lunes, 5 de noviembre de 2018

El interino

El médico está preparando mentalmente su maleta. Como siempre, como las anteriores ocasiones, aunque nunca pretende llenarla, termina haciéndolo inevitablemente. El problema es ordenar todos esos recuerdos, los lugares, las gentes, los compañeros, las calles, las risas, los nervios, el miedo, los llantos. Ordenarlo y conseguir cerrar la maleta, llevársela a casa y vaciarla en las estanterías donde almacena los de los otros lugares, los cuatro o cinco que ha conocido ya, los que ha abandonado como abandonará pronto éste, recuerdos que a fuerza de almacenarse se van diluyendo como si estuvieran escritos en tinta invisible, y poco a poco fueran adelgazándose hasta quedar reducidos a tres o cuatro caras, a un par de sucedidos de los que se cuentan las noches de guardia o en las comidas con los amigos.

En fin, que aquello se había convertido en una rutina de las que nadie desea. Un nuevo concurso de traslado se le volvía a llevar por delante como si hubiera construido su casa en un torrente seco que se  inunda cada pocos años, arrasándolo todo, obligándole a empezar de nuevo, después de limpiar de barro los restos casi irreconocibles de su vida.

Así son las cosas. Desde que había terminado la residencia había contribuido a la riqueza regional abonando religiosamente las cuotas de inscripción a todas las OPEs, conservaba cuadernillos de varias academias, había probado estrategias diferentes, y había sido constante en el fracaso, lamentablemente, demasiado constante.

Nunca le había gustado ponerse excusas, pero la tentación era tan apetecible en este caso, que mientras conducía hacia su centro de salud, a paso de tortuga, como a él le gustaba hacerlo, saboreando esos minutos sólo suyos, se dijo que quién más que su conciencia iba a oírle, así que dejó salir la retahíla de zancadillas que la vida se había empeñado en ponerle antes de cada examen, la boda, los bebés, la necesidad irremediable de ganar dinero, las guardias en el hospital privado, los recibos de la guardería, luego los colegios, más trabajo, más guardias, logopedas, extraescolares, hipoteca... Seguramente se dejaba alguno, pero había que adelantar a ese tractor y la neblina de la madrugada es traicionera para las distancias.

De momento el bachiller en el colegio privado del mayor, el coche nuevo que hubo que comprar y los líos adolescentes en el colegio con la segunda eran los protagonistas de haber mantenido su constancia en el último examen. En realidad, cuarenta y tantas plazas no provocaban ilusiones desaforadas ni deseos de jugárselo todo, detener el tiempo y lanzar el as de bastos. Así que el uno por el otro, la casa opositeril sin aprobar ni barrer. ¡Qué se le va a hacer!

En dos o tres semanas cerrará la maleta, que empieza a parecer un baúl de corista antigua, lleno de pegatinas de lugares donde estuviste pero a los que no perteneciste, y a cruzar los dedos y seguramente también a cruzar el mapa de la provincia. Alguna ventaja tiene ser perro viejo, no todo van a ser las canas, la calva y la barriga. Ya no extrañan las consultas de cupos horrorosos, ya no se hace tan raro el servir de tapa huecos para cubrir ausencias, ya no parece tan inusual el entrar en las ruedas de festivos y puentes como si la rueda fuera la de un camión de tres ejes atropellándote un juanete. Cuando las has visto de todos los colores, hay pocas cosas que puedan sorprender la visión cromática de un interino.

A lo lejos alcanza a ver el centro de salud. Es el primer edificio del pueblo. Han sido unos buenos años, aunque él casi no recuerda ya años malos, cosas de las corazas que sin querer uno va echando, como al que le crece una seborreica, de puro viejo. Y es que siempre ha intentado hacerlo lo mejor posible. Ha visto a su alrededor compañeros hartos de dar tumbos, que iban poco a poco dejándose llevar, a los que no les quedaba ni rastro de impulso alguno, compañeros a los que la rabia les había enfangado en una especie de hedonismo acomodaticio y hasta crematístico siempre que podían, compañeros que sabía dejarse querer por quien siempre estaba dispuesto a querer a cambio de algo.

Pero él no era así. Aunque a veces le costaba muchísimo, sobre todo los días de cansancio después de una guardia en el privado, los días en que se acercaba la fecha de la retirada, los días en que se sentía un apátrida, los días en que le dolían los riñones porque ya no era un chaval y entonces pensaba en mandarles a todos a la mierda y vivir para cobrar la nómina a fin de mes haciendo equilibrios entre lo imprescindible y lo necesario, entregado sin rubor a colaboraciones productivas arrugando levemente la nariz si llegaba algún olorcillo incómodo. Pero eran tentaciones a las que sólo concedía el instante de un cabreo, para mandarlas después a freír puñetas, lo más lejos posible de su integridad, porque él seguramente sería el interino eterno, si no lo evitaba la lotería de Navidad, pero al menos aquellas mañanas de conducir tranquilo, podía sentirse a gusto consigo mismo. Algo es algo, aunque no sirva para aprobar una oposición.












lunes, 29 de octubre de 2018

Morderse la lengua

La guardia había llegado a ese momento en que cada nuevo paciente es un latigazo más, restallando entre jirones de piel y sangre en la espalda en carne viva del médico que siente el peso individualizado de cada uno de los años que le contemplan. Los azares del destino y del compañerismo han hecho que ese martes tuviera un preámbulo de auténtico granito de veinticuatro horas el domingo previo, cosas de las peticiones de cambios que se llevan por delante planes y descansos quiméricos, y te escupen la realidad de un cansancio sin límites y una desgana infinita.

