lunes, 24 de julio de 2017

Porque yo lo pago

  Porque yo lo valgo. Porque yo lo pago. ¡Cuánto daño ha hecho a la civilización occidental la publicidad d L'Oreal! No se conoce nada igual desde las bermudas vaqueras para hombres. 

La consulta del médico había empezado con uno de esos funestos presagios que ponen a temblar al más pintado: había huecos disponibles a pesar de que no había habido consulta el día anterior. Eso solo puede tener dos significados: o un hotel de Marina D'Or se preparaba para recibir una invasión de manchegos o se avecinaba el fin del mundo y no se había enterado el Roberto Brasero. 

Pero el médico, reconfortado por su segunda dosis enteral de cafeína, se arremanga la vocación, le saca punta a la empatía y se lanza al ruedo como Manolete en Linares, con un ojo puesto en la altura de la barrera por si hubiera que saltarla a lo Fosbury. 

Y al asomar el ojo a la sala de espera se le erizan los pelillos de los antebrazos porque en el repaso rápido de la lista previa al cante de los agraciados no había caído en la cuenta de que el Miura quinqueño y que derrota por las dos astas está esperando a ver si hoy por fin sale a hombros el maestro. 

Aunque no le toca todavía, los dos que hay por delante no responden a sus nombres que el médico vocea en tono de pregonero con la esperanza de que estén en el water. Pero es como si se hubieran esfumado. Así que finalmente cede el paso al veterano indomable que antes de atravesar la puerta ya se ha desayunado los diez minutos que tenían reservados los dos desertores previos. 

La consulta se extiende, saltando de una rama a otra como aquella ardilla que recorría la Península Ibérica sin poner un pie en el suelo patrio, la muy anarca. Es como ir al cine por primera vez a ver Titanic: a nadie se le ocurre moverse hasta que se hunde el barco. 

Veintinueve minutos cronometrados. Los segundos los deja de propina. El médico ha cogido la fea costumbre de cronometrar sus visitas. Le acompaña a la puerta palpando la insatisfacción que le ha quedado tras la consulta. Se marcha cabeceando como si supiera que  a la vuelta de la esquina se acordará de otra cosa importantísima que llevaba toda la semana pensando en contarle al médico y al final ha olvidado explicarle. Será el Alzheimer, el azúcar, el corazón, la tensión, las pastillas, los mareos, la tristeza, el prostatismo, los acúfenos, o si viudedad, o todo junto o ninguna de esas cosas. Vaya usted a saber. 

En la sala de espera hay revuelo. Una mujer cuarentona se abalanza a la puerta enfadada. 

-Oiga perdone, ¿por qué hora va, que nosotros tenemos prisa?

El médico tiene no sólo una frase hecha, sino una expresión automatizada lista para aflorar en cuanto detecta esa pregunta. Es un encogimiento de hombros y una sonrisa bobalicona que quiere decir que en el pueblo a la vida en general se le ha olvidado ponerse el reloj de pulsera, y mucho menos a la Medicina rural. Aquí uno sabe cuando llega, pero nunca cuándo atravesará la puerta deseada. 


Pero la mujer se rebrinca. Si no es nueva en el pueblo, debe ser de las de residencia intermitente, porque el médico no es capa de reconocerla. 

-Es que le hemos llamado varias veces por teléfono para que nos active la medicación y no nos ha hecho caso. Y llevamos aquí esperando un montón de tiempo y nos tenemos que ir. 

La situación empieza a hacerse berlanguiana. Durante la soflama, una de las irreductibles, una anciana de las clasicas cuyo cerebro gestiona sus citas mil veces mejor que la App del servicio de salud, ya que parece haber asumido que el cupo de su médico es de una sola persona, es decir, ella misma, ha aprovechado la puerta abierta para entrar en la consulta y acomodar sus generosas dimensiones en una de las sillas junto a la mesa. 

El médico, incapaz de revertir la situación y con las dos piernas metidas en el fregado de la discusión previa y la media hora de retraso, busca rápidamente en el ordenador las demandas de receteo de la pareja de las prisas ante la cachaza de la otra buena señora que parece asistir a una comedia desde las butacas de la claque del teatro. 


Y cuando el médico termina de repasar el tedioso receteo informático de los interfectos, aunque podía haberlo solucionado por la vía rápida, el cuerpo le pide marcha, y ruega a marido y mujer que entren un momento en la consulta para explicarles "una cosita".

