La médica estrenaba galones y no podía evitar llevar la sonrisa tatuada como si fuera el Joker de Batman. No siempre se cumple el sueño de toda la vida, así que por las mañanas se entregaba al tráfico de la autovía como si estuviese camino del Valhalla y hubiera terminado ya con dos o tres barriles de cerveza vikinga, pero dando cero cero en el control de alcoholemia: es lo que tiene la borrachera por ilusión, que no te quita puntos del carnet.
Es verdad que era sólo las sustituciones del verano, pero era su cupo, en el que experimentó la metamorfosis definitiva que le convirtió para siempre en apasionada médica de pueblo. Las preguntas sobre el paradero del titular eran breves y terminaban en sonrisas compartidas alrededor de su imagen con el Meyba tipo Fraga persiguiendo a sus vástagos por las playas de la Costa del Sol; la potencia del imaginario popular da mucho juego y le pega siempre un buen arreón a la empatía y el buen rollo. Así que la consulta se metía enseguida en sus derroteros de anarquía e improvisación y ella estaba encantada.
No, no es que no se hubiese sentido partícipe durante esos cuatro años de la vida y milagros de sus pacientes, especialmente el último año. Había alcanzado con ellos ese nivel reservado sólo para los jugadores más expertos y atrevidos en el que las confidencias fluyen con la naturalidad de cercanía, y esa naturalidad seguía flotando en el ambiente aunque la figura protectora del tutor estuviera llenándose los pies de arena a quinientos kilómetros de distancia. Así que claro que le quería mucho y le echaba de menos, pero ahora era la hija que se va de casa a estudiar a otra ciudad y se mete en su cocina para prepararse una tortilla con los huevos que compró en el mercado y luego se la come sentada despatarrada en el sofá porque le da la gana y es su casa: se sentía libre, y la verdad, le molaba.
Los primeros días siempre da un poco de vértigo caminar por el alambre sin red, a quién no le daría. La jodida incertidumbre y sus cosas hacen sudar al más pintado. Los terrores del Harrison te asaltan en cada uno de los kilómetros que hay de vuelta a casa, en cada uno de los segundos en que desconectas de las noticias del telediario mientras comes, en cada uno de los instantes en que tu hija te ha preguntado la terrible cuestión de por qué los pájaros vuelan y no le has respondido hasta que te ha pegado un buen tirón de la falda. Y siguen ahí, a pie de cama como si tuvieran un insomnio crónico, asaltándote cada vez que el calor te hace abrir el ojo durante la noche. Sí, los terrores son jodidamente insistentes; por más que te hayan repetido hasta la saciedad lo de la gestión de la incertidumbre, en los momentos de flaqueza te gustaría llevar un body-TAC portátil en el bolso.
Pero los días siguen y al final una se va sintiendo cada vez más cómoda en el papel, como si por fin te hubieran dado el traje exactamente de tu talla y encima te vieras en el espejo tan requeteguapa. Aunque hay un pero. Siempre hay un pero, en la vida, en las relaciones y en las comedias románticas de Hollywood. Y en este idilio con el sueño dorado de la médica, el pero tiene un nombre y su sólo mención consigue que se le quite el moreno de piscina de golpe, provoca una descarga vagal que hace que el Sanex se rinda incondicionalmente en las axilas y un temblequeo de canillas de R1 de neuro diagnosticándole un síndrome de las piernas inquietas.
Guardia. Ese es el nombre del pánico. Sabe en su interior que es un miedo tan absurdo como el que le provocan las películas de fantasmas. Ha hecho cientos durante la residencia, las ha vivido de todos los colores, ha llorado, reído, gritado, se ha desplomado en una cama caliente y ha aguantado en pie toda una noche para rematar con un chocolate con churros. Pero nada de eso parece valer cuando se acerca el día definitivo, el día en que la guardia le retará cara a cara, sin defensa, sin contemplaciones, con toda su crudeza o con toda su bondad, con toda su rareza o con toda su sencillez, como son ellas, como es ella. Durante unos días consigue engañarse sacándosela de la cabeza, o más bien, arrinconándola en circuitos neuronales como vías de tren abandonadas.
Pero sigue ahí y la noche anterior a su primera guardia de adjunta, las horas están como ella de imaginaria, y las cuenta todas, robándola el cansancio un sueño entrecortado e inútil. Y ese día, como el Joker, la sonrisa es más bien un rictus que da miedo. Conduce en silencio, sin música, sin noticias, como si velara armas. Se sabe exagerando, pero que se lo digan a sus manos que están dejando empapado el volante. Ese día la consulta parece más corta de lo normal. Cosas de la relatividad, supone. Cuando termina, en el camino hacia el centro, piensa en cuántos médicos estarán viviendo aquel día las mismas sensaciones que ella. Muchos, piensa. No, no la consuela gran cosa. Tampoco pensar que todo el mundo ha pasado por ello. A la mierda todo el mundo. La que está acojonada es ella. Pero nadie vendrá a solucionar esta papeleta, y nadie se siente nunca lo suficientemente preparado. Así que, aparca el coche, toca el timbre de la puerta mientras lee el cartel de Urgencias. Cuando la puerta se abre, sólo vacila una milésima de segundo.
Dedicado a quienes estos días están dando sus primeros pasos en este mundo que, a pesar de todo, es, de verdad, maravilloso.
Este blog recoge historias de un médico de pueblo, suyas y de personas con las que han cruzado sus vidas. Todos los actores han sido convertidos en personajes literarios por voluntad del autor, de modo que en sus fabulaciones, aun podrían conservar rasgos identificables por los propios actores. Si así fuera, mis disculpas, y suprimiré gustoso cualquiera de las entradas si se me pidiera.
lunes, 25 de junio de 2018
lunes, 18 de junio de 2018
Vergüenza
No se cómo escribir esto. No se siquiera si debería escribirlo. Pero años de creer que las palabras ayudan a digerir los sentimientos me empujan, me fuerzan la mano. Así que ahí está la hoja en blanco y el gañote reseco y anudado en la amargura de las lágrimas que prefieren el camino del esófago antes que el de los lacrimales.
Las cosas pasan siguiendo ese insondable y puñetero camino del destino; una noche te vas a la cama, te despiertas cagándote en los muertos del arpista que grabó la alarma del iPhone. Mientras empiezas a preparar el desayuno a los chiquillos recuperas al móvil para la vida y entonces salta el mensaje que llevaba un rato esperando y que transforma un día cualquiera en un día que nunca debería haber existido.
- Llámame, ha ocurrido una desgracia.
No consigues encajar las piezas en el batiburrillo de neuronas aún por conectar. No entiendes que pasa, pero la palabra desgracia a las seis cuarenta de la mañana deja en pañales el cubo de agua helada del desafío aquel. Encuentras su número sintiéndote el tipo menos tecnológico del mundo y cada tono de llamada se convierte en una invitación a la taquicardia paroxística.
Su voz tiembla ligeramente, pero consigue articular las expresiones con una serenidad impropia de quien ha visto el horror más absurdo desencadenarse frente a ella, y de quien ha rezado escondida bajo el salpicadero de un coche mientras escuchaba el machete clavarse en las tripas de la chapa blanca del pequeño Peugueot.
Explica con detalle los tiempos, revive esa conversación un segundo antes de abrir la puerta, ese impulso irrefrenable de ayudar que escondemos quienes nos lanzamos un día a esto con un polo amarillo con un logo vistoso, un maletín repleto de cachivaches y la ilusión inconsciente de que nuestro deseo de ayudar nos servirá de escudo infranqueable que detendrá las cuchilladas y los palos, las balas y los golpes.
Una ilusión incosciente, sin duda.
Cuesta trabajo articular palabra en esa cocina a medio despertar, en pijama y con los ojos aun legañosos. Porque las imágenes bloquean los circuitos y como por arte de magia, todo en el cerebro se vuelven instantáneas con sus risas, sus bromas, sus historias del desierto, donde la arena y el calor se mezclaban con el agradecimiento y el valor que muchos sabemos que nunca seríamos capaces de encontrar ni aunque no tuviéramos cinco mil excusas que él y tantos como él fueron capaces de superar.
