lunes, 24 de septiembre de 2018

Una historia de ciencia ficción

La sala de espera está abarrotada. En una de las sillas descansa los huesos viejos y muy cansados el anciano, que observa con toda la calma de sus más de ochenta la vorágine nerviosa a su alrededor, el trasiego de cuerpos sentándose y levantándose, las puertas volviéndose súbitamente translucidas y dejando salir a una persona, para convertirse por arte de la magia de la ciencia de nuevo en opacas tras el siguiente paciente, los pitidos que salen de las muñecas de unos y otros, las miradas impacientes a los atriles donde hologramas de figuras vestidas inmaculadamente de blanco, con sonrisas perfectas y gestos sosegantes, ofrecen información continua en tonos de voz que parecen tener efectos sedantes, acariciantes.


Para un anciano que creyó que sólo vería aquellas maravillas en las películas de Hollywood, era como haberse convertido en un figurante de Star Treck. Sonrió al pensarlo mientras se ponía las gafas para leer el aviso que le revelaba el insistente temblequeo de su reloj inteligente. Le advertían que empezara a prepararse porque sólo quedaban dos pacientes antes que él, y dada la lógica torpeza de sus rodillas artrósicas, convenía empezar a engrasar las bisagras para que nadie tuviera que esperar por su culpa.


Mientras se levantaba, seguía observando el ir y venir de las personas; había bastantes veinteañeros, de la edad de sus nietos, con esas caras de preocupación que tan bien conocía, la gran mayoría con una prótesis en el oído como si fuera una convención de sordos, pero con la mirada fija en pequeñas pantallas virtuales que salían de dispositivos similares a anillos en una de sus manos, visibles sólo para ellos, aislados en una sala abarrotada. Tampoco se diferenciaba tanto de su pasado. Al menos del más reciente. El que vivió en su niñez y juventud a veces le parece como si sólo hubiese existido en sus sueños, como si no lo recordara nadie, más que él. Tendrá que ser así.


Estaba de pie cerca de la puerta que, según las órdenes que salían de su muñeca, se le había asignado. Seguía examinando a los esperantes, una vieja deformación profesional que los años retirado no habían sabido eliminar. Y es que él conocía a la perfección las salas de espera, como conocía al dedillo las consultas, como mantenía aún el vistazo diagnóstico con el que miraba cada cara. Y es que él había sido durante cuarenta años de su vida médico de cabecera. Había visto llegar el futuro que algunos pronosticaban y casi todos descartaban con suficiencia, y ahora tenía, como todos, las botas metidas en el barro, así que allí estaba, esperando que la puerta recuperara su trasparencia para entrar en la consulta de ciencia ficción.


Era una sala blanquísima, de una frialdad y una asepsia casi insultante. La médica consultaba una enorme pantalla pasando sus dedos sobre ella, mientras él entraba y se sentaba. Frente a él había una pantalla de menor tamaño, donde podía consultar datos de su historial e ir viendo las anotaciones que recogía el sistema al dictado de la doctora. El bolsillo de su bata era una pequeña pantalla con una imagen móvil de ella tras un pequeño cartel con su nombre y apellidos y su especialidad: cardióloga.


- Buenos días caballero, ¿cómo se encuentra? En primer lugar tengo que advertirle que según dice el sistema, en los últimos seis meses ha dejado usted de acudir a sus revisiones obligatorias con el psicogeriatra, con el neurólogo y con el urólogo. Del mismo modo, debo avisarle que no se ha hecho la colonoscopia que le correspondía el pasado diciembre. Por otro lado, rechazó usted a la unidad de vacunación anti gripal a domicilio, negándose a abrirles la puerta. Ya sabe que todo ello supone una reducción en sus coberturas sanitarias para los dos próximos años, y que tiene una sanción del doce por ciento mensual en su pensión durante seis meses, que dejará de hacerse efectiva en el momento que en sus datos figure el registro de haber completado las revisiones oportunas, así como las vacunaciones y las pruebas indicadas por las autoridades. Me ha entendido, ¿verdad caballero?

- Sí, la he entendido perfectamente, doctora. De hecho, por eso estoy hoy aquí. No podemos permitirnos una reducción en nuestra pensión, y menos ahora que tenemos que echar una mano a nuestros hijos con los estudios de los nietos. 

- Muy bien, así me gusta. Coloque la mano en el sensor. Muy bien. Veo que su corazón se mantiene a buen ritmo, sin rastro de la fibrilación que tuvo hace tres años. Entiendo que toma religiosamente su medicación.

- Religiosamente.

- Perfecto. Tendrá que bajar a la planta primera para una extracción sanguínea, y después seguir las instrucciones que aparecerán en su pantalla para ir a la consulta de psicogeriatría. Los resultados de sus análisis les serán comunicados mediante un aviso mío personal holográfico en cuanto estén disponibles. Muchas gracias, y no olvide que deberá volver en seis meses. Que le vaya bien.


