lunes, 10 de diciembre de 2018

Prestigio

El joven se traga la sopa sin apenas levantar la vista del plato. Escucha a su padre hablar sin parar, contar anécdotas de quirófano que sabe que desagradan a su pareja, que sin embargo está aguantando fenomenal el tipo, aunque, como ha advertido, desde que las peripecias empezaron a ponerse sangrientas, la sopa se va enfriando en el plato de la chica probablemente al mismo ritmo que crece el nudo que se le debe estar formando en el estómago.

Cuando la casquería amenaza con inundar todo el mantel blanco purísima con sangre y vísceras, el joven se atreve a pedir a su padre que detenga la retahíla de sucedidos y deje a la joven terminar en paz la comida. Entonces le mira con esa mirada que siempre le ha resultado tan molesta, una mirada entre el asombro y la decepción, como si fuera incapaz de entender que exista gente que pueda querer escuchar ninguna otra cosa.

Se hace un silencio incómodo que su madre aprovecha para lanzarse de lleno al terreno inquisitorial, iniciando el tercer grado que definitivamente anula cualquier oportunidad de que la comida termine en el estómago de la joven. Estaba seguro de que los servicios secretos soviéticos eran menos minuciosos que su madre, quizás otro gallo les hubiera cantado teniéndola a ella de directora de la KGB. Sonríe en silencio mientras consigue terminar su sopa.

Era la primera comida en la casa familiar desde que estaban juntos. Todo había empezado en cuarto de carrera y ahora, dos años después, a punto de empezar a prepararse el MIR, habían decidido poner las cartas boca arriba y dejarse de medias verdades. Estaban allí para contar que habían decidido irse a vivir juntos, algo que era prácticamente una realidad desde el primer día. El sabía que la noticia no les haría una ilusión brutal, pero la mejora espectacular en sus notas desde que la había conocido era un motivo de peso suficiente como para atemperar reproches casi victorianos y muy provincianos. Así que se habían lanzado a esa primera comida de domingo, después de una semana de entrenamiento repleto de angustia para él y de risas para ella, mucho más dispuesta a relativizar la importancia del acontecimiento, que no le había quitado ni un segundo de sueño.

Pero él llevaba unas ojeras delatoras que, cuando atrajeron los reproches de su madre, enseguida atribuyó al arreón final en los estudios, lo que le valió una reprimenda de esas melosas que suben el azúcar en sangre. Y aunque sentía siempre que estaba con sus padres esa inquietud de los jóvenes enfrentados a las generaciones anteriores, a lo que tenía verdadero miedo era a la reacción de sus padres, a la reacción de su padre, cuando soltara su bomba H, lo que de verdad le había llevado allí esa mañana de domingo.

No le había dicho nada a ella porque no era una decisión que hubiese llegado después de largas conversaciones, después de pros y contras, de análisis fríos o calientes. Era una decisión que, simplemente, había crecido dentro de él haciéndose casi autónoma, tan fuerte que desde que la aceptó en su interior, se hizo dictatorial, se convirtió en el patrón oro con el que juzgaba todo lo demás: quería ser médico de cabecera.

Cuando la comida terminó, todos recogieron los platos de la mesa, despejándola para tomar un café y prolongar la sobremesa. Los jóvenes sin necesidad de hablar, sabían que aquella sobremesa estaba diseñada para sus fines. Él había empezado a armar su bomba atómica, su plan dentro del plan. Su padre volvió con los cafés en una bandeja y le pidió a la joven que le acompañara a ver unas placas que brillaban en la estantería del salón. Estaban colocadas entre fotografías que le retrataban a distintas edades, recogiendo premios, apretando manos, posando ante las cámaras con un pequeño en brazos. La chica permanecía atenta a las explicaciones, hacia preguntas, leía las inscripciones, mientras el chico tomaba su café, viendo a su padre pasar de la hinchazón orgullosa, a la voz quebrada por la emoción recordando a su abuelo, el primero de la generación de cirujanos que se suponía que él tendría que perpetuar. En su cabeza podía oír perfectamente el tic-tac del temporizador de su bomba; casi le hacía gracia, si no fuese porque estaba totalmente acojonado.


Ella no tenía familia de médicos. Era hija de profesores de literatura, a los que les resultó extrañísimo que a la niña le diera por jugar desde pequeña con fonendos de plástico con los que exploraba a todos sus muñecos concienzudamente. Así que se limitaron a apoyar a su hija y a lamentar que la quedara tan poco tiempo para leer alguna otra cosa que no fueran libros de patología médica. Se esperaba la pregunta sobre la especialidad que queráis hacer. Tenía una conciencia feminista muy arraigada que era una de las herencias que atesoraba con más cariño de las mujeres de su familia, y estaba decidida a convertirse en ginecóloga, simplemente porque creía que podría cambiar algunas cosas. El cirujano pareció satisfecho con la elección, aunque discrepaba en los motivos, le rechinaba terriblemente todo aquello de la violencia obstétrica y la verdad, a él el feminismo le sonaba a chino cantonés.

- A mi no me has preguntado-. La frase eran los últimos sesenta segundos del detonador de la bomba. 
- ¿Cómo que no te he preguntado? 
- No, nunca me has preguntado qué especialidad voy a hacer

Las sonrisas en las caras de todos traducían lo que pensaban de esas frases: que se trataba de un juego  inocente, ganas de enredar del chaval. Cinco segundos, cuatro, tres...

