lunes, 13 de agosto de 2018

Que se llama soledad

Hay vidas que se van por el desagüe de la soledad sin haberse dado cuenta de quién ha quitado el tapón que provoca el remolino. Cuando el médico las tiene sentadas junto a él en la consulta, le provocan una tristeza que resulta casi ofensiva, por cómo parece regodearse toda aquella pena en sus orgullosas narices acostumbradas al diagnóstico, al tratamiento, a la solución química.

Esa soledad sabe de sobra que tiene la batalla ganada y se ríe en plena jeta del médico, se burla de su impotencia, se chulea bajándole del pedestal donde se pensaba que no llegarían nunca las aguas fecales de las alcantarillas.

Igual alguien debía haberle preparado para la vida que entraría por la puerta de su consulta.

Aquel hombre se había acomodado bien la mochila de la soledad, o eso quería hacer creer, porque esa mochila está repleta de piedras con aristas que se clavan en las costillas, por mucho que uno intente disimularlo. Las consultas eran extrañas, estaban repletas de formalismos, se perdían en interminables explicaciones, vericuetos que no llevaban ninguna parte, o que en realidad le mantenían donde quería estar: detrás de un muro rematado por concertinas salvajes capaces de desgarrar a quien se atreviera a trepar para asomarse al otro lado.

El médico olía esa soledad, y aunque se ponía de puntillas para intentar mirar por encima de esa frontera de país norteño, apenas conseguía algo más que agradecimientos corteses, reconocimiento a sus vanos esfuerzos y una aceptación resignada de un sino grabado a fuego en el papiro que redactaron los dioses de su vida. Así que aceptaba su rol inútil y simplemente escuchaba el relato como el que ve una buena película que le han contado muchas veces y ha visto también otras tantas, despojándose poco a poco y sin quererlo de las debidas (e imprescindibles) emociones.


Los tres últimos capítulos de aquella serie que nunca produciría Netflix habían sido particularmente extraños. El primero era un reto orgulloso a su soledad, una baladronada que parecía un último intento de retomar el control de una incontrolable pena. Quería que el médico se asegurara de que si se veía sorprendido por la parca, se lo tragara el olvido, se llevaran sus cenizas una ventisca en el mismo silencio en que pasaba ahora sus días y sus noches. Quería que sólo hubiera lágrimas aquel día si diera la casualidad de que fuera un día de lluvia. Aquel salivazo a la cara de su destino se resolvió con una nota escrita en mayúsculas en su historia clínica que resaltaba casi ofensivamente, una pequeña victoria sobre su sino con la que quedó satisfecho.

 Pero el segundo capítulo devolvió a los contendientes a su lugar. Trató de contener las lágrimas por lo que tenían de debilidad, aunque era un niño boxeando con un peso pesado, y la soledad es vengativa y despiadada. Se guardaba un as en la manga para ponerle en su sitio, para mandarle a su rincón, noqueado. Se había enterado de que iba a ser abuelo porque se lo contó el mecánico donde llevaba siempre el coche a reparar. El pobre hombre le había felicitado con toda su buena fe y la felicitación resulto una purga de lágrimas que le había tenido una semana sin dormir, entre la rabia y la impotencia, subiendo las acciones de la Tabacalera, echando a sus bronquios nicotina y otras mierdas que le provocaban cargo de conciencia, le ponían los dedos amarillos y le obligaban a echar mano del Atrovent de madrugada.

Aquel capítulo terminó en fundido en negro y sin palabras, no hacían falta ni tampoco servirían de nada. Se marchó en cuanto recuperó la compostura, mascullando su derrota, sin siquiera el desahogo tan humano de pensar en la venganza.

Pasó algún tiempo hasta que emitieron el último capítulo. Había decidido hacer un regate en corto en el centro del campo, de los que aplaude el público pero sin que sirva para nada: vendía su casa para trasladarse a otro lugar por si acaso la vida perdía su nueva dirección y le daba un respiro. Pero quería mantener su médico de cabecera, quizás no sea tan fácil tirar de la cadena. Tal vez porque es de suicidas hundir las boyas, pensaba seguir cogiendo el coche y sentándose con su silencio hosco entre todas esas personas a las que no le habían dedicado ni un segundo de sus vidas. Y quería pedirle un favor más al médico; era un favor que de esos que te dejan desnudo, que te retratan como si te hubiera retratado el mismísimo Goya de las pinturas negras. Quería que le ayudase a encontrar a alguien que quisiera quedarse una copia de las llaves de su casa, por si le ocurría algo, por si un día le azotaba el Alzheimer o un vulgar despiste sin un apellido tan rimbombante y se quedaba en la calle compuesto y sin cerrajero de cabecera, o de guardia. Y la solución que le habían dado era ir al hogar del jubilado y hacer amigos. ¡Hacer amigos!


