lunes, 24 de abril de 2017

Guardias

Puede que se hayan convertido en uno de los principales indicadores del paso del tiempo, esa arruga en la frente que no hay bótox que consiga eliminar. Después de cada guardia me duelen los riñones, farfullo como un viejo gruñón, las ideas parecen de papel y en mi cerebro sopla un huracán de fuerza cinco que las desbarata y no las deja posarse. Me duermo en el sillón y me despierto desubicado como un homeless en el banco de un parque. Y ya no puedo resistirme a las gafas de cerca, las letras insisten en emborronarse por mucho que me empeñe en alargar el brazo. 

Las guardias me pasan facturas que crecen cada día a ritmo de inflación desbocada. 

En las guardias cabe todo. Anoche empezó a dolerle la garganta, era como haberse tragado un vaso con clavos. Su marido la mira compasivo, la ha visto dar vueltas en la cama y levantarse ojerosa. Hace un par de horas que se tomó el segundo Ibuprofeno (ese bendito de Dios que ocupa en todas las casa el lugar que ocupaba el Sagrado Corazón en la casa de nuestras abuelas). De seiscientos, claro. ¿Ah, es que lo hay de menos? No le ha hecho nada. La garganta sigue siendo un infierno, la saliva quema, eso debe ser un desastre de gérmenes. Me sale la voz de cura repipi cuando le digo que todos los procesos llevan su tiempo. Reconozco la mirada de "no va a mandarme nada, seguro, ¡qué mala suerte he tenido! y recurro al viejo truco de ofrecer certezas a cambio de fármacos: le pongo plazo a los alfileres del gaznate con una seguridad de inspector de hacienda, una seguridad incontestable que remato con un "se lo digo yo".  No pudo resistirme a la broma de mandarla a hacer gárgaras: en mi consulta soy muy de bromas y mis pacientes me las toleran como al cuñado graciosillo que se te sienta al lado en la boda. Pero ésto es una guardia.  


Se sienta incomodísimo en la silla, como si fuera la de un fakir. Su cara me resulta vagamente familiar. Son diez años haciendo guardias en el mismo sitio. Cualquier otro con mejor retentiva les pondría nombres y apellidos. Yo les adjudico la sombra de un  recuerdo, y gracias. Sus síntomas son complejos, enrevesados, pero de una forma extraña han ido encajando en mi cabeza como cuando ves las palabras en una sopa de letras. No ocurre siempre y los años te enseñan a desconfiar de los diagnósticos sencillos y rápidos. Va al baño con un bote en la mano. Les suelto mi apuesta a la residente y a la enfermera. Cuando regresa nos dice que está pendiente de ingresar dos días después para hacerle pruebas en el hospital, porque ha perdido muchísimo peso. Le doy mi opinión sobre lo que le pasa y sonríe, lo cual no deja de extrañarme. Después me confiesa que hace años, ocho ni más ni menos, tuvo un cuadro similar y que le había atendido en urgencias y había sido el primero que le había diagnosticado. ¡Ocho años! Busco la anotación en su historia y la encuentro allí, la de un médico ocho años más joven. Sonreímos los dos.  En las guardias cabe todo. 


Ella había venido por la mañana acompañando a su sobrina, pero no pudo resistir la tentación de volver. Se sienta ante mi nerviosa. Me cuesta hilvanar las ideas porque se le atropellan y se mezclan con los gestos exagerados de unas piernas que la queman y unas manos que la hormiguean. Soy el quinto médico al que consulta, y en cinco localidades diferentes. Es que tengo Sanitas. Desde luego, aprovecha bien el dinero que paga. Por en medio se ha llevado una analítica, tres clases diferentes de pastillas, un aumento de la dosis de sus pastillas para los nervios y hasta dos chupitos de homeopatía, que por lo menos le habrán endulzado la vida, digo yo. 

Su marido no ha querido ni bajarse del coche. La espera sentado oyendo el fútbol, aparcado en la calle. Repaso su hoja de medicación, un compendio de la farmacopea occidental. Pero ella niega tomar pastillas. A veces las evidencias nos desagradan, basta con negar la mayor. Intento convencerla de que quizás sea esa tortilla de píldoras las que provoquen los problemas, intento aclarar concienzudamente cada una de las prescripciones de los últimos dos meses. Nada, no me compra el argumento. Insiste en que ella no toma nada. Se marcha poco satisfecha de su quinto intento. Las guardias cada día me agotan más. 


