lunes, 30 de marzo de 2015

Aprendiz de todo, maestro de nada

Yo fui un residente de familia especial. En realidad creo que no fui especial más que para mi abuela que en paz descanse, pero ya que me faltan ambas me gusta decírmelo a mi mismo. Mi peculiaridad es que no recuerdo a mi primer tutor. Me explico.

En aquellos tiempos (abuelo Cebolleta style) en el primero de los tres años de residencia de familia pasábamos un primer mes (quizás fueran quince días, no consigo recordarlo bien) con el que posteriormente seria nuestro tutor. 

Los buenos hombres y mujeres, por mucha voluntad que pusieran, apenas podían ofrecernos unas pinceladas de la medicina familiar y comunitaria, antes de abandonarnos como a incluseros en la puerta de un hospital, al que acudíamos  alegres y felices en el convencimiento tan extendido en esta nuestra patria de que en ellos anida la verdad eterna de la Medicina. 

Pues bien. Digo que soy especial porque por más esfuerzos que hago exprimiendo las agotadas neuronas que me quedan, no logro recordar no digo quién era, es que no recuerdo si era hombre o mujer. 

El asunto es sencillo. Resulta que un chaval agradable, un residente mayor de alergia, de los que te recibe y cuida con mimo en las guardias de urgencias, de los que te hace la vida más sencilla, había hecho Medicina de Familia antes de repetir el MIR y precisamente, al terminar su residencia de alergia, se presentó a las oposiciones de medico de  cabecera, consiguiendo la plaza a la que yo estaba adjudicado como residente. 

Me vi de esta forma, al empezar mi tercer año en el Centro de Salud, con un adjunto que había sido compañero mío de residencia. Vamos, no me digáis que no es un caso extraño en el mundillo. A mi me recordaba a esos futbolistas que en plena temporada abandonan el fútbol y se convierten en entrenadores de su propio equipo. 

Mi tutor, insisto en catalogarle como una bellísima persona, a la que estimaré siempre, pasaba por allí, como dice el gran Aute, y como demostró el tiempo, pues cuando se vio capaz de alimentar a sus seis hijos con una actividad diferente (dando picotazos en los brazos a la gente de bien y provocándoles habones) abandonó para siempre la Atención Primaria, y nunca más se supo. 

Yo no consigo recordar una enseñanza de aquel tercer año de residencia por más que lo intento, mis problemas retentivos son legendarios, como veis. Aunque siempre he considerado mi padre espiritual en este negocio al caballero que dirigía mi Unidad Docente con tres millones de manos izquierdas capaces de erizar la piel de los especialistas hospitalarios que debían recibir a estos chavalillos de primaria que venían a molestar a los residentes de verdad, los suyos o los de otras especialidades hospitalarias.  

Yo creo que ese tipo sembró en mi una semilla y la dejó allí abandonada con escasas o nulas esperanzas de que se convirtiera algún día en un médico de cabecera al menos aceptable. Nunca terminaré de darle suficientemente las gracias. 

A la vuelta de mi exilio madrileño, él seguía en su puesto y por ese apego  tontorrón que se le tiene a los muebles antiguos de los que te cuesta tirar a la basura, me propuso arreglar los papeles para convertirme en tutor. Y aunque el tema me asustaba me dio todas las faciidades, creo que con el mismo cariño que los padres ponemos es esos hijos que yo llamo "los si quisiera". 

Aceptada mi candidatura, fui animado en un par de ocasiones a presentarme a los terneritos que nos escuchaban temblorosos y algo asustados. En ambas desplegué un abanico de argumentos que a mi me parecían definitivos. En el pasillo, tras las presentaciones, un perro viejo que acudía cada año por deferencia me explicó la cruda realidad. "No te canses" me dijo, "los residentes eligen por cercanía y comodidad: primero los urbanos, después los de los pueblos cercanos. Tus posibilidades son nulas". 

A mi tercera presentación acudí en un estado insano de pasotismo. "Da igual lo que diga", dije sin ningún entusiasmo, "nunca me eligiereis, así que buenas noches y buena suerte" (las chulerías a lo Hollywood siempre han sido mi debilidad)

Aquel año me eligió mi primera residente. La pobre era la última en escoger tutor y aunque ella quería ir al que era el pueblo de sus abuelos, su compañera anterior se lo arrebató, así que se convirtió a regañadientes en mi primera experiencia como tutor. Pobrecita. 

Nuestros tres primeros meses juntos fueron de prueba para ambos, pero congeniamos. Luego fue abducida. En algunas ocasiones, guardias fundamentalmente, nos reencontrábamos como los turrones en Navidad. Pero eran encuentros fugaces entremezclados con el cansancio de las horas extras, y la edad que no nos perdona, la cabrona. Poca chicha. 

Tres años son mucho tiempo. Cuando volvió al redil, yo tenía un hijo más (el cuarto) ella un envenenamiento cerebral preocupante pero esperado, y yo me había pegado la gran hostia camino de Damasco, había leído a Gérvas, a Minué, a Gavilán, a Padilla, a Rober Sánchez , a Lalanda, a Satué, a Aldasoro, a Guzon y a tantos otros, Twitter había entrado en mi vida haciéndome un hombre libre (de humos industriales sobre todo) y ya nada volvió a ser como antes, igual que la canción pero sin ñoñerías. 

Luego, a los dos años, como un hijo no esperado a un padre cuarentón, llegó mi segunda residente. La trajeron esos azares de los pocos kilómetros que la separaban de su casa. Y al igual que esos hijos no esperados, nos trajo a todos una enorme felicidad. A ella le ha tocado el santurrón entalibanado casi desde el principio, y la bautizamos en las aguas del Jordán de un SIAP inolvidable. Y como todo sacramento, imprime un carácter indeleble nos pongamos como nos pongamos. 

