habíamos podido comer ese día y con ese amargor era con lo que tuvimos que afrontar la consulta. Y fue una consulta extraña, de silencios largos y una tristeza pesada, como si a la gente le avergonzaran sus pequeñas penas ante las terribles de los pobres mutilados entre las vías del tren.

Ella no vino a trabajar esa tarde, ni la siguiente. Sin pensárselo dos veces había ido a ofrecerse para lo que fuera, vendiendo su experiencia de tres años administrando el consultorio local, manejando las cuitas de los lugareños con una psicología y una mano izquierda impropias de su carita de niña buena y su juventud, pero alimentándose de un enorme, gigantesco corazón. Y en el torbellino de solidaridad desatado, en la humana necesidad de abrazarse unos corazones a otros, la aceptaron e incluyeron, y allí pasó los siguientes dos o tres días, y sobre todo, las eternas dos o tres noches.

El lunes la vida peleaba por volver a la normalidad. Entraba algo más de comida en los estómagos, aunque seguían alimentándose sobre todo de lágrimas. Y se unió al velatorio un invitado inesperado, el miedo a salir a la calle, a ir al supermercado, a pasear por el parque. Y, sobre todo, el miedo a mirarse a la cara y reconocer el terror en los ojos de los demás, el miedo a que el espíritu de convivencia se transformara en soledad, miradas huidizas y culpables de sospechas cobardes pero humanas. 

Las gentes volvían a las consultas, de donde parecía que no se habían ido nunca, y recuperaban sus artrosis y sus tensiones y sus insomnios, y sus ardores y sus fiebres y sus embarazos, en un continuum que brindaba ilusión de vida, sin poder esconder los terrores de muerte. Y también volvió ella, eficiente pero monosilábica, y con sus enormes ojos arrasados y resecos como si en vez de dos lagunas negras se hubieran metamorfoseado en dos desiertos oscuros y siniestros. Solo nos contó brevemente que había estado colaborando en el dispositivo sanitario, sin entrar en detalles, y quizás los abismos que rebelaban sus ojos nos contuvieron las preguntas en la boca. 

Costaba vivir aquella vida que parecía transcurrir a cámara lenta, pero vivir no es un torrente que sea fácil detener a nuestro antojo, y los amaneceres sucedieron a las noches y los latidos a otros latidos y los pánicos adquirieron sordinas y los niños seguían riéndose en el parque porque esa risa es la bondad que necesitamos los seres humanos, aunque a veces seamos tan imbéciles que la ignoremos. 

Una tarde, pidió verme como paciente. Yo me asusté por lo inusual y me ofrecí como lo que era para ella, un amigo y su médico de cabecera. Sentada en la silla la vi frágil y percibí su extrema delgadez, que hacía llamativas las clavículas y unas muñecas huesudas y malnutridas. Consiguió decir dos o tres palabras antes de que se desbordara el diluvio universal de llanto, un llanto inconsolable de los que cortan la respiración, un llanto que amenazaba con ahogarnos a todos, pero que dejamos brotar sin prisas hasta que se fue acompañando por la explicación entrecortada y angustiosa de las pesadillas que la quemaban cada noche, hasta que se sintió con fuerza suficiente como para contarme cómo pasó dos días acompañando a seres destrozados a examinar fragmentos de otros seres, con la esperanza contenida de no reconocer un pañuelo, un reloj, una zapatilla deportiva, un anillo. Cómo se derrumbaban en sus brazos madres que de repente gritaban al ver la pulsera que regalaran a su hija al cumplir dieciséis años en un brazo amputado directamente de sus entrañas, o los calcetines chillones que siempre llevaba el incorregible de su hijo y que ahora permanecían absurdamente envolviendo un pie sin vida y sin asomo de piedad. 

Veía a todas y cada una de aquellas personas en las horas eternas de sus noches, deambular entre los restos de lo que fueron seres repletos de vida, de sueños o de desengaños, y ya no eran más que abominaciones de la crueldad sin sentido del ser humano. Y no podía dejar de llorar cada minuto de la noche hasta que se secaban los ojos lo suficiente para volver al trabajo, pero sintiendo que se le iba secando al mismo tiempo el alma. Y tenía miedo de que incluso se le hubiera quedado en aquella morgue para siempre y pedía ayuda con una desesperación que me abrumaba. 

Aquel fue el último día que vino a trabajar en los siguientes seis meses de calvario intentando recuperar y reconstruir los trozos de un espíritu que al menos ella sí podría restaurar. Y lo consiguió, porque en el ser humano puede anidar una aborrecible crueldad, pero también una irresistible grandeza. 

Hoy me apetecía contar esta historia que llevaba años guardando para mí, porque yo, aún creo. 



martes, 3 de noviembre de 2015

De niños y pediatras

Había sido una guardia tranquila. Las hay de todos los colores, una verdad inamovible como sabemos cualquiera de los que nos dejamos la salud en ellas desde hace años. En las últimas horas huele en mi centro a café recién hecho por la señora de la limpieza, un olor que me sabe a paz y a descanso. Trasteo por allí saludándola y respondiendo a sus preguntas sobre la noche, sobre mis chavales, sobre las futuras reuniones del equipo, algún que otro cotilleo, la preparación de la cena de Navidad. Esas cosillas rutinarias que me dan tanto sosiego.