Incluso cuando la noche se echa, los párpados pican y las piernas parecen de plomo, aún decides aguantar un poco más, esa visita de la una de la madrugada, en la que puedes quemar las últimas naves de tus neuronas antes de rendirte al sueño, a ese sueño intranquilo repleto de ruidos y despertares reales o quiméricos. Esta noche vuelve ella. Su marido deja el coche en marcha en la puerta con la resignación del buen esposo cristiano al que si le valiera y tuviera edad, se apuntaría a la legión extranjera. Vuelve a decirme que sigue igual, que mis remedios de darse crema no sirven para nada. Esta vez charlamos en la misma puerta de las urgencias, la intento tranquilizar, no le de tantas vueltas, váyase a la cama, no tiene nada malo, de verdad. ¿Pero no me va a mirar? No, no es necesario.


En las guardias cabe todoMe voy a la cama. Cualquier sueño, por corto, intranquilo y narcotizante que sea, es bueno, si es recibido en decúbito lateral y sin los zuecos. 


El timbre sueña con premura. Dos timbrazos auguran prisas y dificultades. Eso, o sueño profundo agotador. En cualquier caso, parecen adrenalina precargada enchufada directamente en la patata. El caballero dice ahogarse y tener dolor de abdomen. Tiene unos cincuenta y la mirada delatora de una vida tirada a la basura. Confiesa haber estado consumiendo, cocaina y hachís. Sus parrafadas están repletas de las incoherencias propias de los cerebros deshechos. Aunque el cansancio me cubre como un capote militar, lo siento de una forma muy fisica, la experiencia de todos estos años toma el mando y maneja la situación con la prudencia que marca el destornillador que el tipo guarda en su bolso y que se ha cuidado de enseñar oportunamente como quien no quiere la cosa. Al final, se marcha cantando calle abajo, hacia el pueblo. 


Pienso que esa noche no podré ya volver a dormirme, pero subestimo el palazo que llevan mis huesos y a lo mejor no quiero darme cuenta de lo viejo que estoy ya. Las guardias me matan. 











lunes, 17 de abril de 2017

El caleidoscopio

Hay lecciones que se tardan años en aprender. Otras que solo minutos, que se graban a fuego y no llegan a bajar nunca al subconsciente, permanecen en el consciente más doloroso. Pero la realidad es que nunca sabemos cuáles se clasificarán entre las apremiantes y cuántas tardaremos siete vidas en fijarlas. Quizás una de las más caóticas sea descubrir lo diferente que puede ser nuestra visión de la de nuestros pacientes. En ocasiones esa divergencia nos asalta sin avisar y ya nunca la olvidamos. Otras veces, pasamos años y años de consulta creyendo que el único gran objetivo a través del cual se contempla la realidad es el de nuestra cámara, hasta que descubrimos que nuestra lente solo es una más, a veces tan turbia y distorsionante como los cataratosos ojos de un abuelo.


Llevaban un tiempo adaptados a vivir en la pequeña consulta como en el camarote de los hermanos Marx: dos sillas para los pacientes, un sillón de jefazo que el jefazo evitaba siempre que podía y dos taburetes informales y juveniles, donde era más fácil encontrar al inquieto tutor. Allí, o de pie apoyado contra la ventana, aprovechado la tibieza del sol del final del invierno. 

Pero de vez en cuando, esa presencia tiranizante del tutor, que atrae las miradas y las palabras de los pacientes como un agujero negro espacial, absorbiendo los tímidos intentos de autonomía de las residentes, esa presencia de voz en off, de supertacañón de los tiempos del Un, Dos, Tres, emigraba hacia la consulta de al lado, aprovechando el vacío de las visitas domiciliarias del compañero, intentando arrastrar todo ese inevitable magnetismo lejos de las dos jovenes médicas, que disfrutaban de una libertad agridulce, pero libertad en cualquier caso, y esa es una gran palabra. 

Ese día el tutor regresaba de uno de esas pequeños interregnos. Después de tantos años, es capaz de percibir las corrientes subsónicas como los perros policías. Y le chirrían igual de fuerte. El paciente estaba sentado en silencio ante las médicas, que repasaban su historial. No le dio tiempo ni a saludar. 

