lunes, 26 de marzo de 2018

Una vida nueva

A Carmen aun le parecía estar viviendo un sueño, una ejercicio onírico con esa cercanía a la realidad que provoca que, al despertar, la consciencia se niegue a aceptar lo consciente como lo real. Un batiburrillo legañoso y extraño. Pero la realidad más cruda era que en el cartel que llevaban cinco minutos contemplando, parados en la cuneta de la carretera, ponía claramente Villanueva del Conde, y que ella y Damián, su pareja desde hacía más de seis años, pestañeaban y se miraban con sonrisas bobaliconas el uno al otro, como si no pudieran creer que hubieran tenido los santos cojones de aceptar la oferta que les hicieron hacía cuatro años a la puerta del Ministerio, y como si esos cuatro años no hubiesen pasado como en un suspiro y hubiesen traído un ocupante en el asiento trasero del coche, que lloraba desgañitándose para darse a conocer desde el minuto uno entre quienes serán sus nuevos vecinos.



Cuatro años habían pasado desde aquella mañana invernal en que cogieron el metro y se bajaron en Banco de España para ir andando Recoletos abajo hasta las puertas horribles y desubicadas frente al maravilloso Prado del utilitarista Ministerio de Sanidad. Cuatro años desde que temblara ante la mesa a la que subió a pronunciar el nombre de la Unidad Docente que había elegido, y desde que, de la mano de Damián, había firmado en una sala anexa al auditorio el contrato para asumir la consulta de Villanueva del Conde al terminar la residencia.



No había sido una decisión fácil. Se la plantearon en cuanto saltó a los medios de comunicación la propuesta original y valiente de esa Comunidad Autónoma de ofrecer un contrato por ocho años a quien quisiera hacer la especialidad en sus centros de salud y hospitales, seis años ligados a unas plazas que a los enquistados en las bolsas de trabajo les parecían menos apetecibles que ir aceptando otros destinos más benevolentes que les permitieran acumular puntos para ir preparando asaltos con mejores expectativas.


Pero a Carmen y Damián, vivir en un pueblo pequeño, criar al pequeño Marcos en un lugar donde poder salir a la calle sin tener que buscar un parque diseñado por un urbanista preocupado por los niños, comprar el pan en el colmado y beber leche de vaca que no se vendiera de seis en seis tetrabrick era una opción muy apetecible. Es cierto que rompía radicalmente con ese glamour de la gran ciudad en el que habían aprendido a pasear las noches de primavera de la mano, pero también es cierto que Carmen, nieta del médico de su pueblo, aquel cuyo nombre tenía que escribir en el anverso del sobre junto al número en que se alzaba la casa familiar, si quería escribir una carta a su madre, desde que el alcalde descubrió la placa de la calle con su nombre, Carmen, que recordaba a su abuelo enjuto, con barba cana, paseando con ella de la mano por las calles del pueblo, tardando un siglo en llegar a la plaza porque se veía obligado a pararse a saludar a cada uno de los vecinos con los que se cruzaba; Carmen, que tuvo que abrazarle para que no se apurara por las lágrimas que derramó el día que entró en la Facultad de Medicina, y que fueron apenas un riachuelo comparadas con el torrente que dejó escapar ella cuando falleció apenas un par de años después de que aprobara anatomía estudiando en los atlas que él le había regalado; Carmen, siempre había soñado con ser médica de pueblo, como su abuelo.


Y lo cierto era que haber convivido los últimos años con un loco de la informática, de los que parecen llevar un teclado pegado a las yemas de los dedos, capaz de vivir en un mundo virtual repleto de oficinas virtuales en las que a los jefes les importa un bledo si al levantar la vista contemplan por la ventana Wall Street o la era del tío Julián, lo cierto era que la decisión no había podido ser más fácil.


Así que todo en la vida les había llevado a esa cuneta desde la que sonreían bobalicones ante la vieja señal de tráfico con el nombre del pueblo troquelado y un tanto raído.Y sin borrar ni un ápice de esa sonrisa, pusieron de nuevo el coche en marcha y sin necesidad de un google maps llegaron a la plaza del pueblo donde las banderas reglamentarias marcaban el Ayuntamiento, y a su sombra, el consultorio local, pequeño, con un par de ventanas y la pared enjalbegada como si quisiera dar la bienvenida a su joven doctora, como si en el bar del pueblo hubiera tocado El Gordo y los vecinos hubieran salido a la plaza con la botella de cava chorreando espuma.


Y cuando la alcaldesa en persona dejó a su marido a cargo del fuego de la cocina y después de plantarla dos besos, dar la mano a Damián y estrujar los mofletes de Marcos, les acompañó a su nueva casa, dos calles más arriba, y abrieron los ventanales y miraron las montañas, y los árboles, y el cielo, y las nubes, y los perros ladrando persiguiendo la pelota de los niños, entonces supieron que, efectivamente, allí, allí mismo, había tocado la lotería de Navidad.














lunes, 19 de marzo de 2018

El cuchillo y la soga

La llamada viene, como siempre, cuando es más bienvenida... por las narices. La sala de espera del servicio de urgencias del centro de salud a esa hora de la mañana del domingo es el mercado de la cebada con cuatro autobuses de japoneses recién desembarcados, un jodido gallinero. Los niños se acumulan como si fuera una fiesta de Navidad, con padres y abuelos intercambiando sus temores por esos mocos persistentes y esas fiebres que se ríen de los paracetamoles y los ibuprofenos con sabores a frutas.