Cuesta trabajo articular palabra, pero al final le preguntas que cómo se encuentra y es ella la que casi tiene que serenarte a ti, desde el subidón de adrenalina que debe provocar ver la tormenta de la muerte desatada tan de cerca, con ese afán que pone a veces por atropellarnos, y haberla conseguido hacer un corte de mangas de los que te dejan dolorida la flexura del codo.Y te parece increíble que haya sido capaz de encontrar el coraje para colocarle un guedel y encontrarle en el brazo inerte una vena por donde empezar a devolverle algo de vida a quien no se merecía dejársela en un charco de sangre en medio de la calle de un pueblo cualquiera.
Cuando al fin cuelgas, dejas caer los brazos como si te hubieras metamorfoseado en un Sísifo que sintiera de repente sobre sus hombros el peso de la jodida piedra. Aunque crees que no serás capaz, le haces un resumen de lo ocurrido a tu mujer, donde casi hay más tacos que contenido, pero que resulta suficiente para que ella se siente en una silla cabeceando y con los ojos encharcados.
Sólo pasan unos minutos antes de que el teléfono empiece a echar humo. Casi lo agradeces, la vida, empeñada en no detenerse a pesar de que pudiera parecer obligada, te empuja a la acción, y en la acción uno se encuentra cómodo, seguramente porque nos sirve para sentirnos vivos. Pero en la pausa se encuentran los recuerdos, los que nos devuelven a momentos en los que debimos ser cautos y fuimos osados, en los que debieron apoyarnos y nos dejaron solos, en los que pudimos ser víctimas y al final fuimos héroes, al menos para nosotros, porque volvimos a casa y besamos a nuestros hijos. En la pausa se encuentra la conciencia del riesgo, de la soledad, del sinsentido, del deber llevado a la gesta, de cobardes siendo valientes y valientes siendo locos.
En la pausa se encuentra también la vergüenza. Te excusas diciéndote que es lo normal, te perdonas escuchando las voces somnolientas de tus hijos respondiendo a tus llamadas, te dices que eres humano, y eso es algo a lo que nunca estarías dispuesto a renunciar. Pero el espejo del baño en el que al final te reconoces, vuelve a escupirte la vergüenza, la que sientes cuando reconoces en tu interior ese alivio indescriptible que te provoca el no haber estado tú esa noche de guardia.
Dedicado con todo mi cariño a mi compañero que lucha por su vida tras haber sido brutalmente agredido cuando sólo quería ayudar, y a mi compañera que escapó de milagro, tuvo el valor de auxiliarle posteriormente y recrea una y otra vez las imágenes en su cabeza.
A ambos, les deseo la más pronta y feliz de las recuperaciones.
Las cosas pasan siguiendo ese insondable y puñetero camino del destino; una noche te vas a la cama, te despiertas cagándote en los muertos del arpista que grabó la alarma del iPhone. Mientras empiezas a preparar el desayuno a los chiquillos recuperas al móvil para la vida y entonces salta el mensaje que llevaba un rato esperando y que transforma un día cualquiera en un día que nunca debería haber existido.
- Llámame, ha ocurrido una desgracia.
No consigues encajar las piezas en el batiburrillo de neuronas aún por conectar. No entiendes que pasa, pero la palabra desgracia a las seis cuarenta de la mañana deja en pañales el cubo de agua helada del desafío aquel. Encuentras su número sintiéndote el tipo menos tecnológico del mundo y cada tono de llamada se convierte en una invitación a la taquicardia paroxística.
Su voz tiembla ligeramente, pero consigue articular las expresiones con una serenidad impropia de quien ha visto el horror más absurdo desencadenarse frente a ella, y de quien ha rezado escondida bajo el salpicadero de un coche mientras escuchaba el machete clavarse en las tripas de la chapa blanca del pequeño Peugueot.
Explica con detalle los tiempos, revive esa conversación un segundo antes de abrir la puerta, ese impulso irrefrenable de ayudar que escondemos quienes nos lanzamos un día a esto con un polo amarillo con un logo vistoso, un maletín repleto de cachivaches y la ilusión inconsciente de que nuestro deseo de ayudar nos servirá de escudo infranqueable que detendrá las cuchilladas y los palos, las balas y los golpes.
Una ilusión incosciente, sin duda.
Cuesta trabajo articular palabra en esa cocina a medio despertar, en pijama y con los ojos aun legañosos. Porque las imágenes bloquean los circuitos y como por arte de magia, todo en el cerebro se vuelven instantáneas con sus risas, sus bromas, sus historias del desierto, donde la arena y el calor se mezclaban con el agradecimiento y el valor que muchos sabemos que nunca seríamos capaces de encontrar ni aunque no tuviéramos cinco mil excusas que él y tantos como él fueron capaces de superar.
Cuesta trabajo articular palabra, pero al final le preguntas que cómo se encuentra y es ella la que casi tiene que serenarte a ti, desde el subidón de adrenalina que debe provocar ver la tormenta de la muerte desatada tan de cerca, con ese afán que pone a veces por atropellarnos, y haberla conseguido hacer un corte de mangas de los que te dejan dolorida la flexura del codo.Y te parece increíble que haya sido capaz de encontrar el coraje para colocarle un guedel y encontrarle en el brazo inerte una vena por donde empezar a devolverle algo de vida a quien no se merecía dejársela en un charco de sangre en medio de la calle de un pueblo cualquiera.
Cuando al fin cuelgas, dejas caer los brazos como si te hubieras metamorfoseado en un Sísifo que sintiera de repente sobre sus hombros el peso de la jodida piedra. Aunque crees que no serás capaz, le haces un resumen de lo ocurrido a tu mujer, donde casi hay más tacos que contenido, pero que resulta suficiente para que ella se siente en una silla cabeceando y con los ojos encharcados.
Sólo pasan unos minutos antes de que el teléfono empiece a echar humo. Casi lo agradeces, la vida, empeñada en no detenerse a pesar de que pudiera parecer obligada, te empuja a la acción, y en la acción uno se encuentra cómodo, seguramente porque nos sirve para sentirnos vivos. Pero en la pausa se encuentran los recuerdos, los que nos devuelven a momentos en los que debimos ser cautos y fuimos osados, en los que debieron apoyarnos y nos dejaron solos, en los que pudimos ser víctimas y al final fuimos héroes, al menos para nosotros, porque volvimos a casa y besamos a nuestros hijos. En la pausa se encuentra la conciencia del riesgo, de la soledad, del sinsentido, del deber llevado a la gesta, de cobardes siendo valientes y valientes siendo locos.
En la pausa se encuentra también la vergüenza. Te excusas diciéndote que es lo normal, te perdonas escuchando las voces somnolientas de tus hijos respondiendo a tus llamadas, te dices que eres humano, y eso es algo a lo que nunca estarías dispuesto a renunciar. Pero el espejo del baño en el que al final te reconoces, vuelve a escupirte la vergüenza, la que sientes cuando reconoces en tu interior ese alivio indescriptible que te provoca el no haber estado tú esa noche de guardia.
Dedicado con todo mi cariño a mi compañero que lucha por su vida tras haber sido brutalmente agredido cuando sólo quería ayudar, y a mi compañera que escapó de milagro, tuvo el valor de auxiliarle posteriormente y recrea una y otra vez las imágenes en su cabeza.
A ambos, les deseo la más pronta y feliz de las recuperaciones.
lunes, 11 de junio de 2018
Abismos
El médico se echa atrás en el sillón, pasándose la mano por el pelo en un gesto de desesperación típico de él. Tiene en las manos el informe que acaba de entregarle la paciente y lo relee con el aire de resignación de quién se ha visto en las mismas cientos de veces. Ahí no hay nada que refleje el esfuerzo que lleva haciendo con esa paciente en los últimos años, sus visitas a su casa cuando aprieta el ahogo y el corazón parece querer decir basta, no hay nada de las horas repasando tratamientos, rebuscando interacciones, deshojando margaritas de efectos adversos. El médico sabe leer entre líneas, en las palabras que conforman la historia, un historia plana, ignorante y soberbia que parece transcurrir ajena a la propia paciente y a su vida.