- Quiero hacer Medicina de Familia. Quiero ser médico de cabecera. Es la Medicina que he querido hacer siempre, es donde podré ser la clase de médico que quiero ser. No quiero estar en un hospital, no quiero ser cirujano, quiero ir a ver a los ancianos a sus casas, quiero que cada paciente me sorprenda, que podamos reír y llorar en la misma consulta, que pueda resolverles la mayor parte de las cosas que les ocurran, quiero verles en sus ambientes, entre sus amigos, con sus familias...

La joven se sentó y empezó a tomarse su café sin apartar sus ojos de él, como si estuviera atrapada por la determinación que expresaban. Su padre se quedó de pie junto a la estantería, con la mano sobre uno de sus premios.

- Pero, pero... la tradición familiar, los premios, la gente, el prestigio...
- La tradición familiar es que seamos médicos, yo ya la he cumplido. La gente, los premios, el prestigio: sabes que soy el hijo más orgulloso del mundo, pero no necesito nada de eso. Quise ser médico porque entendí desde niño que era nuestra forma de ayudar, de hacer crecer esta sociedad. Eso es algo que tu me enseñaste, así que gracias por ayudarme a convertirme en médico y en cierto modo, por ayudarme a encontrar el camino para ser la clase de médico que quiero ser.

El café se había enfriado. La bomba H había arrasado la sobremesa dejando tras la onda expansiva el silencio que dejan todas las bombas, solo que en esta ocasión, tras la desolación se adivinaba un principio.

















lunes, 3 de diciembre de 2018

Huelga en Primaria

La médica está en la puerta del centro de salud con la bata puesta, sujetando un cartulina por encima de su cabeza, que estuvo preparando la tarde anterior con la inestimable ayuda de su pequeña de cuatro años, que acabó con las manos como el muestrario de una tienda de pinturas. A ambas les pareció el mejor momento del fin de semana, y a la médica le despejó los nubarrones grises que se habían hecho fuertes en su cabeza y que amenazaban con volverse del negro más pesimista.

Así había sido el fin de semana; un par de noches pasadas en la cama en constantes rotaciones derecha-izquierda, izquierda-derecha, en una absoluta incapacidad para dejar la mente en blanco ni un minuto, el que hubiera necesitado para enganchar el sueño que debería encargarse de alejar cansancios y malos rollos. Un par de madrugones dándole caña a la Nespresso, luciendo ojeras de segunda imaginaria. Un par de paseos con la niña por el parque con la mirada distraída en los montones de hojas amarillentas, mojadas, medio podridas, que la pequeña pisoteaba encantada de haber conocido al otoño, y que no terminaban de arrancar en ella las sonrisas con las que siempre acompañaba cada uno de los instantes que pasaba con la pequeña princesa. Un par de charlas con su pareja abortadas por las respuestas monosilábicas y las palpable ausencia de su mente de las conversaciones.

Había sido sin duda un fin de semana raro.

Y ahora está allí gritando con el resto de sus compañeras, algunas de ellas con silbatos que zumban en los oídos como aguijones, otras dejándose las cuerdas vocales en unos eslóganes pegadizos con rimas facilonas que a fuerza de repetirlos parecen tener su propio ritmo.


Es la primera vez que se pone en huelga. Ella se había calificado siempre como la estudiante invisible. Estaba segura que a sus profesores les costaría ponerle cara. Y puede que incluso hasta a sus compañeros de clase. Había caminado siempre por el lado correcto de la calle, o al menos esa había sido siempre su impresión, desarrollando una rara habilidad para esquivar los conflictos, que seguramente muchos etiquetarían de cobardía, y ella prefería considerar un instinto de conservación.

Desde pequeña se había considerado frágil, sin tener una razón objetiva. Simplemente, se había adjudicado ese papel. Y una vez leído el libreto de su vida y siendo consciente del reparto de papeles, incluidos los personajes principales, pues se había entregado a su personaje, evitando todas las posibles amenazas a su presunta fragilidad. Así que ni movimientos estudiantiles, ni reuniones políticas, ni amigos alternativos, vamos, ni un grupo pastoral de la parroquia siquiera. Nada. Una cómoda atonía, una sinfonía de grises con una prima de riesgo en valores negativos. Tan a gusto.

Ella también lleva un silbato al cuello. De vez en cuando se lo lleva a la boca y se deja tres cuartos de pulmón en una espiración forzada revienta-tímpanos. Lleva el fonendo al cuello y la bata recién lavada porque hay fotógrafos de la prensa sacando fotos y es consciente de que cada profesión tiene su liturgia, así que cuando ve que la enchufan con los objetivos, vuelve a subir la pancarta y a desgañitarse con los eslóganes como si fuera una profesional de los piquetes del mayo francés.


Durante la residencia descubrió que llevaba una vida representado el papel equivocado. Nadie puede ser frágil cuando lleva veinticuatro horas encerrada en un zulo sin ventanas viendo enfermo tras enfermo con un bocata comido a toda prisa y una hora y media derrumbada en una cama con las sábanas sudadas. Así que fue como si poco a poco su invisibilidad fuera cediendo el paso a una conciencia palpable, corpórea, que le hacía percibir la realidad a su alrededor sin ese miedo a hacerse daño, convirtiéndolo todo en una vida mucho más real, pero también mucho más dolorosa. Lógico.


Sí, vivió cosas que hubiera deseado cambiar, sintió en su pellejo injusticias que antes la esquivaban y que hasta entonces pensaba que la quebrarían, pero que tuvo que afrontar, aprendiendo a convivir con las cicatrices. Pero estaba rodeada de conformismo, de un conformismo que llevaba dentro ropa interior de miedo, y ella no sabía cómo se podía luchar contra aquel monstruo. Así que tragó quina y tiró para delante, aunque guardó dentro una semilla de rabia y mala leche que estaba segura despertaría algún día.