La consulta terminó repleta de impotencia, llena hasta rebosar de soledad, de tristeza, de hastío. Y se quedó allí incluso cuando el médico abrió la puerta para que se fuera, incluso cuando algo más tarde, la empleada de la limpieza abrió las ventanas para airear la consulta. Y allí seguía estando, con su inconfundible olor a fracaso, cuando a la mañana siguiente el médico volvió a abrir la puerta y a encender el ordenador.
















domingo, 5 de agosto de 2018

Referentes

Aún ahora, después de tantos años, mientras desfilan en silencio a los lados de la carretera los campos de cereales madrugando, mientras las curvas se amoldan al monte y a las encinas, mientras disfruta de esa tranquilidad que parece esconderse siempre tras los primeros rayos del sol, aun ahora, echa de vez en cuando la vista atrás y se recuerda como la joven rockera que no podía dejar de sonreír el día que la recibieron en la unidad docente, el día que conoció a sus compañeros, aquella mañana de nervios e ilusión que aunque parezca una barbaridad, en su imaginario particular de emociones, está casi al nivel del día de su boda, y a menos de un cuerpo de distancia del día que vio por primera vez la carita de sus dos princesas.

Deseaba con tanta fuerza ser médica de familia, había soñado durante tanto tiempo con andurrear por la calles de un pueblo con un maletín de cuero en la mano y el saludo y la sonrisa permanentemente de servicio, había imaginado una y otra vez saborear un mundo de historias, rozar con los dedos otras vidas dejando una mínima huella de cariño, de acompañamiento, de consuelo, había fantaseado tantas y tantas noches de insomnio pre-examen con convertirse en sanadora.

Y la residencia amenazó con defraudarla, pero ella volvía a casa y se ponía su camiseta de Motoröhead, dejaba que Lemmy pusiera el cuello en hiperextesión y soltara en el micro todo el chorro aguardentoso de voz en su As de Picas, prometiéndose driblar todos los obstáculos para que nada le desviara de su objetivo. Seguro que muchos la llamarían cabezona. También es verdad que hay mucho imbécil.

Su tutor la enseñó desde el primer momento a sentir la Medicina por debajo de la piel, una ducha a chorro fresca de humanidad que quedaba lejísimos de todas esas quejas permanentes que escuchaba en cuanto no le quedaba más remedio que oír, de todas esas pirañas que mordisqueaban su pedacito de tarta, de todos esos desencantados de trastabillar desde lo alto de sus columnas.

Su tutor le puso unas gafas para ver la Medicina desde el latido de los corazones de quienes se sentaban a su lado confiados o desconfiados, rotos o eufóricos, derrotados o victoriosos, amados o repudiados. Y le hizo caminar por esa Medicina a paso de tortuga, porque cualquier otra cosa hubiera sido perderse alguno de esos matices increíbles.

Así que aquel hombre se convirtió por derecho propio en el descubrimiento que le cambió la vida, en la figura principal en el altar mayor de sus particulares altares de la Medicina de Cabecera.

Y cuando la película se fundió en negro y las letras The End la sorprendieron, una cabronada parida por unos gallitos cortos de miras llamada precariedad la dejó rezando jaculatorias ante esos altares cada día, cada noche en que volvía de una consulta y otra, una cara tras otra que pasaban como las que se ven fugazmente cuando se cruzan dos trenes, sin que tuviera tiempo para mirarlas bajo la piel con sus gafas de tortuga.

Así que cuando la ofrecieron la oportunidad de dejar de firmar más contratos que autógrafos Lemmy Kilmister en el backstage, y encima para trabajar con jóvenes cachorros, no lo dudó ni un instante, y se dedicó en cuerpo y alma a fabricar más gafas tortugas que Afflelou, aunque se quedara con muchas de ellas en el cajón hasta que se caían de viejas, porque así son las cosas, no todos los ojos toleran esa graduación.

Pero aunque los años pasaron, ni una sola de las noches en que la vida le regalaba una pausa dejaba de pensar ante su altar de la Medicina en la Cabecera en cumplir aquellos viejos deseos de andurrear, de saludar, de consolar, de escuchar historias, de acompañar, de sanar.


Y no fue una decisión fácil. Porque las rutinas a veces requieren divorcios traumáticos de los de tirarse los trastos a la cabeza. Pero ahí estaba, conduciendo despacio mientras el trigo se dejaba mecer, sonriendo a los chavales que cogían el autobús para ir al instituto del pueblo cercano, saludando al cartero que empieza a patear las calles, tomándose un café en el bar de la plaza mientras las vidas se reconocen en la sala de espera de su consulta, con ese afán tempranero de la gente del pueblo.


El aterrizaje no era fácil, cualquiera lo hubiera supuesto. Médica nueva, joven, relevando al médico de toda la vida. La longitudinalidad es extremadamente celosa, y lleva fatal las jubilaciones. Y luego había que aprender a domar a esa fiera de diecisiete pulgadas saturada de iconos, que prometía ayuda eterna pero que encerraba detrás una gravedad de agujero hawkiniano capaz de absorber toda la energía, de tragarse todas las miradas desde detrás de sus gafas de tortuga.