Entonces les cuenta que confundir unas facilidades que, aunque dificulten la vida del médico, aligeran la de los pacientes, con una obligación es un grave error, error que genera otro aún mayor, la demanda exigente, propia del cliente con tarjeta de El Corte Inglés, el que establece sus condiciones en la relación de pareja de hecho, porque "el
Cliente siempre tiene la razón", 

Y entonces ella se rebrinca y empieza a elaborar el argumento estrella, el tesoro de Golum de los pacientes impacientes, el Santo Grial de los políticos sanitarios:

- Usted tiene que hacer lo que yo le diga porque yo lo pago. 

El médico no da crédito a lo que ha escuchado. Los años de convivir con sus pacientes habían reservado el hueco a esa expresión a algún iluminado en una guardia, pero para ser sincero llevaba mucho sin oírla. Eso sí, es un viejo número uno de los cuarenta principales que nunca pasa de moda. 

La discusión suele cerrarse con amenazas veladas en la inconsistencia y una enorme tristeza que le amarga la boca al pobre médico como si se hubiera dejado el cepillo de dientes en casa y le hubiera sorprendido una vomitona. Sigue trabajando normalizando un pulso insólitamente disparado. 

Aquel día toda la comida le sabrá a estómago revuelto y vocación cortada. 





(Imagen del 40 aniversario de la famosa frasecita de la afamada marca de cosmética)


jueves, 20 de julio de 2017

El continuum

Yo no llegué a mis pueblos para quedarme siempre. No. Llevaba siete años en Madrid, atascado en mi turno de tarde, llegando a casa a las diez de la noche, después de conducir cuarenta y cinco minutos nunca demasiado rápido, con los reflejos abotargados por las siete horas de pestañas quemadas frente al ordenador. Entraba por la puerta sin hacer ruido para no despertar a mi hijo, que crecía sin que su padre pudiera llevarle al parque, o bañarle antes de acostarle, que se iba a la cama sin sentir los brazos ni los besos de su padre. Me dejaba caer en el sillón sin ánimo ni para sonreír aborreciendo lo que tanto amaba pero me obligaba a ser un padre ausente. 

Un buen día el mundo se volvió loco con la "consolidación", la gran farsa que toleramos todos sumisos, o quizás con la secreta esperanza de que nos tocase la lotería, e inundamos los departamentos de personal de papeles compulsados y compulsivos. 

Y de aquellos polvos vino una chica de Valladolid con apego por mi plaza construida sobre siete años de mis costillas, y en ese intercambio caótico de cromos me vi alrededor de una mesa con otros ocho nerviosos candidatos a algo de paz, y un director médico recitando una lista de plazas y dejándonos quince minutos de cortesía antes de que eligiéramos donde ganarnos las habichuelas. 

Yo había echado el ojo a esos dos pequeños pueblos que, por los comentarios que oía alrededor, no eran demasiado apetecibles. Estar sólo no suele ser plato de buen gusto: no tener alguien que te eche una mano, con quien consultar una duda, o que te cubra si tienes que irte de repente  no es algo que se acepte con agrado. Y el remate final era tener que cambiar de pueblo a media mañana. En resumen, había presas más codiciadas. 

Ya no recuerdo si era el tercero o el cuarto en elegir, pero a pesar de la intranquilidad lógica no se me quitaba la sonrisa de la cara: yo manejaba información privilegiada. Mi mejor amigo había pasado varios años en otro pueblo del mismo centro de salud, y conocía por  él los intríngulis de la plaza, las características de los pueblos, de sus gentes, hasta sabía cómo era el ambiente en el centro, cómo eran las guardias. 

De qué absurda manera te cambia a veces la vida. Era octubre, otoño. Recuerdo cómo le dije a mi mujer que nuestra suerte había cambiado para siempre. 

En menos de un año era el coordinador del centro. Mis compañeros llevaban años en sus plazas, muchos años. Yo les veía como diplodocus: simpáticos y bonachones, pero lentos y anticuados, demodés. Era un gilipollas. 

Los dos más antiguos estaban en los últimos seis o siete años de su vida profesional. Me soportaban con la condescendencia de los que han soportado jovencitos gilipollas en muchas ocasiones anteriores, con la media sonrisa de quien quemó hace tiempo esas pasiones. 