El timbre a esas horas es estridente e inoportuno. Cuando nadie te espera no puedes ser bienvenido. Asomarte a la puerta y ver a un padre con su niña en brazos desmadejada taquicardiza al más pintado. Yo no soy menos. Veintitrés años de experiencia y me convierto sin  saber cómo en un imberbe recién licenciado. 

La pequeña ha estado convulsionando en su casa después de una noche de fiebre. La madre llora con el susto atenazándole la garganta. El padre se mantiene sereno sin separarse un milímetro de la niña. 

Aunque el corazón va a mil por hora, las canas se notan, y la profesionalidad toma el mando: hacer nuestro trabajo e irradiar la tranquilidad suficiente a aquellas dos personas que están pasando el trago de su vida. Irradiar tranquilidad se me da bien. Yo creo que es un don, un tesoro concedido en la lotería del destino, que me tocó en su día, y que ya me encargo yo de cuidar, aunque no tengo ningún reparo en dilapidarlo cuando es necesario. Hablo, mucho, sonrío, también mucho, toco, como si pudiera transmitirlo con las yemas de los dedos, y trato de cubrir a todos los que me rodean con ese manto de paz y quietud. Claro que sufro mi propia angustia, estaría bueno, pero queda digerida en el latir apresurado de mi ventrículos y ese leve temblor de manos que lleva conmigo desde no sé cuanto tiempo.

La niña recuperaba lentamente la vida. Abría los ojos asustada, somnolienta, desorientada. Su padre le acariciaba la frente húmeda como si fuera de porcelana china, y ella se resistía a apartar su mirada de la de ese gigante de fuerza hercúlea capaz de protegerla de un huracán en sus brazos. Cuando sonrió al fin por primera vez, de vuelta al mundo de la consciencia, la risa floja se nos escapó a todos los que alborotábamos alrededor. La temperatura de la felicidad se elevó de golpe siete grados por lo menos.

Hablé con los padres. La niña se recuperaba sin contratiempos, pero la observación hospitalaria me parecía lo más oportuno. A ellos también. A aquella hora, la del despertar de las consultas del viejo ambulatorio, la de las ambulancias colectivas merodeando por la provincia llenándose hasta los topes en sus tours del Inserso doliente, esperar que alguna quedara libre para un traslado podía convertirse en una tarea de horas, y la recuperación de la niña era lo suficientemente prometedora como para no activar recursos más melodramáticos y escasos. Pregunté a los padres si habían traído su coche. Les enseñé el mío, un mastodonte incapaz de perderse en un espejo retrovisor. Organizamos una pequeña caravana, ellos delante, con la pequeña animada y parlanchina para satisfacción de todos, yo pegado con mis Stesolid y mis Guedel del 1, y diez o doce jaculatorias, que nunca está de más pedir ayuda, no sea que al final te venga.

En la puerta de urgencias detuvimos la caravana. Les acompañé a la puerta y el padre me dio esa mano que su hija seguía viendo de gigante y a mi me pareció la de un hombre asustado, aunque aliviado. La niña, en brazos ahora de su madre, me lanzó una sonrisa breve, porque el jaleo de aquella puerta llena de gentes de verde no parecía molarle un pelo. Yo me metí en el coche y me fui a tomarme un café con mi mujer como cada mañana cuando salgo de guardia.

Me gustan los pediatras. Me caen bien. Les he conocido de todos los pelajes, de ambos sexos y al menos de cinco países y dos continentes distintos, que recuerde, puede que más. En los centros de salud me provocan ternura. Les he visto muchas veces despistados, desubicados, descolocados, intentando encontrar su espacio en ese batiburrillo social, económico, familiar en que se convierte el pueblo, o el barrio. Les he visto sumergirse en las aguas profundas y peligrosas de la Atención Primaria sin más bagaje que unas clases de buceo en la piscina, y les he visto hacerlo con ánimo y un amor a su especialidad envidiable.

Al mismo tiempo que se sumergen en ese mundo para ellos extraño, a los sones del "bajo el mar" de La Sirenita, se van despojando del pesado traje que soportan por los años entre aparatos, antibióticos intravenosos y surfactantes les había ido confiriendo hasta al Patch Adams más pintado, y casi se puede percibir cómo se van sintiendo más cómodos en un traje más modesto, un neopreno de peor calidad, que al final termina empapándote, pero que viene que ni pintado para sobrevivir en el barro.

He convivido con pediatras que abandonaron la UCI del Valle de Hebrón para atender mil y pico niños de un pueblo dormitorio de Madrid. Y lo hicieron desde la racionalidad, la sencillez y la sonrisa, aunque podrían haberlo hecho desde el resentimiento y la medicalización. He conocido pediatras digestivos, endocrinos, neurólogos, que se hartan a explorar caderas y a enseñar a las madres a lavar las narices a sus rorros.

Y he conocido pediatras aterrados, desnudos sin sus escáneres y sus laboratorios, que aburren con sus miedos y sus derivaciones a urgencias a los padres de sus pequeños pacientes. Y les compadezco, porque se que les da miedo nadar, cuánto más sumergirse. Y es que en el hospital, cuando la palabra incertidumbre entra por la puerta, lo hace siempre dándole el brazo al terror, y contra eso siempre nos quedará alguna prueba y alguna etiqueta.

