domingo, 13 de agosto de 2017

Pequeña y tierna historia de amor

Iba mirando taciturno por la ventanilla de la ambulancia. Sus compañeros hablaban de sus cosas, bromeaban sobre trivialidades, recordaban anécdotas estrafalarias como solo sabe hacerlo quien lleva muchos años en lucha continua contra la peor enemiga, la que siempre termina ganando. Se burlaban de los regates de chiquillos traviesos que habían conseguido darle. Pequeños reveses para la muerte que eran tremendas victorias para quienes, al final, tendrán que doblar la rodilla ante ella y su ley de hierro, inevitablemente.

El se mantenía al margen, no le hacían gracia esas bromas de chavales. No conseguía simpatizar con ninguno de sus compañeros, pero era un excelente profesional, llevaba más de veinticinco años enfundándose el amarillo fosforito y recorriendo las carreteras a horas intempestivas, siempre serio, sin escucharle una queja, pero haciendo su trabajo como el mejor. 

No necesitaba tener amigos, se veía demasiado viejo y demasiado raro. Cuando tenía tiempo libre leía, estudiaba, repasaba, daba cursos, o hacia turnos a compañeros que sí sabían lo que era tener una vida fuera de la carretera. 

No era amable, ni comprensivo. No recordaba que hubiera sido así siempre, pero cuando intentaba  encontrar una explicación se le venían a la memoria lo que llamaba, con cierto gusto por lo melodramático, los tiempos oscuros. Una juventud que debió vivir alguna vez, en un mundo donde los exámenes del MIR acumulaban multitudes, cientos de médicos por aula mordiendo por una plaza que aseguraba una vida mejor, y que dejaba a otros miles peleando en un submundo de trabajos basuras, sueldos esclavistas y horarios de burdel. 

Y allí se quedó él, haciendo donicilios solo por las calles nocturnas de la ciudad, de once a siete los martes y los jueves y un sábado de cada tres. Dos horas por la tarde de lunes a viernes viendo como le utilizaban dueños de residencias de ancianos sin escrúpulos para salvar la cara ante preocupadisimos hijos de teléfono y visita mensual mientras pagaban miserias a sus empleados y se llenaban los bolsillos al mismo ritmo, y sustituciones tapahuecos en centros de salud donde se sentía cada vez más arrinconado por las miradas condescendientes de los hijos de Martín Zurro, que lo toleraban como un mal menor que se extinguiría con el tiempo. 

Así que cuando vio la posibilidad  fue de los primeros en invertir lo que no gastaba la familia que nunca tuvo en un master que le hacía quemarse las pestañas como creía que era incapaz de hacerlo, y desembarcar en esa élite de las urgencias extrahospitalarias, esas superdotadas UVIs móviles que atravesaban la ciudad con gran despliegue de luces y sonidos y a las que todos se rendían dejándoles espacio, con caras de alivio y sonrisas de colonos cercados por los sioux que ven venir al séptimo de caballería. Y allí se sintió por fin alguien, allí le escuchaban, le obedecían, a veces hasta aplaudían su llegada. Pero nunca olvidó aquellos tiempos oscuros. 


Ella se preparaba para abandonar en menos de dos años la treintena. Se seguía viendo tan niña que apenas podía creérselo. Los años de facultad habían sido magníficos, pero efímeros. ¡Quién lo diría! Y la residencia, que parecía iba a ser eterna, fueron dos suspiros entrecortados. La vida. Y ahora estaba allí, en medio de la nada, ella sola, temblando para que todo lo que le despertara por la noche fueran sonrojantes dolores de garganta. Juraba a los cuatro vientos que jamás se quejaría del mal uso de las urgencias ni cosas similares, siempre que aquellas primeras guardias fuera capaz de resolver lo que le llegara. 


El hombre estaba pálido y sudando con esos sudores que no pueden traer nada bueno. El peso que sentía en el pecho se reflejaba en el electrocardiograma y en la tembladera que sentía ella en las piernas. Los minutos hasta que vio tras las ventanas las luces de colores en contraste con la noche de verano eran de seiscientos segundos. Sus encuentros con la UVI móvil habían estado siempre a la sombra de los adjuntos con los que había hecho guardia. Y había habido de todo, como siempre ocurría. Volvió a recurrir a las promesas a todo el santoral si le tocaba alguien amable y comprensivo. Torció un poco el gesto al ver al cincuenton que se bajó el primero, sin hablar a sus compañeros, que se daban instrucciones unos a otros. Había oído hablar de él: un hueso que no le caía bien ni al que le saco de pila. 

Tartamudeo ligeramente al entregarle su informe. Él tenía la voz mucho más dulce de lo que se esperaba y las preguntas que la hizo eran razonables y parecía que sus respuestas le satisfacían, porque asentía con la cabeza mientras recibía datos de enfermeros y técnicos. Luego le acercó el nuevo electro para que lo vieran juntos y por un momento advirtió que el resto de los presentes los miraban en silencio, no sabía si sorprendidos o curiosos.


