lunes, 18 de septiembre de 2017

Tecnología.

El médico se sabe la carretera de memoria. El cuatro por cuatro traquetea como si su única salida posible fuera descuajaringarse como el juguete de un niño. Las curvas del puerto están tapizadas de una capa muy tenue de nieves primerizas pero insistentes,  que poco a poco consiguen enmascarar las rodaderas. Va despacio, un poco inclinado hacia el parabrisas. Allí la batalla la ganan los limpias por ahora sin gran esfuerzo. 

El pueblo son cuatro casas mal contadas de muros de piedra gruesos como si fueran refugios nucleares. Los terrenos están cercados por muretes bajos y desiguales que también van blanqueándose, igual que los tejados. A las pizarras les van saliendo las canas que ya difícilmente les abandonarán en todo el invierno. 

El médico detiene el todoterreno frente a una de las casas. En la puerta le espera un hombretón que le pone el don delante del nombre. El le da la mano y le tutea con familiaridad. Intercambian predicciones meteorológicas y noticias sobre el ganado, mientras rechaza el ademán de llevarle el maletín que había iniciado el dueño de la casa. 

Dentro agradece el calor de la chimenea frente a la que está sentada la anciana. Intenta levantarse de su mecedora pero el médico la frena rápidamente y se sienta junto a ella tomándola el pulso mientras trastea con la otra mano en el interior del maletín y saca su fonendoscopio. Las primeras nieves han traído los primeros espasmos de unos bronquios con demasiados años que condenan a la buena mujer a su mecedora junto al hogar, el libro de oraciones y las películas de Marisol en el televisor. 

El médico sale con una docena de huevos bajo el brazo, de los pocos que ponen las gallinas cuando empieza a apretar el frío. Da la mano al hombretón y deja que le abra la puerta del coche, mientras coloca en el asiento de atrás el maletín y busca un refugio para los huevos. Son casi las dos de la tarde, pero hoy tiene que conducir hasta el centro de salud. Cabecea pensando en ello, mientras se recrea en el paisaje que ofrecen los pinos apretados recién nevados. Primero tendrán una charla de alguien de la dirección. Luego comerán todos juntos y pasaran las siguientes tres horas tomando clases de informática. 

El se lleva bien con sus compañeros. De las viejas glorias ya solo quedan un par, pero la gente joven que fue llegando tenía en sus ojos esas miradas soñadoras que recordaba tan bien. Y volverlas a ver es cómo ver jugar a tus nietos, es inevitable que rejuvenezca. Puede que algunas de las ideas modernistas que pretendían aplicar le cayeran un poco lejos, pero él siempre había sido disciplinado y sobre todo amaba su trabajo hasta el último de los pelos que aún le quedaban enmarcando su venerable y brillante calva. Así que colaboraba en lo que le pedían, y al menos garantizaba la escucha y el sincero intento. 

No abominaba de la tecnología, ni mucho menos. No se resistía a ella y era capaz de concebir sus inmensas posibilidades. Tal vez hubiera contribuido a ello su pasión por la ciencia ficción, por la de verdad, la que contemplaba futuros posibles para la humanidad en escenarios que parecían tan increíbles como lo había parecido hacia solo unos años la posibilidad de hablar por teléfono desde cualquier parte con cualquiera. 


El chico que les daba el curso era muchísimo más joven que él y estaba muchísimo más calvo. Lo disimulaba con un look Yul Brinner que cuando habían pasado un par de días renegreaba por los bordes y no engañaba a nadie. El se sentaba en la segunda fila, compartiendo ordenador con una de las antiguas, una médica de armas tomar que se había comido al representante de la dirección con patatas en la reunión previa haciéndole sudar hasta que pidió que bajaron un poco la calefacción. A él siempre le había hecho gracia esa pose de mala leche que sabía bien era solo fachada. En la mesa de al lado de ellos, otro ordenador contemplaba a los otros dos veteranos de la cuadrilla, una médica que parecía salida de una fiesta de disfraces de los setenta, y que buscaba en el aparato el lugar donde colocar las barritas de incienso, y un enfermero que se afanaba con el teclado resoplando como si se estuviera presentando a la reválida. 


Las continuas interrupciones de la cuadrilla de la presbicia, como se habían autobautizado exasperaban al profesor que sin embargo intentaba conservar la paciencia y tomárselo con humor. Los compañeros más jóvenes les miraban como si compartieran aula en la facultad con niños de primaria, y su intranquilidad incomodaba aún más a los viejastrones, que alternaban la desesperanza más absoluta de aprender algo con el entusiasmo infantil cuando eran capaces mínimamente de que el engendro mecánico les obedeciera. 