Me caen bien los pediatras. Son muy buena gente. De verdad. A mi me gusta ver a los niños de mis familias. El sistema está montado como está montado, al menos por ahora. Médicos especialistas en trabajar en la cabecera, en manejar la incertidumbre, en contemplar el paciente en su entorno, convivimos con otros especialistas que tiene que adquirir esos conocimientos a golpe de susto, a base de sudor y de tiempo. La Medicina del pueblo, del barrio, engancha. Y ellos son buena gente y casi todos se dejan enganchar, porque te sientes tan plenamente médico que es muy difícil despojarte ya de su hechizo. Convivimos, nos tratamos bien, hablamos e intercambiamos información porque, al fin y al cabo, nosotros también somos buena gente.


Vuelvo a transmutarme en el doctor Ceriani, soy así de antiguo, así de Country Doctor, no lo puedo evitar. Ustedes me disculparán. Dedicado a todos mis amigos y amigas pediatras, y agradecido por la benevolencia de soportarme y tantas veces, de enseñarme.
















lunes, 12 de octubre de 2015

Domicilios terapéuticos

Cada cierto tiempo, en la consulta recibo un par de llamadas especiales. Ya hace tiempo que mis pacientes utilizan el teléfono para solucionar pequeños problemas. Yo les atiendo de inmediato, pidiendo disculpas a los que detienen amablemente sus relatos. Nadie suele abusar, son interrupciones breves, respuestas sencillas, anotaciones rápidas, que son toleradas con la misericordia propia de quién sabe que pecará algún día.

Esas dos llamadas especiales terminan invariablemente con un "no te preocupes, luego me paso". Son llamadas de socorro pactadas, redes de seguridad para trapecistas de la vida y de la Medicina. Al terminar la consulta me monto en el coche y acudo al rescate. Son los domicilios compasivos. 

Isabel vive en el pueblo de toda la vida. Soportó como los demás el cambio de médico, la marcha de quién les había cuidado durante veinticinco años, torciendo el gesto y resignándose a lo que les trajera el azar. Y el azar me trajo a mi. Me pareció desde el principio una anciana encantadora, una mujer enorme, que se movía despacio y torpona, que acudía a la consulta con el pelo recién peinado, de un gris brillante, con vestidos oscuros y elegantes pañuelos de seda alrededor del cuello. Aunque parecía tener siempre dispuesta la lágrima, era de risa fácil e hicimos enseguida buenas migas. Yo bromeaba con lo guapa que se ponía para venir a verme y ella sonreía picarona. Luego se quedaba callada unos segundos como si sintiera una lanza en el costado, y volvían a brillarle los ojos amenazantes. Me intrigaban esas tristezas, siempre dispuestas a clavarse entre sus costillas. Hay vidas que no descubriríamos ni en toda una vida de escuchantes. 

Poco a poco fueron espaciándose las visitas. Los años pesaban sobre las vértebras aplastadas, capaces apenas de mantener en pie aquella anatomía de mujerona. Juntos habíamos ido racionalizando la vejez, y hartos de buscar otros culpables, habíamos decidido dejar descansar a sus males. Con la primavera solía dejarse caer por la consulta, arreglada como para ir a las fiestas del pueblo, del brazo de su cuidadora, que le habla con acentos pampeños. Celebrábamos juntos el fin de su aislamiento y después de las risas, esos Longinos implacables le recordaban con sus lanzas que ahí siguen los sufrimientos. Luego se marchaba, despacio, pues aún le queda una pequeña cuesta hasta llegar a su casa, despidiéndose como si fuera nuestra última visita. 


Rocío llegó al pueblo no hace tantos años. Entró en la consulta en tromba, como un huracán. Su hijo la traía de su casa en la capital a la residencia del pueblo, mucho más cerca de la casa de él, que vivía en el pueblo vecino.  Apenas me dejó hablar, estaba enfadadísima. Discutía continuamente con su hijo, mientras yo me dedicaba a ojear su historial médico, y a horrorizarme con el sumatorio de potingues que soportaba aquellas generosa anatomía. Un par de consultas semanales de las propias del Dr. Job, pero el del Antiguo Testamento, fueron apaciguando la fiera, que solo escondía el temor y el desamparo, ambas mucho más terribles y devastadoras. Y aquel despliegue de mano izquierda y de ganarse el paraíso terrenal devino en una confianza ciega, en el efecto balsámico no ya de mi presencia física, sino de la promesa de que acudiré a sanar y confortar. 

Y ahora, varios otoños después, la enfermera de la residencia coge el teléfono y me pide que encuentre un huequito para ir a ver a Rocío, porque las malditas vértebras de polispán no la dejan levantarse del sillón y aún no ha querido ponerse la faja que le recomendé. Y la cuidadora argentina me envuelve en sus acentos de futbolista pidiéndome que acuda al rescate porque Isabel lleva dos días sin moverse de la cama. 

Y yo me bajo del coche con las manos en los bolsillos, porque entre nosotros no necesitamos fonendos, tensiometros o pulsis. Porque tan solo me siento junto a ellas, les cojo la mano, les palpo el pulso, que sigue luchando cabezota, les sonrío. Porque pasamos revista a sus dolores, yo, como el perro de caza, pendiente de cualquier movimiento que me descoloque mi acuarela de sus vidas, y ellas repasando cada paletada de color: la espalda, las piernas, los brazos, la pena que les trae el otoño, que les ahoga por la noche. Luego bajamos a la cancha de lo cercano: mis hijos, que son como si fueran nietos suyos, mi mujer. Sonríen pensado en la guerra que me darán los cuatro lebreles, y yo les cuento alguna anécdota, adornándola como sé que a ellas les gusta. 

