lunes, 20 de febrero de 2017

La carta

La ha leído ya cuatrocientas veces. Está encima de la mesa que hay frente a los sillones. manoseada, arrugada. Desde lejos tiene localizadas las palabras terribles, sabe dónde se encuentran, en qué párrafo, a qué altura. Se pregunta cómo puede ser el lenguaje tan frío, él, que tanto lo ha amado durante toda su vida, todos aquellos años enseñando literatura a generaciones y generaciones de cabestros asilvestrados, en la esperanza de que alguna frase de un poema se tatuara en sus cerebros en barbecho. Esperaba tal vez de tanto amor un poco de correspondencia, una guiño romántico por los años pasados juntos. Nada. Frialdad y dolor. ¡Qué putas pueden ser a veces las palabras!

Su mujer ha ido a misa de siete. No tardará en volver. Siempre le hizo gracia la paradoja del ateo irredento enamorado hasta las trancas de la beata de rosario nocturno, pero un tipo con su sentido del humor no puede dejar de apreciar los momentos en que la vida se pone cachonda con uno.  Apúntate una, destino sinvergüenza y socarrón. Pero entre tú y yo. Mi mujer preferirá apuntarle el tanto a San Antonio o cualquier otro santo. 

Cuando regrese tendrá que explicárselo. No es que no quisiera ahorrarla el disgusto, es que es incapaz de ocultarle nada a la capacidad deductiva de su Holmes particular. Cuando no ganas nunca,  el juego deja de tener gracia, así que él dejó de jugar enseguida: las verdades, como motas de polvo o como puños, por delante. En cualquier caso ambos llevan un par de semanas esperando la dichosa cartita, desde que le hicieron la biopsia de la próstata. El procedimiento había sido breve y aséptico, como no podía ser de otra manera, faltaría. Aunque a veces no estaría de más un pelín menos de asepsia en el trato, que eso tampoco va a contaminar ningún bicho multirresistente, piensa. Una tarde un poco nervioso saliendo de una habitación empujado en una silla de ruedas, con el pijama clásico de culo al aire y máxima vergüenza, un pinchazo en el brazo, la mesa de un quirófano. Unos gorros verdes y unas mascarillas asomándose y retirándose y un sueño feliz inducido por el líquido transparente que depositó una jeringuilla en un tubo de plástico. Después un despertar parlanchín y para casa con un cierto dolor en zonas delicadas y pudendas, que se amortiguó con una capsulita roja. 


De todo eso han pasado unos días, días en los que se mira dentro del buzón sin la indiferencia habitual, con nerviosísimos similares a aquellos que se sentían cuando esperabas la carta del amor que había durado lo que duraron las vacaciones en la playa. Aunque ahora deseas secretamente que la carta no llegue nunca, que las muestras se hayan enviado a un laboratorio de Hong-Kong, que se hayan eliminado por error al confundirlas con las de un caso ya resuelto la semana anterior, que el punch nunca hubiera agujereado esa próstata, que la consulta con el urólogo se hubiese suspendido, que nunca hubiera visto aquel programa de la tele, que le hubiese hecho caso a su sobrino el médico de pueblo y hubiese elegido la seguridad social y un buen médico de cabecera, en vez de Muface, que Sergio Ramos no hubiera rematado aquel córner en Lisboa. En fin. Que la vida fuera un Cine-Exin en el que la manivela pudiera girarse hacia atrás. 


Pero la triste realidad es que la carta está allí, en las manos de su mujer que acaba de llegar con el cuerpo de Cristo en su estómago y cara de no tener ni puta idea de qué significa la palabra neoplasia porque esa palabra no aparece en los libros que a ella le gusta leer, esos que escriben los Papas y que se compran en la librería diocesana. Y la amarga realidad es que las lágrimas en su cara se parecen a las de la imagen de la Dolorosa y él no ha podido soportarlas nunca sin que le entraran ganas de romper algo, aunque fuera dentro de sí mismo. 


Y aquella noche los dos hacen agujeros en el techo de la habitación de tanto clavar en el las miradas, y la carta sigue abandonada en la mesita frente a los sillones, con las arrugas estratégicamente situadas para que las palabras cabronas resalten como los anuncios fluorescentes de Picadilly. 

Durante dos días hablan poco, y duermen todavía menos. Ninguno de los dos reúne coraje suficiente como para meter la carta en un cajón, y la muy chula sigue pavoneándose en el mismo sitio donde se quedó. Los chicos han llamado por teléfono para preguntar si había llegado el resultado, pero las miradas de ambos se cruzaron y la verdad se aprovechó de la pobreza sensorial de las ondas electromagnéticas. El tercer día, por la tarde, de repente, asusta a su mujer con un gesto con el que parece querer desprenderse de la parálisis del miedo, y levantándose del sillón, coge la carta en una mano y el teléfono en otro. Marca el número de su sobrino. Ella le ve leerle al aparato uno a uno los párrafos de la carta: de las doce muestras recogidas... apenas toma aliento entre frase y frase... cinco corresponden a...

Cuando termina, ella permanece atenta a la expresión de su cara, como si estuviera presenciando el alzamiento del cáliz y la hostia tras la consagración. Y nota como los surcos de preocupación que se habían apoderado de él van lentamente diluyéndose, como el terror cede terreno en sus ojos, se rinde aunque lo haga de mala gana. Anda, cuéntaselo a tu tía, por favor. 