Hay unos cuantos dolores musculares empeñados en fastidiar el domingo de descanso de honrados trabajadores, preocupados además porque sus jefes no les busquen las cosquillas al inicio de la semana, y algún que otro anciano que se pelea obstinado con los agujeros que le van apareciendo bajo su línea de flotación mientras el viejo barco sigue navegando a duras penas.

Un día más en el reino de la atención continuada. Un día cualquiera. Un médico, una residente y una enfermera. Nada del otro mundo. Gente de eso tan manido que llaman la Atención Primaria. Gente de la que pasa la consulta a la cabecera, pero transmutados con camisas amarillas vistosas de las que destacan a lo lejos y de las que presuponen habilidades. Simbología.

La voz al otro lado rezuma angustia, mucha. Reclama ayuda con esa desesperanza de quien ha gastado ya casi todas sus balas. El perro viejo del médico detecta la necesidad con esa lucecita interior que se le enciende en la zona del cerebro donde guarda la intuición. Así que se pone las pilas y como un Cristo entrando en el templo, desenfunda el látigo y pone en fuga virus y penas a ritmo frenético pero no despiadado, mientras la enfermera va preparando el hatillo extra y calentando motores con escaso sentido metafórico.

Son tiempos de Google Maps en los móviles, nada que ver con esos avisos con los que había que quedar en la puerta de la iglesia del pueblo, como si fuera una novia. El chalet tiene buena pinta exterior, lo cual es mucho decir si se comparan con esos otros que tiene las ventanas tapiadas y los goznes de las puertas arrancados.

La angustia ha llevado a madre e hija al rellano. Una noche sin dormir, gritos y amenazas. Un buen hombre en un muy mal momento.

El médico entra el primero. Ellas se apartan atemorizadas pero le siguen sin detener ni un segundo las explicaciones, los detalles puntillosos hasta el extremo.

En la cocina hay un anciano sentado junto una mesa. Sobre ella hay una soga enrollada que el hombre manipula con unas tijeras de pescado. A su lado, un cuchillo de dos palmos reposando con ese silencio elocuente de las cosas que dan mucho miedo.

El médico entra decidido. Ha visto el cuchillo y ha dudado sólo una milésima de segundo, lo coge sin titubeos y lo deja sobre la encimera, bien alejado. Las tijeras siguen en la mano del anciano, que al ver la sonrisa del médico, empieza a escupir todo el hartazgo que tiene hacia una vida empeñada en golpearle con su diabetes, con una sordera que le convierte en el ser más solitario del mundo, con la burla de no poder soportar unos aparatos que le han costado un riñón y que tiene guardados en un armario casi desde que se los hizo, con unas piernas que se revientan en úlceras una y otra vez, que le han hecho visitar todas las camillas de urgencias, y tantas camas del hospital como si llevara toda su vida veraneando en Benidorm.

Esta hasta las narices porque sólo quiere que le compren una silla de ruedas, porque cree que así al menos podrá pasear calle arriba y calle abajo de su urbanización de okupas, pero nadie quiere hacerle caso, porque todos creen saber lo que es mejor para él, le parlotean en las narices dandole razones de peso irrefutables, al menos para quien pudiera entenderlas, porque él no oye una mierda, solo ve el movimiento de los labios y los gestos inconfundibles de la negativa. Y está tan harto.

Así que está haciendo un nudo en la soga aunque sabe que no tendría fuerzas para colgarla de ningún sitio, y el médico éste parece simpático e intenta gritarle en el oído para convencerle de que todo es una tontería, la incomprensión de quienes creían que hacían lo mejor para él sin contar con él. Así que le da la soga y le reconoce que es mas sencillo tomarse una caja de aspirinas para forzarle la mano a la puta suerte. Pero sabe que tampoco lo hará, y se tumba dócilmente para que la enfermera le levante las vendas y le cure las llagas de su tortura.


El médico le pide a las mujeres que le compren la dichosa silla de ruedas. Ellas asienten aun con el susto en el cuerpo, con le cansancio de toda la noche sin dormir, con la angustia de cómo irán las cosas cuando toda esa gente de amarillo se marche con sus bártulos a las consultas de fin de semana.

El viaje de vuelta es relajado, aunque como si de un Cluedo se tratara, la imagen del cuchillo y la soga lo llenan todo. Y la sonrisa del médico, que convence a la residente de lo entretenida que es la Atención Primaria.










lunes, 12 de marzo de 2018

Derrotada

Está a punto de sonar el despertador. Siete minutos para las seis cuarenta y cinco. Da igual. Está segura de haber visto todas y cada una de las horas. ha oído el ruido tranquilo del sueño de sus padres, algún ronquido suave, sonidos de infancia que la sosiegan, pero que no consiguen hacerle dormir.

Un día más, casi todos los del último mes.

Cuando suene el despertador se levantará con su envidiable agilidad matutina, esa misma energía con que se ha levantado cada mañana para ir al colegio, a la universidad, al hospital o al centro de salud donde hizo la residencia. Ese caudal de buenas vibraciones con que se echaba al coleto el vaso de leche caliente mientras hablaba con su madre de cualquier cosa, como si el día lo hubiesen puesto ahí para que ella se lo merendase con patatas.