El médico  no pudo contener la carcajada cuando su compañera tuvo un ataque de Krushchev y golpeó con su zapato el teclado, justo cuando el profesor dio por finalizado el curso. Se acercó hasta el, le dio la mano y le pidió disculpas en nombre de todos. No había ninguna animadversión personal, solo la constatación de que se hacían viejos y de que los tiempos circulan a velocidad de AVE, arrollando todo lo que se les pone por delante. 


- Pero no se preocupe. Dígales a los jefes que nosotros, como siempre, somos disciplinados, y nos amoldaremos a lo que venga. Ahora es el ordenador, mañana será otra cosa, y pasado mañana otra. Al ritmo que va la vida, probablemente serán muchas las novedades antes de que nos jubilemos, aunque ya nos queden pocos años. Ya, ya sé que me dirá usted que todo ésto nos ayudará a ser mejores, y a que los pacientes se sientan como si los estuviera visitando el doctor Spok, pero yo lo único que pido es que me siga quedando tiempo para subir con mi viejo trasto al pueblo a escuchar el pecho de mi paciente. 












domingo, 10 de septiembre de 2017

Desorientación y nada más.

IEl médico avanza por el largo pasillo ojeando las dos hojas impresas que lleva en una de sus manos. Ha entrado saludando a un residente y a un par de las auxiliares. Se le ve seguro sobre el terreno, firme, desenfadado. Exhibe sonrisa y moreno a partes iguales, ese bronceado descansado de playa y pilas al cien por cien de carga. 

La enfermera se aparta para cederle el paso a la habitación. El se detiene brevemente y echa un vistazo al interior. Hay una  cama sin deshacer. La otra mira hacia la ventana. El cabecero está incorporado.  Sólo hay una sábana cubriendo un cuerpo huesudo, un tratado de anatomía ósea que se adivina incluso bajo aquella burda tela blanca. La boca parece empeñada en mantenerse abierta. Los pómulos sobresalen como queriendo escapar de la cubierta de piel macilenta. Los ojos están cerrados y la respiración alterna fases agonizantes con ritmos sosegados de siesta dominical. 



Hay un fino tubo escapando de una de las fosas nasales a algún lugar perdido detrás de la almohada. 

Una mujer bien vestida está en pie junto a la cama, con los brazos cruzados mirando al médico que no se decide a entrar. Detrás de ella, medio oculta, se muerde las uñas una chica joven. Querría estar en cualquier otro lugar, sin duda. 


Por fin el médico entra en la habitación. Interroga a la mujer despacio, dejándola hablar, dejándola soltar los miedos, que son cientos, miles, desde que aquel ser humano que ahora boquea y ronca a partes iguales dejó de ser el hombre fuerte y cariñoso que cogia a su hija en brazos y paseaba a su lado por el parque del pueblo para convertirse en esa caricatura con pañales y sonda nasogastrica que ni siquiera abre los ojos y que apenas lleva una semana en la residencia donde llegó desde el hospital para alivio secreto y vergonzante de una esposa y una hija que  siguen en el mismo estado de desorientación en el que quedaron aquel día en que dejó de hablar. 


Ahora esperan para que le hagan un agujero en la tripa por donde alimentarle porque apenas tiene sesenta años y ellas guardan la inconfesable y absurda esperanza de que las cosas vuelvan a ser como antes. Aunque de sobra saben que nunca volverán a ser así. 

El médico y la enfermera se afanan con sus aparatos, sus gomas y su jerga cada vez más incomprensible. La joven ha desaparecido. Cuando el médico termina su exploración, se vuelve y empieza a hablar, la mujer la busca con la mirada. Al verla esperando en el pasillo la llama por su nombre. Ella entra en la habitación como quien baja al último de los círculos infernales de Dante. 


El médico utiliza su tono de voz más sosegada. No ve cambios respecto a lo que escribieron quienes le dieron de alta en el hospital. La situación no da mucho más de si. La vida no da mucho más de si. 

Ella tiene miedo de que deje de respirar y nadie se de cuenta, tiene miedo de que deje de vivir aunque aquellos pellejos no contengan nada más que la sombra de su marido. O ni eso. 

El médico no puede quitarle esos miedos, no sabe. Así que le ofrece que elija el puerto en el que se sienta más segura. Pero ella no se siente segura en ningún lugar, no sabe dónde está, no sabe  nada. 

Llama a su hija y le pide que se convierta de repente en una adulta, la enfrenta a las decisiones pero ella se resiste a que la vida se la lleve por delante. No quiere ver que ya la ha atropellado. 

