lunes, 16 de abril de 2018

Fama

Estaba tumbado de medio lado bajo una palmera, junto a la playa. Escuchaba el chisporroteo de la hoguera a punto de extinguirse, los ronquidos suaves de sus compañeros de naufragio, el removerse inquietos sobre la arena, recordando los colchones de sus casas... y el zumbido perenne de la cámara grabándoles, esas imágenes en grises fantasmagóricos que era incapaz de entender que hubiera una sola persona en el mundo interesada en ver.

Y así, dándole la espalda al zumbido insoportable, magullado y hambriento, con la piel como un pergamino viejo, lloró en silencio, procurando que el llanto no desenmascarara la aparente inmovilidad de su falso sueño.

Era inútil, por más que lo intentaba no conseguía descubrir en qué momento todo se le había ido de las manos y le había llevado hasta allí. El era un médico de pueblo sin más pretensiones que ir cada mañana a su consulta, atender a sus parroquianos entre el café de la mañana y la cerveza al finalizar el día, sus ancianos esperándole en sus casas, apartando las cortinas rayadas para dejarle entrar con el respeto propio de una autoridad que se digna a pisar tan modestas moradas. Una vida tranquila, sin ambiciones, sin brillo, pero confortable, a la que había aprendido a adaptarse aquel hijo de cirujano de las más altas instancias del país, que no había podido seguir la estela de su eminente padre más que renqueando y dejándose en el camino del MIR todas las aspiraciones de sucesión de la corona que se había imaginado su ilustre predecesor.


Pero la realidad era que él se sentía cómodo en su vida provinciana, en sus rutinas amables, en sus charlas de bar de la plaza. Aprendió pronto a sobrellevar el desprecio casi palpable en los comentarios paternos, por el procedimiento disruptivo de poner en el mismo nivel las intrincadas operaciones del cirujano jefe con las visitas a la casa de la anciana que quería morirse en su cama, sin que la pusiera la mano encima ningún otro médico que no fuera el suyo de cabecera, las consultas de la realeza con las del paisano que dejaba el tractor a la puerta del consultorio para llevarle unos melones y de paso consultarle por la de veces que se tenía que levantar cada noche a mear, con el frío que hacía en su casa. Su padre terminaba por callar porque notaba el desafío del enfrentamiento a cada réplica y no le cabía en la cabeza que alguien quisiera discutir con él con tan pobres argumentos.


Así que la vida fue pasando, como lo hace siempre, con ese deje tan suyo de monotonía y placidez. Hasta que un buen día aparecieron por su consulta un par de jóvenes con un look radicalmente distinto al local, y le propusieron una entrevista: la ruralidad estaba de moda, como las barbas aceitosas y las camisas de leñador. Abandonar las grandes urbes y volverse a las ubres para beber leche recién ordeñada era la última moda, y los señoritingos de las revistas fashion del reino urbanita habían descubierto que en esos nuevos parques temáticos del retiro del mundanal ruido aún quedaba un puñado de gente entretenida en hacer algo por la salud de los parroquianos. Y allá que se fueron, como quien va en busca de exteriores para rodaje, y en el casting descubren en el médico del pueblo un "ángel" en el que ven posibilidades como sólo saben verlo los headhunters de la farándula. El principio, como todos los principios, fue una mezcla de temores y un deseo de reivindicar y reivindicarse, todo suficientemente mezclado y macerado como para que no se percibiera el tufillo a podrido que soltaba la vanidad y el orgullo.


Sí recuerda allí, con la cabeza sobre la almohada improvisada de hojas que le separa de la arena, las primeras entrevistas, el hablar franco y la imagen de confianza que transmitían las fotos, cómo calaban en la gente, cómo despertaba en él una capacidad comunicativa que en realidad era sólo elevar a la enésima potencia el rifirrafe del día a día de la consulta. Y poco a poco, como si se hubiera licuado e introducido en unos vasos comunicantes gigantes, había ido pasando de unas radios a otras, de unos periódicos a otros, de unos platós a otros, hasta que su sonrisa se convirtió en la sonrisa del médico de cabecera de medio país.


Y en las reuniones familiares disfrutaba en secreto viendo a su padre fruncir el ceño cuando sus cuñados le preguntaban por los famosos a quienes conocía en los programas de la televisión, y se lo pasaba en grande contando alguna anécdota picarona que había escuchado off the récord de alguno de los insignes pacientes operados por el patriarca del clan.

Pronto tuvo varias ofertas para pasarse al lado oscuro de la comunicación. Tenía que abandonar su consulta, porque los contratos exigen jornadas completas, servidumbres de la fama. Y dudó durante varias noches, aun en su cama de colchón de viscolástica, porque de verdad había aprendido a amar su trabajo. Pero cuarenta días en el desierto con el demonio comiéndote la oreja a tiempo completo era demasiado para cualquiera que no fuera el hijo de Dios, y los oropeles de la fama deslumbran como la madre que los parió.

Y así acabó paseando palmito en varios programas de uno de los imperios del monopolio, primero en secciones dedicadas en cuerpo y alma a la salud, y, poco a poco, que las ventas del alma pueden ser perfectamente a plazos, en otras secciones dedicadas en cuerpo y cuerpo a mantener a la audiencia con la pestaña pegada a la LED a cualquier precio.