Les despidió en la puerta del centro mientras cerraban las de la ambulancia. Hubo un segundo para mirarse lo suficiente para que ella percibiera la soledad en sus ojos. Y le parecieron unos ojos tristes y preciosos. 


Hizo el viaje hasta el hospital más chocado que el pobre paciente, y sin morfina que aliviara la presión que se le había puesto en el pecho. Vio a sus compañeros cuchichear cuando creían que no les veía pero no le importó. La guardia terminó sin poco más que añadir, pero él no durmió ni un segundo. Había copiado su nombre del informe de urgencias y lo doblaba y desdoblaba compulsivamente mientras decidía si se sentía demasiado viejo para hacer algo, o demasiado idiota para no hacerlo. 


Llamó dos días después al centro de salud temblándole la voz como si hablara con el padre de una novia adolescente. Le pasaron con ella, que hacía una sustitución veraniega. Su voz sonó sorprendida pero con un toque tan alegre que él se contagió y la llamada derivó del estado del paciente a una cita para tomar café entre compañeros.  

Fue una historia de amor breve e intensa, que, como al menos las más bellas, también acabó en tragedia. La tragedia de la vida que se lleva por delante en ocasiones hasta los más hermosos romances. Él volvió a sus taciturnidad que sus compañeros recordaban bien y no tardaron en aceptar como quien acepta la llegada del invierno. Ella discurrió por su treintena como pasa para todos el tiempo, a veces lento, a veces alocado, a veces enamorada y a veces sola, feliz a veces, triste en ocasiones, ni fu ni fa la mayoría del tiempo. En su plaza de la ciudad ya no hace guardias, aunque de cuando en vez aparece la UVI móvil. Y al menos en ese momento, ella se acuerda de él. Quizás a él le sea suficiente, quién sabe. 

Aquí os dejo otra pequeña y tierna historia de amor, del maestro Ismael Serrano







domingo, 6 de agosto de 2017

Persona(je)s

Ir a atender a un domicilio en una guardia es como empezar un buen libro y descubrir a los personajes. Y lo  sé porque estuve leyendo libros dos noches por semana durante cuatro años por las calles desiertas con olor a borracho de la ciudad. Y no se cuantas madrugadas me han dado por las carreteras de pueblo esquivando perdices. 

Entrar en un domicilio durante una guardia se parece a la vieja mili, esa de la que todos los jóvenes abominábamos pero que dejaba recuerdos repletos de sonrisas cuando el pelo empezaba a ralear y se entrecana. Así que, cuando suena el teléfono nos removemos en la silla como si fuera la de un fakir, torcemos el gesto y nos sale la voz de cascarrabias gruñón. 

Pero luego viene el espíritu redivivo del jodido Tudor a darnos una patada en plenas nalgas y apuntamos los datos del pobre hombre en un trozo de papel usado recordando que con toda probabilidad, ese pobre hombre nos necesitará más que las cuatro picaduras de avispa y los tres dolores de garganta de aire acondicionado que nos tienen atados a la mesa de la consulta. 


La guardia era una guardia, esa tediosa manera de tener un sueldo digno, ese pasar las horas entre el aburrimiento y el miedo, el desesperarse por la medicialización y la infantilidad de la sociedad al mismo tiempo que te alegras de no pasar de primero de parvulitos de emergencias. Contradictorios, como buenos seres humanos que somos, pero con recibos que pagar a fin de mes. 


El coche era un horno de los de los buenos tiempos de Sestao. La enfermera conocía a la familia, ventajas de la longitudinalidad aunque sea en un entorno hostil. Así que con los chorros tibios del aire acondicionado a todo meter, nos fuimos enterando de la vida y milagros del interfecto, que en este caso era conocer la angustia de una mujer anciana que se ve sola cuidando a un marido muy delicado porque su hija ha trasladado los cuidados del padre al marido y de la habitación de la casa del pueblo a la del hospital. 

La mujercica sonríe al ver a la enfermera como si se le hubiera aparecido la santísima Virgen. El cuarto de estar es tan pequeño que tengo que apartar la mesa camilla contra el mueble de la televisión para poder acercarme al caballero que está ladeado sobre el brazo de su sillón de orejas. De pronto nos hacinamos en el cuartucho buscando nuestro sitio médico, residente, enfermera, anciana y nieta, todos alrededor del pobre hombre intentando hacernos oír por encima de la presentadora de España a las ocho o alguno similar. 

La residente está hipnotizada por dos pequeñas bolitas de grasa que sobresalen de sus párpados superiores. El hombre resolla como la locomotora del Keaton y comienza su relato, que como todos es  escatológico y maloliente, repleto de gases que no salen y hacen retorcerse las tripas, de horarios, color y consistencia de las deposiciones, y del jodido peso que se le ha puesto en el pecho con solo cubrir los tres pasos escasos que hay hasta la letrina. 

Tensión, azúcar, saturaciones y pulsos. Pulmones encharcados y alguna broma que empieza a relajar un ambiente donde la enfermedad  se empeña en dejar poco espacio libre. 

- En el pueblo las hay más viejas que ustedes señoritas 

Les suelta entre resoplidos guasones. Su mujer le pregunta a la enfermera por su pequeña, que crece a toda marcha. 