Su pareja trabaja para una gran empresa. Se le ocurrió la brillante idea de cumplir su sueño de ser arquitecto. Ahora tiene que darse de alta de autónomo para que le contraten. Trabaja ocho horas diarias aunque le pagan solo cuatro. Es una mierda de contrato, pero es lo único que ha podido encontrar en un mercado que ha devorado promociones y promociones de tipos imaginativos, genios del dibujo, auténticos artistas. Ella le ve sobre su mesa dejándose las pestañas y le envuelve una ternura que debe reprimir para no levantarse y abrazarle. La huelga les va a apretar las clavijas a base de bien. Cuando ella sacó el tema, el se limitó a sonreír y a apretarse una agujero más el cinturón, una  pequeña broma que quería zanjar la cuestión y arrastrar cualquier duda que ella tuviera.


Así que mientras vuelve a ponerse el silbato en la boca, le viene a la cabeza que la nómina siguiente traerá un mordisco del calibre de un tiburón blanco, y que los reyes magos ese año van a venir con unos camellos muy aliviados de peso.

Lleva dos años en el centro de salud que tiene a su espalda. Llegó después de tres años firmando más contratos que Julio Iglesias en sus buenos tiempos. Cuando pasó de los cincuenta dejó de ordenarlos y simplemente los almacenaba en el trastero con toda la desgana del mundo. Una baja maternal le dio la alternativa y la conversión en una excelencia temporal le ofreció saborear las mieles de la longitudinalidad y adquirir conciencia de pertenencia a un sitio, algo que pensaba que no le ocurriría jamás.

Y aquella semilla de descontento, esa rabia contra la injusticia que había conservado en el invernadero de su pecho, empezó a echar brotes alimentándose de consultas repletas, de días de ir a trabajar después de una noche de vomitona, temblándole las piernas, de atender pacientes que nunca había visto, cinco de una compañera, otros cinco de otra, cinco más de una tercera, de contestar al teléfono para descubrir que en la puerta le esperan dos pacientes que no podían esperar ni un segundo más y que revolucionan al resto de los sufridos esperantes. Esa semilla fue creciendo a base de circulares de los jefes pidiéndoles poner en marcha tal o cual plan que queda precioso en las noticias de las tres, fue transformándose en un árbol a costa de irse a buscar a su niña a las cuatro de la tarde, comiéndose un bocadillo a toda prisa en el coche, mientras recordaba que no había tenido tiempo para ir a casa a esa anciana que lleva queriendo ir a ver una semana sin encontrar el momento.

Así que allí, en la puerta del centro de salud, con la bata y el fonendo identificatorios, el silbato amenazando colgado al cuello y la pancarta de colores hacia el cielo, allí está ella dispuesta a dejarse la piel en su primera huelga, aprendiendo a pelear, y feliz de poder hacerlo.

Dedicado a todas y todos los compañeros en huelga en Cataluña, en Andalucía, y a los y las residentes del 12 de Octubre de Madrid, gente capaz de pelear por lo que es justo, capaces de cambiar las cosas porque son lo suficientemente valientes como para intentarlo.











lunes, 26 de noviembre de 2018

Residencias

Los minutos caen sobre los riñones del médico como si se dedicara a la descarga de pianos de cola. El sábado amenaza con no acabarse nunca, y parece absolutamente dispuesto a cumplir su amenaza. La guardia es pastosa, lenta, se consume entre derrumbes agotados sobre el sofá y levantadas precipitadas al son del timbre chicharrero, derrumbe, levantada, derrumbe, levantada, hasta el hastío final.

La comida se queda tres veces fría. La última vez el médico renuncia al microondas y la engulle con más pena que gloria. El sopor convierte los párpados en plomo del bueno y la cabeza busca posturas de ahorcado para abandonarse un minuto o dos, lo que permita el azar y la Medicina de Seven Eleven.

El teléfono es aún más perturbador que el timbre de la puerta, tiene un efecto diarreico de retortijón bajo vientrista que no desaparece ni con las bodas de plata del desempeño profesional. Para el nudo en el estómago que se le pone al médico no pasan los años.

La angustia cede cuando el médico reconoce el número que llama. Es de la residencia de ancianos de su pueblo. A eso se le llama jugar en casa, y siempre se desenvuelve uno mejor en cancha propia. La voz también es conocida, longitudinalidad de la buena campando a sus anchas. Detrás está la experiencia de muchos años, una mano firme para dirigir una nave de casi un centenar de pasajeros; el médico sabe que las cosas funcionan mejor si hay una mano firme al timón, y recuerda los veranos de inexpertas timoneles aterrorizadas por todo en un mundo que aterrorizaría al más pintado.

Hay dos ancianas que han hecho saltar las alarmas de viejastrona gobernanta de la encargada de turno de tarde. Para el médico esas alarmas son sagradas, así que anota nombres, y se escapa del embrujo postprandrial del sofá volviendo a sentir los riñones como si acabara de dejar el Stenwey en el noveno sin ascensor.

Se pone en carretera tras una breve ojeada a la historia clínica de ambas ancianas, una vida encerrada en una sinopsis de diagnósticos y una tortilla de pastillas, que no es ni el más vano de los recuerdos de su vida real. No somos nada. Polvo, cenizas, diagnósticos y nada, va pensando mientras conduce camino de la residencia. La puerta se abre sin que lleguen a llamar al timbre. La encargada les espera e intercambian saludos y un par de esas bromas inocentes con que le gusta sembrar al médico los encuentros.