Entonces le pasa a ella el teléfono y mientras escucha sus interjecciones de asentimiento y los audibles resoplidos de alivio, dobla la carta, rematando los dobleces con la pinza de sus uñas, y la guarda en el cajón de la cómoda, permitiéndose esa pequeña y momentánea victoria, como si hubiese  resuelto la ordenación final del universo. 












lunes, 13 de febrero de 2017

El club de la lucha

Buenas noches damas y caballeros, y bienvenidos al mayor espectáculo del mundo, el espectáculo que entretiene a las masas, el show que les hará estremecerse, morderse las uñas, sufrir, reír y llorar. Bienvenidas una vez más todas aquellas personas amantes del riesgo, todas aquellas gentes dispuestas a drogarse con la adrenalina que rezuman dos monstruos frente a frente, en una batalla final en la que solo puede quedar uno. Bienvenidos todos a... ¡El cluuuuuub deeeeee laaaaa luchaaaaaa!


Esta noche, en una de las esquinas del cuadrilátero tenemos a una mujer fajada en innumerables refriegas, la campeona del cuerpo a cuerpo. Una mujer cuya mirada podría elevar dos grados la temperatura del círculo polar ártico. Madre de tres hijos, ha tenido que lidiar con otorrinos, traumatológos, digestólogos y hasta con psiquiatras infantiles. Una mujer que se ha merendado con patatas tres pediatras diferentes. Es la campeona de las amigdalectomía, los drenajes timpánicos y las radiografías para vigilar la escoliosis. La azitromicina no tiene secretos para ella. Es capaz de recitar de memoria los miligramos por kilo de peso del Ibuprofeno y transformarlos sin pestañear en los centímetros cúbicos correspondientes en su dos concentraciones de veinte y cuarenta. Recibamos todos con una fuerte ovación a la merienda-residentes, el terror de las consultas sin cita, la reina de las Urgenciasssss... ¡La Augmentinesssss!


En la esquina opuesta, un veterano del club de la lucha, un hueso duro de roer, que aunque haya perdido la cintura de la juventud, ha endurecido su mandíbula y se ha convertido en alguien a quien es muy difícil mandar a la lona. Sin duda este enfrentamiento será todo un espectáculo. Abrónquenle si lo desean, grítenle, ódienle si lo prefieren, pero al menos reconózcanle su valentía. Con todos ustedesssss... ¡El doctor evidenciassss!



La Augmentines es, sin duda la favorita del público, su heroína. Es fácil identificarse con esa madre entregada capaz de echarse al mochuelo a los lomos arropado con una manta zamorana y afrontar la sensación térmica de menos cuatro y la lluvia helada rancheada para llegar a las urgencias del centro de salud a las dos de la mañana para que le miren al niño la garganta. Tiene un porte casi majestuoso con el niño en sus brazos asegurándose de que no se le caiga el termómetro, la barbilla desafiante esperando que empiece la lucha. Años de combates y victorias, una figura a quien los espectadores adoran.


En la esquina opuesta, su adversario es el centro del abucheo la concurrencia. A él parece no importarle y, consciente de la dimensión del enfrentamiento que le espera, se mantiene en silencio, cabizbajo, concentrado. Con su camisa amarilla con el velcro en la espalda de médico, y los pantalones azules con tiras fosforescentes, mantiene las manos sobre el teclado sin responder a las miradas retadoras de su adversaria. Poco a poco se impone el silencio expectante. Lleva veinticinco años sentado en esa silla y tiene el culo pelado de haberlas visto de todos los colores, pero sabe que el enfrentamiento será cruel, sin cuartel, y él es una roca.


El inicio del combate sigue el guión esperado. Los preliminares en los que ambos contendientes se miden, sopesan sus fuerzas, exploran las debilidades del contrario.

El Doctor Evidencias ha robado la iniciativa a La Augmentines, que quería demostrar su poderío con un torrente descontrolado de síntomas y sospechas preocupantes, pero la sangría de datos ha sido detenida por Evidencias, que, demostrando que es un perro viejo, se ha hecho con el control del primer asalto colocando en la misma mandíbula de su adversaria una serie contundente de cortas preguntas que apenas han permitido ningún lucimiento a La Augmentines. Podríamos decir que el primer asalto no ha sido especialmente sangriento, pero ha tenido un bonito intercambio de golpes. A los puntos, el Doctor Evidencias ha sido claro vencedor.

El público se levanta de sus asientos aullando para demostrar a La Augmentines su apoyo, mientras ésta coloca a su hijo sobre la camilla, colocándose ella junto a la esquina superior derecha. Es una retirada táctica porque sabe que está en terreno hostil, pero es una zona segura, donde sabe que aun se mantiene en el juego demostrando su influencia, y no termina de permitir el lucimiento completo del adversario. Una posición estratégica soberbia.

El Doctor Evidencias ha intentado sacar tajada de pelear en su terreno, pero sentía la incómoda presencia y sin duda, estuvo mucho menos suelto de lo que le hubiera gustado. Ambos contendientes regresan a sus rincones, pero ella vuelve a tener a la criaturita en brazos y el rugido del público enfervorizado le devuelve la confianza en la victoria. Sentados frente a frente, comienza el asalto final. Se huele la sangre.

La Augmentines quiere golpear primero y abre la veda con un arrogante ¿Y bien, qué le pasa? con aires de examen de reválida, coreado por la multitud. Pero Evidencias no es un pusilánime y aguanta el chorreo con un largo silencio que contribuye a encrespar a su rival. Recurre al truco del tecleteo como si estuviera transcribiendo los rollos del Mar Muerto porque sabe que su contendiente es de sangre caliente y que si consigue alterarla puede cometer errores. La respeta porque conoce su potencial y su fuerza, y no está seguro de la victoria. Quizás quince años atrás, pero los años se notan.

