lunes, 16 de julio de 2018

Como un pato en el Manzanares

De vez en cuando la vida pega una de sus cabriolas y de golpe y porrazo decide llevarnos veinte años atrás en el tiempo. Yo no puedo dejar de pensar que lo hace para burlarse de nosotros, esos seres insignificantes que se sienten tan importantes durante ese breve parpadeo que son nuestras existencias en el devenir infinito del tiempo.

Me siento muy extraño en el hospital. Se me antoja enorme, una bestia dispuesta a devorarme. Mi mujer y yo nos vamos haciendo pequeños cuando nos acercamos a la puerta principal, ella con una carpeta de plástico en la mano, con ese orden tan alemán que le da un encanto exasperante; yo con un pequeño maletín con un libro, un pijama, y cuatro cosas de aseo, como si fuéramos proscritos obligados a escapar en plena noche.

Hace sólo veinte años me movía por allí como si lo hubieran construido para mi. Veinte años no es nada, miente el tango. Veinte años marean de tanto como son. Me quedo en un segundo plano mientras ella coloca sus papeles sobre el mostrador y el ordenador escupe etiquetas con su nombre y apellidos y como la recepcionista de un hotel, la administrativa de admisión hace un gesto a la celadora que espera tras el mostrador para que nos acompañe a nuestra habitación. La seguimos obedientes, acompasando nuestro paso al suyo, corto y cansado, más cerca de las playas de Benidorm que de la vida laboral.

Cuando llegamos a la habitación, nos quedamos los dos mirándonos en silencio sin saber muy bien que hacer. Es una habitación pequeña, individual, en la zona de maternidad. Se amontonan los recuerdos dentro de las cunas que hay en cada una de las habitaciones, la nuestra girada hacia la zona común de baño que comparte con la habitación contigua. Volvemos a mirarnos sin poder evitar la nostalgia, la reconozco perfectamente en sus ojos, como se que ella puede reconocerla en los míos. Es una nostalgia instintiva e inmediata, a la que le cuesta disolverse incluso cuando la espantamos con los manotazos de la razón y el tiempo.


Enseguida entran una auxiliar que deja el camisón de lunares sobre la cama. Veinte años no es nada para la ropa de noche. Nos reímos de la atemporalidad del atrezzo, las mismas sábanas con la franja azul, la misma manta blanca y áspera, el mismo sillón de tortura. Prefiere ponerse su pijama para esa primera noche. Al poco tiempo entra una enfermera. Es joven, pero se la nota la soltura de llevar ya algún tiempo en el mismo lugar trabajando. Trae sus aparatos en un carrito y cuando empieza su retahíla de instrucciones, mi mujer la interrumpe, se presenta y la pregunta su nombre. La enfermera se queda como aturdida y dice su nombre con timidez, para reanudar enseguida su guión aprendido.


Cuando se va, sonrío porque en realidad me ha gustado la pequeña lección de enfermera añosa que le ha dado mi mujer a la joven. Unos minutos después una auxiliar nos trae dos pastillas con la orden de tomárselas antes de dormir. Lo de para qué sirven y qué te pueden provocar se ve que se da por descontado, en mi chiringuito se hace lo que yo digo y sin rechistar. No puedo evitar pensar en la confianza ciega que deben traer de casa los pacientes.


La noche se hace corta porque los ritmos del hospital son circadianos y molestos, y porque para descansar es mejor un resort del Caribe, qué duda cabe. Las legañas matutinas se las devora el estrés que te provoca ver venir a los celadores a llevarse la cama al quirófano. Somos una triste comitiva siguiéndola. No hay nadie que no se vea frágil y desvalida en una cama de hospital empujada por los pasillos, tapada hasta el cuello con las sábanas blancas logueadas. Las puertas que separan el área quirúrgica tiene sabor a programa de la televisión, de esos que desapareces entre humo y con fanfarrias, solo que aquí mucho más pueril y simplón. Nos quedamos esperando allí, ante las puertas, con otros familiares igual de angustiados y de perdidos, hasta que sale una enfermera con un pijama azul que va nombrando uno por uno a los premiados, nos dice su nombre, recoge nuestros nuestros números de teléfono y nos anuncia las horas en las que se dejará caer por la sala de espera con las últimas noticias de aquel mundo de sabios, de cuchillos y sangre, de dormir hasta casi la muerte y de resucitaciones y de vida.


Durante la espera me he encontrado a un par de pacientes de mis pueblos. Se asombran de verme allí, desubicado y torpe, como si pensaran que esas cosas de las enfermedades no deberán tocar a su médico de cabecera, ni a su familia, como si estuviera dilapidando un crédito concedido por el Ministerio de Sanidad. Me dejan esperando con sus mejores deseos de que todo siga el buen rumbo, y  espero pacientemente a que la enfermera con su uniforme azul con las letras "quirófano" recorriéndola de arriba a abajo, me diga el minuto de juego en el que está el partido, y al menos un apunte sobre si estamos encerrados en nuestro área o dominamos tranquilamente el partido.