Había tenido una vida hermosa, sin duda. Había querido ser médica desde niña, desde que sus padres le pusieron entre sus manos un maletín de plástico rojo repleto de cachivaches con los que se pasaba el día persiguiéndoles y atormentándoles en sus enfermedades imaginarias: los peajes de no haber podido disfrutar de un compañero de juegos. Aunque ellos lo habían sido. No cabían los reproches.

El esfuerzo de esa niña brillante en todo lo que se proponía la convirtió en lo que había deseado, y sus padres la acompañaron a la puerta del Ministerio a que escogiera con el corazón en un puño, aunque ella estaba tan radiante como si acabara tomarse el Colacao de la mañana. Al salir se abrazó a ellos eufórica porque, en realidad, nunca había querido ser ninguna otra cosa que no fuera médica de cabecera y el objetivo estaba bastante más cerca.

Así que cada mañana siguió despertándose con la misma energía incontenible con la que arrollaba a todos a su paso, dejando sonar apenas dos segundos el timbre del despertador, cantando en la ducha y besando en la mejilla a su madre antes de marcharse a convertirse en lo que deseaba convertirse. y cuando aquellos cuatro años pasaron en un pestañear de horas robadas al sueño, se encontró convertida en médica de familia una mañana de uno de los mayos más hermosos que es capaz de recordar.

Y siguió arrastrando su huracán energético todas las mañanas de verano en las que se recorrió ciento y una consultas, todas diferentes y todas iguales, sintiéndose capaz de disfrutar de los breves momentos en que notaba que saltaba la chispa de conexión con esos extraños que se sentaban incómodos y fastidiados por la inesperada novedad de su presencia, y que se dejaban seducir por su sonrisa y el casi palpable deseo de ayudarles que irradiaba.


Y aunque se sentía cansada, aunque le ponía nerviosa que cada día se convirtiera en un nuevo comienzo, de resultados inciertos, aunque deseaba con una envidia malsana convertirse en la propietaria de ese cariño dependiente hacia sus médicos, por desastre que a veces le parecieran a ella, ese enlace emocional que adivinaba en muchos de los pacientes que atendía, a pesar de todo ello, no había mañana en que no saltara de la cama como si aquella hubiera sido la noche de los Reyes Magos y ella volviera a tener cinco años.


Así que cuando al fin le llegó la llamada, se sintió como la actriz a la que llama su representante para ofrecerle el papel de su vida. Y aquella mañana el despertador no sonó ni unas décimas de segundo, y la canción en la ducha fue un dueto con el mismísimo Springteen, y el Colacao estaba en su temperatura justa, y el beso a su madre le dejó una señal en la mejilla.


Cuando entró en el centro de salud, tenia tal subidón que era imposible que le afectara el desagradable recibimiento de la administrativa, que le dedicó veinte segundos y un gesto displicente de su cabeza para indicarle donde estaba el estar del personal. Tenía tanto optimismo, que no podía hacerle mella la frialdad de la directora, ni sus advertencias en relación al cupo tan conflictivo que heredaba. Era tan feliz, que los dos o tres holas insulsos que recabó entre la mitad de sus compañeros y las miradas indiferentes de la otra mitad eran como los copos de nieve que aparecen la tarde de un día lluvioso, no tenían ninguna posibilidad de cuajar.

Lo que ocurre es que aquel era sólo el inicio de la nevada, y ya apenas pararía de nevar en las siguientes semanas, ni en los siguientes meses. Era muy  difícil no percibir la soledad en la que vivían todas aquellas personas, y era muy difícil que ella fuera capaz de asaltarla. Y lo intentó, desde luego que lo intentó. Lo intentó con sonrisas, con cafés, con propuestas. Pero es una tarea inmensa conseguir que alguien se de cuenta de que está solo, sobre todo cuando no le importa estarlo. y en ese malecón de soledad se encontró resistiendo los golpes. Porque en la consulta comenzó a encajar golpes como el primero de los Rockys, echándose a los riñones cuarenta y cinco o cincuenta uppercuts, algunos directos al hígado, capaces de cortarla el resuello para el resto del día.

Y aunque, como el bueno de Balboa, volvía a despertarse cada mañana con las pilas suficientes para subir los escalones del Museo de Arte de Filadelfia mientras suena el Gonna Fly Now, sentía que cada vez se consumía antes esa ilusión. Y en medio de aquel marasmo, era incapaz de encontrar esas conexiones que había anhelado, se le escapaban esos momentos únicos en la consulta, sustituidos por demandas sin sentido, quejas absurdas, frialdad y desconfianza. Y cuando intentaba encontrar refugio en ese mantra que había creído con la fe de la inocencia, el del equipo que unido se lanza contra todas las dificultades, tampoco era capaz de encontrar a su alrededor nada que pudiera remotamente asemejar siquiera la sombra de un equipo.


Y así, las horas empezaron a hacerle compañía durante las noches, y el insomnio se fue comiendo la energía de la mañana como si de un Apocalipsis se tratara y en el coche de vuelta a casa empezaron a aparecer las lágrimas, de rabia, de pena y de impotencia, todas mezcladas, que es peor.