- Hombre, menos mal. 
-¿Cómo estás, F.?
- Ya está bien que te vea. Pues mal. Como quieres que esté. La última vez venía con un dolor que no veas en la pierna y aquí estoy, igual. No sé si será de la circulación, el tobillo o qué. 

El paciente vuelve a contar la historia mientras el tutor ojea las anotaciones de las residentes. Hace un par de preguntas para centrar el tema, pero salta a la vista que lo que le apetece al buen señor es un poco de jaleo tabernario. Las médicas asisten a la diatriba en silencio. Nunca se sabe cuando saltará la lección, es cierto. 

- Lo que no es normal es que me sienten en la camilla, estén media hora mirándome y hablando entre ellas y no sean capaces de preguntarme ni qué me pasaba. 
- Venga hombre. ¿Me vas a decir que dos médicas te han sentado en la camilla y te han explorado sin haberte preguntado qué te pasaba, donde te dolía, que te habías hecho y cómo? ¡Venga ya! 
- ¿Es que no me vas a creer lo que te digo?
- Pues sintiéndolo mucho, no puedo creerte. No creo que ningún médico sea capaz de hacer eso, pero estoy seguro que ninguna de estas dos médicas lo ha hecho. 


Hay firmeza en la voz del tutor, pero se nota claramente entremezclada con la pena, la que rezuma en los conflictos de parejas condenadas a la convivencia, donde no caben divorcios ni separaciones amistosas, ni aun llamándoles cambios de cupos o traslados. Cuando todos asumen esa irremediabilidad, siempre se mantiene sujeto el freno de mano, se dejan puentes que algún día vuelvan a cruzarse, se pliegan las velas de la dignidad al menos lo suficiente para que no escueza el reencuentro. 


El paciente se marcha dejando dos o tres frases hechas que mantienen la fantasía del orgullo pero que suenan a cálculo de bajas en la retirada. La despedida es algo más seria que lo usual y la puerta cerrada permite el momento de la reflexión, el descubrimiento súbito y permanente de la existencia de los mil y un cristales a través de los que contemplar la realidad, y a dos jóvenes médicas asimilando ese caleidoscopio de las vidas con las que apenas acaban de empezar a cruzarse. 

  













lunes, 10 de abril de 2017

Su corazoncito

No hay un tiempo determinado para sentirte a gusto en una consulta, no. No existe una pauta aleatoria o basada en sesudos estudios científicos que permita orientarnos sobre en qué momento comenzaremos a sentirnos parte de la comunidad en la que trabajamos, parte de las vidas de los pacientes a los que atendemos. No hay reglas que dirijan el flujo de buenos sentimientos, que despierten de la noche a la mañana la confianza, el respeto, la sonrisa al verte salir a la puerta a llame al primer paciente. No las hay.

Conozco gente que lleva años pasando consulta en el cráter más seco de Marte. Con casco de astronauta y todo puesto. Atraviesan la sala de espera como si llevaran botas de plomo gravitatorias, miran a su alrededor y ven solo polvo. Y para sus pacientes parecen bustos en bronce de Gregorio Marañón con la capacidad de hablar, pero poco, eso sí. Y nunca jamás de sonreír. Por descontado.  

Y también conozco otra gente que son un mestizaje entre Miliki y la madre Teresa de Calcuta, gente que sonríe con absolutamente todos los dientes, hasta los de leche, con sonrisas de esas que provocan calorcito y ganas de que te toque en el amigo invisible. Son gente a los que las sopas de letras les forman siempre la palabra empatía, hasta con el juanete enfurruñado o dos horas de sueño efectivo porque le está saliendo el premolar al churumbel. 

Pues ella era de esas personas, cálida como una manta zamorana, una araña capaz de tejer lazos sin darte cuenta, telarañas que jamás se te ocurriría limpiar con la mopa. 

Llevaba casi cinco años pululando por la consulta, compaginando las largas estancias hospitalarias con apariciones intermitentes pero tan inevitables como los monzones en la India. E igual de torrenciales, de deseadas y de fértiles. Entre medias, dos permisos maternales disfrutados como solo se puede disfrutar de ser madre, aunque siempre con ese puntito de añoranza por la consulta y por recuperar ese huequito en las vidas de los pacientes. 