- Si no fuerais tantos os invitaba a comer. 
- Ojalá pudiéramos quedarnos, pero a ver qué hacían el resto de los enfermos. 

Volvemos al horno con ruedas, amenazados con alcanzar nuestro punto justo de cocción cuando lleguemos al centro. Yo atesoro todos estos personajes como quien coloca ordenadamente en las estanterías de la biblioteca de su dormitorio los libros que va releyendo. 

A los libros hay que tenerlos a la vista porque nos han hecho ser lo que somos. A los pacientes hay que tenerlos en el recuerdo, y por idénticos motivos. 





lunes, 31 de julio de 2017

Orgullo y prejuicio

¡Ay, Jane Austen, Jane Austen! ¡Qué lejos estabas tú de saber que tu Inglaterra romántica de ricos venidos a menos y romances venidos a más se me vendría a la cabeza para describir estos mis primeros pasos en el mundo de la Medicina postespecialidad! Estoy seguro de que si alguien te lo hubiera insinuado le habrías puesto el té frío y los sándwiches de pepinillo con el pan duro.

En fin, aquí estoy, cumpliéndose todos y cada uno de los prejuicios que me había forjado en los últimos meses de residencia: kilómetros arriba y abajo, saludar a compañeros que se olvidarán de mi nombre antes de que lleguen a sus consultas, pacientes que me preguntan si no está hoy su médico, como si fuera a hacer su aparición detrás de las cortinas de la camilla, tipo prestidigitador de feria, y vuelta al coche, y encima agradeciendo que ahora tenga aire acondicionado, que mi tutor hace veinte años recorrió estos mismos caminos con las ventanillas bajadas con manivela y el motor recalentándose como dice el dicho, más que la moto de un hippy.  

Así que hoy nos tenemos que tener por afortunadas, somos la generación tecnológica: encontramos los centros de salud con el gps del coche que con su voz varonil encantadora nos dice que giremos a la derecha o que cojamos la comarcal doscientos once con la misma frialdad cortés, recibimos un guasap de la bolsa que nos pregunta si estamos libres para una guardia mañana en la gran muralla China, y consultamos el medimecum a pie de cama del paciente con los 4G rurales mientras nos traen amablemente un vaso de agua fría. Tenemos una aplicación descargada que nos dice donde trabajaremos mañana y nos llegan a nuestro correo electrónico entre sesenta y setenta nóminas algunas con vergonzantes saldos de unos céntimos que sonrojarían hasta al pobre de la puerta de la Iglesia parroquial. 

Además, desde nuestro móvil y antes de empezar la segunda consulta del día, el siempre atento instituto de la seguridad social nos remite el balance de nuestras altas y bajas, sorprendiéndonos con las veintitantas veces mensuales que esos seres anónimos del submundo de la burocracia han tenido que activar y desactivar todas las movidas que nos metían y nos sacaban de la población activa como el que entra y sale de la pista de baile. En fin, todo muy tecnológico, una maravilla de la ciencia. 

Todos aquellos prejuicios que mantenían bien ahogadas las esperanzas de contratos estables, aunque fuera con la irrisoria estabilidad de unos meses, cumpliéndose a rajatabla con la exactitud de un reloj suizo. De Suiza, vamos. 

Y en medio de toda esta vorágine de sensaciones y sentimientos, es decir, de ganas de ir al servicio de personal a dar cortes de mangas hasta que te escueza la flexura del codo, el oasis de suplir a tu tutor. De repente, tu consulta otra vez. Sí, porque allí asististe en primera fila de platea a esa representación tan realista de lo que debería ser tu vida que llegaste a sentirte una de los personajes de la trama. Y ahora que vuelve a abrirse el telón, ahora que el prota no aparece por ningún lado, descubres que te sabes el papel de memoria y que tu sueño de ser tu la prota se puede convertir en realidad. Y tardas apenas unos minutos, dos o tres pacientes nada más, en olvidarte de que en esa representación  hubo alguna vez otra primera figura que no fueras tú misma. 

Y entonces se te pinta una sonrisa boba en la cara que ya no se te quita ni aunque te llame por teléfono la buena mujer de bolsa y te pida con voz trémula y hasta lastimera que si la puedes cubrir una consulta por la tarde en un mega-ambulatorio. Y sin darte cuenta la has dicho que vale, que la vida es bella y que a las heroínas de Jane Austin los vestidos escotados y largos les quedaban que te cagas y que seguro que a ti te quedarían igual de bien. 

Y para remate, a esa luna de miel con la vida que te supone cada día volver a abrir tu puerta, sentarte en tu silla, encender tu ordenador y saludar sonriendo a todo quisqui, le pone el remate final que hay dos o tres pacientes que no eran mucho de venir por la consulta del tutor, pero que desde que ese elemento desapareció de la escena te han adoptado como su médica imprescindible de cabecera y hasta de los pies de la cama. Y te vas a tu casa con un orgullo todo trufadito de vanidad que está buenísimo, de repostería fina, y que te deja la misma mala conciencia haciéndote pensar que eres una bruja vanidosa que has quitado el puñal de la mano a Bruto y se lo has metido en el quinto intercostal al jodido Julio César. 

