lunes, 18 de enero de 2016

La charla

Era tarde, hacia frío y estaba cansado. Una triada nada recomendable porque normalmente no suele augurar nada bueno cuando estas de guardia. Los años perros te han hecho aprender a palos en los lomos que es mejor no pensar en ello, pues cualquier situación es susceptible de empeorar. Especialmente estando de guardia. 

Dejemos aquí unos segundos de sonrisa y reflexión para quienes leen estas líneas y han pasado por ello. Una vez evocados los últimos recuerdos particulares y cabeceado un poco, continuemos con el relato. 

Decía que como buen perro apaleado, evito estas reflexiones todo lo que puedo por el terror que impone su efecto imán, pero es que hacía frío y estaba muerto de sueño, así que los minutos parecían sumarse en vez de restarse, y yo no veía la hora de que terminase el tormento. Por eso, cuando sonó el timbre, desagradable y chicharrero, me levanté del sillón jurando en arameo clásico, seguro al cien por cien de que se avecinaba el Apocalipsis. Me lo estaba buscando. 

En la puerta, azotados por el viento helado, había una pareja joven. El sujetaba una Maxicosi de donde sobresalían veinte mil mantas y toquillas, y ella tenía los ojos rojos enmarcados por mil arrugas de cansancio infinito y una pena sobre los hombros que le pesaba más que el abrigo mal cerrado con que se protegía de la noche imposible. 

Pensé en los clásicos mocos nocturnos que tanto nos gustan en los servicios de guardia aquí y en Kuala-Lumpur, pero el padre de la criatura invisible me dejó un correcto buenas noches mientras se dirigió sin titubeos a colocar el cuco sobre una de las sillas de plástico de la sala de espera con sumo cuidado, separando algo los ropajes para que circularan una o dos moléculas de oxígeno. Ella enfiló derecha hacia la luz de la consulta, en un camino sin duda recorrido anteriormente, de los que dejan recuerdo, y se dejó caer junto a la mesa, sacando su tarjeta y esperando a que me sentase. 

Sigo recordando sus ojos exhaustos, el pelo desordenado y un aura de fragilidad de las que me aterroriza dañar con alguna torpeza. Cuando detecto un marco tan delicado procuro ser parco en palabras, pero generoso en sonrisas. Las utilizo como si fuera papel de burbujas, e intento rodear a cada uno de nosotros, a cada uno de los objetos incluso, con ellas, como si fuéramos porcelana china por desembalar. 

No es fácil tratar pacientes que no conoces de nada, es un poco ser trapecista sin red. Y a mí me dan bastante miedo las alturas. Por eso me manejo mejor en las bajuras de mis pueblos, donde me siento más cerca de los sentimientos. Así las cosas, confiado en haber utilizado suficiente papel de burbujas, me ofrecí a ayudar a aquella mujer en lo que me pidiera. Yo creo que la descolocó un tanto la fórmula, o que se sintió cómoda con tanta burbuja. Lo cierto es que me pidió que le retirara la leche. Quería dejar de dar el pecho a su bebé. 

Entonces lloró. Yo saque más papel de burbujas, mientras ella se sonaba los mocos. Repartí sonrisas y obviedades a partes iguales. Seguro que estás agotada, los primeros días en casa son muy duros, no te preocupes, esta sensación de tristeza es muy frecuente. Quería dejar de una vez los tópicos así que opté por cerrar el pico y darla tiempo a que se sorbiera las lágrimas y dijera algo. 

Ella había esperado esa hija con absoluta ilusión, sin la más mínima sombra de duda de su capacidad para ser madre, y en solo unos días se sentía absolutamente derrotada. Y sola. E incomprendida. Estaba harta del dolor que sentía en los pezones, estaba harta del calor insoportable de las tetas, de los cabezazos de la niña que no sabía engancharse, que escupía el calostro y lloraba desconsolada a la hora de los serenos, dejándola con el pecho duro y dolorido y muerta de sueño. Estaba harta de sentirse una inútil incapaz siquiera de hacer lo que cualquier mujer llevaba haciendo miles de años, así que quería cortar por lo sano, quería una pastilla que le lavara la conciencia y justificara los biberones y la leche en polvo. 

Me miró orgullosa después del discurso liberador, con esa mirada que dice en voz alta: no te atrevas a juzgarme tú, que no tienes ni idea de por lo que estoy pasando. No la mantuvo mucho, porque enseguida percibió que no había necesidad. He abandonado hace tiempo la prerrogativa de juzgar, que nunca debimos arrogarnos, pero que todos hemos arrastrado en una profesión de miserias y grandezas humanas como la nuestra. Pero no he abandonado, ni espero abandonar nunca, la capacidad de sentir pena por un ser humano que sufre. Si lo hiciera, tendría que abandonar la Medicina. 

Así que ni me negué a su petición, quería demostrarla haciéndola la receta que no era su juez, que solo pretendía ayudarla. Pero mientras la hacia, empezamos a hablar. Fue una conversación tranquila, sin reproches por ninguno de los dos lados. Fue una conversación sencilla, buscando desmenuzar los problemas, desmigarlos para digerirlos mejor. Fue una conversación de lo más sencillo a los más complejo. Hablamos de dormir, de comer, de reír y llorar. Hablamos de su niña apoyada contra su pecho. De la felicidad inmensa aunque dure un minuto. Y de los miedos. 