Y por fin, unos últimos meses de entrega diaria, de derramar sobre la comunidad su empatía como el cura el agua bendita con el hisopo, de haber entrado en las casas y haber vivido la enfermedad en pijama, y de haber sentido a la muerte esperando a los pies de la cama a que la vida dejara de ser tan obstinada. 

No sé cuántas horas dicen los manuales que hay que tener de vuelo para sentirte arte y parte de una consulta, ni me importa, pero ella se había ganado las alas con creces. 

Aquella mañana la reunión del tutor parecía alargarse más de lo esperado por todos. La oportunidad de probar esas alas es demasiado golosa como para no afrontarla sonriendo desde el minuto uno, así que la residente abrió la puerta de la consulta como quien abre el telón el día de su debut en Broadway, exactamente con la misma ilusión y las mismas ganas. 

Las caras se volvieron hacia ella presumiendo de sincronización perfecta, y las sonrisas que pudo percibir tras el buenos días la hicieron sentirse como Julie Andrews dando vueltas en lo alto de un monte de los Alpes. 

Pero entonces se escucharon desagradables los primeros truenos:

- ¿No está el doctor?
- No. Está en una reunión, y no sé a qué hora volverá. Pero yo pasaré la consulta. 

Julie Andrews empezaba a marearse y a trastabillar un poco. 

- Ya, pero es que yo quería que me viera él.
- Y yo también. Pues menuda faena, porque hemos venido a verle a él y para nada. 

Julie definitivamente se había caído de culo al prado. 

- Bueno, pero yo puedo atenderos igual, ya os he atendido otras veces y he estado con él siempre que os he atendido. 
- Mujer, si no es por ti. Es que queríamos verle a él, porque él entiende mucho de esto que le pasa a mi hijo. 
- Y yo quiero enseñarle mis tensiones para que vea como me va el tratamiento. 

La confianza es una flor delicada, un edelweiss difícil de encontrar, y que puede estropearse con una breve ráfaga de viento (no sé por qué tanta metáfora alpina, me disculpen). Aquella florecilla tenía raíces fuertes, había crecido robusta y hermosa y las miradas comprensivas, cálidas de las demás personas de la sala de espera consiguieron que apenas se dejase un par de pétalos. 

La vida continuó regalando retazos de sus mil formas detrás de la puerta de la consulta, y aquella médica, disfrutó de sus bien merecidas alas, aunque le envió un guasap al médico para contárselo. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestro corazoncito. 



lunes, 3 de abril de 2017

Ni puta idea

Me gusta ir a comprar al súper de mi barrio. Es él mismo que había bajo la casa en la que pasé mi infancia, el mismo al que me mandaba mi madre a por el tambor de Colón que pesaba como un muerto. El año pasado se jubiló la cajera que llegó siendo una jovencita y se sabía el nombre de todos los chavales. 

Voy los martes a la carniceria. El carnicero ha sido una de esas herencias que arrebatamos a nuestras madres, responsable de elegir los mejores filetes a la familia, de recordar cuánto nos gustan las costillas en las lentejas, de cabecear con las derrotas de nuestro Atleti, o de retrasarse por estar echando la partida de mus. Voy los martes porque por la mañana estuvo en el matadero y la carne es fresca y variada,y solo altera ese ritmo las vacaciones, y, como no, las guardias. 

A veces me encuentro alguno de los antiguos vecinos, los que me llamaban con el diminutivo, el sanbenito inevitable de quienes llevamos el mimo nombre que nuestros padres, y que te horroriza siendo niño que quiere ser mayor. Están viejos, con la piel arrugada y los ojos vidriosos, pero en mi mente siguen siendo aquellos jóvenes y fuertes currantes del Simca 1000 y los cigarrillos Rex. Él llegó la otra tarde, mientras esperaba pacientemente mi turno. Siempre procuro ser el primero en saludarles, por borrar esa desagradable sensación que te aturde cuando conoces a alguien y no eres capaz de ubicarle. Cuando les sonrío y les llamo por su nombre me parece percibir en sus miradas como si la llama de la memoria se insuflase de golpe, y entonces me estrechan la mano sonrientes o me plantan dos besos y un achuchón, y se les ilumina la cara de felicidad, no por verme, sino por recordarse otra vez jóvenes y con toda la vida por delante, como hace cuarenta años. 