La consulta había durado apenas cinco minutos. Había cumplido escrupulosamente los estándares de calidad; había sido práctica, ágil, exenta de banalidades, de elementos superfluos. Pero no recordaba que le hubiera tocado, ya apenas se tocaba a los pacientes, había sensores, detectores de ondas, capturadores de imágenes y de sonidos. ¡Qué lejos quedaba la Medicina de su consulta del pueblo! La vida se había concentrado en las ciudades; los pueblos se despoblaron a la misma velocidad que las maquinas desplazaron las labores humanas y la Medicina se desplazó con la gente; los médicos de cabecera se extinguieron con sus jubilaciones, se hipertrofiaron unas estructuras que en algún momento descolgaron los carteles de centros de salud, y donde los pacientes peregrinaban de una planta en otra al ritmo de las sacudidas de sus relojes, contentos de que expertos en sus diferentes órganos tomasen las riendas de sus problemas desde el principio, sin filtros ni componendas.


La sociedad aumentó la rigidez de sus controles, temerosa de que su belleza tecnológica se ensuciara con la enfermedad, y los ancianos con su vejez a cuestas, sus pedacitos, los internos y los externos, oxidándose con el agua salada de los años, pasaban gran parte de sus días subiendo y bajando los modernos ascensores de ciencia ficción de las clínicas, profesionales de sus enfermedades, de su decrepitud, yendo de un especialista a otro, con el único entretenimiento de contemplar la vida en el trajín de las salas de espera.


Así que se encaminó al ascensor, con ese arrastrar de los pies que trataba de evitar y que le resultaba tan molesto, dispuesto a cumplir su vida crucis en aquel Gólgota limpio, moderno y sin el más mínimo rastro de la humanidad que había quedado olvidada en algún lugar, y en algún momento, cuando las advertencias dejaron de ser molestas y se convirtieron en un ruido de fondo que ya nadie quiso oír.











lunes, 17 de septiembre de 2018

Jefes

La llamada le había pegado el susto del siglo. Era de esas que te dejan titubeante, dudando entre tomártelo a broma o pegarte un pellizco bien fuerte para que el dolor asegure el estado de vigilia. No conocía suficientemente a la persona que le hablaba al otro lado del teléfono para considerarlo una broma, así que optó por el pellizco, aun a sabiendas de que era difícil que despertara sudoroso y sobresaltado.

Cuando por fin colgó se quedó unos minutos en la cocina, sentado a la mesa en la que ya había dejado preparado platos, tazones y vasos de los niños para adelantar y engrasar un poco las primeras horas del día en una familia tan nutrida como la suya. Su mujer le esperaba en el salón, acostumbrada a las llamadas trasnochadoras, sin darle la mayor importancia al retraso en la reincorporación a la degustación nocturna de la serie que tocaba en esos días.


Pero aquella noche la serie quedó en suspenso porque la realidad había por fin desplazado a la ficción y las dudas llenaron el salón como se llena en uno de los días de cumpleaños familiares, y casi igual de ruidosas y de molestas. Solo que aquel día los invitados no se fueron a sus casas para que los dueños de la casa pudieran por fin conciliar el sueño, y las ventajas y los inconvenientes, las certezas y las dudas, los miedos y las angustias se acostaron con ambos, de modo que apenas cabían en la cama, aunque fuera de un metro sesenta.


Y sentado a los pie de la cama, sonriendo como el abuelo que ve jugar en el parque a sus nietos, con la superioridad del maestro de ajedrez que juega una partida múltiple contra escolares primaria, estaba el maldito sentido del deber, gordo y bien criado como si lo hubieran amamantado con leche condensada, sabiendo que cuando los rayos del sol entraran de nuevo por la ventana y las ojeras del sujeto quedaran perfectamente delineadas, todo aquel palabrerío que había intentado hacerse hueco en la cama de matrimonio se esfumaría como un mal hechizo y él tomaría la mano del sujeto y le marcaría uno tras otro los números de su aceptación.


Todo aquello había ocurrido hacia más de dos años. Había repetido a los cuatro vientos y las ocho tempestades que él era sólo un médico, que era lo que había sido toda su vida; eso sí, un médico con la cabeza llena de ideas, con una visión clara de por qué estaba ahí y hacia dónde quería ir. Había escrito en sus tablas de la ley los mandamientos que le había dictado el sarmiento en llamas de su experiencia, de las personas a las que había conocido por todas partes, de los que aun le faltaban por conocer. Gente brillante, visionaria, revolucionaria, necesaria. Y había jurado que rompería las tablas y se volvería a su consulta si pretendían que se desviara lo más mínimo de esos mandamientos, si olvidaba quien era o quien había sido, o si le obligaban a adorar a un becerro de oro político, un oro falso y bastante sucio. Y todas esas declaraciones de intenciones eran recibidas con sonrisas y hasta con aplausos por sus compañeros, por quienes le había conocido antes de salir en el periódico, y por quienes preferían darle un voto de confianza sólo por que sabían que el día después de recibir esa llamada que al final iba a cambiar su vida, había madrugado para ir a su consulta como cada día.