Así que, con las lágrimas ensuciándole aún más la cara de lo que la tenía, medio en pelotas en esa playa falsamente desierta, con micrófonos grabando hasta los borborigmos de su hambre perenne, pensaba en lo que se estaría riendo su padre si no hubiera decidido morirse, y no metafóricamente, de vergüenza. Y se prometía a sí mismo que en cuanto amaneciera y las cámaras volvieran a grabar con la luz del Caribe, el cogería el portante y se piraría a pedir perdón a los pacientes de su pueblo por haberlos abandonado por un mísero plato de lentejas. Que se metan el reality por donde les cupiera. Y la fama, y el dinero. Sí, seguro que mañana lo haría.
















lunes, 9 de abril de 2018

Tradición familiar

En aquel verano de los diecisiete años, la cerveza se pasaba de mano en mano en una jarra enorme de cristal en la calle, en la misma puerta del bar donde la vendían sin pedir ningún tipo de carnet de identidad. Los camareros rellenaban las jarras de litro una y otra vez a los mismos chavales ruidosos, inconformistas y eternos que saboreaban la libertad que adivinaban a la vuelta de la esquina, en cuanto salieran publicadas las listas de admitidos de las facultades de la capital, donde terminaban casi todos ellos. Sí, eran otros tiempos. Aunque también eran los mismos tiempos.

El chaval moreno, delgado, de pelo rizado, pegaba su sorbo ritual de la cerveza  con ese automatismo de rebaño, antes de dejarla seguir circulando, mirando de reojo a las chicas que jugaban su propia partida en aquel maremagnum hormonal e inolvidable.

Un par de chicos bajaban la calle que llevaba de la plaza al recodo donde se concentraba la muchachada. Todos detuvieron los juegos y el trasiego ilegal de alcohol porque sabían que acaban de volver del campus de la capital y traían noticias frescas en ese mundo paleolítico en el que aun había que meterse sus buenos kilómetros entre pecho y espalda para buscarse en una lista.

- ¡Eh, tío! Estás admitido en Medicina.

El jovenzuelo sonrió bobaliconamente y se saltó el riguroso orden para pegarle un trago de campeonato a la jarra y dejarla dispuesta a la recarga. En medio de la algarabía que se formó, las enhorabuenas y las palmadas en la espalda, los abrazos y alguna mirada captada de estranjis desde el bando femenino, aquel esmirriado moreno se sentía como la chica que Di Caprio sujetaría en la proa del Titanic una docena de años después.


Cuando crees haber vivido con creces más de la mitad de tu vida, hay recuerdos que se escapan entre los dedos como la arena de la playa donde pisaban las gaviotas de Neruda. Y otros que siguen tan vivos como la primera vez que leímos cómo el poeta adelgazaba sus palabras como las huellas de esas gaviotas, solo para que ella las oyera. Así era el recuerdo de cómo entró en Medicina, como si estuviera grabado en un móvil cuya existencia entonces éramos incapaces de imaginar.

No había ningún tipo de tradición familiar que le llevara hacia la Medicina, no hubo un padre o una madre que hubieran pasado sus noches en blanco preocupados por el dolor de un paciente, un abuelo que recorriera las calles de un pueblo con un maletín de cuero en la mano. Nunca supo por qué ni cómo llegó a la Medicina, ni tampoco es capaz de recordar el momento exacto en que se enamoró perdidamente de ella. Se siente más bien como el príncipe hastiado al que le arreglaron un matrimonio de estado con una princesa a la que los trovadores no habían hecho justicia.    Pero sabe que no la cambiaría por nada del mundo.

Ha pasado la vida por sus años. Ha pasado y ha ido dejando sedimentos que le han hecho más vivo, y que también le han acercado un poco más a la muerte. Pero el camino está hecho sin duda para ser disfrutado. La casa está tranquila porque las tropas se han retirado a sus cuarteles de invierno. Cuatro hijos es una locura de esas que algunos llaman maravillosa, mientras otros hacen girar sus índices en la sien de forma suficientemente significativa.

Al médico le gusta que pregunten a sus hijos qué quieren ser de mayores. Se hincha como un pavo cuando responden desde su inocencia infantil o desde su enfurruñamiento perpetuo adolescente. Aquellos buenos chicos a los que ha cambiado cientos de pañales, que le han robado horas de sueño para llenar mil cuevas de Alí Babá, esos que llevan su vida oyendo a su padre contar hazañas gloriosas de su profesión, que en los momentos más duros, sólo han escuchado alabanzas hacia esa Medicina que le convierte cada día en el tipo más afortunado del mundo, esos chavales contestan "médico" con el fervor de la fe infantil.


Han dejado sus mochilas en la entrada, preparados para mañana, ilusionados con el comienzo del nuevo curso. El médico está sentado en la escalera de su casa. Ojea el cuaderno de su hijo mayor, del adolescente en quien adivina sus gestos, su propia rebeldía, en quien recuerda su juventud y quien le marca el tic-tac del paso del tiempo.  Pasa las hojas con la curiosidad del que cotillea un diario robado. No se hace ilusiones, sabe que los deseos de los padres tiene el mismo valor que el deseo de que nunca crezcan y sigan siendo niños a nuestro lado. Sabe que la vida ya se preocupará de tornar las palmas del sueño en las lanzas de la realidad. No pasa nada, hay que saber quien tiene siempre las de ganar.