Mientras organizaba las consultas a mi gusto, se tejían lazos invisibles a mi alrededor, pero aún existía en mi interior una resistencia a abandonarme. Al fin y al cabo sólo estaba ahí temporalmente y ya me había desgastado demasiado los siete años anteriores. 

Había tenido conversaciones con compañeros sobre cuándo era conveniente cambiar de cupo. Diez años quizás, antes de que la desidia te invadiera como una lepra, antes de que el culo nos engordara de no moverlo de la misma silla, de que ni siquiera les oyéramos sentados ante nuestras mesas. 

Aquellos dos médicos de cabecera de toda la vida tenían serios problemas con sus consultas: sus cupos se habían desbordado, los pacientes, alegremente medicalizados, acudían una y otra vez, hoy por una receta, ya que estoy aquí, por este dolor en el hombro de hace un año, y mi hijo que ha perdido el trabajo y no duermo por la noche, preocupada. Sus consultas se eternizaban, sus listas se llenaban con tres, cuatro días de antelación, algunos pacientes rebosaban a las urgencias de la tarde y yo les sugería la posibilidad de cambiar sus cupos, de terminar sus años afrontando nuevos retos. Ellos volvían a sonreír porque encima eran buena gente y soportaban estoicos mis broncas, mis cambios en sus agendas, mis estupideces, porque yo tenía claro que era un problema de acomodarse en sus puestos, y no me daba cuenta de que en realidad simplemente hacían lo mejor que sabían, desbordados por una sociedad que al mismo tiempo que había provocado un gigantismo infame de sus pueblos, se había entregado a la tarea de convertir en atemorizados enfermos crónicos a sus integrantes. 

Y el tiempo pasaba como suele hacerlo, como la famosa tortura de la gota china. Y esa maraña de sentimientos que se generan cada día en las consultas me iban poco a poco envolviendo, y en esas llega una oposición, que tenía que ser la mía, porque me pillaba viejo y harto y hasta aquí podíamos llegar. 

Y tras dejarme los sesos estampados en los libros como mosquitos de verano, y derrochar horas de insomnio como un Pocholo ibicenco, pero sin más química que la cafeína, no sólo apruebo, sino que  brillo en una posición inmejorable para elegir. Había dos plazas en la ciudad donde vivo y yo era el tercero. Pero durante una semana, por azares del destino me revolví incómodo en la cama porque existía la posibilidad de dejar mis pueblitos y venirme a quince minutos andando de mi casa. 

Y las ataduras de la longitudinalidad en mi eran ya tan fuertes que esas noches fui un traidor a esas mil quinientas personas que ya me habían osmolarizado. Y sus caras escupiéndome la traición se me presentaban hasta que caía rendido. Y para poderme mirar al espejo por la mañana y así ser capaz de afeitarme y no transformarme en un hipster involuntario, me decía que algún día no aguantaría tanta carretera, que quizás no tendría otra oportunidad de acercarme a casa, que tengo muchos niños que necesitan a un padre que los recoja en el cole. 

Bueno, seré un gilipollas, pero soy un ser humano como el que más, y no es tan fácil no pensar en uno mismo. 

Finalmente la propia vida, en uno de sus giros de cachonda irredenta, eliminó para mi esa posibilidad y me ofreció en bandeja la de convertirme en un héroe para mis pacientes, alguien que decide quedarse con ellos pudiendo irse a cualquiera de los pueblos más cercanos a la capital. 

Y mientras esa famosa gota seguía horadando el contador de nuestros días, yo me abandonaba definitivamente, eliminaba los diques que creía me protegían y por fin entendía a mis viejos compañeros, a todos aquellos que desprecié por conformistas y a los que sólo puedo pedir el más humilde y arrastrado perdón, que encima estoy seguro que me concederán porque son tan buena gente como siempre se mostraron conmigo y con sus pacientes. 

Hoy ya no contemplo ninguna opción que no sea la de jubilarme en esta misma plaza, como finalmente hicieron mis dos compañeros, dejando una pena inmensa en sus pueblos y un hueco difícil de llenar, y que, sin embargo, se acabará llenando, porque la vida es un continuum que termina llenando cualquier hueco, aunque sea más grande que un océano desecado. Algún día aparecerá un jovencito gilipollas que me mire con ojos modernos, con ideas tan nuevas que ya eran antiguas antes de Alma Ata, y cuchicheará a mis espaldas teniéndome por viejo acomodado, al que le gusta tomarse un café con sus parroquianos antes de empezar la consulta y visitar a sus viejitas a la cabecera de su cama, solo para sacarlas una sonrisa. Y espero reírme condescendiente recordando en mi interior que el que fue una vez gilipollas, en el fondo no deja de serlo nunca. 

