lunes, 11 de diciembre de 2017

Elegía al hombre que lloró

Cada dos meses nos sentábamos los tres alrededor del pico de la mesa. Yo salía a llamarles al pasillo y solía tocarle delicadamente la espalda mientras les dejaba pasar. Era invariablemente nuestro primer contacto físico. Después ocupábamos nuestros lugares en una especie de ritual que cumplíamos con protocolo vaticano: ella en la silla junto a la ventana, yo en el sillón que dejaba al alcance el teclado y él entre ambos.

Luego fluía la conversación como si estuviéramos en la barra de un bar esperando unos chocolates con churros. Si pienso en esas visitas, oigo siempre risas de fondo. El con su registro picarón y ella con la sonrisa más tímida. Bueno, hasta que los nubarrones del dolor se situaron encima de nosotros como de esos personajes de los dibujos animados a los que les persigue una nube gris y lluviosa a donde quiera que vayan.


En nuestras reuniones salían a relucir papeles que intentaban sin éxito ser el centro de la conversación: unos que colocaba él con mimo encima de la mesa, con sus nombres escritos con una letra de caligrafía de cuaderno Rubio, y unos números de contable de la postguerra que me recordaban a los de mi padre y me devolvían sin que se lo hubiera él propuesto a la mesa de la cocina donde ese hombre joven y fuerte me enseñaba matemáticas con una paciencia infinita. ¡Cómo no me iban a gustar esas reuniones cada dos meses!

Algunas veces, yo escupía por mi parte unos cuantos papeles desde la impresora con números y nombres algo rimbombantes que punteaba con el boli mientras ambos asentían interesados. Y siempre teníamos un rato para dedicarle al viejo ácido úrico que le había amenazado un par de veces con frustrarle sus escapadas a la Costa da Morte, y contra el que habíamos desatado todas nuestras furias en forma de vendajes y colchicinas. Todo en aras de paladear los frutos del fondo de ese Atlántico bravo y de las rocas de los acantilados gallegos.

Otras veces, él veía mi apuesta de papeles y la subía con algún informe de los sabios que se preocupaban de su corazón, yo quería creer que impresionados por lo enorme que era, de esos que no caben en la caja, a pesar de aquella vez en que se empeñó en pegarle un susto monumental y le advirtió de que en la vida hacia falta un poco menos de trabajo y unos pocos más de percebes.


Al final nos despedíamos con un ruegos y preguntas y todos de pie en la puerta de la consulta, nos faltaba limpiarnos el morro manchado de chocolate. Ya digo, una delicia de visitas, complementadas durante el año con algún que otro avatar de los que traen la microbiota circulante, ya se sabe, y una hoja con las pastillas del Sintrom infantilmente dibujadas en sus respectivos cuadraditos que se entregaban de prisa y corriendo con un que usted lo pase bien apurado.

Esa era nuestra vida juntos. No estaban mal.

Luego el dolor le mordió a ella en la espalda, zarandeándola como un oso rabioso, que ríete tu del Renacido di Caprio, y el peregrinar buscando soluciones que pasan por permitir que el maldito dolor se apodere de la casa, de la consulta, de la vida, mientras esperan en una silla de ruedas una operación que seguramente lo único que tiene de milagrosa sea el cartel que lleva colgada donde dice última oportunidad.

Y como la operación sigue en el limbo de las esperas, el peregrinaje de la desesperación sigue, y el dinero de las centollas y los bogavantes se va en pruebas y consultas que tienen mucho más de desesperanza que de ninguna otra cosa.

Y un día, en el fragor de mi batalla particular, suena el teléfono, y es él. Quiero saber cómo están con esa vana esperanza de niño chico de seguir creyendo en los Reyes Magos, pero la realidad no está para magias. Y no recuerdo las palabras, pero él comienza a llorar y yo oigo su llanto lento y abatido y me quedo bloqueado, sin decir nada. Simplemente le escucho llorar. Después se disculpa brevemente y me pide que le cargue una medicación en su tarjeta.


La vida continua, porque tampoco ella es muy dada a pararse por nadie, que digamos. Pierdo la noción del tiempo hasta que les veo en la puerta de la consulta y se que han pasado dos meses. Intentamos retomar nuestras rutinas porque suelen ser consoladoras, pero la silla de ruedas se empeña en ocupar el centro de la consulta. Lo demás son buenas noticias, todo está genial, hasta el enorme corazón ese que una vez quiso ser protagonista, pero estas noticias son como un quinto hijo: ya no te quedan ganas de reirles las gracias. Antes de irse empujando la silla, se vuelve y me pide disculpas por "lo del otro día". Yo sonrío y le pongo la mano en la espalda. Es nuestro último contacto físico.


Cuando la guardia empezaba a pesar toneladas en las piernas, el timbre me recuerda el montón de horas que aún tengo que cargar. Es de noche y hay poca luz fuera. No la distingo hasta que empuja la puerta de cristal. Viene vestida de negro.

- He parado al ver tu coche en la puerta. Sólo quería contarte que mi padre murió la otra noche de un infarto mientras dormía.