Por fin se decide a lanzar el ataque. Lo hace por la vía de los mocos en la garganta y la inflamación de la faringe. Concede que es importante pero al final saca el golpe de la ausencia de placas y las pocas horas de evolución. La Augmentines es rápida y esperaba ese ataque. Con una finta de cintura pone sobre la mesa su experiencia como madre de la criatura y de dos hermanos mayores que ella. Pretende así contrarrestar definitivamente la carta de la madre excesivamente ansiosa y el público le responde con una ovación cerrada que demuestra lo hartos que están de ese argumento tan despectivo. Evidencias siente debilitarse su posición pero ya hemos dicho que es un fajador, así que intenta gestionar una prórroga de setenta y dos horas para revaluar la situación, pero su contraria se siente ganadora y golpea el hígado del médico con dos casos documentados cercanos a ella que terminaron con desenlaces horrorosos que le cortan el resuello y le hacen tambalearse.

Sabiéndose muy tocado, lanza con desesperación el uppercut de los virus y el crochet de la resistencia de los antibióticos, pero nota que no han hecho ninguna mella en La Augmentines, que con un pie en su cuello, empieza a jalear a unas gradas enfervorecidas que piden la cabeza del Doctor Evidencias. No obstante, es difícil hacerle besar la lona, y, ya sobre la campana, decide jugársela con la pérdida de la flora intestinal. la alteración de la absorción de nutrientes y la posible influencia en el desarrollo de la criaturita. Nota como su oponente encaja el golpe inesperado y en el brevísimo tambaleo de incertidumbre, cierra definitivamente el combate con una prescripción diferida de una simple Amoxicilina.

Señoras y señores, damas y caballeros, ¡qué espectáculo tan fascinante! ¡qué dos contendientes, qué coraje, qué valentía, qué cantidad de recursos! Una vez más, hemos tenido el privilegio de asistir al enfrentamiento de dos fuerzas poderosas, dos titanes que lo han dado todo en el ring. Muchas gracias por su atención y no se pierdan el próximo combate. les mantendremos informados. 













viernes, 3 de febrero de 2017

Tristes recuerdos

Apenas viene por la consulta. No puedo evitar pensar en mi abuelo cuando salgo a la puerta a llamar a los pacientes y le veo sentado en la sala de espera. Debe ser una mezcla de recuerdos primigenios y de memoria visual, la que me dejó las fotografías en blanco y negro, porque mi abuelo murió cuando yo apenas tenía cuatro años. Pero aún así es verle sentado con su piel rosada, su calva repleta  de esas queratosis que delatan años y calamidades, la boina en la mano, y volver a ver al niño regordete con jersey de punto blanco y medias caladas en brazos de un abuelo entregado. 

Cuando le llamo por su nombre, se levanta notando los años en las junturas, y me sonríe con respeto y cariño desde sus ojos glaucomatosos, los mismos que tanta guerra le dieron un par de años antes por culpa de unos párpados deformados y legañosos. 


Nos damos la mano antes de entrar y sentarnos el uno junto al otro. Antes de poder decir yo nada, me pregunta siempre por la familia. Me gusta responderle que los niños me dan mucho trabajo, porque le veo sonreír satisfecho y generalmente me lanza una de esas frases categóricas de quién ha vivido tanto: eso está bien, lo malo es que no se lo dieran. 

Viene a verme para cumplir los encargos que le hace su mujer, renovar todas esas pastillas que la pobre se ve obligada a tomar. El no quiere ni verlas, a pesar de que hace un par de años que entró en la última decena del siglo. Hace tiempo que acordamos él y yo que le molestaría lo menos posible, aunque siempre tan respetuoso, dejó la puerta abierta a plegarse a lo que yo creyera conveniente, sin saber que lo que yo creo conveniente es cumplir sus deseos. 

Las rutinas informáticas nos permiten dedicar unos minutos a charlar. Me cuenta que él era el pequeño de trece hermanos, la diana donde terminaban todos los golpes de la docena que le precedía. Luego pierde la vista en la ventana de la consulta y se transporta mentalmente al establo donde pasaba muchas noches durmiendo entre las mulas que debía cuidar, levantándose cada mañana a las cinco de la madrugada para llevarlas al campo. Así era la vida, me dice. 

No sé por qué le pregunto si llegó a pasar hambre. Entonces noto que se remueve en la silla y empieza a hacer girar la boina en las manos. Y le zarandean de golpe los recuerdos de la dehesa donde acogieron a todos los niños durante la guerra, aquellos tiempos en que las ideas se defendían en las trincheras, las bombas sustituían a los truenos y los asesinos dejaban llenas las cunetas. Comíamos solo patatas cocidas casi todos los días. Yo dormía en un colchón que me hacía un señor con paja, tapado con una manta. 

Ahora, cuando salen esas imágenes de los niños en las tiendas de campaña cubiertas de nieve, haciendo cola en el barro para escapar, o para que les den una hogaza de pan, tengo que decir a mi hija que quite la tele, o salirme a la calle. No puedo verlo. Se calla y yo no quiero violentar ese silencio que provocan los recuerdos más tristes y oscuros. Cuando nota que he dejado de cliquear al fin, parece regresar al presente y poniéndose de pie, me da la mano. Me he alegrado mucho de verle. Le despido en la puerta pidiéndole que tenga cuidado con el suelo resbaladizo de la calle húmeda. Se pone la boina y me hace un último gesto de saludo. 


Me tomo unos segundos antes de llamar al siguiente paciente. Pienso en lo terrible que debieron ser aquellos días oscuros. Y pienso en lo ciega y sorda que parece nuestra sociedad, y si esa ausencia de ojos y oídos se debe a que sencillamente, hemos dejado voluntariamente de ver y escuchar a quienes pueden explicarnos de primera mano esos sentimientos: el miedo, la tristeza, el abandono, la pena. 