Y el día en que ese sujeto al que la droga había dejado pocas neuronas sin achicharrar se marchó con su frustración dando un portazo de la consulta, pero escupiendo antes un asqueroso cualquier día te va a pasar algo, las lágrimas ya no la abandonaron. Aguantó el tipo como pudo y empapó el volante, el hombro de su madre, dos cajas de Kleenex y la almohada. Y las horas, todas, la acompañaron borrosas.

Y cuando sonó el despertador, por primera vez en su vida, se quedó en la cama, como Rocky en la lona del ring, derrotada, hundida, y sin querer saber si queda alguna esperanza.


















lunes, 5 de marzo de 2018

Un mono con un boli

La carretera asusta un poco. El agua nieve empieza a acumularse y el limpia ha cogido cadencia monótona. El coche es grande y pesado; los todo terreno tarde o temprano terminan por aparecer en la vida de los médicos de pueblo. En la radio parlotean los tertulianos matutinos, cada uno defendiendo sus verdades absolutas, como si a alguien le importaran lo más mínimo. Para el médico es tan sólo cuestión de compañía.

El trayecto es lo más parecido a conducir con el piloto automático que existe, aunque el viento y las ráfagas de lluvia hoy le están obligando a un mayor esfuerzo de atención. Sabe que debería ser así cada día, pero también sabe que la realidad es otra y que las rutinas siempre llevan las de ganar.

Cuando llega al pueblo aún no han abierto el bar. Se baja del coche y se refugia de la lluvia bajo un tejadillo. El frío es cortante y las gotas tienden a mutar en copos cuando les da la gana. Escucha los ruidos que hace el dueño del bar subiendo los cierres metálicos. Intercambian bromas, apresurándose por buscar la calidez del interior y del café con leche ardiendo que le espera en la barra. En los siguientes diez minutos empiezan a llegar los parroquianos habituales. El medico saluda a cada uno de ellos por su nombre. Cuando está terminando el café, con la garganta ya definitivamente escaldada, se acerca con timidez una mujer joven. Se le nota en la cara que preferiría que la estuviesen arrancando una muela, y se disculpa unas trescientas veces antes de contarle que se ha preocupado mucho al tomarle la tensión a su vecina porque tenía trece diez. ¿Sabes quién te digo? Por supuesto, la recién operada del corazón. Pero, ¿ella se siente bien? Perfectamente. ¿Sólo se la has tomado una vez? Solo. Pues vuelve, tomásela otra vez y me llamas a la consulta.

Apura el café y se despide de todos mientras se sube el cuello del abrigo hasta dejar expuestos a las ráfagas de escarcha helada sólo los ojos, y cruza a la consulta. En la puerta está esperando una anciana con el pelo recién teñido de un color bronce indefinido que le sonríe mostrándole más huecos que dientes. Se seca los ojos glaucomatosos sonriendo desde su vanidad de casi cien años ante el chascarrillo del médico, que siempre se reserva para ella la palabra guapa. No tiene cita, pero sabe que los años le conceden un pase vip a la hora de entrar a la consulta. Se cayó la pasada noche, se enredó en las sábanas al buscar el orinal que guarda bajo la cama para no adentrarse en el frío del pasillo. Le duelen las costillas y se quedó helada un buen rato tirada sobre la alfombra, con miedo por haberse roto cualquier cosa. No llevaba el botón de la alarma encima, no le gusta dormir con nada al cuello, así que lo deja en la cabecera de la cama.

Cuando por fin sale de la consulta, la sala de espera se ha llenado como si fuera la playa de Benidorm. El médico acompaña hasta la puerta del consultorio a la anciana, recordándola que se ponga la manta eléctrica y se deje al cuello colgada la alarma. Ella le da dos besos mientras se marcha con su garrota y la bolsa del pan, aprovechando que ha dejado de llover.

La consulta empieza a adquirir su ritmo de crucero. La rodilla de Juan vuelve a darle guerra. Se tumba en la camilla dejando al descubierto las canillas alopécicas rematadas por algo que recuerda vagamente una rodilla. El médico se deja los riñones mientras pega tiras de tensoplast que recorta con unas tijeras de pelar pescado. Los dos se ríen del material, pero el resultado convence a Juan que piensa que por ahora se ha ahorrado la infiltración que traía en mente. Y las olivas esperan.

El teléfono interrumpe dos o tres auscultaciones limpias y algunas faringes protestando por el intenso frío como les gusta protestar a ellas, vistiéndose de color frambuesa. El enfermero entra un par de veces despistado preguntando si ha avisado al médico de que hay tres sintrones esperando. Desde su sillón le sonríe y bromea con que entre los dos no consiguen sacar una memoria completa. Entre consultas, la impresora va escupiendo las pautas anticoaguladoras que esperan ansiosos fibrilantes y valvulópatas, para poder regresar a sus quehaceres.