El médico ofrece una solución que no tiene nada de solución. Pero la mujer se agarra a ella como a un asidero en medio de un huracán. Al salir, toca el hombro de aquel pobre remedo de ser humano y lanza una mirada a la hija mimetizada con la pared. 

No queda nada en esa habitación, piensa mientras desanda el pasillo de camino a la calle. Nada. Solo una terrible y cruel desorientación en medio de la nada. 





lunes, 4 de septiembre de 2017

Indignación

El médico había entregado su gabardina al maitre que les había acompañado hasta la mesa con ese savoir faire que tanto envidiaban sus residentes, que imitaban sus gestos mucho más torpemente, sin dejar de admirar los oropeles del restaurante. La palmada en la espalda y las sonrisas de complicidad confirmaban la asiduidad que los jóvenes ya habían sospechado al ver a su tutor dirigirse sin titubeos a la mesa a la que empezaban a sentarse.

Una copa de Martini rosso colocada frente a él con prontitud servil y sin que mediara palabra fue el golpe de gracia  definitivo para aquellos dos chavales que no habrían tenido tanta admiración de estar sentados al lado del mismísimo James Bond. 

El médico era un hombre elegante, un cincuentón en casi perfecto estado de conservación: vestido con ese estilo casual con acento en la primera "a" que era de todo menos casual y barato, pelo entrecano que cubría holgadamente las vergüenzas del cuero cabelludo, y ni asomo de barriga ni de déficit de testosterona, a juzgar por las miradas que repartía y recibía entre las féminas con las que se cruzaba, casi a partes iguales. 


Degustaba su Martini a sorbos breves, como si estuviera sentado en la mismísima piazza Navona, mientras sus residentes hacían lo propio con los suyos, pedidos por el mimetismo que acarrea la admiración profunda e inconfesada. 

Justo tras la segunda mirada a su Tag Heuer apareció el cuarto comensal. Llegó disculpándose, con las hombreras de la chaqueta del traje azul empapadas  y renegando de la lluvia de última hora y de su mala cabeza, que le impedía recordar en qué puerta se había dejado abandonado el paraguas enorme, de golfista profesional, con el logo gigante de la empresa, que prometió regalarles a los tres en su próxima visita. 


Apuraron los Martinis mientras ojeaban la carta, aunque cuando el maitre hizo acto de presencia, el médico y el caballero del traje empapado sacaron un repertorio de entrantes y segundos que dejó boquiabiertos a los jóvenes residentes. El maitre asentía y alababa los gustos de los caballeros, añadiendo alguna recomendación de su propia cosecha que era recibida con expresiones de aceptación y a veces incluso hasta de júbilo. Las glándulas salivares de los residentes trabajaban a todo lo que daban de si, mientras los camareros llenaban sus copas de un tinto con aromas frutales que se escapaban de las copas a sus fosas nasales. 

- Hoy les he puesto bien firmes.- El discurso había empezado mientras paladeaban todos aquellos taninos y olores a barricas de roble.- Otra vez con sus cuentecitos sobre la prescripción, ese erre que erre que parecen que les tatúan en el culo a todos los gerentes. No quieren enterarse de que los médicos somos los reyes en nuestra consulta, que nuestra libertad de prescripción está por encima de cualquier cosa. 

Había indignación en su tono, que calmaba con pequeños tragos de vino, al tiempo que sus atentos escuchantes asentían e incluso, en el caso del caballero trajeado, acompañaba las aseveraciones de pequeños golpes sobre la mesa que hacían tintinear la cubertería. 

- Ahora es que nos atizan por todos los lados: informes de nuestra prescripción cada mes, visitas de las farmacéuticas a explicarnos lo fatal que lo hacemos y lo mucho que gastamos, zancadillas en el programa electrónico para desanimarnos. Pero vamos, que conmigo pinchan en hueso, ya deben tenerlo claro después de tantos años. 

Había platos de jamón que exhudaban su condición ibérica, unas gambas alineadas mirando todas ellas a su Huelva natal y una fuente de percebes que exhalaban olores de las rías gallegas. Se hacía difícil seguir el discurso en medio de aquella vorágine de dedos entrecruzándose sobre la mesa. 