Y aunque ella se resistía, se creía capaz de no perder el oremus, había días como aquel en que la presión le apretaba como si se hubiera puesto una camisa de cuatro talla menos. Y tenía que ir a ver a ese paciente, llevaba días esperándola; sus hijas aceptaban con sonrisas las excusas que les iba dando por teléfono cuando la comía el tiempo. No estaba dispuesta. No había vuelto para dar excusas por teléfono.

La recibieron como si hubiera llamado a su puerta la esperanza. La casa estaba oscura y olía a pena y a agonía. En la cama reconoció a la muerte como sólo saben reconocerla quienes hace tiempo que dejaron de intentar regatearla. De su maletín salieron cachivaches que atraían las miradas de aquellas personas que se repartían alrededor de la cama, de todas menos de su paciente, que mantenía los ojos cerrados, como si no quisiera gastar sus últimas miradas. No, aquello no sería inminente, pero sería, sin duda.

La pena tiene siempre un ramalazo opresivo, que te acompaña hasta la puerta, y se queda allí, junto a las hijas de su paciente, despidiéndola, como una buena anfitriona.

- ¿Quiere tomar un café, doctora?
- No, gracias, tengo que volver a la consulta, he dejado unas cosas por hacer en el ordenador.
- Claro, no se preocupe, otro día. Doctora, ¿usted cree que podríamos llevar a mi padre al curandero del pueblo de al lado?

La médica mira al suelo porque acaba de darse cuenta de que había pisado sus gafas de tortuga, las había dejado hechas añicos, y los cristales le devolvían un reflejo multiplicado por mil de fracaso. Allí, detrás de esas mujeres, tras el quicio de la puerta, esta la pena negra y la médica que siempre quiso ser. Y no lo duda.

- Creo que me tomaré ese café






Ace of Spades, canción contenida en el álbum del mismo nombre, el cuarto de Motörhead, publicado en 1980. Dedicado a una gran médica de cabecera. 






lunes, 30 de julio de 2018

Amigos y nostalgias

El médico no puede evitar una punzada de nostalgia. Le desagrada, como esos aires que le cuentan los pacientes que son incapaces de expulsar después de las comidas, ni aunque se pongan hasta las trancas de Aero-redes. Pero es igual de insistente, y seguramente será mucho más difícil de eliminar que si estuviera en la otra tesitura. Y le desagrada porque debería ser un día completamente feliz. La boda de tu mejor amigo da para comedieta hollywodiana de la Roberts y su sonrisa todo dientes, y para deshacerte bajo el tórrido sol de la estepa reflejado en los adoquines medievales mientras caminas hacia el ayuntamiento con tu mujer jurando en griego bamboleándose desde los tacones sobre el empedrado.

Las bodas de los amigos han consumido gran parte de la juventud del médico. Aparecieron en su vida al estilo tsunami, afortunadamente coincidiendo con el estrecho desahogo económico que concedía el sueldo de un residente. Eran tiempos de iglesias y juzgados, de parrandas exuberantes y descontroladas, con una tendencia preocupante a finalizar en estados cuasi catatónicos, y desde luego, muy alejados de ese recto proceder con que terminaban las instancias en los viejos tiempos. Los años de la residencia están trufados de historias de bodas, tan repletos de anécdotas de chaqués y vestidos blancos, de tunas y Paquitos chocolateros, como lo están de sucedidos de guardias de urgencias.


Así que mientras el médico siente cómo las axilas empiezan a inundarse bajo la chaqueta y los cuarenta grados a la sombra, la punzada nostálgica aprieta en epigastrio insistente, y aunque disimuladamente hace amago de eructar, no consigue que se esfume.

Entonces inevitablemente la cabeza entra en ese modo matemático tan cabrón que le permite calcular en décimas segundos los años que hace que se acabó aquella aventura, y cuando la cosa pasa del número veinte, el médico se caga en el tanguista que lleva toda la vida clavándosela diciéndole que eso no es nada. Los cojones. Es muchísimo.


Las bodas de los cincuentones son casi todas segundas o terceras oportunidades, copas de champán por el guiño amable de la fortuna, regadas con dos o tres gotitas de amargor porque la vida no haya destapado el frasco de las esencias esos jodidos veinte años antes. Las caras conocidas se meten en ese baile caprichoso en el que siguen ahí todos los rasgos de la juventud que conocimos, mientras el tiempo parece haberse comportado como un niño consentido, clemente aquí y despiadado allá, repartiendo flacideces, arrugas, canas, barrigas, papadas y calvas en asimétrico desorden.