La espera la interrumpe el nombre de mi mujer resonando en los altavoces, y las prisas con las que nos acercamos al mostrador. Nos mandan otra vez a la puerta de fama, y allí el cirujano nos sonríe con una sonrisa bálsamo bebé que provoca suspiros y sonrisas contagiosas. Luego unas horas que se hacen de ciento veinte minutos porque ya sólo piensas en volver a verla y acariciarla la cara y hacerle la estúpida pregunta de cómo estás, pues rajada y jodida, como es lógico, pero es que en esos momentos ningún ser humano está para ponerse shakesperiano.


Y aunque te has prometido a ti mismo no usar ninguno de tus contactos, no puedes evitar dudar cuando ves que el reloj sigue corriendo como si fuera el conejito de Duracell, y harto de estar tan harto y tan nervioso, haces un par de llamadas para que al fin le coloquen un teléfono junto a la cara y diga tres o cuatro palabras, suficientes para respirar con el máximo de capacidad pulmonar.


Y vuelves a pensar en qué diferente es ver la corrida de toros desde la arena, con el morlaco echándote el aliento y los cuernos apuntándote a la barriga. Definitivamente, veinte años son muchos, los suficientes para sentirme completamente extraño.


Gracias a cada una y cada uno de los excelentes profesionales de todas las categorías que de un modo u otro nos han atendido estos días, e intentan hacer lo mejor posible su trabajo en lo que para mi es uno de los ambientes más hostiles posibles hacia el ser humano. Gracias por llenar ese ambiente de humanidad. Es"fácil" ser muy humano en una consulta de Atención Primaria, no lo es tanto serlo en un hospital. Así que gracias. 































lunes, 9 de julio de 2018

Ídolos con pies de barro

Mario lleva toda la semana pensando en la consulta de hoy. Toda la semana. Esta última noche ha sido terrible: ha descansado muy poco, nunca pensó que le ocurriría pero la mente humana es extraña.  Y ahora, después de haberse despejado con una ducha más fría de lo normal, después de haber saludado un poco más serio de lo que en él es habitual a la gente con la que comparte la sala de espera, de haber contestado al interés por su madre con apenas unas frases escuetas, agradece el silencio que se ha hecho en torno a él. Es lo que tiene mostrarse antipático: que te ofrece espacio para pensar.


La puerta de la consulta se abre. Reconoce enseguida a una vecina de las que sólo sabe llamarle en diminutivo, como si aun fuera a comprar cromos al kiosko de la esquina. Sale sonriendo e intercambiando frases con el médico, como si se conocieran de toda la vida, conociéndose de toda la vida. Es una figura atemporal, Quizás no tanto, pero para empaparle de temporalidad hay que hacer inevitablemente un esfuerzo, porque forma tanta parte del barrio como la plaza del mercado o el parque infantil. Claro que cambian de aspecto, pero nadie parece advertirlo.


Pero el día le empujaba al análisis, y se lanzaba a él sin dudas, estaba dispuesto a sacar el bisturí y diseccionar. Sigue siento alto, imponente con su bata blanca siempre abierta y recogida tras las manos en los bolsillos, como si fuera la capa de un superhéroe. Y sigue teniendo exactamente la misma sonrisa que un superhéroe, la de quien te rescata de tus miedos, la de alguien a quien apetece dar la mano para atravesar un huracán.

Sonríe a todos los que esperan y le bastan dos frases que se ajustan a la perfección en el delicado intríngulis de los nervios, las  ansiedades y los cansancios de la sala, y que, como si hubiera terminado un puzzle de cinco mil piezas, provocan el mismo efecto relajarte y falsamente placentero. Entregado a su análisis pormenorizado, advierte esa capacidad de hacer que todo fluya, esa tranquilidad que sabe que es capaz de regalar a su alrededor con dos sonrisas, una palmada en la espalda o poniendo sus dedos índice y corazón sobre el pulso radial de un enfermo angustiado.

Y recuerda cuántas veces tocó el timbre de la puerta de la casa de su abuela cuando la carne de su abuelo abandonaba los huesos de su cara para convertirle muy despacio en su máscara mortuoria, y él lloraba, pequeño y asustado, escondido detrás de las piernas de su madre. Y encontraba siempre el momento de revolverle esa maraña de pelo rojo que entonces era imposible que lograra peinarse, mientras las mujeres de su casa se quedaban detrás de él despidiéndole entre agradecimientos y lágrimas.


Y tampoco consigue olvidar el tiempo que pasó consolándoles cuando su mujer perdió su primer niño cuando empezaba a apuntar barriga y ya habían pensado nombres de niña y de niño, sin importarle cuánta gente había detrás de la puerta removiéndose intranquilos en esa misma sala de espera en la que no paraban de asaltarle los recuerdos.