Me aprietan la mano con un cariño que me lanza trescientos sesenta julios derechos al miocardio, a veces se atreven a darme un beso, que recibo como recibía los de mi abuela, con ternura de niño al que le dan una onza de chocolate a escondidas. Me marcho diciéndolas que los chicos me están esperando para recogerles en el colegio, y me apremian despidiéndome con las últimas sonrisas. Yo me monto en el coche sabiendo que tengo la profesión más hermosa del mundo, sabiendo que Rocío estará al menos una semana dando envidia al resto de las compañeras diciéndolas que he ido a verla a ella expresamente, y será feliz con esas pequeñas ruindades.  Y sabiendo que Isabel abandonará la cama y pedirá que llamen a la chica que la arregla el pelo, que le de los brillos que tan bien le sientan, y sabiendo que las imaginarias risas y travesuras de mis hijos la rescatarán de vez en cuando, de esas terribles penas que la anegan.

Dirán que soy un antiguo, que hago una Medicina poco científica, que no me ajusto al protocolo. Nunca ganaré un premio Nobel, ni esos tan modernos a iniciativas emprendedoras de la e-health. No contaré en las reuniones de los padres del colegio que operé a corazón abierto al hijo del presidente de la Diputación. Nada de eso me quita el sueño, me duermo tranquilo drogado con mi ración de endorfinas que generan las sonrisas de Rocío y de Isabel.

Los médicos de cabecera hemos renunciado cobardemente a los domicilios, hemos preferido cambiar nuestro hermoso apelativo por algo más funcionarial y moderno. Y si los pacientes nos piden que acudamos, les tildamos de aprovechados, de sobreutilizadores, y nos relamemos pensando en copagos o si no, en latigazos en la plaza del pueblo, en retiradas de cartillas o en todos los males del infierno. Nos molesta salir de las trincheras, porque afuera hace frío y es más fácil que te peguen un tiro. Bueno, mientras podamos, resistiremos el fuego cruzado. Por ellos, por nosotros. 

Si aún no lo habéis hecho, os recomiendo que leáis la entrada del blog de mi amigo Máximo Gutiérrez y su posterior entrevista en el diario.es, donde relata su reciente experiencia en Ecuador, y como sublimó el término médico de cabecera. La imagen pertenece al reportaje de la revista Life Country Doctors



lunes, 5 de octubre de 2015

Las trincheras de la medicina

La medicina a pie de calle está repleta de historias de trincheras. Son historias que se rememoran con una taza de café en la mano, historias que arrancan una sonrisa, un suspiro de juventudes rememoradas o un rictus de dolores subcutáneos. Esta es una de esas historias, un historia de otoño frío, una historia de guardias, de vida y de muerte, como todas, y de situaciones absurdas por lo reales, imposibles por lo cotidianas. 

La guardia se dejaba llevar hacia ese rún rún de horas intrascendentes, de conversaciones a retazos interrumpidas por los bostezos. Las últimas horas de un día duro, en las que uno añora su almohada y la respiración sosegante de su contrario o contraria. Esas horas que esconden una última llamada o un penúltimo timbre al que se responde arrastrando los pies, el fonendo y el alma. 

Aquella vez fue una llamada de angustia, un "corran que mi madre está muy mala", de los que revelan terror en cada sílaba, de los que alertan el endurecido sentido arácnido del viejo médico. Mi compañera y yo llevábamos años de guardias juntos, una mirada traduce un mensaje de urgencia que no necesita palabras. Lo demás son movimientos mecanizados y el pequeño coche disparado hacia el pueblo de al lado. 

Se habla poco cuando se piensa mucho, y al final, los GPS se reemplazan por cabezas fuera de la ventanilla buscando los rótulos de las calles a la luz pobretona de las medias farolas. Era un chalet con la verja abierta donde esperaba una mujer acurrucada cómo podía en su bata. Entramos tras ella en un garaje. Sobre una silla de madera una anciana vencía la cabeza con esa dejadez que solo sabe dar la muerte. Su hijo la sujetaba torpemente, llamándola con ese madre tan de los pueblos, y ese dolor tan de las despedidas. 

Al vernos entrar nos miró con la angustia del que lo sabe todo. Su muñeca inerte y silenciosa me decía  lo que era evidente. "Vamos a tumbarla en el suelo", les pedí mientras mi compañera desembalaba el aparataje pertinente. La mujer de la bata corrió escaleras arriba y volvió al cabo de un momento con una manta que extendió sobre el enlosado. 

Rápidamente su hijo me contó que su madre, muy delicada ya del corazón, hacía años que llevaba dos "muelles", había decidido salir a tirar la basura. Pero el contenedor estaba calle arriba y aquello fue demasiado pedir para la vieja bomba cansada que llevaba en el pecho. Cuando volvió, pálida y mareada, se sentó en aquella silla y allí había cerrado los ojos entre los brazos de su hijo. 

Entre todos recolocamos a la anciana sobre la manta, y sus pupilas arreactivas y sus silencios en el pecho corroboraron el relato y convirtieron en trastos inútiles el ambú y los demás chismes que rodeaban su cuerpo inerte. 

Me levanté y como me ocurre siempre a pesar del callo de la experiencia, las palabras se me atragantaron en el gaznate como si fueran brasas. Puse la mano en el hombro de aquel hombre que no dejaba de mirar a su madre, en esos breves y eternos momentos en que de repente somos conscientes de lo insignificantes que somos en realidad. 