Los pasillos son largos. De vez en cuando se oye un grito, a veces una frase que no se entiende. Al pasar ante alguna de las puertas abiertas les golpea el olor amoniacal de un pañal empapado. Junto a los vanos hay pequeños retratos enmarcados con el nombre de los ancianos debajo. Hay fotografías alegres y otras que asustan un poco.

En la cama, tumbada de medio lado, está Paca. Es raro verla así, no hay nada que le guste más que ir a tomar un café al bar del pueblo. Se lleva la mano a la cadera, dolorida. Está tan sordaa que el médico casi tiene que tumbarse encima de ella para alcanzar a gritarle en el oído sus palabras. Por fin consigue que se gire y permite que la explore con delicadeza, palpando la cadera, moviéndole la pierna. Ella presume de su agilidad a los noventa y tantos, y recuerda que fue profesora de gimnasia. La encargada explica que tiene rara habilidad de haber sido de todo. El médico lo comprueba antes de irse: a su magisterio en educación física le añadió un trabajo de enfermera durante la guerra y varias relaciones de parentesco cercano con múltiples médicos de la capital. No se ha caído ni se ha golpeado, pero ya tiene a sus espaldas dos fracturas en los dos últimos años, está pagando el precio de la cristalización de esos huesos que fueron tantas cosas. El paracetamol parece haber hecho milagros y aunque sólo le apetece cama, el médico decide jugarse la baza de la incertidumbre, aunque deja encendidas todas las alarmas posibles.

Doscientos kilómetros de pasillos más hacia ninguna parte llegan a la habitación de Margarita. Está echa un ovillo contra una de las barras metálicas que delimitan su cama. El camisón cubre un pecho de jilguero que sube y baja al compás de su ochenta y ocho por ciento de saturación y de los gorgoteos que se escuchan sin necesidad de ningún aparato. El médico la sonríe consciente de que abrir los ojos en medio de una ensoñación febril y encontrarse un tipo con un abrigo amarillo fosforito desorientaría al tipo más cabal. Se presenta y le pide permiso para auscultarla. Ella se intenta abrir torpemente el camisón mientras repite una y otra vez el hombre del médico y el gusto que le da el saludarle.

Cuando termina, el médico vuelve a elevar el tono de voz para explicar que esa vomitona de después de la comida cogió en parte un camino equivocado que amenaza con colapsar los pulmones y que habrá que emprender el camino de peregrinación al hospital. Ella asiente con una asombrosa claridad de ideas, y vuelve a agradecer la atención y a reiterar la satisfacción que le ha producido la visita. Coge la mano del médico y se la lleva a la boca para plantarle un beso. El médico la retira azorado y besa a la tierna anciana en la frente, mientras le colocan unas gafas nasales rescatadoras y ella sonríe y se despide pronunciando el nombre del médico dos o tres veces más.


De regreso al centro empieza a oscurecer. Aun queda toda la noche de guardia. Y le duelen los riñones.












lunes, 19 de noviembre de 2018

Fibromialgia et al.

Lo siento pero no me cae bien. Mira que lo intento, pero nada. Se me hace insoportable esa seguridad en si mismo, el manejo que tiene de los espacios, de los chistes, de los silencios. Es todo una representación por y para él, con nosotros de palmeros. Y lo que más me revienta es que estoy segura de que lo sabe, de que para él el cuarto de baño de sus casa por la mañana es un camerino, me imagino el espejo rodeado de bombillas y unos pañuelos de papel sobresaliéndole del cuello de la camisa mientras se maquilla para la función. Ya se que es mucho imaginar, pero no puedo evitarlo.

En la sala de espera acumula auténticos clubs de fans, groupies que le seguirían en peregrinación como si fueran judíos detrás del Mesías. Yo permanezco callada y me limito a escuchar y observar. Aquello da para un estudio de sociología, si no me dolieran tantísimo los hombros y el cuello. Nadie me dirige la palabra. Soy forastera, recién aterrizado en el pueblo al calor de los precios a los que casi regalan los chalets que habían quedado pendientes de liquidar de los tiempos de la crisis.

Fue llegar al pueblo y empezar con los dolores. Es verdad que los cincuenta minutos de coche no me los quita nadie, tragándome enterito el programa del Herrera mientras el tipo que habla del tráfico se refiere a mi como "retenciones de varios kilómetros" en la carretera de Extremadura. Ese verdad que cuando consigo aparcar en el cercanías y me siento en el vagón, mi cuerpo parece autónomo, empeñado en convertirse poco a poco en el muñeco de vudú de un gigante cabronazo capaz de encontrar con sus alfileres cada uno de los tendones de mi cuerpo y hundirlos hasta provocar una descarga eléctrica insoportable.

Pero llevo ya casi seis meses sin ir a trabajar, enviando por fax los papeles de la baja, soportando las consultas mecánicas de la mutua, cada vez con un tono más irónico, cada vez con miradas más desconfiadas. Llevo ya casi seis meses harta de ir a fisioterapeutas, harta de que me soben la espalda, me claven agujas, me den descargas eléctricas, me tuesten con infrarrojos, me estiren, me contraigan, me vapuleen como si fuera un buey de Kobe. Llevo ya casi seis meses entrando y saliendo de aparatos ultramodernos, sentándome en mesas duras y frías, colocando en posturas diversas cada una de mis extremidades mujeres con batas de plomo, viendo como mi sangre rellena tubos y tubos, sintiendo uno tras otro pequeños calambres que se registran en papeles que insisten en decir que no tengo nada.