Hay dos tipos trajeados en una esquina, en un lugar estratégico donde son invisibles y tremendamente visibles. Tienen maletines negros y ese aire de suficiencia, de quienes se sienten por encima de pacientes, del vulgo en general. Como si dispusieran de un pase vip. La siguiente vez que se abre la puerta se aseguran de que han sido vistos. Los pases vip funcionan y disculpándose muy amablemente y asegurándoles a todos que será sólo un minuto, son absorbidos por la consulta, provocando apenas un leve murmullo de incomodidad.

En pocos minutos salen entre apretones de manos y se marchan de nuevo con disculpas, reanudándose el desfile de pacientes entrando y saliendo como si nada hubiera ocurrido. Él es el siguiente. No puede dejar de pensar en el artículo que ha leído en el periódico. Habla de cientos de millones anuales gastados en los médicos. No dice en cuales, no dice dónde, no sabe si una parte ha llegado hasta esa puerta que cuando se abra, le dará paso por fin a él. Lleva todos esos días releyendo en su memoria cada línea que le explica algunas cosa en las que nunca creyó que iba a pensar.

Hoy iba a recoger la medicación para su madre. Las pastillas nuevas para el dolor que empezó a probar hace cuatro semanas la dejan adormilada, pasa las mañanas en un constante mareo, le cuesta pensar y a veces parece balbucear como si su cerebro se estuviese convirtiendo en papilla. Tiene menos dolores, pero Mario duda de si el precio a pagar no sería excesivo. Y ahora, antes de pasar a la consulta,  ya no puede dejar de pensar sobre si aún queda dentro de él sitio para el respeto.













lunes, 2 de julio de 2018

Cuidados inversos

El médico llega pronto al centro de salud. Es una costumbre heredada de la disciplina militar que ha vivido en su casa. Se presenta a una administrativa que tiene sujeto entre el hombro y la oreja un teléfono. Dice su nombre y apellidos y ve como toma nota en un papel y entre dos frases apresuradas, le indica con la cabeza el pasillo que conduce a la cocina y el estar. Él está acostumbrado, ha conocido en ese verano ya varias cocinas, y se prepara para la ronda de presentaciones, en el mejor de los casos, saludos corteses y un sinfín de nombres que será incapaz de retener, y en el peor, miradas breves y gestos hoscos que ya ha aprendido a ignorar. Al final todas estas cosas se aprender rápido.


En esta ocasión hay café caliente y una mujer entrada en años, vestida con un uniforme color Guantánamo, con un desparpajo y una verborrea capaz de generar por sí solos un ambiente hogareño en esa cocina despersonalizada, que poniéndole delante una vaso de cristal y metiendo una jarra de leche en el microondas, le da pocas opciones a negarse al redesayuno, pero le arranca la primera sonrisa de gratitud del día. El es un tipo alegre y optimista, pero ese deambular de un sitio a otro, esas presentaciones con sorpresa final, y esa angustia de la consulta desconocida sin duda le están pasando factura.


Poco a poco se van incorporando personajes al sainete. La primera, la administrativa que apuntó su nombre, que le informa de su exitosa alta en el sistema. Veremos. La experiencia le ha ido enseñando que las zancadillas de la tecnología tienen más probabilidades de dejarle con el culo al aire que cualquier otra cosa. Mientras termina su café, le pide que le indique dónde está su consulta; le gusta estar allí un buen rato antes de empezar la batalla: abrir el ordenador, leer el listado de los nombres, familiarizarse con el mobiliario, con los bártulos que se repiten de una en otra, y con los que le sorprenden e incluso, como le ha ocurrido en alguna ocasión, con los que le perturban.


La administrativa le mira asombrada; falta aún un buen rato para que hagan acto de presencia sus compañeros, que aun deberán pasar por la cocina y el ritual cafetero de la mañana, sin olvidar la cohorte de trajeados que han ido tomado posiciones en las sillas de espera que hay justo a la entrada del centro, con sus carpetas preparadas, sus folletos y sus bolígrafos esperando encontrar su lugar en los bolsillos de las batas. Él no lleva bata y prefiere no perder ahí su tiempo. Las dos afirmaciones le conceden la primera mirada rara del día. Está acostumbrado a sentirse vegetariano en una feria del jamón serrano.