Y la vida sigue, y el verano pasa, y todo lo bueno se acaba, y el tutor vuelve de las vacaciones, y las consultas vuelven a sucederse, y las altas y bajas también, las consultas dobladas, los monzones, las guardias a capón y los kilómetros. Y tal día, hará un año, sin duda. 








lunes, 24 de julio de 2017

Porque yo lo pago

  Porque yo lo valgo. Porque yo lo pago. ¡Cuánto daño ha hecho a la civilización occidental la publicidad d L'Oreal! No se conoce nada igual desde las bermudas vaqueras para hombres. 

La consulta del médico había empezado con uno de esos funestos presagios que ponen a temblar al más pintado: había huecos disponibles a pesar de que no había habido consulta el día anterior. Eso solo puede tener dos significados: o un hotel de Marina D'Or se preparaba para recibir una invasión de manchegos o se avecinaba el fin del mundo y no se había enterado el Roberto Brasero. 

Pero el médico, reconfortado por su segunda dosis enteral de cafeína, se arremanga la vocación, le saca punta a la empatía y se lanza al ruedo como Manolete en Linares, con un ojo puesto en la altura de la barrera por si hubiera que saltarla a lo Fosbury. 

Y al asomar el ojo a la sala de espera se le erizan los pelillos de los antebrazos porque en el repaso rápido de la lista previa al cante de los agraciados no había caído en la cuenta de que el Miura quinqueño y que derrota por las dos astas está esperando a ver si hoy por fin sale a hombros el maestro. 

Aunque no le toca todavía, los dos que hay por delante no responden a sus nombres que el médico vocea en tono de pregonero con la esperanza de que estén en el water. Pero es como si se hubieran esfumado. Así que finalmente cede el paso al veterano indomable que antes de atravesar la puerta ya se ha desayunado los diez minutos que tenían reservados los dos desertores previos. 

La consulta se extiende, saltando de una rama a otra como aquella ardilla que recorría la Península Ibérica sin poner un pie en el suelo patrio, la muy anarca. Es como ir al cine por primera vez a ver Titanic: a nadie se le ocurre moverse hasta que se hunde el barco. 

Veintinueve minutos cronometrados. Los segundos los deja de propina. El médico ha cogido la fea costumbre de cronometrar sus visitas. Le acompaña a la puerta palpando la insatisfacción que le ha quedado tras la consulta. Se marcha cabeceando como si supiera que  a la vuelta de la esquina se acordará de otra cosa importantísima que llevaba toda la semana pensando en contarle al médico y al final ha olvidado explicarle. Será el Alzheimer, el azúcar, el corazón, la tensión, las pastillas, los mareos, la tristeza, el prostatismo, los acúfenos, o si viudedad, o todo junto o ninguna de esas cosas. Vaya usted a saber. 

En la sala de espera hay revuelo. Una mujer cuarentona se abalanza a la puerta enfadada. 

-Oiga perdone, ¿por qué hora va, que nosotros tenemos prisa?

El médico tiene no sólo una frase hecha, sino una expresión automatizada lista para aflorar en cuanto detecta esa pregunta. Es un encogimiento de hombros y una sonrisa bobalicona que quiere decir que en el pueblo a la vida en general se le ha olvidado ponerse el reloj de pulsera, y mucho menos a la Medicina rural. Aquí uno sabe cuando llega, pero nunca cuándo atravesará la puerta deseada. 


Pero la mujer se rebrinca. Si no es nueva en el pueblo, debe ser de las de residencia intermitente, porque el médico no es capa de reconocerla. 

-Es que le hemos llamado varias veces por teléfono para que nos active la medicación y no nos ha hecho caso. Y llevamos aquí esperando un montón de tiempo y nos tenemos que ir. 

La situación empieza a hacerse berlanguiana. Durante la soflama, una de las irreductibles, una anciana de las clasicas cuyo cerebro gestiona sus citas mil veces mejor que la App del servicio de salud, ya que parece haber asumido que el cupo de su médico es de una sola persona, es decir, ella misma, ha aprovechado la puerta abierta para entrar en la consulta y acomodar sus generosas dimensiones en una de las sillas junto a la mesa. 

El médico, incapaz de revertir la situación y con las dos piernas metidas en el fregado de la discusión previa y la media hora de retraso, busca rápidamente en el ordenador las demandas de receteo de la pareja de las prisas ante la cachaza de la otra buena señora que parece asistir a una comedia desde las butacas de la claque del teatro. 


Y cuando el médico termina de repasar el tedioso receteo informático de los interfectos, aunque podía haberlo solucionado por la vía rápida, el cuerpo le pide marcha, y ruega a marido y mujer que entren un momento en la consulta para explicarles "una cosita".