Pero se detiene en la pregunta que hay impresa en una de las primeras páginas del cuaderno, contestada con la letra apresurada e ilegible de la juventud.

- ¿Qué profesión te gustaría ejercer en el futuro?

Lee la respuesta casi con ansiedad pero sin poder evitar una enorme sonrisa

- Médico de cabecera.

















lunes, 2 de abril de 2018

Fracasos

Aunque el soldado sea veterano en mil batallas, las derrotas siguen dejándole el mismo regusto a ceniza en la boca que el primer día. Y se dice una mil veces que no debería ser así, que la espalda se endurece a base de palos y la piel engruesa como la de un rinoceronte con el tiempo y los vaivenes de la vida. Pero da igual lo que se diga, porque sabe a ciencia cierta que sigue sintiendo cada fracaso como si se erizara todo el vello de su cuerpo por las yemas de unos dedos apenas deslizados por su espalda.

Es una reflexión demasiado profunda para un viaje semi automático en coche de vuelta a casa, pero es que ese día parecían haberse concentrado los reveses, empañando todo lo demás, y dejando el aire triste y deprimido que se respiraba por encima de la música de fondo.

En el ordenador había repasado a primera hora los visitantes a urgencias del hospital del fin de semana. Es una costumbre que le obligaba a dejarse los ojos en el ordenador mientras buscaba el nombre de sus pueblos en el listado cuasi infinito que escupía la pantalla. Un cazador a la espera de que salte la presa.

No esperaba encontrarse con su nombre. Había luchado porque se cumpliera su deseo de no moverse de su cama, había ido día sí y día también a verle, a tranquilizar a sus hijas inquietas por el merodeo de la muerte, una invitada demasiado grande y dolorosa como para que pase inadvertida; había dejado un número de teléfono del que no se había apartado durante todo el fin de semana; había instrucciones escritas, había consuelo y millares de puentes hacia la empatía, por los que escapar del miedo. Pero allí estaba su nombre, con un informe tatuado en letras rojas mayúsculas con un latinajo que encubre una salida, una palabra demasiado parecida al éxito como para que tenga sentido en semejantes circunstancias. Un lamentable y sonoro fracaso.


Tardó unos segundos en digerir la pena y otros más en anotar su nombre en su obituario particular, con la triste apostilla de no haber podido cumplir su voluntad de marcharse desde su dormitorio, queriendo entender el terror que sentirían quienes le rodeaban, que les llevó a una búsqueda ansiosa y estéril de una ayuda imposible.

La primera paciente de la lista apenas viene por la consulta. Es una mujer de cincuenta y tantos que le trata de usted a pesar de conocerle hace más de diez años. Siempre ha adivinado en ella un mundo inaccesible, y se enfrenta, cada vez que la tiene sentada junto a él, con esa rara sensación de que podría ayudarla de algún modo, y con la terrible frustración de unas puertas cerradas de un portazo en las narices. Esta vez viene a pedirle que la mande al psicólogo. Se lo ha soltado así, de sopetón, con ese tono de Medicina de Alcampo, del que pide cuarto y mitad de filetes de ternera que estén bien tiernos. El médico encaja el golpe con una sonrisa holywoodiana y se lanza a la tarea de intentar abrir esa caja de Pandora, dispuesto a lidiar con el vendaval que quiera desatarse. Pero la caja permanece cerrada a cal y canto, es solo que tengo problemas personales y tengo que explicárselos a alguien que pueda ayudarme a afrontarlos mejor. 

No era ningún resquicio en el muro, ni una grieta, a pesar de la sonrisa con la que lo ha explicado. Aquellos ojos siguen cerrados. No, usted no puede ayudarme, prefiero contárselo a alguien que no me conozca.


La consulta de un médico de cabecera deja pocos momentos para regodearse en el fracaso. Hay una oportunidad nueva detrás de cada nombre en la lista. Apenas ha tenido tiempo de calentar, de hacerse con la posesión del balón y dar un par de pases buenos, cuando ella se sienta junto a él con gesto serio. Le ha nombrado por su nombre, a pesar de que en la lista figura el de su marido. Cosas de la longitudinalidad. La nota tensa, el lenguaje corporal está tan claro para el viejo médico como si los pacientes llevaran subtítulos. Quiero que le pidas el PSA a mi marido. A mi cuñado le han dicho que tiene un cáncer de próstata y me da miedo que él también pueda tenerlo. 

Hay una buen relación desde hace años con los dos. No están en su lista de aterrorizados por la medicalización, así que el médico responde a la petición primero un par de chascarrillos relacionados con los parentescos y las leyes de Mendel. Ella no mueve ni un músculo, no varía ni un milímetro su determinación de no salir de allí sin el fatídico marcador. El médico cambia al modo profesional, interroga sobre síntomas, explica pros y contras, y el mismo muro impenetrable le golpea sin piedad. Ve el fracaso ante él tan palpable como si estuviera sentado entre ellos compartiendo la consulta en ese momento.


La consulta se queda fría cuando ella se marcha con el mismo gesto serio con el que había entrado, sin el mínimo rastro que denote la alegría de la victoria, tan solo su decisión inquebrantable.