Me contesta al inevitable cómo estás con el clásico hecho un cacharro. Generalmente el cruce de pelotas blandas en la red sigue con un yo te veo fenomenal, que se devuelve con un qué va, será por fuera, por dentro estoy hecho una calamidad. A veces quieres dejar el partido en ese amable cruce de sainetes, sobre todo cuando eres consciente de cómo les ha golpeado la vida, y el pudor te impide provocar un rebrote de dolores que sólo deseas que duerman en las profundidades bajo cientos de capas de tiempo. No haría ni dos años que murió su hija mayor. Yo no quería bajo ninguna circunstancia revivir ese dolor. 


-En realidad los médicos no tenéis ni puta idea. La Medicina en general.- No era un tono ofensivo, sino más bien de un Cela de barrio. Yo sonreía. -Quiero decir que hay cosas que nos pasan de las que no sabéis nada. 

Temí por un momento que se tratara de rencores alimentados por la enfermedad de su hija, rencores que buscarán ser escupidos a la cara del primer representante de Esculapio que fuera a comprar cuarto y mitad de carne picada, y me preparé para la invectiva, consciente de lo duro y antinatural que es para un padre sobrevivir a cualquiera de sus hijos. Pero no, 

-Mírame a mí: siempre estoy con estos mareos tontorrones que no me dejan en paz. Y ya me han hecho de todo, hasta me ingresaron en el hospital unos días y me hicieron escáner y un montón de pruebas y nada, que no dan con ello. 

Bueno, no pude evitar sonreír. Estaba preparado para afrontar los reproches a la Medicina nacidos del dolor y la rabia, pero ésta era una rabieta de niño malcriado. 

-Hombre, pues si no te encuentran nada malo, pues será cosa de la edad. Tampoco sabemos quitar las arrugas, qué se le va a hacer. 

-Nada, que no tenéis ni puta idea. Anda que no podíais haber inventado algún dispositivo que mejorara la circulación en el cerebro, para que no pasaran estas cosas. ¿Y sabes también de que no tenéis ni idea? De la piel. De la piel es que no sabéis nada de nada. Me lo dijo un catedrático una vez que me salieron unas ronchas y fui a ver a un amigo mío en un hospital de la capital y me ingresaron. Le pregunté qué eran esas manchas y me contestó: eso querría saber yo. Así que, lo que yo te diga: ni puta idea.

El carnicero me salvó de la diatriba entregándole un pedido que había dejado encargado su mujer por la mañana, así que nos despedimos con otro apretón, y al marcharse con sus mareos y su piel incomprendida de anciano me llamó por el diminutivo de mi nombre, lo que tuvo la virtud de vestirme automáticamente con pantalones cortos y un jersey de lana hecho por mi tía, al menos durante unos segundos. Después, como ocurre con todos los ensueños, el hechizo se rompió de golpe y volví a ser el médico ya entrado en años que todavía, y después de tanto tiempo en la cabecera, sigue en tantas ocasiones sin entender a las personas. 






lunes, 27 de marzo de 2017

Una lágrima entre los escombros

La llamada del 112 era inespecífica y anodina: reunía todos los requisitos de imprececibilidad que se le presuponen a esas llamadas, ustedes acudan y ya veremos a ver por donde salta la liebre. Lo mejor para los nervios.
- Al parecer se trata de una mujer que lleva un tiempo sin comer.
Con los años aprendes que cuando la operadora te cuenta estas lindezas, no vas a ganar gran cosa con un exhaustivo interrogatorio. Y siguiendo la ley de Murphy imperante en estas situaciones, el móvil que te ofrecen de contacto es solo un elemento inútil más del absurdo imperante, sin cobertura, sin batería o sin ambas. 

Así que lanzarse animoso a la carretera es lo que nos queda, y allá que nos vamos. Es un camino largo pero la enfermera y el médico tiene años de convivencia a sus espaldas, la familiaridad que da haber conocido a los hijos mocetones cuando son bebés, así que la charla es fluida y cariñosa. Al acercarse a la dirección, la enfermera empieza a reconocer las calles y con ese olfato de sabuesa que se ha dejado durante años las suelas haciendo domicilios en su pueblo, le pone cara al nombre que llevamos escrito en el informe. 