A un lunes sin consulta le había seguido un martes batallador y arisco, que le había quebrado ya ambas rodillas antes de meterse de lleno en el trajín de pacientes desconocidos, las idas y venidas de los domicilios, con sus kilómetros de carretera e incertidumbre, y los párpados que se sostienen sin desplomarse gracias a andamios de cafeína.

Sin duda, se estaba haciendo duro.

Cuando sonó el teléfono, unos padres preocupados por las fiebres de su retoño detuvieron el relato de sus últimos horas angustiosas de lucha contra el mercurio ante el gesto de impotencia y las disculpas apresuradas del médico. En el auricular, un anciano explicaba cómo su nieta de nueve años vomitaba sin parar desde hacía horas, y pedía que alguien acudiera a ayudarle al pueblo de al lado porque él no tenía coche ni a nadie a quien recurrir para trasladar a la pequeña. El médico casi se hunde bajo el peso de las palabras NI HABLAR y NUEVE AÑOS, que se le habían formado con toda la claridad del mundo y un tamaño desproporcionado en su cabeza. Podía escuchar las conversaciones en la sala de espera y casi era capaz de ver físicamente su cansancio como si fuera otro yo compuesto de un metal pesado y que lo cubre todo.

- ¿No está la madre de la niña para hacerle unas preguntas y darle unos consejos?
- No, mi hija no vuelve hasta más tarde del trabajo.
- ¿Y no tiene a nadie que le ayude a traer a la niña aquí? Es que estoy yo solo, hay bastante gente y la verdad, los niños son fáciles de transportar.
- No, ya le digo que no tenemos a nadie, así que tiene que venir usted.

La conversación no daba mucho más de sí. El intento del médico de explicar acciones y posibilidades chocaba con el muro de los años y la obstinación del hombre, que repetía su dirección como si se tratara de un mantra, dejando pocas opciones de reconducir la situación. Los angustiados padres que se habían enfrentado a los terrores de la pirogenia empezaban a removerse en sus sillas, incómodos, deseosos de que aquel tipo ojeroso derramase sus bálsamos sobre el pequeño que contemplaba el cuadro desde lo alto de la camilla con el termómetro en el sobaco y una cara de sanote que tiraba de espaldas. El médico había aceptado la derrota y tomaba nota de la dirección a la vigésima repetición, cuando de repente fue como si una tormenta se apoderara del auricular. Una voz disártrica y estridente comenzó a exigir la presencia inmediata de todos los efectivos disponibles reprochando la tardanza en acudir al rescate en una situación límite como aquella.

- ¿Es usted la madre de la niña?- consiguió deslizar entre los improperios y las amenazas. - Me habían dicho que no estaba usted en casa.
- Mi padre tiene Alzheimer y no sabe lo que dice. ¿O es que está usted llamado mentiroso a un pobre enfermo? ¿Y usted quién es para decir a mi padre que es nuestra obligación tener un coche en la puerta?

Aquello empezaba a adquirir tintes buñuelianos y el perro viejo que habitaba dentro del médico no tardó en avisarle de que la mejor opción era el reseteo por la tremenda, así que se despidió con un breve "iré en cuanto pueda", y se concentró en el pequeño sonriente que pedía un palo, sintiéndose molesto con la taquicardia que notaba, y que seguía apareciendo con los conflictos por muchos años que pasaran y muchas escamas que acumulara.

Los catarros de los primeros fríos y de las primeras convivencias escolares le mantuvieron ocupado todavía un par de horas, y provocaron una segunda llamada en el mismo tono aguardentoso y violento, añadiendo un par de "ni puto caso" y otras lindezas similares que recuperaron las palpitaciones en el médico y el deseo de que aquella guardia se acabara antes de que reventara por algún lado.

Cuando por fin los virus decidieron dar una tregua, o el frío y la noche dejaron de hacer apetecible el salir de casa, el pequeño coche blanco y azul se tiró al asfalto con la calefacción a tope y la mala leche buscándoselas hueco entre tanto botiquín y tanto aparataje.

La casa era un chalet adosado en una urbanización de patadas en la puerta y ventanas tapiadas. Un anciano con un tubo de plástico conectado su nariz con un poco de vida les abrió la puerta y les mandó escaleras arriba. Entraron en la única habitación iluminada donde una preciosidad de tercero de primaria con trenzas rubias estaba tumbada en su cama sonriendo. En la cabecera un orinal de plástico recogía tres dedos de jugos gástricos malolientes. A los pies de la cama estaba sentada una mujer despeinada, con ese aspecto desaliñado y aviejado que te deja la vida cuando se empeña en darte cientos de bofetadas. Durante unos segundos pareció querer hacer un esfuerzo por contenerse, pero a la segunda pregunta del médico recuperó toda la agresividad que le permitía un paladar de trapo y destapó la caja de los truenos, escupiendo reproches, afrentas inventadas, acusaciones de incompetencia, una sarta de barbaridades farfulladas difíciles de entender pero muy fáciles de interpretar.


