El joven médico está repantingado en el sillón con los pies encima de la mesa. Frente a él hay seis grandes monitores que escupen datos epilepticamente. Tiene cuidado de no taparse la vista de ninguno de ellos con sus zapatillas sin abrochar. Alcanza con facilidad un vaso enorme de café que reposa junto a una tarjeta de credenciales plastificada con su cara reflejando un aburrimiento infinito.
La bata que está olvidada sobre el respaldo del sillón es un signo de rebeldía, tanto o más patente que la camisa por fuera, el pelo enmarañado y la tarjeta con su nombre y apellidos haciéndole burla desde la encimera. Ese año lleva ya al menos cuatro sanciones económicas por incumplir la normativa de vestimenta e identificación de la empresa. Tampoco tiene tantos campos donde poder rebelarse: esas pequeñas inconformidades le hacen sentirse aún como un pequeño verso libre. Su abuelo nunca se puso la bata, y eso que en aquel entonces ellos sí que eran auténticos médicos.
Ha crecido leyendo sus historias, las que convirtieron a su padre en médico de cabecera, y las que le empujaron a él a seguir sus pasos. Sus aventuras como residente, sus andares por tantos pueblos hasta que por fin encontró aquellos en los que se se asentó definitivamente, las personas que conoció en todos esos años, las alegrías y las tristezas, los residentes que se hicieron mayores a su lado. Un libro de Medicina que no se estudia en ninguna facultad, pero que rezumaba Medicina auténtica, de carne y hueso.
La pantalla emite un pitido que le incorpora en su asiento paulovianamente. Con un breve toque del índice en un micro auricular en su oreja derecha se abre una ventana en uno de los monitores centrales más grandes.
- Doctor, ¡cuánto me alegro de verle!. Otra vez han empezado esos molestos ruidos en los oídos. Sí, iguales que los de la vez anterior. No, no me apetece perder la mañana en el otorrinolaringólogo más próximo. Sí, claro que llevo dos o tres noches malas. Mi marido vuelve a estar preocupado por su trabajo, llega a casa de un humor de perros y nos ladramos más que hablarnos.
Sobre la imagen comienza a encenderse una luz roja en destellos agresivos. El médico coloca una mano frente a ella mitigando la molestia.
- Sí, ya se que siempre me dice que si no duermo bien me pasan estas cosas, pero no paro de dar vueltas en la cama porque aunque no lo crea, me preocupa no escucharle roncar, ¡quien me lo iba a decir a mi! porque se lo que eso significa, pero él cerrado en banda.
A la luz se ha añadido una cigarra insoportable que convierte en un intento desagradable cualquier conversación.
- Bueno, que veo que le están regañando por dedicarme tanto tiempo. Haré lo que me dice. Aprovecharé para hacer algo de ejercicio por la tarde y cuando llegue le obligaré a hablar aunque los hagamos en lenguaje perruno. A ver si la próxima vez le llamo para decirle que ronca como un aserradero. Gracias doctor.
La pantalla vuelve a llenarse de datos entrecruzándose vertiginosamente. El joven echa un vistazo al recuadro de los pacientes que no han tomado su medicación del desayuno. No son muchos. Sabe que recibirán un aviso en sus televisores, en sus móviles, en sus relojes. Ve cómo van desapareciendo del listado, salvo un par de ellos, irreductibles que se empeñaba en llevar el control de sus vidas. son ilusiones de independencia, los embargos de la pensión por incumplimiento terminan por convencer a los más anarcas.
El pitido regresa y la conexión le devuelve la cara de un anciano con el ceño fruncido.
- A ver, doctor, por qué leches me están friendo a avisos en la tele conque no me he tomado la píldora del colesterol, si usted me dijo que tampoco era tan importante a mi edad. Ya sabe que estoy hasta las narices de tanta pastilla...
La pantalla contigua descarga datos en tiempo real de su tensión arterial, su glucemia, su colesterol y su ritmo cardiaco. También descubre el aviso chivato de que en la última semana no ha hecho su paseo de tres kilómetros diarios, y que su consumo de grasas había superado el límite establecido.
- Pero qué cojones, que era el cumpleaños de mi nieta y había una tarta casera de nata y chocolate a la que no había quien se resistiese. Sí, vale, le creo, ya se que son los algoritmos del cabronazo ese del ordenador central el que decide la medicación pero digo yo que algo tendrá que decir el que se la toma. Pero vamos, que no estoy yo como para que me peguen un palo a la pensión. Nada, nada, a empastillarse. La madre que me...
Había llegado tan tarde a la Medicina que estudiar la carrera fue casi un empeño romántico, a pesar de que su padre insistió en que apenas quedaba nada de lo que había disfrutado su abuelo. Era curioso; su abuelo empeñado siempre en que su padre y sus tíos fueran médicos de cabecera, y su padre, rendido, derrotado, pelando hasta el final porque él no siguiese su camino, simplemente porque sabía que ya no había camino que seguir. Su abuelo siempre había dicho que seríamos lo que la sociedad quisiera que fuéramos, y la sociedad había querido rendirse a las fantasías de vida eterna, aun quemando sus últimas naves de libertad.
Y los médicos de cabecera como su abuelo habían desaparecido en la generación de su padre, los últimos mohicanos que decidieron quedarse en el barco de sus consultas hasta que la gente hubo de rendirse a la comunicación a través de unas cámaras que jamás podrían cogerles la mano para tomarles el pulso de sus vidas, ni darles un pañuelo para secarse las lágrimas de esa enfermedad con desenlace fatal que es la vida.
Y cuando los últimos mohicanos rindieron sus posiciones y sus gritos desesperados dejaron de oírse porque dejaron de interesar, los médicos pasaron a ser esos seres que te contestaban a través de tu televisor o la pantalla de tu móvil, impecablemente vestidos con sus batas blancas y sus identificaciones en la solapa, que escuchaban atentos tu relato fuese al hora que fuese y te asignaban un número que se te volcaba de inmediato en tu teléfono o en el navegador de tu coche para llevarte a un lugar aséptico donde alguien pronunciaba esa clave en la que te habías convertido y tras una exploración somera, eras sometido a una serie de pruebas cuyo resultado te entregaba una máquina situada al final de un pasillo, que también expedía píldoras y folletos de instrucciones, y que hasta tenía un botón que, si optabas por pulsarlo, te brindaba la cara de un médico sonriente y embatado que te resolvía cualquier duda que se te pudiera haber planteado.
Así que esos cubículos con luz artificial, pantallas enormes y mesas con cercos de los vasos de café tatuados, eran en lo que se había convertido la Medicina de cabecera, eran los vestigios fósiles de aquella antigua Atención Primaria que habían olvidado los nietos de quienes la hicieron desaparecer, y que él conservaba en los relatos largos y cálidos que leía cada noche cuando las caras de las pantallas le concedían un respiro.
Este blog recoge historias de un médico de pueblo, suyas y de personas con las que han cruzado sus vidas. Todos los actores han sido convertidos en personajes literarios por voluntad del autor, de modo que en sus fabulaciones, aun podrían conservar rasgos identificables por los propios actores. Si así fuera, mis disculpas, y suprimiré gustoso cualquiera de las entradas si se me pidiera.
lunes, 26 de febrero de 2018
domingo, 18 de febrero de 2018
Territorio hostil
Es una cafetería llena de pijamas y batas blancas, grupúsculos en ordenado caos en mesas con cafés con leche en vasos, con islas de personas con abrigos y bufandas que les estorban en el caloruzo de calentamiento global en que se mantiene la atmósfera, pero a los que les cuesta desarroparse, como si les sirvieran de parapeto ante aquellos otros seres de blanco inmaculado.
Es hora de churros y de croissants a la plancha. Es hora de desperezarse antes de enfrentarse a las listas de nombres que parecen multiplicarse en las sillas de plástico de las salas de espera. Es hora de echar algo para el estómago, lo que no dio tiempo antes de coger el autobús de madrugada para la capital.
La llegada de los chavales casi en tromba desestabiliza la tranquilidad de la rutina matinal. Es juventud reventando en risas, conversaciones desenfadadas que no necesitan ningún recato, que despiertan envidias y recelos a partes iguales. Sí, hay vida y mucha en esos chavales que se dejaron las pestañas en los libros desde primero de la ESO y no han parado de perder horas de sueño desde entonces, de pasar exámenes como presos de guerra escapando saltando alambradas de púas, para llegar a vestir las batas que llevan remangadas, o colgadas en el hombro o debajo del brazo, pegándose a su nombre una R y un número, como si fueran antiguos Renaults.
Se ve que disfrutan de ese rato robado a horas de pacientes, de informes, de libros de Medicina, de cursos, de guardias.
Pero esa mañana hay una sutil diferencia. Hay un grupo que entabla conversación rápida y distendida con una mujer y dos hombres impecablemente vestidos, con carteras de piel descansando entre las piernas, trajes de chaqueta y corbatas, falda entallada por encima de la rodilla y sonrisa Profiden. El grupo se va haciendo mayor por absorción instantánea, extendiéndose como el chapapote hasta contaminarlo todo.
Un par o tres de ellos han ido discretamente separándose de la mancha de aceite. Casi sin darse cuenta han bajado su tono de voz, han ido buscando la protección de la barra, aislándose en su rareza. Pero no se sienten cómodos, nadie se siente cómodo cuando le parece estar en pelotas y que todo el mundo le mira. El buen rollo es lo que tiene, sabe pirarse a la francesa, sin despedirse.