En la sala han coincidido un par de integrantes del grupo tormenta perfecta. Es la denominación que el médico reserva a una serie de pacientes cuya coincidencia temporal hundirían el barco del mismísimo capitán George Clooney, con toda la tripulación dentro. Ambas le miran con ansiedad en los ojos, como si tuvieran la necesidad de oír sus nombres cantados por los niños de San Ildefonso. Casi puede oírse su desilusión cuando van pasando otros pacientes delante de ellas. La llamada telefónica a la inspectora se alarga más de la cuenta, la trama burocrática es densa y pastosa como el dulce de leche, y al médico le produce los mismos ardores, pero al colgar, la embarazada se marcha con una mano sujetando su enorme barriga y la sonrisa de agradecimiento dando aún más luminosidad a su cara.

La primera de las integrantes de la tormenta perfecta entra manejando su inseparable silla de ruedas. Los papeles se amontonan sobre la mesa, con sesudos comentarios de mentes preclaras que solo le han visto un par de veces. Uno de ellos le ha puesto en la mano un volante para la unidad del dolor; viene a ser algo así como dar un teléfono falso a un chico que te ha pedido una cita. Otro le ha dicho la frase del siglo: para tus dolores, el experto es tu médico de cabecera. Ella se lo cuenta entre ofendida y extrañada, pero él asiente reflexivamente, como siempre que ve cerrarse los círculos, y después de tantos años, su consulta es una jodida fábrica de cerrar círculos. Cuando al fin abre la puerta de la consulta, se marcha con el efecto balsámico de la escucha, que a veces es más intenso que media ampolla de Dolantina, y dejando tras de sí el barco de la consulta a medio naufragar.

En el medio folio garabateado que mantiene a su derecha el médico, ya hay tres nombres escritos cuyos bronquios se empeñaba en cerrase en banda en este invierno criminal. Han sido anotados sin el más mínimo reproche, justo al lado de la ambulancia que hace falta activar para trasladar a un anciano a su revisión en el hospital y las cuatro o cinco medicinas con las que hay que alimentar otras tantas tarjetas electrónicas.


La pantalla va vaciándose de nombres a un ritmo descompasado con las personas que siguen llenando la sala de espera. Explicar los métodos anticonceptivos a una joven púber lleva su tiempo, aunque parece que la decisión estaba tomada quizás entre ella y el amigo Google. Una adolescente comienza su visita con la frase que abre las puertas del infierno: ya sabes que como no vengo nunca, luego traigo muchas cosas juntas. La gran mayoría de las cosas que trae son, en realidad, la vida que lleva a cuestas y que le gustaría descargar, aunque fuera parcialmente en los hombros de alguien. El médico la deja que descargue lo que quiera, pero no se va a ir más cargada con pastillas o con pruebas, aunque el esfuerzo de hacerlo comprensible desgaste más que la rendición. Cuando se levanta de la silla parece irse satisfecha, aunque se fue como entró, y dejó la consulta definitivamente hundida.

Aún queda alguna sorpresa entre los iluminados, que es como llama el médico a quienes sentían el deseo irrefrenable de verle, un deseo en el que se consumían durante la hora u hora y media de retraso que ha ido acumulando la famosa agenda: la preocupación por la sangre que ha visto en el wáter un caballero en sus horas más bajas, que sale de la consulta con una fisura descubierta y una exploración que ninguno de los implicados hubiera querido, el extraño dolor abdominal de una niña que se quedará sin ir a la excursión al zoo de su clase, y al que darán unas horas para que termine por definirse u opte por desaparecer, y un par de fiebres intrascendentes para todos menos para los jefes de sus porteadores que no son felices sin ver la firma del médico, como si fueran fans en busca de autógrafos.


Al menos no llueve cuando aparca el todo terreno ante las casas donde le esperan ansiosos, temerosos de que se hubiera olvidado o no hubiera tenido tiempo, aunque no haya ocurrido nunca, al menos si una llamada de teléfono. Pero ya se sabe, el miedo es libérrimo. Nunca cierra la puerta del coche. Sortea los ladridos de los perros y si se tomara todo lo que le ofrecen, llegaría a su casa de noche y con la tripa llena a reventar.

Cuando retoma la carretera, entran de nuevo los automatismos, las miradas a los campos de cereal, a los olivos. Se nota cansado, son los años, se dice. Un mono con un boli, piensan que esto podría hacerlo un mono con un boli. Y sonríe, como si le importara lo que pensasen.










lunes, 26 de febrero de 2018

Tiempos modernos

El joven médico está repantingado en el sillón con los pies encima de la mesa. Frente a él hay seis grandes monitores que escupen datos epilepticamente. Tiene cuidado de no taparse la vista de ninguno de ellos con sus zapatillas sin abrochar. Alcanza con facilidad un vaso enorme de café que reposa junto a una tarjeta de credenciales plastificada con su cara reflejando un aburrimiento infinito.

La bata que está olvidada sobre el respaldo del sillón es un signo de rebeldía, tanto o más patente que la camisa por fuera, el pelo enmarañado y la tarjeta con su nombre y apellidos haciéndole burla desde la encimera. Ese año lleva ya al menos cuatro sanciones económicas por incumplir la normativa de vestimenta e identificación de la empresa. Tampoco tiene tantos campos donde poder rebelarse: esas pequeñas inconformidades le hacen sentirse aún como un pequeño verso libre. Su abuelo nunca se puso la bata, y eso que en aquel entonces ellos sí que eran auténticos médicos.