Que no tengo nada, excepto que me duele hasta la vida.

En realidad el pobre tampoco ha hecho nada para caerme mal. Me tutea como si llevara una vida conociéndome, pero yo creo que si no mirase mi nombre en la lista antes de salir a llamarme, no tendría ni idea de cómo me llamo. Es verdad que se sienta a mi lado, que se lee atentamente los informes que le traigo de todos los especialistas, las pruebas que me van haciendo, es verdad que parece preocuparle el muñeco de pmpampum en que me están convirtiendo.

Pero no puedo evitarlo. Le trato de usted porque noto que le incomoda, como concediéndome a mi misma esa pequeña infamia. Luego, cuando me pregunta cómo me encuentro, tengo la sensación que de verdad le importa, que detrás de esa pregunta hay algo más que el formalismo de imprimirme un nuevo parte de confirmación. Y me deja hablar. Me da vergüenza contarle que cada día estoy peor, porque cuando lo digo por ahí, ya siempre veo incredulidad, desconfianza, hartazgo. Así que cuando le cuento que apenas puedo girarme en la cama por la noche, que ducharme es todo un esfuerzo, escudriño sus ojos absolutamente segura de que, aunque sea solo por un segundo, también él se revelará como un desconfiado y un gilipollas.

Lo que pasa es que el tipo se calla y me deja soltar todo lo que me duele, que es un océano, y por más que le miro y le remiro, que me falta biopsiarle ambos globos oculares, no termino de ver la desconfianza y me parece que me la quiero inventar más que otra cosa. Así que me callo para ver cómo reacciona, a ver con qué me salta, ahí callado sin dejar de mirarme, con el pelito entrecano, los vaqueros y las botas de moderno que no le pegan ni con cola.

Se toma un minuto y cuando habla, me mira a los ojos, y empieza a contarme un rollo sobre una enfermedad un tanto especial, difícil de definir, que si no tiene pruebas para diagnosticarla, que si no se sabe la causa, que si esto, que si lo otro. Y entre medias escucho la palabra crónica y ya no he escuchado nada más. Le interrumpo cuando estaba en plan médico de la tele, gustándose. Me parece que le ha molestado un poco, o a lo mejor es sólo otra de mis pequeñas infamias. Que se joda.

- "¿Pero es que voy a estar yo con este dolor toda la vida?"

Noto como le sube y le baja la nuez. Está tragando saliva, buscando las palabras justas. Mala señal. La palabra justa para mi era un NO rotundo, pero no es esa la que oigo, y ya no me interesa oír ninguna más. Desconecto. Cuando vuelvo del tercer anillo de Saturno, el cuello me duele como si la cabeza me pesara dos toneladas. El está callado de nuevo. Ha imprimido mi parte de confirmación y está esperando que reaccione. Cojo los papeles y mientras me pongo de pie le rebato sus argumentos: yo no puedo tener eso, yo tengo que tener algo que se cure de un modo u otro y todos estos meses sean un mal recuerdo.

Se levanta para despedirme. Me ha dado otra cita en un par de semanas. Me pide que piense en ello, me escribe una dirección de internet para que busque información. Soy muy fría al despedirme. Lo siento, pero es que no me cae nada bien.


Dedicado a todas esas mujeres (y algún hombre) que padecen fibromialgia, a la soledad en la que se encuentran con su dolor, a la desesperanza a la que se enfrentan cuando buscan hasta la saciedad alguna otra respuesta y no la encuentran. Se merecen nuestra ayuda. Aunque les caigan mal sus médicos de cabecera.
Y dedicado al Dr. Vicente Palop, a quien he conocido en el Seminario de Innovación en AP de Zaragoza, por su trabajo para abrirnos los ojos en cómo tratar a estas enfermas. 
La imagen es de la Sociedad Valenciana de Fibromialgia 









lunes, 5 de noviembre de 2018

El interino

El médico está preparando mentalmente su maleta. Como siempre, como las anteriores ocasiones, aunque nunca pretende llenarla, termina haciéndolo inevitablemente. El problema es ordenar todos esos recuerdos, los lugares, las gentes, los compañeros, las calles, las risas, los nervios, el miedo, los llantos. Ordenarlo y conseguir cerrar la maleta, llevársela a casa y vaciarla en las estanterías donde almacena los de los otros lugares, los cuatro o cinco que ha conocido ya, los que ha abandonado como abandonará pronto éste, recuerdos que a fuerza de almacenarse se van diluyendo como si estuvieran escritos en tinta invisible, y poco a poco fueran adelgazándose hasta quedar reducidos a tres o cuatro caras, a un par de sucedidos de los que se cuentan las noches de guardia o en las comidas con los amigos.

En fin, que aquello se había convertido en una rutina de las que nadie desea. Un nuevo concurso de traslado se le volvía a llevar por delante como si hubiera construido su casa en un torrente seco que se  inunda cada pocos años, arrasándolo todo, obligándole a empezar de nuevo, después de limpiar de barro los restos casi irreconocibles de su vida.

Así son las cosas. Desde que había terminado la residencia había contribuido a la riqueza regional abonando religiosamente las cuotas de inscripción a todas las OPEs, conservaba cuadernillos de varias academias, había probado estrategias diferentes, y había sido constante en el fracaso, lamentablemente, demasiado constante.