Ella añade unos comentarios de su cosecha, percepciones que pretenden apuntalar el ánimo de su médico, como si temiese que le flaquease la autoestima, como una madre revolviéndose ante unos abusones que hubieron pretendido chulear a su niño.
El médico sonríe agradecido y se rehace. Sí, los golpes siguen doliendo, lo cual es sólo señal de que uno sigue vivo. Se incorpora en el sillón, irguiendo la espalda; cabeceando, escribe unas anotaciones breves en la historia y devuelve el informa a la paciente. Ella le pregunta por lo que tiene que hacer: no piensa tomarse nada si él no se lo dice. El médico la coge la mano en ese gesto que les ha conectado cientos de veces: tranquila, entre los dos seguro que decidimos lo mejor.
...........................................................................
Las primeras horas de essa mañana de sábado estaba siendo particularmente dura en el servicio de urgencias. Ella podía considerarse ya toda una veterana, hacía cinco años que había empezado a trabajar en ese servicio, y aunque no había hecho allí la residencia y desconocía los automatismos y todos esos pequeños intríngulis que gobiernan todos los hospitales del mundo, pronto se dio cuenta de que al fin y al cabo todo se reduce a tratar de hacer lo mejor posible tu trabajo, una vía segura para ganarse el respeto de ese microcosmos que bregaba cada día muy cerca de los cimientos del hospital.
En aquellos cinco años era ya capaz de reconocer de dónde vendrían los problemas tan sólo sabiendo quién estaba de guardia en cada uno de los puntos de urgencias de los pueblos que enviaban sus pacientes al hospital. No era tan difícil. Sus compañeros resoplaban nombrando a los firmantes de los informes que acompañaban a los pacientes, cruzando miradas desoladoras y frases interrumpidas a medias que delataban mucho más de lo que escondían.
Cuando le tocó en suerte el segundo paciente enviado por el mismo médico, cuando leyó esas sucintas cuatro líneas escritas con toda la desgana que puede dejar traslucir un papel y un bolígrafo, cuando vio a esa anciana absolutamente perdida en su marasmo de olvidos, un frágil y pequeño ser humano tendido sobre las sábanas arrugadas de la camilla, sola, con unos ojos aterrados, sintió una pena tan terrible que no fue capaz de retener en su boca los sapos y culebras que le quemaban como una mala conciencia.
..............................................................................
Había sido duro, después de una semana ingresado en el hospital, la serpiente que se escondía en el estómago tenía nombre y apellidos, se había convertido en intocable y su camino estaba más que marcado. A los ochenta y tantos uno no pide tanto: su casa, su cama, sus cosas. Que vaya a verle su médico cuando se encuentra mal, o simplemente cuando se encuentra igual pero va pasando el tiempo y la serpiente avanza.
Y claro que los hijos harían cualquier cosa por nosotros, lo que sea para ponerle la zancadilla al destino y prorrogar lo improrrogable. Así que se sale del hospital con varias citas que seguramente cambiarán pocas cosas y la promesa de que irán verle la gente de cuidados paliativos para hacer que todo sea más fácil. El médico habla con su hijo en la puerta de la casa, antes de entrar a hacerle su visita semanal.
- Como queráis, pero ya sabes que pienso seguir viniendo y que podéis contar conmigo hasta el final
- Ya sabes como es él, no le gusta que le trate nadie que no seas tu, y sabe lo que significan los paliativos, estuvo al lado de mi tío cuando falleció y les vio visitarle mientras duró su enfermedad. Pero he hablado con el jefe de la unidad y me insiste en que esa mejor que vengan, que así estará mejor cuidado.
El médico sonríe con tristeza, ve la ironía de que la vida de su paciente parece convertirse en un trofeo en una competición de competencias, una auténtica mierda que prefiere mandar a tomar por culo, que prefiere olvidar mientras abre la puerta de la casa y entra llamando a su paciente por su nombre a voces, como ha hecho siempre.
Ella añade unos comentarios de su cosecha, percepciones que pretenden apuntalar el ánimo de su médico, como si temiese que le flaquease la autoestima, como una madre revolviéndose ante unos abusones que hubieron pretendido chulear a su niño.
El médico sonríe agradecido y se rehace. Sí, los golpes siguen doliendo, lo cual es sólo señal de que uno sigue vivo. Se incorpora en el sillón, irguiendo la espalda; cabeceando, escribe unas anotaciones breves en la historia y devuelve el informa a la paciente. Ella le pregunta por lo que tiene que hacer: no piensa tomarse nada si él no se lo dice. El médico la coge la mano en ese gesto que les ha conectado cientos de veces: tranquila, entre los dos seguro que decidimos lo mejor.
...........................................................................
Las primeras horas de essa mañana de sábado estaba siendo particularmente dura en el servicio de urgencias. Ella podía considerarse ya toda una veterana, hacía cinco años que había empezado a trabajar en ese servicio, y aunque no había hecho allí la residencia y desconocía los automatismos y todos esos pequeños intríngulis que gobiernan todos los hospitales del mundo, pronto se dio cuenta de que al fin y al cabo todo se reduce a tratar de hacer lo mejor posible tu trabajo, una vía segura para ganarse el respeto de ese microcosmos que bregaba cada día muy cerca de los cimientos del hospital.
En aquellos cinco años era ya capaz de reconocer de dónde vendrían los problemas tan sólo sabiendo quién estaba de guardia en cada uno de los puntos de urgencias de los pueblos que enviaban sus pacientes al hospital. No era tan difícil. Sus compañeros resoplaban nombrando a los firmantes de los informes que acompañaban a los pacientes, cruzando miradas desoladoras y frases interrumpidas a medias que delataban mucho más de lo que escondían.
Cuando le tocó en suerte el segundo paciente enviado por el mismo médico, cuando leyó esas sucintas cuatro líneas escritas con toda la desgana que puede dejar traslucir un papel y un bolígrafo, cuando vio a esa anciana absolutamente perdida en su marasmo de olvidos, un frágil y pequeño ser humano tendido sobre las sábanas arrugadas de la camilla, sola, con unos ojos aterrados, sintió una pena tan terrible que no fue capaz de retener en su boca los sapos y culebras que le quemaban como una mala conciencia.
..............................................................................
Había sido duro, después de una semana ingresado en el hospital, la serpiente que se escondía en el estómago tenía nombre y apellidos, se había convertido en intocable y su camino estaba más que marcado. A los ochenta y tantos uno no pide tanto: su casa, su cama, sus cosas. Que vaya a verle su médico cuando se encuentra mal, o simplemente cuando se encuentra igual pero va pasando el tiempo y la serpiente avanza.
Y claro que los hijos harían cualquier cosa por nosotros, lo que sea para ponerle la zancadilla al destino y prorrogar lo improrrogable. Así que se sale del hospital con varias citas que seguramente cambiarán pocas cosas y la promesa de que irán verle la gente de cuidados paliativos para hacer que todo sea más fácil. El médico habla con su hijo en la puerta de la casa, antes de entrar a hacerle su visita semanal.
- Como queráis, pero ya sabes que pienso seguir viniendo y que podéis contar conmigo hasta el final
- Ya sabes como es él, no le gusta que le trate nadie que no seas tu, y sabe lo que significan los paliativos, estuvo al lado de mi tío cuando falleció y les vio visitarle mientras duró su enfermedad. Pero he hablado con el jefe de la unidad y me insiste en que esa mejor que vengan, que así estará mejor cuidado.
El médico sonríe con tristeza, ve la ironía de que la vida de su paciente parece convertirse en un trofeo en una competición de competencias, una auténtica mierda que prefiere mandar a tomar por culo, que prefiere olvidar mientras abre la puerta de la casa y entra llamando a su paciente por su nombre a voces, como ha hecho siempre.
lunes, 4 de junio de 2018
Guardias de tormenta
Las guardias tormentosas no suelen ser un buen augurio. Lo saben todos los que se han echado a los lomos horas y horas de esas que acumulan miradas a las nubes de panza de burro por las ventanas de los chiringuitos de urgencias mientras esperan con ansia que descarguen por fin los chuzos de punta y todos los seres vivos se encierren en sus madrigueras hasta que suene la campanada de la vuelta a casa.