El médico trató de centrarse en la pequeña y su epigastrio dolorido, sus borborigmos y su fiebre, pero los dardos le seguían dando en la espalda y sentía como temblaba y amenazaba con caer la armadura de indiferencia que había decidido ponerse.

- ¡Basta ya! Deje de amenazarme con el dedo. No le consiento esa actitud tan agresiva.
- Yo no le estoy amenazando. Le digo que le voy a poner una denuncia, que no se dan cuenta de que es mi hija que está vomitando sin parar, que se encuentra muy mal.

El olor a alcohol llenaba toda la habitación cada vez que hablaba. Las palabras se atascaban en el batiburrillo de la lengua, el paladar y el cerebro embotado. El médico echaba humo como una olla a presión con las válvulas abiertas y se adivinaba la inminencia de la explosión con la certeza del día que sigue a la noche. Entonces miró a la cama y vio la pena asomando a los ojazos de una niña que ya había visto mucho más de lo que debiera haber visto nunca. Así que se tragó toda la rabia que tenía, que se había mezclado con el cansancio haciéndose espesa y difícil de deglutir. Pero al final a duras penas atravesó el gaznate y cuando por fin le recibió en la calle la bofetada del aire frío, la taquicardia fue poco a poco diluyéndose en una enorme pena, mientras devoraban de nuevo los kilómetros en medio de la oscuridad, y restaba una hora más al reloj de las noches en vela.













lunes, 22 de octubre de 2018

Cambiar el paso

Está empezando a amanecer. Han dejado las persianas del salón levantadas y la naturaleza aparta de un empujón la chulería humana de las luces amarillas de las farolas pegándose un homenaje de sol rojo de deidad egipcia. Siempre les gustó mantener las cortinas abiertas, otear su skyline privado de suburbio de la capital desde el sillón mientras las horas de la noche se consumían y la lengua se secaba a golpe de palabras y se esponjaba de nuevo a golpe de vino.

Aquella madrugada empezaba también a espaciar las frases, que se habían atropellado sin descanso durante horas. En el cuco dormía la pequeña con ese sueño plácido y sin pesadillas de los bebés. Ni el padre ni la madre habían hecho intención de llevarla a su dormitorio, como si tácitamente ambos hubieran aceptado que aquella era la noche de sus vidas, que de esos debates, de esos silencios, de esos planes locos y maravillosos construidos y destruidos dos mil veces iba a depender el futuro de aquella familia embrionaria pero potente como los primeros brotes de un roble.

El miró  el reloj por primera vez cuando el telón de fondo de la ventana cambió de negros a rosados y anaranjados. Miró a la pequeña mientras se ponía en pie y trataba de reconocer los músculos, los tendones, las articulaciones, haciendo estiramientos extravagantes. Ella también miró a la niña. En ese momento un ángel la debió acariciar la mejilla porque sonrió en su sueño profundo. No hizo falta que se dijeran nada más. Aquella sonrisa inconsciente parecía haber sellado a decisión que habían tomado.

El día anterior la vida avanzaba con el aplomo que lo hacía siempre, con las prisas de la madre que se bebe el vaso de leche y mordisquea la tostada mientras amamanta a la pequeña, que se deja la voracidad en el pezón, el padre terminando de llenar el saco del cochecito con pañales, toallas, chupetes y demás aperos de padres primerizos, los besos repartidos en el portal, la pena de la separación mientras la madre médica devora kilómetros camino de su último día sustituyendo en el centro de salud al otro lado del atasco, con miedo a equivocarse de salida porque en el último mes cada semana debía tomar una distinta, sin dejar de pensar en el desgarro que nota entre el corazón y el bajo vientre y que algunos llaman ñoñería de mamá novata con la misma desvergüenza con la que ella les llama a ellos gilipollas, pero con mucha menos razón.

Mientras trata de abandonar la pegajosidad del tráfico, se dice que está más que harta de dar besos de bienvenida y despedida casi sin solución de continuidad. Y mucho más en los últimos tres meses, desde que volvió a levantar la bandera en el servicio de personal y le quedó meridianamente claro que el último año le había regalado lo mejor de su vida y le había pedido a cambio el peaje de dejarla en la cuneta mientras sus compañeros le pasaban por la izquierda. Una auténtica mierda. Como un piano, por cierto.

Estaba en la consulta repitiéndose cada vez que se levantaba a nombrar al siguiente paciente el mantra que le había hecho tatuarse su tutor en el hipocampo, con su sabiduría de anciano oriental bigotudo bañado en incienso que se las sabe todas: "no olvides que se puede hacer buena Medicina en cualquier circunstancia", sabedora de que cada vez lo repetía más y al tiempo se diluía un poco el tatuaje en su memoria.

La llamada había llegado en esos minutos de tregua que son tan raros que a veces te parece que te has quedado dormido sin darte cuenta. Casi le pareció que lo que sonaba era el despertador de la mesilla de noche. Conocía la voz al otro lado, su tono im-personal, el que le llevaba de un lado a otro como a una bola de pinball. Pero ahora la ponía entre la espada y la pared; tenía las horas que le quedaban a ese día tan vulgar como cualquier otro y a la que prometía ser la noche más trascendental de sus vidas  para decidirse. Después, la oferta habría expirado como si hubiera surgido de las rebajas de El Corte Inglés.