Entran un par de enfermeras charlando animadamente. Le regalan una sonrisa amable y sus nombres; el médico les hace el mismo regalo y se promete a sí mismo retenerlos en su memoria al menos aquella mañana. Una de ellas es su compañera de cupo, ella misma le da el dato, justo cuando se disponía a hacerlo la administrativa. El médico le pregunta si hay algún paciente en el cupo que esté muy mal y haya que ir a visitarlo a su casa. A la enfermera la pregunta le ha sonado a chino mandarín por lo inesperada, pero es obvio que le gusta, porque la sonrisa se amplía y mientras se sirve su café de rigor, le cuenta que hay dos pacientes ancianos que lo están pasando mal en los últimos meses, desde que a ambos se les diagnosticaron un par de cánceres cabrones de los que se ceban en personas tan mayores, a sabiendas de que encontrarán la batalla casi ganada sin resistencia. El calor y las pastillas que se toman para aliviar los mordiscos interiores les están pasando factura, y aunque el margen de actuación está lejos de ser grande, las visitas de su enfermera y su médico les ofrecen consuelo, les permiten dar rienda suelta a sus quejas y cuitas, y son árnica del bueno para los dolores del cuerpo y de lo que no es el cuerpo.


El joven médico le pide a la enfermera que encuentre un hueco para ir juntos a verles, pero ella, riendo, menea la cabeza con la misma condescendencia que una madre a la que su hijo pequeño le ha pedido que le lleve a Disneyworld. No tendrás tiempo, le advierte. Una vez que empieces la consulta, no podráss mover el culo del asiento hasta que tengas que irte. El niega con la cabeza, tan obstinado como el niño empeñado en ir a Disney, y vuelve a pedirle que le avise en cuanto está disponible. Durante la conversación han ido llegando más miembros del equipo, todos con sus batas, casi todos saludando brevemente, diciendo sus nombres e interesándose por dónde va a estar o cuántos días se quedará. Él abrevia ya los saludos y disculpándose, se dirige a su consulta.


Pasa como un rayo junto al grupo de trajeados, que están en animada cháchara con tres o cuatro sujetos con batas blancas que miran con interés seguramente fingido los brillantes colores de los folletos, mientras acumulan bolígrafos en los bolsillos y se van cambiando de puesto como si fueran curiosos en la plaza del mercado. Los trajeados le lanzan las mismas miradas que los defensas centrales cuando se les escapa Messi, y miran a la administrativa como pidiéndole fuera de juego, pero ella, como si fuera un mal árbitro, les hace el gesto con la cabeza de que sigan jugando, y aunque a alguno seguro que le apetecería hacerle una buena falta con los tacos de la bota por delante, lo dejan correr, desechando el esfuerzo inútil, y concentrándose en el más sencillo y útil que tienen entre manos.


Cuando el médico llega a la consulta ya hay gente en la puerta. Le miran con ese fastidio con el que se mira al usurpador que ya reconoce tan bien. Aprovecha para imprimir rápidamente su listado y plantarse en la puerta a recitar nombres, saltándose el reconocimiento del campo de batalla que tanto le gusta. La consulta empieza con dos o tres partes de baja. Sabe que no va a conseguir gran cosa, pero no puede evitar un leve sondeo, que es resuelto con frases breves que se traducen de inmediato en su cabeza con un "a usted qué le importa". Luego empieza a llegar la cofradía de los colesteroles, análisis impresos como octavillas de propaganda de la dictadura del miedo. Se intercala algún enfermo, lo que parece convertirse casi en una sorpresa agradable, si no fuera porque la mayoría de ellos se sabe de sobra la fórmula de la limonada alcalina y que si tiene fiebre es mejor que tomen paracetamol. Son veteranos en esas lides, incapaces de retener en algún recoveco de la memoria los cuidados que les han enseñado una y otra vez, una temporada tras otra. Muchos de ellos, en busca del papel que acalle el furor opresor del jefe sobre la clase obrera.


Pasan los pacientes, los dolores de años de cartílagos rozándose entre sí en busca de remedios milagrosos, las narices moqueando a chorro por culpa de las arizónicas, o la flor del olivo, o vaya usted a saber, las peticiones de acudir al paraíso donde están las respuestas a todos los males, ese que empieza con H, donde sí les podrán pedir esa resonancia que la injusticia les niega. El joven médico se resiste al pesimismo, sabe que esa no es más que la realidad vista a travéss del cristal grotesco de su suplencia, pero pasan las horas, tiene el culo pegado a la formica, y no ha sido capaz de encontrar la aguja del valor de su Medicina en el pajar de tanta inutilidad.


Así que cuando la enfermera asoma la cabeza por la puerta con un gesto divertido y le espeta en plan irónico que está lista para ir a hacer aquellas dos visitas de las que hablaron durante el lejanísimo café, el joven médico despacha a la anciana preocupada por la sequedad de sus ojos en ese verano de cuarenta grados a la sombra y disculpándose educadamente con el resto de los pacientes de la sala de espera, les informa de que debe acudir sin falta a ver a un paciente en su domicilio, pero que a su vuelta atenderá a todos los que lo necesiten con sumo gusto, y cogiendo su maletín como si fuera el jodido cesto de las chufas, echa a andar tras la sorprendida y sonriente enfermera.