Entonces les cuenta que confundir unas facilidades que, aunque dificulten la vida del médico, aligeran la de los pacientes, con una obligación es un grave error, error que genera otro aún mayor, la demanda exigente, propia del cliente con tarjeta de El Corte Inglés, el que establece sus condiciones en la relación de pareja de hecho, porque "el
Cliente siempre tiene la razón", 

Y entonces ella se rebrinca y empieza a elaborar el argumento estrella, el tesoro de Golum de los pacientes impacientes, el Santo Grial de los políticos sanitarios:

- Usted tiene que hacer lo que yo le diga porque yo lo pago. 

El médico no da crédito a lo que ha escuchado. Los años de convivir con sus pacientes habían reservado el hueco a esa expresión a algún iluminado en una guardia, pero para ser sincero llevaba mucho sin oírla. Eso sí, es un viejo número uno de los cuarenta principales que nunca pasa de moda. 

La discusión suele cerrarse con amenazas veladas en la inconsistencia y una enorme tristeza que le amarga la boca al pobre médico como si se hubiera dejado el cepillo de dientes en casa y le hubiera sorprendido una vomitona. Sigue trabajando normalizando un pulso insólitamente disparado. 

Aquel día toda la comida le sabrá a estómago revuelto y vocación cortada. 





(Imagen del 40 aniversario de la famosa frasecita de la afamada marca de cosmética)


jueves, 20 de julio de 2017

El continuum

Yo no llegué a mis pueblos para quedarme siempre. No. Llevaba siete años en Madrid, atascado en mi turno de tarde, llegando a casa a las diez de la noche, después de conducir cuarenta y cinco minutos nunca demasiado rápido, con los reflejos abotargados por las siete horas de pestañas quemadas frente al ordenador. Entraba por la puerta sin hacer ruido para no despertar a mi hijo, que crecía sin que su padre pudiera llevarle al parque, o bañarle antes de acostarle, que se iba a la cama sin sentir los brazos ni los besos de su padre. Me dejaba caer en el sillón sin ánimo ni para sonreír aborreciendo lo que tanto amaba pero me obligaba a ser un padre ausente. 

Un buen día el mundo se volvió loco con la "consolidación", la gran farsa que toleramos todos sumisos, o quizás con la secreta esperanza de que nos tocase la lotería, e inundamos los departamentos de personal de papeles compulsados y compulsivos. 

Y de aquellos polvos vino una chica de Valladolid con apego por mi plaza construida sobre siete años de mis costillas, y en ese intercambio caótico de cromos me vi alrededor de una mesa con otros ocho nerviosos candidatos a algo de paz, y un director médico recitando una lista de plazas y dejándonos quince minutos de cortesía antes de que eligiéramos donde ganarnos las habichuelas. 

Yo había echado el ojo a esos dos pequeños pueblos que, por los comentarios que oía alrededor, no eran demasiado apetecibles. Estar sólo no suele ser plato de buen gusto: no tener alguien que te eche una mano, con quien consultar una duda, o que te cubra si tienes que irte de repente  no es algo que se acepte con agrado. Y el remate final era tener que cambiar de pueblo a media mañana. En resumen, había presas más codiciadas. 

Ya no recuerdo si era el tercero o el cuarto en elegir, pero a pesar de la intranquilidad lógica no se me quitaba la sonrisa de la cara: yo manejaba información privilegiada. Mi mejor amigo había pasado varios años en otro pueblo del mismo centro de salud, y conocía por  él los intríngulis de la plaza, las características de los pueblos, de sus gentes, hasta sabía cómo era el ambiente en el centro, cómo eran las guardias. 

De qué absurda manera te cambia a veces la vida. Era octubre, otoño. Recuerdo cómo le dije a mi mujer que nuestra suerte había cambiado para siempre. 

En menos de un año era el coordinador del centro. Mis compañeros llevaban años en sus plazas, muchos años. Yo les veía como diplodocus: simpáticos y bonachones, pero lentos y anticuados, demodés. Era un gilipollas. 

Los dos más antiguos estaban en los últimos seis o siete años de su vida profesional. Me soportaban con la condescendencia de los que han soportado jovencitos gilipollas en muchas ocasiones anteriores, con la media sonrisa de quien quemó hace tiempo esas pasiones. 

Mientras organizaba las consultas a mi gusto, se tejían lazos invisibles a mi alrededor, pero aún existía en mi interior una resistencia a abandonarme. Al fin y al cabo sólo estaba ahí temporalmente y ya me había desgastado demasiado los siete años anteriores. 

Había tenido conversaciones con compañeros sobre cuándo era conveniente cambiar de cupo. Diez años quizás, antes de que la desidia te invadiera como una lepra, antes de que el culo nos engordara de no moverlo de la misma silla, de que ni siquiera les oyéramos sentados ante nuestras mesas. 

Aquellos dos médicos de cabecera de toda la vida tenían serios problemas con sus consultas: sus cupos se habían desbordado, los pacientes, alegremente medicalizados, acudían una y otra vez, hoy por una receta, ya que estoy aquí, por este dolor en el hombro de hace un año, y mi hijo que ha perdido el trabajo y no duermo por la noche, preocupada. Sus consultas se eternizaban, sus listas se llenaban con tres, cuatro días de antelación, algunos pacientes rebosaban a las urgencias de la tarde y yo les sugería la posibilidad de cambiar sus cupos, de terminar sus años afrontando nuevos retos. Ellos volvían a sonreír porque encima eran buena gente y soportaban estoicos mis broncas, mis cambios en sus agendas, mis estupideces, porque yo tenía claro que era un problema de acomodarse en sus puestos, y no me daba cuenta de que en realidad simplemente hacían lo mejor que sabían, desbordados por una sociedad que al mismo tiempo que había provocado un gigantismo infame de sus pueblos, se había entregado a la tarea de convertir en atemorizados enfermos crónicos a sus integrantes. 