Entonces se produce ese volcado de datos blandos que en realidad conforman los cimientos más sólidos de quienes somos, ese acúmulo de información que nunca encontrará acomodo en la fría codificación, pero que nos permiten a los Sherlocks sanitarios esbozar el retrato de cabecera de nuestro paciente. Esos momentos mágicos que se asemejan a cortinas corridas involuntariamente dejándonos asomar por unos breves y curiosos momentos a otras vidas. 

El chalet está situado en medio de una urbanización bonita, con calles amplias y limpias, muros altos, porches, árboles y coches aparcados en las puertas. Pero con sus ventanas desvencijadas y sin cristales parece un sin hogar sonriendo con la boca desdentada, avergonzando a sus vecinos pudientes. La puerta principal está soldada. Hay un cuatro por cuatro de lujo en la entrada del garaje. Junto a su puerta, un señor nos indica que ese es el lugar donde nos esperan. 

La enfermera no se explica cómo ella ha vuelto a esa casa. Llevaba un par de años en una residencia asistida en un pueblo cercano. Allí se dejaba cuidar, recibía su medicación, le daban techo, comida y aseo. Lleva toda la vida autodestruyéndose, desde que en los años setenta empezó a experimentar por caminos que no tenían salida. Bueno, la tenian pero a ella no le tocó en suerte, mala o buena, nunca se sabe. Siempre llevando la destrucción al límite de lo razonable, al límite de lo posible, al límite de lo humano. Al parecer al menos en tres ocasiones la enfermera había estado presente en ese límite, un límite de rescates en UVI móvil, de intubaciones y antídotos intravenosos. 

Ahora entrábamos esquivando las ramas salvajes de un almendro, iluminándonos con las linternas de los móviles, pisando los escombros, la chatarra y la basura acumulada en la cocina, en el pasillo. Hace muchísimo frío. En la habitación hay una cama enorme sobresaliendo entre los cascotes y la porquería. Hay bricks de leche y zumo en el suelo, y paquetes de tabaco junto a la cabecera. La persiana bajada apenas sujeta las ráfagas del frío de la noche. Ella está metida bajo las mantas en camisón, tan desdentada como su casa.



La enfermera la llama por su nombre y al iluminarse con la linterna, ella la reconoce y sonríe enseñando las encías vergonzantes. Entonces le pregunta por su marido, que había sido su médico de cabecera durante tanto tiempo. Los tres largos años de larga y dura enfermedad vividos entre quienes habían sido sus pacientes toda la vida generaron esa corriente subterránea de cariño y simpatía que circulaba continuamente bajo el pueblo, siempre dispuesta a salir como géiseres humeantes y sonoros. La enfermera recibía ese cariño con un gesto agradecido, con un comentario intrascendente
y poco comprometido con la verdad, lo justo para devolver una sonrisa que maquillara un tanto la pena de todos. 

- Ya no está con nosotros. 

Entonces aquella caricatura de la mujer que fue algún día, aquella persona durmiendo en una casa sin ventanas, sobre montones de escombros y basura, aquel ser humano al que ya no le quedaban asideros a los que agarrarse, con la capacidad de un arsenal atómico para destruirse y destruir lo que crecía a su alrededor, aquella paciente que querían pasarse como una pelota de playa del 112 a urgencias, de allí a Psiquiatría y de allí al vacío, aquella mujer, lloró desconsoladamente durante varios minutos, con una pena honda y negra, como la que sólo puede sentirse en lo más profundo del alma. 










lunes, 20 de marzo de 2017

El buen rollista

Podía haber tomado cualquier otro camino en la Medicina: los había visto de todos los colores en los veinticinco años que llevaba con el fonendo colgado del cuello. Podía haber escogido la senda de los elefantes cabreados con su sino, que ven en la señora y el señor sentados al otro lado de la mesa el enemigo que busca sus puntos débiles para torpedear bajo la línea de flotación al sistema sanitario.

Podía haber optado por la búsqueda de El Dorado de las dietas hipohuracanadas y ultramineralizadas, de las espaldas agujereadas como acericos orientales buscando las líneas electromagnéticas que se alineen con el Yang hepatico, de las bolitas azucaradas con la memoria de la memoria de la memoria de los primeros apóstoles.