Las vidas que se encuentran se reconocen en los pasados y los presentes, en un despelote en que se cuelan hijos y trabajos, jefes y enfermedades, las propias y las ajenas, los que nunca estuvieron y los que se fueron y dejaron un hueco mayor que un cráter lunar. Una médica de familia de la ciudad, completamente urbanizada, otro de pueblo, feliz en su ruralidad, otra que se deja los riñones en la urgencia del hospital, un digestólogo que se cayó de bruces al lado oscuro de la privada cuando dejó de creer que podría cambiar lo que apestaba a su alrededor, un otorrino que reparte cera a diestro y siniestro como si fuera Jackie Chan en una reunión del hampa en HongKong, y un intensivista que se deja la vida en dos UCIs para poder cumplir el sueño de su hijo de ser médico. Seis historias diferentes pero con troncalidad, seis vidas veinte años después que miran con cierta envidia, qué leches, con una envidia feroz y muy muy insana a la mesa de ocho o diez jóvenes de aquellos que mezclarán las anécdotas de la puerta con las del último baile trastabillado en el alegre sopor del séptimo gin-tonic.

Definitivamente, las bodas a los cincuenta no son lo que fueron. Bueno, en resumidas cuentas, tampoco nosotros lo somos, piensa el médico, mientras se toma unas sales de frutas y
por fin consigue eructar y tragarse esa dichosa bola de la nostalgia.


Dedicado a mi grandísimo amigo/hermano Enrique, que ha tenido las santas narices de provocarme todo este revoltijo de sentimientos, de alegría y nostalgia, y todo ello desde su más absoluta y completa felicidad. Suerte, amigo. 








miércoles, 25 de julio de 2018

Solo quiere verle

Ella tiene en las entrañas un monstruo empeñado en devorarla, un grandísimo hijo de puta que pretende llevársela por delante. Y lo hará, lo hará más tarde o más temprano. Aunque le costará, porque ella es fuerte como una roca y no han pasado por encima ochenta y nueve años, dos visitas a la UCI, una cicatriz en medio del esternón, un par de válvulas mecánicas y medio kilo de pastillas diarias para dejarse forzar la mano así como así.


Ir a la consulta  había sido siempre para ella un grano en el culo. No es que tuviera nada contra el médico, es capaz de recitar sin equivocarse los nombres de los cuatro o cinco que ha habido en los años en que se recuerda que hubiera médico en el pueblo, y de todos ellos guarda un recuerdo agradable. Pero en general los médicos cuanto más lejos de ella mejor. Bastante los ha tenido danzando a su alrededor con sus batas y sus pijamas verdes, azules, blancos, de todos los pelajes, jóvenes con todo por hacer, otros con la experiencia en forma de otros más jóvenes revoloteando junto a ellos, y algunos deseando pasear por la playa dedicados a escribir sus memorias o a cuidar a sus nietos.


Sí, ha visto demasiados. Así que las visitas a su médico de cabecera cada año se cuentan con los dedos de una mano y sobran un par de ellos. El le trata bien, sale a recibirla a la puerta, le ayuda a sentarse dándole la mano, a su lado, algo que al principio le extrañó bastante, pero que con el tiempo terminó por gustarle. Se sientan codo con codo y charlan, sobre cómo se encuentra, habla sobre la familia, las cosas del pueblo, intercalando hábilmente las preguntas que ella sabe que él quiere intercalar: se te hinchan las piernas, te fatigas cuando subes la cuesta desde la panadería hasta tu casa. Ella contesta con paciencia y aunque siempre rezongando, acepta hacerse su analítica anual, la que tranquiliza a sus hijas y la conciencia del médico.


Pero aquella primavera la vida le pesaba como una losa de mármol, las piernas eran tan graníticas como esa losa sobre el pecho, y el ánimo apenas le daba para quitarse las legañas por la mañana y calentarse la leche. El médico se sorprendió de verla con su hija frente a la puerta, e hizo alguna de sus bromas capaces de relajar las salas de espera más densas. Cuando le llegó su turno, su hija le ayudó a ponerse de pie, pero ella se agarró al brazo del médico para sentarse en la silla junto a él, como siempre hacía. Fue su hija la que habló de su tristeza, de cómo se había esfumado ese remolino incontrolable que había sido su madre, habló de sus sospechas de depresión, de que quizás una pequeña ayuda en forma de pastillita matutina devolviera las cosas a su ser.


Ella permanecía callada allí, junto al médico, que la miraba como si quisiera volverla del revés, más allá de su silencio, más allá de su cicatriz de esternotomía y de sus clicks valvulares, más allá de sus ojos acuosos, de los casi noventa años que cincelan su rostro. La pastilla queda aplazada al veredicto de una analítica que empezó a descubrir a la bestia que hasta entonces se había limitado a crecer enjaulada y oculta como la gran cabrona que es.


Y una vez que da el primer rugido, lo complicado es mantener a raya al ejército almas que con la mejor de las intenciones pretenden cercarlo, acojonarlo, hacerlo huir, aún a sabiendas de que está agarrado con uñas y dientes a su presa, y que no piensa dejarla como si tal cosa. Pero ella no soporta los hospitales, no quiere ver a ningún médico que no sea el suyo, así que pide tregua y vuelve a su casa porque es su cama, su sillón, su patio.