Ahora sufre terminando sus últimos meses hospitalarios, alargados por una maternidad hermosa e inigualable. Pero en sus ojos ya sólo cabe la Atención Primaria y sus lamentos me hacen recordar las sabias palabras de mi amigo Bernardino dedicadas a los tutores presentes y ausentes en aquel SIAP legendario: "no estaremos criando anormales que sufran en el mundo real". 

Os dejo con unas palabras escritas por una residente especial, alguien capaz de cruzarse media España para venir a unos  pueblitos pequeños a ver qué medicina practicamos por aquí, una médica que será más pronto que tarde esa médica debe pueblo que todos querríamos tener a nuestra cabecera en nuestro tránsito por la vida. 

"...siempre hay un lado bueno de las cosas, y eso es lo que he aprendido  y con lo que me quedo de esta rotación, una red enorme de personas magnificas, con todos su “enlaces”, conocimientos y rigor científico del que yo ahora también podre empaparme y  aprender. Y que luchan desde hace mucho tiempo, y se que no lo dejarán de hacer,  por una buena practica médica, por la humanización de la medicina, por reivindicar una medicina segura y de calidad,  por creer en el medico de familia  y por encima de todo por creer en la dignidad de las personas".


lunes, 23 de marzo de 2015

Adán y Eva no se adaptan al frío

Adán fue toda la vida uno de los solterones del pueblo. Ya casi nadie se acuerda de que tuvo una infancia, después de verle tantos años encima de su tractor arando, con la gorra ligeramente ladeada, algo chulesco, y el palillo en equilibrio eterno entre los labios canturreros. Una copa por la mañana de 103 para entrar en calor, y al campo, que hay mucha faena.  Garbanzos en el plato casi a diario, de los que el mismo cultiva, con sus judiitas verdes y su zanahoria, y un buen trozo de tocino que poner entre pan, que es mucho el desgaste que trae el terruño.

Nada de mujer e hijos, que quedó poco tiempo y tampoco eran tantas las mozas. Una visita al mes con otros dos solterones al puticlub del pueblo de al lado, para enfriar calenturas, y a conformarse con cenar con los sobrinos en Nochebuena.

Adán se ha hecho viejo, quien lo diría. La gorra sigue ladeada, pero las coyunturas ya no le dan para subir y bajar del tractor, la vista se ha ido nublando y un buen día, sin avisar, mientras ponía el cocido al fuego, le atizó una coz de mula en medio del pecho que le hizo sentir como si se le desgarrara el esternón. Resultó ser un infarto que no se le llevó por delante por la cosa esa de los muelles que ponen ahora los  sabios en el hospital.

Cuando logró salir de allí, hecho un saco de huesos, su sobrina la que trabaja en la capital, la más espabilada de todos, le explicó que no podía seguir viviendo sólo en su estado, comiendo cocido a diario y expuesto a que le repitiese de nuevo el susto. El no quería irse a vivir con ella, nunca le había caído bien su marido, aunque sin un motivo especial, salvo ese sexto sentido del solitario. Pero ella no le propuso acogerle, le llevo de visita a la residencia de ancianos del pueblo. El asilo, vamos.

Allí todo fueron sonrisas. Olía bien, era la hora de comer. Había gente por los pasillos, luz, habitaciones amplias. Tendrá que ser así, le contestó a la sobrina, y al día siguiente reunió cuatro cosas y tomó posesión de su habitación.

Eva se había hecho vieja sin darse cuenta. Se asombraba cuando se miraba al espejo, no le cuadraba esa cara arrugada con lo que le pasaba por la cabeza. Ella era andaluza, de Córdoba. Y no conseguía salir de su asombro, no entendía como había llegado hasta ese lugar del que jamás en su vida había oído hablar. Vivía en una confusión permanente, y eso le daba unas ganas enormes de gritar, de decir cuatro verdades bien dichas, y claritas, aunque allí la entendieran regular cuando se le cerraba el ceceo. Pero había aprendido a tragárselas frente al espejo, porque las dos ocasiones previas en que dejó salir el genio le costaron un cinturón y unas esposas de tela sujetándola a la cama. Y eso sí que no.

Eva se arrepentía de no haberlo puesto el culo morado al calzonazos de su hijo cuando tuvo ocasión. Y de no haberle bailado el agua a la bruja de su nuera. Las nueras de película de Almodóvar no perdonan, sólo tienen que sentarse a ver pasar el cadáver de sus suegras, o el paso del tiempo, que viene a ser lo mismo.

Adán y Eva se conocieron en la sala de la televisión. Casi no conseguían oirse el uno al otro pues a unos oídos ya poco boyantes se unía un volumen digno de discoteca de la ruta del bacalao. Y a Mariló a voz en grito hay pocas cabezas que la soporten. Se estuvieron partiendo de risa con el tema de los nombres, y Adán se ladeó todavía un poquito más la gorra, mientras Eva desplegaba todo el arte cordobés que creía que ya se le había oxidado. Optaron por la discreción, aunque en una residencia tan pequeña la cosa es difícil. Pero las chicas son unos cielos, cada una con sus cosas, pero en eso han tenido suerte, y les encubren cuando salen a pasear por el patio. A su sobrina y su hijo, mejor ni mentarlos nada, ya hace tiempo que ambos descubrieron que, después de tantos años, son sólo dos presos sin ninguna capacidad de decisión sobre sus vidas.

Los inviernos son duros en este secarral. Eva apenas nota la calefacción, no consigue acostumbrarse. El sol es mortecino, apenas una burda imitación del de su Córdoba. A Adan le gustaría darla calor aunque cada vez tiene menos chicha, como le dice ella. Y encima esa maldita goma que le han puesto para orinar, que le tiene obsesionado.  Un buen cocido de los que no ha vuelto a probar desde que entró en el asilo si que la calentaría, y no el aguachirri que preparan allí, para que no les suba la tensión, ni el colesterol malo, faltaría. Maldita la gracia que le hace.