Pero también había otra clase de sonrisa, y no había tardado demasiado en aprender a distinguirlas, porque la verdad, es una sonrisa hiela la sangre; una sonrisa cínica del engañado demasiadas veces, de quien no ha tenido nunca esperanzas y, mucho más amarga, la de quien ha tenido esperanzas y las ha tenido que tirar por el hueco del retrete una y otra vez. Al principio se sentía incomodo cuando se enfrentaba a esas sonrisas frías, casi muertas. Se sentía incomodo porque veía su propia cara tatuada con ellas en tantas ocasiones. No hay cura para la desesperanza absoluta. Y siempre es duro darse cuenta de que algo es incurable. Luego creyó que se acostumbraría. Y por último aceptó que nunca podría acostumbrarse-


Así que uno y otro día intentaba guiar al pueblo elegido por la península del Sinaí, manteniendo bien visibles en alto los mandamientos grabados en piedra, desplegando una actividad taquicardizante, un frenético sinfín de ideas, planes, proyectos, sueños y alguna realidad que le dejaban agotado en el sillón de su casa a horas a las que los niños transitaban ya por su tercer sueño.


Y sin embargo, más de dos años después de aquella fatídica noche en que dejó a medias un capítulo que aun seguía parado en el mismo punto, se tomaba unos segundos a solas en su despacho para pensar en marcharse, en volver a su consulta, en masticar los problemas de sus pacientes, en ir a visitar a sus ancianas junto a sus mesas camillas, en esperarles en la puerta de la consulta y hacer una broma mientras les da la mano, en dejar a los niños que se cuelguen su fonendo y toqueteen el teclado.  Porque después de más de dos años aun mantenía la capacidad para escuchar a su alrededor, porque no había querido crear esa burbuja de metacrilato donde no llega más que el hilo musical amable y mentiroso de una consulta de dentista, donde todas las sonrisas se deforman para parecer de complacencia. No, él aun vivía en la atmósfera del resto de los humanos; como si hubiera desarrollado sentidos arácnidos de superhéroe podía ver sus caras torciendo el gesto cuando se cruzaban con él, le parecía escuchar cada una de las maldades gratuitas, cada uno de los absurdos inventados susurrados de boca a oído.


Y añoraba su pequeño mundo, su minúsculo reino independiente donde Caín jugaba al tute con Abel mientras se tomaban un chupito de coñac y lo único que se acostaba por las noches entre él y su mujer era la preocupación por algún paciente o las sonrisas por haber hecho un día más el trabajo que le apasiona. Pero una vez más, gordo y sonriendo satisfecho, el sentido del deber le permite divagar brevemente como el padre comprensivo que entiende la rebeldía de su hijo adolescente antes de darle el pescozón que lleva tiempo mereciéndose.


Así que el médico nota el pescozón escociendo en la nuca y de un cabeceo abandona todos esos pensamientos de primera hora de la mañana mientras descuelga el teléfono decidido a seguir andando por el desierto.











lunes, 10 de septiembre de 2018

Caballero sin espada

El médico joven está esperando nervioso, como si fuera a correrse el telón de la Scala de Milán y tuviera la boca reseca. Trata de aparentar tranquilidad, más que nada porque es novato entre primas donas que se desenvuelven entre bambalinas como las estrellas que son en un firmamento que tienen trillado hasta sus últimos rincones. Se les notan los años de experiencia en las posturas relajadas, en las risas que se marcan y en ese aire desenfadado de la nobleza cuando está en palacio. Todo lo contrario de él, que parece claramente el campesino que quiere codearse con los mejores, pero que juega en otra liga.

Todos han sido convocados a la misma hora. Todos llegan un poco tarde, besándose y saludándose como lo hace la gente de bien, intercambiando frases hechas sobre lo sobrecargadas de sus consultas, la locura en la que viven día a día, el despropósito en que todo se esta convirtiendo y el apocalipsis que se adivina detrás de la esquina. Lo habitual, lo mismo que se escuchaba veinte años atrás. El apocalipsis se toma su tiempo, hace bien. El joven es recibido con la condescendencia con la que se permite a las nuevas generaciones asomarse a la mesa de los mayores. Su nerviosismo es negro resaltando sobre el blanco inmaculado de la experiencia de los demás, se percibe a kilómetros de distancia.

Parece que llegar tarde era lo adecuado, porque los trámites previos van con demora, como estaba previsto, como ocurre cada año. Hay un grupo de nuevos residentes escuchando con los ojos bien abiertos y los cerebros echando humo a sus compañeros, anotando las características de cada tutor, de cada centro de salud y consultorio. Es un cónclave al que tiene vetado el acceso cualquiera que no lleve el capelo cardenalicio de residente, una rito de iniciación donde se queman en la hoguera los secretos más inconfesables de aquellos privilegiados que duermen en el Olimpo de los tutores, pero que, como los antiguos dioses, guardan oscuros secretos, debilidades mal disimuladas, defectos que rompen la armonía divina, y que sólo pueden ser transmitidos de boca a oreja en susurros que nunca deberían salir de aquella habitación.

Y mientras se reparten las candidaturas a Papa y a diablo, y a los acólitos de ambos, una pequeña representación de esa hoguera de vanidades tutoriales espera pacientemente que les den el pie para hacer su entrada triunfal ante los temblorosos corderillos, unos pagados de su superioridad, otros tranquilos en la cotidianidad y él, aparentemente sólo él, nervioso ante el tribunal que cree le juzgará inmisericordemente de acuerdo a las leyes oscuras y no escritas por las cuales aquellos jóvenes cachorros eligen tutor.