- Y es que ya no dejan títere con cabeza, para ellos, todo el monte es orégano: que si los nuevos antihipertensivos producen diarrea y son muy caros, que si    los nuevos protectores gástricos no han demostrado nada mejor que los antiguos, que si los nuevos hipolipemiantes son demasiado caros y no hacen falta en prevención primaria. Esas son las cantinelas de siempre, - incluso masticando el jamón de pata negra era elegante, y se le entendía perfectamente todo lo que decía. Eso por no hablar de su destreza digital en el descabezamiento de crustáceos. - Pero ahora andan como locos con los nuevos antidiabeticos, que si son para unos pocos pacientes muy específicos, que no nos olvidemos de los viejos y fiables de siempre, que si solo han demostrado mejoras en parámetros, no en calidad de vida y tres cuartos de los mismos con los nuevos inhaladores, que qué caros para que el pobre bronquítico tenga un poco mejor el FEV pero viva lo mismo. En fin. Que quieren enseñarnos Medicina y se les ve el plumero: no tienen un duro y quieren que lo ahorremos nosotros a costa de nuestros pacientes. Pues van apañados. 

Terminó la soflama al mismo tiempo que dejaba al descubierto la carne rosada y gelatinosa del último percebe, lo degustaba con placer y recibía una calurosa ovación por parte del caballero trajeado, que había ido adquiriendo un tinte rosáceo en la cara, mezcla de satisfacción y de glotonería.  

- Pues conmigo, ni hablar. Y como yo, otros muchos.- Centraba su atención en las cocotxas con angulas que parecían flotar en una fina capa de aceite en su plato. Los jóvenes residentes trataban de permanecer atentos al discurso sin poder evitar estremecimientos de placer gastronómico al ir degustando sus platos. - Yo receto libremente sin que me influya nadie, sin que ningún jefecillo de empleo temporal venga a decirme qué, cómo y a quién. No lo han conseguido nunca y a mis años no creo que lo consigan. Y vosotros, que estáis empezando, aprended esta lección y que no se os olvide nunca: vuestra independencia es vuestra fuerza. 

Todos asintieron con las cabezas porque remataban los últimos bocados y daban salida a las últimas copas de la segunda botella de vino. Las cosas se apaciguaron a los postres y la conversación derivó hacia intrascendencias que les iban a llevar directamente a ver el último partido de Champions en un palco en el Bernabéu. 

Al levantarse, volvió a derramar sobre todos los presentes su savoir faire al colocarse la gabardina que le trajo diligentemente el maitre, mientras los residentes le seguían y el caballero trajeado se guardaba en el bolsillo de la americana su Visa y el recibo que acababa de firmar. 














lunes, 28 de agosto de 2017

Recién quemado

La suavidad de sus eses al hablar delatan el origen caribeño. Eso y la corbata y el chaleco que le acompaña bajo la bata la mayor parte del año. Es una costumbre adquirida en una sociedad donde los estatus sociales se miden torciendo un ojo y mirando de lejos al que viene andando por la calle. El que es médico debe parecer siempre médico, se esté cortando el pelo o diagnosticando una hernia de hiato. En la vieja metrópoli poco a poco se van perdiendo las buenas costumbres, los jóvenes reivindican las camisetas y las barbas de tramperos luchando a brazo partido por conservar una individualidad que les hace al final ser iguales. Paradojas de la modernidad que el médico ni entiende ni piensa molestarse en entender. Él no llego aquí para reivindicar nada, tenía un trabajo excelente en su país natal, ese que huele a café, a selva y playa y donde ya no podía salir a caminar con sus hijas sin mirar hacia atrás cada pocos pasos temiendo que a algún desalmado con pistola se le ocurriera secuestrarles y dejarles abandonados en una cuneta para regocijo de los perros callejeros y demás miembros de la rapiña animal.

Cuando el miedo se hizo insoportable, la esperanza tuvo que conformarse con tres maletas grandes y un par de bolsas de viaje en un avión que para ellos, solo tenía combustible para el viaje de ida. 

Le costaba pensar en su familia como unos privilegiados: cuando se asomaba por la ventana de su chalet alquilado en la periferia de la periferia, y ni olía a café, ni respiraba los aires de la selva o la brisa del mar. Nadie que deje de oler sus olores, de respirar sus aires, de oír sus eses suaves, de pisar la tierra de sus antepasados puede considerarse un privilegiado. Pero aún así era políticamente correcto pensar que él y su familia lo eran: ahorros que mantenían la angustia al otro lado de la puerta del banco y una profesión que sin duda le permitiría ganarse bien la vida. No había duda de que si miraba para atrás, la fila de menos favorecidos por el destino se perdería en el horizonte. 


Así que sin permitirse más momentos de nostalgia que alguna canción escuchada a solas en el coche o dos o tres pensamientos previos a la caída final de párpados, buscó y encontró un trabajo agotador pero aceptablemente remunerado. Y consciente de que a pesar de sus cuarenta y tantos le cabía aún un futuro en el horizonte, se alquiló un hermoso par de ojeras mediante el método de robarle horas al día para echarlas en los libros que habia casi olvidado y que ahora reaparecían en versiones digitales sigloventiuneras a las que no terminaba de acostumbrarse del todo. 