Pero ella se va apagando poco a poco. Con suavidad, sin estridencias, sin llamar la atención. El apenas se separa de su lado, con la mano entre las suyas, va, poco a poco, traspasándole el frío, y Adán se estremece en su silla de ruedas. Ya ninguno de los dos se adaptan al frío, y Eva se deja llevar.   Su hijo tardó más de doce horas en llegar. Adán había llorado todas las lágrimas que le quedaban y tiritaba sin quitarse la gorra que a ella tanto la gustaba.

Le tumbaron en la cama y decidió dejar de comer, porque ya era la hora, a qué aplazarlo. Seguía tiritando, y el maldito termómetro se empeñó en dejarle en evidencia. Será una infección de orina, otra más, no podemos dejarle morir, gritó la mala conciencia de su sobrina, mientras Adán se acordaba de sus muertos en su semi inconsciencia. Cuatro semanas de hospital pensando en reunirse con ella, con tubos por todas partes, sin fuerzas para cualquier gesto que no fuera de disgusto, pero que, ya había aprendido, terminaba siendo mal interpretado como un deseo de aferrarse a una vida a la que ya no debía nada.

Volvió a la residencia con una úlcera en el dorso del pie del tamaño de una naranja, negra y apestosa. Todas le trataban con sumo cariño y delicadeza, aunque los dolores que le provocaban eran insoportables. Y seguía teniendo frío. Su sobrina llamó por teléfono varias veces, y una tarde fue a verle. Fue una visita breve, porque Adán no abrió lo ojos, y no dejó de temblar, aunque más por el miedo a otro traslado. El médico de cabecera había dejado un papel donde hablaba de ensañamiento terapéutico, que la sobrina leyó entre maldiciones pero que al menos consiguió contenerla, hasta que Adán, por fin , pudo morirse, si no en paz, al menos  en tranquilidad.

Las residencias de ancianos son una aberración. Se que es una expresión dura que me granjeará malas caras, pero para mi es un realidad irrefutable. Una aberración más de esta sociedad de la que tanto nos regodeamos. Se consideran un signo de modernidad. Los gobiernos de todos los niveles asignan recursos a su mantenimiento, camas concertadas, subvenciones, recursos que tal vez hubieran podido dedicarse a conseguir que los mayores pudieran vivir en sus casas, o en las de sus hijos.

Y estas aberraciones se autoalimentan de tal modo que devienen en círculos viciosos casi imposibles de romper: intereses económicos, miles de puestos de trabajo, y un desabastecimiento de otros servicios sociales tan enorme que parece imposible de corregir.

Una sociedad a la que la estorba sus viejos, pero que, curiosamente ha recibido en todo la cara la bofetada de ver como esos viejos mantenían con sus pensiones familias enteras, cómo con sus cuidados a los nietos permitían a sus hijas e hijos conservar trabajos de horarios infames y sueldos vergonzantes.

Muchas veces me he imaginado la cara de asombro de un oriental o un árabe al contemplar estos asilos. Su concepto es algo tan absurdo para ellos como para nosotros que coman insectos o ayunen durante un mes. Y me pregunto si no se nos estará escapando la civilización por este boquete que le hemos hecho.

He conocido muchas residencias de ancianos. He conocido gente extraordinaria trabajando en ellas, tratando con un cariño y un respeto inimaginable a tantos abuelos que me enternece pensarlo. También he conocido sitios que no merecerían albergar ni a un perro abandonado. Y gente malvada, porque no quiero emplear otras expresiones que me llenan de hiel la boca. Hay de todo en la viña del Señor, como dicen los curas. 

Sólo me queda trabajar para ser el mejor médico posible para estos pacientes tan frágiles, y empujar para tratar de cambiar el trocito de sociedad que me rodea. 

Recomiendo la lectura del artículo de Juan Gérvas sobre las residencias de ancianos, desgarrador y removedor de conciencias, como siempre,

Las historias son inventadas y el título tomado de la genial canción del Maestro Sabina  junto con Fito Páez "Llueve sobre mojado"


lunes, 9 de marzo de 2015

Me and Mrs Parca

Extraña amante nos echamos cuando pronunciamos el juramento del fumado de Hipocátres, hace por estas fechas un siglo, o al menos así me lo parece. La mitad de mis amigos tenían aún pelo, y nos preparábamos para las Olimpiadas más grandes que en el mundo hubieran sido, eso sí, con Los Manolos cantando, faltaría. Por aquel entonces, normativas europeas mordisqueando al margen, nos dejaban jugar a ser médicos según terminábamos la Facultad, temeridad que sabe Dios cuánto debió mermar la población española. Un servidor, remoloneando para cumplir con la madre patria como los de antes, había aplazado MIRes y similares hasta la vuelta de mi aventura castrense, y, dado que hasta octubre del siguiente año no vestiría de caqui, eso me dejaba más de un año para lanzarme al proceloso mar de las sustituciones por esas villas del Señor.

Eran tiempos de coches de segunda mano sin aire acondicionado masticando kilómetros, de buscar los consultorios preguntando a los paisanos, de miradas asombradas y preguntas que ahora añoro, como la famosa de "¿cómo va a ser el médico siendo tan joven?"

Y aunque no lo sabía, porque tenía yo una juventud insultante, ella venía a mi lado, silenciosa, pero fiel. Vivíamos tiempos de cambio de sistema en esta provincia de llanuras inmensas repleta de pueblos. En algunos de ellos, la resistencia a trasladarse a los Centros de Salud por parte de los viejos médicos rurales era vivida por los arrogantes nuevos cachorros de la semfyc como una señal más de que estaban condenados a ser devorados por nuestro modernismo. En otros, estrenábamos centros como quien estrena democracia, y nos entregábamos alegres a bacanales de equipos de Atención Primaria. Qué felices y qué ignorantes éramos. Pero qué ganas teníamos de hacer bien las cosas. Y hasta había sitio para los suplentes. La gente, enmarañada en los cambios, nos cogía cariño enseguida y los propios compañeros nos dejaban el sitio calentito. No estaba tan mal el tema.