Me quedo petrificado. Cierro los ojos y vuelvo a escuchar su llanto al otro lado del teléfono.











lunes, 4 de diciembre de 2017

La segunda víctima

La residente lleva casi dos semanas viendo  casi todas las horas en el reloj digital de la mesilla de noche. Es joven y nunca la preocupó en demasía la falta de sueño, una gran ventaja para la profesión que había elegido. Pero ahora agradecería dormir un poco. Y sobre todo dejar de pensar. Eso seria maravilloso. Pero ya le había advertido su viejo tutor que la mayoría de los días se llevaría los pacientes a la cama. Se lo había dicho con la medio sonrisa socarrona que se les pone a los perros viejos cuando acumulan casi tantos trienios como canas y sueltan alguna frase ingeniosa repleta de dobles sentidos. Ella le había llamado exagerado y en el fondo no había podido evitar un pensamiento dedicado al honroso declive de una carrera larga y sin duda agotadora.

Pero no había tardado demasiado la Medicina en ponerla en su lugar. Y ahora llevaba quince días recibiendo el sonido de arpas de la alarma con los ojos tan abiertos como después de un baño en cafeína colombiana.

Y en los últimos días se congratulaba de haber tomado al fin una decisión, pero los fantasmas se reproducían con igual nitidez, y a su cita nocturna inapelable se unía ahora el miedo a contarle a su tutor la decisión. A su tutor y al resto del mundo. Pero del resto del mundo esperaba cierta comprensión, incluso en muchos casos una reafirmación de sus tesis: ya sabia yo que ser médica de cabecera era poco para ti. Haces bien en volver a presentarte, estarás mucho mejor en el hospital...

Sí, esperaba cierta comprensión que en realidad era incomprensión. Pero no de él; quizás fuera la única persona que sabría que detrás de la decisión había miedo y fracaso. No sabía cómo decírselo. No sabía como se lo diría cuando volviera de su rotación y de nuevo compartieran los escasos quince metros cuadrados de la consulta.


Mientras atendía los pacientes con una aire mecánico que la repelía, pero que no lograba abandonar, repasaba una y otra vez aquella mañana en que recibió la llamada que lo cambió todo. Cogió el teléfono con la energía con la que manejaba la consulta, con el vigor juvenil de quien se siente preparada, con la ansiedad del piloto en la línea de salida esperando que se apaguen los semáforos para pisar a fondo. Recordaba con claridad la voz átona, fría, que contestó a su ¨diga¨ pronunciando su nombre sin titubeos.

- Estoy ingresado en el hospital. Que parece que a lo mejor sí que voy a tener algo, porque me han visto unas cosas en el hígado y me quieren hacer más pruebas. 


Se recuerda abriendo la historia hospitalaria a toda prisa y leyendo el informe de urgencias, la prueba de imagen con una sospecha tenebrosa que relee dos y tres veces para convencerse de lo que está leyendo. Y a partir de ahí el repaso mental de cada una de las consultas que ella le había atendido, y el repaso físico con la pantalla de ordenador quemándole las pestañas buscando hipótesis, intentando descubrir la pista que le hubiera permitido desenredar la madeja, tratando de no justificarse pero en realidad queriendo hacerlo a cualquier precio.

Luego cada mañana obligándose a repasar los evolutivos, las pruebas, temiendo los resultados, debatiéndose entre ir a verle al hospital y ocultarse detrás de la puerta de la consulta, rogando porque cuando le dieran el alta ya hubiera vuelto su tutor y ella pudiera librarse de la mirada quizás acusadora, quizás.

Se dice así misma que hubiese sido imposible para cualquiera descubrir aquel monstruo escondido detrás del peritoneo, que incluso en el hospital había retado a la tecnología y después de todo, aún parecía reírse de los sabios hospitalarios manteniendo su aura de misterio. Se dice todo eso y en las horas robadas al sueño se dice que no será capaz de soportar una vida en la que pase gente por sus manos que guarden esos terribles secretos en su interior sin que ella sea capaz de descifrarlos, y por eso ha decidido renunciar.

Y por eso cada mañana de las dos últimas semanas se levanta sin rastro de ese vigor juvenil, y acude a la consulta como el Lute esposado y escoltado por la Guardia Civil, y se sienta junto a la mesa hojeando la lista de pacientes con el miedo de ver su nombre o el de su mujer, a pesar de que cuando vino a los dos o tres días del ingreso a que le hiciera los partes de baja, no tuvo para ella ni un reproche, sólo el más terrible y descarnado de los miedos que no había sabido cómo disipar, por la sencilla razón de que ella también estaba aterrorizada.


Y por eso ha decido volver a presentarse al MIR cuando dentro de un par de meses tan sólo termine la residencia. Está en una disposición excelente: su única carga es el alquiler de su piso, tampoco es demasiado para alguien que se ha dado pocos caprichos en los últimos cuatro años, sin pareja, sin hijos, hasta tiene pagado su coche, el que se compró de R1. Anatomía Patológica, Análisis o Microbiología. Quiere minimizar el contacto con los pacientes porque no se siente capaz de gestionar la incertidumbre de la vida, aun racionalizándolo. Ella es muy racional, lo ha diseccionado una y mil veces, sabe que existe el error, los caprichos de la naturaleza, la perfecta imperfección del ser humano. Lo sabe y lo entiende, pero no se siente capaz de asumir su rol en semejante musical. Prefiere verlo desde la platea. Y lo va a dejar, sólo falta encontrar cómo decírselo a quien la conoce como si la hubiera parido, como dice siempre.