Y con ojeras y todo aprobó el famoso MIR y se embarcó en cuatro años de sube y baja emocional, entre consultorios, hospitales, cursos y alguna que otra fiesta, una renacimiento juvenil con tintes universitarios como los que casi había olvidado pero haciendo rechinar las junturas de su osamenta de cuarentón. 

Y aunque seguía cerrando los ojos de cuando en vez al escuchar un ritmo que volvía a oler a café, a selva y a Caribe, no podía negarse que la vida volvía a sonreírle a base de bien. 


Apenas tardó seis meses en encontrar acomodo. No era lo habitual pero los astros permanecían empeñados en tatuarle a fuego la etiqueta de privilegiado y aquella zona del mundo sufría una devastación de médicos de cabecera como no se había visto igual desde la Revolución Rusa. Así que llegó a su consulta en el centro de salud derrochando sonrisas con su chaleco, su corbata y su impecable bata. 


La vida sin duda le había preparado para estar allí, y él no pensaba decepcionarla: tenía ideas, tenía experiencia y tantas ganas de hacer cosas que se le hacían eternas las noches deseando empezar cada mañana. 


Habían pasado dos años de aquellos primeros días. En la sala de reuniones del centro, tres o cuatro personas escuchaban al sujeto que estaba soltándoles un rollo con la típica expresión del que se ha encontrado en el súper a la amiga más pesada de su madre. El tipo que hablaba era consciente de la situación y trataba de abreviar la faena mientras se transmutaba poco a poco en esa vieja amiga pesada. 

En un extremo de la mesa, él se mantenía alerta, al menos era lo que trataba de reflejar con su lenguaje corporal. La procesión iba por dentro. Pero ese tipo había sido durante unos meses su tutor y le debía al menos ese respeto. 

Cuando el tutor dio por finalizada la charla, el suspiro generalizado de alivio quedo discretamente oculto por el ruido de las sillas al levantarse la concurrencia. Él acompañó al viejo amigo hasta su coche. Era una conversación distendida entre colegas. Hablaron de las consultas, de la gente, de la sanidad y de la sociedad. Cuando llegaron al coche, el tutor se detuvo y le preguntó:

- ¿Estás pensando en aprobar las oposiciones para poder cambiarte a otro lugar, verdad?

Él tardó unos segundos en responder y lo hizo con un gesto, un asentimiento que revelaba vergüenza y cierta pena. 

- ¿Crees que todas esas cosas de las que hemos estado hablando se solucionarán sólo con cambiar de plaza? No es posible que en solo dos años estés quemado. Si es así, entonces la vida está pasando por encima de ti, te está atropellando y te da miedo ponerte de pie e intentar parar el golpe. Aunque cambies de sitio, la vida seguirá atropellándote. Y no puedes consentirlo. En algún momento tendrás que decir basta. 

Se quedó mirando cómo se alejaba el coche. Estaba enfadado porque debajo de toda aquella palabrería había una verdad como un templo. Él no había llegado hasta allí para dejarse atropellar, faltaría más. 

Se metió en su coche y puso una de esas canciones de café, selva y Caribe. Tarareó mientras en su cabeza hacia planes para ponerse de pie. Siempre se había sentido mejor cuando dibujaba un buen plan en su cabeza. Al fin y al cabo sí que era un privilegiado porque al menos por el momento, volvía a hacer de nuevo planes. 













lunes, 21 de agosto de 2017

Enfadado

La médica se marcha al fin para su casa. Lo último que ha hecho en el día ha sido pasar un rato a ver cómo sigue su paciente más delicada. Se queda más tranquila yendo a verla un par de veces por semana, aunque sean visitas breves casi siempre a última hora. Aquel día es un poco tarde, pero sabe que mañana será aún más difícil encontrar el hueco, así que decide que su comida se convertirá en casi una merienda.

En la puerta la recibe el perro negro y blanco que el marido de la paciente se encontró abandonado y que después del lógico recelo de los dos gatos reinantes hasta su llegada, se ha hecho el dueño y señor de la casa.

Se marcha con una docena de huevos en el asiento del copiloto, pequeños, porque las gallinas son jóvenes según le han explicado. Acaban de comprarlas para repoblar el gallinero, pero las yemas serán igual de amarillas. Piensa en lo terriblemente feas que le salen las tortillas francesas, pero en lo riquísimas que saben hechas con esos huevos y a las horas que son, la boca se le llena de saliva pauloviana y de sonrisas de las que deja la medicina de cabecera de toda la vida. 