Y el tiempo pasaba como suele hacerlo, como la famosa tortura de la gota china. Y esa maraña de sentimientos que se generan cada día en las consultas me iban poco a poco envolviendo, y en esas llega una oposición, que tenía que ser la mía, porque me pillaba viejo y harto y hasta aquí podíamos llegar. 

Y tras dejarme los sesos estampados en los libros como mosquitos de verano, y derrochar horas de insomnio como un Pocholo ibicenco, pero sin más química que la cafeína, no sólo apruebo, sino que  brillo en una posición inmejorable para elegir. Había dos plazas en la ciudad donde vivo y yo era el tercero. Pero durante una semana, por azares del destino me revolví incómodo en la cama porque existía la posibilidad de dejar mis pueblitos y venirme a quince minutos andando de mi casa. 

Y las ataduras de la longitudinalidad en mi eran ya tan fuertes que esas noches fui un traidor a esas mil quinientas personas que ya me habían osmolarizado. Y sus caras escupiéndome la traición se me presentaban hasta que caía rendido. Y para poderme mirar al espejo por la mañana y así ser capaz de afeitarme y no transformarme en un hipster involuntario, me decía que algún día no aguantaría tanta carretera, que quizás no tendría otra oportunidad de acercarme a casa, que tengo muchos niños que necesitan a un padre que los recoja en el cole. 

Bueno, seré un gilipollas, pero soy un ser humano como el que más, y no es tan fácil no pensar en uno mismo. 

Finalmente la propia vida, en uno de sus giros de cachonda irredenta, eliminó para mi esa posibilidad y me ofreció en bandeja la de convertirme en un héroe para mis pacientes, alguien que decide quedarse con ellos pudiendo irse a cualquiera de los pueblos más cercanos a la capital. 

Y mientras esa famosa gota seguía horadando el contador de nuestros días, yo me abandonaba definitivamente, eliminaba los diques que creía me protegían y por fin entendía a mis viejos compañeros, a todos aquellos que desprecié por conformistas y a los que sólo puedo pedir el más humilde y arrastrado perdón, que encima estoy seguro que me concederán porque son tan buena gente como siempre se mostraron conmigo y con sus pacientes. 

Hoy ya no contemplo ninguna opción que no sea la de jubilarme en esta misma plaza, como finalmente hicieron mis dos compañeros, dejando una pena inmensa en sus pueblos y un hueco difícil de llenar, y que, sin embargo, se acabará llenando, porque la vida es un continuum que termina llenando cualquier hueco, aunque sea más grande que un océano desecado. Algún día aparecerá un jovencito gilipollas que me mire con ojos modernos, con ideas tan nuevas que ya eran antiguas antes de Alma Ata, y cuchicheará a mis espaldas teniéndome por viejo acomodado, al que le gusta tomarse un café con sus parroquianos antes de empezar la consulta y visitar a sus viejitas a la cabecera de su cama, solo para sacarlas una sonrisa. Y espero reírme condescendiente recordando en mi interior que el que fue una vez gilipollas, en el fondo no deja de serlo nunca. 

Este es el antepenúltimo post del año. Como el anterior, quizás se están haciendo más personales, quizás me estoy quedando demasiado en pelotas, a mis años y con este tiempo. Pero hoy quería explicaros como fui parido a la longitudinalidad, a raíz del debate generado tras los excelentes post de mis amigos Sergio Minué y Maxi Gutiérrez

Y además, quién sabe, el año se acaba...








lunes, 17 de julio de 2017

Lágrimas

Tengo veinticinco años. No soy ninguna niña, mucho menos una niña de papá o de mamá. Hace seis años que me tuve que buscar la vida en la gran ciudad en un apartamento con otras tres tías con las que lo único que tenía en común era que entrábamos al piso por la misma puerta. Y poco más. La Facultad, la biblioteca, las horas interminables de prácticas y las pestañas quemadas en los libros no han sido solo cosas mías, faltaría mas, pero yo me las he tatuado en mis costillas y no me da la real gana que nadie me considere una niña mimada.

He luchado como una cabrona por estar aquí. Desde bachiller. Solo porque no concebía ninguna otra posibilidad que no fuese ser médica. Después la paliza del MIR. El estrés de jugarte el futuro a una carta, una especie de última apuesta en Las Vegas que puede hacerte rica o dejarte en pelotas en la puerta del casino. 

Y no sabía muy bien si apostar a par o a impar, a rojo o a negro. Sí, quería ser generalista, alguna especialidad con variantes, que me hiciera saborear la Medicina con la que soñaba de toda La vida, la larga, la ancha, la profunda. Medicina en tres D. 