Había tenido que buscar el sitio en un mapa, aunque le sonaba vagamente. Pero era una ilusión, no creía haber pasado por allí jamás en su vida. No hay lugar recóndito que no tenga su huequecito en Wikipedia, y hasta su galería de imágenes en Google, que parecían postales de película de Heidi. Cuatrocientos cincuenta y siete habitantes en el censo de cuatro inviernos antes, que seguro se habrían llevado por delante con sus fríos al menos los suficientes como para transformarlo en un número redondo. El engaño de la distancia en los mapas querían darle un respiro. Pero tampoco servían para engañarse.


Hubiera sido incapaz de recordar ni un segundo del trayecto de vuelta. En casa le esperaba él y la pequeña, tan ávida que todo lo demás hubo de posponerse, hasta los besos. La oferta sobrevoló la cabecita de bebé pegada al pecho y aterrizó en los ojos sorprendidos como dos platos del padre de la criatura.

El silencio inicial prometía largas discusiones y mientras el preparaba algo ligero, los pechos se vaciaron y la dejaron frita como si la leche fuera de amapola. Después llenaron el salón de miedos, de dudas, y como habían hecho tantas otras veces las fueron transformando en esperanzas, en posibilidades y sueños, como si fueran dando la vuelta a las cartas de una baraja y descubrieran que llevaban una baza ganadora.


El sol ya se había convertido en el amo, y a ellos les picaban los ojos legañosos. Estaban despeinados y no olían precisamente a héroes ni heroínas, pero era así como se sentían, miraban al suelo, que estaba ya completamente sembrado de planes, de matices en los que nunca habrían pensado. Habían decidido ser valientes, habían decidido jugar aquella partida, así que ya sólo quedaba hacer una cosa: empezar a andar.

Dedicado a todas y todos los que decidieron lanzarse a la Medicina Rural, aunque aquello les cambiara el paso de su vida. Inspirado en tantas cosas oídas durante las III Jornadas de Medicina Rural del Grupo de Medicina Rural de Semfyc en Cuenca. Y a Jesús Igualada @iguqui por regalarme la fotografía y su significado 














lunes, 15 de octubre de 2018

Desgraciado

El adolescente tiene los ojos abiertos como platos, clavados en el pedazo de cielo negro moteado de chispazos estelares que enmarca la ventana de su buhardilla. Sabe que debería dormir, que tendría que descansar para mañana estar al cien por cien, para darlo todo en esa carrera de locos que termina en una puerta enormemente estrecha por donde todo el mundo quiere entrar, sin saber si será capaz de correr lo suficientemente rápido.

Sabe que una planta más abajo, sus padres estarán exactamente igual de despiertos que él, que girarán a un lado y a otro sin hablarse, sabiéndose impotentes, seguramente sin atreverse en poner voz a los miedos que les hacen que no les lleguen los pijamas al cuerpo.

Y piensa en su padre. Intenta recordar aquellos años en que no se bajaba de sus brazos, en que le parecía el ser más imponente del universo, pero la memoria de la adolescencia es frágil como el papel de seda, e igual de inútil para toda la fuerza vital que encierran esas jóvenes vidas, así que se imponen los recuerdos más inmediatos, los de antes de ayer, los del mes pasado. O se mezclan en un batiburrillo muy apropiado para unas cabezas a las que se les queda corta la realidad, y que no pueden oír hablar de inmadurez sin componer una medio sonrisa despreciativa.

Siempre ha considerado a su padre un buen hombre. Como todos sus hermanos, ha crecido oyendo historias de sus consultas, de sus guardias. Ha comido la fruta y la verdura que le regalaban sus pacientes, y que parecía crecer en las huertas con sus nombres y apellidos. Ha mojado pan en las yemas naranjísimas de los huevos fritos de unas gallinas que ponían solo para ellos, se ha atiborrado a dulces en Navidad, y todas y cada una de las veces, aquellos maravillosos detalles tenían detrás un nombre y una historia que su padre les contaba mientras les servía la cena.

Le ha visto esforzase por sonreír al volver de una guardia, con unas ojeras que no era capaz de disimular y una tendencia no reconocida para cabrearse que todos los hermanos aprendían a reconocer y a evitar, con esa astucia tan manipuladora de los niños. Le ha visto sujetar el teléfono en equilibrio inestable entre la oreja y el hombro sobre el puchero donde se prepara la comida del día siguiente, haciendo malabarismos entre las aguas bravas de compañeros, jefes y pacientes que le dejaban cuando por fin se desprendía del cacharro y la columna cervical recuperaba la verticalidad, un rictus de hastío y de cansancio infinito.

Le ha escuchado desahogarse en el hombro comprensivo y enfermero de su madre, ha notado como algunas palabras se le atascaban en el gaznate cuando pensaba que ninguno de ellos podía verlo. Le ha visto escribir mensajes a hurtadillas sentado bajo la sombrilla, pasaportándose a cientos de kilómetros, a las cabeceras de algunas camas donde la vida se iba sin tener la más mínima consideración hacia su ausencia. Y cuando al hacerse mayor la inocencia ha ido marchitándose a su alrededor, ha podido percibir como eran otros quienes se llevaban el brillo y los aplausos, sin que a nadie pareciera importarle mucho que sus pacientes fueran allí a dejarse parte de sus vidas, como si fuera una nimiedad que él estuviera ahí para tratar de recomponer las piezas del puzzle. Nunca le ha visto competir por los oropeles, no es su estilo, y a él aquello siempre le había gustado.