Cuando enfila la calle para salir a la carretera se cruza con una pequeña furgoneta blanca. Es el vehículo dominante en las calles del pueblo, el coche más vendido de la localidad aunque no lo digan en las revistas especializadas. 


Ellla va despacio, como le gusta hacer, saludando a todo hijo de vecino que se cruza en su camino. Cuando las ventanillas se colocan a la misma altura, le reconoce. Hace más de un mes que no aparece por su consulta y le alegra verle conduciendo tan pichi a esas horas, con toda la calorina. Le mira, sonriéndole, mientras inicia un saludo con la cabeza que se queda helado ante una mirada gélida capaz de invertir el efecto invernadero del planeta. 

La médica mira de nuevo hacia delante notando el rubor dándole tono veraniego a sus mejillas. Toma la carretera de vuelta a casa con el piloto automático puesto y la mente permitiéndose el lujo de repasar su vida y milagros en el orden que le sale de donde quiera que tenga ella los genitales. 


Mientras los coches pasan y el asfalto refleja la solanera de la tarde recuerda las mil y una consultas que habían tenido en todos esos años, las anécdotas contadas entre risas, las broncas cuando la barriga de toda la vida empezó a tomar dimensiones de coso taurino de primera, las visitas a su casa a ver a su mujer cuando apretaban los fríos y sus bronquios no resistían tamaño acumulo de moco, las infiltraciones en sus hombros y rodillas desgastadas por el esclavismo de su trabajo en el taller, las cerezas que reventaban en rojos y rosas en sus cerezos y le traía en unos viejos cubos de pintura y le provocaban dolores de tripa de la gula más exquisita. 

Y recuerda como cuando aquella mancha que se veía en la radiografía del pulmón tuvo nombre y apellidos, las sonrisas se habían vuelto reproches, la diana se había centrado en ella y cualquier frase escuchada al biés en el hospital significaba una paletada de tierra más sobre la tumba en la que habían enterrado su relación. 


Llevaba más de un mes sin verle. La última consulta había sido fría como el iceberg del Titanic, y con la misma sensación de naufragio inminente. Ella había consultado en un par de ocasiones la historia del hospital para ponerse al día sobre cómo marchaban las cosas. Y deseaba con todas sus fuerzas que todo fuera estupendamente, porque mientras seguía agarrada a la proa del Titanic pensaba en como reflotar aunque fueran solo tres o cuatro troncos que les permitieran a ambos mantenerse a flote y tal vez, volver a charlas como lo habían hecho durante años. Porque puede que  a él le hiciera falta, quizás algún día, quién sabe. Pero lo que es seguro es que a ella  sí que le hacía. 

Aparcó frente a la puerta de su casa. Abrió la puerta haciendo equilibrios con la docena de huevos en la mano. Cerró la puerta y comenzó a hacerse una de sus horribles tortillas. 














domingo, 13 de agosto de 2017

Pequeña y tierna historia de amor

Iba mirando taciturno por la ventanilla de la ambulancia. Sus compañeros hablaban de sus cosas, bromeaban sobre trivialidades, recordaban anécdotas estrafalarias como solo sabe hacerlo quien lleva muchos años en lucha continua contra la peor enemiga, la que siempre termina ganando. Se burlaban de los regates de chiquillos traviesos que habían conseguido darle. Pequeños reveses para la muerte que eran tremendas victorias para quienes, al final, tendrán que doblar la rodilla ante ella y su ley de hierro, inevitablemente.

El se mantenía al margen, no le hacían gracia esas bromas de chavales. No conseguía simpatizar con ninguno de sus compañeros, pero era un excelente profesional, llevaba más de veinticinco años enfundándose el amarillo fosforito y recorriendo las carreteras a horas intempestivas, siempre serio, sin escucharle una queja, pero haciendo su trabajo como el mejor. 

No necesitaba tener amigos, se veía demasiado viejo y demasiado raro. Cuando tenía tiempo libre leía, estudiaba, repasaba, daba cursos, o hacia turnos a compañeros que sí sabían lo que era tener una vida fuera de la carretera. 

No era amable, ni comprensivo. No recordaba que hubiera sido así siempre, pero cuando intentaba  encontrar una explicación se le venían a la memoria lo que llamaba, con cierto gusto por lo melodramático, los tiempos oscuros. Una juventud que debió vivir alguna vez, en un mundo donde los exámenes del MIR acumulaban multitudes, cientos de médicos por aula mordiendo por una plaza que aseguraba una vida mejor, y que dejaba a otros miles peleando en un submundo de trabajos basuras, sueldos esclavistas y horarios de burdel. 