Su mujer, aportó el pragmatismo que a veces es de agradecer, y afirmó con rotundidad: "no podemos dejarla ahí en el suelo hasta que lleguen los de la funeraria". Pues no, a todos nos parecía una falta de respeto, pero nos mirábamos los unos a los otros sin ser capaces de reaccionar. Ocupando el centro del garaje había una mesa de billar. El tapete verde resaltaba contra el blanco de las paredes y el suelo, y, por un minuto, los cuatro miramos aquella superficie atraídos por la cercanía. No recuerdo si alguien llegó a sugerirlo, pero me parece recordar a los cuatro protagonistas de la historia desechando con un imperceptible movimiento de cabeza la imagen de la pobre anciana velada sobre una mesa de billar.

"Si les parece, podemos subirla arriba entre todos, a una habitación". Creo que fue el hijo el que lanzó la sugerencia al rescate, mirándonos suplicante, temeroso de que nos negáramos a ayudarles. Mi compañera y yo nos miramos, de nuevo con el mensaje completo en las pupilas, y nos dispusimos a hacer el último servicio a aquella pobre anciana. Cogimos cada uno de una esquina de la manta, repartidos estratégicamente para compensar nuestras fuerzas, y emprendimos camino escaleras arriba, escaleras estrechas y empinadas que apenas te dejaban margen para moverte, con el pánico a que se nos cayera haciéndonos sudar y resoplar. 

Al final, la depositamos con sumo cuidado sobre una cama y muy discretamente recogimos nuestras cosas, dejando a aquella familia con su pena y sus despedidas. Antes de irnos, nos regalaron una última mirada de agradecimiento empapada en una levísima sonrisa. Más que suficiente. 

En el camino de vuelta, comentamos las situaciones tan absurdas que se dan en estas trincheras de la vida, mientras el Centro de Salud nos recibía en silencio, y nos marchábamos a la cama con esa intranquilidad del qué nos deparará la noche que, como los buenos desodorantes, nunca nos abandona. 






lunes, 21 de septiembre de 2015

Pena

No consigo quitarme la imagen de la cabeza.  Los brazos repletos de arañazos, la cara y el cuello, allí medio ocultos por las servidumbres del paso del tiempo. Pero en la cara y los brazos morenos resaltan  y escupen la pena. Y los ojos que no resisten ni una lágrima más y deciden dejar de contener lo incontenible. No consigo quitarme la imagen de la cabeza, la pena más descarnada y rabiosa.

Ella es asombrosamente pequeña, diminuta. Camina siempre como si el mundo se fuera a acabar en ese instante, una faena que resultaría insoportable, con la cantidad de cosas que tiene por hacer. Va calle arriba y calle abajo empujando el carrito de su segunda nieta, lleva a la mayor al cole, da una vuelta a su casa, luego a ver a su padre, apañarle un poco, después la comida, las niñas, su marido y su hijo que vienen del campo cansados, y a la tarde, a limpiar en otra casa. 

Al salir pasa por la residencia a ver a su madre. Esta sentada en su silla de ruedas en el comedor, mirando por la ventana, ajena a la televisión y a las conversaciones de los vecinos, ajena al mundo que ve por la ventana. Ajena a su propia hija. La coge la mano y la besa. Huele a orina. Pide a una auxiliar que por favor la cambien el pañal. Aún no es la hora y además si quiere cambios fuera de hora tendrá que traerse los pañales de casa porque están contados. Se calla y traga saliva. Saliva que quema la garganta. Entonces descubre en el brazo un par de erosiones y un hematoma que no estaban allí ayer.  Se ha debido agitar a la hora del baño matinal. También le ocurría en su casa, pero allí, ella se armaba de paciencia y se tragaba las lagrimas que le provocaban los improperios obscenos y vulgares que salían de la boca desdentada y también ajena, a ella e incluso a su propia madre. 

Esa mujer fuerte que puso en pie aquella familia, que atemperó los gritos con que hablaba su marido trasformándolos con cariño y paciencia, apenas puede ponerse en pie. Vuelve a preguntar a la auxiliar, que está agotada y despeinada, restando los minutos que faltan para que llegue el turno de noche. Sospecha que esta demasiado medicada, que algo más está ocurriendo. La auxiliar se muerde la lengua para no soltar lo que está pensando, porque sabe que se juega su trabajo, y tampoco están las cosas como para irse al paro. Al final se contenta con asegurarle que solo se le da la medicación pautada y que si cree que puede tener otra cosa, que hable con el médico. 

Se despide con un beso en la cabeza que apenas provoca un parpadeo en su madre. Le coloca una horquilla y se marcha a su casa con su mismo paso atropellado de siempre. Antes pasa por la de su padre. Ella está acostumbrada a su tono de voz, que siempre fue parecido al de un pregonero, pero que a la vejez ha adquirido un tinte cascado y metálico que impresiona al que no lo conoce. Está intranquilo porque también la notó muy parada y apenas si le había mirado un par de veces a pesar de su estentoriedad. 

- Mañana iré a hablar con el medico para que nos quedemos tranquilos.

No le gusta dejarle solo pero no hay quien le mueva de su casa y al fin y al cabo no llegaran a doscientos metros de distancia de puerta a puerta. Son pocos, pero a veces se convierten en un mundo salvador, y otras desesperanzador. Aprovecha una llamada de su hija para pedirla que coja cita al día siguiente con ordenador. Las moderneces son un avance, pero para ella han llegado algo tarde. 