Ha crecido, como cada uno de sus hermanos, sin haber escuchado ni un sólo día de sus vidas una palabra en contra de la Medicina, sin haber visto ni una sola vez un mal gesto, una pérdida de papeles, un improperio descolocado. Y como todos ellos, se ha hecho mayor en la burbuja disneylandianda de convertirse en una familia repleta de médicos.

Pero ahora ha llegado el momento de la verdad, y el adolescente, sin perder la referencia en el titilar de su pequeña parcela de estrellas, tiene miedo, una extraña sensación de sentirse desvalido que rechaza con la agresividad propia de su edad. Y ese niño que ha empezado a rendirse al paso del tiempo y gasta hechuras de adulto, piensa si será en realidad ese su destino, piensa en si vivirá su vida o si vivirá la vida de su padre. Piensa aterrorizado en qué pasará si falla, qué ocurrirá si da un traspiés tan cerca del final. Había llegado hasta allí siempre con la confianza ciega de quien hubiera leído ya el libro de su destino, y de repente, se sentía al borde de un abismo tan negro como si al cielo que contemplaba le hubieran robado las estrellas.

Y mientras el adolescente tiembla en su noche en vela, un piso más abajo el médico no se perdona haber sembrado y regado en ese campo fértil y ha renunciado al sueño no porque tema que su hijo no sea capaz de conseguirlo, sino porque le aterroriza el pensar que haya podido convertirle para siempre en un desgraciado.










lunes, 8 de octubre de 2018

Estudiantes

Raul Calvo Rico


El coche iba camino del norte empujado por su energía mucho más que por el contaminador gasoil. A pesar del cruce de correos electrónicos, el viejo profesor notaba en aquellas tres jóvenes la timidez normal ante el extraño e intentaba rebajarla con sonrisas y buen rollo, sin querer pasarse de simpático para no parecer un palizas. Pero no podía evitar pontificar en cuanto se le daba pie aunque fuera lo más mínimo, y los cuatrocientos kilómetros por delante daban para dar muchos pies y soportar mucha clase magistral.

El ojo clínico le comenzó a lanzar destellos tipo ambulancia a los veinte segundos de que la joven empezara a hablar. Era un ojo clínico especialmente desarrollado para captar la brillantez en medio del páramo, y aquella mujer de quinto de Medicina era brillante hasta decir basta. Brillante y apasionada, acaparaba el centro gravitatorio del cubículo del automóvil como un agujero negro al que ningún otro de los ocupantes podía resistirse.

Es lo que tiene la pasión en la voz, que parece que el argumento empieza ya con cinco puntos positivos. Pero es que los argumentos eran insultantemente buenos, tan difíciles de encontrar en una juventud de móviles de última generación y rebajas de Zara que el viejo profesor debía mirar dos veces por el retrovisor para asegurarse que era esa joven de mirada resuelta que hablaba elevando ligeramente la barbilla como si desafiara al mundo, la que diseccionaba a la sociedad, a la Medicina, al futuro con la habilidad de un Joda a punto de fusionarse con el universo mientras Luke escucha atentamente sus palabras.

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La estudiante tiene las botas manchadas de barro, está sudando a chorros y huele a sudor agrio y cansado. Pero sonríe mientras se repantinga unos minutos en la silla de madera de la que casi no se ha levantado en todo el día. Se permite unos minutos de no hacer nada, solo unos pocos, antes de levantarse y marcharse hacia su alojamiento, para asearse un poco, comer algo y desplomarse en su camastro como si fuera un colchón de plumas del Hotel Palace.

En esos minutos de descanso de la guerrera, recuerda a su tutor. Recuerda la sonrisa irónica que la dedicó cuando le confesó su deseo adolescente de ser psiquiatra, como había pasado por los seis cursos en la facultad como quien transita por un purgatorio ineludible hasta que el karma le regalara en el MIR la ansiada plaza de psiquiatra. Recuerda como fue el único capaz de reconocer detrás de esa determinación otra mayor, una fuerza superior que la envolvía en una especie de abrazo apasionado sin fin, que la impelía a moldear con sus manos las relaciones humanas, a cuidarlas como quien cuida un bonsai, a embellecerlas y exponerlas en el balcón de su vida.

Se permite esos minutos para recordara su tutor sonriéndola y diciéndola tu lo que eres es una médica de cabecera, y recordarse a sí misma sintiéndose tan a gusto en el traje que le dejó probarse de médica de pueblo, que ahora allí, en el trópico, a miles de kilómetros de la sede del Ministerio donde escuchará su nombre y su número antes de subir a escoger su futuro, allí, en medio de toda esa gente que la llama doctorcita y le saludan cada mañana con su mejor sonrisa, el único vestido de gala que pueden permitirse, pero que no olvidan ponerse para ella, en esos minutos antes de por fin rendirse al agua caliente y al decúbito supino, sabe a ciencia cierta que será médica de cabecera.