Este es el antepenúltimo post del año. Como el anterior, quizás se están haciendo más personales, quizás me estoy quedando demasiado en pelotas, a mis años y con este tiempo. Pero hoy quería explicaros como fui parido a la longitudinalidad, a raíz del debate generado tras los excelentes post de mis amigos Sergio Minué y Maxi Gutiérrez

Y además, quién sabe, el año se acaba...








lunes, 17 de julio de 2017

Lágrimas

Tengo veinticinco años. No soy ninguna niña, mucho menos una niña de papá o de mamá. Hace seis años que me tuve que buscar la vida en la gran ciudad en un apartamento con otras tres tías con las que lo único que tenía en común era que entrábamos al piso por la misma puerta. Y poco más. La Facultad, la biblioteca, las horas interminables de prácticas y las pestañas quemadas en los libros no han sido solo cosas mías, faltaría mas, pero yo me las he tatuado en mis costillas y no me da la real gana que nadie me considere una niña mimada.

He luchado como una cabrona por estar aquí. Desde bachiller. Solo porque no concebía ninguna otra posibilidad que no fuese ser médica. Después la paliza del MIR. El estrés de jugarte el futuro a una carta, una especie de última apuesta en Las Vegas que puede hacerte rica o dejarte en pelotas en la puerta del casino. 

Y no sabía muy bien si apostar a par o a impar, a rojo o a negro. Sí, quería ser generalista, alguna especialidad con variantes, que me hiciera saborear la Medicina con la que soñaba de toda La vida, la larga, la ancha, la profunda. Medicina en tres D. 

La bola de la ruleta se paró en la casilla de Familia después de que el croupier dijera por los altavoces del Ministerio aquello de rien ne va plus y me pareció que la banca amontonaba delante de mí una pila de fichas de mil dólares. 

En mi primer mes en la consulta con mi tutor debía parecer un dibujo manga, incapaz de cerrar unos ojos como platos. Todo me gustaba, que digo me gustaba, me enamoraba como una adolescente que no ve ni los granos de su novio quinceañero. 

Llegaba cada día a mi piso, otra vez compartido, aunque esta vez todas teníamos en común ponernos la bata y colgarnos un fonendo al cuello (es un decir: con mi tutor no había bata que valiera y el fonendo colgaba de la pared) y repasaba mentalmente cada una de las delicias que había ganado en esa partida de blackjack jugado contra el destino. 

No, no soy ninguna niña de papá, ni de mamá. Y ahora estoy en este pasillo verde limón llorando como una imbécil y lo que es peor, sintiéndome como una llorona imbécil. 

Sí, los días eran largos, los pacientes se sucedían en cascadas como los rápidos de un río en el deshielo, pero ese escuchar las historias, esos domicilios, esa confianza, esas bromas, esas penas, eran el terciopelo de la Medicina. No me podía creer que hubiera sido tan afortunada. 

No, no soy ninguna mema veinteañera. En las urgencias la vida marchaba a otro ritmo. Alguien había apretado el botón del fast forward y se había olvidado de devolverlo a su velocidad normal. Pero me adaptaba. Me colocaba en modo esponja, absorbiendo lo enseñado y lo ocultado, y aunque el ritmo puede desorientar, ya he dicho que no soy ninguna cría, tiraba para delante con las ganas y la fe intactas. 

Y aquella mujer de treinta y tantos que podía servir como modelo para estudiar la anatomía ósea dejo de respirar porque no había fuerzas en ninguno de sus pellejos para luchar contra una nueva bacteria, y yo me coloqué a la derecha del adjunto frente su marido y su hija preadolescente y cuando sus ojos empezaron a desaguar, los míos volvieron toda la habitación turbia y las lagrimas me cerraron la glotis como un cóctel de gambas a un alérgico al marisco, y pedí perdón con voz de gallo flauta y me salí de aquella habitación de la pena como alma que lleva el diablo, pero sin que se la llevara, sino dejándome a mí cargar con ella como si fuera acero para los barcos durante días. 