Esa noche, rendida en la cama, no encuentra un hueso, o un músculo que no la duela. Pero como tantas otras, el sueño no es misericordioso con ella. Y aunque se esfuerza en vaciar su mente y relajarse, no puede expulsar las imágenes de su madre lanzando manotazos, clavando las uñas donde encuentra carne que arañar, escupiendo palabrotas que no tenía ni idea que conociera. Recuerda el calvario como si ella hubiese sido el Cireneo, o el mismísimo Jesucristo, por lo que pesaba la cruz. Los olvidos, tontorrones y hasta divertidos al inicio, y oscuros y tenebrosos mas adelante. Las búsquedas por los caminos con el corazón en la boca y el alivio de encontrarla mirando un horizonte que solo veía ella.

Recuerda la manía del mal sabor de boca, que le hizo beber colonia un par de veces, y por la que le obligaba a llevarla al médico al menos dos veces por semana.  Y las alucinaciones, terribles en su realidad paralela, que la hacían llorar como una niña aterrada, y que no desaparecieron hasta que dejó de tomar aquellas pastillas que querían ayudar y encerraban esos horrorosos disparates.

Recuerda la consulta empapada en llanto en la que confesó al médico que había alcanzado su límite, que afrontar aquel dolor era demasiado para ella sola, y que habían decidido probar la opción de la residencia del pueblo. Fue una consulta repleta de vergüenza que no alivió ni la actitud comprensiva del médico ni la racionalidad que le brindaban los arañazos de su cuerpo cansado.

El despertador es un chisme inútil en su mesilla de noche, hace años que no necesita ponerlo. La rutina diaria es demasiado tirana como para permitir reflexiones relajadas, y además es inmisericorde con los insomnes. No importa. El sol sale de nuevo y todo recupera sus ritmos egoístas.

Llega tarde a la consulta, pero como no  hay listas en la puerta, el médico la hace entrar nada más verla esperando. Sabe lo que le va a decir: que la enfermedad avanza, que esas desconexiones serán cada vez más prolongadas, que es difícil acostumbrarse a vivir en un ambiente tan diferente. Lo sabe todo. Intenta no llorar, pero para qué, ya está más que harta de tener que hacerse la dura. Al menos allí tiene unos minutos para masticar el dolor.

Se lleva un papel para una analítica con efectos relajantes sobre las conciencias de todos, y se marcha escupiendo su propia confesión: que ella tampoco se acostumbra a la residencia, que quiere entregar de nuevo sus brazos, su cara, su cuello a esa destrucción lenta y terrible a la que la naturaleza a condenado a su madre.

Sale a la calle empujando el carrito de su nieta como si no hubiera mañana, aunque sabe que sí lo hay, y que por ahora, seguirá siendo igual de desesperanzador.


El 21 de septiembre es el día elegido por la OMS para difundir y dar a conocer en todo el mundo  información acerca de esta enfermedad. La demencia afecta a 47,5 millones de personas según cifras de la propia OMS, y cada año se calcula que se registran 7,7 millones de nuevos casos. Aunque la demencia ha sido considerada como una prioridad de salud pública mundial, hay dos vertientes que a mi juicio aún requieren de un esfuerzo máximo de parte de las instituciones y de la propia sociedad: el impacto abrumador sobre las familias, y la protección de los derechos humanos de los afectados.


Y ésto sin olvidarnos de que contemplamos este panorama desolador desde nuestros sistemas sanitarios y sociales del mundo desarrollado. El 58% de las personas con demencia viven en países de ingresos medios o bajos. Creo que no somos capaces de imaginarnos las situaciones de desamparo y miseria que puede acarrear. No somos capaces ni siquiera cuando nos duelen en nuestras consultas, seguro que no lo somos, hasta que nos da de lleno.




martes, 8 de septiembre de 2015

El médico sin médico

Sus gafas siempre habían sido su barrera, y él lo sabía. Y jugaba esa baza, porque con esa cara de nieto de Dorian Grey, a veces, demasiadas, a la gente le costaba trabajo tomarle en serio. No es que no las necesitara, sin ellas no veía un pimiento, pero necesitaba aún más el aire de respetabilidad que le ofrecían. Porque él era y siempre había querido ser, un tipo serio. Desde el colegio. No es que no se hubiera corrido sus juergas. Para esas sí que se quitaba las gafas, y durante mucho tiempo, costaba que le dejaran entrar en los garitos. Pero él quería ser un buen médico, y creía imprescindible envolverse en un halo de seriedad, que transmitiera confianza a sus pacientes.

Tardó en descubrir el poder de la sonrisa en la consulta, venía con esos frenos difíciles de soltar. Cuando empezó a hacer la residencia de Familia, cayó en un grupo donde transitaban dos o tres de esos residentes un tanto desvergonzados, dados al chascarrillo y a la desdramatización. Le chirriaba bastante, pero no pudo evitar la atracción de la camaradería que irradiaban, y terminó integrado en el grupo. Eso sí, daba el contrapunto de seriedad sin caer en la pedantería ni el aburrimiento, así que al final, se hacía querer.

Después del inevitable purgatorio hospitalario, cayó en las manos tutorizantes de una eminencia con bigote, de las que hay que adivinarles la sonrisa con los pacientes, una de esas fotocopias de Ramón y Cajal, que luego en la cocina del centro de salud y con la taza del café en la mano sueltan unas barbaridades del siete. Así que parecían hechos el uno para el otro. Se cortaba la formalidad con un cuchillo. Pero él estaba a gusto, había tenido suerte.