Y en su nerviosismo, el inexperto candidato empieza a hablar con el más veterano de todos ellos, alguien que ya era papable cuando él era uno de aquellos cachorros electores, y le cuenta el sinfín de ideas que tiene si finalmente es elegido, le cuenta proyectos y sueños, esperanzas y visiones, con el ardor propio de la ingenuidad, con esa pizca de candidez que tiene todo lo revolucionario, mientras el viejo tutor sonríe con la sonrisa que provoca el entusiasmo cuando es sincero, y le deja terminar la verborrea nerviosa, porque si hay algo que te de la edad es el tempo. Así que cuando se extinguen los rescoldos de los fuegos artificiales, con la voz más suave que puede poner y el deseo verdadero de ser lo menos hiriente posible, cabecea y le dice:

- Todo eso está fenomenal, pero al final me elegirán a mi, ¿sabes por qué? Porque yo estoy en la ciudad y tú estás en un pueblo a media hora del hospital.


El médico tarda unos segundo en encajar el crochet a la mandíbula, y en esos segundos en los que se tambalea sobre la lona, se abren las puertas del cónclave, desfilan los cardenales saludando a los esperantes, quienes bromean sobre las pequeñas miserias que esperan hayan quedado en los cajones, mientras se encaminan a la sala. El joven médico aún sonado parece haber recobrado su determinación mientras ocupa su sitio, pero basta un vistazo para darse cuenta de que el último rastro de candidez de su revolución interna se lo ha llevado el recuerdo que ya casi había olvidado del día en que era él quien estaba sentado al otro lado y de todas las razones prácticas, lógicas, sensatas, frías, sin una pizca de romanticismo, sin un atisbo de rebeldía, sin un ápice de hermosa locura, que le habían llevado a él a hacer la elección que hizo en su momento.

Así que escucha a sus compañeros hablar, les oye presentarse, envidia su soltura, la seguridad que les da tener reservado su silla en la mesa de los elegidos, y cuando le toca su turno, aún quiere creer que queda hueco para su entusiasmo, para acoger a algún insurgente con la cabeza llena de pájaros, y suelta su discurso como un James Stewart en Caballero sin espada ante el Senado americano, con tanta vehemencia que al terminar por un instante casi esperaba un público puesto en pie aplaudiendo enfervorizado.

Pero como en los casting de Broadway, los aspirantes son despachados con un amable "ya les llamaremos" y el joven médico se marcha despidiéndose de todo el mundo, recibiendo los buenos deseos de sus compañeros que le desean suerte, como al actor con algo especial al que le falta un buen representante. Y coge su coche esperanzado en recibir una llamada sólo porque está convencido de que aquello podría cambiar su vida, de que ser tutor canalizaría toda esa volcánica energía que siente bajo la piel y que teme pueda ir enfriándose y amalgamándose si no consigue darle una salida.

Así que se va esperando esa llamada. Y cada mañana conduce hacia su pueblo esperando esa llamada porque en algún momento decidió ser optimista y pensar que algún día sonará ese teléfono al fin.

















lunes, 3 de septiembre de 2018

Relaciones tóxicas

Han pasado siete años. Han pasado con ese fluir tan del tiempo que es capaz de volverse invisible, acumulando los días como quien acumula polvo sobre la estantería. Los pasos titubeantes de los primeros días son ahora zancadas enérgicas que recorren los pasillos del centro de salud con un ritmo y una sonoridad que algunos fieles podrían reconocer con los ojos cerrados. En realidad no son algunos fieles, son una legión de entregados incondicionales que besarían por donde discurrieran esos andares majestuosos, de acólitos para los que las palabras de su doctora no es que les de la vida eterna, pero les aporta una sensación de bienestar que para alguno es lo más parecido que han tenido al paraíso terrenal. 

Y eso que como casi siempre, los principios no fueron fáciles, si es que ha habido alguna vez algún médico novato que los haya disfrutado. Las quejas sobre el vaivén de médicas y médicos que apenas habían tenido tiempo de dar forma al foam del sillón de la consulta eras una constante durante los primeros meses. Y no venían solas, sino adecuadamente trufadas de reproches por la juventud de la galena, enfermedad de fácil remedio con el paso del tiempo, y sin faltar a su cita con el clásico prejuicio machista que lo mismo venía de un caballero de bigotito del Movimiento que de una educada señora de chocolate con picatostes con los amigas en la parroquia. 


Pues a todas esas quejas, reproches y dardos machistas les hacía frente la doctora con una cachaza escalofriante fruto de la determinación salvaje por ser médica de cabecera que le perseguía desde la más tierna infancia, y, por qué no decirlo, a un gracejo andaluz de ascendencia materna que le permitía mandar a tomar por culo al más pintado con la misma sonrisa por ambas partes que si le estuviese dando la paz en Misa. 