Hablamos mucho aquella noche en que era tarde, hacia frío y yo estaba cansado. 

Hablamos hasta que se hizo un silencio y ella se levantó sonriendo. Cogió su receta, que estaba abandonada sobre la mesa y explotando al moverse todas las burbujas que nos rodeaban, me dijo que pensaba que no se la iba a tomar de momento, que se daría a sí misma otra oportunidad. La acompañé a la puerta donde se reunió con el hombre del capazo. Echó un vistazo al bulto informe que reposaba bajo las mil capas y tras decirle una frase breve tranquilizadora a su acompañante, se marcharon con prisas a refugiarse del vendaval en su coche. 

Yo me fui a la cama y me pasé un buen rato recordando la cara de pavor de mi mujer cuando nació nuestro primer hijo, su agotamiento, lo perdidos que nos sentimos sin nadie que nos escuchara cuando implorábamos ayuda, porque las enfermeras, seguramente saturadas y desbordadas, pasaban raudas haciendo su trabajo y no tenían tiempo para memas primerizas incapaces de hacer algo tan sencillo como amamantar. Habían pasado mil años. 

Y pasaron mil más. Era una mañana de sábado. Una sala de espera abarrotada de niños vociferantes, con sus sempiternos mocos y sus fiebres recién paridas que no terminan de bajar con apiretales y dalsys. Yo me lo tomaba con filosofía de la barata. A esa media mañana del fin de semana siempre la he llamado la hora Warner, parodiando, en un derroche de ingenio de ese que me ha hecho un famoso humorista, a un viejo programa infantil de la tele. 

Esperando en las sillas plasticosas, una lindeza de tres añitos rubia estaba sentada junto a un cuco donde jugaba con el chupete una bebé vestida de rosa riguroso. Los papás sonreían mirando el cuadro, y yo, aún en las primeras horas de la guardia, con el depósito lleno de empatía, les interrogué sobre las edades de ambas. La pequeña lucía mofletes de anuncio de Maizena y pregunté a la madre si la amamantaba. Ella se marcó una sonrisa que iluminó toda la sala de espera y me contestó:

- Sí, se lo doy, como hice con su hermana hasta que tuve que incorporarme a trabajar, gracias a aquella charla que tuvimos hace más de tres años. Nunca me tomé aquella pastilla. 

Aquella guardia no se me hizo larga, no hizo frío, y no recuerdo siquiera haberme cansado.  


Dedicado a Ángeles, matrona durante años, casi siempre en Atención Primaria, comadrona experta en ayudar a las mujeres que han deseado parir en sus casas, y sin duda, la persona que más me ha enseñado sobre cómo tratar a la mujer en todas las etapas de su vida. 

Gracias a ella soy mejor medico. Porque haberla conocido también me ha hecho mejor persona. 


sábado, 2 de enero de 2016

Obituario

Desde hace un tiempo tengo un obituario. Lo guardo en esa maravilla electrónica que me sigue a todas partes en el bolsillo del vaquero, ese mini ordenador que alguna que otra vez, de forma cada vez más asombrosa, me permite hacer una llamada de teléfono. Esto lo cuento para los que creen que ser un médico de pueblo es ser un analfabeto tecnológico.

Tengo una nota que titulé, un poco pomposamente, en un latín inculto, in memoriam. Debajo aparece el nombre de cada uno de mis pueblos, y una relación de las mujeres y los hombres que han muerto desde que yo aterricé, este año hará ya una década. Junto a sus nombres, una breve frase de recuerdo, no es un certificado de defunción, ni es un determinación de causas: son muchas veces sentimientos, rasgos, recuerdos con carga de profundidad evocadora. 

No recuerdo los nombres de todos, para mí vergüenza. Hubo tiempos en que la vida transcurría demasiado deprisa, y el galope de las caballos no me dejaba escuchar, solo oía estruendo. Aunque, sin excusas, debí haber estado más atento: me faltó paciencia y descubrir el gusto de la intemporalidad. Aun así, me he propuesto ir averiguándolos como investiga estas cosas un médico de pueblo, preguntando a los vecinos. Hay algunos de los que conservo el recuerdo de su mote, que en muchos casos es un árbol genealógico de raíces más profundas que algunos títulos nobiliarios. De otros, solo los lazos de parentesco que me regala la longitudinalidad, el día a día con sus familias o sus amigos. 

Nunca he comentado con otros compañeros si tienen costumbres parecidas, pero la necesidad de grabar en palabras sus caras, convertirlas en inmortales, en la frágil inmortalidad de la batería de mi teléfono móvil, germinó en mí como esas arrugas de las sábanas que no te dejan dormir a pierna suelta, pero que sabes que la más absoluta pereza te impedirá levantarte a deshacerlas. Mi mujer dice que estoy pirado porque alguna noche ha sentido que me levantaba y me obstinaba en reconstruir la lisura perdida, y no le quito la razón, faltaría. 

Así que un día decidí vencer la pereza y les puse palabras a los recuerdos. Para mí, las palabras son joyas delicadas. De vez en cuando leo el obituario y les quito el polvo a esas joyas con mimo, como el mayordomo que sabe lo que vale la cristalería de Murano. No es una lista larga, medio centenar, pero tardo cierto tiempo en leerla, y suelo hacer algún añadido, o corregir un tanto, como si recolocara la cristalería de una manera distinta en su vitrina una vez limpia. 