Los jefes no gastan tanto dinero en entrenamiento para que se le escapen vivos dos o tres pichones. La joven del traje de chaqueta y falda de Massimo Dutti se acerca tintineando los brazaletes con toda la desenvoltura de una diosa del marketing, con el blanqueado de los dientes brillando como en un efecto de dibujos animados. El pobre intento del mini grupo para colocarse en formación tortuga está muy lejos de la precisión necesaria para evitar a una profesional del asalto a posiciones fortificadas.
- Soy Tania. - El beso en la mejilla se queda en un ademán ridículo por culpa de una mano adelantada que busca un apretón frío y que no deje lugar a dudas. La profesional encaja el golpe como le han enseñado, pero salta a la vista que no está acostumbrada y que no es buena encajadora. Calla unos segundos esperando archivar los nombres que reciba en su disco duro portátil, el que guarda debajo de ese pelo tan rubio y tan liso. Pero los nombres no llegan y el segundo golpe la deja trastabillando a ojos vista. Rocky antes del ojo del tigre.
El último silencio es tan espeso como la niebla londinense. La vendedora decide que por hoy es suficiente. Al menos lanzar el anzuelo siempre puede ser un principio. Se disculpa con una intrascendencia y vuelve a lugares más fértiles.
Los cafés se han enfriado solo un par de grados menos que el ambiente, así que los tres jóvenes los apuran un tanto asqueados y piden la cuenta a la camarera.
-Mi desayuno me lo pago yo, gracias. Si ya os han pagado las consumiciones, pues quedaros el dinero para el bote.
lunes, 12 de febrero de 2018
¡Sácame de aqui!
La residente está sentada en el despacho encerrada en su silencio. Los hombros se le hunden bajo el peso de las cuatro semanas que están a punto de concluir. Es una isla, una isla absoluta y totalmente aislada, una isla a miles de kilómetros mar adentro, alejada del tecleteo del ordenador, de las conversaciones entrecruzadas y las llamadas de móviles de sus compañeros del resto de las mesas del despacho, una especie de laboratorio de pruebas donde es difícil encontrar a alguien fuera de la veintena, los adjuntos ya no andan por allí, es la hora de los jóvenes, los residentes, afanándose ante las pantallas, rellenando evolutivos, solicitando pruebas, rematando informes de alta.
La habitación tiene ese aire de las series de abogados americanas, cachorros dejándose las pestañas, afanándose por sobresalir, por recibir una palmada condescendiente de sus maestros, que parecen caminar un palmo por encima del suelo, poseedores del aplomo que da la sabiduría y un contrato que aunque sea de mierda, les da el ansiado estatus de adjunto.
Pero ella sigue allí sola, sin teclear, sin mirar a la pantalla, sin responder a las bromas, sin escuchar los timbrazos del teléfono. Aún no lleva un año de residencia. Recuerda esos primeros tres meses en el pueblo como quien recuerda un sueño del que se despertó bruscamente, y que no consigue volver a soñar por más que lo intente cada noche al dormirse. Ha buscado lo fundamental de ese sueño en todos esos meses en el hospital, la cercanía a los pacientes, intentado crear lazos de confianza, mirarles a los ojos, cogerles la mano, sonreírles. Y ha mirado a su alrededor buscando esas señales en quienes la rodean, en la brevedad de las visitas matutinas, en las conversaciones frías con los familiares en los pasillos, en las caras asustadas que solo buscan un gesto de comprensión o de ternura.
Y en su ingenua juventud ha creído ver algunos de esos signos en éste o aquel, en esa enfermera sonriente que pellizca la cara arrugada de la abuela a la que cura cada mañana con el cariño de una nieta consentida, en el celador que ayuda a sentarse en la silla de ruedas con cuidado al anciano conectado al oxígeno y bromea con hacer un slalom gigante hasta la sala de rayos, o con el cirujano que hizo reír a todos en la habitación el día que fue a explorar una barriga y contó un chiste con todo el arte del ceceo más andaluz.
Pero son solo briznas de hierba en el desierto que está siendo para ella ese primer año. Tal vez había puesto sus expectativas a un nivel demasiado elevado. Ya le habían advertido que cada una de las rotaciones sería algo así como un melón, ya se sabe, abrirlo y comerlo, y esperar tener suficiente hambre si tienes la mala suerte de que esté pasado o sepa a pepino como para comértelo sin rechistar. A ella más bien le estaban recordando esos sobre sorpresa que comprabas de niño con toda la ilusión del mundo, para encontrarte al abrirlo con alguna decepcionante baratija que olvidabas casi al instante.
Así que ahí está, más que harta, deseando estar en cualquier otro sitio. Ella es valiente, aunque sabe que la valentía es confundida por los necios con la impertinencia, y sabe lo que significa en aquel pequeño microcosmos ganarte la etiqueta de impertinente, pero le da absolutamente igual. Ha preguntado sus dudas una y otra vez, aunque haya recibido en tantas ocasiones respuestas para niños díscolos que le parece que hubiera regresado a su colegio de monjas. Pero ella ha insistido, ha exigido razones, ha cuestionado actitudes, ha sugerido alternativas. Incluso ha tenido la osadía de sacar la cara por los médicos de cabecera cuando se les ha menospreciado en su jeta, como si ella no tuviera ya tatuado en su ADN esa Medicina. Y ha sacado las uñas cuando le han mentado a la madre del cordero aunque le haya costado alguna que otra mirada de quién es esta tía loca.
Pero su juventud tiene la carta en la manga de la constancia, y ella insiste, se busca sus mañas, vuelve a preguntar y el melón le vuele a saber al más agrio de los pepinos.
Pero ese día está al límite. Ha creado un vínculo afectivo con la paciente que visita cada mañana antes de irse para casa. Nunca tiene familiares. Le encantaría que le contase su historia, pero la mujer prefiere callar y ella respeta el silencio temiendo que esté preñado hasta las trancas de vergüenza. Advierte que sonríe cuando entra en su habitación a última hora, la llama mi doctora jovencita con todo el cariño. Ella la toma el pulso con el gesto cercano e íntimo que aprendió en esos meses de vida en el pueblo con su tutor. Lo nota irregular y débil, aunque tranquilo. Ella sólo quiere volver a su casa. Está harta de pruebas y del caldo de gallina de la cocina del hospital. En su casa tiene sus gatos y sus libros, y una ventana desde la que ve la torre de la Catedral, con eso le basta.
El médico ha decidido esperar un poco más. Aun necesita un par de resultados que confirmen su brillante diagnóstico. La residente le ha pedido que la de el alta; a la paciente, su diagnóstico le servirá de muy poco, solo una etiqueta más que no la impedirá seguir con su novela frente a la Catedral, mientras acaricia al gato en su regazo. Pero él se niega. No piensa dejarla marchar hasta que el diagnóstico sea definitivo. Es por su bien. No, no es una tiranía, es lo que los pacientes viene buscando cuando llegan a un hospital, y es lo que el hospital está obligado a darles.
La residente está en su isla de soledad, harta. Ha decidido pedir un cambio de tutor para esta rotación. No está bien visto y supone que las cosas no se le volverán fáciles si se lo conceden, pero no lo soporta ni un minuto más. Sabe que puede dar por perdida una calificación brillante, pero ella sólo quiere ser la médico que quiere ser. Nada más. Y nada menos.
Saca el móvil y escribe un mensaje: me encanta que seas mi tutor y que me hayas enseñado la forma tan bonita que tienes de entender la Medicina. Hoy no he tenido un buen día-
La habitación tiene ese aire de las series de abogados americanas, cachorros dejándose las pestañas, afanándose por sobresalir, por recibir una palmada condescendiente de sus maestros, que parecen caminar un palmo por encima del suelo, poseedores del aplomo que da la sabiduría y un contrato que aunque sea de mierda, les da el ansiado estatus de adjunto.
Pero ella sigue allí sola, sin teclear, sin mirar a la pantalla, sin responder a las bromas, sin escuchar los timbrazos del teléfono. Aún no lleva un año de residencia. Recuerda esos primeros tres meses en el pueblo como quien recuerda un sueño del que se despertó bruscamente, y que no consigue volver a soñar por más que lo intente cada noche al dormirse. Ha buscado lo fundamental de ese sueño en todos esos meses en el hospital, la cercanía a los pacientes, intentado crear lazos de confianza, mirarles a los ojos, cogerles la mano, sonreírles. Y ha mirado a su alrededor buscando esas señales en quienes la rodean, en la brevedad de las visitas matutinas, en las conversaciones frías con los familiares en los pasillos, en las caras asustadas que solo buscan un gesto de comprensión o de ternura.
Y en su ingenua juventud ha creído ver algunos de esos signos en éste o aquel, en esa enfermera sonriente que pellizca la cara arrugada de la abuela a la que cura cada mañana con el cariño de una nieta consentida, en el celador que ayuda a sentarse en la silla de ruedas con cuidado al anciano conectado al oxígeno y bromea con hacer un slalom gigante hasta la sala de rayos, o con el cirujano que hizo reír a todos en la habitación el día que fue a explorar una barriga y contó un chiste con todo el arte del ceceo más andaluz.