Podía haber recorrido las moquetas mullidas, allá donde las batas sirven de pretexto a conciencias que no quieren olvidar orígenes que no consiguen recordar. Podía haber pasado por este mundo de los sufrimientos y alegrías de la vida completamente desapercibido, como la cara del cobrador del recibo del gas, como la lluvia sobre los bancos del parque. 

Pero él no. El había tomado la decisión de ser el adalid del buen rollismo, un profeta del humanismo, un gurú de la bondad primigenia, al que se le queda cara de gilipollas si la maldad decide asomar las narices por su consulta. Había decidido sonreír, acercarse, tocar, comprender, empatizar y epatizar al mismo tiempo. Había decidido no ser lluvia en el parque, sino ser tsunami acaparador y hasta empalagoso. Lo que decíamos, un buen rollista. 

Y como tal, llegaba cada mañanas sonriendo en su coche que todo el mundo en el pueblo conocía, saludaba, sonreía, bromeaba, alborotaba el pelo de los niños, piropeaba a las nonagenarias y le faltaba dar un salto lateral y entrechocar sus talones para ser el jodido Bob Esponja después de comerse una cangreburguer. 

Pero, ay, el buen rollista olvida que la vida es machacona e impertinente, como Calamardo, y que cualquiera puede tener un mal día. Así que aquella mañana se levanta hasta la puerta de la consulta inquieto, con esa rara inquietud que al resto de los mortales nos hace presagiar el desastre, y que él, desde su nido del águila Zen, confunde con gases matutinos. 

Entonces se sienta junto al primer paciente, que cruza sus brazos sobre sus ciento veinte kilos que contienen unos bronquios de usar y tirar, y le escucha decir:

-Algo tiene que hacer para quitarme esta tos y esta mucosidad que tengo por la mañana. Póngame penicilina o lo que sea pero algo tiene que hacer para quitármela. 

El buen rollista procesa el speech a través de su filtro de colores pastel, pero un pequeño tic en el ojo le dice que algo no está tan bien engrasado en la máquina de buen rollo como suele ser habitual. Sin embargo hace dos suspiros profundos con efecto de patada sobre máquina atascada, y el buen rollo vuelve a fluir, quizás un pelín distorsionado, para explicar el concepto de cronicidad, tan de moda en estos tiempos, y los peligros del mal uso del arsenal antimicrobiano. La consulta se resuelve con un tiro al poste y dos palmaditas acompañantes hasta la puerta, y deja paso al caballero emigrante de las tierras centroeuropeas, que entre patadas al diccionario y circunloquios, intenta hacer cuadrar su vulgar lumbalgia con unos "reumáticos" muy altos que tuvo a los veinte años y una hermana a la que una poliartritis la llevó a una toracotomia abierta en busca de un cáncer pulmonar que quedó en unos agujeros en los pulmones.


El buen rollista ve palmariamente como la máquina de buen rollo echa humo como la locomotora de Buster Keaton, y a falta de espejo en la consulta, trata de imaginarse la cara de gilipollas que se le debe estar quedando con el discurso. El tic del ojo amenaza con parecerse al de Encalna de Noche y el batiburrillo se resuelve con una cita para hacerse una analítica que valore si de aquellos "reumáticos" vienen estos lodos. 

Esta vez se toma unos minutos antes de volver a abrir la puerta. El humo y el olor a quemado de la máquina del buen rollo empiezan a llenar la atmósfera y la puerta se da ya un cierto aire a la de chiqueros de Las Ventas. El tercer paciente y su querida señora se sientan muy formales junto a él, tras haberse dado todos elegantes apretones de manos. El buen rollista está inquieto en el sillón. 

-Ayer estuve en el urólogo. Me ha dicho que de mi próstata estoy fenomenal, pero que cree que 156 de colesterol malo es un poco alto para tomar solo 10 miligramos de Simvastatina. Me ha dicho que te lo comente para que me pongas algo más fuerte. 