Y detrás de cada línea me asaltan las historias, cincuenta vidas multiplicadas por millones de acciones, cincuenta memorias recordadas detrás de no sé cuántas puertas, con un enigmático efecto mariposa de recuerdos, que salta de uno a otro y a otro y a otro, muchos aquí, y quién sabe cuántos allí o allá. 

No, no guardo un obituario por ser especialmente macabro. No tengo oscuras y tétricas intenciones. Tampoco lo hago por necesidad de justificarme. Y no porque no haya creído todas y cada una de las veces que hubiera podido hacer algo más. He sido educado en una férrea cultura de enfrentamiento con la muerte, en la absurda creencia de que los médicos estábamos hechos para vencerla, sin que me dejaran, en todos los años en que estuve convirtiéndome en médico, que mirara el reverso de esa sentencia, ese en el que pone que, realmente, a lo más que llegamos es a retrasar su victoria.  

Y tantos años escuchando la cara A del disco hacen inevitablemente que a la mínima oportunidad tararees la musiquilla, y te pares a pensar en pruebas no pedidas, antibiótico no mandado, derivación demasiado tardía, no se, un sinfín de señoritas Rottenmeyer metidas en tu cerebro golpeándote con una vara flexible en los nudillos recordándote que podrías haber sido mucho mejor médico. 

Pero insisto, no es mi obituario un ejercicio de penitencia o de exculpación hacia mi, no. No es para mí. O para ser más exacto, diría que no es para mi provecho egoísta. Y añado el feo adjetivo porque en realidad sí es para mi provecho. Porque esas pequeñas joyas colgadas de esos grandes recuerdos,  son en realidad para acompañarme. Y es que creo que el médico de cabecera que vive expuesto a tantas vidas queda enganchado de éstas, dejándose arrastrar como Mesala por los caballos desbocados en Ben-Hur. Yo no concibo forma de desatarse de esos enganches, aunque te arrastren por la arena del Circo Máximo. Así que al final de esas vidas, los médicos acabamos magullados y son sus recuerdos los únicos que pueden ponernos el bálsamo en las heridas. 


Y yo no quiero desengancharme de esas bridas, ni aún por las magulladuras, ni tampoco perderme el bálsamo sanador. Por ello, como la memoria es frágil y ellas y ellos atravesaron una vez sus vidas con la mía, esos conjuntos disjuntos se merecían una memoria más resistente, aunque se nombrara en gigas y cupiera en una tarjeta milimetrica. 


La vida parece a veces una carrera de cuádrigas de caballos desbocados y conductores asustados intentado sujetar las riendas. Lo siento, pero la analogía no se me iba de la cabeza.






lunes, 28 de diciembre de 2015

El último de Filipinas

Bueno, pues heme aquí después de un año frente a la página en blanco, e impelido por mi autodisciplina a escribir el último de los post de este narrador de historias, guionista de copy & paste, o plagiador de la vida, como gusten en tildarme vuesas mercedes. Domingo de madrugada, en mi cómoda y calentita cama, sin poder evitar un fugaz pensamiento dedicado a los que dormirán en el banco de un parque o en un cajero, en este mundo de ricachones con la conciencia social amputada. 

Y pensando sobre qué tema sería el más indicado para cerrar un año que ha soportado cincuenta y dos disquisiciones erráticas unas veces, desordenadas casi siempre, sinceras y entrañables en todos los casos (entendiendo por entrañables que han sido paridas desde las entrañas) pues embarcado en semejante reflexión, decidí dedicar el último post a hablar sobre mi. 

Y no se trata de un ejercicio de complacencia, unas inyecciones de bótox a mi ego, que, como el de casi todos los médicos, es convenientemente alimentado durante nuestra carrera, especialidades y práctica clínica, sino uno más de los actos de nudismo a los que me he venido de un modo u otro entregando alegremente cual mojigato converso al hippismo más irredento. 

Hace muchos años que coqueteaba con escribir. Fui de esos adolescentes un tanto raros que soñaban con escribir un libro, pero que chocaban irremediablemente con su falta de talento y una paupérrima imaginación. No obstante garrapateé algunas cuartillas que es muy probable que me avergonzarían si supiera dónde duermen el sueño de los justos. Mejor no saberlo. 

Luego cruce el desierto universitario, donde el bolígrafo cumplia otros menesteres y mis veleidades literarias fueron definitivamente enterradas, cubiertas por una pulida lápida de mármol con la inscripción "aquí yacen quienes nunca seremos" y mi fogosidad encontraba candela en devorar apasionadamente bibliotecas y releer compulsivamente a García Márquez. 

Y luego la conocí a ella. Se movía en un ambiente bohemio, donde rebosaba el arte en cada conversación, entre chicos que iban a castings de películas de cine, entre ensayos de compañías de teatro independiente, entre jóvenes directores de cortos prometedores, entre guionistas que preparaban un próximo rodaje. 

Yo me figuraba un mundo de tertulias del Café Gijon, una comunidad de gente interesantísima hasta cuando pedían pizzas por el teléfono, y en el espejo me parecía soso y vulgar. Y tuve miedo de decepcionarla, así que desenterré las grandes esperanzas (¡ay, Dickens!) y me compré un ordenador portátil. Y me puse a escribir. Y en realidad sólo quería tener una lectora, así que cada noche le daba a leer las páginas que había escrito. Ella las leía condescendiente porque estaba enamorada, y me sonreía, con una sonrisa inotrópica positiva, que desde entonces y hasta ahora a mí me ha dado la vida. 