Pero son solo briznas de hierba en el desierto que está siendo para ella ese primer año. Tal vez había puesto sus expectativas a un nivel demasiado elevado. Ya le habían advertido que cada una de las rotaciones sería algo así como un melón, ya se sabe, abrirlo y comerlo, y esperar tener suficiente hambre si tienes la mala suerte de que esté pasado o sepa a pepino como para comértelo sin rechistar. A ella más bien le estaban recordando esos sobre sorpresa que comprabas de niño con toda la ilusión del mundo, para encontrarte al abrirlo con alguna decepcionante baratija que olvidabas casi al instante.
Así que ahí está, más que harta, deseando estar en cualquier otro sitio. Ella es valiente, aunque sabe que la valentía es confundida por los necios con la impertinencia, y sabe lo que significa en aquel pequeño microcosmos ganarte la etiqueta de impertinente, pero le da absolutamente igual. Ha preguntado sus dudas una y otra vez, aunque haya recibido en tantas ocasiones respuestas para niños díscolos que le parece que hubiera regresado a su colegio de monjas. Pero ella ha insistido, ha exigido razones, ha cuestionado actitudes, ha sugerido alternativas. Incluso ha tenido la osadía de sacar la cara por los médicos de cabecera cuando se les ha menospreciado en su jeta, como si ella no tuviera ya tatuado en su ADN esa Medicina. Y ha sacado las uñas cuando le han mentado a la madre del cordero aunque le haya costado alguna que otra mirada de quién es esta tía loca.
Pero su juventud tiene la carta en la manga de la constancia, y ella insiste, se busca sus mañas, vuelve a preguntar y el melón le vuele a saber al más agrio de los pepinos.
Pero ese día está al límite. Ha creado un vínculo afectivo con la paciente que visita cada mañana antes de irse para casa. Nunca tiene familiares. Le encantaría que le contase su historia, pero la mujer prefiere callar y ella respeta el silencio temiendo que esté preñado hasta las trancas de vergüenza. Advierte que sonríe cuando entra en su habitación a última hora, la llama mi doctora jovencita con todo el cariño. Ella la toma el pulso con el gesto cercano e íntimo que aprendió en esos meses de vida en el pueblo con su tutor. Lo nota irregular y débil, aunque tranquilo. Ella sólo quiere volver a su casa. Está harta de pruebas y del caldo de gallina de la cocina del hospital. En su casa tiene sus gatos y sus libros, y una ventana desde la que ve la torre de la Catedral, con eso le basta.
El médico ha decidido esperar un poco más. Aun necesita un par de resultados que confirmen su brillante diagnóstico. La residente le ha pedido que la de el alta; a la paciente, su diagnóstico le servirá de muy poco, solo una etiqueta más que no la impedirá seguir con su novela frente a la Catedral, mientras acaricia al gato en su regazo. Pero él se niega. No piensa dejarla marchar hasta que el diagnóstico sea definitivo. Es por su bien. No, no es una tiranía, es lo que los pacientes viene buscando cuando llegan a un hospital, y es lo que el hospital está obligado a darles.
La residente está en su isla de soledad, harta. Ha decidido pedir un cambio de tutor para esta rotación. No está bien visto y supone que las cosas no se le volverán fáciles si se lo conceden, pero no lo soporta ni un minuto más. Sabe que puede dar por perdida una calificación brillante, pero ella sólo quiere ser la médico que quiere ser. Nada más. Y nada menos.
Saca el móvil y escribe un mensaje: me encanta que seas mi tutor y que me hayas enseñado la forma tan bonita que tienes de entender la Medicina. Hoy no he tenido un buen día-
domingo, 4 de febrero de 2018
Arde el teléfono
Riiiiiiiiiinnnnng.
Es la tercera vez que la chicharra rompe ese ambiente de confidencias de mesa camilla que el médico había sabido crear en los más de diez minutos que lleva hablando con unos padres rotos por la muerte de su hija hace apenas dos meses. Es un ambiente de respeto y pena compartida, pero también de poner límites a las expectativas. Ninguna pastilla enjuagará las lágrimas ni habrá bálsamo que alivie las entrañas desgarradas de una madre que ha sobrevivido a una hija. El médico no tiene ninguna intención de negar ninguna opción, tampoco la de la droga que anestesie los sentimientos con su química facilonamente y antinatural.
Riiiiiiiiiinnnnng
Molesto, descuelga el auricular haciendo un gesto a los padres, que aceptan la interrupción con la inevitabilidad del ciclo circadiano.
- Estoy fatal, doctor. Parece que empiezo a arrancar algo más pero he pasado toda la noche en vela tosiendo. Hacía mucho que no estaba tan mala. Yo creo que no me está haciendo nada lo que me mandó usted ayer. Sí, por favor, venga después a verme, no se le olvide que estoy pasando un catarro como en mi vida.
La interrupción ha devuelto a todos a la realidad de la sala de espera llena, del tiempo y su inexorabilidad tan molesta, pero al que reconocen su capacidad para devolver cierta tolerabilidad a la vida.
Las consultas se suceden. Un par de revisiones de esas repletas de números vomitados por la impresora que amenazan con acarrear miedos y culpabilidades, y que el médico relativiza con anotaciones al margen y bromas relativas al tormento terrenal de los mazapanes y los polvorones y el purgatorio de la báscula de la consulta,
Riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng
Esta vez el estruendo coincide con la puerta abierta. Al médico le pilla de pie, a media despedida. Son sólo unos segundos para pedir que se renueve esa pastilla que llega sólo hasta esta noche, y un par de cosas más de las que avisaron en la farmacia con el final de su prescripción. Quedan garabateadas en una hoja de papel junto al teléfono que se va llenando poco a poco.
Los catarros golpean fuerte a los bronquíticos crónicos, amparados en el frío helador del invierno. Los roncus y las sibilancias espiradas por los viejos hemitórax se entremezclan en los tímpanos con el ritmo de ametralladora del dichoso aparato del infierno. Pero el médico les hace esperar, aislándolos en su mente como una urticaria molesta.
Riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng
- A mi marido le han dicho que tiene un tumor en la garganta. Estamos aquí en el hospital esperando a que le hagan un escáner. Sólo para que lo supiera. Me dicen que seguramente sea maligno. Ahora mismo no me entero de nada de lo que me cuentan. Sí, por favor, dígame lo que escriban. Mañana le llamaré para que me cuente.
Hay que tomarse unos segundos, digerir las noticias, trastear en las anotaciones del hospital, ver las citas. Hay una joven madre esperando a que le devuelva su atención. Tiene un torrente de angustia buscando la forma de salir y dejarla respirar tranquila otra vez. A su hija adolescente le acosan en el instituto. No duerme, no come, tiembla por la mañana antes de salir de casa. Ella se niega a decir que tiene una depresión, piensa que eso son cosas de modas de padres modernos. El médico la escucha con calma, dejándola hablar porque sabe que con esa marea de palabras se sentirá mejor. ¡Qué fácil es escuchar, y qué difícil! Durante unos minutos la línea parece querer dar una tregua a ambos, una oportunidad para charlar sobre salidas, o al menos, sobre caminos por andar. Sólo una segundos.
Riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnnng.
- Doctor, ¿sabe quien soy? Sí, soy yo, gracias majo. Me encuentro muy bien sí, gracias por preguntar. Sí, estoy pasando un inverno muy bueno, no como el del año pasado, con aquella neumonía tan mala. No, no tengo bajones de azúcar Sí, ya se que tengo que ir a hacerme los análisis este mes. Más delante, cuando afloje un poco el frío. Nada, hijo, solo quería que se pasara por aquí cuando acabara la consulta. Le he preparado un guiso de esos que tanto le gustan. Aquí se lo tengo preparadito para cuando pueda pasarse. Los niños todos bien, no, creciendo mucho. Mejor así.
Sobre la camilla empieza a ponerse los pantalones un joven. Mientras espera a que termine la conversación, prueba su pierna izquierda oprimida por un vendaje que sujeta el tendón de Aquiles. Parece que nota alivio y sonríe. Cuando el médico se vuelve hacia él después de colgar el teléfono, le explica que ya empezaba a sentirse harto de ir de un lado a otro como una pelota de pingpong sin que nadie hiciera mucho más que mandarle antiinflamatorios.
Riiiiiiiiiinnnnng.
El esfuerzo zen por no estampar el auricular en la pared empieza a reflejarse en la cara del médico. El cansancio se acumula y la cafeína alcanza mínimos históricos en sus venas, así que la paciencia es un lujo asiático que empieza a escasear. La hoja de recados está llena. La primera frase le sale algo seca, a su pesar. La voz al otro lado está angustiada y pide perdón, como si hubiera podido ver a través del hilo la expresión de desgaste del médico.
El relato de la joven que está sentada junto a él se ha detenido en el cuarto o quinto absurdo motivo de consulta. Los espléndidos veintitantos que luce no deberían dejar espacio para tanta sensación de enfermedad, y él no sabe muy bien como revertir tanto miedo y tan minuciosa observación de cada uno de los fenómenos de un joven cuerpo en ebullición. Así que en general suele entregarse con ella a una escucha pasiva y despreocupada, y a despedirla con afectuosas palmadas en la espalda.