Fue de los primeros entre sus compañeros en desembarcar en una consulta, y no como un invitado, sino para quedarse unos cuantos años. Los pacientes le miraban al prinicpio recelosos, y él se parapetaba un poco tras sus gafas salvadoras y su bata. Les ofrecía serenidad, profesionalidad y fiabilidad. Quizás echaban en falta ese toquecito empático (aunque no supieran muy bien cómo definirlo) pero hasta a los serios se les coge cariño con el tiempo, y a él se lo cogieron porque era buena persona y un excelente médico de cabecera.

Durante años escuchó, trató de entender, utilizó sus conocimientos para conducir a sus pacientes por una camino tranquilo, a pesar de los asaltos medicalizadores, de las tentaciones tecnologicistas, y de los miedos, los de ellos mismos, los de la sociedad en la que vivimos y los propios, pues los demonios habitan en nosotros, que digo habitan, campan a sus anchas como Pedro por su casa.

Fue un médico sensato, con el primun non nocere tatuado. Un buen bagaje. Hasta que un día empezaron a temblarle las manos, un temblor tontorrón, pero molesto. Se las miraba sin quitarse las gafas, como para darse a sí mismo seguridad. Siempre había sido un tirillas, pero de pronto empezó a percatarse que la ropa bamboleaba, y puso en valor los comentarios sobre su excepcional delgadez de los pacientes, sobre todo los de sus muchas fans de edad mediana, por lo indeterminada.

Una analítica extraída en su centro una mañana reveló un tiroides peleón y nervioso. Era de esperar. Se rellenó el mismo una interconsulta con los endocrinos, pero la dejó a su caer, no quería que le arrollara el síndrome del recomendado. Siguieron unas cuantas visitas amables con una endocrina que utilizaba un tono paternalista y docente que le incomodaba, pero como era de buen corazón (él, la endocrina no tenía ni idea) pensó que era más bien un problema de sus propios prejuicios que una realidad.

Y un día aparecieron los primeros fármacos: antitiroideos. "Vamos a ponértelos a dosis bajas, a ver cómo va tu tiroides". Sin más. Que no le hablara de efectos adversos posibles lo atribuyó a su consideración con un compañero. No es que fuera un pastillero, pero nunca le había hecho ascos a un ibuprofeno, o a un omeprazol si hacía falta, así que tampoco le dio mayor importancia. El problema vino cuando empezó a notar un desagradable cosquilleo en la pierna derecha. Hacía unos años, tras un par de ciáticas molestas por lo limitantes, había acabado con una resonancia de espalda escupiendo una bonita hernia discal, que el traumatólogo, y el no repetirse las ciáticas dejó en el limbo del olvido.

Ahora reaparecieron sus fantasmas, pero cuando, a la mañana siguiente, el runrún amaneció también en el brazo derecho,  y hasta en la pierna izquierda, las alarmas se pusieron en defcon cuatro en su cabeza. Al terminar la consulta se presentó en el hospital buscando a la endocrina. Ya se sabe, privilegios de ser de la casa. "No, es casi imposible que sea de la medicación. Si además la tomas a dosis muy bajas".

Salió de allí con una interconsulta con los neurólogos que decidió abreviar por la vía del amiguismo. Esta vez el síndrome del recomendado le importaba ya un carajo. Fue a degüello a abusar de un conocimiento que remató la pertinenete exploración neurológica pidiendo unos potenciales evocados y una resonancia magnética nuclear cerebral, así, como el que pide uno con leche.

Aquella noche no pegó el ojo. Fantasmas con caras de sillas de ruedas, de sondas nasogástricas para tragar, de amigos compungidos disimulando mal la pena. Los hormigueos llegaban ya hasta la coronilla, su cuerpo entero era un criadero de hormigas, la jodida marabunta. Desde su atalaya de serenidad intentó hacer frente a los infaustos pronósticos autoimponiéndose una resignación islámica. Pero aquel esfuerzo de contención contribuyó poco a disminuir los sudores nocturnos. A la mañana siguiente cogió el teléfono y llamó a uno de sus amigos, de aquellos que fueran en su día jóvenes juerguistas despreocupados, y que ahora peinaba canas en un pueblito estepario.

Le pidió su opinión profesional sin intentar disimular su angustia, ni su falsa resignación ante lo inevitable. Y aquel amigo se calzó las botas de sosegar, y despacio, sin atropellos, le cogió de la mano y le trajo a la senda de la serenidad, sin que sintiera en exceso la patada en el culo que le estaba propinando.

"¿Qué habrías hecho, qué le habrías dicho tú a un paciente si te hubiera consultado con este problema?  ¿Por qué le cuesta tanto creer a tu endocrina que la aparición de unos síntomas claramente  registrados como  efectos adversos en su ficha técnica, aunque se presenten con poca frecuencia, puede ser la explicación más posible? ¿Acaso lo vive como una amenaza, un descrédito de su decisión? ¿No hubiera sido más razonable suspenderte el medicamento un par de semanas para ver si existe relación causa-efecto?"

Y la pregunta más importante de todas: ¿por qué no tienes médico de cabecera?