¡Que no soy ninguna niña mimada! Pero la guardia amenazaba con hacerme doblar la cerviz como sólo las urgencias de un fin de semana de verano saben hacerlo, a base de no comer, no beber, no mear y apenas pensar. Y cuando los tóxicos se acumulan en un organismo que agota los depósitos de glucógeno y estira al máximo la vejiga, llega un pobre hombre utilizando hasta los músculos de las pestañas para respirar, y mirándote con los mismos ojos del padre de Nemo buscándole fuera del agua, y entonces te lanzas a automatismos que acabas de aprender y que por tanto están en unos pañales que, por cierto, en esos momentos te vendrían estupendamente. 

Y aunque sean las cuatro de la mañana llamas al adjunto porque no te fías de aquellas treinta y tantas respiraciones por minuto. Y entonces el pitufo furioso se convierte en un juez que te interroga, te ridiculiza y te reprocha una bisoñez que el mismo ostenta como adjunto veraniego. 

Y aunque no eres una mema en el pasillo de los baños, donde esperas por todo el santoral que lo de tu compañera sea un desahogo rápido, se te empieza a caer una lágrima sin comerlo ni beberlo y antes de que te des cuenta no ves una mierda con las gafas empañadas ni consigues enhebrar dos respiraciones normales sin un jipido vergonzante. 

¡Que no, que no soy una mema, que no soy una llorona, que no soy una niña mimada, joder! Que soy solo una persona, y encima una médica. 





lunes, 10 de julio de 2017

Cuidadoras

La casa parecía amenazar ruina desde fuera: escombros, malas hierbas comiéndose lo que debió ser un jardín alguna vez, suciedad y pobreza. Al entrar la ruina ya no era una amenaza, era la pura realidad. Subimos unas escaleras detrás de una mujer en chandal negro, que nos había recibido con un escueto pasen.

En la habitación se distinguía el olor inconfundible de la muerte. No hay un olor igual y no se le escapa a un perro viejo acostumbrado a olerlo desde hace años. Costaba advertir que aún había una persona jadeando en medio de aquella cama. Se había encogido hasta el infinito. Las costillas se clavaban en los costados agotándose en cada estertor. 

La enfermera empezó a prepar una palomilla y a sacar las jeringuillas con morfina que llevábamos cargadas, listas para usarse. Yo pedí a la mujer del chandal que me acompañara fuera de la habitación mientras tanto. Tenía un folio en la mano cuadriculado un tanto burdamente con rotuladores azules y rojos, nombres y números, instrucciones sencillas para horas muy complicadas. 

-¿Es usted su mujer, supongo?
- En realidad ya no. Lo fui. Su mujer lo abandonó cuando empeoró. Tenían un hijo que no quiso saber nada de su padre, así que me llamó a mi. Estuvimos casados durante quince años, hasta que se largó un buen día sin avisar y sin decir esta boca es mía. No teníamos hijos y la casa estaba a mi nombre, así que hice borrón y cuenta nueva, hasta que me llamó hace un par de meses. Yo soy viuda. Tengo una hija y dos nietos. Mi hija me dijo que estaba loca viniéndome a cuidarle, pero no podía dejarle morir como un perro. 

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El pesa el doble que ella y le saca por lo menos dos cabezas. No me hago una idea de cómo podrá manejarle para meterle en el baño, para acostarle. La veo muchas mañanas andando por la cuneta de la carretera para llegar al pueblo donde limpia durante media mañana por cuatro perras en dinero negro. Le deja desayunado sentado en el sillón frente a la tele con las ventanas bien cerradas y cruza los dedos para que pase la mañana dormitando. 

Pero algún día ha llegado y le ha encontrado caído junto al sillón, con el pantalón del pijama apestando a orina. Entonces se remanga y como si fuera una hormiga capaz de levantar mil veces su peso, consigue incorporarle, se le cuelga al cuello y deja caer a ese oso de cerebro de niño en la cama. Le quita los pantalones, le lava con una esponja y una palangana e intenta ponerle un pañal. El se lo arranca con sus manazas enormes y ella cabecea impotente y resignada. Le pone otro pantalón de pijama y le deja adormilado sobre las sabanas deshechas, mientras ella va a recolocar el salón y pasarle la fregona al suelo. 