Ahora ante la pausa impertinente, ella se calla respetuosa, como han hecho todos y cada uno de los sufridos espectadores de esa película en la que olvidaron poner el cartel de apaguen sus teléfonos móviles.
Cuando el médico cuelga, corta por lo sano la escucha pasiva y se pone en pie colocándose la bufanda y el abrigo, mientras explica que debe acudir sin falta a atender a un anciano que realmente le necesita. La joven se levanta amenazando con regresar con una lista aun más larga de problemas de esos de los de "como no vengo nunca", un poco mosca con ese "realmente" que el médico ha resaltado en su voz con rotulador fluorescente.
Cuando sale, se guarda a toda prisa en el bolsillo del abrigo el trozo de papel al que ya no le queda apenas espacio en blanco, lanza una última mirada al teléfono, y se detiene un segundo, como dándole una última oportunidad para despedirse. Como ocurre siempre en estos casos, el maldito chisme prefiere mantenerse en silencio por una vez.
Es la tercera vez que la chicharra rompe ese ambiente de confidencias de mesa camilla que el médico había sabido crear en los más de diez minutos que lleva hablando con unos padres rotos por la muerte de su hija hace apenas dos meses. Es un ambiente de respeto y pena compartida, pero también de poner límites a las expectativas. Ninguna pastilla enjuagará las lágrimas ni habrá bálsamo que alivie las entrañas desgarradas de una madre que ha sobrevivido a una hija. El médico no tiene ninguna intención de negar ninguna opción, tampoco la de la droga que anestesie los sentimientos con su química facilonamente y antinatural.
Riiiiiiiiiinnnnng
Molesto, descuelga el auricular haciendo un gesto a los padres, que aceptan la interrupción con la inevitabilidad del ciclo circadiano.
- Estoy fatal, doctor. Parece que empiezo a arrancar algo más pero he pasado toda la noche en vela tosiendo. Hacía mucho que no estaba tan mala. Yo creo que no me está haciendo nada lo que me mandó usted ayer. Sí, por favor, venga después a verme, no se le olvide que estoy pasando un catarro como en mi vida.
La interrupción ha devuelto a todos a la realidad de la sala de espera llena, del tiempo y su inexorabilidad tan molesta, pero al que reconocen su capacidad para devolver cierta tolerabilidad a la vida.
Las consultas se suceden. Un par de revisiones de esas repletas de números vomitados por la impresora que amenazan con acarrear miedos y culpabilidades, y que el médico relativiza con anotaciones al margen y bromas relativas al tormento terrenal de los mazapanes y los polvorones y el purgatorio de la báscula de la consulta,
Riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng
Esta vez el estruendo coincide con la puerta abierta. Al médico le pilla de pie, a media despedida. Son sólo unos segundos para pedir que se renueve esa pastilla que llega sólo hasta esta noche, y un par de cosas más de las que avisaron en la farmacia con el final de su prescripción. Quedan garabateadas en una hoja de papel junto al teléfono que se va llenando poco a poco.
Los catarros golpean fuerte a los bronquíticos crónicos, amparados en el frío helador del invierno. Los roncus y las sibilancias espiradas por los viejos hemitórax se entremezclan en los tímpanos con el ritmo de ametralladora del dichoso aparato del infierno. Pero el médico les hace esperar, aislándolos en su mente como una urticaria molesta.
Riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng
- A mi marido le han dicho que tiene un tumor en la garganta. Estamos aquí en el hospital esperando a que le hagan un escáner. Sólo para que lo supiera. Me dicen que seguramente sea maligno. Ahora mismo no me entero de nada de lo que me cuentan. Sí, por favor, dígame lo que escriban. Mañana le llamaré para que me cuente.
Hay que tomarse unos segundos, digerir las noticias, trastear en las anotaciones del hospital, ver las citas. Hay una joven madre esperando a que le devuelva su atención. Tiene un torrente de angustia buscando la forma de salir y dejarla respirar tranquila otra vez. A su hija adolescente le acosan en el instituto. No duerme, no come, tiembla por la mañana antes de salir de casa. Ella se niega a decir que tiene una depresión, piensa que eso son cosas de modas de padres modernos. El médico la escucha con calma, dejándola hablar porque sabe que con esa marea de palabras se sentirá mejor. ¡Qué fácil es escuchar, y qué difícil! Durante unos minutos la línea parece querer dar una tregua a ambos, una oportunidad para charlar sobre salidas, o al menos, sobre caminos por andar. Sólo una segundos.
Riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnng, riiiiiiiiiinnnnnng.
- Doctor, ¿sabe quien soy? Sí, soy yo, gracias majo. Me encuentro muy bien sí, gracias por preguntar. Sí, estoy pasando un inverno muy bueno, no como el del año pasado, con aquella neumonía tan mala. No, no tengo bajones de azúcar Sí, ya se que tengo que ir a hacerme los análisis este mes. Más delante, cuando afloje un poco el frío. Nada, hijo, solo quería que se pasara por aquí cuando acabara la consulta. Le he preparado un guiso de esos que tanto le gustan. Aquí se lo tengo preparadito para cuando pueda pasarse. Los niños todos bien, no, creciendo mucho. Mejor así.
Sobre la camilla empieza a ponerse los pantalones un joven. Mientras espera a que termine la conversación, prueba su pierna izquierda oprimida por un vendaje que sujeta el tendón de Aquiles. Parece que nota alivio y sonríe. Cuando el médico se vuelve hacia él después de colgar el teléfono, le explica que ya empezaba a sentirse harto de ir de un lado a otro como una pelota de pingpong sin que nadie hiciera mucho más que mandarle antiinflamatorios.
Riiiiiiiiiinnnnng.
El esfuerzo zen por no estampar el auricular en la pared empieza a reflejarse en la cara del médico. El cansancio se acumula y la cafeína alcanza mínimos históricos en sus venas, así que la paciencia es un lujo asiático que empieza a escasear. La hoja de recados está llena. La primera frase le sale algo seca, a su pesar. La voz al otro lado está angustiada y pide perdón, como si hubiera podido ver a través del hilo la expresión de desgaste del médico.
El relato de la joven que está sentada junto a él se ha detenido en el cuarto o quinto absurdo motivo de consulta. Los espléndidos veintitantos que luce no deberían dejar espacio para tanta sensación de enfermedad, y él no sabe muy bien como revertir tanto miedo y tan minuciosa observación de cada uno de los fenómenos de un joven cuerpo en ebullición. Así que en general suele entregarse con ella a una escucha pasiva y despreocupada, y a despedirla con afectuosas palmadas en la espalda.
Ahora ante la pausa impertinente, ella se calla respetuosa, como han hecho todos y cada uno de los sufridos espectadores de esa película en la que olvidaron poner el cartel de apaguen sus teléfonos móviles.
Cuando el médico cuelga, corta por lo sano la escucha pasiva y se pone en pie colocándose la bufanda y el abrigo, mientras explica que debe acudir sin falta a atender a un anciano que realmente le necesita. La joven se levanta amenazando con regresar con una lista aun más larga de problemas de esos de los de "como no vengo nunca", un poco mosca con ese "realmente" que el médico ha resaltado en su voz con rotulador fluorescente.
Cuando sale, se guarda a toda prisa en el bolsillo del abrigo el trozo de papel al que ya no le queda apenas espacio en blanco, lanza una última mirada al teléfono, y se detiene un segundo, como dándole una última oportunidad para despedirse. Como ocurre siempre en estos casos, el maldito chisme prefiere mantenerse en silencio por una vez.
lunes, 29 de enero de 2018
Ni me ha mirado
La sala de espera es ruidosa, como corresponde a una sala de espera en la que todos se conocen, una sala de espera repleta de consanguinidad, una sala de espera donde poner a prueba los parentescos más rocambolescos, una sala de espera de ¡Sálvame de Luxe! con todo tipo de cotilleos y miradas al bies. Una sala de espera de una consulta de pueblo, en definitiva.
Hay cierta tensión antes de que el médico abra la puerta. Llegó hace unos minutos de su café matutino en el bar de siempre, mientras los parroquianos más madrugadores tomaban posiciones en las sillas, mirándose unos a otros intentando adivinar quién pasará el primero, o, directamente, sin tapujos, preguntándose la hora de la cita, aún a sabiendas de que algunos mentirán más que al decir su edad, por si acaso los astros se conjuran y pueden adelantar una o dos posiciones en ese pit lane tan original de calamidades sanitarias.
El médico se asoma y da los buenos días combinados con el clásico comentario de hombre del tiempo jaleado por su público, eso cuando no ha ganado su equipo o palmado vergonzosamente el rival, que en el pueblo todo el mundo sabe de qué pie cojea y se le notan en la cara los goles de sus delanteros como si hubieran sido jazmines en el ojal, que diría Maria Dolores.
La primera parroquiana se pone en pie al oír su nombre como si la hubiera tocado el jamón en la rifa de la Virgen, y entra en la consulta regalándose una mirada por encima del hombro, que no siempre tiene una la fortuna de abrir el melón de la consulta. El médico la acompaña hasta su silla y no se sienta hasta que ella no se ha acomodado. Cruza las piernas repantigando en el sillón sin teclear ni mirar la pantalla. Ella se siente encantada de que le preste toda su atención.
- ¿En qué puede ayudarte?
- Tengo fatal la garganta doctor, un escozor tremendo y una sensación de tener algo que sobre todo por la noche no me deja pegar ojo.