Espero no perder nunca la capacidad de escuchar, y tampoco la capacidad de asombrarme con la riqueza que nos regalan las consultas a los médicos de cabecera. 







lunes, 30 de enero de 2017

Ternura

Sí. Definitivamente, la ternura está demodé, es un sentimiento que a veces parece estorbar, y casi siempre, avergonzar. Especialmente a nosotros, los machos alfa, o beta, e incluso hasta a los omega. Que de repente se te venga las lágrimas al gaznate, incomoda. Que la persona que tenemos sentada delante tenga que rebuscar a toda prisa en su bolso un klenex porque la pestaña está empapada y el moco empieza a colgarle nos hace removernos en nuestro butacón. Que en la vorágine de pacientes citados cada 5 minutos, sorpresas al margen, alguien pretenda envolvernos en sus sentimientos nos aterra, porque parece que ahí no hay mesa que pueda interponerse, no hay bata que nos resguarde, y si permitimos que de rienda suelta a historias que dejarían en pañales a Emily Bronte, entonces a ver cómo nos recuperamos después ante el siguiente paciente que viene a que le miremos esa almorrana sangrante que le trae por la calle de la amargura.

Bueno, pues yo me resisto. No es que le pida al caballero del ejemplo anterior que, en posición genupectoral y con mi dedo enguantado palpando el tan odiado y dilatado plexo hemorroidal, que me cuente una historia lacrimógena, no. Simplemente es que ya hace tiempo que he decidido, contra viento y marea, que pienso disfrutar al máximo de cada una de las lágrimas que tenga que empapar a toda prisa en el papel de secarme las manos, de cada uno de los escozores que tenga que tragarme como un reflujo de grado IV, y que si me llaman tierno, o ñoño, o memo, pues que me da exactamente igual. Porque además pienso hacer gala de ello, que ya está uno harto de tener que callar según qué cosas, y ésta es una de esas que en algún momento algún adelantado nos enseñó a identificar con la falta de profesionalidad, y nos recomendó, a los incapaces de huir de ellas, al menos ocultarlo. Pues nada, aquí me tenéis, dispuesto a salir del armario de la falta de sentimientos.

Ella lleva un tiempo dándome alegrías. Era una mujer tímida y frágil, en apariencia, claro, como todas las de su generación. Acero puro en su interior. En los últimos dos o tres años la oscuridad se fue apoderando de su cerebro, insidiosa y traicioneramente, como sólo ella sabe hacerlo. Los encuentros se trasladaron de mi consulta al salón de su casa, o a su cocina, ahora, últimamente, a la cabecera de una cama articulada, donde, encima de un colchón antiescaras, se va encogiendo como un pajarito helado, y casi con las mismas carnes en su cuerpecillo.

Las conversaciones también se han ido trasformando casi en monólogos, los ojos permanecen casi todo el día cerrados, en una niebla que los demás desconocemos, quién sabe, quizás haya allí dentro un mundo paralelo construido con personajes que ya sólo viven en los circuitos más profundos de su memoria.

Cuando llego me acerco a ella despacio, temeroso de asustarla, como si se tratara de una sonámbula a la que no conviniera despertar bruscamente. Cuando abre los ojos me mira y cada vez cuesta más ver el brillo del reconocimiento en la mirada. pero a mi me da igual, yo vuelvo a decirle quien soy, la tomo el pulso en la muñeca de papel, le acaricio la cara mientras la sonrío. Alguna vez le cuento un cotilleo inocente, voy ahora a casa de fulanito, o, a menganita se la han llevado sus hijas a Madrid, y a veces se medio sonríe, incluso una vez me contestó con un inesperado "¿es que está malo?" que me hizo partirme de risa.

Me guardo cada uno de esos momentos breves de lucidez convencido de que son habas contadas, quien sabe si la traca final. Para mi, desde luego, otra alegría. Ya digo que lleva un tiempo dándomelas.

Hace unos meses, el invierno pasado, fue ingresada en el hospital durante un fin de semana. El equilibrio inestable en el que sus órganos y yo vivimos desde hace años se vio terriblemente amenazado y aquellas paredes sin sus retratos, aquella vecina de cama que no roncaba como su marido, aquellas señoritas que entraban y salían trayéndola medicinas y comida y que no se parecían a su hijo ni a su cuidadora, estaban a un paso de vaciar la mochila de su lucidez a velocidades supersónicas. Me contaron después que cuando entró un día a verla el médico de la planta, preguntó quién era aquel señor. Ellos le dijeron que era su médico, y ella contestó que no, que aquel no era Raúl. Como os decía, lleva tiempo dándome alegrías.

El otro día estuvimos en su casa. Aunque la visita no era para ella, ir a verla es una obligación de las placenteras. Abrió los ojos distraída, no recuerdo qué la pregunté, pero no tenía demasiadas ganas de contestarme y todo quedó reducido a una elegante y breve "visita del médico" por mi parte, y una retirada rápida para no interrumpir más la hora de la siesta, o de los recuerdos, o del vacío calentito de las mantas.

Pero justo cuando me disponía a marcharme, un ruido me hizo volverme. Con los ojos abiertos, y moviendo una de sus manos, me pedía que me acercara. Encantado lo hice, y entonces me plantó en la mejilla una ráfaga de besos de abuela, que me pusieron la sonrisa en la boca y la lágrima esa demodé de la que os hablaba al principio en los ojos. Cada uno de esos besos era ternura en estado puro, sin cortar.

Luego me fui a mi casa sin ninguna gana de abandonar esa sonrisa, y preguntando a mi compañero invisible de coche si existe alguna otra profesión tan maravillosa como la mía. Alegrías, sólo me da alegrías.




Una imagen preciosa de Un doctor en la Campiña (Thomas Lilti. 2016) que me encanta por cómo refleja ese carácter inigualable y sagrado de nuestras visitas a los domicilios.














domingo, 22 de enero de 2017

Sola

Hace frío. Ese frío que solo conocen los que han visto las fuentes heladas en invierno. Ese frío que remodela caracteres y elimina la hojarasca, dejando al aire las ramas desnudas. Como las ideas y como las conciencias. La médica esta sentada en la terraza acristalada. Contempla las luces de la cuidad vieja, con una manta sobre el regazo. Encima de la mesa camilla, una carta cuya tinta resiste lectura tras lectura. Y ya lleva muchas. Lecturas repetidas que mezclan la incredulidad, la rabia y el desencanto. Lecturas emborronadas por las lágrimas.