Nunca le había gustado ponerse excusas, pero la tentación era tan apetecible en este caso, que mientras conducía hacia su centro de salud, a paso de tortuga, como a él le gustaba hacerlo, saboreando esos minutos sólo suyos, se dijo que quién más que su conciencia iba a oírle, así que dejó salir la retahíla de zancadillas que la vida se había empeñado en ponerle antes de cada examen, la boda, los bebés, la necesidad irremediable de ganar dinero, las guardias en el hospital privado, los recibos de la guardería, luego los colegios, más trabajo, más guardias, logopedas, extraescolares, hipoteca... Seguramente se dejaba alguno, pero había que adelantar a ese tractor y la neblina de la madrugada es traicionera para las distancias.

De momento el bachiller en el colegio privado del mayor, el coche nuevo que hubo que comprar y los líos adolescentes en el colegio con la segunda eran los protagonistas de haber mantenido su constancia en el último examen. En realidad, cuarenta y tantas plazas no provocaban ilusiones desaforadas ni deseos de jugárselo todo, detener el tiempo y lanzar el as de bastos. Así que el uno por el otro, la casa opositeril sin aprobar ni barrer. ¡Qué se le va a hacer!

En dos o tres semanas cerrará la maleta, que empieza a parecer un baúl de corista antigua, lleno de pegatinas de lugares donde estuviste pero a los que no perteneciste, y a cruzar los dedos y seguramente también a cruzar el mapa de la provincia. Alguna ventaja tiene ser perro viejo, no todo van a ser las canas, la calva y la barriga. Ya no extrañan las consultas de cupos horrorosos, ya no se hace tan raro el servir de tapa huecos para cubrir ausencias, ya no parece tan inusual el entrar en las ruedas de festivos y puentes como si la rueda fuera la de un camión de tres ejes atropellándote un juanete. Cuando las has visto de todos los colores, hay pocas cosas que puedan sorprender la visión cromática de un interino.

A lo lejos alcanza a ver el centro de salud. Es el primer edificio del pueblo. Han sido unos buenos años, aunque él casi no recuerda ya años malos, cosas de las corazas que sin querer uno va echando, como al que le crece una seborreica, de puro viejo. Y es que siempre ha intentado hacerlo lo mejor posible. Ha visto a su alrededor compañeros hartos de dar tumbos, que iban poco a poco dejándose llevar, a los que no les quedaba ni rastro de impulso alguno, compañeros a los que la rabia les había enfangado en una especie de hedonismo acomodaticio y hasta crematístico siempre que podían, compañeros que sabía dejarse querer por quien siempre estaba dispuesto a querer a cambio de algo.

Pero él no era así. Aunque a veces le costaba muchísimo, sobre todo los días de cansancio después de una guardia en el privado, los días en que se acercaba la fecha de la retirada, los días en que se sentía un apátrida, los días en que le dolían los riñones porque ya no era un chaval y entonces pensaba en mandarles a todos a la mierda y vivir para cobrar la nómina a fin de mes haciendo equilibrios entre lo imprescindible y lo necesario, entregado sin rubor a colaboraciones productivas arrugando levemente la nariz si llegaba algún olorcillo incómodo. Pero eran tentaciones a las que sólo concedía el instante de un cabreo, para mandarlas después a freír puñetas, lo más lejos posible de su integridad, porque él seguramente sería el interino eterno, si no lo evitaba la lotería de Navidad, pero al menos aquellas mañanas de conducir tranquilo, podía sentirse a gusto consigo mismo. Algo es algo, aunque no sirva para aprobar una oposición.












lunes, 29 de octubre de 2018

Morderse la lengua

La guardia había llegado a ese momento en que cada nuevo paciente es un latigazo más, restallando entre jirones de piel y sangre en la espalda en carne viva del médico que siente el peso individualizado de cada uno de los años que le contemplan. Los azares del destino y del compañerismo han hecho que ese martes tuviera un preámbulo de auténtico granito de veinticuatro horas el domingo previo, cosas de las peticiones de cambios que se llevan por delante planes y descansos quiméricos, y te escupen la realidad de un cansancio sin límites y una desgana infinita.

A un lunes sin consulta le había seguido un martes batallador y arisco, que le había quebrado ya ambas rodillas antes de meterse de lleno en el trajín de pacientes desconocidos, las idas y venidas de los domicilios, con sus kilómetros de carretera e incertidumbre, y los párpados que se sostienen sin desplomarse gracias a andamios de cafeína.

Sin duda, se estaba haciendo duro.

Cuando sonó el teléfono, unos padres preocupados por las fiebres de su retoño detuvieron el relato de sus últimos horas angustiosas de lucha contra el mercurio ante el gesto de impotencia y las disculpas apresuradas del médico. En el auricular, un anciano explicaba cómo su nieta de nueve años vomitaba sin parar desde hacía horas, y pedía que alguien acudiera a ayudarle al pueblo de al lado porque él no tenía coche ni a nadie a quien recurrir para trasladar a la pequeña. El médico casi se hunde bajo el peso de las palabras NI HABLAR y NUEVE AÑOS, que se le habían formado con toda la claridad del mundo y un tamaño desproporcionado en su cabeza. Podía escuchar las conversaciones en la sala de espera y casi era capaz de ver físicamente su cansancio como si fuera otro yo compuesto de un metal pesado y que lo cubre todo.