Y solo quiere sentirse cuidada, solo quiere poder contarle a su médico cómo el dolor es un puño en la boca del estómago retorciéndola las entrañas, cómo las piernas le tiemblan cuando quiere levantarse del sillón, solo quiere sentir que sigue siendo importante para alguien, que ahí fuera hay alguien pendiente de si se le hinchan las piernas, de si ha comido, de si ha cagado, de si se ha animado a bajar andando hasta el banco del final de la calle o de si ese puño cabrón bajo las costillas no la ha dejado ni hinchar el pecho a gusto en toda la noche.


Porque eso es todo lo que ella quiere, a sus ochenta y nueve años, ella sólo quiere verle.









lunes, 16 de julio de 2018

Como un pato en el Manzanares

De vez en cuando la vida pega una de sus cabriolas y de golpe y porrazo decide llevarnos veinte años atrás en el tiempo. Yo no puedo dejar de pensar que lo hace para burlarse de nosotros, esos seres insignificantes que se sienten tan importantes durante ese breve parpadeo que son nuestras existencias en el devenir infinito del tiempo.

Me siento muy extraño en el hospital. Se me antoja enorme, una bestia dispuesta a devorarme. Mi mujer y yo nos vamos haciendo pequeños cuando nos acercamos a la puerta principal, ella con una carpeta de plástico en la mano, con ese orden tan alemán que le da un encanto exasperante; yo con un pequeño maletín con un libro, un pijama, y cuatro cosas de aseo, como si fuéramos proscritos obligados a escapar en plena noche.

Hace sólo veinte años me movía por allí como si lo hubieran construido para mi. Veinte años no es nada, miente el tango. Veinte años marean de tanto como son. Me quedo en un segundo plano mientras ella coloca sus papeles sobre el mostrador y el ordenador escupe etiquetas con su nombre y apellidos y como la recepcionista de un hotel, la administrativa de admisión hace un gesto a la celadora que espera tras el mostrador para que nos acompañe a nuestra habitación. La seguimos obedientes, acompasando nuestro paso al suyo, corto y cansado, más cerca de las playas de Benidorm que de la vida laboral.

Cuando llegamos a la habitación, nos quedamos los dos mirándonos en silencio sin saber muy bien que hacer. Es una habitación pequeña, individual, en la zona de maternidad. Se amontonan los recuerdos dentro de las cunas que hay en cada una de las habitaciones, la nuestra girada hacia la zona común de baño que comparte con la habitación contigua. Volvemos a mirarnos sin poder evitar la nostalgia, la reconozco perfectamente en sus ojos, como se que ella puede reconocerla en los míos. Es una nostalgia instintiva e inmediata, a la que le cuesta disolverse incluso cuando la espantamos con los manotazos de la razón y el tiempo.


Enseguida entran una auxiliar que deja el camisón de lunares sobre la cama. Veinte años no es nada para la ropa de noche. Nos reímos de la atemporalidad del atrezzo, las mismas sábanas con la franja azul, la misma manta blanca y áspera, el mismo sillón de tortura. Prefiere ponerse su pijama para esa primera noche. Al poco tiempo entra una enfermera. Es joven, pero se la nota la soltura de llevar ya algún tiempo en el mismo lugar trabajando. Trae sus aparatos en un carrito y cuando empieza su retahíla de instrucciones, mi mujer la interrumpe, se presenta y la pregunta su nombre. La enfermera se queda como aturdida y dice su nombre con timidez, para reanudar enseguida su guión aprendido.


Cuando se va, sonrío porque en realidad me ha gustado la pequeña lección de enfermera añosa que le ha dado mi mujer a la joven. Unos minutos después una auxiliar nos trae dos pastillas con la orden de tomárselas antes de dormir. Lo de para qué sirven y qué te pueden provocar se ve que se da por descontado, en mi chiringuito se hace lo que yo digo y sin rechistar. No puedo evitar pensar en la confianza ciega que deben traer de casa los pacientes.


La noche se hace corta porque los ritmos del hospital son circadianos y molestos, y porque para descansar es mejor un resort del Caribe, qué duda cabe. Las legañas matutinas se las devora el estrés que te provoca ver venir a los celadores a llevarse la cama al quirófano. Somos una triste comitiva siguiéndola. No hay nadie que no se vea frágil y desvalida en una cama de hospital empujada por los pasillos, tapada hasta el cuello con las sábanas blancas logueadas. Las puertas que separan el área quirúrgica tiene sabor a programa de la televisión, de esos que desapareces entre humo y con fanfarrias, solo que aquí mucho más pueril y simplón. Nos quedamos esperando allí, ante las puertas, con otros familiares igual de angustiados y de perdidos, hasta que sale una enfermera con un pijama azul que va nombrando uno por uno a los premiados, nos dice su nombre, recoge nuestros nuestros números de teléfono y nos anuncia las horas en las que se dejará caer por la sala de espera con las últimas noticias de aquel mundo de sabios, de cuchillos y sangre, de dormir hasta casi la muerte y de resucitaciones y de vida.