Así que entregaba mis horas libres, que eran bastantes en aquel entonces protohistórico en el que decidí abandonar trabajos un tanto extraños intercambiándolos por horas para estar con ella. Ingresaba mucho menos dinero pero era sin duda, mucho más feliz. Y nunca escribía sobre Medicina o sobre las mil y una historia que llamaban a mi puerta, porque creía que era un truco de mago de verbena, un recurso tramposo para alguien con ínfulas de literato. Así que, embarcado en esas apostasías literarias me pareció menos titánica la tarea de escribir una novela, y a ello me dediqué con fruición y una buena dosis de autoestima propia y paciencia de ella, pues uno muy pocas veces es capaz de ver sus limitaciones, y una persona enamorada muy pocas veces es capaz de quitarle la ilusión a su amado. 

Y, entre medias, un cuentecillo bobalicón presentado sin querer a un concurso de pueblo (pueblo grande, pero pueblo) es premiado y al subir a recoger el premio mi ego flota a nivel himalayo y ella sonríe emocionada, y sus efectos inotrópicos positivos se multiplican en sobredosis casi mortal, y yo termino mi novela y allí se queda ocupando unos miles de bytes en el viejo portátil. Y el sueño de verla entre mis manos sigue recorriendo mi cerebro como esos aspiradores robots que no paran nunca de tragar pelusas, mientras la vida sigue, empujándome testaruda por el camino de la Medicina del pueblo y la cabecera de la cama. 

Y aunque, de un modo u otro (más de otro que de uno) consigues pasar las hojas de tu novela, tembloroso pero con delicadeza, como si fueran de papel de arroz y se deshicieran al contacto de la realidad, esa vieja vida sabelotodo ya se ha salido con la suya y te ha demostrado que no es tu senda esa que anhelabas, pero sonríe desdentada y te ofrece otros manjares irresistibles para cualquiera, para mí el primero. Así que, decidido a ser feliz en tránsito tan breve en el transcurrir infinito del tiempo, no pienso dejar escapar nunca ni una sola de esas sonrisas digoxínicas, y de vez en cuando, o de cuando en vez, quién sabe, puede que  vaya modelando con palabras historias de esas que creía me convertían en tramposo por reflejarlas, cuando, en realidad, ahora más viejo y más bobo, me doy cuenta de que, en lo que realidad me convertían, era en el escritor que siempre había querido ser. 

Gracias a todos por cada una de las más de setenta y dos mil veces que os habéis asomado a esta sarta de historias, cumpliendo un utópico sueño en el que no hay fronteras ni países, solo gente sencilla dispuesta a leer un rato, a sonreír o a humedecer sus ojos alguna vez, por el mero hecho de ser seres humanos. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Bichos raros

Estudiar Medicina ya era entrar en una academia de bichos raros. Un club de empollones con acné transmutados en la élite universitaria, ingenierías y arquitecturas aparte. Un grupo de frikies de la anatomía, del olor a formol, del microscopio y el café por arrobas. Durante la historia interminable en que se convertía la carrera había tiempo para todo, el tiempo que te da la juventud inmortal, donde dormir es estar muerto, y a los veintipocos quién quiere estar muerto. A la mierda James Dean y su bello cadaver.

Los que llegaban a la Facultad con pareja de high school iban percibiendo como las pequeñas grietas de las relaciones púberes se transformaban en el jodido gran Cañón del Colorado. Es lo que tiene quemarse las pestañas en los libros, no poder ir a esa excursión de amiguetes porque te machacarán en biología, u olvidársete el aniversario porque tres horas de cama apenas dan para fijar lo de patología médica y no dejan espacio a mucho más. 

No, no me malinterpreten. Durante la carrera hay tiempo para todo. ¡Cómo no iba a ser así si hay quien, cuando termina, ha pasado en ella una tercera parte de su vida! Y claro que perduran algunos especímenes capaces de superar la tormenta perfecta con sus novios y novias de sus pueblos, que se habían desgastado lo justo en magisterios, derechos y químicas varias. 

Pero lo cierto es que la inmensa mayoría llegó al otro lado del Sahara más solo que la una, o con otro naúfrago solitario, perdido y sediento al que se había arrimado para darse algo de sombra mutuamente. 

Y es que después aún quedaba el purgatorio, como si el mismísimo Dante hubiera diseñado nuestros estudios, y pasabas a enfrascarte en esa angustia de aspirante a registrador de la propiedad que es el MIR. Y entonces te merendabas el verano, el otoño y el invierno, condenado como un Sisifo a cargar con el Harrison de nuevo, a veces enclaustrado en la celda 211 de una academia de corte y confección de hacedores de exámenes, mañana, tardes y hasta noches, y díganme ustedes si hay relación que resista semejante estrés pretraumático. Así que la mitad de los bichos raros que lograron sobrevivir al título firmado por don Juan Carlos echaron por el sumidero de la paciencia infinita a un montón de bellísimas personas que habían dado sopas con ondas a Penélope, hasta que le reventaron la jeta de un buen bofeton al plasta de Ulises. 