- ¿No está la madre de la niña para hacerle unas preguntas y darle unos consejos?
- No, mi hija no vuelve hasta más tarde del trabajo.
- ¿Y no tiene a nadie que le ayude a traer a la niña aquí? Es que estoy yo solo, hay bastante gente y la verdad, los niños son fáciles de transportar.
- No, ya le digo que no tenemos a nadie, así que tiene que venir usted.

La conversación no daba mucho más de sí. El intento del médico de explicar acciones y posibilidades chocaba con el muro de los años y la obstinación del hombre, que repetía su dirección como si se tratara de un mantra, dejando pocas opciones de reconducir la situación. Los angustiados padres que se habían enfrentado a los terrores de la pirogenia empezaban a removerse en sus sillas, incómodos, deseosos de que aquel tipo ojeroso derramase sus bálsamos sobre el pequeño que contemplaba el cuadro desde lo alto de la camilla con el termómetro en el sobaco y una cara de sanote que tiraba de espaldas. El médico había aceptado la derrota y tomaba nota de la dirección a la vigésima repetición, cuando de repente fue como si una tormenta se apoderara del auricular. Una voz disártrica y estridente comenzó a exigir la presencia inmediata de todos los efectivos disponibles reprochando la tardanza en acudir al rescate en una situación límite como aquella.

- ¿Es usted la madre de la niña?- consiguió deslizar entre los improperios y las amenazas. - Me habían dicho que no estaba usted en casa.
- Mi padre tiene Alzheimer y no sabe lo que dice. ¿O es que está usted llamado mentiroso a un pobre enfermo? ¿Y usted quién es para decir a mi padre que es nuestra obligación tener un coche en la puerta?

Aquello empezaba a adquirir tintes buñuelianos y el perro viejo que habitaba dentro del médico no tardó en avisarle de que la mejor opción era el reseteo por la tremenda, así que se despidió con un breve "iré en cuanto pueda", y se concentró en el pequeño sonriente que pedía un palo, sintiéndose molesto con la taquicardia que notaba, y que seguía apareciendo con los conflictos por muchos años que pasaran y muchas escamas que acumulara.

Los catarros de los primeros fríos y de las primeras convivencias escolares le mantuvieron ocupado todavía un par de horas, y provocaron una segunda llamada en el mismo tono aguardentoso y violento, añadiendo un par de "ni puto caso" y otras lindezas similares que recuperaron las palpitaciones en el médico y el deseo de que aquella guardia se acabara antes de que reventara por algún lado.

Cuando por fin los virus decidieron dar una tregua, o el frío y la noche dejaron de hacer apetecible el salir de casa, el pequeño coche blanco y azul se tiró al asfalto con la calefacción a tope y la mala leche buscándoselas hueco entre tanto botiquín y tanto aparataje.

La casa era un chalet adosado en una urbanización de patadas en la puerta y ventanas tapiadas. Un anciano con un tubo de plástico conectado su nariz con un poco de vida les abrió la puerta y les mandó escaleras arriba. Entraron en la única habitación iluminada donde una preciosidad de tercero de primaria con trenzas rubias estaba tumbada en su cama sonriendo. En la cabecera un orinal de plástico recogía tres dedos de jugos gástricos malolientes. A los pies de la cama estaba sentada una mujer despeinada, con ese aspecto desaliñado y aviejado que te deja la vida cuando se empeña en darte cientos de bofetadas. Durante unos segundos pareció querer hacer un esfuerzo por contenerse, pero a la segunda pregunta del médico recuperó toda la agresividad que le permitía un paladar de trapo y destapó la caja de los truenos, escupiendo reproches, afrentas inventadas, acusaciones de incompetencia, una sarta de barbaridades farfulladas difíciles de entender pero muy fáciles de interpretar.


El médico trató de centrarse en la pequeña y su epigastrio dolorido, sus borborigmos y su fiebre, pero los dardos le seguían dando en la espalda y sentía como temblaba y amenazaba con caer la armadura de indiferencia que había decidido ponerse.

- ¡Basta ya! Deje de amenazarme con el dedo. No le consiento esa actitud tan agresiva.
- Yo no le estoy amenazando. Le digo que le voy a poner una denuncia, que no se dan cuenta de que es mi hija que está vomitando sin parar, que se encuentra muy mal.

El olor a alcohol llenaba toda la habitación cada vez que hablaba. Las palabras se atascaban en el batiburrillo de la lengua, el paladar y el cerebro embotado. El médico echaba humo como una olla a presión con las válvulas abiertas y se adivinaba la inminencia de la explosión con la certeza del día que sigue a la noche. Entonces miró a la cama y vio la pena asomando a los ojazos de una niña que ya había visto mucho más de lo que debiera haber visto nunca. Así que se tragó toda la rabia que tenía, que se había mezclado con el cansancio haciéndose espesa y difícil de deglutir. Pero al final a duras penas atravesó el gaznate y cuando por fin le recibió en la calle la bofetada del aire frío, la taquicardia fue poco a poco diluyéndose en una enorme pena, mientras devoraban de nuevo los kilómetros en medio de la oscuridad, y restaba una hora más al reloj de las noches en vela.













lunes, 22 de octubre de 2018

Cambiar el paso

Está empezando a amanecer. Han dejado las persianas del salón levantadas y la naturaleza aparta de un empujón la chulería humana de las luces amarillas de las farolas pegándose un homenaje de sol rojo de deidad egipcia. Siempre les gustó mantener las cortinas abiertas, otear su skyline privado de suburbio de la capital desde el sillón mientras las horas de la noche se consumían y la lengua se secaba a golpe de palabras y se esponjaba de nuevo a golpe de vino.