Ha crecido leyendo sus historias, las que convirtieron a su padre en médico de cabecera, y las que le empujaron a él a seguir sus pasos. Sus aventuras como residente, sus andares por tantos pueblos hasta que por fin encontró aquellos en los que se se asentó definitivamente, las personas que conoció en todos esos años, las alegrías y las tristezas, los residentes que se hicieron mayores a su lado. Un libro de Medicina que no se estudia en ninguna facultad, pero que rezumaba Medicina auténtica, de carne y hueso.


La pantalla emite un pitido que le incorpora en su asiento paulovianamente. Con un breve toque del índice en un micro auricular en su oreja derecha se abre una ventana en uno de los monitores centrales más grandes.

- Doctor, ¡cuánto me alegro de verle!. Otra vez han empezado esos molestos ruidos en los oídos. Sí, iguales que los de la vez anterior. No, no me apetece perder la mañana en el otorrinolaringólogo más próximo. Sí, claro que llevo dos o tres noches malas. Mi marido vuelve a estar preocupado por su trabajo, llega a casa de un humor de perros y nos ladramos más que hablarnos. 

Sobre la imagen comienza a encenderse una luz roja en destellos agresivos. El médico coloca una mano frente a ella mitigando la molestia.

- Sí, ya se que siempre me dice que si no duermo bien me pasan estas cosas, pero no paro de dar vueltas en la cama porque aunque no lo crea, me preocupa no escucharle roncar, ¡quien me lo iba a decir a mi! porque se lo que eso significa, pero él cerrado en banda.

A la luz se ha añadido una cigarra insoportable que convierte en un intento desagradable cualquier conversación.

- Bueno, que veo que le están regañando por dedicarme tanto tiempo. Haré lo que me dice. Aprovecharé para hacer algo de ejercicio por la tarde y cuando llegue le obligaré a hablar aunque los hagamos en lenguaje perruno. A ver si la próxima vez le llamo para decirle que ronca como un aserradero. Gracias doctor.

La pantalla vuelve a llenarse de datos entrecruzándose vertiginosamente. El joven echa un vistazo al recuadro de los pacientes que no han tomado su medicación del desayuno. No son muchos. Sabe que recibirán un aviso en sus televisores, en sus móviles, en sus relojes. Ve cómo van desapareciendo del listado, salvo un par de ellos, irreductibles que se empeñaba en llevar el control de sus vidas. son ilusiones de independencia, los embargos de la pensión por incumplimiento terminan por convencer a los más anarcas.

El pitido regresa y la conexión le devuelve la cara de un anciano con el ceño fruncido.

- A ver, doctor, por qué leches me están friendo a avisos en la tele conque no me he tomado la píldora del colesterol, si usted me dijo que tampoco era tan importante a mi edad. Ya sabe que estoy hasta las narices de tanta pastilla...

La pantalla contigua descarga datos en tiempo real de su tensión arterial, su glucemia, su colesterol y su ritmo cardiaco. También descubre el aviso chivato de que en la última semana no ha hecho su paseo de tres kilómetros diarios, y que su consumo de grasas había superado el límite establecido.

- Pero qué cojones, que era el cumpleaños de mi nieta y había una tarta casera de nata y chocolate a la que no había quien se resistiese. Sí, vale, le creo, ya se que son los algoritmos del cabronazo ese del ordenador central el que decide la medicación pero digo yo que algo tendrá que decir el que se la toma. Pero vamos, que no estoy yo como para que me peguen un palo a la pensión. Nada, nada, a empastillarse. La madre que me...

Había llegado tan tarde a la Medicina que estudiar la carrera fue casi un empeño romántico, a pesar de que su padre insistió en que apenas quedaba nada de lo que había disfrutado su abuelo. Era curioso; su abuelo empeñado siempre en que su padre y sus tíos fueran médicos de cabecera, y su padre, rendido, derrotado, pelando hasta el final porque él no siguiese su camino, simplemente porque sabía que ya no había camino que seguir. Su abuelo siempre había dicho que seríamos lo que la sociedad quisiera que fuéramos, y la sociedad había querido rendirse a las fantasías de vida eterna, aun quemando sus últimas naves de libertad.

Y los médicos de cabecera como su abuelo habían desaparecido en la generación de su padre, los últimos mohicanos que decidieron quedarse en el barco de sus consultas hasta que la gente hubo de rendirse a la comunicación a través de unas cámaras que jamás podrían cogerles la mano para tomarles el pulso de sus vidas, ni darles un pañuelo para secarse las lágrimas de esa enfermedad con desenlace fatal que es la vida.

Y cuando los últimos mohicanos rindieron sus posiciones y sus gritos desesperados dejaron de oírse porque dejaron de interesar, los médicos pasaron a ser esos seres que te contestaban a través de tu televisor o la pantalla de tu móvil, impecablemente vestidos con sus batas blancas y sus identificaciones en la solapa, que escuchaban atentos tu relato fuese al hora que fuese y te asignaban un número que se te volcaba de inmediato en tu teléfono o en el navegador de tu coche para llevarte a un lugar aséptico donde alguien pronunciaba esa clave en la que te habías convertido y tras una exploración somera, eras sometido a una serie de pruebas cuyo resultado te entregaba una máquina situada al final de un pasillo, que también expedía píldoras y folletos de instrucciones, y que hasta tenía un botón que, si optabas por pulsarlo, te brindaba la cara de un médico sonriente y embatado que te resolvía cualquier duda que se te pudiera haber planteado.