Entonces se dirige a la puerta de la consulta para ver si hay alguien más, después de haber consumido la lista de aquel día. En la sala de espera, sólo esta ella. Sonríe con timidez cuando la ve y se excusa por venir sin cita mientras la residente le cede el paso. Dentro de la consulta no puede reprimirse y le da dos besos y un abrazo. Cuando se separan, los ojos de la paciente están a reventar de lágrimas y en segundos superan su capacidad de contención para ensuciarla las mejillas con churretes salados.


La paciente vuelve a pedirle perdón, pero ella rechaza las excusas con un gesto y le pide que le cuente qué ha sido de ella en este último año, un año pasado en una ciudad extraña, oculta al hijo de puta que había pretendido hacerles creer a todos que su forma de quererla era rompiéndole un brazo y varias costillas y tirándola por la escalera. La paciente la repite tres o cuatro veces lo feliz que le hace verla en la consulta, lo mucho que ha pensado en ella, en cuánto la ayudó, en cuánto peleó por disolver el infierno en el que se consumía su vida como una llama que se quedara sin oxígeno.

La consulta se prorroga mucho más allá del horario que hay escrito en la puerta. Cuando la paciente se va, hay un silencio atronador que se ha apoderado del consultorio, un silencio de local abandonado.

La residente se queda sentada en el sillón. Está llorando. No puede o no quiere evitarlo.















lunes, 27 de noviembre de 2017

Negra

De siempre le habían llamado la Negra. Derley de la Concepción es un nombre demasiado difícil de entender en este país de personas tan serias y taciturnas. A ella, que le dieran la alegría de su Caribe, aunque las calles de su pueblo no conocieran el asfalto y hubiera que meter los pies en ríos de charcos durante la época de las lluvias. En este país a la gente parece costarle un disgusto tener que sonreír. A ella le gusta que le duela la cara al acabar el día de haber reído tanto. Definitivamente, este era un país de mierda.

Pero era al menos una mierda que le había proporcionado trabajo y lana que poder enviar a su familia, a su preciosa hija que por fin había podido entrar en la Universidad y ahora vivía en la capital, en un piso que pagaba con el dinero que le llegaba con Money Gram cada mes. No, no es que fuera una desagradecida, era sólo que echaba tanto de menos su pueblo, a su madre, los charcos de la calle y la lluvia ecuatorial mojándola su cara de Negra sonriente.

Felisa había muerto hacía ya más de un año. Sus últimos seis meses sus hijos decidieron que sería mejor que la cuidaran en la residencia del pueblo. Ella lloró hasta quedarse seca. Iba cada tarde a darle la mano junto al ventanal donde Felisa dormitaba, pendiente de secarle la baba que se le escapa de la boca inerte, de contarle algún cotilleo del pueblo en sus breves ratos de lucidez.

Ahora cuidaba a un matrimonio de ancianos. Ella era una mujerona de carácter que habría podido echarse a los hombros la revolución mejicana si hubiera querido. Sólo era una sombra de lo que fue, pero aun así era una sombra imponente. Llevó mal que sus hijas le impusieran a aquella extraña de la que casi no era capaz de recordar el nombre.

- Llámeme Negra si lo prefiere, - le dijo cuando la vio sufrir intentando pronunciarlo. La miró con una mirada de las que te colocan a distancia, una distancia infranqueable y extremadamente fría.

- Aquí se utilizan sólo nombre cristianos. 

- Entonces si le parece llámeme Concha, que es mi segundo nombre.- Asintió zanjando el tema. Ella tuvo muy claro desde el principio que debía llamarlos a ellos de don y doña, no hizo falta que se lo dijeran. Por la noche, soñó que dormía en la habitación junto a Felisa y que se levantaba por la noche al oírla trastear, para prepararla un vaso de leche caliente. Ella le decía gracias Negra, y después se dormía con su sonrisa eterna en la cara. Fue un sueño precioso.


Vuelve a caérsele el pelo a matojos y a tener ese dolor justo en la boca del estómago que tuvo cuando pensó que se quedaría en la calle, después de diez años cuidando a Felisa y al bueno de Rogelio, hasta que se murió cuando ya no recordaba a nadie de los que le rodeaban, y deambulaba por la casa con cara de angustia, como si fuera un niño al que abandonan en un colegio nuevo. Ha pedido cita con el médico por internet, y ha tenido que enseñarle el móvil al hijo pequeño de los señores para que se creyera que de verdad tenía que ir a la consulta. La noche anterior, cuando se levantó a ayudar a la señora a ir al baño, se permitió el lujo de comerse unas natillas a solas, en la oscuridad de la cocina. Adoraba esos escasos momentos en que podía olvidarse de todo y darse un capricho dulce, sin ojos inquisidores controlando cada uno de sus movimientos. A la mañana siguiente, el hijo mayor de los señores la llamó por teléfono indignadísmo, reprochándole esa fea costumbre de comer a escondidas. Mejor haría en reprocharle a su madre la costumbre de espiarla, aunque le aconsejaría que el reproche se lo hiciera cara a cara, así al menos su madre podría verle alguna vez.