Pero las cosas se alborotan en los ambientes, en las sinapsis y en los sentimientos y tanto alboroto no suele traer nada bueno. Esto es así. Seguro que no queda nadie que haya leído estas líneas con tormentas de guardias a sus espaldas sin sonreír. Nadie.
Ese día las panzas de burro se habían reventado desde la noche antes de la guardia. Había sido una noche de truenos y golpeteo salvaje del agua contra las persianas, así que poco sueño y un despertador sin capacidad de sorprender. Llovía como si fuera el fin del mundo, formando lagos en las revueltas de las calles recién puestas cuando el médico se metía en el coche y se encaminaba hacia el centro de salud. Llovía como si ya estuvieran esperándole desayunando en el centro los cuatro jinetes del Apocalipsis. Llovía de cojones y el médico odiaba empaparse.
Así que entre unas cosas y otras aquello no empezaba bien ni auguraba nada bueno. Pero ante los malos augurios, el perro viejo encoge el lomo y se prepara para los palos. Y los palos empezaron a llover, no iban a ser menos. Las tres salas repletas de personas que resoplaban agobiados por las estrecheces de sus bronquios imitando a pilotos supersónicos con sus mascarillas vaporosas, la sala de espera como un mercado persa, aunque trescientos decibelios más ruidosa, el médico mentando en voz alta a la madre de Graham Bell y la cabeza abierta con más trayectorias que la cornada de un victorino y unos efectos especiales sanguíneos dignos de una boda Juego de Tronos estaban empeñados en demostrar que los augurios están ahí para quedarse, y sin necesidad de ser adivinos de madrugada televisiva.
Y cuando por fin la tormenta clarea ligeramente, el médico tiene tanta hambre y está tan cansado que cree que será incapaz de masticar medianamente, así que engulle y se acurruca en el sillón, que tiene casi tantos tiros pegados como él, pero que le parece una cama del Ritz. Y los párpados se cierran abandonándose en una inconsciencia maravillosa y breve. Breve y abortada por el teléfono.
"Luisa se ha tomado diecisiete Nolotiles. Está en su casa. A mi me ha llamado a la mía".
El nombre y la dirección sobrevuelan la memoria. Las guardias terminan teniendo su porción de longitudinalidad. En la historia se reflejan situaciones similares, cercanas, resueltas en los pasillos de urgencias y en las consultas de los psiquiatras con acusaciones de trastornos de la personalidad y peticiones de ayuda y de terror a la soledad.
El médico se mete en el coche jurando en arameo porque es un ser humano y la lluvia, el cansancio y la guardia le tienen hasta los mismísimos y le han diluido la empatía como si fuera de azúcar y la tormenta de café con leche. Y cuando llegan al piso tiene el contador a cero. Pero esos ojos inexpresivos y la docilidad con la que Luisa se deja hacer le impactan y remueven su conciencia de médico de pueblo, que le da una patada directamente en el culo, un baño de humildad; los dibujos infantiles colgados en las paredes le abofetean y le cuentan la historia que se había olvidado que se escondía detrás de esa desesperanza que hace sacar líquido color polo flash de fresa de la sonda nasogástrica. Y le ayuda a buscar sus zapatillas bajo la cama, le coloca con cariño el abrigo sobre los hombros antes de subirse a la ambulancia, y le ve tumbarse en la camilla con el bolso del dinero y el móvil agarrado, el tubo de plástico saliendo por la nariz y la mirada tan triste, dócil e inexpresiva que parece ya esculpida en mármol.
lunes, 28 de mayo de 2018
Adiós a la inocencia
Hacía un año de aquellos tiempos felices. Hacía un año de esas sonrisas, con la mitad de la boca derrochando ilusión y la otra mitad temblando de miedo. Un año. Ahora, en esos minutos previos a que el cansancio le venza, la residente se permite un momento de reflexión, una vistazo de moviola con una R bien grande en la esquina de la pantalla, como en los tiempos de la tele de una sola cadena.
Algunas se habían conocido en algunos de esos peregrinajes comunes que forman el via crucis particular de quienes por fin van a empezar a sentirse médicos. Firma este papel aquí, vuelve a firmar otra vez y una vez más sobre la línea de puntos y con cien mil folletos bajo el brazo, acabas de acceder al paraíso en la tierra. Eran instantes acumulativos, sensaciones que se escapaban según eran desplazadas por la siguiente, en una concatenación hermosa de emociones e inocencia que difícilmente vuelve a repetirse.
Finalmente, todos se reunieron en la bienvenida oficial, una sucesión de parrafadas que terminaban siendo una especie de presentación de la mercancía en el mercado de esclavos de Siracusa, aunque sin el divertimento de las togas. La idea de todos esos residentes mayores pregonando las bondades de sus centros y tutores, mientras éstos asisten callados, subidos a un atril expositor enfundados en sus togas romanas era indiscutiblemente hilarante, aunque a esas horas de la noche casi no le quedaran fuerzas para contraer los risorios.
Aquellos días todo era sorprendente, todo se vivía en una amalgama de nervios y camaradería que enamoraba: los primeros cursos en un salón de actos abarrotado, la palabra guardia en boca de los adjuntos de urgencias, una palabra que hacía sudar cada poro de la piel del novato de terror, el probarse los pijamas y las batas, y seguir acumulando papeles y más papeles. Luego, poco a poco, fueron llegando los paseos por la ciudad, las reuniones en las cervecerías compartiendo los miedos entre sorbos de cerveza fría, y las primeras rotaciones, el bombardeo impenitente de cursos y cursos, el pisar por primera vez los pasillos de urgencias como corderillos asustados, mirándolo todo y a todos con la excitación de lo nuevo y la convicción implacable de que no seremos capaces, aunque lo seremos, la consulta al lado de ese señor que podría ser tu padre o un hermano mayor, y que te sonríe porque recuerda como temblaba él sus primeros días y quiere que sólo tiembles los primeros diez minutos, o esa señora que no ha parado de darte consejos tan absolutamente relajada como si estuviera charlando con una amiga de toda la vida.
La residente hace un esfuerzo sobrehumano y consigue una contracción casi perfecta de ambos risorios dirigida a la negrura de la habitación y a su paz interior. Era sin duda la edad de la inocencia, y había sido muy, muy hermosa.
Por eso, por su hermosura, haberla visto ajarse poco a poco resultaba más penoso y desconsolador. Había pasado un año. Un año duro. Había habido luces y sombras, como en la vida. Había habido momentos en que parecía caminar sólo por las sombras, como si la residencia se estuviera desarrollando en un Gotham sin su Batman, ni si quiera sin un pobre Robin que llevarse a la boca. Había vivido sombras en rotaciones donde podría haber cortado con un cuchillo de mantequilla la indiferencia con la que la recibían cada mañana, donde le habían colocado en un rincón para no molestar, donde nadie conseguía recordar sus cara. Había vivido sombras en guardias donde debía soportar presiones de cinco mil newtons por metro cuadrado sobre la frágil cáscara de huevo que protege al residente de primer año, y al sentir resquebrajarse la cáscara, había intentado cegar la grieta con lágrimas, sin conseguirlo, aunque llorara ríos. Había vivido sombras con compañeros dispuestos a cualquier cosa con tal de conseguir una buena puntuación, dispuestos a vender su alma a cualquiera de los cien mil diablos que sobrevuelan cada día este mundo de la Medicina, con tal de buscar su pequeño hueco en el hall de la fama efímera del hospital, o del centro de salud, o de la frágil memoria del influencer de turno.
No es que fuera rencorosa, aunque fuera capaz de pormenorizar casi cada una de esas sombras mejor que el más detallista de los Grey, no. Es simplemente que le dolía haber perdido esa inocencia con el dolor desgarrador y duro de quien sabe que ya nunca la volverá a recuperar.