Dedicado a Julian Tudor Hart, a su Ley de Cuidados Inversos que cada día de mi vida me hace reflexionar sobre mi trabajo y me obliga a actuar para no olvidarme del médico que quiero ser. Gracias.



















lunes, 25 de junio de 2018

Pánico

La médica estrenaba galones y no podía evitar llevar la sonrisa tatuada como si fuera el Joker de Batman. No siempre se cumple el sueño de toda la vida, así que por las mañanas se entregaba al tráfico de la autovía como si estuviese camino del Valhalla y hubiera terminado ya con dos o tres barriles de cerveza vikinga, pero dando cero cero en el control de alcoholemia: es lo que tiene la borrachera por ilusión, que no te quita puntos del carnet.

Es verdad que era sólo las sustituciones del verano, pero era su cupo, en el que experimentó la metamorfosis definitiva que le convirtió para siempre en apasionada médica de pueblo. Las preguntas sobre el paradero del titular eran breves y terminaban en sonrisas compartidas alrededor de su imagen con el Meyba tipo Fraga persiguiendo a sus vástagos por las playas de la Costa del Sol; la potencia del imaginario popular da mucho juego y le pega siempre un buen arreón a la empatía y el buen rollo. Así que la consulta se metía enseguida en sus derroteros de anarquía e improvisación y ella estaba encantada.


No, no es que no se hubiese sentido partícipe durante esos cuatro años de la vida y milagros de sus pacientes, especialmente el último año. Había alcanzado con ellos ese nivel reservado sólo para los jugadores más expertos y atrevidos en el que las confidencias fluyen con la naturalidad de cercanía, y esa naturalidad seguía flotando en el ambiente aunque la figura protectora del tutor estuviera llenándose los pies de arena a quinientos kilómetros de distancia. Así que claro que le quería mucho y le echaba de menos, pero ahora era la hija que se va de casa a estudiar a otra ciudad y se mete en su cocina para prepararse una tortilla con los huevos que compró en el mercado y luego se la come sentada despatarrada en el sofá porque le da la gana y es su casa: se sentía libre, y la verdad, le molaba.


Los primeros días siempre da un poco de vértigo caminar por el alambre sin red, a quién no le daría. La jodida incertidumbre y sus cosas hacen sudar al más pintado. Los terrores del Harrison te asaltan en cada uno de los kilómetros que hay de vuelta a casa, en cada uno de los segundos en que desconectas de las noticias del telediario mientras comes, en cada uno de los instantes en que tu hija te ha preguntado la terrible cuestión de por qué los pájaros vuelan y no le has respondido hasta que te ha pegado un buen tirón de la falda. Y siguen ahí, a pie de cama como si tuvieran un insomnio crónico, asaltándote cada vez que el calor te hace abrir el ojo durante la noche. Sí, los terrores son jodidamente insistentes; por más que te hayan repetido hasta la saciedad lo de la gestión de la incertidumbre, en los momentos de flaqueza te gustaría llevar un body-TAC portátil en el bolso.

Pero los días siguen y al final una se va sintiendo cada vez más cómoda en el papel, como si por fin te hubieran dado el traje exactamente de tu talla y encima te vieras en el espejo tan requeteguapa. Aunque hay un pero. Siempre hay un pero, en la vida, en las relaciones y en las comedias románticas de Hollywood. Y en este idilio con el sueño dorado de la médica, el pero tiene un nombre y su sólo mención consigue que se le quite el moreno de piscina de golpe, provoca una descarga vagal que hace que el Sanex se rinda incondicionalmente en las axilas y un temblequeo de canillas de R1 de neuro diagnosticándole un síndrome de las piernas inquietas.


Guardia. Ese es el nombre del pánico. Sabe en su interior que es un miedo tan absurdo como el que le provocan las películas de fantasmas. Ha hecho cientos durante la residencia, las ha vivido de todos los colores, ha llorado, reído, gritado, se ha desplomado en una cama caliente y ha aguantado en pie toda una noche para rematar con un chocolate con churros. Pero nada de eso parece valer cuando se acerca el día definitivo, el día en que la guardia le retará cara a cara, sin defensa, sin contemplaciones, con toda su crudeza o con toda su bondad, con toda su rareza o con toda su sencillez, como son ellas, como es ella. Durante unos días consigue engañarse sacándosela de la cabeza, o más bien, arrinconándola en circuitos neuronales como vías de tren abandonadas.


Pero sigue ahí y la noche anterior a su primera guardia de adjunta, las horas están como ella de imaginaria, y las cuenta todas, robándola el cansancio un sueño entrecortado e inútil. Y ese día, como el Joker, la sonrisa es más bien un rictus que da miedo. Conduce en silencio, sin música, sin noticias, como si velara armas. Se sabe exagerando, pero que se lo digan a sus manos que están dejando empapado el volante. Ese día la consulta parece más corta de lo normal. Cosas de la relatividad, supone. Cuando termina, en el camino hacia el centro, piensa en cuántos médicos estarán viviendo aquel día las mismas sensaciones que ella. Muchos, piensa. No, no la consuela gran cosa. Tampoco pensar que todo el mundo ha pasado por ello. A la mierda todo el mundo. La que está acojonada es ella. Pero nadie vendrá a solucionar esta papeleta, y nadie se siente nunca lo suficientemente preparado. Así que, aparca el coche, toca el timbre de la puerta mientras lee el cartel de Urgencias. Cuando la puerta se abre, sólo vacila una milésima de segundo.