El dia no está resultando demasiado reconfortante.


Cuando les ve sentados esperando, sabe que la suerte está echada. Ambos viene de vuelta de su peregrinar por las consultas del ambulatorio. Traen un cerro de papeles y una montaña aún mayor de preguntas. Aquello se parece demasiado a los viejos exámenes, hay trampas escondidas en medio de aquel galimatías, pruebas de fe que el médico empieza a estar harto de soportar. Intenta pasar al contraataque reprochándoles que no hubieran solicitado más información cuando estaban sentados delante de los autores de aquellos informes, pero por sus sonrisas condescendientes adivina que también lo hicieron, nadie se libra de pasar los exámenes finales.


La consulta se alarga sin que se adivinen escapatorias. La Medcina paga su peaje por haber creado sus propias criaturas, y es inevitable que tarde o temprano intenten sacarle a alguno los ojos. Y seguramente todos nos lo tengamos merecido. Aunque al que está más a mano le apetezca más bien poco la enucleación.


No, no ha sido un día demasiado reconfortante. El tráfico y su monotonía hace su trabajo diluyendo la capa de lodo y fracaso. Así es la vida. Seguramente, mañana vuelva a salir el sol. Seguramente, ésta siga siendo la profesión más hermosa del mundo.

















lunes, 26 de marzo de 2018

Una vida nueva

A Carmen aun le parecía estar viviendo un sueño, una ejercicio onírico con esa cercanía a la realidad que provoca que, al despertar, la consciencia se niegue a aceptar lo consciente como lo real. Un batiburrillo legañoso y extraño. Pero la realidad más cruda era que en el cartel que llevaban cinco minutos contemplando, parados en la cuneta de la carretera, ponía claramente Villanueva del Conde, y que ella y Damián, su pareja desde hacía más de seis años, pestañeaban y se miraban con sonrisas bobaliconas el uno al otro, como si no pudieran creer que hubieran tenido los santos cojones de aceptar la oferta que les hicieron hacía cuatro años a la puerta del Ministerio, y como si esos cuatro años no hubiesen pasado como en un suspiro y hubiesen traído un ocupante en el asiento trasero del coche, que lloraba desgañitándose para darse a conocer desde el minuto uno entre quienes serán sus nuevos vecinos.



Cuatro años habían pasado desde aquella mañana invernal en que cogieron el metro y se bajaron en Banco de España para ir andando Recoletos abajo hasta las puertas horribles y desubicadas frente al maravilloso Prado del utilitarista Ministerio de Sanidad. Cuatro años desde que temblara ante la mesa a la que subió a pronunciar el nombre de la Unidad Docente que había elegido, y desde que, de la mano de Damián, había firmado en una sala anexa al auditorio el contrato para asumir la consulta de Villanueva del Conde al terminar la residencia.



No había sido una decisión fácil. Se la plantearon en cuanto saltó a los medios de comunicación la propuesta original y valiente de esa Comunidad Autónoma de ofrecer un contrato por ocho años a quien quisiera hacer la especialidad en sus centros de salud y hospitales, seis años ligados a unas plazas que a los enquistados en las bolsas de trabajo les parecían menos apetecibles que ir aceptando otros destinos más benevolentes que les permitieran acumular puntos para ir preparando asaltos con mejores expectativas.


Pero a Carmen y Damián, vivir en un pueblo pequeño, criar al pequeño Marcos en un lugar donde poder salir a la calle sin tener que buscar un parque diseñado por un urbanista preocupado por los niños, comprar el pan en el colmado y beber leche de vaca que no se vendiera de seis en seis tetrabrick era una opción muy apetecible. Es cierto que rompía radicalmente con ese glamour de la gran ciudad en el que habían aprendido a pasear las noches de primavera de la mano, pero también es cierto que Carmen, nieta del médico de su pueblo, aquel cuyo nombre tenía que escribir en el anverso del sobre junto al número en que se alzaba la casa familiar, si quería escribir una carta a su madre, desde que el alcalde descubrió la placa de la calle con su nombre, Carmen, que recordaba a su abuelo enjuto, con barba cana, paseando con ella de la mano por las calles del pueblo, tardando un siglo en llegar a la plaza porque se veía obligado a pararse a saludar a cada uno de los vecinos con los que se cruzaba; Carmen, que tuvo que abrazarle para que no se apurara por las lágrimas que derramó el día que entró en la Facultad de Medicina, y que fueron apenas un riachuelo comparadas con el torrente que dejó escapar ella cuando falleció apenas un par de años después de que aprobara anatomía estudiando en los atlas que él le había regalado; Carmen, siempre había soñado con ser médica de pueblo, como su abuelo.


Y lo cierto era que haber convivido los últimos años con un loco de la informática, de los que parecen llevar un teclado pegado a las yemas de los dedos, capaz de vivir en un mundo virtual repleto de oficinas virtuales en las que a los jefes les importa un bledo si al levantar la vista contemplan por la ventana Wall Street o la era del tío Julián, lo cierto era que la decisión no había podido ser más fácil.