Siete años ya, repletos hasta los desvanes de errores de novata, pero que cada noche antes de acostarse recolocaba ordenadamente en las estanterías de su germánica cabeza, y limpiando el polvo de todos esos trasteros con una escoba enorme hecha de la mayor de las humildades y rematada con el deseo permanente de mejorar. Así que sí, es verdad, allí había errores de principiante, de concepto, de excesos, de déficits, de bulto, de precisión, de quiero y no puedo y de puedo y puedo un poco más. Sí, seguro que había habido en esos siete años un sinfín de errores, pero al menos aquella casa estaba limpia, aireada, y olía a la fragancia de la ciencia, de la conciencia y del coraje. 


En resumen, llevaba siete años convirtiéndose en una médica de putísima madre. 


Pero como si su vida la hubiera imaginado un Conan Doyle cualquiera, allí, detrás de su puerta, en su sala de espera, había aparecido un buen día de verano su némesis. Y como si el gran Sherlock y Moriarty hubieran revivido en aquella consulta, ambos se sopesaron adivinando en el otro la horma de un zapato demasiado estrecho pero que tenían que calzarse obligatoriamente, la una para trabajar y el otro para acarrear las desgracias a las que le había llevado un páncreas señoritingo incapaz de soportar los morreos que acostumbraba a darle de toda la vida al bote de la leche condensada. 


Si a aquellas consultas se les hubiera podido hacer un montaje con música, hubieran podido ser una fenomenal rapsodia en el que los ritmos se iban entrecruzando en una locura armoniosa de acordes y discordes, te ofrezco simpatía, te devuelvo seriedad, te entrego profesionalismo, te escupo desconfianza, te enseño una sonrisa, y yo a ti un desplante, te muestro calidez, te revelo frialdad. Te enseño mi lado más humano y personal, me convierto en un extraño frío y triste. Me vuelvo distante y seca, te rindes y descubres tus flaquezas, y así una y otra vez en una sinfonía imposible de orquestar, que se sigue tocando por el empeño cabezota y cerril de la médica por no quemar las naves, por no hacer explotar las minas bajo el puente que cubre la retirada de sus tropas. 


Porque ella es una médica de putísima madre y piensa conseguir que semejante se rinda a sus encantos, aunque se dice una y otra vez que no es por cabezonería, que no es egocentrismo ni vanidad, que solo quiere revertir un cachito de la ley de cuidados inversos de Julian Tudor Hart Nuestro Señor, que para eso nos hemos lanzado a pastorear sus discípulos esos rebaños que Él nos dejo y que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas si no nos va la vida en conseguirlo (o al menos intentarlo) el tiempo que nos permita el Instituto Nacional de la Seguridad Social. 


Pero hoy no sabe por qué, cuando ha dejado de escucharse el taconeo que la acompañaba hasta su consulta, cuando se ha puesto la bata y ha mirado la lista que la esperaba sobre la mesa, hoy, que la contemplan siete años de experiencia, de tiras y aflojas, de sonrisas y lágrimas, de pequeñas victorias y grandes fracasos, de pecados capitales y penitencias accidentales, hoy, gira el picaporte de la puerta con una decisión irrevocable en su mente. 

- Pase, por favor. He decidido dejar de ser su médica de cabecera. 





lunes, 27 de agosto de 2018

Rencores

El médico está recostado en el respaldo de su silla, en una de las esquinas de la mesa alargada. Le gustaría estar en cualquier otro sitio. Bueno, no en cualquier otro sitio, en uno donde estuviese sólo, en silencio, y donde pudiera llorar tranquilamente las lágrimas que le apetece llorar sin que nadie le mire pensando que se ha quedado corto en la dosis que toma de antidepresivos. Pero esa entelequia es imposible y por ahora debe conformarse con mantenerse recostado en el respaldo de su silla como si ese pequeño gesto le ofreciera la perspectiva necesaria para contemplar el tercer acto de la tragicomedia en que se estaba convirtiendo esa reunión de amigos.


Pero en realidad, cuanta más perspectiva intentaba conseguir, más dolor sentía, y más deseos le asaltaban de estar en cualquier otro lado. Bueno, no en cualquier otro lado, en la dimensión del silencio y la soledad, en la que las lágrimas son cualquier cosas menos extrañas.


La noche había empezado como empiezan todas esas reuniones, a las que no se invita a los años, aunque los muy cabrones se empeñen en presentarse sin invitación, y encima lo hagan en plan desagradable y maleducado. Pero como ocurre con los invitados desagradables y maleducados, el resto los ignoraba cortesmente y la velada progresaba por los cauces de los recuerdos y las anécdotas, que son cauces tranquilos y hasta bucólicos, y en los que todo el mundo se siente cómodo y seguro.


La comida va buscando su hueco entre las risotadas y las añoranzas, y aunque parezca imposible termina por encontrarlo. Las copas se transmutan del dorado en el rojo sangre, tan apropiado en una reunión de médicos, y en ese trasiego se relajan los músculos de las lenguas y las palabras se atropellan unas a otras, contentas y felices de verse rodeadas por todas partes de risas, que para las palabras son una especie de hermana menor simpática a la que gustan de sacar de ronda.