Y allí se quedó él, haciendo donicilios solo por las calles nocturnas de la ciudad, de once a siete los martes y los jueves y un sábado de cada tres. Dos horas por la tarde de lunes a viernes viendo como le utilizaban dueños de residencias de ancianos sin escrúpulos para salvar la cara ante preocupadisimos hijos de teléfono y visita mensual mientras pagaban miserias a sus empleados y se llenaban los bolsillos al mismo ritmo, y sustituciones tapahuecos en centros de salud donde se sentía cada vez más arrinconado por las miradas condescendientes de los hijos de Martín Zurro, que lo toleraban como un mal menor que se extinguiría con el tiempo. 

Así que cuando vio la posibilidad  fue de los primeros en invertir lo que no gastaba la familia que nunca tuvo en un master que le hacía quemarse las pestañas como creía que era incapaz de hacerlo, y desembarcar en esa élite de las urgencias extrahospitalarias, esas superdotadas UVIs móviles que atravesaban la ciudad con gran despliegue de luces y sonidos y a las que todos se rendían dejándoles espacio, con caras de alivio y sonrisas de colonos cercados por los sioux que ven venir al séptimo de caballería. Y allí se sintió por fin alguien, allí le escuchaban, le obedecían, a veces hasta aplaudían su llegada. Pero nunca olvidó aquellos tiempos oscuros. 


Ella se preparaba para abandonar en menos de dos años la treintena. Se seguía viendo tan niña que apenas podía creérselo. Los años de facultad habían sido magníficos, pero efímeros. ¡Quién lo diría! Y la residencia, que parecía iba a ser eterna, fueron dos suspiros entrecortados. La vida. Y ahora estaba allí, en medio de la nada, ella sola, temblando para que todo lo que le despertara por la noche fueran sonrojantes dolores de garganta. Juraba a los cuatro vientos que jamás se quejaría del mal uso de las urgencias ni cosas similares, siempre que aquellas primeras guardias fuera capaz de resolver lo que le llegara. 


El hombre estaba pálido y sudando con esos sudores que no pueden traer nada bueno. El peso que sentía en el pecho se reflejaba en el electrocardiograma y en la tembladera que sentía ella en las piernas. Los minutos hasta que vio tras las ventanas las luces de colores en contraste con la noche de verano eran de seiscientos segundos. Sus encuentros con la UVI móvil habían estado siempre a la sombra de los adjuntos con los que había hecho guardia. Y había habido de todo, como siempre ocurría. Volvió a recurrir a las promesas a todo el santoral si le tocaba alguien amable y comprensivo. Torció un poco el gesto al ver al cincuenton que se bajó el primero, sin hablar a sus compañeros, que se daban instrucciones unos a otros. Había oído hablar de él: un hueso que no le caía bien ni al que le saco de pila. 

Tartamudeo ligeramente al entregarle su informe. Él tenía la voz mucho más dulce de lo que se esperaba y las preguntas que la hizo eran razonables y parecía que sus respuestas le satisfacían, porque asentía con la cabeza mientras recibía datos de enfermeros y técnicos. Luego le acercó el nuevo electro para que lo vieran juntos y por un momento advirtió que el resto de los presentes los miraban en silencio, no sabía si sorprendidos o curiosos.


Les despidió en la puerta del centro mientras cerraban las de la ambulancia. Hubo un segundo para mirarse lo suficiente para que ella percibiera la soledad en sus ojos. Y le parecieron unos ojos tristes y preciosos. 


Hizo el viaje hasta el hospital más chocado que el pobre paciente, y sin morfina que aliviara la presión que se le había puesto en el pecho. Vio a sus compañeros cuchichear cuando creían que no les veía pero no le importó. La guardia terminó sin poco más que añadir, pero él no durmió ni un segundo. Había copiado su nombre del informe de urgencias y lo doblaba y desdoblaba compulsivamente mientras decidía si se sentía demasiado viejo para hacer algo, o demasiado idiota para no hacerlo. 


Llamó dos días después al centro de salud temblándole la voz como si hablara con el padre de una novia adolescente. Le pasaron con ella, que hacía una sustitución veraniega. Su voz sonó sorprendida pero con un toque tan alegre que él se contagió y la llamada derivó del estado del paciente a una cita para tomar café entre compañeros.  