Hay conciencias que pretenden lavarse haciendo daño a otros.

El médico siempre tiene una sonrisa para ella. A él le gusta llamarle Negra. Una vez estuvo en el Caribe de joven, y llamarla así parece que le trae recuerdos dulces. Él le ayudó a buscar el trabajo que tenía ahora. Los hijos de los señores le habían preguntado si conocía a alguien competente que les cuidara, como alternativa mejor a la residencia, y justo coincidió con la entrada de Felisa en ella, así que el médico les dio su nombre. Bendito sea. Aunque ahora tenía que volver a explicarle lo de los puñados de pelo negro en el suelo de la ducha y lo del dolor de tripa que la partía por la mitad.

No sabía cómo lo hacía, pero el médico tenía la capacidad para llevar la conversación a su vida, y en realidad a ella le encantaba, porque entre risas y medias palabras reconocía que allí se sentía menospreciada, que no soportaba las miradas de desconfianza de la vieja, ni los aires de superioridad de los hijos, que pasaba las noches en vela pero luego durante el día tenia que ocuparse de la casa y estaba tan cansada que ya no se acordaba de que para sonreír hacían falta tantas músculos, así que se ve que para economizar esfuerzos, ya apenas reía.

Y ella era la Negra, la mujer más risueña de su pueblo, la que se había dejado el alma en las calles asfaltadas y limpias del primer mundo para que su pequeña  nunca jamás tuviera que abandonar a su gente. El alma y la sonrisa.

El médico la escuchaba cuando por fin cogía la directa y soltaba los sapos y las culebras que almacenaba justo debajo del diafragma y que le provocaban riadas de ácido clorhídrico, y una horrible tendencia a dejarle el cuero cabelludo como la bola negra del billar americano. Aquel día iba a decirle que se marchaba antes de que sólo volviera a su país la sombra de ella misma y ya nadie la reconociera. El médico la dio dos besos y una abrazo de pie junto a la puerta antes de despedirse.

-¿Entonces no me manda nada, doctor?

- Sí, te mando que vuelvas a sonreír.






El Seminario de Innovación en Atención Primaria nº 35 celebrado en Lleida sobre Cuidados y Salud ha sido extraordinariamente reconfortante para quienes asistimos, en gran parte, por lo que tuvo de abrirnos los ojos a la realidad de los cuidados que nos rodean y que son tan habituales como el azul del cielo, y como a éste, apenas somos capaces no ya de apreciar su hermosura, sino tan siquiera de pararnos a contemplarlos.






lunes, 20 de noviembre de 2017

Vivir en paz

La doctora lleva poco tiempo en el trabajo, apenas un mes. Ha pasado la mayor parte de los días acompañado a quienes ya portan escamas después de dejarse las entrañas repartiendo metadona y escuchando a la vida desgarrarse por las costuras mientras el resto del planeta entra a comprar en el Primark o rodea con un lápiz rojo el catálogo de juguetes de El Corte Inglés como si el dolor y el sufrimiento fuera una cosa de una serie de Netflix.

Pero desde hace unos días ya vuela sola. Saborea la libertad de entrar en la consulta y encender el ordenador, recolocar el marco de la foto de sus hijos y repasar los guasap pendientes mientras se acerca la hora de empezar. La doctora lleva puesta a esa hora de la mañana su sonrisa de felicidad, la que descubrió cuando se dio cuenta de que podía de verdad ayudar a alguien, más allá de mirarles los mocos en el cavum o de leerles sus cifras de colesterol malo. Esa sonrisa que te tatúa la sensación de ser útil, y que es jodidamente difícil quitarse de la cara.

Pero vamos, que la vida borra los tatuajes mejor que cualquier láser, y si se empeña, a media mañana de la famosa sonrisa no te queda ni rastro.

Pero aquel día las historias se sucedían con la mecánica que da la reiteración, a veces tan agradable como falsa, y la sonrisa permanecía detrás de cada puerta cerrada y de cada gracias que pronunciaban mirándola a los ojos, con acentos de asamblea de la ONU, pero con lo que a ella le parecía una expresión sincera aunque aquello se tratase del gran teatro del mundo.

Debía ser alrededor de mediodía cuando se dio cuenta de que el siguiente paciente estaba marcado como nuevo. Los pacientes nuevos requieren entrevistas más largas, porque a veces lo único que traen son silencios, y no reconocerían un puente de confianza ni aunque les dieran con él en la cabeza. Pero ella no se desanimaba casi nunca; casi, al fin y al cabo era un ser humano. Su nuevo trabajo era bastante menos esclavo del tiempo que la consulta de primaria de donde venía, y a los pacientes nuevos se les reservaba una maravillosa y a veces aterradora media hora por la que hubiera matado en su consulta del pueblo.