Durante la espera me he encontrado a un par de pacientes de mis pueblos. Se asombran de verme allí, desubicado y torpe, como si pensaran que esas cosas de las enfermedades no deberán tocar a su médico de cabecera, ni a su familia, como si estuviera dilapidando un crédito concedido por el Ministerio de Sanidad. Me dejan esperando con sus mejores deseos de que todo siga el buen rumbo, y  espero pacientemente a que la enfermera con su uniforme azul con las letras "quirófano" recorriéndola de arriba a abajo, me diga el minuto de juego en el que está el partido, y al menos un apunte sobre si estamos encerrados en nuestro área o dominamos tranquilamente el partido.


La espera la interrumpe el nombre de mi mujer resonando en los altavoces, y las prisas con las que nos acercamos al mostrador. Nos mandan otra vez a la puerta de fama, y allí el cirujano nos sonríe con una sonrisa bálsamo bebé que provoca suspiros y sonrisas contagiosas. Luego unas horas que se hacen de ciento veinte minutos porque ya sólo piensas en volver a verla y acariciarla la cara y hacerle la estúpida pregunta de cómo estás, pues rajada y jodida, como es lógico, pero es que en esos momentos ningún ser humano está para ponerse shakesperiano.


Y aunque te has prometido a ti mismo no usar ninguno de tus contactos, no puedes evitar dudar cuando ves que el reloj sigue corriendo como si fuera el conejito de Duracell, y harto de estar tan harto y tan nervioso, haces un par de llamadas para que al fin le coloquen un teléfono junto a la cara y diga tres o cuatro palabras, suficientes para respirar con el máximo de capacidad pulmonar.


Y vuelves a pensar en qué diferente es ver la corrida de toros desde la arena, con el morlaco echándote el aliento y los cuernos apuntándote a la barriga. Definitivamente, veinte años son muchos, los suficientes para sentirme completamente extraño.


Gracias a cada una y cada uno de los excelentes profesionales de todas las categorías que de un modo u otro nos han atendido estos días, e intentan hacer lo mejor posible su trabajo en lo que para mi es uno de los ambientes más hostiles posibles hacia el ser humano. Gracias por llenar ese ambiente de humanidad. Es"fácil" ser muy humano en una consulta de Atención Primaria, no lo es tanto serlo en un hospital. Así que gracias. 































lunes, 9 de julio de 2018

Ídolos con pies de barro

Mario lleva toda la semana pensando en la consulta de hoy. Toda la semana. Esta última noche ha sido terrible: ha descansado muy poco, nunca pensó que le ocurriría pero la mente humana es extraña.  Y ahora, después de haberse despejado con una ducha más fría de lo normal, después de haber saludado un poco más serio de lo que en él es habitual a la gente con la que comparte la sala de espera, de haber contestado al interés por su madre con apenas unas frases escuetas, agradece el silencio que se ha hecho en torno a él. Es lo que tiene mostrarse antipático: que te ofrece espacio para pensar.


La puerta de la consulta se abre. Reconoce enseguida a una vecina de las que sólo sabe llamarle en diminutivo, como si aun fuera a comprar cromos al kiosko de la esquina. Sale sonriendo e intercambiando frases con el médico, como si se conocieran de toda la vida, conociéndose de toda la vida. Es una figura atemporal, Quizás no tanto, pero para empaparle de temporalidad hay que hacer inevitablemente un esfuerzo, porque forma tanta parte del barrio como la plaza del mercado o el parque infantil. Claro que cambian de aspecto, pero nadie parece advertirlo.


Pero el día le empujaba al análisis, y se lanzaba a él sin dudas, estaba dispuesto a sacar el bisturí y diseccionar. Sigue siento alto, imponente con su bata blanca siempre abierta y recogida tras las manos en los bolsillos, como si fuera la capa de un superhéroe. Y sigue teniendo exactamente la misma sonrisa que un superhéroe, la de quien te rescata de tus miedos, la de alguien a quien apetece dar la mano para atravesar un huracán.

Sonríe a todos los que esperan y le bastan dos frases que se ajustan a la perfección en el delicado intríngulis de los nervios, las  ansiedades y los cansancios de la sala, y que, como si hubiera terminado un puzzle de cinco mil piezas, provocan el mismo efecto relajarte y falsamente placentero. Entregado a su análisis pormenorizado, advierte esa capacidad de hacer que todo fluya, esa tranquilidad que sabe que es capaz de regalar a su alrededor con dos sonrisas, una palmada en la espalda o poniendo sus dedos índice y corazón sobre el pulso radial de un enfermo angustiado.

Y recuerda cuántas veces tocó el timbre de la puerta de la casa de su abuela cuando la carne de su abuelo abandonaba los huesos de su cara para convertirle muy despacio en su máscara mortuoria, y él lloraba, pequeño y asustado, escondido detrás de las piernas de su madre. Y encontraba siempre el momento de revolverle esa maraña de pelo rojo que entonces era imposible que lograra peinarse, mientras las mujeres de su casa se quedaban detrás de él despidiéndole entre agradecimientos y lágrimas.