Dedicado a quienes estos días están dando sus primeros pasos en este mundo que, a pesar de todo, es, de verdad, maravilloso.
















lunes, 18 de junio de 2018

Vergüenza

No se cómo escribir esto. No se siquiera si debería escribirlo. Pero años de creer que las palabras ayudan a digerir los sentimientos me empujan, me fuerzan la mano. Así que ahí está la hoja en blanco y el gañote reseco y anudado en la amargura de las lágrimas que prefieren el camino del esófago antes que el de los lacrimales.


Las cosas pasan siguiendo ese insondable y puñetero camino del destino; una noche te vas a la cama, te despiertas cagándote en los muertos del arpista que grabó la alarma del iPhone. Mientras empiezas a preparar el desayuno a los chiquillos recuperas al móvil para la vida y entonces salta el mensaje que llevaba un rato esperando y que transforma un día cualquiera en un día que nunca debería haber existido.

- Llámame, ha ocurrido una desgracia.

No consigues encajar las piezas en el batiburrillo de neuronas aún por conectar. No entiendes que pasa, pero la palabra desgracia a las seis cuarenta de la mañana deja en pañales el cubo de agua helada del desafío aquel. Encuentras su número sintiéndote el tipo menos tecnológico del mundo y cada tono de llamada se convierte en una invitación a la taquicardia paroxística.

Su voz tiembla ligeramente, pero consigue articular las expresiones con una serenidad impropia de quien ha visto el horror más absurdo desencadenarse frente a ella, y de quien ha rezado escondida bajo el salpicadero de un coche mientras escuchaba el machete clavarse en las tripas de la chapa blanca del pequeño Peugueot.


Explica con detalle los tiempos, revive esa conversación un segundo antes de abrir la puerta, ese impulso irrefrenable de ayudar que escondemos quienes nos lanzamos un día a esto con un polo amarillo con un logo vistoso, un maletín repleto de cachivaches y la ilusión inconsciente de que nuestro deseo de ayudar nos servirá de escudo infranqueable que detendrá las cuchilladas y los palos, las balas y los golpes.


Una ilusión incosciente, sin duda.


Cuesta trabajo articular palabra en esa cocina a medio despertar, en pijama y con los ojos aun legañosos. Porque las imágenes bloquean los circuitos y como por arte de magia, todo en el cerebro se vuelven instantáneas con sus risas, sus bromas, sus historias del desierto, donde la arena y el calor se mezclaban con el agradecimiento y el valor que muchos sabemos que nunca seríamos capaces de encontrar ni aunque no tuviéramos cinco mil excusas que él y tantos como él fueron capaces de superar.


Cuesta trabajo articular palabra, pero al final le preguntas que cómo se encuentra y es ella la que casi tiene que serenarte a ti, desde el subidón de adrenalina que debe provocar ver la tormenta de la muerte desatada tan de cerca, con ese afán que pone a veces por atropellarnos, y haberla conseguido hacer un corte de mangas de los que te dejan dolorida la flexura del codo.Y te parece increíble que haya sido capaz de encontrar el coraje para colocarle un guedel y encontrarle en el brazo inerte una vena por donde empezar a devolverle algo de vida a quien no se merecía dejársela en un charco de sangre en medio de la calle de un pueblo cualquiera.


Cuando al fin cuelgas, dejas caer los brazos como si te hubieras metamorfoseado en un Sísifo que sintiera de repente sobre sus hombros el peso de la jodida piedra. Aunque crees que no serás capaz, le haces un resumen de lo ocurrido a tu mujer, donde casi hay más tacos que contenido, pero que resulta suficiente para que ella se siente en una silla cabeceando y con los ojos encharcados.


Sólo pasan unos minutos antes de que el teléfono empiece a echar humo. Casi lo agradeces, la vida, empeñada en no detenerse a pesar de que pudiera parecer obligada, te empuja a la acción, y en la acción uno se encuentra cómodo, seguramente porque nos sirve para sentirnos vivos. Pero en la pausa se encuentran los recuerdos, los que nos devuelven a momentos en los que debimos ser cautos y fuimos osados, en los que debieron apoyarnos y nos dejaron solos, en los que pudimos ser víctimas y al final fuimos héroes, al menos para nosotros, porque volvimos a casa y besamos a nuestros hijos. En la pausa se encuentra la conciencia del riesgo, de la soledad, del sinsentido, del deber llevado a la gesta, de cobardes siendo valientes y valientes siendo locos.