Está sola. No es una casa demasiado ruidosa, una jovencita casi adolescente que prefiere leer a Dumas antes que ver Gran Hermano, un niño serio y cariñoso que hace rato decidió rendirse a los bostezos y duerme ese sueño inocente y tan reparador que echamos tanto de menos cuando somos adultos estresados. Un marido quemando otra de esas noches de guardia y de cuerpos separados. De cuerpos solamente. 

La médica saborea el silencio y la taza de café casi con el mismo deleite, el que nos concede repasar a cámara lenta los recuerdos, ponerles del revés buscando las costuras descosidas, segura de que tiene que haberlas, porque así es la vida. Es momento de reencontrarse en el ímpetu feliz con el que regresó a su casa, la contradicción de escuchar alegre penas y padeceres, pero dichos con las palabras con las que le hablaban los otros niños, las mismas con las que le consolaba su madre y las que formaron las frases con las que se enamoró.  Aquellos primeros días de vuelta a casa, del sol y la nieve, y las cuestas y las piedras. Sin duda todos aquellos recuerdos eran felices. 

Luego el choque entre el deseo y la realidad, el desencanto que nace de descubrir la farsa que algunos envuelven en papeles de satén y lazos de color de rosa, o en cifras majestuosas dichas en ruedas de prensa por políticos que si sacan un centímetro más de pecho, golpearán con sus esternones las caras de los periodistas de las primeras filas. Fachada de tramoya que en la desnuda realidad de los pasillos repletos de camillas, de los turnos de veinticuatro horas, de las plantillas horizontes y de los residentes ojerosos suena a tomadura de pelo. 

Arrebujada bajo su manta, sintiendo el calor interior que provoca el café caliente, le asalta el recuerdo de la lucha, la queja que parece lanzada al vacío, los planes de mejora que chocan con el muro de la incomprensión o de la impotencia. Empieza entonces a ver claramente deshilacharse las costuras, el cansancio infinito, las miradas suplicantes, o resignadas, o altivas de los pacientes, acostarse a las nueve de la mañana sin haber sentido apenas en algún momento hacer Medicina, así, en mayúsculas, como la de antes, como la que le llevó a querer ser médico. 

Mirando las luces de la ciudad que hiberna reproduce a cámara súper lenta cada uno de los segundos de su despedida, y en su memoria, la pantalla del ordenador vuelve a escribir las palabras de su rendición, cada una de ellas asaeteando a una moderna san Esteban, dejándola sin un resquicio de la ilusión con la que volvió a casa. 

Las horas convencieron a los días, y estos a las semanas, de que la derrota solo era una retirada a los cuarteles de invierno, de que la médica seguía estando allí, debajo de todas aquellas saetas, aunque al corazón se le fuera el santo al cielo entre la sístole y la diástole. Pero seguía latiendo, eso seguro. Al menos hasta que llegó esa última carta, aquella que no terminaba de desaparecer por más que la leyera, esa carta cruel en la que no bastaba la retirada, se buscaba la rendición incondicional, el aplastamiento del enemigo, su silencio indefinido. 

Y aquella noche, en la terraza acristalada, con los silencios nocturnos llenos de respiraciones rítmicas  y algún maullido retumbando en la calle, la médica se sintió terriblemente sola. Y es horrible sentirse sola cuando sientes que te faltan las fuerzas y te asalta el deseo casi irresistible de dejarte arrastrar. La rendición a veces te tienta con un descanso demasiado dulce como para resistirse. 

Y entonces, la médica escribe un mensaje y lo lanza con las últimas fuerzas de un náufrago. Y vuelve a sentirse sola. Hasta que empiezan a sonar las señales de alarma en su teléfono móvil, en su ordenador, por todas partes. Tantas, que tiene que silenciarlas para poder articular algún pensamiento. O por lo menos para darle a su cerebro la orden inapelable de sonreír. 


P.D.: este post va dedicado a mi amiga Mónica Lalanda, a quien, por denunciar las condiciones laborales en que ejercía su trabajo, tanto ella como sus compañeros (muy similares a las que se sufren en todos los servicios de urgencias hospitalarias de España) y por criticar la labor de su jefe, no sólo ha tenido que dejar aparcado el ejercicio de su profesión, sino que además se ve inmersa en un expediente abierto por el Colegio de Médicos de Segovia a instancias de su comisión deontologica al parecer por menospreciar a sus compañeros. Un absoluto despropósito. Mi solidaridad más absoluta, y por supuesto, como ha quedado claro, no estás sola. 








lunes, 16 de enero de 2017

El juicio

-Adelante ujier, que entre el siguiente caso
-El sistema sanitario contra todas aquellas personas que utilizan mal los servicios de urgencias, tanto de Atención Primaria como de Atención Hospitalaria, en la persona de la señorita X, que acudió a Urgencias por llevar siete minutos con hipo que no se le quitaba con los remedios habituales.

-Señoria, represento a la señorita X en el juicio. Demostraremos sin lugar a dudas que es absolutamente inocente, tan solo una víctima de una situación creada por otros muchos, entre ellos, muchos de los que le denuncian. 

-Señoría, nosotros representamos al sistema sanitario en este juicio, un sistema harto de los abusos de gente como la acusada, gente que se ha creído que tiene derecho a todo, que lo que es gratis no tienen ningún valor, gente que se sienten clientes que deben quedar siempre satisfechos. Señoría, presentaremos pruebas irrefutables del abuso y pediremos una condena en firme y el fin de estas prácticas mediante alguna medida disuasoria, por ejemplo, un fuerte copago. 

