Nos habíamos conocido mil años antes. Eran mis tiempos de novato, de devora kilómetros por la estepa. Cubría una guardia en un Centro de Salud. Llegaba con mi bolsón de emergencia, el que echaba al maletero en un santiamén en cuanto me avisaban los de personal. Una muda, como decía mi abuela, cepillo de dientes, una toalla, pijamia y zuecos y algo de comida preparada. Eran otros tiempos y nunca sabías lo que te ibas a encontrar, así que la breve experiencia te iba concediendo alguna posibilidad de supervivencia.
Aquel era un Centro de Salud bastante antiguo, construido en medio de un pueblo que había vivido una expansión algo improvisada al calor de una industria que más que caída del cielo había salido de las entrañas de su tierra. Arcilla y ladrillo.
Me habían llamado casi a las tres del viernes y yo no rechazaba nada, porque entonces, si te ponías señoritingo, no volvían a llamarte y éramos un centenar buscando hacernos un hueco a codazos. Llegué pronto porque no sabía lo que me iba a encontrar, o dónde. Eran tiempos de guía Campsa, no de GPS. Siempre me daba un poco de corte presentarme, me hacia sentirme pequeño e insignificante. Cosas de las inseguridades.
Llevábamos un rato tomando café con leche en vasos de cristal Duralex dos enfermeras y yo, echando las primeras risas preparatorias, cuando llegó el. Podría haber sido el padre de cualquiera de nosotros tres. Se disculpó por el retraso mientras me daba la mano, presentándose. Saludó despreocupadamente a las enfermeras, que desde que le habían visto aparecer no habían dejado de lanzarse miradas cargadas como los dados en Las Vegas, que cuando yo interceptaba me provocaban sudores fríos.
Me llamó desde el primer momento chaval, y me hizo un breve interrogatorio más cortés que interesado que contesté como pude aún a sabiendas de su inutilidad, mientras se repantingaba en un sillón. Tenía ojeras y el pelo algo alborotado, pero gestionaba un aire decadente que la verdad, le sentaba fenomenal. Era, sin duda, un auténtico encantador de serpientes.
El timbre dio poca tregua aquella mañana veraniega y, sin embargo, la charla iba lentamente afianzando una sintonía rollo maestro-pequeño saltamontes que me fascinaba. Parecía saber mucho de muchas cosas, y esa cualidad, para un pardillo como yo, tenía cualidades irresistiblemente atrayentes. Era hábil con las suturas y en las dos o tres que nos rondaron, pululé a su alrededor como en los viejos tiempos estudiantiles, y hasta me enseñó un par de trucos de perro viejo. Luego, el calor asfixiante nos dio la tregua que esperábamos para sacar nuestros ajuares y prepararnos el condumio, mientras él se disculpaba por no haber tenido tiempo para preparar nada y me dejaba anotado el teléfono del bar de la plaza donde le conocían y comería un buen menú casero. Le dejé marchar pidiéndole que se tomara las cosas tranquilamente, mientras se hacía un silencio opresivo entre las enfermeras que no supe interpretar.
-"No le conocías, ¿verdad?"- Ante mí negativa con la boca llena de bocadillo de atún en aceite, me dejó el último recadito. - "Pues igual tarda un poco en volver, pero tranquilo, que al final vuelve"
A partir de ahí se envolvieron en un silencio misterioso que duró lo que duró la tregua del calor. El sopor se lo llevaron por delante un par de sustos y un sinfín de trivialidades de esas de las que renegamos con los años, pero que nos daban tanta tranquilidad en nuestras mocedades. Yo ojeaba el reloj de tanto en tanto, y miraba preocupado a las enfermeras que me devolvían gestos de "te lo dije" en todas sus posibles versiones mímicas. A las ocho o las nueve apareció por fin, con la bata sobre el pijama y un vaso de tubo en la mano con unos restos de aguachirri y hielos tintineando. Se disculpó con la voz pastosa y me aseguró que él se encargaría de la guardia en las próximas horas. Pero se desplomó en el sofá como si la bata fuera de plomo, dejó el vaso sobre la mesa y en segundos roncaba plácidamente.
Mi cara de desolación debió, por fin, provocar algo de pena en las dos enfermeras, que compadecidas, me pusieron al día de los antecedentes del pobre despojo que dormía en el estar: me contaron cómo le habían despedido del hospital en que llevaba tantos años trabajando como cirujano porque no tenía título, cómo el despido le había costado su matrimonio, cómo su mujer y sus hijas vivían ahora con un antiguo compañero, mientras él cada vez se perdía más en la bebida. Me contaron que ya llevaba varios años trabajando en lo que le querían ofrecer, en cualquier sitio y a cualquier hora, en el único sitio donde, entonces, los requisitos eran mínimos y menos aún las preguntas. Era un buen tipo, pero estaba más que condenado.
Casi de madrugada apareció en la sala de urgencias. Despeinado pero con el encanto recuperado, volvió a disculparse aduciendo jornadas maratonianas salvando el culo a la gente de personal tapando huecos sin apenas descanso. Nos sentamos en el estar, solos. Las enfermeras habían decidido aprovechar una breve tregua. A mí, los nervios apenas me dejaban conciliar el sueño. Rebuscó en el congelador y encontró unos hielos. Sacó dos vasos y preparó dos copas con una botella de whisky que llevaba en su bolsa. Me puso una en la mano, aunque yo la había rechazado insistentemente.
Luego charlamos horas, sobre las copas que le quitaban el temblor de las manos antes de entrar al quirófano, las que tomaban sus compañeros durante las guardias, y no iba a ser menos, las que después de un día duro le anestesiaban los dolores que había dejado la Medicina y, más tarde, los que le había ido dejando la vida.
- "Hay veces que a la vida le da por torcerse, y esa mierda no hay quien la enderezca".
Nuestros caminos se separaron y no volvimos a coincidir en una guardia, aunque seguí oyendo hablar de él en alguno de los sitios a los que iba. Entendía los comentarios y me parecían lógicos y racionales, pero no podía dejar de pensar en esa vida abocada al desastre sin una mano capaz de ayudarle. Y en todo eso pensaba en esa calurosa tarde de entierro, en que alguien que no conocía lloraba amargamente frente a su ataúd, quién sabe si con la misma sensación de fracaso que andaba yo sudando.
La imagen es de Nicolas Cage probablemente en su mejor (quizás única salvable) película: Leaving Las Vegas.