Y no queda ahí la cosa: aprobados MIRes, comienza el éxodo en muchas ocasiones a lugares remotos, a meterse en centros de salud y hospitales donde te crees que hay luz del día porque lo has visto en la tele. Y los viajes a casa se empiezan a espaciar, y parece que ya apenas reconocemos el idioma en que nos hablan porque nos hemos acostumbrado a hablar en dialecto klingon-médico, y hay que ser muy médico o muy klingon para entendernos. Y como la comunicación parece limitada a los de nuestra especie, el resto de los humanoides nos miran con caras bobaliconas, mientras piensan que somos gilipollas y además alguien nos ha metido un palo de dimensiones bíblicas por el culo. Es lo que tiene ir a trabajar en bata güatiné o en pijama de colorines con chanclas. Nosotros nos tomamos muy en serio y los demás nos toman por los insoportables bichos raros que somos. 


Así que, así las cosas, las probabilidades de que terminada la especialidad perviva todavía alguna relación sentimental de un tiempo pasado, con un ser animado que no pertenezca al reino sanitario son casi las mismas que las que tenemos de no necesitar gafas: alguno no las lleva, claro, pero la verdad es que en las reuniones de médicos se pone las botas el Afflelou. 

La vida al lado de uno de nosotros no es fácil. Somos gente extraña, con costumbres raras difíciles de entender para quien no haya estado sumergido en nuestra miseria. Y sé que cuando leáis estas líneas, unos pocos sonreiréis ufanos por haber conseguido superar los doce trabajos de Hércules e iros a la cama con el noviete que os tiró los tejos aquel verano de los dieciséis en que por primera vez  rellenabáis el bikini. O con esa mozuela de hoyuelos en las mejillas con la que todos querían bailar en la discoteca de vuestro pueblo, pero que sólo aceptó apoyar su cabeza en vuestro hombro cuando empezaron las lentas. Tal vez en vuestras vidas consigáis el equilibrio con el resto del mundo que os confiere una visión ajena a las bellezas y a las tristezas que encierra nuestra profesión. Tal vez. 


O tal vez realicéis esfuerzos ímprobos por quitaros con la bata todos aquellos sentimientos que creéis que difícilmente podrían ser entendidos por alguien que no sea del planeta Klingon, por alguien que no vea cada día en la cara de las personas angustia, dolor, alegría, pena, desencanto, desesperanza o esperanza. ¿Puede un ser humano realmente despojarse de todo ese traje de sentimientos cada día? ¿Pueden esos esfuerzos convertirse en la carcoma que lentamente vaya abriendo agujeros bajo la línea de flotación?


Es difícil ser solo un ser humano en esta profesión de súper héroes. Sin duda, este es, como decía Mc Cartney, un largo y tortuoso (muy tortuoso) camino. 







domingo, 15 de noviembre de 2015

La absurda crueldad, la enorme bondad del ser humano

Aquel día fuimos a pasar nuestra consulta de tarde en estado de shock, como no podía ser de otra manera. Era jueves y todos llevábamos escupiendo lágrimas frente a las televisiones desde que las estaciones habían empezado a reventar y los gritos de pánico nos removían el estómago. Lágrimas era todo lo que habíamos podido comer ese día y con ese amargor era con lo que tuvimos que afrontar la consulta. Y fue una consulta extraña, de silencios largos y una tristeza pesada, como si a la gente le avergonzaran sus pequeñas penas ante las terribles de los pobres mutilados entre las vías del tren.

Ella no vino a trabajar esa tarde, ni la siguiente. Sin pensárselo dos veces había ido a ofrecerse para lo que fuera, vendiendo su experiencia de tres años administrando el consultorio local, manejando las cuitas de los lugareños con una psicología y una mano izquierda impropias de su carita de niña buena y su juventud, pero alimentándose de un enorme, gigantesco corazón. Y en el torbellino de solidaridad desatado, en la humana necesidad de abrazarse unos corazones a otros, la aceptaron e incluyeron, y allí pasó los siguientes dos o tres días, y sobre todo, las eternas dos o tres noches.

El lunes la vida peleaba por volver a la normalidad. Entraba algo más de comida en los estómagos, aunque seguían alimentándose sobre todo de lágrimas. Y se unió al velatorio un invitado inesperado, el miedo a salir a la calle, a ir al supermercado, a pasear por el parque. Y, sobre todo, el miedo a mirarse a la cara y reconocer el terror en los ojos de los demás, el miedo a que el espíritu de convivencia se transformara en soledad, miradas huidizas y culpables de sospechas cobardes pero humanas. 

Las gentes volvían a las consultas, de donde parecía que no se habían ido nunca, y recuperaban sus artrosis y sus tensiones y sus insomnios, y sus ardores y sus fiebres y sus embarazos, en un continuum que brindaba ilusión de vida, sin poder esconder los terrores de muerte. Y también volvió ella, eficiente pero monosilábica, y con sus enormes ojos arrasados y resecos como si en vez de dos lagunas negras se hubieran metamorfoseado en dos desiertos oscuros y siniestros. Solo nos contó brevemente que había estado colaborando en el dispositivo sanitario, sin entrar en detalles, y quizás los abismos que rebelaban sus ojos nos contuvieron las preguntas en la boca. 

Costaba vivir aquella vida que parecía transcurrir a cámara lenta, pero vivir no es un torrente que sea fácil detener a nuestro antojo, y los amaneceres sucedieron a las noches y los latidos a otros latidos y los pánicos adquirieron sordinas y los niños seguían riéndose en el parque porque esa risa es la bondad que necesitamos los seres humanos, aunque a veces seamos tan imbéciles que la ignoremos. 