Yo merendaba los calores estivales en uno de aquellos nuevos Centros de Salud, por aquel entonces se sonstruian en las zonas más céntricas, reclamando un lugar en la sociedad que ahora nos trae estos lodos en los que malvivimos. No tenía ni idea. De verdad. Era de una ignorancia supina, aunque al menos no la adornaba con el toque de atrevimiento del que suelen hacer gala todos los ignorantes. Igual no era tan burro, pero estaba cagado, en serio. Eran guardias solitarias, un médico y un enfermero o enfermera, de lo más varipinto, lo mismo te encamabas con un anciano que te decía que en su vida había puesto una sonda vesical, como flipabas con un petit suise de veintiún añitos que acababa de desayunarse dos Florence Nightindale por la mañana.

Me quedaba dormido en el sillón porque me aterraba el timbrazo de la puerta, y con la adrenalina saliéndosete por los ojos es difícil arroparse en la camita. Y si me daba miedo el timbre de la puerta, lo del teléfono era ya pánico del de ensuciar la ropa interior, ustedes me disculparán.

Aquella noche sonó con más premura, o eso me pareció. Apenas entendí más que la urgencia de la situación, y compadecido con el sueño de la enfermera salí disparado en la furgoneta de albañil que teníamos por entonces. Cosas de novatos: presentarte tú sólo como si fueras el guerrero del antifaz. El pueblo estaba lejos y la distancia se hacía proporcional a mi acojone y al traqueteo metalizado de la furgo. Al llegar, angustia y llantos y empujones metiéndome en una habitación en tinieblas donde una ancianita boqueaba con esa respiración agónica que ya no vuelves a olvidar en tu vida. Debía tener una cara de pasmado que daba miedo porque la familia me instaba a hacer alguna maniobra salvadora y yo era un imberbe con un título y una novia que no había pedido que se reía de mí desde la esquina de esa habitación.

Me puse a hacerle a la buena señora el boca a boca, sí, a pelo, con las secreciones de su edema pulmonar subiéndole y bajándole por la garganta, alternándole con un masaje cardiaco que debía estar haciendo partirse de risa a la silenciosa parca mientras esperaba a que dejara de hacer el ridículo. Harta de esperar, tomó las riendas y yo se lo agradecí, supongo que igual que la pobre abuela. Aquella mujer de pelo cano y cuatro pellejos debajo del camisón de franela fue mi primera experiencia con la muerte. No dormí el resto de la noche incapaz de alejar de mi memoria los recuerdos intangibles y los olores tangibles. Pero desde entonces, desde aquel desvirgamiento, ya no me ha abandonado en ningún momento.

He aprendido a adivinarla en algunas miradas, en algunos sonidos. He aprendido a darle la espalda y dejarla con un par de narices, victorias momentáneas, ella sólo tiene que sentarse a esperar en la puerta. Y lo mejor es que he ido aprendiendo a perderle el miedo. Soy como un chiquillo al que le aterraban los perros y a costa de ir viviendo con ellos, ahora no puede dormir sin sus ladridos. Como en todas las parejas, es importante no perderse el respeto. Y no sé por qué creo que ella me respeta, quizás que nos respeta a todos los médicos.

Anoche estaba de nuevo en la habitación de la Residencia de Ancianos, sentada en la esquina de la cama esperando turno. El pobre abuelo agonizaba con su Cheyne-Stoke a cuestas, sus pupilas ajenas a mis luces, y toda la frialdad del mundo en sus extremidades. Instintivamente miré sobre mi hombro como si la supiera allí detrás observando. Tardó casi tres horas en tomar posesión de su trofeo. Después me queda una sensación extraña, la falsa impostura de un pésame, el papeleo con los señores serios y trajeados de la funeraria sentados revisando lo que escribes y un baño de mortalidad y humildad que nos viene muy bien para bajarnos de nuestras torres de marfil de garantes de una de las tres cosas de las canción, aquellas que de verdad importan, según dicen.

Y quedamos ella y yo hasta la próxima, como antiguos amantes que se ven para echar un polvo, y se despiden pensando si tardarán mucho o poco en volver a refocilarse.

He empezado a hacer una lista con los pacientes de mi cupo que ya me ha arrebatado. Cosas de la mala memoria. Y se me hace raro saber de antemano quién será el último de esa lista.

Esta entrada les sonará rara a los jóvenes y sobradamente preparados médicos de familia que vinieron después de nosotros, y cercana a los que somos un poco más viejos y vivimos "otros tiempos"

Hoy término la entrada como el gran Miguel Angrl Manyez, con una canción sobre amores tórridos que ha servido para inspirar el título del post: Me And Mrs Jones, en la versión espectacular de Marvin Gayes. 

martes, 10 de febrero de 2015

Mi derecho a morir

Siguiendo un juego al que me entrego travieso con cada paciente nuevo que llega  a mi consulta, a ella la etiqueté, sin dudarlo, de profesora. Profesora de algo, no lo tenía claro, pero no de niños: instituto, universidad, le faltaba un deje de dulzura en la mirada para imaginarla rodeada de niños. Mis sospechas se incrementaron cuando me saludó educadamente y sacó del bolso el talonario de Muface.

"No suelo venir mucho", esas pocas palabras que nos provocan a los médicos de cabecera un escalofrío precognitivo en la columna cervical; aunque igual era una contractura del trapecio, vaya usted a saber. Su historia electrónica estaba en el blanco más absoluto, excepto por el dato frío de la edad. "Tomo Lexatín habitualmente y suelo bajar a que me hagan las recetas".

