lunes, 28 de diciembre de 2015

El último de Filipinas

Bueno, pues heme aquí después de un año frente a la página en blanco, e impelido por mi autodisciplina a escribir el último de los post de este narrador de historias, guionista de copy & paste, o plagiador de la vida, como gusten en tildarme vuesas mercedes. Domingo de madrugada, en mi cómoda y calentita cama, sin poder evitar un fugaz pensamiento dedicado a los que dormirán en el banco de un parque o en un cajero, en este mundo de ricachones con la conciencia social amputada. 

Y pensando sobre qué tema sería el más indicado para cerrar un año que ha soportado cincuenta y dos disquisiciones erráticas unas veces, desordenadas casi siempre, sinceras y entrañables en todos los casos (entendiendo por entrañables que han sido paridas desde las entrañas) pues embarcado en semejante reflexión, decidí dedicar el último post a hablar sobre mi. 

Y no se trata de un ejercicio de complacencia, unas inyecciones de bótox a mi ego, que, como el de casi todos los médicos, es convenientemente alimentado durante nuestra carrera, especialidades y práctica clínica, sino uno más de los actos de nudismo a los que me he venido de un modo u otro entregando alegremente cual mojigato converso al hippismo más irredento. 

Hace muchos años que coqueteaba con escribir. Fui de esos adolescentes un tanto raros que soñaban con escribir un libro, pero que chocaban irremediablemente con su falta de talento y una paupérrima imaginación. No obstante garrapateé algunas cuartillas que es muy probable que me avergonzarían si supiera dónde duermen el sueño de los justos. Mejor no saberlo. 

Luego cruce el desierto universitario, donde el bolígrafo cumplia otros menesteres y mis veleidades literarias fueron definitivamente enterradas, cubiertas por una pulida lápida de mármol con la inscripción "aquí yacen quienes nunca seremos" y mi fogosidad encontraba candela en devorar apasionadamente bibliotecas y releer compulsivamente a García Márquez. 

Y luego la conocí a ella. Se movía en un ambiente bohemio, donde rebosaba el arte en cada conversación, entre chicos que iban a castings de películas de cine, entre ensayos de compañías de teatro independiente, entre jóvenes directores de cortos prometedores, entre guionistas que preparaban un próximo rodaje. 

Yo me figuraba un mundo de tertulias del Café Gijon, una comunidad de gente interesantísima hasta cuando pedían pizzas por el teléfono, y en el espejo me parecía soso y vulgar. Y tuve miedo de decepcionarla, así que desenterré las grandes esperanzas (¡ay, Dickens!) y me compré un ordenador portátil. Y me puse a escribir. Y en realidad sólo quería tener una lectora, así que cada noche le daba a leer las páginas que había escrito. Ella las leía condescendiente porque estaba enamorada, y me sonreía, con una sonrisa inotrópica positiva, que desde entonces y hasta ahora a mí me ha dado la vida. 

Así que entregaba mis horas libres, que eran bastantes en aquel entonces protohistórico en el que decidí abandonar trabajos un tanto extraños intercambiándolos por horas para estar con ella. Ingresaba mucho menos dinero pero era sin duda, mucho más feliz. Y nunca escribía sobre Medicina o sobre las mil y una historia que llamaban a mi puerta, porque creía que era un truco de mago de verbena, un recurso tramposo para alguien con ínfulas de literato. Así que, embarcado en esas apostasías literarias me pareció menos titánica la tarea de escribir una novela, y a ello me dediqué con fruición y una buena dosis de autoestima propia y paciencia de ella, pues uno muy pocas veces es capaz de ver sus limitaciones, y una persona enamorada muy pocas veces es capaz de quitarle la ilusión a su amado. 

Y, entre medias, un cuentecillo bobalicón presentado sin querer a un concurso de pueblo (pueblo grande, pero pueblo) es premiado y al subir a recoger el premio mi ego flota a nivel himalayo y ella sonríe emocionada, y sus efectos inotrópicos positivos se multiplican en sobredosis casi mortal, y yo termino mi novela y allí se queda ocupando unos miles de bytes en el viejo portátil. Y el sueño de verla entre mis manos sigue recorriendo mi cerebro como esos aspiradores robots que no paran nunca de tragar pelusas, mientras la vida sigue, empujándome testaruda por el camino de la Medicina del pueblo y la cabecera de la cama. 