No, no ha tenido fiebre y lleva más de tres semanas así, casi desde que llovió la última vez, que el invierno está resultando de lo más seco. Nota que el médico está leyendo algo en la pantalla. Apenas había notado que hubiese trasteado en el ordenador, y eso que está sentada junto a él y ve perfectamente la pantalla. Sí, ya se pasó el susto del bulto aquel que le salió en el cuello, aquel que la pincharon hace unos meses y que la tuvo sin dormir más de un mes. Bueno, a ella, a su marido, a su hijo y a su hija. Un mes de nervios de toda la familia, en la que hizo más novenas que durante los embarazos de todos sus nietos. Sí, su marido sigue algo depre, el mal tiempo no le deja ir a la huerta y es con lo poco que se entretiene. No, no le apetece ir a hacerse el TAC que la mandó el otorrino cuando aún no sabían de donde había salido aquel bulto. No tiene ganas de andar molestando a sus hijos y ella se encuentra fenomenal. Sí, ya sabe que tiene que tener algo en la boca que la haga producir saliva para que no se le queda la boca seca, y lavarse la nariz por la noche con suero para arrastrar los mocos. Claro que se toma la leche con miel y si usted me lo dice, me tomaré un paracetamol por la noche. Gracias doctor. Pues si a usted le parece pues que no me voy a hacer el Tac ese. Vale. Le daré recuerdos de su parte a mi marido y a mis hijos. Los suyos ya hechos unos mozos, ¿verdad?
Sale de la consulta parándose a repartir saludos y despedidas, con aires de ganadora de concurso de belleza, mientras a sus espaldas, el médico nombra al segundo de la lista, que estaba de pie esperando ansioso, porque si se sienta las rodillas le rechinan al levantarse y se quejan de los kilos que soportan. El médico le palmea la espalda amisto mientras se acomoda en la silla a su lado. Lleva dos días terribles, con fiebre y doliéndole hasta los pelos de la cabeza. Está como si le hubiera pasado un camión por encima. No, no se fatiga y le cuesta trabajo arrancar, que más quisiera que mover algo para que no le escociera tanto el pecho al toser. Sí, está hecho una calamidad, aunque ya empezó ayer a tomarse el Ibuprofeno ese que guarda en casa para estas emergencias.
No, no sabe cuándo le operarán de la rodilla. Ya va para año y medio que esté en la lista de espera y la garrota se ha hecho inseparable. No, su mujer no está muy bien. Tiene la cabeza cada vez más perdida, y él se encuentra cada vez más torpe, y apenas puede con ella. Ha tosido un par de veces estos días pero no ha tenido fiebre. Gracias doctor, allí estaré esperándole, cuando termine usted la consulta, no se preocupe cuando pueda. Ya sabe que a ella le hace mucha ilusión verle. Tranquilo, que yo me tomo un par de días el ibuprofeno ese con unos buenos caldos y se me pasa esta gripe. Hala, luego le veo doctor, hasta luego.
Se marcha renqueando con su garrota. Contesta con una frase hecha de las que no dicen nada pero lo cuentan todo a la pregunta por su mujer de una quinta de ella. Le viene a la cabeza la imagen de ambas en las fiestas del pueblo hace cuarenta años, tan jóvenes e inmortales.
Todas las cabezas se vuelven al médico, que esta vez ha demorado un tanto su aparición en el quicio, entretenido apuntando la visita domiciliaria pendiente y contestando una consulta breve por un teléfono que parece la centralita de El Corte Inglés. A nadie le importa que el doctor interrumpa de vez en cuando las consultas por el dichoso ring-ring, saben que cualquiera de ellos podría estar al otro lado del cable un día u otro.
La siguiente agraciada se levanta mirando el reloj con cierto fastidio. Ella intenta coger siempre la primera cita por internet, aunque tenga que esperar unos días más. Conociendo a este médico, esa es la única de la mañana que no tendrá retraso. Él la recibe con la sonrisa habitual y ella se acomoda donde la gusta, en la silla que queda más lejos, esas modernidades de la mesa contra la pared y todos en corro nunca terminaron de gustarle. A ella le encanta cuando va a las consultas del hospital, esos médicos serios, con sus batas y corbatas detrás de la mesa, como toda la vida, como tiene que ser. Claro que admite que la trata bien, pero hay algo en su interior que la empuja a la desconfianza, a pesar de que hasta ahora no ha tenido motivos, no sabe muy bien qué es, más de una vez ha tenido que reclamarle alguna pastilla para lo que la pasaba, alguna prueba, o mandarla a quien fuera capaz de poner nombre y apellidos a sus síntomas.
En fin, que vuelve a tener retortijones de tripa y ha estado durante toda la semana yendo tres o cuatro veces al wáter. No, nada raro en la caca, menudas guarrerías que pregunta el amigo, y tampoco ha perdido peso, ¡ojálá!, ya le gustaría después de una navidades. Sí, mi hija está mucho más tranquila y ya no necesita tanto que vaya a ayudarla con las niñas, a todo se acostumbra una, hasta a las separaciones más traumáticas, pero este dolorcito que se me pone a mi en la espalda debajo de la paletilla derecha no tendrá que ver con estos dolores de tripa. Sí, por fin podré ir a la excursión que organizan las mujeres a Galicia. Pensaba que le iba a hacer falta a mi hija, pero ha vuelto a su rutina normal, ya no está de baja, que menuda racha casi sin salir de su habitación, sin ganas de cocinar ni de mirar a sus hijas a la cara, que porque estaba allí yo para echarla una mano, que si no, porque el padre ni aparecer.
Y creo que tengo unas decimitas todas las tardes, nada, treinta y seis ocho, pero es que yo siempre he sido de temperatura baja. Sí, nos vamos la semana que viene, no quisiera yo ponerme mala. No, no conozco Galicia, seguro que me va a encantar, porque yo soy muy de marisco, siempre me ha gustado. Nada, nada, tendré un poco de cuidado con lo que como está semana no me vaya a poner peor y al final se chafe la excursión.
El teléfono vuelve a sonar, y la mujer se despide con un gesto de la cabeza. No tiene nada más que decir y la consulta telefónica parece que empieza a alargarse. El doctor le hace un saludo con la mano antes de salir. Ella deja la puerta entreabierta. Sentada cerca dela puerta se encuentra a una vecina.
- ¿Qué, qué te ha dicho?
- Nada, como siempre, ni me ha mirado
Hay cierta tensión antes de que el médico abra la puerta. Llegó hace unos minutos de su café matutino en el bar de siempre, mientras los parroquianos más madrugadores tomaban posiciones en las sillas, mirándose unos a otros intentando adivinar quién pasará el primero, o, directamente, sin tapujos, preguntándose la hora de la cita, aún a sabiendas de que algunos mentirán más que al decir su edad, por si acaso los astros se conjuran y pueden adelantar una o dos posiciones en ese pit lane tan original de calamidades sanitarias.
El médico se asoma y da los buenos días combinados con el clásico comentario de hombre del tiempo jaleado por su público, eso cuando no ha ganado su equipo o palmado vergonzosamente el rival, que en el pueblo todo el mundo sabe de qué pie cojea y se le notan en la cara los goles de sus delanteros como si hubieran sido jazmines en el ojal, que diría Maria Dolores.
La primera parroquiana se pone en pie al oír su nombre como si la hubiera tocado el jamón en la rifa de la Virgen, y entra en la consulta regalándose una mirada por encima del hombro, que no siempre tiene una la fortuna de abrir el melón de la consulta. El médico la acompaña hasta su silla y no se sienta hasta que ella no se ha acomodado. Cruza las piernas repantigando en el sillón sin teclear ni mirar la pantalla. Ella se siente encantada de que le preste toda su atención.
- ¿En qué puede ayudarte?
- Tengo fatal la garganta doctor, un escozor tremendo y una sensación de tener algo que sobre todo por la noche no me deja pegar ojo.
No, no ha tenido fiebre y lleva más de tres semanas así, casi desde que llovió la última vez, que el invierno está resultando de lo más seco. Nota que el médico está leyendo algo en la pantalla. Apenas había notado que hubiese trasteado en el ordenador, y eso que está sentada junto a él y ve perfectamente la pantalla. Sí, ya se pasó el susto del bulto aquel que le salió en el cuello, aquel que la pincharon hace unos meses y que la tuvo sin dormir más de un mes. Bueno, a ella, a su marido, a su hijo y a su hija. Un mes de nervios de toda la familia, en la que hizo más novenas que durante los embarazos de todos sus nietos. Sí, su marido sigue algo depre, el mal tiempo no le deja ir a la huerta y es con lo poco que se entretiene. No, no le apetece ir a hacerse el TAC que la mandó el otorrino cuando aún no sabían de donde había salido aquel bulto. No tiene ganas de andar molestando a sus hijos y ella se encuentra fenomenal. Sí, ya sabe que tiene que tener algo en la boca que la haga producir saliva para que no se le queda la boca seca, y lavarse la nariz por la noche con suero para arrastrar los mocos. Claro que se toma la leche con miel y si usted me lo dice, me tomaré un paracetamol por la noche. Gracias doctor. Pues si a usted le parece pues que no me voy a hacer el Tac ese. Vale. Le daré recuerdos de su parte a mi marido y a mis hijos. Los suyos ya hechos unos mozos, ¿verdad?