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Era un huracán de categoría cinco. Aterrizó en el corazón de médico y pacientes arrasando cualquier resistencia, por mínima que fuera. Con ella llegaron los besos en la consulta; los pacientes al principio se sentían un tanto intimidados por esa joven de pantalones vaqueros que se lanzaba a sus mejillas en la puerta con la alegría de una prima que no les ve hace años, pero con mucha mayor verdad. Pero luego enseguida rindieron sus reservas incondicionalmente y aquella distensión inundaba de sonrisas el suelo de la consulta, y siempre se camina mejor sobre sonrisas, qué duda cabe.

El tutor se desternillaba con las expresiones de los pacientes cuando la estudiante les pedía permiso para examinarles, una mezcla de asombro y de satisfacción, les hacía sentirse auténticamente importantes, respetados. Y las barreras se deshacían como si fueran de chocolate en pleno verano, e igual de dulcemente.

Resultaba absolutamente encantador ver la ilusión que sentía por las cosas más insignificantes, una ilusión que provocaba un contagio obligatorio a su alrededor, como ocurre con todas las ilusiones inocentes y verdaderas. Así que cada día, al terminar la mañana, era como si todos hubieran rejuvenecido al menos un año, una extraña sensación de anomalía espacio-temporal muy satisfactoria.

Ella había venido de moverse en una realidad tan dura y difícil de imaginar para los que estaban ahora a su alrededor, una realidad de dolor, de muertes, de hacinamiento, de pobreza, y sin embargo mantenía intacta su capacidad de sentir la pena de quienes se acercaban a ella con el alma convertida en una esponja que hubiera absorbido todas las lágrimas del universo y no supiera cómo ni dónde llorarlas. Es hermoso ser capaz de sentir esa pena.

Esa estudiante era sin duda un huracán de categoría cinco que arrasaría con su humanidad allá donde terminara.

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Dedicado a todas esas estudiantes de Medicina que me permiten asegurar que esta profesión, tal como yo la entiendo, no desaparecerá nunca (aunque se empeñen)








lunes, 1 de octubre de 2018

El profesional

Raúl Calvo Rico 

La sala de espera está abarrotada, pero abarrotada al estilo de la famosa escena de Lo que el viento se llevó, la de la estación de tren repleta de soldados confederados heridos, agonizantes en el suelo. No puede evitar que se le venga la imagen a la cabeza, cosas de su cinefilia. Hay personas agarradas a pies de goteo como si fuera su particular comunicación con el más allá, moviendo la cabeza de la botella de suero hacia las médicas que recorren la sala, de ellas a las enfermeras y de éstas a los otros enfermos y de ahí otra vez a la botella de suero, que no sea que aparezca por esos tubos de plástico alguna de esas burbujas de aire que usaban en las películas de espías para matar los malísimos. Otra vez la cinefilia, qué le vamos a hacer.

El barullo es en realidad una especie de murmullo que sirve de base a algunos ayes distónicos, a varios "señorita" estentóreos, a roncus espiratorios y estridores inspiratorios y a trasteo de cacharros y ruedas de sillas poco engrasadas y desganadamente empujadas. Es un megamix de miserias humanas de puta madre.

Para ella es la primera vez. Y para quien no ha visto tanta calamidad junta, no deja de ser impactante. Ella, por lo menos, había atravesado las puertas del paraíso con una carta de recomendación que parecía haberla salvado de las miradas hoscas que reconocía a su alrededor en otras bienvenidas. Pero a la hora de la verdad la había llevado al mismo apeadero que al resto de los mortales. Así que allí estaba, con su correspondiente cañería de pvc enchufando material del bueno para aliviar ese perro que le mordía el costado derecho cuando le daba por cabrearse y pretendía empujar por un estrecho y espasmódico uréter una dichosa piedra que daba por saco de una forma absolutamente desproporcionada con su ridículo tamaño.

El anciano que estaba a su lado había hecho un par de intentos de entablar conversación, pero había sabido retirarse a tiempo cuando el latigazo se empeñaba en golpearla como si fuera el amo de Kunta Kinte un año de mala cosecha, cosa que le había agradecido porque tenía las mismas ganas de charlar que el pobre esclavo tras la extirpación del juanete que le hicieron en su día. Pero el abuelo era perseverante y parecía tener todo el tiempo del mundo, así que cuando la droga le permitió relajar el rictus, ya no hubo quien detuviera a la bestia.


- Cómo se nota que te está haciendo efecto el Enantyum que te han puesto, hija. Es que va fenomenal. A mi, cuando vengo por las contracturas que me dan en el cuello, me lo ponen en el culete y me dejan nuevo. Es verdad que te altera un poquejo el sintrom, pero en la zona de trauma tampoco se andan con muchas contemplaciones. Yo ahora estoy esperando que me lleven a hacer la radiografía de la rodilla. Lleva dándome guerra varios meses. Mi médico de cabecera no está por la labor de mandarme a hacerme la radiografía, siempre dice que seguro que tengo mucha artrosis y que no va a estar radiándome cada dos por tres. Se empeña en vendarme y hasta me ha infiltrado dos veces, pero esta vieja cacharra protesta como una condenada, así que, aquí me tienes, que por lo menos me ve un traumatólogo. Ahora me llevarán a hacer la radiografía y con un poco de suerte me adelantarán la cita que me dieron para dentro de seis meses. Tengo un vecino que dice que le hicieron la resonancia en urgencias, pero mi médico me dijo que eso era un farol que se había tirado conmigo. Yo, por si acaso, me he venido para acá. Eso sí, aquí hay que venir con tiempo. 