La bola de la ruleta se paró en la casilla de Familia después de que el croupier dijera por los altavoces del Ministerio aquello de rien ne va plus y me pareció que la banca amontonaba delante de mí una pila de fichas de mil dólares. 

En mi primer mes en la consulta con mi tutor debía parecer un dibujo manga, incapaz de cerrar unos ojos como platos. Todo me gustaba, que digo me gustaba, me enamoraba como una adolescente que no ve ni los granos de su novio quinceañero. 

Llegaba cada día a mi piso, otra vez compartido, aunque esta vez todas teníamos en común ponernos la bata y colgarnos un fonendo al cuello (es un decir: con mi tutor no había bata que valiera y el fonendo colgaba de la pared) y repasaba mentalmente cada una de las delicias que había ganado en esa partida de blackjack jugado contra el destino. 

No, no soy ninguna niña de papá, ni de mamá. Y ahora estoy en este pasillo verde limón llorando como una imbécil y lo que es peor, sintiéndome como una llorona imbécil. 

Sí, los días eran largos, los pacientes se sucedían en cascadas como los rápidos de un río en el deshielo, pero ese escuchar las historias, esos domicilios, esa confianza, esas bromas, esas penas, eran el terciopelo de la Medicina. No me podía creer que hubiera sido tan afortunada. 

No, no soy ninguna mema veinteañera. En las urgencias la vida marchaba a otro ritmo. Alguien había apretado el botón del fast forward y se había olvidado de devolverlo a su velocidad normal. Pero me adaptaba. Me colocaba en modo esponja, absorbiendo lo enseñado y lo ocultado, y aunque el ritmo puede desorientar, ya he dicho que no soy ninguna cría, tiraba para delante con las ganas y la fe intactas. 

Y aquella mujer de treinta y tantos que podía servir como modelo para estudiar la anatomía ósea dejo de respirar porque no había fuerzas en ninguno de sus pellejos para luchar contra una nueva bacteria, y yo me coloqué a la derecha del adjunto frente su marido y su hija preadolescente y cuando sus ojos empezaron a desaguar, los míos volvieron toda la habitación turbia y las lagrimas me cerraron la glotis como un cóctel de gambas a un alérgico al marisco, y pedí perdón con voz de gallo flauta y me salí de aquella habitación de la pena como alma que lleva el diablo, pero sin que se la llevara, sino dejándome a mí cargar con ella como si fuera acero para los barcos durante días. 

¡Que no soy ninguna niña mimada! Pero la guardia amenazaba con hacerme doblar la cerviz como sólo las urgencias de un fin de semana de verano saben hacerlo, a base de no comer, no beber, no mear y apenas pensar. Y cuando los tóxicos se acumulan en un organismo que agota los depósitos de glucógeno y estira al máximo la vejiga, llega un pobre hombre utilizando hasta los músculos de las pestañas para respirar, y mirándote con los mismos ojos del padre de Nemo buscándole fuera del agua, y entonces te lanzas a automatismos que acabas de aprender y que por tanto están en unos pañales que, por cierto, en esos momentos te vendrían estupendamente. 

Y aunque sean las cuatro de la mañana llamas al adjunto porque no te fías de aquellas treinta y tantas respiraciones por minuto. Y entonces el pitufo furioso se convierte en un juez que te interroga, te ridiculiza y te reprocha una bisoñez que el mismo ostenta como adjunto veraniego. 

Y aunque no eres una mema en el pasillo de los baños, donde esperas por todo el santoral que lo de tu compañera sea un desahogo rápido, se te empieza a caer una lágrima sin comerlo ni beberlo y antes de que te des cuenta no ves una mierda con las gafas empañadas ni consigues enhebrar dos respiraciones normales sin un jipido vergonzante. 

¡Que no, que no soy una mema, que no soy una llorona, que no soy una niña mimada, joder! Que soy solo una persona, y encima una médica. 





lunes, 10 de julio de 2017

Cuidadoras

La casa parecía amenazar ruina desde fuera: escombros, malas hierbas comiéndose lo que debió ser un jardín alguna vez, suciedad y pobreza. Al entrar la ruina ya no era una amenaza, era la pura realidad. Subimos unas escaleras detrás de una mujer en chandal negro, que nos había recibido con un escueto pasen.

En la habitación se distinguía el olor inconfundible de la muerte. No hay un olor igual y no se le escapa a un perro viejo acostumbrado a olerlo desde hace años. Costaba advertir que aún había una persona jadeando en medio de aquella cama. Se había encogido hasta el infinito. Las costillas se clavaban en los costados agotándose en cada estertor. 

La enfermera empezó a prepar una palomilla y a sacar las jeringuillas con morfina que llevábamos cargadas, listas para usarse. Yo pedí a la mujer del chandal que me acompañara fuera de la habitación mientras tanto. Tenía un folio en la mano cuadriculado un tanto burdamente con rotuladores azules y rojos, nombres y números, instrucciones sencillas para horas muy complicadas. 