Sale de la consulta parándose a repartir saludos y despedidas, con aires de ganadora de concurso de belleza, mientras a sus espaldas, el médico nombra al segundo de la lista, que estaba de pie esperando ansioso, porque si se sienta las rodillas le rechinan al levantarse y se quejan de los kilos que soportan. El médico le palmea la espalda amisto mientras se acomoda en la silla a su lado. Lleva dos días terribles, con fiebre y doliéndole hasta los pelos de la cabeza. Está como si le hubiera pasado un camión por encima. No, no se fatiga y le cuesta trabajo arrancar, que más quisiera que mover algo para que no le escociera tanto el pecho al toser. Sí, está hecho una calamidad, aunque ya empezó ayer a tomarse el Ibuprofeno ese que guarda en casa para estas emergencias.
No, no sabe cuándo le operarán de la rodilla. Ya va para año y medio que esté en la lista de espera y la garrota se ha hecho inseparable. No, su mujer no está muy bien. Tiene la cabeza cada vez más perdida, y él se encuentra cada vez más torpe, y apenas puede con ella. Ha tosido un par de veces estos días pero no ha tenido fiebre. Gracias doctor, allí estaré esperándole, cuando termine usted la consulta, no se preocupe cuando pueda. Ya sabe que a ella le hace mucha ilusión verle. Tranquilo, que yo me tomo un par de días el ibuprofeno ese con unos buenos caldos y se me pasa esta gripe. Hala, luego le veo doctor, hasta luego.
Se marcha renqueando con su garrota. Contesta con una frase hecha de las que no dicen nada pero lo cuentan todo a la pregunta por su mujer de una quinta de ella. Le viene a la cabeza la imagen de ambas en las fiestas del pueblo hace cuarenta años, tan jóvenes e inmortales.
Todas las cabezas se vuelven al médico, que esta vez ha demorado un tanto su aparición en el quicio, entretenido apuntando la visita domiciliaria pendiente y contestando una consulta breve por un teléfono que parece la centralita de El Corte Inglés. A nadie le importa que el doctor interrumpa de vez en cuando las consultas por el dichoso ring-ring, saben que cualquiera de ellos podría estar al otro lado del cable un día u otro.
La siguiente agraciada se levanta mirando el reloj con cierto fastidio. Ella intenta coger siempre la primera cita por internet, aunque tenga que esperar unos días más. Conociendo a este médico, esa es la única de la mañana que no tendrá retraso. Él la recibe con la sonrisa habitual y ella se acomoda donde la gusta, en la silla que queda más lejos, esas modernidades de la mesa contra la pared y todos en corro nunca terminaron de gustarle. A ella le encanta cuando va a las consultas del hospital, esos médicos serios, con sus batas y corbatas detrás de la mesa, como toda la vida, como tiene que ser. Claro que admite que la trata bien, pero hay algo en su interior que la empuja a la desconfianza, a pesar de que hasta ahora no ha tenido motivos, no sabe muy bien qué es, más de una vez ha tenido que reclamarle alguna pastilla para lo que la pasaba, alguna prueba, o mandarla a quien fuera capaz de poner nombre y apellidos a sus síntomas.
En fin, que vuelve a tener retortijones de tripa y ha estado durante toda la semana yendo tres o cuatro veces al wáter. No, nada raro en la caca, menudas guarrerías que pregunta el amigo, y tampoco ha perdido peso, ¡ojálá!, ya le gustaría después de una navidades. Sí, mi hija está mucho más tranquila y ya no necesita tanto que vaya a ayudarla con las niñas, a todo se acostumbra una, hasta a las separaciones más traumáticas, pero este dolorcito que se me pone a mi en la espalda debajo de la paletilla derecha no tendrá que ver con estos dolores de tripa. Sí, por fin podré ir a la excursión que organizan las mujeres a Galicia. Pensaba que le iba a hacer falta a mi hija, pero ha vuelto a su rutina normal, ya no está de baja, que menuda racha casi sin salir de su habitación, sin ganas de cocinar ni de mirar a sus hijas a la cara, que porque estaba allí yo para echarla una mano, que si no, porque el padre ni aparecer.
Y creo que tengo unas decimitas todas las tardes, nada, treinta y seis ocho, pero es que yo siempre he sido de temperatura baja. Sí, nos vamos la semana que viene, no quisiera yo ponerme mala. No, no conozco Galicia, seguro que me va a encantar, porque yo soy muy de marisco, siempre me ha gustado. Nada, nada, tendré un poco de cuidado con lo que como está semana no me vaya a poner peor y al final se chafe la excursión.
El teléfono vuelve a sonar, y la mujer se despide con un gesto de la cabeza. No tiene nada más que decir y la consulta telefónica parece que empieza a alargarse. El doctor le hace un saludo con la mano antes de salir. Ella deja la puerta entreabierta. Sentada cerca dela puerta se encuentra a una vecina.
- ¿Qué, qué te ha dicho?
- Nada, como siempre, ni me ha mirado
lunes, 22 de enero de 2018
Quienes somos
A veces pasamos tanto tiempo entretenidos pensando en quienes queremos ser, que nos olvidamos de quienes somos.
Somos los que se toman un café en el bar del pueblo antes de empezar la consulta, con la leche bien caliente en un vaso agarrado con las dos manos para recuperar el tacto en los dedos aún a sabiendas de que nos saldrán sabañones, mientras la televisión repite una y otra vez las imágenes de los salvapatrias alternándolas con los expertos en explicarnos sus verdades para que las hagamos nuestras, soportando sin escuchar los improperios que les dedica Sebastián mientras apura su coñá de la mañana.
Somos los que se quedan mirando la pantalla del ordenador murmurando plegarias para que se decida a arrancar y no tengamos que frenar la avalancha en la puerta mientras nos desgastamos al teléfono con esos informáticos mágicos, dotados del poder de mover nuestra flechita a su antojo por la pantalla y retrasarnos media hora, mientras escuchamos en el auricular el hilo musical, cagándonos en todos los muertos de la tecnología, de Bill Gates y de su señora prima.
Somos los que hacemos un chascarrillo al ver en la sala de espera a Emilia, que como cada lunes cuando se acaba el paréntesis de su soledad y sus hijas regresan a sus vidas, vuelve a repasar su cuadro de diagnósticos, y decide que no puede pasar ni un día más siendo el blanco de tantas penas y que al menos la tendremos que dar alguna medicina nueva para alguno de esos males.
Somos los que cuelgan el teléfono soltando maldiciones gitanas a toda prisa, abrimos la puerta de la consulta de la enfermera, raptándola sin reparar en remilgos y salimos casi con lo puesto porque en la calle hay un hombre caído nadie sabe cómo ni por qué, y vaya usted saber lo que nos encontramos, y nos disculpamos a marchas forzadas con el gentío que empieza a alborotarse en la sala de espera y a renegar de su suerte, pero que ha decidido seguir allí fielmente cuando volvemos con las orejas gachas, el corazón encogido viendo al hombre acojonado en la camilla de la UVI móvil, a la que habíamos esperado con el ansia de un adolescente enamorado de la más guapa de la clase, y a quienes hizo el mismo caso cuando llegó entre sirenas, enormes maletines y uniformes amarillos.
Somos los que se están meando como si se hubieran puesto cuatro Seguriles por vena pero aguantan con disciplina tibetana por no empeorar esa hora y cuarto que nos señala con vergüenza desde la hoja de citas cada vez que vamos a pasar al siguiente paciente.
Somos los que ponen cara de indignación cuando nos cuentan que les han dado cita con el nosequeólogo para cuando su bebé recién nacido haga la Primera Comunión, y los que nos acordamos de la madre de la Pastora Imperio cuando nos dicen que algún alma caritativa les ha explicado que la culpa es de su médico por no hacerle el volante preferente.
Somos los que nos levantamos pacientemente a mirar la garganta del yerno de Fermina, que no tenía cita, pero que se ha ofrecido en traerla voluntariamente y sin ninguna intención oculta, y que lleva cuatro días medio afónico, como dice su suegra, de fumar tanto, pero es que es muy dejado, que todo es trabajar y trabajar que ya sabe usted lo que les pasa a los autónomos, y que qué raro es que esté perdiendo tanto peso, pero que seguro que usted lo apaña con un jarabito y ya si no le importa mira las recetas de mi marido que le han dicho en la farmacia que le han dado ya la última caja y se las tiene usted que renovar y no se olvide de mirar a ver si ha venido la citología que se hizo mi hija la pequeña.
Somos los que miran el reloj y piensan que esa mañana los críos tendrán que volver a quedarse casi solos en el patio del colegio porque la cosa promete y aun hay que pasarse por la residencia a ver al pobre Ramiro que tiene cuarenta de fiebre y boquea como un lucio en un pantano seco.
Somos los que sonríen cuando nos cuentan que el especialista le ha mandado unas pastillas nuevas para no se qué, pero que no se las piensa tomar hasta que nosotros se lo digamos, que somos quienes le conocemos. Y somos quienes tuercen el morro cuando nos piden que les mandemos al hospital a no se cual especialista porque su vecina estuvo y le hicieron una prueba muy rara y le mandaron una cosa buenísima que seguro que a ella también le funciona.