Una tarde, pidió verme como paciente. Yo me asusté por lo inusual y me ofrecí como lo que era para ella, un amigo y su médico de cabecera. Sentada en la silla la vi frágil y percibí su extrema delgadez, que hacía llamativas las clavículas y unas muñecas huesudas y malnutridas. Consiguió decir dos o tres palabras antes de que se desbordara el diluvio universal de llanto, un llanto inconsolable de los que cortan la respiración, un llanto que amenazaba con ahogarnos a todos, pero que dejamos brotar sin prisas hasta que se fue acompañando por la explicación entrecortada y angustiosa de las pesadillas que la quemaban cada noche, hasta que se sintió con fuerza suficiente como para contarme cómo pasó dos días acompañando a seres destrozados a examinar fragmentos de otros seres, con la esperanza contenida de no reconocer un pañuelo, un reloj, una zapatilla deportiva, un anillo. Cómo se derrumbaban en sus brazos madres que de repente gritaban al ver la pulsera que regalaran a su hija al cumplir dieciséis años en un brazo amputado directamente de sus entrañas, o los calcetines chillones que siempre llevaba el incorregible de su hijo y que ahora permanecían absurdamente envolviendo un pie sin vida y sin asomo de piedad. 

Veía a todas y cada una de aquellas personas en las horas eternas de sus noches, deambular entre los restos de lo que fueron seres repletos de vida, de sueños o de desengaños, y ya no eran más que abominaciones de la crueldad sin sentido del ser humano. Y no podía dejar de llorar cada minuto de la noche hasta que se secaban los ojos lo suficiente para volver al trabajo, pero sintiendo que se le iba secando al mismo tiempo el alma. Y tenía miedo de que incluso se le hubiera quedado en aquella morgue para siempre y pedía ayuda con una desesperación que me abrumaba. 

Aquel fue el último día que vino a trabajar en los siguientes seis meses de calvario intentando recuperar y reconstruir los trozos de un espíritu que al menos ella sí podría restaurar. Y lo consiguió, porque en el ser humano puede anidar una aborrecible crueldad, pero también una irresistible grandeza. 

Hoy me apetecía contar esta historia que llevaba años guardando para mí, porque yo, aún creo. 



martes, 3 de noviembre de 2015

De niños y pediatras

Había sido una guardia tranquila. Las hay de todos los colores, una verdad inamovible como sabemos cualquiera de los que nos dejamos la salud en ellas desde hace años. En las últimas horas huele en mi centro a café recién hecho por la señora de la limpieza, un olor que me sabe a paz y a descanso. Trasteo por allí saludándola y respondiendo a sus preguntas sobre la noche, sobre mis chavales, sobre las futuras reuniones del equipo, algún que otro cotilleo, la preparación de la cena de Navidad. Esas cosillas rutinarias que me dan tanto sosiego.

El timbre a esas horas es estridente e inoportuno. Cuando nadie te espera no puedes ser bienvenido. Asomarte a la puerta y ver a un padre con su niña en brazos desmadejada taquicardiza al más pintado. Yo no soy menos. Veintitrés años de experiencia y me convierto sin  saber cómo en un imberbe recién licenciado. 

La pequeña ha estado convulsionando en su casa después de una noche de fiebre. La madre llora con el susto atenazándole la garganta. El padre se mantiene sereno sin separarse un milímetro de la niña. 

Aunque el corazón va a mil por hora, las canas se notan, y la profesionalidad toma el mando: hacer nuestro trabajo e irradiar la tranquilidad suficiente a aquellas dos personas que están pasando el trago de su vida. Irradiar tranquilidad se me da bien. Yo creo que es un don, un tesoro concedido en la lotería del destino, que me tocó en su día, y que ya me encargo yo de cuidar, aunque no tengo ningún reparo en dilapidarlo cuando es necesario. Hablo, mucho, sonrío, también mucho, toco, como si pudiera transmitirlo con las yemas de los dedos, y trato de cubrir a todos los que me rodean con ese manto de paz y quietud. Claro que sufro mi propia angustia, estaría bueno, pero queda digerida en el latir apresurado de mi ventrículos y ese leve temblor de manos que lleva conmigo desde no sé cuanto tiempo.

La niña recuperaba lentamente la vida. Abría los ojos asustada, somnolienta, desorientada. Su padre le acariciaba la frente húmeda como si fuera de porcelana china, y ella se resistía a apartar su mirada de la de ese gigante de fuerza hercúlea capaz de protegerla de un huracán en sus brazos. Cuando sonrió al fin por primera vez, de vuelta al mundo de la consciencia, la risa floja se nos escapó a todos los que alborotábamos alrededor. La temperatura de la felicidad se elevó de golpe siete grados por lo menos.

Hablé con los padres. La niña se recuperaba sin contratiempos, pero la observación hospitalaria me parecía lo más oportuno. A ellos también. A aquella hora, la del despertar de las consultas del viejo ambulatorio, la de las ambulancias colectivas merodeando por la provincia llenándose hasta los topes en sus tours del Inserso doliente, esperar que alguna quedara libre para un traslado podía convertirse en una tarea de horas, y la recuperación de la niña era lo suficientemente prometedora como para no activar recursos más melodramáticos y escasos. Pregunté a los padres si habían traído su coche. Les enseñé el mío, un mastodonte incapaz de perderse en un espejo retrovisor. Organizamos una pequeña caravana, ellos delante, con la pequeña animada y parlanchina para satisfacción de todos, yo pegado con mis Stesolid y mis Guedel del 1, y diez o doce jaculatorias, que nunca está de más pedir ayuda, no sea que al final te venga.