Y aunque, de un modo u otro (más de otro que de uno) consigues pasar las hojas de tu novela, tembloroso pero con delicadeza, como si fueran de papel de arroz y se deshicieran al contacto de la realidad, esa vieja vida sabelotodo ya se ha salido con la suya y te ha demostrado que no es tu senda esa que anhelabas, pero sonríe desdentada y te ofrece otros manjares irresistibles para cualquiera, para mí el primero. Así que, decidido a ser feliz en tránsito tan breve en el transcurrir infinito del tiempo, no pienso dejar escapar nunca ni una sola de esas sonrisas digoxínicas, y de vez en cuando, o de cuando en vez, quién sabe, puede que  vaya modelando con palabras historias de esas que creía me convertían en tramposo por reflejarlas, cuando, en realidad, ahora más viejo y más bobo, me doy cuenta de que, en lo que realidad me convertían, era en el escritor que siempre había querido ser. 

Gracias a todos por cada una de las más de setenta y dos mil veces que os habéis asomado a esta sarta de historias, cumpliendo un utópico sueño en el que no hay fronteras ni países, solo gente sencilla dispuesta a leer un rato, a sonreír o a humedecer sus ojos alguna vez, por el mero hecho de ser seres humanos. 

lunes, 14 de diciembre de 2015

El continuum

Yo no llegué a mis pueblos para quedarme siempre. No. Llevaba siete años en Madrid, atascado en mi turno de tarde, llegando a casa a las diez de la noche, después de conducir cuarenta y cinco minutos nunca demasiado rápido, con los reflejos abotargados por las siete horas de pestañas quemadas frente al ordenador. Entraba por la puerta sin hacer ruido para no despertar a mi hijo, que crecía sin que su padre pudiera llevarle al parque, o bañarle antes de acostarle, que se iba a la cama sin sentir los brazos ni los besos de su padre. Me dejaba caer en el sillón sin ánimo ni para sonreír aborreciendo lo que tanto amaba pero me obligaba a ser un padre ausente. 

Un buen día el mundo se volvió loco con la "consolidación", la gran farsa que toleramos todos sumisos, o quizás con la secreta esperanza de que nos tocase la lotería, e inundamos los departamentos de personal de papeles compulsados y compulsivos. 

Y de aquellos polvos vino una chica de Valladolid con apego por mi plaza construida sobre siete años de mis costillas, y en ese intercambio caótico de cromos me vi alrededor de una mesa con otros ocho nerviosos candidatos a algo de paz, y un director médico recitando una lista de plazas y dejándonos quince minutos de cortesía antes de que eligiéramos donde ganarnos las habichuelas. 

Yo había echado el ojo a esos dos pequeños pueblos que, por los comentarios que oía alrededor, no eran demasiado apetecibles. Estar sólo no suele ser plato de buen gusto: no tener alguien que te eche una mano, con quien consultar una duda, o que te cubra si tienes que irte de repente  no es algo que se acepte con agrado. Y el remate final era tener que cambiar de pueblo a media mañana. En resumen, había presas más codiciadas. 

Ya no recuerdo si era el tercero o el cuarto en elegir, pero a pesar de la intranquilidad lógica no se me quitaba la sonrisa de la cara: yo manejaba información privilegiada. Mi mejor amigo había pasado varios años en otro pueblo del mismo centro de salud, y conocía por  él los intríngulis de la plaza, las características de los pueblos, de sus gentes, hasta sabía cómo era el ambiente en el centro, cómo eran las guardias. 

De qué absurda manera te cambia a veces la vida. Era octubre, otoño. Recuerdo cómo le dije a mi mujer que nuestra suerte había cambiado para siempre. 

En menos de un año era el coordinador del centro. Mis compañeros llevaban años en sus plazas, muchos años. Yo les veía como diplodocus: simpáticos y bonachones, pero lentos y anticuados, demodés. Era un gilipollas. 

Los dos más antiguos estaban en los últimos seis o siete años de su vida profesional. Me soportaban con la condescendencia de los que han soportado jovencitos gilipollas en muchas ocasiones anteriores, con la media sonrisa de quien quemó hace tiempo esas pasiones. 