Cuando se despeja la mesa aparecen los cafés enseñoreándose de los manteles, y las anécdotas y los recuerdos empiezan a agotarse como velas de cumpleaños de un viejo mal sopladas, y quedan despacio arrinconadas por conversaciones en otros tonos, más recios, más duros. La hermana simpática se ha ido a acostar y las palabras sin risas son mucho más ásperas, y a veces hasta tienen bordes afilados que dejan heridas incisas que interesan piel y hasta tejido celular subcutáneo.


Hay copas sobre la mesa. Alcohol que por esconderse entre cubitos de hielo, hierbas, frutas y tónicas, no deja de ser alcohol. Alcohol que ofrece su clásica falacia de claridad mental y lenguas de estopa. Sí, éste sigue siendo un país donde las cenas de amigos deben diluirse en alcohol de quemar neuronas.

Tampoco hacía falta nada para que se desnudaran de precauciones y prudencia ciertas ideas. Este es un grupo de médicos, personas que llevan años con los dedos en el fango de las vidas y las muertes de otros seres, un batiburrillo de especialidades multicromático, una macedonia bastante indigesta de expertos en el ser humano y en cada una de sus partes por separado. Esta es una reunión de aquellos chicos y chicas veinteañeros que se miraban con timidez unos a otros en la guardarropía del hospital donde les entregaban sus uniformes bordados con el Dr o la Dra que hizo sentirse tan orgullosas a sus madres.

Y entonces el veneno empezó a correr como la sangre en una película de Tarantino, sin control y sin medida. Aquellas personas que eran ya incapaces de decir dónde estarían aquellos primeros pijamas, pusieron sobre la mesa un repertorio de acusaciones que manchaba por completo el mantel, desafiando al más potente de los detergentes de anuncio televisivo. Los pacientes eran seres alienígenas incapaces de entender su lenguaje, insensibles a su abnegación y sus desvelos. Todos ellos eran hipócritas, maleducados, zafios, egoístas, malcriados, inconformistas, despreciables, soberbios, orgullosos, mentirosos, vacuos. Unos soberanos tontos del culo.

Los casos particulares iban sumando folios al sumario, uno detrás de otro, de forma inapelable. Cada uno de ellos era jaleado, rodeado de movimientos comprensivos tónico-clónicos de cabeza, acompañado de algún exabrupto celaniano, corroborado por dos o más testigos de casos similares o con matices aún más sanguinarios.


El tribunal supremo de la Medicina, reunido en sesión plenaria, había decidido sacar a pasear a la jauría completa de sus rencores. Y el fallo era unánime, indiscutible e inapelable.


Y aquel médico reclinado sobre el respaldo de su sillón, aquel cobarde que hubiera preferido estar en cualquier otro sitio, bueno, en cualquier otro no, en una cámara de vacío anti gravitatoria donde sus lágrimas se convirtieran en burbujas que flotaran a su alrededor estallando a su albedrío, aquel sujeto se preguntó qué había pasado en todos esos años para que debajo de las alfombras de toda aquella buena gente, todos aquellos jóvenes que se enfrentaban con un cierto temblor en las canillas y en la voz a su primer paciente, debajo de todos esos años de vocación, de trabajo, de preocupaciones, de dolor y de alegría, qué habría pasado para que, despacio, inadvertidamente, como el cansancio que nos cierra los ojos cada noche, se hubiese acumulado tan oscuro y horrendo rencor.













lunes, 20 de agosto de 2018

Un día de furia

La noche anterior, al preparar la mochila, ya podía percibirse que aquella no sería una guardia normal. Sobre la cama se había quedado la maleta repleta de bermudas, polos, camisetas, toallas de playa e intenciones de desconectar, aunque no es ese orden ni tampoco en cantidades proporcionadas. La mochila llevaba lo justo, sobre todo de ánimo. Justo, justito.


Así que la mañana tenía que despertarse con una jaqueca, regalo de los hados por si alguien pensaba que sería fácil rematar la faena. Un puñal sin piedad horadando la órbita derecha con una saña propia de una mafioso resentido. No, resoplando no se iba a solucionar ese primer inconveniente postrero, pero tampoco tenía pinta de que se resolviera con seiscientos cincuenta miligramos de paracetamol, que, no obstante, entraron por el gaznate con los últimos sorbos del café con leche cargado hasta las trancas de cafeína con el que ritualmente el médico buscaba reproducir cada mañana el milagro de Lázaro.


La carretera tenía siempre cierto efecto relajante, pero en esta ocasión se dirigía al noroeste en lugar de hacia el sur, que era hacia donde apuntaba el deseo o la necesidad, así que tampoco ejerció esa labor de gimnasia neuronal que había sido siempre tan eficaz. Al llegar a la consulta, el ordenador escupió un listado casi ofensivo, que dejaba menos huecos libres que en un concierto de Springteen. Los veraneantes se mezclaban con los pacientes de toda la vida, en una macedonia difícil de digerir, de las que provocan reflujos gastroesofágicos incontrolados.