-Está bien, comencemos. Tiene la palabra la acusación. 

-Con la venia, señoría. Queremos llamar al estrado al doctor Z. 

- ¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
- Lo juro. 
- Por favor, identifíquese ante el Tribunal..
- Me llamo Z. Soy médico de familia. Actualmente trabajo en el servicio de Atención Continuada de ... 


- Doctor Z, ¿puede describir los hechos de aquella noche? 
- La señorita X acudió al servicio de urgencias acompañada de otro chico joven. La recibimos el enfermero de guardia y yo. Cuando le preguntamos que le ocurría, no dijo que llevaba unos 7-8 minutos con un fuerte hipo. 
-¿Y qué hizo usted?
- Le hice un breve interrogatorio sobre otros síntomas asociados: fiebre, náuseas, vómitos, dolor abdominal, etc. También le pregunté si había habido algún factor desencadenante y desde cuando le ocurría. Me contestó que no a todas las preguntas y me dijo que llevaba con el hipo unos siete u ocho minutos. 
-Doctor Z, ¿considera usted un motivo justificado para acudir a urgencias la aparición de un cuadro de hipo de siete u ocho minutos de duración?
- De ningún modo. 

-¡Protesto, señoría! Se trata tan sólo de la opinión personal del doctor Z. 
- Doctor Z, ¿disponen ustedes de algún tipo de clasificación, instrucción regional, estatal o supranacional, que estipule qué síntomas o patologías se consideran de atención urgente y cuales no?
- No, señoría. 
- Se acepta la protesta. Continúe la acusación. 
- No hay más preguntas, señoría. 
- ¿Tiene alguna pregunta la defensa?

- Con la venia, señoría. Doctor Z: ¿presentaba la acusada hipo durante su interrogatorio?
- Si
- ¿Percibió usted si el hipo era molesto, le provocaba dificultad respiratoria o al hablar? ¿Sentía usted que le provocaba intenso disconfort a la acusada?
- Era un hipo violento, que desde luego la alteraba al hablar y la hacía sentirse claramente violenta, pero no más que lo que se hubiera sentido cualquier persona en esa situación. 
- Doctor Z, ¿tuvieron en algún momento la acusada o su acompañante una actitud desconsiderada, violenta o agresiva hacia ustedes?
- No.
- Dígame: usted ha dicho antes que trabaja en el Servicio de Atención Continuada de ... ¿Puede explicar al Tribunal que significa la expresión Atención Continuada?
- Es un eufemismo político sanitario que da a entender a la población que la atención sanitaria permanece incluso fuera del horario establecido habitualmente para consultas, pero en realidad se trata de un servicio de urgencias, o debería tratarse. Al menos eso es lo que pone en el cartel luminoso que hay a la puerta de nuestro servicio. 
- Ya. ¿Pero no le parece raro que en su contrato ponga Personal Estatutario de Atención Continuada, y que a los lugares donde trabajen se les llame Puntos de Atención Continuada, y luego cuelguen un rótulo de Urgencias? ¿No diría usted que sus jefes, ya sea gestores o políticos, confunden a la población con esos mensajes?
- Pues la verdad es que sí.
- Gracias doctor Z. Una última pregunta antes de dejarle descansar. Si la consulta de mi cliente era una banalidad por la que nunca debió ir a un servicio de urgencias, ¿por qué le hizo usted una exploración completa y se le tomaron las constantes vitales (tensión arterial, frecuencia cardiaca y temperatura) en lugar de haberla despachado, digamos, con viento fresco? 
- ¡Protesto!
- No importa, señoría, retiro la pregunta. 


- Señoría, la acusación llama al estrado a la señorita X. 


- ¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
- Si, señor, lo juro. 
- Identifíquese ante el Tribunal. 
- Me llamo X. En este momento soy estudiante de primer curso de imagen y sonido. 

- Señorita X. ¿No le parecía a usted que llevar siete u ocho minutos no era motivo para acudir a un servicio de urgencias?
- Bueno, la verdad es que tal vez fuera algo exagerado, pero jamás en la vida me había sentido tan mal. Habíamos salido mi novio y yo a comer a un restaurante chino. Llevábamos dos fines de semana sin vernos, uno porque no puede venir yo por exámenes y el otro porque le tocó trabajar. Sabe señoría, es técnico en una emisora de radio. No gana mucho pero para estar empezando, la verdad es que ha tenido suerte encontrando ese trabajo...
- Céntrese en la pregunta, por favor. 
- Perdone, señoría. Como le digo, estábamos en el chino, comiéndonos unos rollitos de primavera bien remojados en salsa agridulce cuando mi chico me soltó un pellizco en el muslo por debajo de la mesa que me dio un susto de cuidado. Pegué un bote en la silla y un grito que se volvió todo el restaurante. Y a partir de ahí, ya no había nada que hacer. Aquello no era un hipo, señoría, se lo juro, aquello eran los rebuznos de un borrico en el matadero. Al final mi chico fue el que decidió llevarme a urgencias porque no tenía pinta de quitarse. Yo le dije que ya se pasaría, pero él me dijo que seguro que allí me daban algo para que se pasase, y que, total, para eso estaban. Así que fuimos. 
- El doctor Z que la atendió, ¿le dio algún tipo de medicamento para que se le pasara el hipo?
- No. 
- ¿Y cómo se le pasó?
- Pues la verdad que se me quitó solo a los cinco minutos de salir de urgencias, después de eructar un par de veces, con permiso de su señoría. 
- Es decir, que el hipo le desapareció sin necesidad de ninguna intervención médica en unos minutos. 
- Y eructando. 
- Eso, y eructando. No hay más preguntas, señoría. 