El tipo tendría unos cincuenta años, pero de los de antes de los gimnasios, el running y la comida biónica, de los que traían ojeras, el pelo blanco y un cansancio mortal en la mirada. Cincuenta años de los que han olvidado hasta el recuerdo de la juventud. Venía vestido discretamente, aseado, bien afeitado. En la puerta, apretó con timidez la mano de la doctora,  como si le diese miedo quedarse corto y flácido en el apretón, pero no quisiera medir fuerzas. Un saludo desentrenado y torpe.

Se sentó obedientemente donde le indicó la doctora y mantuvo la vista fija en el suelo hasta que ella se acomodó al otro lado de la mesa. No era muy grande, ni tampoco lo era ella. Parecían dos alumnos de parvulitos esperando al profesor en una clase de primaria.

La doctora sonreía subiendo al menos cuatro grados los niveles de calidez ambiental, y el tipo parecía percibirlo porque levantó la vista y el gesto adusto se convirtió en suave casi al instante. Entonces ella le pidió que le explicara con sus propias palabras su historia; había aprendido a respetar las narrativas, aunque se alejaran de los fríos e insensibles documentos oficiales, de sus fechas y sus datos numéricos y asépticos. Las narrativas, incluso las fabuladas, estaban llenas de sentimientos, y eso es un lujo asiático.

El sujeto perdió la vista en algún lugar de su pasado, un lugar al que de momento no pensaba llevar a nadie, pero le contó a la doctora como había pasado los últimos casi treinta años en prisiones, y como, simplemente, ahora estaba en libertad. Así de simple, así de escueto, así de terrible. El informe abierto en el ordenador confirmaba toda aquella vida en los pasillos, las celdas y los patios traducido a su propio lenguaje descarnado.

Cuando explicó que estaba decidido a abandonar la heroína con la ayuda de la doctora y de la metadona, se cayó como si se hubiese limitado a leer el parte de guerra. Pero ella sintió aquel relato como un 7 de Richter en su necesidad de ayudar a los demás, y reconoció en esa guerra el campo de batalla donde lucharía a brazo partido hasta la extenuación. Como un ametralladora, desplegó ante el individuo todos sus recursos, sacó papeles de derivación a trabajadores sociales, psicólogos y psiquiatras, grupos de escucha, pliegos dirigidos a la concejalía de vivienda y citaciones con el INEM para el día siguiente. Era el general Custer haciendo sonar la corneta mientras asaltaba con el Séptimo las posiciones enemigas.

Y como el general Custer, fue desarmada y derrotada por una sola frase. El hombre alzó la vista y la miró a los ojos. Entonces sin estridencias, sin apenas ruido, le dijo:

-"Gracias doctora, se lo agradezco de veras. Pero yo ahora sólo quiero vivir en paz"

Y levantándose, le tendió la mano a través de la mesa. Ella tardó los segundos propios del aturdimiento en ponerse de pie y devolverle el apretón esta vez mucho más confiado y sereno, segura como estaba de tener la boca abierta y sentirse tan inútil y perdida como un pez aleteando en la arena de la playa tumbado de lado.

Sí, sin duda la vida borra las sonrisas tatuadas mejor que el más moderno de los láser.





















lunes, 13 de noviembre de 2017

Catalina

Catalina no sabe leer, pero entiende los números. Cuando llega a la consulta se queda de pie junto a la puerta esperando que el médico la llame. No se sienta.

Catalina ha fumado mucho, antes de que nacieran los niños, y tiene los dientes y los dedos amarillos.

Catalina aún tiene acento extremeño, que no la abandonó ni durante los veinticinco años que estuvo viviendo en esa impersonal ciudad dormitorio que parecía dejarles a los inmigrantes de su tierra a unos pocos kilómetros de la capital, como si la carretera si hubiera acabado antes de tiempo, o como si no quisiera que llegaran hasta allí.

Catalina se quedó viuda con una hija adolescente. Completaba la paga de viuda fregando cuando podía. Era la suplente de la titular. En unos años por fin se convirtió en titular, aunque los riñones le dolían lo mismo.

Catalina trata el médico de usted porque no puede dejar de sentirse impresionada ante la gente que tiene estudios. pero eso no le hace más confiada, no. Quién ha sobrevivido con cuatro perras, cocinando patatas cocidas y fregando escaleras es normal que no se fíe demasiado  de lo que le digan los que tienen estudios, aunque sea el medico de cabecera.  Tampoco le ha ido así tan mal.

Catalina lleva más de seis meses cagando sangre. Pero no se lo ha dicho a nadie. Sí, está más delgada, pero tampoco se ha dado cuenta la gente del pueblo. Total, solo baja una vez en semana al mercadillo a comprar fruta y carne por si vienen los niños a pasar el fin de semana. Desde que se fueron hace siete meses a la capital, tampoco come ella tanto. Lo ha llevado mal, se había acostumbrado a sus gritos por la casa, a sus llantos, a sus bocadillos de mortadela. Los había criado ella mientras su hija se buscaba la vida haciendo camas de hotel en hotel desde que se levantaba el sol.