Pero no era su estilo vencerse al cansancio sin su ración de ying anti-yang. Así que decidió dedicar los últimos minutos de la consciencia, esos tan mágicos que a veces se confunden con los sueños, a recordar el incontable número de veces que había vivido en ese año en la luz más diáfana y primaveral, la de la sonrisa de los pacientes, la del adjunto que se detiene y te escucha, como si aquel día no hubiera ninguna otra cosa importante que hacer, la del compañero que te guiña un ojo en el pasillo de urgencias y te hace sonreír el tiempo justo para convertir los nubarrones de tu cabeza en cúmulos algodonosos, la de la compañera que desayuna contigo la mañana después de una vigilia de ojeras y piernas de plomo, la del tutor que te manda un mensaje al móvil la tarde antes de una presentación. Y esas luces van poco a poco mezclándose con seres absurdos y lugares imposibles en una mezcolanza de neuronas que se van apagando, permitiéndose una última sonrisa pegada a la almohada subrayando una frase dibujada en el cerebro medio dormido en colores lisérgicos: soy médica, ya ha pasado un año.
Algunas se habían conocido en algunos de esos peregrinajes comunes que forman el via crucis particular de quienes por fin van a empezar a sentirse médicos. Firma este papel aquí, vuelve a firmar otra vez y una vez más sobre la línea de puntos y con cien mil folletos bajo el brazo, acabas de acceder al paraíso en la tierra. Eran instantes acumulativos, sensaciones que se escapaban según eran desplazadas por la siguiente, en una concatenación hermosa de emociones e inocencia que difícilmente vuelve a repetirse.
Finalmente, todos se reunieron en la bienvenida oficial, una sucesión de parrafadas que terminaban siendo una especie de presentación de la mercancía en el mercado de esclavos de Siracusa, aunque sin el divertimento de las togas. La idea de todos esos residentes mayores pregonando las bondades de sus centros y tutores, mientras éstos asisten callados, subidos a un atril expositor enfundados en sus togas romanas era indiscutiblemente hilarante, aunque a esas horas de la noche casi no le quedaran fuerzas para contraer los risorios.
Aquellos días todo era sorprendente, todo se vivía en una amalgama de nervios y camaradería que enamoraba: los primeros cursos en un salón de actos abarrotado, la palabra guardia en boca de los adjuntos de urgencias, una palabra que hacía sudar cada poro de la piel del novato de terror, el probarse los pijamas y las batas, y seguir acumulando papeles y más papeles. Luego, poco a poco, fueron llegando los paseos por la ciudad, las reuniones en las cervecerías compartiendo los miedos entre sorbos de cerveza fría, y las primeras rotaciones, el bombardeo impenitente de cursos y cursos, el pisar por primera vez los pasillos de urgencias como corderillos asustados, mirándolo todo y a todos con la excitación de lo nuevo y la convicción implacable de que no seremos capaces, aunque lo seremos, la consulta al lado de ese señor que podría ser tu padre o un hermano mayor, y que te sonríe porque recuerda como temblaba él sus primeros días y quiere que sólo tiembles los primeros diez minutos, o esa señora que no ha parado de darte consejos tan absolutamente relajada como si estuviera charlando con una amiga de toda la vida.
La residente hace un esfuerzo sobrehumano y consigue una contracción casi perfecta de ambos risorios dirigida a la negrura de la habitación y a su paz interior. Era sin duda la edad de la inocencia, y había sido muy, muy hermosa.
Por eso, por su hermosura, haberla visto ajarse poco a poco resultaba más penoso y desconsolador. Había pasado un año. Un año duro. Había habido luces y sombras, como en la vida. Había habido momentos en que parecía caminar sólo por las sombras, como si la residencia se estuviera desarrollando en un Gotham sin su Batman, ni si quiera sin un pobre Robin que llevarse a la boca. Había vivido sombras en rotaciones donde podría haber cortado con un cuchillo de mantequilla la indiferencia con la que la recibían cada mañana, donde le habían colocado en un rincón para no molestar, donde nadie conseguía recordar sus cara. Había vivido sombras en guardias donde debía soportar presiones de cinco mil newtons por metro cuadrado sobre la frágil cáscara de huevo que protege al residente de primer año, y al sentir resquebrajarse la cáscara, había intentado cegar la grieta con lágrimas, sin conseguirlo, aunque llorara ríos. Había vivido sombras con compañeros dispuestos a cualquier cosa con tal de conseguir una buena puntuación, dispuestos a vender su alma a cualquiera de los cien mil diablos que sobrevuelan cada día este mundo de la Medicina, con tal de buscar su pequeño hueco en el hall de la fama efímera del hospital, o del centro de salud, o de la frágil memoria del influencer de turno.
No es que fuera rencorosa, aunque fuera capaz de pormenorizar casi cada una de esas sombras mejor que el más detallista de los Grey, no. Es simplemente que le dolía haber perdido esa inocencia con el dolor desgarrador y duro de quien sabe que ya nunca la volverá a recuperar.
Pero no era su estilo vencerse al cansancio sin su ración de ying anti-yang. Así que decidió dedicar los últimos minutos de la consciencia, esos tan mágicos que a veces se confunden con los sueños, a recordar el incontable número de veces que había vivido en ese año en la luz más diáfana y primaveral, la de la sonrisa de los pacientes, la del adjunto que se detiene y te escucha, como si aquel día no hubiera ninguna otra cosa importante que hacer, la del compañero que te guiña un ojo en el pasillo de urgencias y te hace sonreír el tiempo justo para convertir los nubarrones de tu cabeza en cúmulos algodonosos, la de la compañera que desayuna contigo la mañana después de una vigilia de ojeras y piernas de plomo, la del tutor que te manda un mensaje al móvil la tarde antes de una presentación. Y esas luces van poco a poco mezclándose con seres absurdos y lugares imposibles en una mezcolanza de neuronas que se van apagando, permitiéndose una última sonrisa pegada a la almohada subrayando una frase dibujada en el cerebro medio dormido en colores lisérgicos: soy médica, ya ha pasado un año.
lunes, 21 de mayo de 2018
Cero a la izquierda
Forrest Gump habría sido sin duda un gran médico de familia. Éste es el pensamiento con el que el médico se retira a sus cuarteles de invierno después de cerrar la jornada laboral. Sí, Forrest podría haber explicado, mientras esperaba al autobús para volver a su casa en el arcén de cualquier carretera comarcal, que la consulta de un médico de cabecera es como una gran caja de bombones. Lo que ocurre es que todos los médicos de cabecera somos glotones insaciables para el buen chocolate belga, pero aborrecemos los bombones de licor. Y cada día, cuando abrimos la caja, cuando nos disponemos a saborear el primer bocatto di cardinale, tenemos la certeza absoluta de que bajo la forma más apetitosa, tarde o temprano, aparecerá el amargo licor que nos deja mal sabor en la boca, y a veces hasta dos o tres vueltas incómodas e insomnes en la cama antes de cazar al vuelo el tren del cansancio absoluto.
Para el médico que gestionaba tales disquisiciones de vuelta a casa, el bombón de licor había esperado casi hasta el final, pero era de los agrios agrios, de los de bocanada de jugos gástricos, una delicia que conocía desde hacía años.
Identificarla en la primera ojeada a la lista de nombres provocaba en él esa ansiedad anticipatoria tan reconocible como temible. Durante un tiempo, el no verla cuando se levantaba a llamar al siguiente paciente le generaba la infantil ilusión del no presentado, una ilusión breve como el chispazo de un fósforo, porque finalmente cuando su nombre empezaba a ganar posiciones, apareció sentada con la espalda rígida, tensa, la carpeta amenazando desde el regazo, con el aire de un felino con todos sus sentidos preparados para el ataque final. El médico pronunció su nombre en un tono indistinguible del de los anteriores para cualquiera que no portara un polígrafo mental. Le cedió el paso al tiempo que le daba la bienvenida, mientras ella, prescindiendo de los trámites corteses, ocupaba la silla más alejada del médico, y comenzaba a sacar y a apilar hojas impresas de la carpeta de plástico sobre la esquina de la mesa.