Mientras organizaba las consultas a mi gusto, se tejían lazos invisibles a mi alrededor, pero aún existía en mi interior una resistencia a abandonarme. Al fin y al cabo sólo estaba ahí temporalmente y ya me había desgastado demasiado los siete años anteriores. 

Había tenido conversaciones con compañeros sobre cuándo era conveniente cambiar de cupo. Diez años quizás, antes de que la desidia te invadiera como una lepra, antes de que el culo nos engordara de no moverlo de la misma silla, de que ni siquiera les oyéramos sentados ante nuestras mesas. 

Aquellos dos médicos de cabecera de toda la vida tenían serios problemas con sus consultas: sus cupos se habían desbordado, los pacientes, alegremente medicalizados, acudían una y otra vez, hoy por una receta, ya que estoy aquí, por este dolor en el hombro de hace un año, y mi hijo que ha perdido el trabajo y no duermo por la noche, preocupada. Sus consultas se eternizaban, sus listas se llenaban con tres, cuatro días de antelación, algunos pacientes rebosaban a las urgencias de la tarde y yo les sugería la posibilidad de cambiar sus cupos, de terminar sus años afrontando nuevos retos. Ellos volvían a sonreír porque encima eran buena gente y soportaban estoicos mis broncas, mis cambios en sus agendas, mis estupideces, porque yo tenía claro que era un problema de acomodarse en sus puestos, y no me daba cuenta de que en realidad simplemente hacían lo mejor que sabían, desbordados por una sociedad que al mismo tiempo que había provocado un gigantismo infame de sus pueblos, se había entregado a la tarea de convertir en atemorizados enfermos crónicos a sus integrantes. 

Y el tiempo pasaba como suele hacerlo, como la famosa tortura de la gota china. Y esa maraña de sentimientos que se generan cada día en las consultas me iban poco a poco envolviendo, y en esas llega una oposición, que tenía que ser la mía, porque me pillaba viejo y harto y hasta aquí podíamos llegar. 

Y tras dejarme los sesos estampados en los libros como mosquitos de verano, y derrochar horas de insomnio como un Pocholo ibicenco, pero sin más química que la cafeína, no sólo apruebo, sino que  brillo en una posición inmejorable para elegir. Había dos plazas en la ciudad donde vivo y yo era el tercero. Pero durante una semana, por azares del destino me revolví incómodo en la cama porque existía la posibilidad de dejar mis pueblitos y venirme a quince minutos andando de mi casa. 

Y las ataduras de la longitudinalidad en mi eran ya tan fuertes que esas noches fui un traidor a esas mil quinientas personas que ya me habían osmolarizado. Y sus caras escupiéndome la traición se me presentaban hasta que caía rendido. Y para poderme mirar al espejo por la mañana y así ser capaz de afeitarme y no transformarme en un hipster involuntario, me decía que algún día no aguantaría tanta carretera, que quizás no tendría otra oportunidad de acercarme a casa, que tengo muchos niños que necesitan a un padre que los recoja en el cole. 

Bueno, seré un gilipollas, pero soy un ser humano como el que más, y no es tan fácil no pensar en uno mismo. 

Finalmente la propia vida, en uno de sus giros de cachonda irredenta, eliminó para mi esa posibilidad y me ofreció en bandeja la de convertirme en un héroe para mis pacientes, alguien que decide quedarse con ellos pudiendo irse a cualquiera de los pueblos más cercanos a la capital. 

Y mientras esa famosa gota seguía horadando el contador de nuestros días, yo me abandonaba definitivamente, eliminaba los diques que creía me protegían y por fin entendía a mis viejos compañeros, a todos aquellos que desprecié por conformistas y a los que sólo puedo pedir el más humilde y arrastrado perdón, que encima estoy seguro que me concederán porque son tan buena gente como siempre se mostraron conmigo y con sus pacientes. 