Y tampoco consigue olvidar el tiempo que pasó consolándoles cuando su mujer perdió su primer niño cuando empezaba a apuntar barriga y ya habían pensado nombres de niña y de niño, sin importarle cuánta gente había detrás de la puerta removiéndose intranquilos en esa misma sala de espera en la que no paraban de asaltarle los recuerdos.

Hay dos tipos trajeados en una esquina, en un lugar estratégico donde son invisibles y tremendamente visibles. Tienen maletines negros y ese aire de suficiencia, de quienes se sienten por encima de pacientes, del vulgo en general. Como si dispusieran de un pase vip. La siguiente vez que se abre la puerta se aseguran de que han sido vistos. Los pases vip funcionan y disculpándose muy amablemente y asegurándoles a todos que será sólo un minuto, son absorbidos por la consulta, provocando apenas un leve murmullo de incomodidad.

En pocos minutos salen entre apretones de manos y se marchan de nuevo con disculpas, reanudándose el desfile de pacientes entrando y saliendo como si nada hubiera ocurrido. Él es el siguiente. No puede dejar de pensar en el artículo que ha leído en el periódico. Habla de cientos de millones anuales gastados en los médicos. No dice en cuales, no dice dónde, no sabe si una parte ha llegado hasta esa puerta que cuando se abra, le dará paso por fin a él. Lleva todos esos días releyendo en su memoria cada línea que le explica algunas cosa en las que nunca creyó que iba a pensar.

Hoy iba a recoger la medicación para su madre. Las pastillas nuevas para el dolor que empezó a probar hace cuatro semanas la dejan adormilada, pasa las mañanas en un constante mareo, le cuesta pensar y a veces parece balbucear como si su cerebro se estuviese convirtiendo en papilla. Tiene menos dolores, pero Mario duda de si el precio a pagar no sería excesivo. Y ahora, antes de pasar a la consulta,  ya no puede dejar de pensar sobre si aún queda dentro de él sitio para el respeto.













lunes, 2 de julio de 2018

Cuidados inversos

El médico llega pronto al centro de salud. Es una costumbre heredada de la disciplina militar que ha vivido en su casa. Se presenta a una administrativa que tiene sujeto entre el hombro y la oreja un teléfono. Dice su nombre y apellidos y ve como toma nota en un papel y entre dos frases apresuradas, le indica con la cabeza el pasillo que conduce a la cocina y el estar. Él está acostumbrado, ha conocido en ese verano ya varias cocinas, y se prepara para la ronda de presentaciones, en el mejor de los casos, saludos corteses y un sinfín de nombres que será incapaz de retener, y en el peor, miradas breves y gestos hoscos que ya ha aprendido a ignorar. Al final todas estas cosas se aprender rápido.


En esta ocasión hay café caliente y una mujer entrada en años, vestida con un uniforme color Guantánamo, con un desparpajo y una verborrea capaz de generar por sí solos un ambiente hogareño en esa cocina despersonalizada, que poniéndole delante una vaso de cristal y metiendo una jarra de leche en el microondas, le da pocas opciones a negarse al redesayuno, pero le arranca la primera sonrisa de gratitud del día. El es un tipo alegre y optimista, pero ese deambular de un sitio a otro, esas presentaciones con sorpresa final, y esa angustia de la consulta desconocida sin duda le están pasando factura.


Poco a poco se van incorporando personajes al sainete. La primera, la administrativa que apuntó su nombre, que le informa de su exitosa alta en el sistema. Veremos. La experiencia le ha ido enseñando que las zancadillas de la tecnología tienen más probabilidades de dejarle con el culo al aire que cualquier otra cosa. Mientras termina su café, le pide que le indique dónde está su consulta; le gusta estar allí un buen rato antes de empezar la batalla: abrir el ordenador, leer el listado de los nombres, familiarizarse con el mobiliario, con los bártulos que se repiten de una en otra, y con los que le sorprenden e incluso, como le ha ocurrido en alguna ocasión, con los que le perturban.


La administrativa le mira asombrada; falta aún un buen rato para que hagan acto de presencia sus compañeros, que aun deberán pasar por la cocina y el ritual cafetero de la mañana, sin olvidar la cohorte de trajeados que han ido tomado posiciones en las sillas de espera que hay justo a la entrada del centro, con sus carpetas preparadas, sus folletos y sus bolígrafos esperando encontrar su lugar en los bolsillos de las batas. Él no lleva bata y prefiere no perder ahí su tiempo. Las dos afirmaciones le conceden la primera mirada rara del día. Está acostumbrado a sentirse vegetariano en una feria del jamón serrano.