La incomodidad que me provoca hacer las recetas de Muface la suplí con un somero interrogatorio que empecé por la frialdad de las patologías, para aproximarme con cautela a la calidez de lo humano. Y fue así como por fin me enteré de su condición de profesora universitaria, de su soltería y de su soledad, más que consentida, buscada.

Los primeros encuentros no son para desnudeces, y aquel acercamiento me dejó el sabor de lo inconcluso y el deseo de tender lazos que llevamos en el esqueleto los médicos de cabecera. Y así, como quien echa un vaso de agua a una planta de interior, esas antigüallas del talonario blanco me dieron la oportunidad de conocerla, o más bien, de descubrirla, pues su complejidad se me hacía patente en cada entrevista, y me volvía como el ángel de san Agustín encabronado porque el mar con el que parecía rellenar su agujero en la arena, lo dejaba al momento completamente seco.

Me extrañó verla entrar aquel día, pues no hacía tanto que le había abarrotado el depósito de combustible para la digestión de su vida. Todos mis intentos por reducir sus aficiones a la dichosa benzodiacepina habían quedado en una leve reducción del consumo a un aceptable "de tarde en tarde excepto en ciertas épocas" con el que había decidido conformarme, al menos temporalmente. Pero ese día no puso el talonario encima de la mesa, sólo me miró a los ojos y me soltó el trabucazo: "tengo cáncer". 

Hacía un par de meses se había notado un bulto en el pecho, de considerable tamaño. Dadas sus prerrogativas de acceso indiscriminado, cuando vino a contármelo, ya llevaba encima mamografías, diagnóstico de anatomía patológica y recomendación de extirpación quirúrgica agresiva, llevándose por delante la mama y un buen pedazo de su femineidad. No era el momento de reproches y quizás fue culpa mía el no haber sabido conectar con sus complejidades lo suficiente como para que acudiera a mi desde el inicio, pero hay momentos para tragarse los orgullos, y aquel era uno de ellos. "Vengo a contarte que no voy a operarme, de hecho, no pienso hacer nada".

El paso de los años nos hace a los médicos de cabecera abandonar lentamente la arrogancia divina de desafiar a la muerte, nos hace digerir los iniciales fracasos en los tránsitos ineludibles entre la salud y la enfermedad que tiene el estar vivo, y nos hace, finalmente, a veces demasiado tarde, reconocer en la muerte la amiga fiel que siempre estaba con nosotros, y a la que durante años nos empeñamos en desafiar. Pero las cuadernas te tiemblan quieras o no quieras cuando un ser humano se sienta ante ti y te comunica su decisión de rendirse, o más bien, de no pelear, que no viene a ser lo mismo, aunque nos lo parezca.

No hizo intención de darme un millón de razones, simplemente, porque no se sentía con la necesidad de justificar la decisión ante nadie. Yo le pregunté si había hablado con alguien de su familia, y me contestó con un escueto "no hay nadie con quien hablar". Vi en su mirada la firmeza de su decisión, y  luché con mi orgullo de médico para no caer en la invasión facilona de su intimidad. Sólo añadí una frase más: plantéate si te queda algo por hacer.

Aquellos días volvió el sabor amargo a la boca del viejo médico de cabecera, y la cabeza a buscar sus huecos para divagar sobre los por qué. Tardó unos dos meses en reaparecer. "He decidido darme quimioterapia pero no operarme. Se que sólo aplazaré lo inevitable, pero aún me quedan algunas cosas por hacer y necesito algo de tiempo". Ya había acudido a un oncólogo, e iniciaba el tratamiento enseguida. Fueron unos meses de horrores, de caras deformadas, de terribles dolores, morfinas y Lexatines. Un par de visitas a urgencias del hospital cediendo a los miedos de cuidadoras o médicos de guardia, solo por estar demasiado débil para negarse. Y vuelta para casa nada más recuperar la firmeza en el gesto, en la palabra o a veces únicamente en la mirada.

Al final, cambiamos la consulta por el salón de su casa, donde había colocado una cama junto a la ventana, y donde se acumulaba el olor amargo de la muerte próxima, mezclado con el humo del tabaco que no abandonó nunca. Murió durante un fin de semana, sin despedirnos, sin preguntarla si finalmente había encontrado el tiempo para terminar aquello que había dejado empezado. Ya hace varios años, y aún no la he olvidado.

"El paciente o usuario tiene derecho a decidir libremente, después de recibir la información adecuada, entre las opciones clínicas disponibles." 
"Todo profesional que interviene en la actividad asistencial está obligado... al respeto de las decisiones adoptadas libre y voluntariamente por el paciente" 

Estos dos artículos de la Ley de Autonomía del Paciente deben ser por sí solos capaces de silenciar nuestros egos de pequeños dioses. 

Para entender la multitud de sentimientos que despierta en los sanitarios el enfrentamiento directo con la vieja amiga, recomiendo la lectura de las múltiples referencias que Mónica Lalanda, Miguel Angel Mañez y Monica Moro recopilaron en El derecho a bien morir, y que nacieron del excelente texto de Mónica recogido en su blog: Cuando sea vieja, me moriré. 


Como siempre, los hechos están lo suficientemente desvirtuados como para garantizar la confidencialidad de mis pacientes, aunque ya no estén entre nosotros. No ocurre lo mismo con los sentimientos del médico que suscribe.





domingo, 25 de enero de 2015

Hipermercados de la salud

Estrenábamos el euro con una abrumadora sensación de modernidad. Las cosas valían cifras absurdas terminadas en diecisiete céntimos, y los bolsillos se nos llenaban de minúsculas monedas de latón.

Vivíamos en cuarenta y cinco metros cuadrados de San Blas. Nos sobraban cuarenta. Teníamos ansia de abrazos y cercanía, consumíamos como drogadictos esos meses apasionados y fugaces del inicio de nuestras vidas. Cuarenta y cinco metros cuadrados de paraíso terrenal.