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El se marchó una mañana. Le dijo que no se veía toda la vida cuidando de niños, que no era así como se había imaginado, que se ahogaba. Ella le escuchaba estupefacta, sin poder creer lo que escuchaba. Era demasiado parecido al argumento de una mala serie de televisión. Esas cosas no pasan en la realidad. Pero vaya si pasaban. No solo pasaban sino que antes de que fuera capaz de componer una frase, el tipo salía por la puerta con una maleta y la bolsa de raquetas de paddle. Ella se quedó sentada en el sofá del salón. Pensaba que tendría que ponerse a llorar, o gritar, pero se levantó y se fue a la
cocina a rebozar unas pechugas de pollo para que comieran esa mañana las niñas cuando las recogiera del colegio. 

Cuando terminó, planchó los chandals del uniforme para mañana y preparó la mochila con los patines para las clases de la tarde.

Luego se sentó otra vez en el sofá del salón con la vista fija en la televisión apagada. Podía verse reflejada, aún despeinada con la chaqueta que se ponía por las mañanas para hacer las cosas de la casa. Cogió el teléfono y marcó el número de su antigua oficina. Hacía unos meses se había encontrado a su jefa en el Mercadona y había estado charlando casi media hora con ella, sobre cuánto la echaban de menos, lo brillante que había sido siempre y cómo sintieron en la empresa que les dejara de lado para criar a sus hijas. Se había sentido halagada pero la familia era lo primero para ella, le había dicho sin poder evitar una pequeña sonrisa de suficiencia de la que se arrepintió en el ascensor del supermercado al recordar que su jefa estaba divorciada y apenas veía a su hijo de cinco años. 


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Ella estaba sentada en un sillón de orejas en el salón. El médico rellenaba sobre la mesa camilla el certificado de defunción que habían llevado los de la funeraria. Llevaban días esperando y al final había ocurrido poco antes de que el médico se marchara para su casa. Noventa y tantos años son una larga vida. Los últimos dos habían sido mucho más complicados, con infecciones de orina que le ponían el azúcar por las nubes, bajones que la dejaban groggy como si se hubiera metido en el ring a pelear con    Mike Tyson, y dos ictus que habían terminado por hacerle doblar la rodilla, convirtiéndola en la sombra de la mujer luchadora que había sido. 

Y a su lado en los últimos años siempre había estado ella. Ella, que estaba sentada inmóvil en el sillón de orejas junto al médico, con la vista perdida, mientras él se afanaba en hacer buena letra aunque no se había llevado sus gafas de cerca y no veía una mierda. 

-¿Sabe usted que llevo los últimos veinte años cuidando a unos y a otros? Primero mi suegro, que cayó malo con un cáncer de pulmón y estuvo cinco años bien malito. Mi marido era el único que vivía en el pueblo. Sus hermanas venían a verle los fines de semana pero la que le atendía a todas horas era una servidora. Casi al mismo tiempo que él empezó mi suegra con el Alzheimer y mi marido se trajo a los dos a casa. Mis cuñadas estaban encantadas y ni se las ocurría mentar una residencia, así que a mí mucho menos. La mujer vivió diez años más que su marido aunque los últimos dos años fueron un infierno. Yo la cuidé como si fuera mi madre, por mi marido, que es tan bueno. Y luego mis padres. Se acuerda que mi padre murió al poco de llegar usted al pueblo. Y ahora mi madre. Lo que habré peleado con ella. ¡Veinte años cuidando viejos! Y ahora soy yo la vieja. ¡Veinte años!






lunes, 3 de julio de 2017

Dr Jeckyll y Mr Hyde

El Dr. Jekyll sale de la casa baja con dos bandejas de pasteles haciendo equilibrios sobre una mano, mientras intenta abrir con la otra la puerta del coche. Son las dos ultimas visitas de la semana, las dos pacientes más delicadas, apuñaladas en sus espaldas por un par de vértebras que no han soportado sus kilos ni la carcoma y se vinieron abajo hace ya años dejándolas con una letanía de quejas y suspiros a cada intento de levantarse del sillón o de removerse en la cama. A ambas las ha dado la mano, las ha besado en las mejillas y les ha contado sus planes para un fin de semana que tendrá que esperar a que termine la prórroga inevitable de otra guardia.

Las ha visto suspirar aliviadas sabiéndose protegidas en la distancia corta por él. Al salir le promete a la que le encargó los pasteles que los guardará en la nevera y se los llevara a sus hijos al día siguiente, cuando acaben esas horas añadidas a la semana. 