En la pausa se encuentra también la vergüenza. Te excusas diciéndote que es lo normal, te perdonas escuchando las voces somnolientas de tus hijos respondiendo a tus llamadas, te dices que eres humano, y eso es algo a lo que nunca estarías dispuesto a renunciar. Pero el espejo del baño en el que al final te reconoces, vuelve a escupirte la vergüenza, la que sientes cuando reconoces en tu interior ese alivio indescriptible que te provoca el no haber estado tú esa noche de guardia.


Dedicado con todo mi cariño a mi compañero que lucha por su vida tras haber sido brutalmente agredido cuando sólo quería ayudar, y a mi compañera que escapó de milagro, tuvo el valor de auxiliarle posteriormente y recrea una y otra vez las imágenes en su cabeza.

A ambos, les deseo la más pronta y feliz de las recuperaciones. 














lunes, 11 de junio de 2018

Abismos

El médico se echa atrás en el sillón, pasándose la mano por el pelo en un gesto de desesperación típico de él. Tiene en las manos el informe que acaba de entregarle la paciente y lo relee con el aire de resignación de quién se ha visto en las mismas cientos de veces. Ahí no hay nada que refleje el esfuerzo que lleva haciendo con esa paciente en los últimos años, sus visitas a su casa cuando aprieta el ahogo y el corazón parece querer decir basta, no hay nada de las horas repasando tratamientos, rebuscando interacciones, deshojando margaritas de efectos adversos. El médico sabe leer entre líneas, en las palabras que conforman la historia, un historia plana, ignorante y soberbia que parece transcurrir ajena a la propia paciente y a su vida.

Ella añade unos comentarios de su cosecha, percepciones que pretenden apuntalar el ánimo de su médico, como si temiese que le flaquease la autoestima, como una madre revolviéndose ante unos abusones que hubieron pretendido chulear a su niño.

El médico sonríe agradecido y se rehace. Sí, los golpes siguen doliendo, lo cual es sólo señal de que uno sigue vivo. Se incorpora en el sillón, irguiendo la espalda; cabeceando, escribe unas anotaciones breves en la historia y devuelve el informa a la paciente. Ella le pregunta por lo que tiene que hacer: no piensa tomarse nada si él no se lo dice. El médico la coge la mano en ese gesto que les ha conectado cientos de veces: tranquila, entre los dos seguro que decidimos lo mejor.

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Las primeras horas de essa mañana de sábado estaba siendo particularmente dura en el servicio de urgencias. Ella podía considerarse ya toda una veterana, hacía cinco años que había empezado a trabajar en ese servicio, y aunque no había hecho allí la residencia y desconocía los automatismos y todos esos pequeños intríngulis que gobiernan todos los hospitales del mundo, pronto se dio cuenta de que al fin y al cabo todo se reduce a tratar de hacer lo mejor posible tu trabajo, una vía segura para ganarse el respeto de ese microcosmos que bregaba cada día muy cerca de los cimientos del hospital.

En aquellos cinco años era ya capaz de reconocer de dónde vendrían los problemas tan sólo sabiendo quién estaba de guardia en cada uno de los puntos de urgencias de los pueblos que enviaban sus pacientes al hospital. No era tan difícil. Sus compañeros resoplaban nombrando a los firmantes de los informes que acompañaban a los pacientes, cruzando miradas desoladoras y frases interrumpidas a medias que delataban mucho más de lo que escondían.

Cuando le tocó en suerte el segundo paciente enviado por el mismo médico, cuando leyó esas sucintas cuatro líneas escritas con toda la desgana que puede dejar traslucir un papel y un bolígrafo, cuando vio a esa anciana absolutamente perdida en su marasmo de olvidos, un frágil y pequeño ser humano tendido sobre las sábanas arrugadas de la camilla, sola, con unos ojos aterrados, sintió una pena tan terrible que no fue capaz de retener en su boca los sapos y culebras que le quemaban como una mala conciencia.


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Había sido duro, después de una semana ingresado en el hospital, la serpiente que se escondía en el estómago tenía nombre y apellidos, se había convertido en intocable y su camino estaba más que marcado. A los ochenta y tantos uno no pide tanto: su casa, su cama, sus cosas. Que vaya a verle su médico cuando se encuentra mal, o simplemente cuando se encuentra igual pero va pasando el tiempo y la serpiente avanza.

Y claro que los hijos harían cualquier cosa por nosotros, lo que sea para ponerle la zancadilla al destino y prorrogar lo improrrogable. Así que se sale del hospital con varias citas que seguramente cambiarán pocas cosas y la promesa de que irán verle la gente de cuidados paliativos para hacer que todo sea más fácil. El médico habla con su hijo en la puerta de la casa, antes de entrar a hacerle su visita semanal.