Entran un par de enfermeras charlando animadamente. Le regalan una sonrisa amable y sus nombres; el médico les hace el mismo regalo y se promete a sí mismo retenerlos en su memoria al menos aquella mañana. Una de ellas es su compañera de cupo, ella misma le da el dato, justo cuando se disponía a hacerlo la administrativa. El médico le pregunta si hay algún paciente en el cupo que esté muy mal y haya que ir a visitarlo a su casa. A la enfermera la pregunta le ha sonado a chino mandarín por lo inesperada, pero es obvio que le gusta, porque la sonrisa se amplía y mientras se sirve su café de rigor, le cuenta que hay dos pacientes ancianos que lo están pasando mal en los últimos meses, desde que a ambos se les diagnosticaron un par de cánceres cabrones de los que se ceban en personas tan mayores, a sabiendas de que encontrarán la batalla casi ganada sin resistencia. El calor y las pastillas que se toman para aliviar los mordiscos interiores les están pasando factura, y aunque el margen de actuación está lejos de ser grande, las visitas de su enfermera y su médico les ofrecen consuelo, les permiten dar rienda suelta a sus quejas y cuitas, y son árnica del bueno para los dolores del cuerpo y de lo que no es el cuerpo.


El joven médico le pide a la enfermera que encuentre un hueco para ir juntos a verles, pero ella, riendo, menea la cabeza con la misma condescendencia que una madre a la que su hijo pequeño le ha pedido que le lleve a Disneyworld. No tendrás tiempo, le advierte. Una vez que empieces la consulta, no podráss mover el culo del asiento hasta que tengas que irte. El niega con la cabeza, tan obstinado como el niño empeñado en ir a Disney, y vuelve a pedirle que le avise en cuanto está disponible. Durante la conversación han ido llegando más miembros del equipo, todos con sus batas, casi todos saludando brevemente, diciendo sus nombres e interesándose por dónde va a estar o cuántos días se quedará. Él abrevia ya los saludos y disculpándose, se dirige a su consulta.


Pasa como un rayo junto al grupo de trajeados, que están en animada cháchara con tres o cuatro sujetos con batas blancas que miran con interés seguramente fingido los brillantes colores de los folletos, mientras acumulan bolígrafos en los bolsillos y se van cambiando de puesto como si fueran curiosos en la plaza del mercado. Los trajeados le lanzan las mismas miradas que los defensas centrales cuando se les escapa Messi, y miran a la administrativa como pidiéndole fuera de juego, pero ella, como si fuera un mal árbitro, les hace el gesto con la cabeza de que sigan jugando, y aunque a alguno seguro que le apetecería hacerle una buena falta con los tacos de la bota por delante, lo dejan correr, desechando el esfuerzo inútil, y concentrándose en el más sencillo y útil que tienen entre manos.


Cuando el médico llega a la consulta ya hay gente en la puerta. Le miran con ese fastidio con el que se mira al usurpador que ya reconoce tan bien. Aprovecha para imprimir rápidamente su listado y plantarse en la puerta a recitar nombres, saltándose el reconocimiento del campo de batalla que tanto le gusta. La consulta empieza con dos o tres partes de baja. Sabe que no va a conseguir gran cosa, pero no puede evitar un leve sondeo, que es resuelto con frases breves que se traducen de inmediato en su cabeza con un "a usted qué le importa". Luego empieza a llegar la cofradía de los colesteroles, análisis impresos como octavillas de propaganda de la dictadura del miedo. Se intercala algún enfermo, lo que parece convertirse casi en una sorpresa agradable, si no fuera porque la mayoría de ellos se sabe de sobra la fórmula de la limonada alcalina y que si tiene fiebre es mejor que tomen paracetamol. Son veteranos en esas lides, incapaces de retener en algún recoveco de la memoria los cuidados que les han enseñado una y otra vez, una temporada tras otra. Muchos de ellos, en busca del papel que acalle el furor opresor del jefe sobre la clase obrera.


Pasan los pacientes, los dolores de años de cartílagos rozándose entre sí en busca de remedios milagrosos, las narices moqueando a chorro por culpa de las arizónicas, o la flor del olivo, o vaya usted a saber, las peticiones de acudir al paraíso donde están las respuestas a todos los males, ese que empieza con H, donde sí les podrán pedir esa resonancia que la injusticia les niega. El joven médico se resiste al pesimismo, sabe que esa no es más que la realidad vista a travéss del cristal grotesco de su suplencia, pero pasan las horas, tiene el culo pegado a la formica, y no ha sido capaz de encontrar la aguja del valor de su Medicina en el pajar de tanta inutilidad.


Así que cuando la enfermera asoma la cabeza por la puerta con un gesto divertido y le espeta en plan irónico que está lista para ir a hacer aquellas dos visitas de las que hablaron durante el lejanísimo café, el joven médico despacha a la anciana preocupada por la sequedad de sus ojos en ese verano de cuarenta grados a la sombra y disculpándose educadamente con el resto de los pacientes de la sala de espera, les informa de que debe acudir sin falta a ver a un paciente en su domicilio, pero que a su vuelta atenderá a todos los que lo necesiten con sumo gusto, y cogiendo su maletín como si fuera el jodido cesto de las chufas, echa a andar tras la sorprendida y sonriente enfermera.



Dedicado a Julian Tudor Hart, a su Ley de Cuidados Inversos que cada día de mi vida me hace reflexionar sobre mi trabajo y me obliga a actuar para no olvidarme del médico que quiero ser. Gracias.