En la puerta de urgencias detuvimos la caravana. Les acompañé a la puerta y el padre me dio esa mano que su hija seguía viendo de gigante y a mi me pareció la de un hombre asustado, aunque aliviado. La niña, en brazos ahora de su madre, me lanzó una sonrisa breve, porque el jaleo de aquella puerta llena de gentes de verde no parecía molarle un pelo. Yo me metí en el coche y me fui a tomarme un café con mi mujer como cada mañana cuando salgo de guardia.

Me gustan los pediatras. Me caen bien. Les he conocido de todos los pelajes, de ambos sexos y al menos de cinco países y dos continentes distintos, que recuerde, puede que más. En los centros de salud me provocan ternura. Les he visto muchas veces despistados, desubicados, descolocados, intentando encontrar su espacio en ese batiburrillo social, económico, familiar en que se convierte el pueblo, o el barrio. Les he visto sumergirse en las aguas profundas y peligrosas de la Atención Primaria sin más bagaje que unas clases de buceo en la piscina, y les he visto hacerlo con ánimo y un amor a su especialidad envidiable.

Al mismo tiempo que se sumergen en ese mundo para ellos extraño, a los sones del "bajo el mar" de La Sirenita, se van despojando del pesado traje que soportan por los años entre aparatos, antibióticos intravenosos y surfactantes les había ido confiriendo hasta al Patch Adams más pintado, y casi se puede percibir cómo se van sintiendo más cómodos en un traje más modesto, un neopreno de peor calidad, que al final termina empapándote, pero que viene que ni pintado para sobrevivir en el barro.

He convivido con pediatras que abandonaron la UCI del Valle de Hebrón para atender mil y pico niños de un pueblo dormitorio de Madrid. Y lo hicieron desde la racionalidad, la sencillez y la sonrisa, aunque podrían haberlo hecho desde el resentimiento y la medicalización. He conocido pediatras digestivos, endocrinos, neurólogos, que se hartan a explorar caderas y a enseñar a las madres a lavar las narices a sus rorros.

Y he conocido pediatras aterrados, desnudos sin sus escáneres y sus laboratorios, que aburren con sus miedos y sus derivaciones a urgencias a los padres de sus pequeños pacientes. Y les compadezco, porque se que les da miedo nadar, cuánto más sumergirse. Y es que en el hospital, cuando la palabra incertidumbre entra por la puerta, lo hace siempre dándole el brazo al terror, y contra eso siempre nos quedará alguna prueba y alguna etiqueta.

Me caen bien los pediatras. Son muy buena gente. De verdad. A mi me gusta ver a los niños de mis familias. El sistema está montado como está montado, al menos por ahora. Médicos especialistas en trabajar en la cabecera, en manejar la incertidumbre, en contemplar el paciente en su entorno, convivimos con otros especialistas que tiene que adquirir esos conocimientos a golpe de susto, a base de sudor y de tiempo. La Medicina del pueblo, del barrio, engancha. Y ellos son buena gente y casi todos se dejan enganchar, porque te sientes tan plenamente médico que es muy difícil despojarte ya de su hechizo. Convivimos, nos tratamos bien, hablamos e intercambiamos información porque, al fin y al cabo, nosotros también somos buena gente.


Vuelvo a transmutarme en el doctor Ceriani, soy así de antiguo, así de Country Doctor, no lo puedo evitar. Ustedes me disculparán. Dedicado a todos mis amigos y amigas pediatras, y agradecido por la benevolencia de soportarme y tantas veces, de enseñarme.
















lunes, 12 de octubre de 2015

Domicilios terapéuticos

Cada cierto tiempo, en la consulta recibo un par de llamadas especiales. Ya hace tiempo que mis pacientes utilizan el teléfono para solucionar pequeños problemas. Yo les atiendo de inmediato, pidiendo disculpas a los que detienen amablemente sus relatos. Nadie suele abusar, son interrupciones breves, respuestas sencillas, anotaciones rápidas, que son toleradas con la misericordia propia de quién sabe que pecará algún día.

Esas dos llamadas especiales terminan invariablemente con un "no te preocupes, luego me paso". Son llamadas de socorro pactadas, redes de seguridad para trapecistas de la vida y de la Medicina. Al terminar la consulta me monto en el coche y acudo al rescate. Son los domicilios compasivos. 

Isabel vive en el pueblo de toda la vida. Soportó como los demás el cambio de médico, la marcha de quién les había cuidado durante veinticinco años, torciendo el gesto y resignándose a lo que les trajera el azar. Y el azar me trajo a mi. Me pareció desde el principio una anciana encantadora, una mujer enorme, que se movía despacio y torpona, que acudía a la consulta con el pelo recién peinado, de un gris brillante, con vestidos oscuros y elegantes pañuelos de seda alrededor del cuello. Aunque parecía tener siempre dispuesta la lágrima, era de risa fácil e hicimos enseguida buenas migas. Yo bromeaba con lo guapa que se ponía para venir a verme y ella sonreía picarona. Luego se quedaba callada unos segundos como si sintiera una lanza en el costado, y volvían a brillarle los ojos amenazantes. Me intrigaban esas tristezas, siempre dispuestas a clavarse entre sus costillas. Hay vidas que no descubriríamos ni en toda una vida de escuchantes. 