-¿Es usted su mujer, supongo?
- En realidad ya no. Lo fui. Su mujer lo abandonó cuando empeoró. Tenían un hijo que no quiso saber nada de su padre, así que me llamó a mi. Estuvimos casados durante quince años, hasta que se largó un buen día sin avisar y sin decir esta boca es mía. No teníamos hijos y la casa estaba a mi nombre, así que hice borrón y cuenta nueva, hasta que me llamó hace un par de meses. Yo soy viuda. Tengo una hija y dos nietos. Mi hija me dijo que estaba loca viniéndome a cuidarle, pero no podía dejarle morir como un perro. 

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El pesa el doble que ella y le saca por lo menos dos cabezas. No me hago una idea de cómo podrá manejarle para meterle en el baño, para acostarle. La veo muchas mañanas andando por la cuneta de la carretera para llegar al pueblo donde limpia durante media mañana por cuatro perras en dinero negro. Le deja desayunado sentado en el sillón frente a la tele con las ventanas bien cerradas y cruza los dedos para que pase la mañana dormitando. 

Pero algún día ha llegado y le ha encontrado caído junto al sillón, con el pantalón del pijama apestando a orina. Entonces se remanga y como si fuera una hormiga capaz de levantar mil veces su peso, consigue incorporarle, se le cuelga al cuello y deja caer a ese oso de cerebro de niño en la cama. Le quita los pantalones, le lava con una esponja y una palangana e intenta ponerle un pañal. El se lo arranca con sus manazas enormes y ella cabecea impotente y resignada. Le pone otro pantalón de pijama y le deja adormilado sobre las sabanas deshechas, mientras ella va a recolocar el salón y pasarle la fregona al suelo. 


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El se marchó una mañana. Le dijo que no se veía toda la vida cuidando de niños, que no era así como se había imaginado, que se ahogaba. Ella le escuchaba estupefacta, sin poder creer lo que escuchaba. Era demasiado parecido al argumento de una mala serie de televisión. Esas cosas no pasan en la realidad. Pero vaya si pasaban. No solo pasaban sino que antes de que fuera capaz de componer una frase, el tipo salía por la puerta con una maleta y la bolsa de raquetas de paddle. Ella se quedó sentada en el sofá del salón. Pensaba que tendría que ponerse a llorar, o gritar, pero se levantó y se fue a la
cocina a rebozar unas pechugas de pollo para que comieran esa mañana las niñas cuando las recogiera del colegio. 

Cuando terminó, planchó los chandals del uniforme para mañana y preparó la mochila con los patines para las clases de la tarde.

Luego se sentó otra vez en el sofá del salón con la vista fija en la televisión apagada. Podía verse reflejada, aún despeinada con la chaqueta que se ponía por las mañanas para hacer las cosas de la casa. Cogió el teléfono y marcó el número de su antigua oficina. Hacía unos meses se había encontrado a su jefa en el Mercadona y había estado charlando casi media hora con ella, sobre cuánto la echaban de menos, lo brillante que había sido siempre y cómo sintieron en la empresa que les dejara de lado para criar a sus hijas. Se había sentido halagada pero la familia era lo primero para ella, le había dicho sin poder evitar una pequeña sonrisa de suficiencia de la que se arrepintió en el ascensor del supermercado al recordar que su jefa estaba divorciada y apenas veía a su hijo de cinco años. 


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Ella estaba sentada en un sillón de orejas en el salón. El médico rellenaba sobre la mesa camilla el certificado de defunción que habían llevado los de la funeraria. Llevaban días esperando y al final había ocurrido poco antes de que el médico se marchara para su casa. Noventa y tantos años son una larga vida. Los últimos dos habían sido mucho más complicados, con infecciones de orina que le ponían el azúcar por las nubes, bajones que la dejaban groggy como si se hubiera metido en el ring a pelear con    Mike Tyson, y dos ictus que habían terminado por hacerle doblar la rodilla, convirtiéndola en la sombra de la mujer luchadora que había sido. 

Y a su lado en los últimos años siempre había estado ella. Ella, que estaba sentada inmóvil en el sillón de orejas junto al médico, con la vista perdida, mientras él se afanaba en hacer buena letra aunque no se había llevado sus gafas de cerca y no veía una mierda. 

-¿Sabe usted que llevo los últimos veinte años cuidando a unos y a otros? Primero mi suegro, que cayó malo con un cáncer de pulmón y estuvo cinco años bien malito. Mi marido era el único que vivía en el pueblo. Sus hermanas venían a verle los fines de semana pero la que le atendía a todas horas era una servidora. Casi al mismo tiempo que él empezó mi suegra con el Alzheimer y mi marido se trajo a los dos a casa. Mis cuñadas estaban encantadas y ni se las ocurría mentar una residencia, así que a mí mucho menos. La mujer vivió diez años más que su marido aunque los últimos dos años fueron un infierno. Yo la cuidé como si fuera mi madre, por mi marido, que es tan bueno. Y luego mis padres. Se acuerda que mi padre murió al poco de llegar usted al pueblo. Y ahora mi madre. Lo que habré peleado con ella. ¡Veinte años cuidando viejos! Y ahora soy yo la vieja. ¡Veinte años!