Ha sido otro buen día, como lo son casi todos para quien siente que le ha tocado la lotería con su trabajo. De vuelta para la consulta comenta un par de casos con su residente y al final se lanza a la deriva filosófica con esa mala costumbre de la que ya advirtió en su momento a la paciente R1 que le escucha con el ansia entusiasta de quién acaba de conocer el que será su mundo. Cuando se da cuenta, sonríe y pide perdón con la boca pequeña, porque sabe que los cimientos hay que construirlos con utopías para que más tarde, los habitantes de esas vidas no dejen nunca de soñar. 


El Dr Jeckyll tararea mientras conduce hacia el Centro de Salud. Vuelve a proponerse mantener a Mr. Hyde escondido donde no sea capaz de avergonzarle. El verano ha permitido una tregua para que los seres vivos puedan respirar sin que les quemen los bronquios y hace un día de sol espectacular. En la zona de urgencias el aire acondicionado está demasiado fuerte. Siente todavía el chute de buen rollo en sus venas mientras se abotona la camisa blanca del pijama y rebusca en la nevera un par de bandejas preparadas para recalentarlas en el microondas. 


El cerebro ha puesto en marcha todas sus movidas prandriales y las glándulas exocrinas y endocrinas están a tope esperando los primeros bocados cuando suena la chicharra. El Dr Jeckyll y la enfermera se miran mientras dejan los tenedores cargados en los platos y consiguen alcanzar el interruptor de apertura de la puerta casi simultáneamente al segundo y más insistente timbrazo.  La comida llegará cuando llegue. A la tercera interrupción prefieres comértela fría, porque al menos te la comes y el tiempo es oro. 


Los días son largos. El verano ha traído a los pueblos a los emigrantes de ciudad, y a las abuelas, a los nietos de navidades y Semana Santa. El verano es cansino como las gastroenteritis, las otitis de las piscinas y las picaduras de los insectos. El Dr Jeckyll conserva aún sus buenos miligramos por decilitro de buen rollo en las venas y mantiene la sonrisa mientras pasa consulta al viejo estilo de su juventud, el del suplente de un día que no conocía a los pacientes pero intentaba hacerlo lo mejor posible. 


La hora punta se atrasa en verano al prime time de la tele y el repunte de casos coincide con el inicio de sus programas estrellas. La cena se convierte en una receta fría y las piernas pesan aproximadamente a dos G. Hay una discoteca al aire libre en frente que les deleita con los últimos éxitos del regetón a volumen de perforación timpánica. Cuando parece detenerse el goteo, al Dr Jekyll el cansancio le ha consumido hasta el recuerdo del buen rollo y se deja caer en la cama a pesar de que Enrique Iglesias se empeña en cantarle gritando dentro de sus oídos. 


Cuando suena el timbre no sabe si ha dormido cien años o treinta segundos. Enrique aún grita. La mamá se sienta frente a él explicándole que a su doceañera le duele el pecho desde hace seis días y que ella le ha llevado a un cardiólogo que ya le ha pedido un electrocardiograma y una analítica con colesterol y todas esas cosas pero que esa noche a la niña le dolía más y por eso están allí sentadas contándole al Dr Jekyll sus movidas. Mira el reloj del ordenador intentando procesar el flujo informativo en él área más racional del cerebro, pero no puede, algo chirría: 

- ¿El dolor le ha empezado hace seis días y ya la ha visto un cardiólogo? ¿Y además le ha pedido pruebas, a su hija de doce años?

La madre asiente. Se da cuenta de que el médico, a pesar de la terrible cara de sueño, ha sido capaz de captar lo esencial de su mensaje. Buen trabajo de síntesis por su parte. 

Un poco más tarde, Hyde está tumbado boca arriba en la cama escuchando a Luis Fonsi competir en ritmo y gritos con Iglesias. Está soltando por su boca todas las ordinarieces de que es capaz. No deja títere con cabeza. Repasa a la sociedad, a los políticos, a los ciudadanos, a los profesionales sanitarios, estamento por estamento, con un cuidado exquisito en el insulto y la borriquería. Se queda dormido ideando estrategias que hacen removerse en su tumba a Ceacuscu y en su cama a Donald Trump, 

Cuando vuelve a sonar el timbre es de día. Jeckyll está avergonzado de la visita de Hyde, y solo le consuela el que al menos no haya conseguido salir de la habitación. Se sienta delante de un hombretón que se levanta la camiseta para enseñarle cuatro picaduras de mosquito en la tripa. 

- A punto he estado de venir a las cuatro de la madrugada del picor que tenía 

Hyde sonríe enseñando los colmillos.