Catalina por fin se lo ha contado al médico, pero no a su hija. El hombre se ha preocupado y la ha preguntado doscientas cosas, aunque ella no ha entendido más que unas pocas. Que se tumbara en la camilla y se dejara la tripa al aire. Eso sí. Y también le ha pesado.

Catalina se va de la consulta con tres papeles que no entiende, con un número de teléfono apuntado en el primero. El médico le ha pedido el teléfono de su hija. Ella se lo ha dado, pero no quiere que la molesten mientras trabaja, sabe que a sus jefes no les gusta. Le ha prometido que ella la llamará cuando salga del trabajo y se lo explicará todo.


Catalina vuelve a la consulta. De nuevo se queda de pie junto a la puerta, preguntando al médico cada vez que sale si ya le toca a ella. Le dice que tenia cita a las nueve y cuarto, que se la había cogido su hija con el teléfono. El médico dice que no tiene cita hasta las diez y cuarto, que lo habrá entendido mal. La toca esperar.

Catalina no se sienta aunque tenga que esperar mucho más de la hora que le ha dicho el médico.

Catalina tiene algo malo en el colon. La han dicho que la tiene que operar. Ella no quiere molestar a nadie. No sabe si se la podrá llevar en una ambulancia al hospital, pero ha oído por ahí que a otras las llevan y ella quiere pedírselo al médico.

Catalina ha seguido bajando a la consulta, ha seguido esperando en la puerta, equivocándose de hora, acumulando papeles que no entiende encima de la mesa del médico, citas, revisiones. Las cosas que le ponían por las venas la hacían vomitar, pero tampoco se lo contaba a su hija, para qué. No podía venir a verla e igual no quería traerle a los niños por si la molestaban. Y los niños eran su vida.


Catalina sigue sin fiarse demasiado de ningún médico. No pasa nada.

Catalina se vuelve a casa con su historia a cuestas.











lunes, 30 de octubre de 2017

Cambio de hora

Llevaba una semana entera renegando. Desde que su marido le dijo sonriendo, mientras recogían la mesa el domingo anterior, que su guardia del sábado siguiente coincidía con el cambio de hora. Soltó un taco que hasta detuvo el trajineo de los cacharros recolocándose en el lavavajillas que se traía su marido, que la miró riéndose con esa prudencia que tiene el que sabe que anda por el alambre y que el comentario inadecuado le puede conducir a la más absoluta catástrofe. Optó por suprimir sonrisas y pulsar delicadamente la tecla del beneficio económico. Pero la ordinariez escatologica subsiguiente le hizo rematar la faena vajillil a toda prisa y retirarse a los cuarteles de invierno, minimizando bajas.


Con casi dieciséis horas de guardia en las costillas, repasaba una por una las palabrotas del castellano recio, las aceptadas por la Real Academia y las que harían temblar en sus sillones a los ilustres académicos. Estaba derrengada en el sillón, con los pies sobre la mesa donde quedaba aún los restos de una cena de compañía aérea de tercera engullidos entre interrupciones, de los que empiezas a comer calientes, retomas tibios y das los últimos bocados fríos con más pena que gloria. La última tregua se prolongaba más de cuarenta y cinco minutos y no pensaba mover ni un músculo estriado hasta que volviera a sonar el timbre; los lisos que hicieran lo que les diera la gana. 



Las horas de trajín pesan en los párpados como si fueran miasténicos y las conexiones cerebrales se entregan con satisfacción inconsciente al metabolismo basal, a la respiración suave y lenta y, porque no confesarlo, a algún que otro tierno ronquido. Es ese tiempo muerto, ese limbo en el que se espera la llamada de la una, la que alborotara otra vez los biorritmos con su disparo de salida de una noche que será lo que tenga que ser. 


esa noche del cambio de hora, el timbre no falta a su cita. Como el famoso cartero tiene que esperar a la segunda pulsación para que la médica vuelva de ese vientre materno placentero donde estaba exiliada para reencontrarse con las piernas adormecidas sobre la mesa y el cuello desafiando la alineación vertebral anatómica, chirriando como una carraca. Echa un vistazo al reloj de la pared y comprueba un tanto fastidiada que la cita inapelable de la una se ha demorado una hora. La salida se había retrasado y nadie la había avisado. No sabe si ha perdido una hora de cama o ha ganado una hora de sueño. 


Ve las luces de una ambulancia en la puerta de urgencias, pero no hay camillas ni aparatajes, solo una mujer que camina hacia ella mirando al suelo. Cuando entra agradece a la doctora que le sujete el portalón y la pide disculpas por molestarla a semejantes horas. Tiene un fuerte acento con sabor a Balcanes y a película de Bela Lugosi. Se dirige a la consulta y se sienta mientras la tecnico de la ambulancia comenta que se trata de un caso de violencia de género, que el marido ya está detenido por los civiles y que enseguida vendría el hijo de la señora a llevarla al cuartelillo a poner la denuncia. A la médica no lo gusta eso de violencia de género. Y menos que lo diga otra mujer. Violencia machista, la corrige, y la técnico la mira con mirada poligonera atravesada sin responder al gracias que le lanza de despedida. 