El buen rollista definitivamente está de una mala leche que alucina. En su fuero interno se está acordando de los muertos de todos los emperadores de la dinastía Ming, de los de la tía política del que inventó el mindfulness y hasta de los del jodido doctor Sachs. Advierte que los temblores son ilusorios porque si no lo fueran los pacientes creerían que le estaba dando un ataque epiléptico, y no puede evitar soltar un par de recuerdos cariñosos hacia el amable compañero tan preocupado por la prevención primaria de eventos cardiovasculares del portador de aquella próstata tan saludable, y se vuelve a enzarzar en el discurso de las decisiones compartidas, los beneficios y riesgos y etcétera, etcétera, interrumpidos por un par de formales "no, si yo hago lo que tú me digas, que para eso eres mi médico", que terminan por llevarse por el desagüe los restos de buen rollismo para aquel día, un día que, como muy bien definiría en su momento el bueno de Murphy, siempre podría ser susceptible de empeorar. 


Y es que hay días. 













lunes, 13 de marzo de 2017

Cuidar

- No sabes lo que es que suene el timbre, vayas a la habitación y te pidan algo tan absolutamente normal como que les rasques la frente. 

La enfermera lleva un par de semanas habituándose a su nuevo destino. Ha llegado como un bálsamo para curar ásperas heridas, las que empezaban a dejar cicatrices en la vocación y en el ánimo. Un clavo ardiente para salir de una ciénaga donde alguien la habia empujado sin comerlo ni beberlo. Ha pasado unos meses mordiéndose los labios de rabia por la sensación de fracaso, de derrota inaceptable para un espíritu como el suyo. Pero finalmente se ha sentido como esos náufragos que, agotados, deciden dejar de mover los brazos aunque ello suponga hundirse sin remedio: aliviada. 

Aun así sabe que es una persona afortunada, al menos tiene la opción de volver a sacar la cabeza del agua. A otras muchas compañeras solo les resta dejarse llevar por la corriente e intentar sobrevivir. 

Los principios guardan siempre terrores nocturnos y horas de insomnio. Así ha sido y será siempre. Y ella el insomnio lo lleva fatal, tan mal que le cuesta no caer en la tentación de los lorazepanes. Pero los caminos parecen menos aterradores cuando empiezan a recorrerse. Los primeros días son de tanteo, con un deje de frustración, un querer llegar a todo y una desagradable sensación de torpeza que no es más que el desconocimiento de las rutinas y las convulsiones del día a día. 

No es fácil entendernos a los sanitarios. Hacen falta dosis veterinarias de comprensión y empatía. Llegar a casa agotada y con ganas de hablar, buscando en la escucha el truco de magia que ayude a parar el temblor de las piernas. No es fácil entendernos, no. Las historias se precipitan una de tras de la otra, cada cual más absurda, cada cual más terrible, cada cual más ridículamente normal: una caída de la cama, un accidente de tráfico, una caída de la silla. Una madre, un joven, un abuelo, una hippie, un ejecutivo. 

La razón sujeta al corazón y le pide algo de sosiego. Los relatos superan a las personas y eso es un error a corregir. Y la enfermera se propone hacerlo, porque lo que hay allí, en esas habitaciones, esperando sentir sus dedos rascando sus frentes, son personas. 

-  Dos veces en semana les damos un baño completo en la bañera. Yo me encargo de lavarles el pelo. Les enjabono y les froto la cabeza dándoles un masaje y siento cómo les gusta y les relaja. Es un momento increíble. 

¡Qué difícil es entender a los sanitarios! El que escucha a la enfermera tiene un nudo en la garganta y los malditos ojos de tierno irredento a punto de delatarle, aunque ya le quedan pocos recovecos que mostrarla. Entonces ambos hablan de lo hermosas que pueden llegar a ser sus profesiones, de lo místico en que puede convertirse cuidar, de la fortuna que manejan entre los dos, auténticas megaestrellas de Wall Street que nunca sufrirán una OPA hostil. 


Los días seguirán religiosamente a las noches, como está mandado. Las camas se irán llenando y con el paso del tiempo, vaciando, para volver a llenarse en la ruleta loca y azarosa en la que se mueven nuestras vidas, todas las vidas. La mucosidad atascará las traqueos, las úlceras amenazaran con devorar los sacros. El ánimo subirá y bajará como el Dragón Khan y a los veranos seguirán las navidades, y a la vida, la muerte, faltaría más. Y allí, en esas plantas donde, como en un museo, se concentran en pocos metros y en pocos meses, retazos, muestras de todas esas verdades inevitables de la vida, allí seguirán cuidando todas esas raras personas tan difíciles de entender por el común de los mortales. 

¡Qué orgullosa estaría de ti Florence Nightingale!