- Como queráis, pero ya sabes que pienso seguir viniendo y que podéis contar conmigo hasta el final

- Ya sabes como es él, no le gusta que le trate nadie que no seas tu, y sabe lo que significan los paliativos, estuvo al lado de mi tío cuando falleció y les vio visitarle mientras duró su enfermedad. Pero he hablado con el jefe de la unidad y me insiste en que esa mejor que vengan, que así estará mejor cuidado.

El médico sonríe con tristeza, ve la ironía de que la vida de su paciente parece convertirse en un trofeo en una competición de competencias, una auténtica mierda que prefiere mandar a tomar por culo, que prefiere olvidar mientras abre la puerta de la casa y entra llamando a su paciente por su nombre a voces, como ha hecho siempre.















lunes, 4 de junio de 2018

Guardias de tormenta

Las guardias tormentosas no suelen ser un buen augurio. Lo saben todos los que se han echado a los lomos horas y horas de esas que acumulan miradas a las nubes de panza de burro por las ventanas de los chiringuitos de urgencias mientras esperan con ansia que descarguen por fin los chuzos de punta y todos los seres vivos se encierren en sus madrigueras hasta que suene la campanada de la vuelta a casa. 

Pero las cosas se alborotan en los ambientes, en las sinapsis y en los sentimientos y tanto alboroto no suele traer nada bueno. Esto es así. Seguro que no queda nadie que haya leído estas líneas con tormentas de guardias a sus espaldas sin sonreír. Nadie. 

Ese día las panzas de burro se habían reventado desde la noche antes de la guardia. Había sido una noche de truenos y golpeteo salvaje del agua contra las persianas, así que poco sueño y un despertador sin capacidad de sorprender. Llovía como si fuera el fin del mundo, formando lagos en las revueltas de las calles recién puestas cuando el médico se metía en el coche y se encaminaba hacia el centro de salud. Llovía como si ya estuvieran esperándole desayunando en el centro los cuatro jinetes del Apocalipsis. Llovía de cojones y el médico odiaba empaparse.


Así que entre unas cosas y otras aquello no empezaba bien ni auguraba nada bueno. Pero ante los malos augurios, el perro viejo encoge el lomo y se prepara para los palos. Y los palos empezaron a llover, no iban a ser menos. Las tres salas repletas de personas que resoplaban agobiados por las estrecheces de sus bronquios imitando a pilotos supersónicos con sus mascarillas vaporosas, la sala de espera como un mercado persa, aunque trescientos decibelios más ruidosa, el médico mentando en voz alta a la madre de Graham Bell y la cabeza abierta con más trayectorias que la cornada de un victorino y unos efectos especiales sanguíneos dignos de una boda Juego de Tronos estaban empeñados en demostrar que los augurios están ahí para quedarse, y sin necesidad de ser adivinos de madrugada televisiva.


Y cuando por fin la tormenta clarea ligeramente, el médico tiene tanta hambre y está tan cansado que cree que será incapaz de masticar medianamente, así que engulle y se acurruca en el sillón, que tiene casi tantos tiros pegados como él, pero que le parece una cama del Ritz. Y los párpados se cierran abandonándose en una inconsciencia maravillosa y breve. Breve y abortada por el teléfono. 

"Luisa se ha tomado diecisiete Nolotiles. Está en su casa. A mi me ha llamado a la mía".

El nombre y la dirección sobrevuelan la memoria. Las guardias terminan teniendo su porción de longitudinalidad. En la historia se reflejan situaciones similares, cercanas, resueltas en los pasillos de urgencias y en las consultas de los psiquiatras con acusaciones de trastornos de la personalidad y peticiones de ayuda y de terror a la soledad. 

El médico se mete en el coche jurando en arameo porque es un ser humano y la lluvia, el cansancio y la guardia le tienen hasta los mismísimos y le han diluido la empatía como si fuera de azúcar y la tormenta de café con leche. Y cuando llegan al piso tiene el contador a cero. Pero esos ojos inexpresivos y la docilidad con la que Luisa se deja hacer le impactan y remueven su conciencia de médico de pueblo, que le da una patada directamente en el culo, un baño de humildad; los dibujos infantiles colgados en las paredes le abofetean y le cuentan la historia que se había olvidado que se escondía detrás de esa desesperanza que hace sacar líquido color polo flash de fresa de la sonda nasogástrica. Y le ayuda a buscar sus zapatillas bajo la cama, le coloca con cariño el abrigo sobre los hombros antes de subirse a la ambulancia, y le ve tumbarse en la camilla con el bolso del dinero y el móvil agarrado, el tubo de plástico saliendo por la nariz y la mirada tan triste, dócil e inexpresiva que parece ya esculpida en mármol.


Y la tormenta arrecia al volver al centro repartiendo los augurios y los truenos a partes iguales. Definitivamente, piensa el médico, las guardias tormentosas no traen nada bueno, excepto que en algún momento, seguro que se acaban.