Así que esos cubículos con luz artificial, pantallas enormes y mesas con cercos de los vasos de café tatuados, eran en lo que se había convertido la Medicina de cabecera, eran los vestigios fósiles de aquella antigua Atención Primaria que habían olvidado los nietos de quienes la hicieron desaparecer, y que él conservaba en los relatos largos y cálidos que leía cada noche cuando las caras de las pantallas le concedían un respiro.
















domingo, 18 de febrero de 2018

Territorio hostil


Es una cafetería llena de pijamas y batas blancas, grupúsculos en ordenado caos en mesas con cafés con leche en vasos, con islas de personas con abrigos y bufandas que les estorban en el caloruzo de calentamiento global en que se mantiene la atmósfera, pero a los que les cuesta desarroparse, como si les sirvieran de parapeto ante aquellos otros seres de blanco inmaculado.

Es hora de churros y de croissants a la plancha. Es hora de desperezarse antes de enfrentarse a las listas de nombres que parecen multiplicarse en las sillas de plástico de las salas de espera. Es hora de echar algo para el estómago, lo que no dio tiempo antes de coger el autobús de madrugada para la capital. 

La llegada de los chavales casi en tromba desestabiliza la tranquilidad de la rutina matinal. Es juventud reventando en risas, conversaciones desenfadadas que no necesitan ningún recato, que despiertan envidias y recelos a partes iguales. Sí, hay vida y mucha en esos chavales que se dejaron las pestañas en los libros desde primero de la ESO y no han parado de perder horas de sueño desde entonces, de pasar exámenes como presos de guerra escapando saltando alambradas  de púas,  para llegar a vestir las batas que llevan remangadas, o colgadas en el hombro o debajo del brazo, pegándose a su nombre una R y un número, como si fueran antiguos Renaults. 


Se ve que disfrutan de ese rato robado a horas de pacientes, de informes, de libros de Medicina, de cursos, de guardias. 


Pero esa mañana hay una sutil diferencia. Hay un grupo que entabla conversación rápida y distendida con una mujer y dos hombres impecablemente vestidos, con carteras de piel descansando entre las piernas, trajes de chaqueta y corbatas, falda entallada por encima de la rodilla y sonrisa Profiden. El grupo se va haciendo mayor por absorción instantánea, extendiéndose como el chapapote hasta contaminarlo todo. 


Un par o tres de ellos han ido discretamente separándose de la mancha de aceite. Casi sin darse cuenta han bajado su tono de voz, han ido buscando la protección de la barra, aislándose en su rareza. Pero no se sienten cómodos, nadie se siente cómodo cuando le parece estar en pelotas y que todo el mundo le mira. El buen rollo es lo que tiene, sabe pirarse a la francesa, sin despedirse.


Los jefes no gastan tanto dinero en entrenamiento para que se le escapen vivos dos o tres pichones. La joven del traje de chaqueta y falda de Massimo Dutti se acerca tintineando los brazaletes con toda la desenvoltura de una diosa del marketing, con el blanqueado de los dientes brillando como en un efecto de dibujos animados. El pobre intento del mini grupo para colocarse en formación tortuga está muy lejos de la precisión necesaria para evitar a una profesional del asalto a posiciones fortificadas.

- Soy Tania. - El beso en la mejilla se queda en un ademán ridículo por culpa de una mano adelantada que busca un apretón frío y que no deje lugar a dudas. La profesional encaja el golpe como le han enseñado, pero salta a la vista que no está acostumbrada y que no es buena encajadora. Calla unos segundos esperando archivar los nombres que reciba en su disco duro portátil, el que guarda debajo de ese pelo tan rubio y tan liso. Pero los nombres no llegan y el segundo golpe la deja trastabillando a ojos vista. Rocky antes del ojo del tigre. 
- Tenéis los desayunos pagados, no os preocupéis. 

El último silencio es tan espeso como la niebla londinense. La vendedora decide que por hoy es suficiente. Al menos lanzar el anzuelo siempre puede ser un principio. Se disculpa con una intrascendencia y vuelve a lugares más fértiles.
Los cafés se han enfriado solo un par de grados menos que el ambiente, así que los tres jóvenes los apuran un tanto asqueados y piden la cuenta a la camarera.

- Nos han dicho que estaba pagado todo lo de los residentes.
-Mi desayuno me lo pago yo, gracias. Si ya os han pagado las consumiciones, pues quedaros el dinero para el bote.



lunes, 12 de febrero de 2018

¡Sácame de aqui!

La residente está sentada en el despacho encerrada en su silencio. Los hombros se le hunden bajo el peso de las cuatro semanas que están a punto de concluir. Es una isla, una isla absoluta y totalmente aislada, una isla a miles de kilómetros mar adentro, alejada del tecleteo del ordenador, de las conversaciones entrecruzadas y las llamadas de móviles de sus compañeros del resto de las mesas del despacho, una especie de laboratorio de pruebas donde es difícil encontrar a alguien fuera de la veintena, los adjuntos ya no andan por allí, es la hora de los jóvenes, los residentes, afanándose ante las pantallas, rellenando evolutivos, solicitando pruebas, rematando informes de alta.