Somos los que se tiran al suelo en la cuneta de una carretera en invierno para vendar la herida de un chaval que llevaba prisa por llegar a la plaza y se escurrieron las ruedas de la moto en la humedad nocturna, y somos los que se restriegan las legañas intentando entender quién esta cocinando a las cuatro de la madrugada para quemarse una mano con aceite.
Somos los que soportamos estoicamente la rendida admiración que producen las anécdotas de quirófano con que entretiene los gin tónics el deslumbrante cirujano, y los que se muerden la lengua hasta sangrar cuando el listo de turno interrumpe diciendo que él sólo podría ser médico de cabecera que al fin y al cabo solo tiene que rellenar recetas y las cosas gordas mandarlas envolantadas a los que manejan el cotarro.
Sí, todos esos y muchos más somos nosotros.
A veces es tan importante lo que queremos ser, que no le damos ninguna importancia a lo que somos.
Somos los que se toman un café en el bar del pueblo antes de empezar la consulta, con la leche bien caliente en un vaso agarrado con las dos manos para recuperar el tacto en los dedos aún a sabiendas de que nos saldrán sabañones, mientras la televisión repite una y otra vez las imágenes de los salvapatrias alternándolas con los expertos en explicarnos sus verdades para que las hagamos nuestras, soportando sin escuchar los improperios que les dedica Sebastián mientras apura su coñá de la mañana.
Somos los que se quedan mirando la pantalla del ordenador murmurando plegarias para que se decida a arrancar y no tengamos que frenar la avalancha en la puerta mientras nos desgastamos al teléfono con esos informáticos mágicos, dotados del poder de mover nuestra flechita a su antojo por la pantalla y retrasarnos media hora, mientras escuchamos en el auricular el hilo musical, cagándonos en todos los muertos de la tecnología, de Bill Gates y de su señora prima.
Somos los que hacemos un chascarrillo al ver en la sala de espera a Emilia, que como cada lunes cuando se acaba el paréntesis de su soledad y sus hijas regresan a sus vidas, vuelve a repasar su cuadro de diagnósticos, y decide que no puede pasar ni un día más siendo el blanco de tantas penas y que al menos la tendremos que dar alguna medicina nueva para alguno de esos males.
Somos los que cuelgan el teléfono soltando maldiciones gitanas a toda prisa, abrimos la puerta de la consulta de la enfermera, raptándola sin reparar en remilgos y salimos casi con lo puesto porque en la calle hay un hombre caído nadie sabe cómo ni por qué, y vaya usted saber lo que nos encontramos, y nos disculpamos a marchas forzadas con el gentío que empieza a alborotarse en la sala de espera y a renegar de su suerte, pero que ha decidido seguir allí fielmente cuando volvemos con las orejas gachas, el corazón encogido viendo al hombre acojonado en la camilla de la UVI móvil, a la que habíamos esperado con el ansia de un adolescente enamorado de la más guapa de la clase, y a quienes hizo el mismo caso cuando llegó entre sirenas, enormes maletines y uniformes amarillos.
Somos los que se están meando como si se hubieran puesto cuatro Seguriles por vena pero aguantan con disciplina tibetana por no empeorar esa hora y cuarto que nos señala con vergüenza desde la hoja de citas cada vez que vamos a pasar al siguiente paciente.
Somos los que ponen cara de indignación cuando nos cuentan que les han dado cita con el nosequeólogo para cuando su bebé recién nacido haga la Primera Comunión, y los que nos acordamos de la madre de la Pastora Imperio cuando nos dicen que algún alma caritativa les ha explicado que la culpa es de su médico por no hacerle el volante preferente.
Somos los que nos levantamos pacientemente a mirar la garganta del yerno de Fermina, que no tenía cita, pero que se ha ofrecido en traerla voluntariamente y sin ninguna intención oculta, y que lleva cuatro días medio afónico, como dice su suegra, de fumar tanto, pero es que es muy dejado, que todo es trabajar y trabajar que ya sabe usted lo que les pasa a los autónomos, y que qué raro es que esté perdiendo tanto peso, pero que seguro que usted lo apaña con un jarabito y ya si no le importa mira las recetas de mi marido que le han dicho en la farmacia que le han dado ya la última caja y se las tiene usted que renovar y no se olvide de mirar a ver si ha venido la citología que se hizo mi hija la pequeña.
Somos los que miran el reloj y piensan que esa mañana los críos tendrán que volver a quedarse casi solos en el patio del colegio porque la cosa promete y aun hay que pasarse por la residencia a ver al pobre Ramiro que tiene cuarenta de fiebre y boquea como un lucio en un pantano seco.
Somos los que sonríen cuando nos cuentan que el especialista le ha mandado unas pastillas nuevas para no se qué, pero que no se las piensa tomar hasta que nosotros se lo digamos, que somos quienes le conocemos. Y somos quienes tuercen el morro cuando nos piden que les mandemos al hospital a no se cual especialista porque su vecina estuvo y le hicieron una prueba muy rara y le mandaron una cosa buenísima que seguro que a ella también le funciona.
Somos los que se tiran al suelo en la cuneta de una carretera en invierno para vendar la herida de un chaval que llevaba prisa por llegar a la plaza y se escurrieron las ruedas de la moto en la humedad nocturna, y somos los que se restriegan las legañas intentando entender quién esta cocinando a las cuatro de la madrugada para quemarse una mano con aceite.
Somos los que soportamos estoicamente la rendida admiración que producen las anécdotas de quirófano con que entretiene los gin tónics el deslumbrante cirujano, y los que se muerden la lengua hasta sangrar cuando el listo de turno interrumpe diciendo que él sólo podría ser médico de cabecera que al fin y al cabo solo tiene que rellenar recetas y las cosas gordas mandarlas envolantadas a los que manejan el cotarro.
Sí, todos esos y muchos más somos nosotros.
A veces es tan importante lo que queremos ser, que no le damos ninguna importancia a lo que somos.
lunes, 15 de enero de 2018
Carta al director
Se sienta en la mesa de su despacho, frente a la pantalla del ordenador. Coloca con cuidado el teclado mientras el cacharro suelta sus beep-beep de rigor, y hace ejercicios con los dedos, doblándolos y estirándolos como si se prepara para escribir de una sentada La Iliada.
Intenta tranquilizase: sabe que no le debe poder la indignación, porque si soltara por sus manos todo lo que tiene retenido en su boca, lo que lleva retahilando a su mujer cuando le ha querido escuchar mientras preparaba la cena y no podía escabullirse porque se quemaban las croquetas, si escribiera todo ese veneno que le corroe, seguro que ningún periódico le publicaría la carta. Además, qué narices, que él tiene muy buena prosa, que todo el mundo se lo ha dicho siempre, y hay que mantener la cabeza sobre los hombros para que nos se perjudique el estilo.
Ha sido una semana de perros. La mojada por sorpresa del domingo al volver del fútbol ya sabía él que no le traería nada bueno. Los años que no pasan en balde, aunque uno esté como un roble y se meta unos paseos por los montes entre pecho y espalda a un ritmo que pocos chavales de veinte años podrían mantener. Pero el lunes amaneció con la nariz congestionada y roja como un pimiento morrón, y una tos que retumbaba en las cavernas del pecho como la de un minero jubilado.
Su mujer le dio los restos de un jarabe con pulmones dibujados en la caja, que eso siempre da mucha confianza, y unas pastillitas de esas mágicas de paracetamol que lo mismo valen para un roto que para un costipado, nunca mejor dicho, y le mandó para el trabajo con las entrañas abrasadas por un vaso de leche a temperatura de ebullición y medio bote de La Granja San Francisco que a saber cómo le dejaría a él su azúcar, con el cuidado que tenía para no volverse diabético como su madre.
Pero al volver a casa la tos se empeñaba en martirizarle y los pulmones del cartón nunca habían parecido tan falsos e inútiles, así que decidió encaminarse a la farmacia del barrio, de paso para el súper, porque su mujer no perdía la oportunidad de encargarle algún remiendo olvidado a ultima hora. En la farmacia le tosió tres veces a la joven que atendía tras el mostrador, para demostrarle que aquello se estaba empezando a ir de madre, y respondió sí a todas sus preguntas aunque para algunas un tanto escatológicas, relacionadas con las calidades de la moquera, no había hecho observación suficientes y para otras, que hubieran requerido aparataje de medición axilar, tampoco había tenido tiempo.
Salió de allí con tres cajas diferentes que abarcaban un amplio espectro de formulaciones, porque había sobres efervescentes, cápsulas y un jarabe en cajas de vivos colores y con profusión de la palabra stop en sus envolturas, lo que ya de por sí es un plus de garantía. También se llevó el consuelo de tontos de saber que estaba así medio barrio, por no decir media ciudad, y de que las consultas y las urgencias se abarrotaban como las playas de Benidorm en verano.
La mezcla de potingues le dejó en la cama medio zombi, como si viniese de una despedida de soltero salvaje, debajo de cuatro mantas que se ponía y se quitaba al compás de los sudores y la tiriteras, con su mujer roncando como una bendita desde el otro lado del pasillo. Cuando pasó la noche de perros, la tos y el dolor de cabeza no habían decidido detenerse a pesar de tantos stop. Así que decidió perseverar en el dopaje, aunque llamó a su jefe para decirle que si salía de ésta, le invitaría al día siguiente a la salida del curro a unas cañas para celebrarlo, pero que hoy no contara con él.