Los segundos son claramente audibles. sobrevuelan las palabras encubriéndolas en demasiadas ocasiones. La empatía se diluye a la velocidad a la que deberían correr las horas; hoy ambas han decidido descoordinarse y dejar de llevarse bien. Pero aunque a veces parezca que el tiempo ha decidido correr al revés, termina rindiéndose a la tiranía del universo lineal y la consulta se acerca a su fin. Mientras el puñal sigue horadando sin piedad el globo ocular, después de haber coqueteado brevemente con el paracetamol, la consulta se cierra. El médico echa un último vistazo asombrándose como siempre de que los objetos no conozcan la añoranza y asistan fríos a su marcha.

El coche no toma el camino del descanso, sino que se dirige a cumplir el último servicio. La enfermera intenta contagiar el ánimo que le viene de fábrica a un tipo huraño al que se le escapan los gruñidos por el latido que le golpea en el ojo. Se suceden uno tras otro los timbrazos, con esa crueldad que parece reservarse el destino de esperar a que el culo se acomode en el sofá para poner en  marcha de nuevo el ritual, que cada vez se acompaña de más juramentos mascullados en antiguo hebreo.


A la quinta dieta blanda astringente que explica, se le nota a punto de añadir arsénico a los condimentos de la limonada alcalina; los llantos de los niños en la camilla parecen multiplicarse en la cabeza como si se hubieran tragado un amplificador Bose, y nota como el buenrrollismo se va oscureciendo como en los malos cuentos de hadas malvadas. Ya no quedan huecos para las carantoñas, las entrevistas se vuelven de una frialdad siberiana al ritmo de sentadillas que siguen marcando sus cuádricpes sentándose y levantándose una y otra vez. Recae en el paracetamol e intenta cerrar los ojos durante la tregua de la cena aunque sea a costa de sacrificar las poco apetecibles bandejas del catering.


Se siente tan cansado que es incapaz de comprender cómo ha llegado hasta esa noche sin haber colapsado en el camino. Las inercias son poderosas y lo mejor es dejarse llevar en la cresta de su ola, porque como adivines el puerto, como le estaba pasando a él aquel día, es posible que te ahogues antes de alcanzar el malecón.

La noche ha sido como todas las de las guardias, de esas que parecen prestadas, de sobresaltos reales e imaginarios, que tanto montan, porque los palos que dan duelen igual en las costillas, y dejan con el mismo insomnio. A la mañana siguiente el Sol parece estar a la distancia de Venus y afinando el olfato hacia el sur, le parece oler las adelfas y el salitre que han empezado a llamarle como las mismísimas sirenas de Ulises, solo que él está dispuesto a tirar por la borda todo el perejil que llevaba tantos meses utilizando para hacer oídos sordos a sus cantos de molicie y pereza.


Al despedirse sonríe cansado a la enfermera y la pide disculpas por haber sido un compañero de fatigas tan horrible. Ella le devuelve la sonrisa, volviendo a resplandecer con su bondad de fábrica. Antes de tomar la ruta a la tierra prometida queda una última visita. Ella es la única razón por la que se va de vacaciones triste, la piedrecita dentro del zapato de su felicidad. Está tan frágil en la cama, de donde ya apenas sale, que al médico se le encoge el alma como sólo saben hacerlo las almas capaces de esponjarse. La besa bromeando para arrancarle una sonrisa que es ya sólo un amago desmayado, una sombra de lo que fue aquella sonrisa que le iluminaba la cara.

Se marcha con la promesa de escribir a diario, intentando tejer una falsa red de seguridad en su familia, la que permiten los móviles y los WhatsApp. Pero se marcha porque ya no puede más, porque no hay quien le eche la zancadilla a ese universo lineal, y él es sólo un médico más que sencillamente, se va de vacaciones.











domingo, 5 de agosto de 2018

Referentes

Aún ahora, después de tantos años, mientras desfilan en silencio a los lados de la carretera los campos de cereales madrugando, mientras las curvas se amoldan al monte y a las encinas, mientras disfruta de esa tranquilidad que parece esconderse siempre tras los primeros rayos del sol, aun ahora, echa de vez en cuando la vista atrás y se recuerda como la joven rockera que no podía dejar de sonreír el día que la recibieron en la unidad docente, el día que conoció a sus compañeros, aquella mañana de nervios e ilusión que aunque parezca una barbaridad, en su imaginario particular de emociones, está casi al nivel del día de su boda, y a menos de un cuerpo de distancia del día que vio por primera vez la carita de sus dos princesas.

Deseaba con tanta fuerza ser médica de familia, había soñado durante tanto tiempo con andurrear por la calles de un pueblo con un maletín de cuero en la mano y el saludo y la sonrisa permanentemente de servicio, había imaginado una y otra vez saborear un mundo de historias, rozar con los dedos otras vidas dejando una mínima huella de cariño, de acompañamiento, de consuelo, había fantaseado tantas y tantas noches de insomnio pre-examen con convertirse en sanadora.

Y la residencia amenazó con defraudarla, pero ella volvía a casa y se ponía su camiseta de Motoröhead, dejaba que Lemmy pusiera el cuello en hiperextesión y soltara en el micro todo el chorro aguardentoso de voz en su As de Picas, prometiéndose driblar todos los obstáculos para que nada le desviara de su objetivo. Seguro que muchos la llamarían cabezona. También es verdad que hay mucho imbécil.