- Empecemos con mi padre. - Los preámbulos no estaban hechos para una persona tan tremendamente ocupada. Por supuesto, el buen hombre no aparecía por ningún lado en la lista del día. Lo habitual de esta costumbre entre los parroquianos hacía tiempo que había dejado de molestar al médico, que se limitaba a añadir a todo aquel que fuera necesario, y a tantos otros innecesarios. El caballero era un anciano plácido y encantador, dedicado a sus huertos donde distraía sus ochenta y pico de años y hacía hambre, mientras se mantenía todo lo alejado que le dejaba su hija de la marabunta de médicos empeñados en alargarle la vida a costa de severas prohibiciones que, a su recto entender, podían meterse por donde amargan los pepinos.
- Estuvo el otro día en el cardiólogo. Le ha dicho que todo está igual, que no ha habido ningún cambio en los últimos años. Quería darle el alta pero yo le he dicho que ni hablar, que si no quería verle cada seis meses, que al menos le viera una vez al año, ¿no le parece a usted?
Pues no, al médico no le parecía. Hacía años que la visita a la capital previo electrocardiograma y análisis era un absurdo que sólo contentaba a quien le gestionaba las citas y no estaba dispuesto a darle a su padre la condicional revisable. Casi podía sentir la presión que habría experimentado el pobre cardiólogo que sugirió la osadía del adiós muy buenas. Le daba hasta pena. Así que intentó con más mano izquierda que Curro Romero aprovechar la corriente para nadar hacia la libertad con trabajos forzados en el huerto del anciano, pero como ya había ocurrido tantas veces anteriormente, se encontró con esa expresión hosca que frunce los labios al tiempo que se incomodan las gafas presbícicas sobre la punta de la nariz, y las cosas recuperaban su statu quo a golpe de no sé, pero yo creo que verle una vez al año tampoco pasa nada, y fin de la controversia.
Zanjado el asunto del progenitor, comenzaba el chaparrón propio, unos monzones como es debido, con multiplicación de síntomas cuyo único hilo conductor era que todos ellos ocurrían en el mismo ser humano y alcanzaban un siete en la escala de Richter de lo que un ser vivo es capaz de soportar. Los pobres intentos de quitar hierro por parte del médico al menos a alguna parte de ellos eran despreciados con el gesto benevolente de quien se está dirigiendo a una molestia colocada allí con el oscuro propósito de que no accediera a quienes podrían suministrar de verdad el repertorio de etiquetas que convenía a tamaños males. Las explicaciones eran desechadas por demasiado simples, las soluciones eran impropias del calado de los problemas, cualquier referencia aunque tangencial a los estragos del tiempo eran recibidas con sonrisas de desprecio y displicencia.
El bombón estaba resultando de nuevo demasiado amargo, y su sabor le reflejaba al médico el mismo fracaso que siente el mar golpeando contra las rocas del espigón, aunque solo sea con el afán del suavizar sus aristas. Al final, como le ocurre al mar cuando encuentra una pequeña grieta y se empeña en moldearla, las mínimas victorias enjugan el verbo fracaso y con eso todo el mundo se siente satisfecho. Esos doscientos cuarenta que el reconocimiento de la empresa habían puesto junto a la palabra colesterol puede que no fueran para tanto, pero ella lo traía por si había que tenerlo presente a futuro. Mientras recogía los frutos de su dominio en forma de derivación a ese reumatólogo que le había dicho que ahora no pero que quizás mañana sí, y que si ella creía que sí, que por favor volviera, aceptó perder la chica y esperar al próximo reconocimiento de empresa antes de volver a hacer ningún análisis que pusiera las grasas de su sangre al descubierto.
No abandonó su silla ni relajó la espalda hasta que obtuvo el premio de consolación para su marido, que no recordaba para cuando tenía que revisar su maltrecho tiroides pero que debía ser a no tardar, y con aquello se cerraba la feria, si es que el médico había terminado de masticar el famoso bombón con trampa de la caja de Forrest Gump, si es que había dejado de considerarse como un simple cero a la izquierda.
Y la vida continuó, como la consulta.
Para el médico que gestionaba tales disquisiciones de vuelta a casa, el bombón de licor había esperado casi hasta el final, pero era de los agrios agrios, de los de bocanada de jugos gástricos, una delicia que conocía desde hacía años.
Identificarla en la primera ojeada a la lista de nombres provocaba en él esa ansiedad anticipatoria tan reconocible como temible. Durante un tiempo, el no verla cuando se levantaba a llamar al siguiente paciente le generaba la infantil ilusión del no presentado, una ilusión breve como el chispazo de un fósforo, porque finalmente cuando su nombre empezaba a ganar posiciones, apareció sentada con la espalda rígida, tensa, la carpeta amenazando desde el regazo, con el aire de un felino con todos sus sentidos preparados para el ataque final. El médico pronunció su nombre en un tono indistinguible del de los anteriores para cualquiera que no portara un polígrafo mental. Le cedió el paso al tiempo que le daba la bienvenida, mientras ella, prescindiendo de los trámites corteses, ocupaba la silla más alejada del médico, y comenzaba a sacar y a apilar hojas impresas de la carpeta de plástico sobre la esquina de la mesa.
- Empecemos con mi padre. - Los preámbulos no estaban hechos para una persona tan tremendamente ocupada. Por supuesto, el buen hombre no aparecía por ningún lado en la lista del día. Lo habitual de esta costumbre entre los parroquianos hacía tiempo que había dejado de molestar al médico, que se limitaba a añadir a todo aquel que fuera necesario, y a tantos otros innecesarios. El caballero era un anciano plácido y encantador, dedicado a sus huertos donde distraía sus ochenta y pico de años y hacía hambre, mientras se mantenía todo lo alejado que le dejaba su hija de la marabunta de médicos empeñados en alargarle la vida a costa de severas prohibiciones que, a su recto entender, podían meterse por donde amargan los pepinos.
- Estuvo el otro día en el cardiólogo. Le ha dicho que todo está igual, que no ha habido ningún cambio en los últimos años. Quería darle el alta pero yo le he dicho que ni hablar, que si no quería verle cada seis meses, que al menos le viera una vez al año, ¿no le parece a usted?
Pues no, al médico no le parecía. Hacía años que la visita a la capital previo electrocardiograma y análisis era un absurdo que sólo contentaba a quien le gestionaba las citas y no estaba dispuesto a darle a su padre la condicional revisable. Casi podía sentir la presión que habría experimentado el pobre cardiólogo que sugirió la osadía del adiós muy buenas. Le daba hasta pena. Así que intentó con más mano izquierda que Curro Romero aprovechar la corriente para nadar hacia la libertad con trabajos forzados en el huerto del anciano, pero como ya había ocurrido tantas veces anteriormente, se encontró con esa expresión hosca que frunce los labios al tiempo que se incomodan las gafas presbícicas sobre la punta de la nariz, y las cosas recuperaban su statu quo a golpe de no sé, pero yo creo que verle una vez al año tampoco pasa nada, y fin de la controversia.
Zanjado el asunto del progenitor, comenzaba el chaparrón propio, unos monzones como es debido, con multiplicación de síntomas cuyo único hilo conductor era que todos ellos ocurrían en el mismo ser humano y alcanzaban un siete en la escala de Richter de lo que un ser vivo es capaz de soportar. Los pobres intentos de quitar hierro por parte del médico al menos a alguna parte de ellos eran despreciados con el gesto benevolente de quien se está dirigiendo a una molestia colocada allí con el oscuro propósito de que no accediera a quienes podrían suministrar de verdad el repertorio de etiquetas que convenía a tamaños males. Las explicaciones eran desechadas por demasiado simples, las soluciones eran impropias del calado de los problemas, cualquier referencia aunque tangencial a los estragos del tiempo eran recibidas con sonrisas de desprecio y displicencia.