La enfermera ha pasado a su lado como un rayo, y le ha cambiado la botella minúscula por otra de mucho mejor aspecto. Ha derrochado profesionalidad, y un asombroso control de la situación, dando largas a dos soldados confederados con aspecto de estar sanos como una manzana pero cabreados como monos, mientras reconectaba tubos y se marchaba al ritmo de un cambio de ruedas en el box de la fórmula uno, pero con tijeras y esparadrapo asomando por el bolsillo de la camisa del pijama.

- Esa es de la vieja guardia.- El anciano hace un gesto con la cara, reiniciándo las confidencias.- A mi, una vez, le costó cuatro pinchazos encontrarme la vía, dos en cada brazo. Pero estaba empeñada, porque además tenía una alumna mirando y yo notaba como se iba encabronando cada vez que se me rompía la vena. Así que ni se te ocurra preguntarle por tus análisis que como no haya cenado todavía te mete un bufido. Fue una vez que llevaba dos semanas con dolores de tripa, y mi médico que si el estreñimiento, que si coma más fruta, en fin, que le cuesta un mundo mandarte una pastilla para los gases y para hacer bien la digestión. Así que me vine y hasta escáner. Ese día tuve suerte. No se qué vieron en la radiografía, tampoco es que me dijeran mucho, la chiquita que me llevaba acababa de dejar la leche de crecimiento. Anda que no se les nota a las pobres, tiene más miedo que un novillero. Pero yo las tranquilizo y las digo que adelante, que no se corten, que me miren y me remiren todo lo que necesiten, que para eso estamos, faltaría más, hay que ayudar a a juventud a que aprendan. Al final me mandaron para casa con unas pastillas para los gases fenomenales, aunque mi médico torciera el morro cuando me tuvo que hacer la receta al día siguiente como si le hubiera dado un ictus. 

Los ritmos en la sala no se detienen. Cada pocos minutos entra una de las médicas jóvenes, se lleva a alguien y se cruza con la entrada de un par de almas que viene a rellenar el hueco, dividiéndolo en plan mórula hasta la reducción infinitesimal del espacio, y la multiplicación del tiempo.

- Mira, creo que ya vienen a por mi. Ese alto es el celador de rayos, y me parece por lo que he estado contando, que ya es mi turno. El traumatólogo que está hoy me gusta, no tiene en los ojos esa mirada del tigre del quirófano de los mas jóvenes, que llevan la urgencia como una condena en el penal de Ocaña. Este se toma su tiempo. Es verdad que también se lo toma para verte, pero cuando arranca, igual te llevas el premio gordo del volante para la resonancia. Mira, acaba de decir mi nombre. Sí, aquí. Bueno guapa, ten paciencia que en esta época del año acaban de llegar los R1 y todo se ralentiza. A mi una vez me tuvieron dieciséis horas porque el adjunto era de los tiernos, pero estaba viciado con el cacharro de las ecografías, que no veas el tío como lo maneja, y estaba empeñado en ponerme el micrófono en la tripa para verme el páncreas y la vesícula, que llevaba yo todo mayo con unos amargores qué p'a qué y lo único que se le ocurría a mi médico era prohibirme los huevos y la leche, hasta que me lié la manta a la cabeza y me trajo mi hijo para acá y, como te decía, el pobre venga a intentar ponerme el aparato, y los cachorros a su alrededor acojonados sin dejarle respirar un minuto, hasta que el hombre vio la luz y me pudo por fin ver la dichosa vesícula, que por cierto la tenía como la patena, si es que yo no he comido guarrerías ni he estado gordo en mi vida. Bueno, hala hija, que te sea leve. Igual cuando vuelva de rayos ya te han dado el alta. Que no sea nada. Igual te veo por aquí otro día. Sí, sí, con cuidado majo, que esta silla es de las que se tuercen a la derecha, a ver si compran nuevas que no hay derecho...










lunes, 24 de septiembre de 2018

Una historia de ciencia ficción

La sala de espera está abarrotada. En una de las sillas descansa los huesos viejos y muy cansados el anciano, que observa con toda la calma de sus más de ochenta la vorágine nerviosa a su alrededor, el trasiego de cuerpos sentándose y levantándose, las puertas volviéndose súbitamente translucidas y dejando salir a una persona, para convertirse por arte de la magia de la ciencia de nuevo en opacas tras el siguiente paciente, los pitidos que salen de las muñecas de unos y otros, las miradas impacientes a los atriles donde hologramas de figuras vestidas inmaculadamente de blanco, con sonrisas perfectas y gestos sosegantes, ofrecen información continua en tonos de voz que parecen tener efectos sedantes, acariciantes.


Para un anciano que creyó que sólo vería aquellas maravillas en las películas de Hollywood, era como haberse convertido en un figurante de Star Treck. Sonrió al pensarlo mientras se ponía las gafas para leer el aviso que le revelaba el insistente temblequeo de su reloj inteligente. Le advertían que empezara a prepararse porque sólo quedaban dos pacientes antes que él, y dada la lógica torpeza de sus rodillas artrósicas, convenía empezar a engrasar las bisagras para que nadie tuviera que esperar por su culpa.