Hacia algo más de un año que había terminado la residencia. Hacia apenas unos meses que había decidido abandonar mi vida de locura, de veinte noches trabajadas repartidas entre tres trabajos basura, para cambiar de ciudad y reclamar mi parcela en el Edén. Mi contacto con la medicina se limitaba a mis guardias en un servicio de urgencias de un centro de salud urbano, el único de los tres trabajos que había sobrevivido a mi implosión, una tarde- noche cada tres días, y el resto del tiempo consumido en paseos, charlas, risas y muchos besos. Era la felicidad.

Estaba decidido a no apremiar al destino, rechazaría cualquier trabajo que me alejara de tener por fin mi propia consulta, de convertirme en médico de cabecera. La vida parecía sonreírme tanto que estaba seguro que no me iba a volver la cara en este sueño. Y mientras tanto, podía seguir escribiendo, y saborear el arreón de endorfinas que me proporcionaba el autoengaño de creerme escritor.

Había peregrinado por los servicios de personal de todas las áreas de salud de Madrid. Un trabajo agotador y kilométrico, dejando méritos y fotocopias, y recibiendo palabras vacías y promesas mentirosas. Había poco trabajo y las camadas madrileñas debían pelear con los emigrantes atraídos por el sumidero capitalino.

En apenas un kilómetro alrededor de nuestra casa había dos centros de salud. Uno era pequeño, de barrio, hasta acogedor, limpio. Me recibió el coordinador, muy formal con su bata, esa que siempre he aborrecido, dándome la mano, e invitándome a sentar en la silla de los pacientes. Sonrió cuando me ofrecí a acudir, incluso si me llamaba media hora antes de empezar la consulta. Nunca lo hizo.

El otro centro era más grande, más frío. Recogió mi currículum una administrativa que prometió hacérselo llegar al coordinador. Dónde terminó lo supongo, tampoco me llamaron jamás.

Los días pasaban, la vida era un huracán, como en la canción, pero el teléfono seguía sin sonar.  Negaba la desesperación porque las caricias son convincentes como ninguna otra cosa, pero el dolor, la necesidad de ser lo que era empezaba a desanimarme.

Recuerdo vívidamente el timbre del teléfono, una reliquia de la postguerra que conservábamos por cariño y snobismo. Me esperaban a la tarde siguiente para pasar consulta en un centro de salud en una ciudad dormitorio. Anoté la dirección y busque en el callejero la ubicación. Celebramos la llamada como si nos hubiese tocado una buena pedrea, hacía casi un año que no me sentaba en una consulta.

Comí prontísimo y me lancé a los vericuetos del tráfico de mediodía en Madrid, donde siempre me había sentido cómodo. Mucho menos cuando cambiaba la ciudad por sus primas menos glamourosas, que desconocía y me aturdían un poco.

Era un edificio inmenso, una mole de varias plantas, gris, cuadrado y feo. Por dentro se me asemejaba un tanto a las prisiones americanas de las películas, con un patio central y muchas, muchísimas puertas. Había gente en los pasillos, pero faltaba la charla de banco de plaza de pueblo a la que estaba acostumbrado, que me había acompañado en mi tournée por los consultorios rurales.

Pensé que allí había tristeza, lo recuerdo bien. Y no me gustó.

Había un mostrador alto, con una cola de gente delante. Nada de espacios abiertos y esas modernidades. Asomaba la cabeza una mujer que asustaba a un tanto, escueta en las respuestas y austera en los gestos. Cuando me aproximé al mostrador, sorteando la hilera de personas, me fulminó con la mirada, y antes de entrar en combustión, quise justificarme:
- Perdona – empecé a decir
- Por favor, espere su turno.
Miré a las cinco o seis personas que me examinaban con curiosidad, pero sin acritud:
- Pero es que...
- Espere su turno, por favor.
Me sonreí y sin hacer ningún nuevo intento, me coloqué al final de la fila, y fui escuchando en silencio como los pacientes solicitaban citas, entregaban papeles y pedían tarjetas sanitarias con sus DNI en la mano.

Cuando llegó mi turno me miró con superioridad, al saberse ganadora. Me dejó hablar sin preguntarme.
- Hola, - le dije. – Soy el suplente. Abrió un tanto los ojos, pero sin descomponerse, me hizo señas para que atravesara la puerta y entrara.
- Habérmelo dicho, - sonreí. – Tu consulta está en la tercera planta, la 7c. Esta es tu lista de pacientes.

Le di las gracias porque ya había decidido buscarme la vida sin su ayuda. Tarde algo en encontrarla. Había gente frente a la puerta con cara de fastidio y sentí cuchicheos a mis espaldas mientras entraba. Estaba limpia y ordenada.

Por más que intento, no consigo recordar ningún caso de aquel día. Sólo que en un momento, mirando por la ventana, se hizo de noche. Cuando ya no quedaba nadie, volví a la sala de los administrativos. Había poca gente, supongo que tendrían algún tipo de retén o algo así, pero a mi no me dijeron nada. Pregunté si debía hacer algún aviso, si había alguna urgencia. Me explicaron que había un médico encargado avisos y otro de atender pacientes sin cita.

Se les veía ufanos con su organización. A mi me dio pena.

No hablé con ningún médico. No vi en toda la tarde a la enfermera con la que compartía cupo.

Volví a casa aquella noche tan triste que hube de empapar bien aquella tristeza con una botella de vino blanco antes de irme a la cama. Había tomado una decisión más: no quería ser parte de uno de esos enormes ambulatorios donde se parapetan médicos y enfermeras extraños entre sí, donde apenas se oyen risas, aquellas trincheras que deben dejar plomo en el alma.