Así que todo en la vida les había llevado a esa cuneta desde la que sonreían bobalicones ante la vieja señal de tráfico con el nombre del pueblo troquelado y un tanto raído.Y sin borrar ni un ápice de esa sonrisa, pusieron de nuevo el coche en marcha y sin necesidad de un google maps llegaron a la plaza del pueblo donde las banderas reglamentarias marcaban el Ayuntamiento, y a su sombra, el consultorio local, pequeño, con un par de ventanas y la pared enjalbegada como si quisiera dar la bienvenida a su joven doctora, como si en el bar del pueblo hubiera tocado El Gordo y los vecinos hubieran salido a la plaza con la botella de cava chorreando espuma.


Y cuando la alcaldesa en persona dejó a su marido a cargo del fuego de la cocina y después de plantarla dos besos, dar la mano a Damián y estrujar los mofletes de Marcos, les acompañó a su nueva casa, dos calles más arriba, y abrieron los ventanales y miraron las montañas, y los árboles, y el cielo, y las nubes, y los perros ladrando persiguiendo la pelota de los niños, entonces supieron que, efectivamente, allí, allí mismo, había tocado la lotería de Navidad.














lunes, 19 de marzo de 2018

El cuchillo y la soga

La llamada viene, como siempre, cuando es más bienvenida... por las narices. La sala de espera del servicio de urgencias del centro de salud a esa hora de la mañana del domingo es el mercado de la cebada con cuatro autobuses de japoneses recién desembarcados, un jodido gallinero. Los niños se acumulan como si fuera una fiesta de Navidad, con padres y abuelos intercambiando sus temores por esos mocos persistentes y esas fiebres que se ríen de los paracetamoles y los ibuprofenos con sabores a frutas.

Hay unos cuantos dolores musculares empeñados en fastidiar el domingo de descanso de honrados trabajadores, preocupados además porque sus jefes no les busquen las cosquillas al inicio de la semana, y algún que otro anciano que se pelea obstinado con los agujeros que le van apareciendo bajo su línea de flotación mientras el viejo barco sigue navegando a duras penas.

Un día más en el reino de la atención continuada. Un día cualquiera. Un médico, una residente y una enfermera. Nada del otro mundo. Gente de eso tan manido que llaman la Atención Primaria. Gente de la que pasa la consulta a la cabecera, pero transmutados con camisas amarillas vistosas de las que destacan a lo lejos y de las que presuponen habilidades. Simbología.

La voz al otro lado rezuma angustia, mucha. Reclama ayuda con esa desesperanza de quien ha gastado ya casi todas sus balas. El perro viejo del médico detecta la necesidad con esa lucecita interior que se le enciende en la zona del cerebro donde guarda la intuición. Así que se pone las pilas y como un Cristo entrando en el templo, desenfunda el látigo y pone en fuga virus y penas a ritmo frenético pero no despiadado, mientras la enfermera va preparando el hatillo extra y calentando motores con escaso sentido metafórico.

Son tiempos de Google Maps en los móviles, nada que ver con esos avisos con los que había que quedar en la puerta de la iglesia del pueblo, como si fuera una novia. El chalet tiene buena pinta exterior, lo cual es mucho decir si se comparan con esos otros que tiene las ventanas tapiadas y los goznes de las puertas arrancados.

La angustia ha llevado a madre e hija al rellano. Una noche sin dormir, gritos y amenazas. Un buen hombre en un muy mal momento.

El médico entra el primero. Ellas se apartan atemorizadas pero le siguen sin detener ni un segundo las explicaciones, los detalles puntillosos hasta el extremo.

En la cocina hay un anciano sentado junto una mesa. Sobre ella hay una soga enrollada que el hombre manipula con unas tijeras de pescado. A su lado, un cuchillo de dos palmos reposando con ese silencio elocuente de las cosas que dan mucho miedo.

El médico entra decidido. Ha visto el cuchillo y ha dudado sólo una milésima de segundo, lo coge sin titubeos y lo deja sobre la encimera, bien alejado. Las tijeras siguen en la mano del anciano, que al ver la sonrisa del médico, empieza a escupir todo el hartazgo que tiene hacia una vida empeñada en golpearle con su diabetes, con una sordera que le convierte en el ser más solitario del mundo, con la burla de no poder soportar unos aparatos que le han costado un riñón y que tiene guardados en un armario casi desde que se los hizo, con unas piernas que se revientan en úlceras una y otra vez, que le han hecho visitar todas las camillas de urgencias, y tantas camas del hospital como si llevara toda su vida veraneando en Benidorm.

Esta hasta las narices porque sólo quiere que le compren una silla de ruedas, porque cree que así al menos podrá pasear calle arriba y calle abajo de su urbanización de okupas, pero nadie quiere hacerle caso, porque todos creen saber lo que es mejor para él, le parlotean en las narices dandole razones de peso irrefutables, al menos para quien pudiera entenderlas, porque él no oye una mierda, solo ve el movimiento de los labios y los gestos inconfundibles de la negativa. Y está tan harto.

Así que está haciendo un nudo en la soga aunque sabe que no tendría fuerzas para colgarla de ningún sitio, y el médico éste parece simpático e intenta gritarle en el oído para convencerle de que todo es una tontería, la incomprensión de quienes creían que hacían lo mejor para él sin contar con él. Así que le da la soga y le reconoce que es mas sencillo tomarse una caja de aspirinas para forzarle la mano a la puta suerte. Pero sabe que tampoco lo hará, y se tumba dócilmente para que la enfermera le levante las vendas y le cure las llagas de su tortura.