Aquella madrugada empezaba también a espaciar las frases, que se habían atropellado sin descanso durante horas. En el cuco dormía la pequeña con ese sueño plácido y sin pesadillas de los bebés. Ni el padre ni la madre habían hecho intención de llevarla a su dormitorio, como si tácitamente ambos hubieran aceptado que aquella era la noche de sus vidas, que de esos debates, de esos silencios, de esos planes locos y maravillosos construidos y destruidos dos mil veces iba a depender el futuro de aquella familia embrionaria pero potente como los primeros brotes de un roble.

El miró  el reloj por primera vez cuando el telón de fondo de la ventana cambió de negros a rosados y anaranjados. Miró a la pequeña mientras se ponía en pie y trataba de reconocer los músculos, los tendones, las articulaciones, haciendo estiramientos extravagantes. Ella también miró a la niña. En ese momento un ángel la debió acariciar la mejilla porque sonrió en su sueño profundo. No hizo falta que se dijeran nada más. Aquella sonrisa inconsciente parecía haber sellado a decisión que habían tomado.

El día anterior la vida avanzaba con el aplomo que lo hacía siempre, con las prisas de la madre que se bebe el vaso de leche y mordisquea la tostada mientras amamanta a la pequeña, que se deja la voracidad en el pezón, el padre terminando de llenar el saco del cochecito con pañales, toallas, chupetes y demás aperos de padres primerizos, los besos repartidos en el portal, la pena de la separación mientras la madre médica devora kilómetros camino de su último día sustituyendo en el centro de salud al otro lado del atasco, con miedo a equivocarse de salida porque en el último mes cada semana debía tomar una distinta, sin dejar de pensar en el desgarro que nota entre el corazón y el bajo vientre y que algunos llaman ñoñería de mamá novata con la misma desvergüenza con la que ella les llama a ellos gilipollas, pero con mucha menos razón.

Mientras trata de abandonar la pegajosidad del tráfico, se dice que está más que harta de dar besos de bienvenida y despedida casi sin solución de continuidad. Y mucho más en los últimos tres meses, desde que volvió a levantar la bandera en el servicio de personal y le quedó meridianamente claro que el último año le había regalado lo mejor de su vida y le había pedido a cambio el peaje de dejarla en la cuneta mientras sus compañeros le pasaban por la izquierda. Una auténtica mierda. Como un piano, por cierto.

Estaba en la consulta repitiéndose cada vez que se levantaba a nombrar al siguiente paciente el mantra que le había hecho tatuarse su tutor en el hipocampo, con su sabiduría de anciano oriental bigotudo bañado en incienso que se las sabe todas: "no olvides que se puede hacer buena Medicina en cualquier circunstancia", sabedora de que cada vez lo repetía más y al tiempo se diluía un poco el tatuaje en su memoria.

La llamada había llegado en esos minutos de tregua que son tan raros que a veces te parece que te has quedado dormido sin darte cuenta. Casi le pareció que lo que sonaba era el despertador de la mesilla de noche. Conocía la voz al otro lado, su tono im-personal, el que le llevaba de un lado a otro como a una bola de pinball. Pero ahora la ponía entre la espada y la pared; tenía las horas que le quedaban a ese día tan vulgar como cualquier otro y a la que prometía ser la noche más trascendental de sus vidas  para decidirse. Después, la oferta habría expirado como si hubiera surgido de las rebajas de El Corte Inglés.

Había tenido que buscar el sitio en un mapa, aunque le sonaba vagamente. Pero era una ilusión, no creía haber pasado por allí jamás en su vida. No hay lugar recóndito que no tenga su huequecito en Wikipedia, y hasta su galería de imágenes en Google, que parecían postales de película de Heidi. Cuatrocientos cincuenta y siete habitantes en el censo de cuatro inviernos antes, que seguro se habrían llevado por delante con sus fríos al menos los suficientes como para transformarlo en un número redondo. El engaño de la distancia en los mapas querían darle un respiro. Pero tampoco servían para engañarse.


Hubiera sido incapaz de recordar ni un segundo del trayecto de vuelta. En casa le esperaba él y la pequeña, tan ávida que todo lo demás hubo de posponerse, hasta los besos. La oferta sobrevoló la cabecita de bebé pegada al pecho y aterrizó en los ojos sorprendidos como dos platos del padre de la criatura.

El silencio inicial prometía largas discusiones y mientras el preparaba algo ligero, los pechos se vaciaron y la dejaron frita como si la leche fuera de amapola. Después llenaron el salón de miedos, de dudas, y como habían hecho tantas otras veces las fueron transformando en esperanzas, en posibilidades y sueños, como si fueran dando la vuelta a las cartas de una baraja y descubrieran que llevaban una baza ganadora.


El sol ya se había convertido en el amo, y a ellos les picaban los ojos legañosos. Estaban despeinados y no olían precisamente a héroes ni heroínas, pero era así como se sentían, miraban al suelo, que estaba ya completamente sembrado de planes, de matices en los que nunca habrían pensado. Habían decidido ser valientes, habían decidido jugar aquella partida, así que ya sólo quedaba hacer una cosa: empezar a andar.

Dedicado a todas y todos los que decidieron lanzarse a la Medicina Rural, aunque aquello les cambiara el paso de su vida. Inspirado en tantas cosas oídas durante las III Jornadas de Medicina Rural del Grupo de Medicina Rural de Semfyc en Cuenca. Y a Jesús Igualada @iguqui por regalarme la fotografía y su significado