Fue un día de hospital de campaña de la guerra de Secesión. Todo eran ayes, toses de perros, kleenex poblando la mesilla de noche, tazas de caldo de gallina con un chorrito de coñac abrasa-esófagos, y vasos de agua para diluir sobres, tragar píldoras y aliviar los sabores de los jarabes.
A última hora intentó pedir cita para su médico de cabecera con la aplicación del móvil. Para tecnológico él. No encontró hueco hasta el jueves. La auxiliar de la farmacia no mentía, al parecer. Se preparó para intentar sobrevivir en su particular vía crucis, aunque se reservaba en su interior la posibilidad de asaltar los servicios de urgencias si empezaba a ver una luz al final del túnel (y no en e sentido optimista, precisamente)
La visita al médico fue decepcionante. Ahí sí que llevaba datos para ser exhaustivo: temperaturas axilares horarias, calidad, color y consistencia de la mucosidad, y su evolución a lo largo del día, características de la tos y su relación con la expectoración y con su posición en la cama, zonas craneales más afectadas por el dolor de cabeza, sus inicios y sus posteriores migraciones... Pero le pareció que pasaba por encima de toda esa precisión con cierta indiferencia, la exploración no fue muy allá, abra la boca, diga aaaaa, respire profundamente con la boca abierta, cinco, seis toques con el fonendoscopio y fuera, de vuelta a la calle con una receta de paracetamol, y encima de seiscientos cincuenta, que ya ni los coches los hacían de tan poca cilindrada, y a su pregunta razonable, pausada, preocupada, sobre la necesidad de un antibiótico, una medio sonrisa despreciativa y sin abandonar el tecleteo, un no hace falta, esto es un virus, que era mejor que lo grabara en el dintel de la puerta de la consulta como en las fotos de los campos de concentración nazi, porque era la frase más repetida por todos los que habían salido de allí en la hora que había pasado esperando pacientemente a que le llegara su turno.
Así que ahora todos esos medicuchos de cabecera iban a probar la agudeza de su pluma, se iban a enterar de lo que vale un peine. La gente descubriría el por qué de la saturación de los servicios sanitarios, los pasillos repletos de las urgencias de los hospitales que saca el Fariñas en La Sexta, esos dinerales perdidos por culpa de la gente que no puede ir a trabajar y que están descabalándole las cuentas al Montoro, todo quedará de manifiesto cuando le de forma con su verbo agudo e inmisericorde. No, señores médicos de cabecera, perrillos obedientes de esos amos oscuros que os impiden recetar medicinas más caras y seguro que mejores, que lo barato sale siempre caro. No, creídos que os pensáis que tenéis la sartén por el mango porque en la farmacia ya no nos pueden dar el Clamoxyl sin vuestras recetas, y nos obligáis a ir al hospital a que nos los manden, u otros mucho más modernos de esos que solo hay que tomar una vez al día, que esos sí que acaban con todos los gérmenes, como el Fairy con la grasa. No, nunca más, señores de los paracetamoles de seiscientos cincuenta.
Ahora sí que vais a conocer mi furia.
Intenta tranquilizase: sabe que no le debe poder la indignación, porque si soltara por sus manos todo lo que tiene retenido en su boca, lo que lleva retahilando a su mujer cuando le ha querido escuchar mientras preparaba la cena y no podía escabullirse porque se quemaban las croquetas, si escribiera todo ese veneno que le corroe, seguro que ningún periódico le publicaría la carta. Además, qué narices, que él tiene muy buena prosa, que todo el mundo se lo ha dicho siempre, y hay que mantener la cabeza sobre los hombros para que nos se perjudique el estilo.
Ha sido una semana de perros. La mojada por sorpresa del domingo al volver del fútbol ya sabía él que no le traería nada bueno. Los años que no pasan en balde, aunque uno esté como un roble y se meta unos paseos por los montes entre pecho y espalda a un ritmo que pocos chavales de veinte años podrían mantener. Pero el lunes amaneció con la nariz congestionada y roja como un pimiento morrón, y una tos que retumbaba en las cavernas del pecho como la de un minero jubilado.
Su mujer le dio los restos de un jarabe con pulmones dibujados en la caja, que eso siempre da mucha confianza, y unas pastillitas de esas mágicas de paracetamol que lo mismo valen para un roto que para un costipado, nunca mejor dicho, y le mandó para el trabajo con las entrañas abrasadas por un vaso de leche a temperatura de ebullición y medio bote de La Granja San Francisco que a saber cómo le dejaría a él su azúcar, con el cuidado que tenía para no volverse diabético como su madre.
Pero al volver a casa la tos se empeñaba en martirizarle y los pulmones del cartón nunca habían parecido tan falsos e inútiles, así que decidió encaminarse a la farmacia del barrio, de paso para el súper, porque su mujer no perdía la oportunidad de encargarle algún remiendo olvidado a ultima hora. En la farmacia le tosió tres veces a la joven que atendía tras el mostrador, para demostrarle que aquello se estaba empezando a ir de madre, y respondió sí a todas sus preguntas aunque para algunas un tanto escatológicas, relacionadas con las calidades de la moquera, no había hecho observación suficientes y para otras, que hubieran requerido aparataje de medición axilar, tampoco había tenido tiempo.
Salió de allí con tres cajas diferentes que abarcaban un amplio espectro de formulaciones, porque había sobres efervescentes, cápsulas y un jarabe en cajas de vivos colores y con profusión de la palabra stop en sus envolturas, lo que ya de por sí es un plus de garantía. También se llevó el consuelo de tontos de saber que estaba así medio barrio, por no decir media ciudad, y de que las consultas y las urgencias se abarrotaban como las playas de Benidorm en verano.
La mezcla de potingues le dejó en la cama medio zombi, como si viniese de una despedida de soltero salvaje, debajo de cuatro mantas que se ponía y se quitaba al compás de los sudores y la tiriteras, con su mujer roncando como una bendita desde el otro lado del pasillo. Cuando pasó la noche de perros, la tos y el dolor de cabeza no habían decidido detenerse a pesar de tantos stop. Así que decidió perseverar en el dopaje, aunque llamó a su jefe para decirle que si salía de ésta, le invitaría al día siguiente a la salida del curro a unas cañas para celebrarlo, pero que hoy no contara con él.
Fue un día de hospital de campaña de la guerra de Secesión. Todo eran ayes, toses de perros, kleenex poblando la mesilla de noche, tazas de caldo de gallina con un chorrito de coñac abrasa-esófagos, y vasos de agua para diluir sobres, tragar píldoras y aliviar los sabores de los jarabes.
A última hora intentó pedir cita para su médico de cabecera con la aplicación del móvil. Para tecnológico él. No encontró hueco hasta el jueves. La auxiliar de la farmacia no mentía, al parecer. Se preparó para intentar sobrevivir en su particular vía crucis, aunque se reservaba en su interior la posibilidad de asaltar los servicios de urgencias si empezaba a ver una luz al final del túnel (y no en e sentido optimista, precisamente)
La visita al médico fue decepcionante. Ahí sí que llevaba datos para ser exhaustivo: temperaturas axilares horarias, calidad, color y consistencia de la mucosidad, y su evolución a lo largo del día, características de la tos y su relación con la expectoración y con su posición en la cama, zonas craneales más afectadas por el dolor de cabeza, sus inicios y sus posteriores migraciones... Pero le pareció que pasaba por encima de toda esa precisión con cierta indiferencia, la exploración no fue muy allá, abra la boca, diga aaaaa, respire profundamente con la boca abierta, cinco, seis toques con el fonendoscopio y fuera, de vuelta a la calle con una receta de paracetamol, y encima de seiscientos cincuenta, que ya ni los coches los hacían de tan poca cilindrada, y a su pregunta razonable, pausada, preocupada, sobre la necesidad de un antibiótico, una medio sonrisa despreciativa y sin abandonar el tecleteo, un no hace falta, esto es un virus, que era mejor que lo grabara en el dintel de la puerta de la consulta como en las fotos de los campos de concentración nazi, porque era la frase más repetida por todos los que habían salido de allí en la hora que había pasado esperando pacientemente a que le llegara su turno.
Así que ahora todos esos medicuchos de cabecera iban a probar la agudeza de su pluma, se iban a enterar de lo que vale un peine. La gente descubriría el por qué de la saturación de los servicios sanitarios, los pasillos repletos de las urgencias de los hospitales que saca el Fariñas en La Sexta, esos dinerales perdidos por culpa de la gente que no puede ir a trabajar y que están descabalándole las cuentas al Montoro, todo quedará de manifiesto cuando le de forma con su verbo agudo e inmisericorde. No, señores médicos de cabecera, perrillos obedientes de esos amos oscuros que os impiden recetar medicinas más caras y seguro que mejores, que lo barato sale siempre caro. No, creídos que os pensáis que tenéis la sartén por el mango porque en la farmacia ya no nos pueden dar el Clamoxyl sin vuestras recetas, y nos obligáis a ir al hospital a que nos los manden, u otros mucho más modernos de esos que solo hay que tomar una vez al día, que esos sí que acaban con todos los gérmenes, como el Fairy con la grasa. No, nunca más, señores de los paracetamoles de seiscientos cincuenta.
Ahora sí que vais a conocer mi furia.
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