- Señorita X, yo solo le haré un par de preguntas. ¿Pensaba usted cuando acudió al servicio de urgencias,  que podría padecer alguna enfermedad importante o que ese hipo podría tener alguna consecuencia importante para usted o su salud?
- Vaya usted a saber. Soy joven, solo tengo veinte años, pero una nunca sabe dónde puede estar esperándote el cáncer. De hecho no hace tanto me han puesto una vacuna contra el cáncer. O sea que si a los de la Sanidad les preocupa que pueda tener cáncer, cómo no me va a preocupar a mi, que estoy en  mi pellejo. Eso, o cualquier otra cosa. Basta con que miren la televisión, que cada vez que veo a los del Tricicle, con lo que le gustaban siempre a mi padre, y ahora me dan un mal fario que no veas. 
- Ya. Una pregunta más, señorita X. ¿Suele usted ir mucho al médico?
- ¡Qué va! Lo normal. De pequeña, las revisiones a la pediatra con mi madre y cuando me acatarraba, que invierno estaba  todo el día con el moco colgando, ya se sabe, para ver si me daban alguna jarabe para la tos, y luego que pené mucho con las anginas, todo el día liada tomando antibióticos, con unas placas que en cuanto me ponía con fiebre, me lo daba mi pediatra o en urgencias, porque ya sabían cómo terminaba la cosa. Así hasta que me las quitaron, que entonces ya descansé un poco. pero vamos, nada, que soy de las de no aparecer por el médico. Bueno, cuando pusieron la consulta joven que iban una vez por semana al instituto, allí sí fui un par de veces, pero es que había tenido problema con el imbécil de mi ex-novio, y estaba un poco plof. Pero la verdad es que allí te escuchaban mucho, y eso. ¡Ah! y también cuando empecé a tomar la píldora, y las revisiones con las citología y esas movidas, ya sabe usted, señoría. Pero, ya le digo, yo es que a los médicos, ni verlos.
- Gracias, señorita X. No hay más preguntas. 

- Señoras y señores, yo creo que ya hemos tenido suficientes testimonios con las declaraciones de los principales implicados. Sé que tanto la acusación como la defensa tienen una lista interminable de testigos para apoyar sus respectivas tesis, pero creo que nuestro paciente jurado se habrá hecho una idea de la cuestión. Así que, por el bien de nuestras neuronas, el caso queda listo para la deliberación del jurado, y esperamos su pronto veredicto.






domingo, 8 de enero de 2017

Un cuento de Navidad: y final

La consulta con la paciente que llegó bien entrada la madrugada fue la más rara que la enfermera había visto hacía años, y había visto cosas de verdad muy pero que muy raras. El médico parecía estar en una película de las del Inspector Clousseau: se quedaba mirando fijamente a la muchacha y de repente daba media vuelta como si creyera que alguien le vigilaba a su espalda. Después giraba la cabeza espasmódicamente a un lado y a otro como en un partido de tenis de mesa. Le costaba articular las preguntas y a la mitad de las respuestas se plantaba de dos zancadas en el pasillo de Urgencias y miraba a todos los lados con los ojos fuera de las órbitas. Luego volvía a explorarla, pero alternaba el escrutinio más feroz, las preguntas más inquisitivas con momentos de desconexión cortical. ¡Hasta podría  jurar que le había visto pellizcarse con ganas un par de veces! Definitivamente, al hombre le estaba dando algo al coco, no cabía duda.

Menos mal que la chica sólo tenía un catarro y que ella misma la despachó con tres o cuatro recomendaciones sensatas que la fue dando acompañándola a la puerta. Mientras se marchaba, aun tenía los ojos abiertos como platos y volvía la cabeza atrás como para asegurarse de que había parado en el Centro de Salud y no en la casa del Gran Hermano. En fin. El médico se había vuelto a la cama farfullando, pero no parecía que arrastrara ninguna extremidad al andar, así que, salvo empeoramiento manifiesto, ella a la cama, eso sí, con el pestillo echado, por si las moscas

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Suena el teléfono. Es un tono persistente e inconfundible, lo que faltaba. El médico se incorpora, o se gira, o baja las piernas, ya no sabe cómo está en la cama, sólo quiere que amanezca por fin y termine aquella guardia. Descuelga el auricular. Doctor, soy yo, ¿no me reconoce? Pues debería, lleva usted toda la noche atendiéndome. Doctor, mire, mire. 

La pared de la habitación ha desaparecido. Como si se tratara del escaparate de unos grandes almacenes,  contempla a un viejo de pelo cano y bigote, con una corbata desajustada y una bata arrugada sentado delante de una mesa que rebosa papeles. Aquello parece un bazar: portabolígrafos, sujetapapeles, reposa móviles, calendarios, almohadilla del ordenador, recipientes para clips de tres o cuatro originales formas, caramelos, post-it de colorines, todos ellos aderezado con nombres de medicamentos y logos farmacéuticos. Parece un bazar, pero es una consulta.

En la puerta hay tres o cuatro personas esperando. No hablan entre ellos. Miran sus móviles o leen aburridos los carteles de las paredes. Frente a las demás puertas hay un jolgorio de gente sentada y de pie como si las rebajas hubieran llegado a todas esas consultas, menos a la del médico de la bata arrugada. Está viejo, tose, tose mucho. Tiene el bigote lleno de canas y las arrugas le marcan el contorno de los ojos, pero es él, sin duda. Es él.

Sí, eres tú. Animate, es tu último día de trabajo antes de jubilarte, eso que últimamente deseas tanto. Mira la gente que espera en tu consulta, mira la que espera delante de las consultas de tus compañeros. Hace tiempo que apenas te hablas con ellos. Te vanaglorias de haber "limpiado" tu cupo de indeseables. No lo has limpiado. Ellos se han ido. Pero tu les dices a tus compañeros que no aceptaban tus normas, que tú no estás allí para hacer lo que te digan los pacientes, que se juega con tus reglas o mejor que se busquen a otro. Y tus compañeros han optado por dejar de hablarte para no mandarte a donde no les deja su educación.