Poco a poco fueron espaciándose las visitas. Los años pesaban sobre las vértebras aplastadas, capaces apenas de mantener en pie aquella anatomía de mujerona. Juntos habíamos ido racionalizando la vejez, y hartos de buscar otros culpables, habíamos decidido dejar descansar a sus males. Con la primavera solía dejarse caer por la consulta, arreglada como para ir a las fiestas del pueblo, del brazo de su cuidadora, que le habla con acentos pampeños. Celebrábamos juntos el fin de su aislamiento y después de las risas, esos Longinos implacables le recordaban con sus lanzas que ahí siguen los sufrimientos. Luego se marchaba, despacio, pues aún le queda una pequeña cuesta hasta llegar a su casa, despidiéndose como si fuera nuestra última visita. 


Rocío llegó al pueblo no hace tantos años. Entró en la consulta en tromba, como un huracán. Su hijo la traía de su casa en la capital a la residencia del pueblo, mucho más cerca de la casa de él, que vivía en el pueblo vecino.  Apenas me dejó hablar, estaba enfadadísima. Discutía continuamente con su hijo, mientras yo me dedicaba a ojear su historial médico, y a horrorizarme con el sumatorio de potingues que soportaba aquellas generosa anatomía. Un par de consultas semanales de las propias del Dr. Job, pero el del Antiguo Testamento, fueron apaciguando la fiera, que solo escondía el temor y el desamparo, ambas mucho más terribles y devastadoras. Y aquel despliegue de mano izquierda y de ganarse el paraíso terrenal devino en una confianza ciega, en el efecto balsámico no ya de mi presencia física, sino de la promesa de que acudiré a sanar y confortar. 

Y ahora, varios otoños después, la enfermera de la residencia coge el teléfono y me pide que encuentre un huequito para ir a ver a Rocío, porque las malditas vértebras de polispán no la dejan levantarse del sillón y aún no ha querido ponerse la faja que le recomendé. Y la cuidadora argentina me envuelve en sus acentos de futbolista pidiéndome que acuda al rescate porque Isabel lleva dos días sin moverse de la cama. 

Y yo me bajo del coche con las manos en los bolsillos, porque entre nosotros no necesitamos fonendos, tensiometros o pulsis. Porque tan solo me siento junto a ellas, les cojo la mano, les palpo el pulso, que sigue luchando cabezota, les sonrío. Porque pasamos revista a sus dolores, yo, como el perro de caza, pendiente de cualquier movimiento que me descoloque mi acuarela de sus vidas, y ellas repasando cada paletada de color: la espalda, las piernas, los brazos, la pena que les trae el otoño, que les ahoga por la noche. Luego bajamos a la cancha de lo cercano: mis hijos, que son como si fueran nietos suyos, mi mujer. Sonríen pensado en la guerra que me darán los cuatro lebreles, y yo les cuento alguna anécdota, adornándola como sé que a ellas les gusta. 

Me aprietan la mano con un cariño que me lanza trescientos sesenta julios derechos al miocardio, a veces se atreven a darme un beso, que recibo como recibía los de mi abuela, con ternura de niño al que le dan una onza de chocolate a escondidas. Me marcho diciéndolas que los chicos me están esperando para recogerles en el colegio, y me apremian despidiéndome con las últimas sonrisas. Yo me monto en el coche sabiendo que tengo la profesión más hermosa del mundo, sabiendo que Rocío estará al menos una semana dando envidia al resto de las compañeras diciéndolas que he ido a verla a ella expresamente, y será feliz con esas pequeñas ruindades.  Y sabiendo que Isabel abandonará la cama y pedirá que llamen a la chica que la arregla el pelo, que le de los brillos que tan bien le sientan, y sabiendo que las imaginarias risas y travesuras de mis hijos la rescatarán de vez en cuando, de esas terribles penas que la anegan.

Dirán que soy un antiguo, que hago una Medicina poco científica, que no me ajusto al protocolo. Nunca ganaré un premio Nobel, ni esos tan modernos a iniciativas emprendedoras de la e-health. No contaré en las reuniones de los padres del colegio que operé a corazón abierto al hijo del presidente de la Diputación. Nada de eso me quita el sueño, me duermo tranquilo drogado con mi ración de endorfinas que generan las sonrisas de Rocío y de Isabel.

Los médicos de cabecera hemos renunciado cobardemente a los domicilios, hemos preferido cambiar nuestro hermoso apelativo por algo más funcionarial y moderno. Y si los pacientes nos piden que acudamos, les tildamos de aprovechados, de sobreutilizadores, y nos relamemos pensando en copagos o si no, en latigazos en la plaza del pueblo, en retiradas de cartillas o en todos los males del infierno. Nos molesta salir de las trincheras, porque afuera hace frío y es más fácil que te peguen un tiro. Bueno, mientras podamos, resistiremos el fuego cruzado. Por ellos, por nosotros. 

Si aún no lo habéis hecho, os recomiendo que leáis la entrada del blog de mi amigo Máximo Gutiérrez y su posterior entrevista en el diario.es, donde relata su reciente experiencia en Ecuador, y como sublimó el término médico de cabecera. La imagen pertenece al reportaje de la revista Life Country Doctors