Mientras se levantaba, seguía observando el ir y venir de las personas; había bastantes veinteañeros, de la edad de sus nietos, con esas caras de preocupación que tan bien conocía, la gran mayoría con una prótesis en el oído como si fuera una convención de sordos, pero con la mirada fija en pequeñas pantallas virtuales que salían de dispositivos similares a anillos en una de sus manos, visibles sólo para ellos, aislados en una sala abarrotada. Tampoco se diferenciaba tanto de su pasado. Al menos del más reciente. El que vivió en su niñez y juventud a veces le parece como si sólo hubiese existido en sus sueños, como si no lo recordara nadie, más que él. Tendrá que ser así.


Estaba de pie cerca de la puerta que, según las órdenes que salían de su muñeca, se le había asignado. Seguía examinando a los esperantes, una vieja deformación profesional que los años retirado no habían sabido eliminar. Y es que él conocía a la perfección las salas de espera, como conocía al dedillo las consultas, como mantenía aún el vistazo diagnóstico con el que miraba cada cara. Y es que él había sido durante cuarenta años de su vida médico de cabecera. Había visto llegar el futuro que algunos pronosticaban y casi todos descartaban con suficiencia, y ahora tenía, como todos, las botas metidas en el barro, así que allí estaba, esperando que la puerta recuperara su trasparencia para entrar en la consulta de ciencia ficción.


Era una sala blanquísima, de una frialdad y una asepsia casi insultante. La médica consultaba una enorme pantalla pasando sus dedos sobre ella, mientras él entraba y se sentaba. Frente a él había una pantalla de menor tamaño, donde podía consultar datos de su historial e ir viendo las anotaciones que recogía el sistema al dictado de la doctora. El bolsillo de su bata era una pequeña pantalla con una imagen móvil de ella tras un pequeño cartel con su nombre y apellidos y su especialidad: cardióloga.


- Buenos días caballero, ¿cómo se encuentra? En primer lugar tengo que advertirle que según dice el sistema, en los últimos seis meses ha dejado usted de acudir a sus revisiones obligatorias con el psicogeriatra, con el neurólogo y con el urólogo. Del mismo modo, debo avisarle que no se ha hecho la colonoscopia que le correspondía el pasado diciembre. Por otro lado, rechazó usted a la unidad de vacunación anti gripal a domicilio, negándose a abrirles la puerta. Ya sabe que todo ello supone una reducción en sus coberturas sanitarias para los dos próximos años, y que tiene una sanción del doce por ciento mensual en su pensión durante seis meses, que dejará de hacerse efectiva en el momento que en sus datos figure el registro de haber completado las revisiones oportunas, así como las vacunaciones y las pruebas indicadas por las autoridades. Me ha entendido, ¿verdad caballero?

- Sí, la he entendido perfectamente, doctora. De hecho, por eso estoy hoy aquí. No podemos permitirnos una reducción en nuestra pensión, y menos ahora que tenemos que echar una mano a nuestros hijos con los estudios de los nietos. 

- Muy bien, así me gusta. Coloque la mano en el sensor. Muy bien. Veo que su corazón se mantiene a buen ritmo, sin rastro de la fibrilación que tuvo hace tres años. Entiendo que toma religiosamente su medicación.

- Religiosamente.

- Perfecto. Tendrá que bajar a la planta primera para una extracción sanguínea, y después seguir las instrucciones que aparecerán en su pantalla para ir a la consulta de psicogeriatría. Los resultados de sus análisis les serán comunicados mediante un aviso mío personal holográfico en cuanto estén disponibles. Muchas gracias, y no olvide que deberá volver en seis meses. Que le vaya bien.


La consulta había durado apenas cinco minutos. Había cumplido escrupulosamente los estándares de calidad; había sido práctica, ágil, exenta de banalidades, de elementos superfluos. Pero no recordaba que le hubiera tocado, ya apenas se tocaba a los pacientes, había sensores, detectores de ondas, capturadores de imágenes y de sonidos. ¡Qué lejos quedaba la Medicina de su consulta del pueblo! La vida se había concentrado en las ciudades; los pueblos se despoblaron a la misma velocidad que las maquinas desplazaron las labores humanas y la Medicina se desplazó con la gente; los médicos de cabecera se extinguieron con sus jubilaciones, se hipertrofiaron unas estructuras que en algún momento descolgaron los carteles de centros de salud, y donde los pacientes peregrinaban de una planta en otra al ritmo de las sacudidas de sus relojes, contentos de que expertos en sus diferentes órganos tomasen las riendas de sus problemas desde el principio, sin filtros ni componendas.


La sociedad aumentó la rigidez de sus controles, temerosa de que su belleza tecnológica se ensuciara con la enfermedad, y los ancianos con su vejez a cuestas, sus pedacitos, los internos y los externos, oxidándose con el agua salada de los años, pasaban gran parte de sus días subiendo y bajando los modernos ascensores de ciencia ficción de las clínicas, profesionales de sus enfermedades, de su decrepitud, yendo de un especialista a otro, con el único entretenimiento de contemplar la vida en el trajín de las salas de espera.


Así que se encaminó al ascensor, con ese arrastrar de los pies que trataba de evitar y que le resultaba tan molesto, dispuesto a cumplir su vida crucis en aquel Gólgota limpio, moderno y sin el más mínimo rastro de la humanidad que había quedado olvidada en algún lugar, y en algún momento, cuando las advertencias dejaron de ser molestas y se convirtieron en un ruido de fondo que ya nadie quiso oír.