La mujer sigue callada. Rebusca en su bolso hasta que encuentra la tarjeta sanitaria y se la entrega a la doctora.  Mientras toma sus datos, vuelve a disculparse, levantando la vista por primera vez. Tiene los ojos verdosos, con tonos caucásicos. Contesta con frases cortas a las preguntas de la doctora. No, aquella vez apenas la ha tocado, solo la ha agarrado del cuello y la ha apartado de su camino, empujándola contra una pared. Sí, claro que le duele el cuello al moverlo, pero en realidad no es nada, un grano de arena más en el desierto de los treinta años de palizas que lleva recibiendo. 


Y es que el tipo es listo. De los que se las sabe todas. En el último año y medio más o menos no la ha puesto la mano encima. Su hijo es un fortachón de veinte años que ya se ha puesto por medio en un par de ocasiones, y como toda esa gentuza, tiene una capa de cobardia que aparece en cuanto te atreves a rascar un poco el exterior. Y además está bien documentado; se sabe las leyes y está al día de las sentencias judiciales, así que lleva este último año y medio entregado al terror psicológico más despiadado, a la amenaza de muerte inesperada, la que te hace dormir con un ojo abierto, el insulto iterativo, el desprecio indigno e inhumano. 


Ella sonríe por primera vez: es muy listo, repite. Parece duro, doctora, pero le aseguro que eran peores los puñetazos en el hígado y en la tripa para que no se notaran los hematomas, y el dolor de las costillas rotas al volverse en la cama. Ese dolor es criminal, es un cuchillo clavándose en cada respiración, un hachazo en cada tos. 


Suena el timbre de nuevo. La mujer se sobresalta e interrumpe los recuerdos de las palizas con el alivio que da recordar que es un recuerdo. Es su hijo, que entra aún con el mandil de camarero anudado a la cintura. Ella le mira y le pide perdón. El contesta en voz baja, negando con la cabeza, con la intimidad que les da hablar en su idioma. La médica se siente extraña así que se dedica a rellenar el papeleo. Cuando se lo entrega, los agradecimientos de la madre y el hijo suenan casi al unísono aunque ella tiene tiempo para una última disculpa que la doctora rechaza embargada por el sentimiento de futilidad de su actuación, y por la sensación, terrible, de vivir rodeada de vidas que se le escapan vivas, como si intentara pescar truchas en el río solo con sus manos. 

Mira el reloj de la pared. Son ya las tres. Se levanta y ajusta las manecillas de nuevo en las dos. Es como si nada hubiera ocurrido, como si la vida hubiera dado un traspié, aunque no se haya caído nadie. 











lunes, 23 de octubre de 2017

El rescate

Esta no es una historia mía, ninguna lo son, pero ésta me hubiera encantado que lo fuera. La escuché hace poco, y se apoderó de mi imaginación como solo saben hacerlo las buenas historias, las que se transforman en imágenes, en voces, en caras, todas irreales y todas ensambladas en mi cabeza como si se tratara de una película proyectada en una pantalla gigante conmigo como único espectador. Y ahora que he visto esta película mil veces, me decido a contárosla...

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La mujer espera sentada en una silla a la puerta de la consulta. Hay dos vecinas más charlando, pero ella permanece callada, mirando a través de la puerta de cristal hacia la carretera por donde vendrá el médico. Hace casi una semana que dejó de nevar pero aún hay nieve sucia a ambos lados de la calle y el barro mancha la acera y obliga a dejar huellas en el camino hacia el consultorio. Una visita cada quince días no es mucho, pero suficiente para ir a buscar alguna receta y repasar algún viejo dolor de riñones de los que deja el campo como penitencia. Veinticinco vecinos, el más joven no cumple ya los cincuenta, y la mayoría podrían pasar el año viajando con el INSERSO si quisiera, si no fuera porque entonces nadie cuidaría de sus tierras, de sus huertos, de sus ovejas ni de sus casas. 

Ella no habrá ido más de cuatro o cinco veces a la capital en toda su vida, y serán ochenta y cinco los próximos que cumpla. Tampoco ha tenido necesidad. Crió a cuatro mocetones que ya tienen blanco el poco pelo que les queda, porque como le ocurrió a su difunto esposo, abandonaron la juventud con calvas hechas y derechas. Ahora todos vivían en la ciudad, cerca de sus hijos, para poder echarles una mano, era lo lógico de aquellos tiempos. Pero habían sido buenos hijos, que iban a verla siempre que podían, y llevaban a los nietos y hasta a las pequeñas bisnietas que correteaban con sus cortas y regordetas patitas por el jardín y querían llegar hasta el río persiguiendo a los patos cuando salían del corral. 