El médico le pide a las mujeres que le compren la dichosa silla de ruedas. Ellas asienten aun con el susto en el cuerpo, con le cansancio de toda la noche sin dormir, con la angustia de cómo irán las cosas cuando toda esa gente de amarillo se marche con sus bártulos a las consultas de fin de semana.

El viaje de vuelta es relajado, aunque como si de un Cluedo se tratara, la imagen del cuchillo y la soga lo llenan todo. Y la sonrisa del médico, que convence a la residente de lo entretenida que es la Atención Primaria.










lunes, 12 de marzo de 2018

Derrotada

Está a punto de sonar el despertador. Siete minutos para las seis cuarenta y cinco. Da igual. Está segura de haber visto todas y cada una de las horas. ha oído el ruido tranquilo del sueño de sus padres, algún ronquido suave, sonidos de infancia que la sosiegan, pero que no consiguen hacerle dormir.

Un día más, casi todos los del último mes.

Cuando suene el despertador se levantará con su envidiable agilidad matutina, esa misma energía con que se ha levantado cada mañana para ir al colegio, a la universidad, al hospital o al centro de salud donde hizo la residencia. Ese caudal de buenas vibraciones con que se echaba al coleto el vaso de leche caliente mientras hablaba con su madre de cualquier cosa, como si el día lo hubiesen puesto ahí para que ella se lo merendase con patatas.


Había tenido una vida hermosa, sin duda. Había querido ser médica desde niña, desde que sus padres le pusieron entre sus manos un maletín de plástico rojo repleto de cachivaches con los que se pasaba el día persiguiéndoles y atormentándoles en sus enfermedades imaginarias: los peajes de no haber podido disfrutar de un compañero de juegos. Aunque ellos lo habían sido. No cabían los reproches.

El esfuerzo de esa niña brillante en todo lo que se proponía la convirtió en lo que había deseado, y sus padres la acompañaron a la puerta del Ministerio a que escogiera con el corazón en un puño, aunque ella estaba tan radiante como si acabara tomarse el Colacao de la mañana. Al salir se abrazó a ellos eufórica porque, en realidad, nunca había querido ser ninguna otra cosa que no fuera médica de cabecera y el objetivo estaba bastante más cerca.

Así que cada mañana siguió despertándose con la misma energía incontenible con la que arrollaba a todos a su paso, dejando sonar apenas dos segundos el timbre del despertador, cantando en la ducha y besando en la mejilla a su madre antes de marcharse a convertirse en lo que deseaba convertirse. y cuando aquellos cuatro años pasaron en un pestañear de horas robadas al sueño, se encontró convertida en médica de familia una mañana de uno de los mayos más hermosos que es capaz de recordar.

Y siguió arrastrando su huracán energético todas las mañanas de verano en las que se recorrió ciento y una consultas, todas diferentes y todas iguales, sintiéndose capaz de disfrutar de los breves momentos en que notaba que saltaba la chispa de conexión con esos extraños que se sentaban incómodos y fastidiados por la inesperada novedad de su presencia, y que se dejaban seducir por su sonrisa y el casi palpable deseo de ayudarles que irradiaba.


Y aunque se sentía cansada, aunque le ponía nerviosa que cada día se convirtiera en un nuevo comienzo, de resultados inciertos, aunque deseaba con una envidia malsana convertirse en la propietaria de ese cariño dependiente hacia sus médicos, por desastre que a veces le parecieran a ella, ese enlace emocional que adivinaba en muchos de los pacientes que atendía, a pesar de todo ello, no había mañana en que no saltara de la cama como si aquella hubiera sido la noche de los Reyes Magos y ella volviera a tener cinco años.


Así que cuando al fin le llegó la llamada, se sintió como la actriz a la que llama su representante para ofrecerle el papel de su vida. Y aquella mañana el despertador no sonó ni unas décimas de segundo, y la canción en la ducha fue un dueto con el mismísimo Springteen, y el Colacao estaba en su temperatura justa, y el beso a su madre le dejó una señal en la mejilla.


Cuando entró en el centro de salud, tenia tal subidón que era imposible que le afectara el desagradable recibimiento de la administrativa, que le dedicó veinte segundos y un gesto displicente de su cabeza para indicarle donde estaba el estar del personal. Tenía tanto optimismo, que no podía hacerle mella la frialdad de la directora, ni sus advertencias en relación al cupo tan conflictivo que heredaba. Era tan feliz, que los dos o tres holas insulsos que recabó entre la mitad de sus compañeros y las miradas indiferentes de la otra mitad eran como los copos de nieve que aparecen la tarde de un día lluvioso, no tenían ninguna posibilidad de cuajar.

Lo que ocurre es que aquel era sólo el inicio de la nevada, y ya apenas pararía de nevar en las siguientes semanas, ni en los siguientes meses. Era muy  difícil no percibir la soledad en la que vivían todas aquellas personas, y era muy difícil que ella fuera capaz de asaltarla. Y lo intentó, desde luego que lo intentó. Lo intentó con sonrisas, con cafés, con propuestas. Pero es una tarea inmensa conseguir que alguien se de cuenta de que está solo, sobre todo cuando no le importa estarlo. y en ese malecón de soledad se encontró resistiendo los golpes. Porque en la consulta comenzó a encajar golpes como el primero de los Rockys, echándose a los riñones cuarenta y cinco o cincuenta uppercuts, algunos directos al hígado, capaces de cortarla el resuello para el resto del día.