Hoy ya no contemplo ninguna opción que no sea la de jubilarme en esta misma plaza, como finalmente hicieron mis dos compañeros, dejando una pena inmensa en sus pueblos y un hueco difícil de llenar, y que, sin embargo, se acabará llenando, porque la vida es un continuum que termina llenando cualquier hueco, aunque sea más grande que un océano desecado. Algún día aparecerá un jovencito gilipollas que me mire con ojos modernos, con ideas tan nuevas que ya eran antiguas antes de Alma Ata, y cuchicheará a mis espaldas teniéndome por viejo acomodado, al que le gusta tomarse un café con sus parroquianos antes de empezar la consulta y visitar a sus viejitas a la cabecera de su cama, solo para sacarlas una sonrisa. Y espero reírme condescendiente recordando en mi interior que el que fue una vez gilipollas, en el fondo no deja de serlo nunca. 

Este es el antepenúltimo post del año. Como el anterior, quizás se están haciendo más personales, quizás me estoy quedando demasiado en pelotas, a mis años y con este tiempo. Pero hoy quería explicaros como fui parido a la longitudinalidad, a raíz del debate generado tras los excelentes post de mis amigos Sergio Minué y Maxi Gutiérrez

Y además, quién sabe, el año se acaba...








lunes, 7 de diciembre de 2015

Bichos raros

Estudiar Medicina ya era entrar en una academia de bichos raros. Un club de empollones con acné transmutados en la élite universitaria, ingenierías y arquitecturas aparte. Un grupo de frikies de la anatomía, del olor a formol, del microscopio y el café por arrobas. Durante la historia interminable en que se convertía la carrera había tiempo para todo, el tiempo que te da la juventud inmortal, donde dormir es estar muerto, y a los veintipocos quién quiere estar muerto. A la mierda James Dean y su bello cadaver.

Los que llegaban a la Facultad con pareja de high school iban percibiendo como las pequeñas grietas de las relaciones púberes se transformaban en el jodido gran Cañón del Colorado. Es lo que tiene quemarse las pestañas en los libros, no poder ir a esa excursión de amiguetes porque te machacarán en biología, u olvidársete el aniversario porque tres horas de cama apenas dan para fijar lo de patología médica y no dejan espacio a mucho más. 

No, no me malinterpreten. Durante la carrera hay tiempo para todo. ¡Cómo no iba a ser así si hay quien, cuando termina, ha pasado en ella una tercera parte de su vida! Y claro que perduran algunos especímenes capaces de superar la tormenta perfecta con sus novios y novias de sus pueblos, que se habían desgastado lo justo en magisterios, derechos y químicas varias. 

Pero lo cierto es que la inmensa mayoría llegó al otro lado del Sahara más solo que la una, o con otro naúfrago solitario, perdido y sediento al que se había arrimado para darse algo de sombra mutuamente. 

Y es que después aún quedaba el purgatorio, como si el mismísimo Dante hubiera diseñado nuestros estudios, y pasabas a enfrascarte en esa angustia de aspirante a registrador de la propiedad que es el MIR. Y entonces te merendabas el verano, el otoño y el invierno, condenado como un Sisifo a cargar con el Harrison de nuevo, a veces enclaustrado en la celda 211 de una academia de corte y confección de hacedores de exámenes, mañana, tardes y hasta noches, y díganme ustedes si hay relación que resista semejante estrés pretraumático. Así que la mitad de los bichos raros que lograron sobrevivir al título firmado por don Juan Carlos echaron por el sumidero de la paciencia infinita a un montón de bellísimas personas que habían dado sopas con ondas a Penélope, hasta que le reventaron la jeta de un buen bofeton al plasta de Ulises. 

Y no queda ahí la cosa: aprobados MIRes, comienza el éxodo en muchas ocasiones a lugares remotos, a meterse en centros de salud y hospitales donde te crees que hay luz del día porque lo has visto en la tele. Y los viajes a casa se empiezan a espaciar, y parece que ya apenas reconocemos el idioma en que nos hablan porque nos hemos acostumbrado a hablar en dialecto klingon-médico, y hay que ser muy médico o muy klingon para entendernos. Y como la comunicación parece limitada a los de nuestra especie, el resto de los humanoides nos miran con caras bobaliconas, mientras piensan que somos gilipollas y además alguien nos ha metido un palo de dimensiones bíblicas por el culo. Es lo que tiene ir a trabajar en bata güatiné o en pijama de colorines con chanclas. Nosotros nos tomamos muy en serio y los demás nos toman por los insoportables bichos raros que somos. 