Su tutor la enseñó desde el primer momento a sentir la Medicina por debajo de la piel, una ducha a chorro fresca de humanidad que quedaba lejísimos de todas esas quejas permanentes que escuchaba en cuanto no le quedaba más remedio que oír, de todas esas pirañas que mordisqueaban su pedacito de tarta, de todos esos desencantados de trastabillar desde lo alto de sus columnas.

Su tutor le puso unas gafas para ver la Medicina desde el latido de los corazones de quienes se sentaban a su lado confiados o desconfiados, rotos o eufóricos, derrotados o victoriosos, amados o repudiados. Y le hizo caminar por esa Medicina a paso de tortuga, porque cualquier otra cosa hubiera sido perderse alguno de esos matices increíbles.

Así que aquel hombre se convirtió por derecho propio en el descubrimiento que le cambió la vida, en la figura principal en el altar mayor de sus particulares altares de la Medicina de Cabecera.

Y cuando la película se fundió en negro y las letras The End la sorprendieron, una cabronada parida por unos gallitos cortos de miras llamada precariedad la dejó rezando jaculatorias ante esos altares cada día, cada noche en que volvía de una consulta y otra, una cara tras otra que pasaban como las que se ven fugazmente cuando se cruzan dos trenes, sin que tuviera tiempo para mirarlas bajo la piel con sus gafas de tortuga.

Así que cuando la ofrecieron la oportunidad de dejar de firmar más contratos que autógrafos Lemmy Kilmister en el backstage, y encima para trabajar con jóvenes cachorros, no lo dudó ni un instante, y se dedicó en cuerpo y alma a fabricar más gafas tortugas que Afflelou, aunque se quedara con muchas de ellas en el cajón hasta que se caían de viejas, porque así son las cosas, no todos los ojos toleran esa graduación.

Pero aunque los años pasaron, ni una sola de las noches en que la vida le regalaba una pausa dejaba de pensar ante su altar de la Medicina en la Cabecera en cumplir aquellos viejos deseos de andurrear, de saludar, de consolar, de escuchar historias, de acompañar, de sanar.


Y no fue una decisión fácil. Porque las rutinas a veces requieren divorcios traumáticos de los de tirarse los trastos a la cabeza. Pero ahí estaba, conduciendo despacio mientras el trigo se dejaba mecer, sonriendo a los chavales que cogían el autobús para ir al instituto del pueblo cercano, saludando al cartero que empieza a patear las calles, tomándose un café en el bar de la plaza mientras las vidas se reconocen en la sala de espera de su consulta, con ese afán tempranero de la gente del pueblo.


El aterrizaje no era fácil, cualquiera lo hubiera supuesto. Médica nueva, joven, relevando al médico de toda la vida. La longitudinalidad es extremadamente celosa, y lleva fatal las jubilaciones. Y luego había que aprender a domar a esa fiera de diecisiete pulgadas saturada de iconos, que prometía ayuda eterna pero que encerraba detrás una gravedad de agujero hawkiniano capaz de absorber toda la energía, de tragarse todas las miradas desde detrás de sus gafas de tortuga.

Y aunque ella se resistía, se creía capaz de no perder el oremus, había días como aquel en que la presión le apretaba como si se hubiera puesto una camisa de cuatro talla menos. Y tenía que ir a ver a ese paciente, llevaba días esperándola; sus hijas aceptaban con sonrisas las excusas que les iba dando por teléfono cuando la comía el tiempo. No estaba dispuesta. No había vuelto para dar excusas por teléfono.

La recibieron como si hubiera llamado a su puerta la esperanza. La casa estaba oscura y olía a pena y a agonía. En la cama reconoció a la muerte como sólo saben reconocerla quienes hace tiempo que dejaron de intentar regatearla. De su maletín salieron cachivaches que atraían las miradas de aquellas personas que se repartían alrededor de la cama, de todas menos de su paciente, que mantenía los ojos cerrados, como si no quisiera gastar sus últimas miradas. No, aquello no sería inminente, pero sería, sin duda.

La pena tiene siempre un ramalazo opresivo, que te acompaña hasta la puerta, y se queda allí, junto a las hijas de su paciente, despidiéndola, como una buena anfitriona.

- ¿Quiere tomar un café, doctora?
- No, gracias, tengo que volver a la consulta, he dejado unas cosas por hacer en el ordenador.
- Claro, no se preocupe, otro día. Doctora, ¿usted cree que podríamos llevar a mi padre al curandero del pueblo de al lado?

La médica mira al suelo porque acaba de darse cuenta de que había pisado sus gafas de tortuga, las había dejado hechas añicos, y los cristales le devolvían un reflejo multiplicado por mil de fracaso. Allí, detrás de esas mujeres, tras el quicio de la puerta, esta la pena negra y la médica que siempre quiso ser. Y no lo duda.

- Creo que me tomaré ese café






Ace of Spades, canción contenida en el álbum del mismo nombre, el cuarto de Motörhead, publicado en 1980. Dedicado a una gran médica de cabecera.