Y aunque, como el bueno de Balboa, volvía a despertarse cada mañana con las pilas suficientes para subir los escalones del Museo de Arte de Filadelfia mientras suena el Gonna Fly Now, sentía que cada vez se consumía antes esa ilusión. Y en medio de aquel marasmo, era incapaz de encontrar esas conexiones que había anhelado, se le escapaban esos momentos únicos en la consulta, sustituidos por demandas sin sentido, quejas absurdas, frialdad y desconfianza. Y cuando intentaba encontrar refugio en ese mantra que había creído con la fe de la inocencia, el del equipo que unido se lanza contra todas las dificultades, tampoco era capaz de encontrar a su alrededor nada que pudiera remotamente asemejar siquiera la sombra de un equipo.


Y así, las horas empezaron a hacerle compañía durante las noches, y el insomnio se fue comiendo la energía de la mañana como si de un Apocalipsis se tratara y en el coche de vuelta a casa empezaron a aparecer las lágrimas, de rabia, de pena y de impotencia, todas mezcladas, que es peor.


Y el día en que ese sujeto al que la droga había dejado pocas neuronas sin achicharrar se marchó con su frustración dando un portazo de la consulta, pero escupiendo antes un asqueroso cualquier día te va a pasar algo, las lágrimas ya no la abandonaron. Aguantó el tipo como pudo y empapó el volante, el hombro de su madre, dos cajas de Kleenex y la almohada. Y las horas, todas, la acompañaron borrosas.

Y cuando sonó el despertador, por primera vez en su vida, se quedó en la cama, como Rocky en la lona del ring, derrotada, hundida, y sin querer saber si queda alguna esperanza.


















lunes, 5 de marzo de 2018

Un mono con un boli

La carretera asusta un poco. El agua nieve empieza a acumularse y el limpia ha cogido cadencia monótona. El coche es grande y pesado; los todo terreno tarde o temprano terminan por aparecer en la vida de los médicos de pueblo. En la radio parlotean los tertulianos matutinos, cada uno defendiendo sus verdades absolutas, como si a alguien le importaran lo más mínimo. Para el médico es tan sólo cuestión de compañía.

El trayecto es lo más parecido a conducir con el piloto automático que existe, aunque el viento y las ráfagas de lluvia hoy le están obligando a un mayor esfuerzo de atención. Sabe que debería ser así cada día, pero también sabe que la realidad es otra y que las rutinas siempre llevan las de ganar.

Cuando llega al pueblo aún no han abierto el bar. Se baja del coche y se refugia de la lluvia bajo un tejadillo. El frío es cortante y las gotas tienden a mutar en copos cuando les da la gana. Escucha los ruidos que hace el dueño del bar subiendo los cierres metálicos. Intercambian bromas, apresurándose por buscar la calidez del interior y del café con leche ardiendo que le espera en la barra. En los siguientes diez minutos empiezan a llegar los parroquianos habituales. El medico saluda a cada uno de ellos por su nombre. Cuando está terminando el café, con la garganta ya definitivamente escaldada, se acerca con timidez una mujer joven. Se le nota en la cara que preferiría que la estuviesen arrancando una muela, y se disculpa unas trescientas veces antes de contarle que se ha preocupado mucho al tomarle la tensión a su vecina porque tenía trece diez. ¿Sabes quién te digo? Por supuesto, la recién operada del corazón. Pero, ¿ella se siente bien? Perfectamente. ¿Sólo se la has tomado una vez? Solo. Pues vuelve, tomásela otra vez y me llamas a la consulta.

Apura el café y se despide de todos mientras se sube el cuello del abrigo hasta dejar expuestos a las ráfagas de escarcha helada sólo los ojos, y cruza a la consulta. En la puerta está esperando una anciana con el pelo recién teñido de un color bronce indefinido que le sonríe mostrándole más huecos que dientes. Se seca los ojos glaucomatosos sonriendo desde su vanidad de casi cien años ante el chascarrillo del médico, que siempre se reserva para ella la palabra guapa. No tiene cita, pero sabe que los años le conceden un pase vip a la hora de entrar a la consulta. Se cayó la pasada noche, se enredó en las sábanas al buscar el orinal que guarda bajo la cama para no adentrarse en el frío del pasillo. Le duelen las costillas y se quedó helada un buen rato tirada sobre la alfombra, con miedo por haberse roto cualquier cosa. No llevaba el botón de la alarma encima, no le gusta dormir con nada al cuello, así que lo deja en la cabecera de la cama.

Cuando por fin sale de la consulta, la sala de espera se ha llenado como si fuera la playa de Benidorm. El médico acompaña hasta la puerta del consultorio a la anciana, recordándola que se ponga la manta eléctrica y se deje al cuello colgada la alarma. Ella le da dos besos mientras se marcha con su garrota y la bolsa del pan, aprovechando que ha dejado de llover.