Cremos que el hecho de ser médicos nos exime del miedo y la angustia, nos confiere la capacidad para mantenernos fríos y distantes si nos enfrentamos a nuestra enfermedad, o la de nuestros seres queridos, pero no es así. Somos usuarios con tarjeta oro de Sanitas, decidimos a qué especialista debemos acudir porque, quién mejor que nosotros. Nos engañamos. Porque la enfermedad desnuda nuestras miserias, y se nos nota el miedo debajo de la piel, y el raciocinio se va a tomar por culo.

Lo que deberíamos hacer es utilizar nuestros conocimientos para encontrar un gran médico de cabecera. y permanecer fielmente a su lado como cachorrillos, ni siquiera como iguales, ni como amigos. Estamos viviendo en un permanente riesgo de hacernos daño. Será mejor que abandonemos cuanto antes ese camino. Si no lo queremos para nuestros pacientes, como razonaron en su día Juan Gérvas y Mercedes Pérez Fernández en el magnífico blog de Rafa Bravo Primun non nocere, no lo queramos para nosotros mismos.

Me comentaba no hace mucho el propio Gérvas que en Nueva Zelanda, uno de los indicadores de calidad utilizados a la hora de valorar a un médico de cabecera, era si éste disponía así mismo de médico de cabecera. Vale que Nueva Zelanda está en nuestras antípodas, pero ójala fuera así sólo en el sentido geográfico.

El dibujo, maravilloso como siempre, es de mi gran amiga Monica Lalanda


























lunes, 31 de agosto de 2015

Olor a humanidad, olor a amor, olor a muerte

Una pareja extraña. Sin duda. Llegamos a la puerta del chalet a la hora de comer. Se han quedado las tortillas hechas enfriandose en la cocina. No sabemos nada de ellos, no son de aquí. 

Los desplazados molestan. Vienen sin sus informes, olvidan sus medicaciones, creen que estos secarrales son las riberas del Manzanares, y sólo somos un puñado de médicos de pueblo. Demandan y sobrecargan y los jefes no lo reconocen. Viejas quejas para viejos problemas con viejas soluciones. Forasteros en tu propio país. Un despiporre. 

Un chalet setentón con muros de gotelé grueso, una casa descolocada en medio de una urbanización burbujera. La puerta metálica está cegada con una malla densa. Oímos ruidos de llaves detrás y unos desasosegantes sollozos. Las manos tiemblan y no terminan de encarar la llave adecuada. La cerradura se atasca  y los sollozos se vuelven hipos y juramentos. 

Me cuesta adjudicarle una edad. Me lo impide una melena negra despeinada que cae sobre la cara, aunque medio enseña lágrimas de las que ensucian, y mocos. Me da la sensación que renquea un poco de la pierna derecha. Tartamudea, quiere contestar a mis preguntas, un tanto atropelladas por la premura, realizadas mientras buscamos el salón donde está su marido. Hay algo raro. 

Ese vistazo de perro viejo haciendo domicilios, ese análisis canalla de datos blandos que nos dan los cuadros, los muebles y los olores. Me sale sólo. Han sido muchos años. Cuadros impersonales, sillones y sofás a un paso de convertirse en vintage, pero por ahora vulgarmente pasados de moda. 

El está incosciente, sentado en el sillón con la cabeza volcada hacia atrás, la boca semi abierta. Al verlo, mi gesto instintivo es aproximar el oído para oír le respirar, aliviado. Mis compañeras despliegan su profesionalidad sin que medien apenas palabras. Mi olfato de perro viejo me señala una cartilla de las de apuntar los azúcares que esta semi escondida por una bolsa repleta de paquetes de tabaco. 

El LOW del glucómetro activa nuestros protocolos internos, los que no necesitamos que nos tatúen los jerifaltes. Luego los papeles doblados dentro de un sobre mugriento me revelan enfermedades de esas que manifiestan su crueldad devorando desde las tripas sin dar más oportunidades que las de despedirse de quienes quieres mientras aún te queda algo de aliento. 

Ella me confiesa que ha tenido una trombosis cerebral y me culpo por malinterpretar el arrastre de la pierna y de las palabras. Y entiendo mejor las lágrimas de desamparo que no han parado en todo el tiempo que ha tardado la glucosa al 50% en espabilar al caballero. 

Luego se sienta a su lado, ya recuperada la consciencia y el habla, y le da zumo de  naranja de un modo torpe y cariñoso. 

Qué ha llevado a aquellos dos seres golpeados por la naturaleza a abandonar sus redes de seguridad y venirse a estos pueblos a mitad de camino de ninguna parte, precisamente cuando la vida se empeña en forzarles el paso no puedo ni imaginármelo. Pero os garantizo que la miseria huele. El amor también, por cierto. 

Habíamos pasado buena parte de la mañana absorbiendo otros olores. Con el mismo aroma a desesperanza, pero rematados por una sonrisa agradecida a pesar de los auto-engaños que quieren hacer más llevadera la proximidad del final. El cáncer nos enfrenta a nuestros terrores más profundos: el dolor, la desesperanza y la muerte. Por eso nos aterroriza, y por eso requiere un valor del que no siempre dispones. Y esa cobardía  es de las pocas que no pueden reprocharse.

La muerte huele, es un hecho. Huele cuando empieza a sobrevolarnos. En realidad siempre está allí revoloteando como las gaviotas sobre el barco pesquero. Pero sólo nos alcanza su olor cuando nos decidimos a mirar hacia arriba. 

La guardia no estaba resultando demasiado complaciente. Hoy tampoco encuentro el ánimo. Quizás mañana.