Lentamente, los centros de salud han ido metamorfoseandose en ambulatorios enormes. Lo grande es moderno, funcional, eficiente. Los consultorios locales, o de barrio, han ido muriendo despacio, y hemos convencido a la población, y nos hemos convencido nosotros, que lo mejor es ofrecer una Medicina de grandes equipos, una Medicina que también en Atención Primaria pueda deslumbrar con sus pasillos, sus consultas modernas, su aparataje, sus letreros y sus televisiones en las paredes

Poco a poco hemos ido convenciéndonos y convenciendo a las gentes de que la Medicina pequeña es antigua y pasada de moda, de que hacerles una ecografia es más importante que escuchar que le duelen las entrañas cuando su hija tarda en volver por la noche. Convenciéndoles que lo importante no es que cuando abran la puerta esté siempre la misma sonrisa, sino que haya un miembro del equipo dispuesto a atenderle eficaz y prontamente. Hemos cerrado las tiendas del barrio, el ultramarinos del pueblo  y hemos abierto hipermercados de la salud, en los que las cajeras te cobran las bolsas. Hemos engañado y nos hemos engañado. Y luego nos extraña que ésto se muera.


Aborrezco los latifundios de la Atención Primaria, esa concentración parcelaria del régimen que alguien nos impuso y a todos nos pareció estupendo. Me declaro un anarquista de la Medicina, reclamo mi minifundio.

Os dejo esta pequeña joya que llegó hasta mi gracias a Enrique Gavilán. Fotografías y texto que conmueven hasta el tuétano. Country Doctor.



domingo, 18 de enero de 2015

La foto del Papa

Llegó pronto, con una carpeta debajo del brazo. Aparcaba su Prius híbrido en el pomposamente llamado aparcamiento para personal, que en realidad no era más que un espacio muerto a la espalda del nuevo Centro de Salud. Entraba por la puerta de atrás, al fondo del pasillo. 

Normalmente recorría la distancia interminable hasta cruzar el paso a la zona de urgencias. Entraba en la cocina, saludaba a todos con una sonrisa y se calentaba agua en el microondas para tomarse una infusión dulzona de bonitos colores. Pero no aquella mañana. Aquel día fue directa hacia su consulta. Rodeó la cristalera que separa su sala de espera del pasillo y entró directamente en su consulta. 

Cuántos años le quedaban para jubilarse, cuántos años llevaba trabajando. Le vienen a la mente imágenes de una joven estudiante de enfermería que esconde panfletos del partido comunista entre sus apuntes. Aquello era peligroso porque los grises no perdían oportunidad de pegar un par de guantazos a alguna joven desvergonzada que se atreve a mirarles desafiante. Son los setenta, hay ansia de libertad en la Ciudad Universitaria y discos d Llach que circulan de estrangis. Hay orgullo y valentía desafiante en aquella pelirroja menuda que quiere ser enfermera para cuidar a las personas. 

Las paredes de cristal opaco que delimitan su sala de espera están repletas de collages con fotos de madres amamantando a sus bebés, unos hechos por ella misma, otros pequeñas obras de arte regaladas por mujeres felices, sin asomos de sombras en la mirada con la que acarician esas caritas arrugadas y tiernas que se concentran en la mama dulce y calentita, como si no hubiera nada más en el mundo, y desde luego, no hay nada más es sus mundos. 

Recuerda sus primeras conversaciones ya como matrona con las mujeres que volcaban en ella sus miedos, los que no se atrevían a expresar a sus estirados ginecólogos. Esas conversaciones a pelo, lágrima contra lágrima, y siempre acompañando, cuidando, comprendiendo. 

Y los gritos “nosotras parimos, nosotras decidimos”, que en aquel entonces sólo buscaban que las mujeres pudieran acceder a métodos anticonceptivos, nada más, y nada menos, pero que les costó alguna que otra carrera delante del estrépito de los escudos de plástico y las porras. El feminismo era duro e ilusionante entonces  

La consulta, tan fría e impersonal como cualquiera, escondía detrás de una cortina la camilla con estribos y sus reminiscencias inquisitoriales. Pero su mano de comadrona de pueblo había tornado el frío en sentencias de paz de Ghandi y en versos de Tagore. Había bañado de risas las paredes blancas, de risas que lo tienen todo, y de risas que no quieren nada. 
Aquella fría consulta era, por su arte de magia, una cabaña de meiga, una mesa camilla junto al mirador que da al paseo, un santuario de confidencias y de sentimientos telúricos. 

Después vino la huida del témpano de hielo del paritorio, buscando la calidez de los hogares, la mezcla de los olores del nacimiento, ásperos y herrumbrosos, pero apestando a vida. Los reproches científicos, las malas caras y la pena secreta por la incomprensión y el miedo, el miedo de los otros claro. 

Ella, extrañada y apesadumbrada viendo que nos dejamos la valentía para decir basta a los que desmantelan su sueño de igualdad y justicia con el ingreso de la nómina cada primero de mes, mantiene la sonrisa incluso cuando nos lanza sus cuidadosos reproches y tenemos que bajar la mirada. 

Luego nos guía a todos en el difícil tránsito de un parto en una casa con olor a pobreza, con apenas una niña, gitana portuguesa, aullando mientras sus otras dos pequeñas se esconden asustadas con su tía. Y la cadencia con que se mueve, la tranquilidad con la que nos va encargando a cada uno pequeñas labores, nos va transformando el miedo de nuestras caras en sonrisas que revientan en carcajadas y palmadas en la espalda del padre cuando tembloroso corta el cordón umbilical y el pequeño rompe a llorar deshaciendo los nudos de todas las gargantas, menos de la suya. 

Y piensa que la vida es tan sencilla, y tan difícil. Y saca de la carpeta una foto del Papa, sí, ella, la que se negó a casarse por la Iglesia, la que rechazó bautizar a sus hijos, la que derramó lágrimas por las riquezas del Vaticano y los niños engañados por los salvajes ocultos en sotanas. 