El bombón estaba resultando de nuevo demasiado amargo, y su sabor le reflejaba al médico el mismo fracaso que siente el mar golpeando contra las rocas del espigón, aunque solo sea con el afán del suavizar sus aristas. Al final, como le ocurre al mar cuando encuentra una pequeña grieta y se empeña en moldearla, las mínimas victorias enjugan el verbo fracaso y con eso todo el mundo se siente satisfecho. Esos doscientos cuarenta que el reconocimiento de la empresa habían puesto junto a la palabra colesterol puede que no fueran para tanto, pero ella lo traía por si había que tenerlo presente a futuro. Mientras recogía los frutos de su dominio en forma de derivación a ese reumatólogo que le había dicho que ahora no pero que quizás mañana sí, y que si ella creía que sí, que por favor volviera, aceptó perder la chica y esperar al próximo reconocimiento de empresa antes de volver a hacer ningún análisis que pusiera las grasas de su sangre al descubierto.
No abandonó su silla ni relajó la espalda hasta que obtuvo el premio de consolación para su marido, que no recordaba para cuando tenía que revisar su maltrecho tiroides pero que debía ser a no tardar, y con aquello se cerraba la feria, si es que el médico había terminado de masticar el famoso bombón con trampa de la caja de Forrest Gump, si es que había dejado de considerarse como un simple cero a la izquierda.
Y la vida continuó, como la consulta.
lunes, 14 de mayo de 2018
La carretera
El médico tuerce el morro cuando se asoma a la puerta de las urgencias del Centro de Salud; el campo luce el blancor inmaculado de la nieve recién caída, como le gusta ponerse al campo en esas ocasiones, de postal de Navidad. Precioso. Otra cosa es la carretera, allí la nieve se pone el mono de faena marrón barro que pega mucho mejor con las rodaderas de los coches y los camiones que llevan desde la madrugada marchando a trabajar a la capital. En fin, nada que no haya visto cientos de veces antes, nada que no le haya hecho torcer el morro cientos de mañanas tras una guardia antes.
Son las mañanas como aquellas las que le hacen recordar los años que delata el carnet de identidad, cinco más de los que le permitirían haber dejado de pasar noches en los cuarteles de invierno, y de primavera, y de verano y de otoño. Pero la universidad es una amante caprichosa que le mete unos mordiscos a la cuenta corriente capaces de rivalizar con los gastos de un mormón trígamo sin salir perdiendo, y la posibilidad de abandonar esas sábanas duras logeadas con unas rayas azules y el acrónimo del servicio de salud, fue sólo un pensamiento tan fugaz como el polvo de estrellas incinerado en la atmósfera.
Y no, no había sido aquella una guardia especialmente mala. Había mantenido su costumbre de no acostarse nunca antes de la una, esperando al rezagado que no quiere meterse en la cama con ese no se qué que le ronda desde la mañana, aunque aquella noche no había hecho acto de presencia, una rareza. La mesilla de noche repartía su pequeño espacio entre el teléfono, los trozos de cuartilla con el bolígrafo encima pendiente del aviso nocturno, las gafas inevitables y el reloj. Siempre le había desagradado acostarse con los calcetines puestos, pero era una servidumbre inevitable para disminuir el tiempo de reacción y hay que pagar ciertos tributos. Y como cada una de aquellas noches, no había sido fácil conciliar el sueño, a pesar de unos huesos que chirriaban tanto que temía despertar a la enfermera en la habitación de al lado, a pesar de tener todo el sueño del mundo acumulado en unos párpados superiores de auténtico plomo, a pesar de sentirse verdaderamente viejo y cansado. Al final, como cada una de aquellas noches de guardia, había tenido que conformarse con un duermevela que no había dejado contento ni a sus músculos ni a su cerebro, y encima darse con un canto en los dientes porque en esa noche de perros nadie se había atrevido a aventurarse hasta el centro, y nadie había cedido a la tentación de echar mano del teléfono para interrumpir el descanso del guerrero. Una buena guardia.
Pero hasta las buenas guardias tocan los cojones, y el café tamaño Starbucks que se había metido entre pecho y espalda aún no había dado el empujón cafeínico al centro de control. Decidió echarle una mano con una ducha, algo que no solía hacer porque uno con los años se vuelve animal de costumbres y donde estuviera su ducha, y su taza del wáter, que se quitaran sucedáneos. Sólo recurría al arreón del agua fresca en el propio centro cuando se notaba pastoso, y esa semana se había hecho dura, con el tiempo horrible castigando sin piedad a los ancianos de sus pueblos, atrincherados en sus casas junto a los braseros, multiplicando las visitas, los traslados de unos pueblos a otros por las carreteras resbaladizas, los limpiaparabrisas moviéndose sin parar con cadencia de ritmos caribeños y los hocicos pegados al cristal para poder ver algo mientras conducía. Así que aquella guardia era la traca final de una semana de perros de esas en las que, sin embargo, se sentía como pez en el agua.
Duchado y repeinado, volvió a asomarse a la ventana para volver a torcer el morro. El campo seguía prístino bajo el gris plomizo y deprimente de un cielo absolutamente encapotado, pero la carretea empeoraba a marchas forzadas, cada vez más sucia, mojada y amenazante. El trayecto hasta su casa no era largo, apenas cuarenta kilómetros. Los primeros diez por esa carreterucha de doble sentido que se ponía hecha un asco cuando caían cuatro copos, y el resto, por una autovía que lo que lo que ganaba con su asfalto de penúltima generación, sus arcenes y su cartelería electrónica, lo perdía por las hordas de coches que se lanzaban desenfrenados a la capital a un kilómetro por debajo de la velocidad que detecta el radar, tan pegados unos a otros que los conductores casi empañaban con sus alientos los cristales traseros del coche que les precedía, donde un mínimo toque de freno provocaba un efecto dominó de chirridos y luces destellantes de kilómetros. La locura de todas las mañanas.
El médico iba a pasar por uno de sus pueblos antes de volver a casa. Era apenas un desvío de cuatro o cinco kilómetros, para recoger a una paciente que tenía que acudir a una cita con el cardiólogo. Se lo había comentado la mañana anterior cuando fue a visitar a su padre que se peleaba con los mocos verdes que estaban de campamento en sus bronquios de fumador de Celtas cortos. Era algo que hacia con cierta frecuencia, compensaba en parte los horrorosos horarios de los dos únicos autobuses que llevaban a la capital, en un viaje de más de una hora que te obligaba a llegar allí casi antes de que se acostaran los más trasnochadores, y prácticamente pasar el día entero haciendo tiempo para volver a casa hasta la salida del autobús de vuelta. Además conseguía compañía, una charla amena que le mantenía más despierto al volante que el mejor de los Red Bull, aunque sin darle alas, claro.
Al coche le costó algo arrancar. Era un todo terreno, casi inevitable para bregar con las nieves y esas carreteras comarcales, pero se le notaban ya los quince años que arrastraba y los trescientos mil kilómetros que le contemplaban. El médico sonrió con el ronroneo algo asmático del motor, aun tendría que dar mucha guerra, como él. Como había visto desde la ventana, la carretera estaba mal, en una mezcla peligrosa de barro, nieve y algunas placas de hielo, pero el mastodonte que conducía digería bien esas dificultades y en poco menos de quince minutos lo dejaba al ralentí ante la puerta de la paciente, que en cuanto escuchó el motor, salió apresurada y se montó dedicando los cinco primeros minutos a los agradecimientos pertinentes.
El viaje se ajustaba a los esperado, charla amable sobre el padre de la mujer, el maldito tabaco que llevaba quemándole los pulmones desde que era casi un niño y que nunca fue capaz de dejar del todo, cosillas sobre las próximas fiestas, algún cotilleo sabroso e inevitable y alguna consulta propia y familiar, como no podía ser de otra manera cuando pasas el tiempo en un sitio tan pequeño con un médico. El sueño se iba diluyendo poco a poco en los efectos de la cafeína, el agua de la ducha y la conversación de carretera. En la autovía el tráfico respondía a su calificativo de hora punta con precisión infernal, obligando al médico a redoblar precaución y atención a partes iguales. El cuerpo responde reconociendo las rutinas de forma inconsciente, lo que debería hacerlo todo más fácil, pero aquel día la carretera y sus placas de hielo no pensaban poner nada de su parte, ni tampoco que todo el mundo sacara su coche por miedo a la nevada que parecía prometer el cielo, ni que el cansancio no se hubiera retirado vencido, sólo hubiera quedado en segundo plano, pero siguiera haciendo de las suyas en los reflejos y en los sentidos.