La habitación tiene ese aire de las series de abogados americanas, cachorros dejándose las pestañas, afanándose por sobresalir, por recibir una palmada condescendiente de sus maestros, que parecen caminar un palmo por encima del suelo, poseedores del aplomo que da la sabiduría y un contrato que aunque sea de mierda, les da el ansiado estatus de adjunto.


Pero ella sigue allí sola, sin teclear, sin mirar a la pantalla, sin responder a las bromas, sin escuchar los timbrazos del teléfono. Aún no lleva un año de residencia. Recuerda esos primeros tres meses en el pueblo como quien recuerda un sueño del que se despertó bruscamente, y que no consigue volver a soñar por más que lo intente cada noche al dormirse. Ha buscado lo fundamental de ese sueño en todos esos meses en el hospital, la cercanía a los pacientes, intentado crear lazos de confianza, mirarles a los ojos, cogerles la mano, sonreírles. Y ha mirado a su alrededor buscando esas señales en quienes la rodean, en la brevedad de las visitas matutinas, en las conversaciones frías con los familiares en los pasillos, en las caras asustadas que solo buscan un gesto de comprensión o de ternura.


Y en su ingenua juventud ha creído ver algunos de esos signos en éste o aquel, en esa enfermera sonriente que pellizca la cara arrugada de la abuela a la que cura cada mañana con el cariño de una nieta consentida, en el celador que ayuda a sentarse en la silla de ruedas con cuidado al anciano conectado al oxígeno y bromea con hacer un slalom gigante hasta la sala de rayos, o con el cirujano que hizo reír a todos en la habitación el día que fue a explorar una barriga y contó un chiste con todo el arte del ceceo más andaluz.


Pero son solo briznas de hierba en el desierto que está siendo para ella ese primer año. Tal vez había puesto sus expectativas a un nivel demasiado elevado. Ya le habían advertido que cada una de las rotaciones sería algo así como un melón, ya se sabe, abrirlo y comerlo, y esperar tener suficiente hambre si tienes la mala suerte de que esté pasado o sepa a pepino como para comértelo sin rechistar. A ella más bien le estaban recordando esos sobre sorpresa que comprabas de niño con toda la ilusión del mundo, para encontrarte al abrirlo con alguna decepcionante baratija que olvidabas casi al instante.



Así que ahí está, más que harta, deseando estar en cualquier otro sitio. Ella es valiente, aunque sabe que la valentía es confundida por los necios con la impertinencia, y sabe lo que significa en aquel pequeño microcosmos ganarte la etiqueta de impertinente, pero le da absolutamente igual. Ha preguntado sus dudas una y otra vez, aunque haya recibido en tantas ocasiones respuestas para niños díscolos que le parece que hubiera regresado a su colegio de monjas. Pero ella ha insistido, ha exigido razones, ha cuestionado actitudes, ha sugerido alternativas. Incluso ha tenido la osadía de sacar la cara por los médicos de cabecera cuando se les ha menospreciado en su jeta, como si ella no tuviera ya tatuado en su ADN esa Medicina. Y ha sacado las uñas cuando le han mentado a la madre del cordero aunque le haya costado alguna que otra mirada de quién es esta tía loca.


Pero su juventud tiene la carta en la manga de la constancia, y ella insiste, se busca sus mañas, vuelve a preguntar y el melón le vuele a saber al más agrio de los pepinos.


Pero ese día está al límite. Ha creado un vínculo afectivo con la paciente que visita cada mañana antes de irse para casa. Nunca tiene familiares. Le encantaría que le contase su historia, pero la mujer prefiere callar y ella respeta el silencio temiendo que esté preñado hasta las trancas de vergüenza. Advierte que sonríe cuando entra en su habitación a última hora, la llama mi doctora jovencita con todo el cariño. Ella la toma el pulso con el gesto cercano e íntimo que aprendió en esos meses de vida en el pueblo con su tutor. Lo nota irregular y débil, aunque tranquilo. Ella sólo quiere volver a su casa. Está harta de pruebas y del caldo de gallina de la cocina del hospital. En su casa tiene sus gatos y sus libros, y una ventana desde la que ve la torre de la Catedral, con eso le basta.



El médico ha decidido esperar un poco más. Aun necesita un par de resultados que confirmen su brillante diagnóstico. La residente le ha pedido que la de el alta; a la paciente, su diagnóstico le servirá de muy poco, solo una etiqueta más que no la impedirá seguir con su novela frente a la Catedral, mientras acaricia al gato en su regazo. Pero él se niega. No piensa dejarla marchar hasta que  el diagnóstico sea definitivo. Es por su bien. No, no es una tiranía, es lo que los pacientes viene buscando cuando llegan a un hospital, y es lo que el hospital está obligado a darles.


La residente está en su isla de soledad, harta. Ha decidido pedir un cambio de tutor para esta rotación. No está bien visto y supone que las cosas no se le volverán fáciles si se lo conceden, pero no lo soporta ni un minuto más. Sabe que puede dar por perdida una calificación brillante, pero ella sólo quiere ser la médico que quiere ser. Nada más. Y nada menos.

Saca el móvil y escribe un mensaje: me encanta que seas mi tutor y que me hayas enseñado la forma tan bonita que tienes de entender la Medicina. Hoy no he tenido un buen día-