La consulta empieza a adquirir su ritmo de crucero. La rodilla de Juan vuelve a darle guerra. Se tumba en la camilla dejando al descubierto las canillas alopécicas rematadas por algo que recuerda vagamente una rodilla. El médico se deja los riñones mientras pega tiras de tensoplast que recorta con unas tijeras de pelar pescado. Los dos se ríen del material, pero el resultado convence a Juan que piensa que por ahora se ha ahorrado la infiltración que traía en mente. Y las olivas esperan.

El teléfono interrumpe dos o tres auscultaciones limpias y algunas faringes protestando por el intenso frío como les gusta protestar a ellas, vistiéndose de color frambuesa. El enfermero entra un par de veces despistado preguntando si ha avisado al médico de que hay tres sintrones esperando. Desde su sillón le sonríe y bromea con que entre los dos no consiguen sacar una memoria completa. Entre consultas, la impresora va escupiendo las pautas anticoaguladoras que esperan ansiosos fibrilantes y valvulópatas, para poder regresar a sus quehaceres.

En la sala han coincidido un par de integrantes del grupo tormenta perfecta. Es la denominación que el médico reserva a una serie de pacientes cuya coincidencia temporal hundirían el barco del mismísimo capitán George Clooney, con toda la tripulación dentro. Ambas le miran con ansiedad en los ojos, como si tuvieran la necesidad de oír sus nombres cantados por los niños de San Ildefonso. Casi puede oírse su desilusión cuando van pasando otros pacientes delante de ellas. La llamada telefónica a la inspectora se alarga más de la cuenta, la trama burocrática es densa y pastosa como el dulce de leche, y al médico le produce los mismos ardores, pero al colgar, la embarazada se marcha con una mano sujetando su enorme barriga y la sonrisa de agradecimiento dando aún más luminosidad a su cara.

La primera de las integrantes de la tormenta perfecta entra manejando su inseparable silla de ruedas. Los papeles se amontonan sobre la mesa, con sesudos comentarios de mentes preclaras que solo le han visto un par de veces. Uno de ellos le ha puesto en la mano un volante para la unidad del dolor; viene a ser algo así como dar un teléfono falso a un chico que te ha pedido una cita. Otro le ha dicho la frase del siglo: para tus dolores, el experto es tu médico de cabecera. Ella se lo cuenta entre ofendida y extrañada, pero él asiente reflexivamente, como siempre que ve cerrarse los círculos, y después de tantos años, su consulta es una jodida fábrica de cerrar círculos. Cuando al fin abre la puerta de la consulta, se marcha con el efecto balsámico de la escucha, que a veces es más intenso que media ampolla de Dolantina, y dejando tras de sí el barco de la consulta a medio naufragar.

En el medio folio garabateado que mantiene a su derecha el médico, ya hay tres nombres escritos cuyos bronquios se empeñaba en cerrase en banda en este invierno criminal. Han sido anotados sin el más mínimo reproche, justo al lado de la ambulancia que hace falta activar para trasladar a un anciano a su revisión en el hospital y las cuatro o cinco medicinas con las que hay que alimentar otras tantas tarjetas electrónicas.


La pantalla va vaciándose de nombres a un ritmo descompasado con las personas que siguen llenando la sala de espera. Explicar los métodos anticonceptivos a una joven púber lleva su tiempo, aunque parece que la decisión estaba tomada quizás entre ella y el amigo Google. Una adolescente comienza su visita con la frase que abre las puertas del infierno: ya sabes que como no vengo nunca, luego traigo muchas cosas juntas. La gran mayoría de las cosas que trae son, en realidad, la vida que lleva a cuestas y que le gustaría descargar, aunque fuera parcialmente en los hombros de alguien. El médico la deja que descargue lo que quiera, pero no se va a ir más cargada con pastillas o con pruebas, aunque el esfuerzo de hacerlo comprensible desgaste más que la rendición. Cuando se levanta de la silla parece irse satisfecha, aunque se fue como entró, y dejó la consulta definitivamente hundida.

Aún queda alguna sorpresa entre los iluminados, que es como llama el médico a quienes sentían el deseo irrefrenable de verle, un deseo en el que se consumían durante la hora u hora y media de retraso que ha ido acumulando la famosa agenda: la preocupación por la sangre que ha visto en el wáter un caballero en sus horas más bajas, que sale de la consulta con una fisura descubierta y una exploración que ninguno de los implicados hubiera querido, el extraño dolor abdominal de una niña que se quedará sin ir a la excursión al zoo de su clase, y al que darán unas horas para que termine por definirse u opte por desaparecer, y un par de fiebres intrascendentes para todos menos para los jefes de sus porteadores que no son felices sin ver la firma del médico, como si fueran fans en busca de autógrafos.


Al menos no llueve cuando aparca el todo terreno ante las casas donde le esperan ansiosos, temerosos de que se hubiera olvidado o no hubiera tenido tiempo, aunque no haya ocurrido nunca, al menos si una llamada de teléfono. Pero ya se sabe, el miedo es libérrimo. Nunca cierra la puerta del coche. Sortea los ladridos de los perros y si se tomara todo lo que le ofrecen, llegaría a su casa de noche y con la tripa llena a reventar.

Cuando retoma la carretera, entran de nuevo los automatismos, las miradas a los campos de cereal, a los olivos. Se nota cansado, son los años, se dice. Un mono con un boli, piensan que esto podría hacerlo un mono con un boli. Y sonríe, como si le importara lo que pensasen.