Todo ocurrió como ocurren siempre estas cosas, de esa forma que sólo son capaces de reproducir los científicos de los atestados, cuando las ambulancias retiran de entre los hierros retorcidos, chapoteando entre el barro y la sangre, a esas dos personas que al levantarse aquella mañana, seguro que no pensaron en cuántos sueños les quedaban aún por cumplir.
(Este es mi pequeño homenaje al compañero que falleció recientemente en un accidente de tráfico junto con una paciente a la que llevaba a la capital. No es su historia, ni siquiera se si tiene el más mínimo punto de conexión con la realidad. Es solamente una historia más, que pudo pasar, o que puede que pase. Con mi más sentido pésame para ambas familias).
Son las mañanas como aquellas las que le hacen recordar los años que delata el carnet de identidad, cinco más de los que le permitirían haber dejado de pasar noches en los cuarteles de invierno, y de primavera, y de verano y de otoño. Pero la universidad es una amante caprichosa que le mete unos mordiscos a la cuenta corriente capaces de rivalizar con los gastos de un mormón trígamo sin salir perdiendo, y la posibilidad de abandonar esas sábanas duras logeadas con unas rayas azules y el acrónimo del servicio de salud, fue sólo un pensamiento tan fugaz como el polvo de estrellas incinerado en la atmósfera.
Y no, no había sido aquella una guardia especialmente mala. Había mantenido su costumbre de no acostarse nunca antes de la una, esperando al rezagado que no quiere meterse en la cama con ese no se qué que le ronda desde la mañana, aunque aquella noche no había hecho acto de presencia, una rareza. La mesilla de noche repartía su pequeño espacio entre el teléfono, los trozos de cuartilla con el bolígrafo encima pendiente del aviso nocturno, las gafas inevitables y el reloj. Siempre le había desagradado acostarse con los calcetines puestos, pero era una servidumbre inevitable para disminuir el tiempo de reacción y hay que pagar ciertos tributos. Y como cada una de aquellas noches, no había sido fácil conciliar el sueño, a pesar de unos huesos que chirriaban tanto que temía despertar a la enfermera en la habitación de al lado, a pesar de tener todo el sueño del mundo acumulado en unos párpados superiores de auténtico plomo, a pesar de sentirse verdaderamente viejo y cansado. Al final, como cada una de aquellas noches de guardia, había tenido que conformarse con un duermevela que no había dejado contento ni a sus músculos ni a su cerebro, y encima darse con un canto en los dientes porque en esa noche de perros nadie se había atrevido a aventurarse hasta el centro, y nadie había cedido a la tentación de echar mano del teléfono para interrumpir el descanso del guerrero. Una buena guardia.
Pero hasta las buenas guardias tocan los cojones, y el café tamaño Starbucks que se había metido entre pecho y espalda aún no había dado el empujón cafeínico al centro de control. Decidió echarle una mano con una ducha, algo que no solía hacer porque uno con los años se vuelve animal de costumbres y donde estuviera su ducha, y su taza del wáter, que se quitaran sucedáneos. Sólo recurría al arreón del agua fresca en el propio centro cuando se notaba pastoso, y esa semana se había hecho dura, con el tiempo horrible castigando sin piedad a los ancianos de sus pueblos, atrincherados en sus casas junto a los braseros, multiplicando las visitas, los traslados de unos pueblos a otros por las carreteras resbaladizas, los limpiaparabrisas moviéndose sin parar con cadencia de ritmos caribeños y los hocicos pegados al cristal para poder ver algo mientras conducía. Así que aquella guardia era la traca final de una semana de perros de esas en las que, sin embargo, se sentía como pez en el agua.
Duchado y repeinado, volvió a asomarse a la ventana para volver a torcer el morro. El campo seguía prístino bajo el gris plomizo y deprimente de un cielo absolutamente encapotado, pero la carretea empeoraba a marchas forzadas, cada vez más sucia, mojada y amenazante. El trayecto hasta su casa no era largo, apenas cuarenta kilómetros. Los primeros diez por esa carreterucha de doble sentido que se ponía hecha un asco cuando caían cuatro copos, y el resto, por una autovía que lo que lo que ganaba con su asfalto de penúltima generación, sus arcenes y su cartelería electrónica, lo perdía por las hordas de coches que se lanzaban desenfrenados a la capital a un kilómetro por debajo de la velocidad que detecta el radar, tan pegados unos a otros que los conductores casi empañaban con sus alientos los cristales traseros del coche que les precedía, donde un mínimo toque de freno provocaba un efecto dominó de chirridos y luces destellantes de kilómetros. La locura de todas las mañanas.
El médico iba a pasar por uno de sus pueblos antes de volver a casa. Era apenas un desvío de cuatro o cinco kilómetros, para recoger a una paciente que tenía que acudir a una cita con el cardiólogo. Se lo había comentado la mañana anterior cuando fue a visitar a su padre que se peleaba con los mocos verdes que estaban de campamento en sus bronquios de fumador de Celtas cortos. Era algo que hacia con cierta frecuencia, compensaba en parte los horrorosos horarios de los dos únicos autobuses que llevaban a la capital, en un viaje de más de una hora que te obligaba a llegar allí casi antes de que se acostaran los más trasnochadores, y prácticamente pasar el día entero haciendo tiempo para volver a casa hasta la salida del autobús de vuelta. Además conseguía compañía, una charla amena que le mantenía más despierto al volante que el mejor de los Red Bull, aunque sin darle alas, claro.
Al coche le costó algo arrancar. Era un todo terreno, casi inevitable para bregar con las nieves y esas carreteras comarcales, pero se le notaban ya los quince años que arrastraba y los trescientos mil kilómetros que le contemplaban. El médico sonrió con el ronroneo algo asmático del motor, aun tendría que dar mucha guerra, como él. Como había visto desde la ventana, la carretera estaba mal, en una mezcla peligrosa de barro, nieve y algunas placas de hielo, pero el mastodonte que conducía digería bien esas dificultades y en poco menos de quince minutos lo dejaba al ralentí ante la puerta de la paciente, que en cuanto escuchó el motor, salió apresurada y se montó dedicando los cinco primeros minutos a los agradecimientos pertinentes.
El viaje se ajustaba a los esperado, charla amable sobre el padre de la mujer, el maldito tabaco que llevaba quemándole los pulmones desde que era casi un niño y que nunca fue capaz de dejar del todo, cosillas sobre las próximas fiestas, algún cotilleo sabroso e inevitable y alguna consulta propia y familiar, como no podía ser de otra manera cuando pasas el tiempo en un sitio tan pequeño con un médico. El sueño se iba diluyendo poco a poco en los efectos de la cafeína, el agua de la ducha y la conversación de carretera. En la autovía el tráfico respondía a su calificativo de hora punta con precisión infernal, obligando al médico a redoblar precaución y atención a partes iguales. El cuerpo responde reconociendo las rutinas de forma inconsciente, lo que debería hacerlo todo más fácil, pero aquel día la carretera y sus placas de hielo no pensaban poner nada de su parte, ni tampoco que todo el mundo sacara su coche por miedo a la nevada que parecía prometer el cielo, ni que el cansancio no se hubiera retirado vencido, sólo hubiera quedado en segundo plano, pero siguiera haciendo de las suyas en los reflejos y en los sentidos.
Todo ocurrió como ocurren siempre estas cosas, de esa forma que sólo son capaces de reproducir los científicos de los atestados, cuando las ambulancias retiran de entre los hierros retorcidos, chapoteando entre el barro y la sangre, a esas dos personas que al levantarse aquella mañana, seguro que no pensaron en cuántos sueños les quedaban aún por cumplir.
(Este es mi pequeño homenaje al compañero que falleció recientemente en un accidente de tráfico junto con una paciente a la que llevaba a la capital. No es su historia, ni siquiera se si tiene el más mínimo punto de conexión con la realidad. Es solamente una historia más, que pudo pasar, o que puede que pase. Con mi más sentido pésame para ambas familias).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