Fue una historia de amor breve e intensa, que, como al menos las más bellas, también acabó en tragedia. La tragedia de la vida que se lleva por delante en ocasiones hasta los más hermosos romances. Él volvió a sus taciturnidad que sus compañeros recordaban bien y no tardaron en aceptar como quien acepta la llegada del invierno. Ella discurrió por su treintena como pasa para todos el tiempo, a veces lento, a veces alocado, a veces enamorada y a veces sola, feliz a veces, triste en ocasiones, ni fu ni fa la mayoría del tiempo. En su plaza de la ciudad ya no hace guardias, aunque de cuando en vez aparece la UVI móvil. Y al menos en ese momento, ella se acuerda de él. Quizás a él le sea suficiente, quién sabe. 

Aquí os dejo otra pequeña y tierna historia de amor, del maestro Ismael Serrano







domingo, 6 de agosto de 2017

Persona(je)s

Ir a atender a un domicilio en una guardia es como empezar un buen libro y descubrir a los personajes. Y lo  sé porque estuve leyendo libros dos noches por semana durante cuatro años por las calles desiertas con olor a borracho de la ciudad. Y no se cuantas madrugadas me han dado por las carreteras de pueblo esquivando perdices. 

Entrar en un domicilio durante una guardia se parece a la vieja mili, esa de la que todos los jóvenes abominábamos pero que dejaba recuerdos repletos de sonrisas cuando el pelo empezaba a ralear y se entrecana. Así que, cuando suena el teléfono nos removemos en la silla como si fuera la de un fakir, torcemos el gesto y nos sale la voz de cascarrabias gruñón. 

Pero luego viene el espíritu redivivo del jodido Tudor a darnos una patada en plenas nalgas y apuntamos los datos del pobre hombre en un trozo de papel usado recordando que con toda probabilidad, ese pobre hombre nos necesitará más que las cuatro picaduras de avispa y los tres dolores de garganta de aire acondicionado que nos tienen atados a la mesa de la consulta. 


La guardia era una guardia, esa tediosa manera de tener un sueldo digno, ese pasar las horas entre el aburrimiento y el miedo, el desesperarse por la medicialización y la infantilidad de la sociedad al mismo tiempo que te alegras de no pasar de primero de parvulitos de emergencias. Contradictorios, como buenos seres humanos que somos, pero con recibos que pagar a fin de mes. 


El coche era un horno de los de los buenos tiempos de Sestao. La enfermera conocía a la familia, ventajas de la longitudinalidad aunque sea en un entorno hostil. Así que con los chorros tibios del aire acondicionado a todo meter, nos fuimos enterando de la vida y milagros del interfecto, que en este caso era conocer la angustia de una mujer anciana que se ve sola cuidando a un marido muy delicado porque su hija ha trasladado los cuidados del padre al marido y de la habitación de la casa del pueblo a la del hospital. 

La mujercica sonríe al ver a la enfermera como si se le hubiera aparecido la santísima Virgen. El cuarto de estar es tan pequeño que tengo que apartar la mesa camilla contra el mueble de la televisión para poder acercarme al caballero que está ladeado sobre el brazo de su sillón de orejas. De pronto nos hacinamos en el cuartucho buscando nuestro sitio médico, residente, enfermera, anciana y nieta, todos alrededor del pobre hombre intentando hacernos oír por encima de la presentadora de España a las ocho o alguno similar. 

La residente está hipnotizada por dos pequeñas bolitas de grasa que sobresalen de sus párpados superiores. El hombre resolla como la locomotora del Keaton y comienza su relato, que como todos es  escatológico y maloliente, repleto de gases que no salen y hacen retorcerse las tripas, de horarios, color y consistencia de las deposiciones, y del jodido peso que se le ha puesto en el pecho con solo cubrir los tres pasos escasos que hay hasta la letrina. 

Tensión, azúcar, saturaciones y pulsos. Pulmones encharcados y alguna broma que empieza a relajar un ambiente donde la enfermedad  se empeña en dejar poco espacio libre. 

- En el pueblo las hay más viejas que ustedes señoritas 

Les suelta entre resoplidos guasones. Su mujer le pregunta a la enfermera por su pequeña, que crece a toda marcha. 

- Si no fuerais tantos os invitaba a comer. 
- Ojalá pudiéramos quedarnos, pero a ver qué hacían el resto de los enfermos. 

Volvemos al horno con ruedas, amenazados con alcanzar nuestro punto justo de cocción cuando lleguemos al centro. Yo atesoro todos estos personajes como quien coloca ordenadamente en las estanterías de la biblioteca de su dormitorio los libros que va releyendo. 

A los libros hay que tenerlos a la vista porque nos han hecho ser lo que somos. A los pacientes hay que tenerlos en el recuerdo, y por idénticos motivos.