En la consulta contigua está charlando con una anciana la enfermera con la que el médico lleva años compartiendo pacientes. Escucha las risas y detecta la química que une esa relación. No ve ni rastro de ninguna reacción ni química ni física entre el viejo médico y el paciente que, sentado frente a él, recibe varias recetas y el volante para hacerse unos análisis. En la misma puerta, el paciente duda por unos instantes y parece contener algo en los labios, pero el amago de marcha atrás es frenado por un estruendoso grito de "el siguiente". El paciente deja la puerta abierta y se marcha meneando la cabeza.

La voz vuelve a sonar en el auricular del teléfono. Te has fijado, la enfermera ha cegado la puerta que comunica ambas consultas con un armario. Hace tiempo que decidió rendirse contigo. Fueron años manteniendo un respeto que se basaba más en sus viejos comportamientos atávicos, arraigados en antiquísimas formaciones jerárquicas incorporadas a su ADN en los años de hospital, que en algo que te ganaras día a día con tu comportamiento. Pensabas que la concedías un regalo permitiéndola hacer tus recetas, o inventándose mil excusas cuando te negabas a atender a algún paciente porque no tenía cita o era demasiado pronto o demasiado tarde. Cuando logró superar esa falsa fidelidad que creía impuesta en las normas no escritas de los equipos, cuando se dio cuenta de que en realidad no estabas a la altura de lo que ella había entendido siempre como un profesional ni  un compañero, olvidó el atavismo y directamente te mandó al carajo. Fue una liberación. Aquella noche hizo el amor con su marido como cuando tenía veinticinco años y se levantó con cuatro arrugas menos en la cara. Y ya sólo se dirigió a ti, bueno a él, por escrito o de usted. 

El médico quisiera colgar el teléfono, pero detiene el ademán a la mitad del movimiento. Echa una mirada a un taburete lleno de polvo en una esquina de la consulta. Era donde se sentaban siempre sus residentes. La voz vuelve a dejarse oír. Hace años que no se usa. No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. La necesidad eterna de tutores con plazas golosas para los residentes te garantizaba la reacreditación, se trataba de hacer un pequeño chantaje emocional al jefe de la unidad docente, enviarle cuatro o cinco cursos de esos amañados que te rellenaban los representantes, y colocando los residentes tu nombre en alguna de las cositas que presentaban en algún que otro congreso, solucionado. Pero hasta de ser perezoso se cansa el perezoso. Y un bendito día dejaste de cargarte la vocación de unos buenos médicos de cabecera. La Especialidad debió darte entonces la medalla al mérito con banda y asignación vitalicia, pagada por todos los afortunados que se libraron de ser tus residentes, ¡qué ingratos!

El médico contempla al viejo sentado en la consulta, casi parapetado entre la pantalla del ordenador y los cachivaches de la mesa. No hace nada, no mira a ninguna parte. Sólo deja pasar el tiempo. Apenas quedan un par de personas apuntadas en la lista. Uno no sabe cómo imaginarse el día de su jubilación, pero en su fuero interno espera visitas, despedidas, llantos, palmadas en la espalda o una fiesta con amargor de boca de hernia de hiato gigante. Pero lo que el médico ve allí es un viejo que no le importa a nadie. Entonces cuelga el teléfono y se recuesta sobre la almohada doliéndole hasta el último músculo de los lomos, con la mirada fija en el techo, en la rejilla de aire acondicionado, en la telaraña de la esquina, y siente algo atravesado en el gaznate, como si fuera la espina de un tiburón, y una humedad en los ojos impropia de los años y de las horas.

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 Suena el despertador. El médico abre los ojos y la claridad que se desborda por la ventana le pasa la mano por la espalda como una madre cariñosa. En la cocina, la enfermera y la residente están preparando café y pan tostado.

¿Cómo habéis pasado la noche? ¿Habéis descansado? Ambas le miran un segundo y luego se miran la una a la otra como si se hubiera presentado ante ellas en pelota picada. ¿Estás bien? pregunta la enfermera. Anoche parecías un poco trastornado cuando atendimos a la chica del catarro. El médico hace un gesto con el que pretende despejar dudas y sonríe utilizando no menos de diecisiete músculos faciales, atrayendo el triple de dudas de las que quería despejar. Mañana podíamos quedar media hora antes de empezar la consulta para planificar el trabajo, podíamos ver que pacientes necesitan que vayamos a verles a su casa juntos y de paso, podíamos pasar por el colegio a hablar con la directora, a ver si hacemos aquello que me comentaste de los juegos con los chavales y las visitas conjuntas. ¿te parece?
Afortunadamente, el cartón de leche estaba bien cerrado, y aguantó perfectamente la caída al suelo desde las manos insensibles de la enfermera. ¿Qué tal están tus niños? Le podías haber dicho a tu marido que los trajera a la guardia para haber jugado con ellos un poco. Seguro que están súper mayores. El fin de semana que viene os venís todos a comer a mi casa, sin excusas. Así aprovechamos para charlar tranquilamente de la residencia, de la consulta. Tengo un par de ideas rondándome, y fijo que tú debes tener muchas más. Hayq ue aprovechar el empuje que tenéis los jóvenes. 
Bueno. Os veo mañana, no me quedo a desayunar porque quiero pasar por urgencias a ver cómo está el hombre que mandamos, aquel que iba tan ahogado, a ver si puedo hablar con quien le haya atendido y por si necesita algo. Hala, a descansar, que os lo habéis merecido. Y ¡Feliz Navidad!  Y les plantó dos besos a cada una de aquellas dos mujeres petrificadas por la mirada de Medusa en la cocina del Centro de Salud.