Sí, ella. Saca la foto del Papa y, devolviéndole la sonrisa, le planta una chincheta por encima del solideo. Y luego, solo entre ellos, un beso en la frente: “si los bebés lloran por hambre, denles de mamar en la Capilla Sixtina”

La lactancia materna, probablemente la más natural de nuestras actividades como pertenecientes a los mamíferos, debe luchar contra viento y marea desde hace ya más de 50 años, con el abusivo desarrollo de la industria farmacéutica, la deshumanización del mercado laboral y el abandono de responsabilidades de una sociedad que busca siempre que puede el recurso o la salida más sencilla aunque sea, paradójicamente, abandonando el más primario de los reflejos con el que nacemos. La lactancia materna en los países desarrollados, ayuda a mantener a los niños sanos, sin un excesivo engorde, pero en los países en desarrollo evita millones de muertes.

Entre los médicos en general, la lactancia materna es un tema de postureo, más que de postura comprometida, y nos asalta parapetados tras nuestras consultas saturadas o la sempiterna discusión sobre qué palo debe aguantar esa vela (enfermería, matronas, cualquiera menos yo)


Nacer en nuestros hogares parece tan fuera de lugar como morir en ellos. Los hospitales se arrogan el derecho a consumir nuestros primeros y últimos alientos. Sin embargo, nacer en casa, como morir en ella, es un privilegio del ser humano. Y el desarrollo tecnológico y la profesionalidad de las matronas deberían facilitarlo, tal y como explicó  brillantemente el maestro Gérvas. Y nuestros sistema sanitario dedicar los recursos necesarios para garantizar ese derecho a quien lo desee.

Esta entrada está dedicada a las mujeres leonas valientes que lucharon por la libertad, la igualdad y los derechos de todas ellas, también de aquellas a las que les habían enseñado que no tenían derechos. Va dedicado a todas esas columnas del sistema sanitario a las que se les atragantan las lágrimas viéndolo desmoronarse ante la pasividad o la desvergüenza. Con cariño y respeto. 

viernes, 2 de enero de 2015

En el principio estaba la palabra...

Los principios nunca fueron fáciles. Creo que porque el miedo de abordar un principio es casi comparable al que nos asalta ante un final, sobre todo cuando éste debe de acompañarse de otro principio, cerrando el círculo vicioso en el que tiene la mala costumbre de convertirse nuestras vidas.

Así que recordando ese extraño escritor que era San Juan Evangelista, me he dado cuenta de que lo único que me puede dar cierta tranquilidad en este principio es la palabra, y será lo mejor entregarme a ellas y esperar que sean clementes

Lo primero era decidir el nombre del blog. Y aunque no siempre charlaremos de Medicina, no dejo de ser médico ni un segundo de mi vida, soy de esos idiotas que recoge a sus hijos y les dice que tiene el mejor trabajo del mundo. Y no me imagino mejor profesión para ellos. Aquí empiezan a aparecer mis primeras ideas contra corriente, que me temo irán resaltando como sangre en la nieve y haciendo chasquear la lengua a los aventurados que decidan acompañarme en mi particular boutade.

Y soy médico de cabecera. Sí, soy especialista en Medicina Familiar y Comunitaria, aprobé el famoso examen MIR y pasé dos tercios de mi formación en un ambiente que no se parece en nada a la  Medicina que ahora amo: cercana, tierna y capaz de dar un paso a un lado para que la vida siga y no me convierta en un acompañante molesto, cuando no en un ególatra capaz de absorber el tiempo y las esperanzas de nuestros pacientes.
Como digo, soy médico de familia pero hace ya tanto que no me preocupan que me llamen MAP o medico general o escribiente de los especialistas. Me importa un carajo (lo siento, también nos acompañará algún que otro exabrupto). Porque pienso en qué hay en la cabecera de nuestras camas, una luz tenue, la foto de esas personas que nos hacen ser lo que somos, ese par de libros que queremos siempre cerca, que hemos releído y desgastado, los pañuelos de papel, tal vez el salbutamol que  nos rescatará de esa atmósfera cero irrespirable, o la nitro sublingual, tan pequeña y tan poderosa. Pienso en todas esos pequeños mundos que nos reciben en pijama, con los indefensos pies descalzos, y entonces me doy cuenta de que es mágico que alguien piense de mi que puedo ser una pequeña parte de ese microcosmos. Así que esa es la Medicina que quiero hacer, mi Medicina, la Medicina en la cabecera.

En fin, que aquí estoy, estamos, espero. Supongo que alguna vez hablaremos de Medicina con mayúsculas, como hace el gran Vicente Baos. Otras veces de la peculiar revolución que busco para la Atención Primaria, de gestiones y re-gestiones, como los maestros Miguel Ángel Máñez o Sergio Minué. Alguna vez de medicina con minúsculas, con minúsculas muy pequeñitas, de las que nos hacen rabiar a los présbicos, la del pueblito, el último reducto de la Medicina romántica, aunque se enfade mi admiradísimo Enrique Gavilán. Como dije en Twitter, aún hay suficientes románticos estudiando Medicina como para que no peligre nuestro reemplazo. Y, por supuesto, habrá entradas sentimentales, raciales o escupidas desde las entrañas, como las de mis amigas Beatriz y Marian.

Por ultimo, además de médico de cabecera siempre me he sentido escritor.  Tengo ideas, y necesidad de plasmarlas, ansia irrefrenable de que alguien las lea y se emocione con ellas, aunque sólo sea un momento. Así que alguna vez tocará soportar una fantasía literaria, tal vez un pequeño relato, una historia o una parte de ella. Quedará lejos de la belleza y el escalofrío mañanero que provoca mi amigo Rober Sánchez, pero la sanación no da para tantos genios.

Y desde esta primera entrada me declaro ferviente admirador de los nombrados, y tan sólo una pequeña bacteria en el lomo de una pulga en el ala del saltamontes al que se refería el viejo maestro del Kung-Fú.

Divagaciones o declaración de intenciones. Gracias a todos por vuestra atención. Os veo muy pronto.