El doctor aparca su 4x4 frente a la puerta y sale con el maletín en la mano. Cuando abre saluda a las tres mujeres por sus nombres y les pregunta una por una por sus familias. Recuerda los nombres de maridos e hijos, hasta de los nietos. Se ha sorprendido algo al verla por allí. Ella lo ha notado. Cuando llega su turno, le cuenta lo de los hormigueos y el dolor que siente en el brazo izquierdo. Lleva un tiempo con ello pero como le dejaba hacer las cosas de la casa y apañar el corral, tampoco le pareció importante, pero ahora lleva unas noches sin pegar ojo, y por eso se ha decidido a acercarse. El médico le hace varias preguntas sonriendo y bromea sobre lo tarde que han empezado a aparecer los achaques. Le mueve el brazo arriba y abajo y toquetea en unos puntos misteriosos que solo él conoce como si siguiera un ritual que le revelará el secreto final. 

Seguro que es una tontería, le tranquiliza ella. Igual me he echado mucho peso. Se vuelve para casa con una caja de pastillas blancas enormes, temblando con tener que tragarse esos ladrillos en el desayuno y en la cena, esquivando los charcos para evitar ensuciarse los zapatos, y pensando en lo vieja y chocha que se está volviendo. 

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Todo el mundo sabe qué pacientes ingresan en la segunda sur izquierda. En el pasillo hay un silencio pesaroso, diferente. Las puertas están entreabiertas y apenas se escuchan conversaciones, a pesar de que el hospital rebosa de visitas. Algunos se apoyan junto a la puerta de la habitación con la mirada clavada en el suelo y los hombros hundidos, como si el aire pesara. Y vaya si pesa. 


El médico comprueba el número que lleva apuntado en un papel. La puerta que busca está cerrada. Llama con cuidado. Reconoce la voz que le da permiso para entrar, aunque la nota mucho más débil y sin alma. Ella está en la cama más alejada de la ventana. En la otra hay una persona con los ojos muy abiertos clavados en el cielo que ve desde la ventana que tiene al lado.  Es un pajarito demacrado respirando, casi jadeando, con la boca abierta, los pómulos afilados y la piel brillante, acerada.  Hay una mujer sentada en un sillón junto a ella leyendo el Hola. 


No puede evitar aplicar el ojo clínico porque lo lleva de serie, pero saluda brevemente y se centra en la anciana que sonríe abiertamente desde que le ha visto. Le coge la mano y recibe el beso que el la planta en las mejillas con alegría. No es un sentimiento que se prodigue demasiado por esos lados. Lleva ingresada ya casi dos semanas, dos semanas en aquella cama, en esa habitación en la que ya ha conocido a tres compañeras. A las dos anteriores se las llevaron a una habitación individual y nunca volvió a verlas. Cuando preguntaba por ellas, solo recibía evasivas, así que dejó de hacerlo. 


No guardaba ningún reproche hacia el médico, al contrario. Cuando el brazo pasó del hormigueo y el dolor a convertirse en peso muerto incapaz de moverse, regresó a la consulta y aquel mismo día acabó en el hospital para su desgracia, metida en una especie de lavadora ultramoderna que le daba muchísimo miedo, así que cuando le pidieron que se quedara muy quieta, no le costó nada imitar fielmente a la parálisis del terror. 

Ya le habían dicho que tenía la cabeza  como un queso de gruyere, agujereada por todas partes por un tumor que cuando quiso dar la cara ya era el dueño y señor de la mitad de su organismo. En fin, doctor, ¡qué le vamos a hacer! Nadie se queda aquí para caldo. 


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Los hijos miran al suelo como si en las baldosas del pasillo del hospital se encontrara el secreto de la vida. Saben que el médico tiene razón, pero nadie quiere ser el primero en hablar. Hay un freno en su interior, algo que se empeña en negar la mayor, en creer que aún es posible algún tipo de milagro, y que abandonar el hospital cerraría esa puerta para siempre. Pero las fantasías solo son fantasías, por hermosas que quieran parecernos. Y la realidad huele, como huele la muerte que vuela muy bajo en aquellas habitaciones. 


Los médicos del hospital fueron duros de pelar, pero la insistencia del médico de cabecera fue definitiva. quizás simplemente les descolocaba enfrentarse a la situación inversa a la habitual. El mundo al revés termina siempre por dar cierto reparo. 

Sentada en el porche trasero, contempla los nogales que llegan hasta el río. Se recoloca la manta que tiene sobre las rodillas mientras escucha los trinos y el revoloteo juguetón. Cosas de la primavera. Le toca estos días a su hijo el mayor. Aunque pretendamos negarlo, siempre se tiene un sentimiento especial hacia el primer hijo. Ella se recuerda tan joven con las manos en el vientre sintiendo sus patadas. Todo aquello ocurrió alguna vez. Está tremendamente cansada. Hace apenas una hora que se fue el médico. Viene a verla todos los días y llama cada tarde para ver cómo se encuentra. Se encuentra agotada porque el tiempo está más que concluido. Ha besado a todos quienes quería, y ha dormido todas esas últimas noches en su cama, la que compartió tantos años con quien más quiso. Aquellos trinos son una buena música para despedirse, aquel cielo de primavera y aquellos nogales repletos de hojas verdes brillantes son una buena imagen parar cerrar por fin los ojos.