Así que, así las cosas, las probabilidades de que terminada la especialidad perviva todavía alguna relación sentimental de un tiempo pasado, con un ser animado que no pertenezca al reino sanitario son casi las mismas que las que tenemos de no necesitar gafas: alguno no las lleva, claro, pero la verdad es que en las reuniones de médicos se pone las botas el Afflelou. 

La vida al lado de uno de nosotros no es fácil. Somos gente extraña, con costumbres raras difíciles de entender para quien no haya estado sumergido en nuestra miseria. Y sé que cuando leáis estas líneas, unos pocos sonreiréis ufanos por haber conseguido superar los doce trabajos de Hércules e iros a la cama con el noviete que os tiró los tejos aquel verano de los dieciséis en que por primera vez  rellenabáis el bikini. O con esa mozuela de hoyuelos en las mejillas con la que todos querían bailar en la discoteca de vuestro pueblo, pero que sólo aceptó apoyar su cabeza en vuestro hombro cuando empezaron las lentas. Tal vez en vuestras vidas consigáis el equilibrio con el resto del mundo que os confiere una visión ajena a las bellezas y a las tristezas que encierra nuestra profesión. Tal vez. 


O tal vez realicéis esfuerzos ímprobos por quitaros con la bata todos aquellos sentimientos que creéis que difícilmente podrían ser entendidos por alguien que no sea del planeta Klingon, por alguien que no vea cada día en la cara de las personas angustia, dolor, alegría, pena, desencanto, desesperanza o esperanza. ¿Puede un ser humano realmente despojarse de todo ese traje de sentimientos cada día? ¿Pueden esos esfuerzos convertirse en la carcoma que lentamente vaya abriendo agujeros bajo la línea de flotación?


Es difícil ser solo un ser humano en esta profesión de súper héroes. Sin duda, este es, como decía Mc Cartney, un largo y tortuoso (muy tortuoso) camino. 







domingo, 15 de noviembre de 2015

La absurda crueldad, la enorme bondad del ser humano

Aquel día fuimos a pasar nuestra consulta de tarde en estado de shock, como no podía ser de otra manera. Era jueves y todos llevábamos escupiendo lágrimas frente a las televisiones desde que las estaciones habían empezado a reventar y los gritos de pánico nos removían el estómago. Lágrimas era todo lo que habíamos podido comer ese día y con ese amargor era con lo que tuvimos que afrontar la consulta. Y fue una consulta extraña, de silencios largos y una tristeza pesada, como si a la gente le avergonzaran sus pequeñas penas ante las terribles de los pobres mutilados entre las vías del tren.

Ella no vino a trabajar esa tarde, ni la siguiente. Sin pensárselo dos veces había ido a ofrecerse para lo que fuera, vendiendo su experiencia de tres años administrando el consultorio local, manejando las cuitas de los lugareños con una psicología y una mano izquierda impropias de su carita de niña buena y su juventud, pero alimentándose de un enorme, gigantesco corazón. Y en el torbellino de solidaridad desatado, en la humana necesidad de abrazarse unos corazones a otros, la aceptaron e incluyeron, y allí pasó los siguientes dos o tres días, y sobre todo, las eternas dos o tres noches.

El lunes la vida peleaba por volver a la normalidad. Entraba algo más de comida en los estómagos, aunque seguían alimentándose sobre todo de lágrimas. Y se unió al velatorio un invitado inesperado, el miedo a salir a la calle, a ir al supermercado, a pasear por el parque. Y, sobre todo, el miedo a mirarse a la cara y reconocer el terror en los ojos de los demás, el miedo a que el espíritu de convivencia se transformara en soledad, miradas huidizas y culpables de sospechas cobardes pero humanas. 

Las gentes volvían a las consultas, de donde parecía que no se habían ido nunca, y recuperaban sus artrosis y sus tensiones y sus insomnios, y sus ardores y sus fiebres y sus embarazos, en un continuum que brindaba ilusión de vida, sin poder esconder los terrores de muerte. Y también volvió ella, eficiente pero monosilábica, y con sus enormes ojos arrasados y resecos como si en vez de dos lagunas negras se hubieran metamorfoseado en dos desiertos oscuros y siniestros. Solo nos contó brevemente que había estado colaborando en el dispositivo sanitario, sin entrar en detalles, y quizás los abismos que rebelaban sus ojos nos contuvieron las preguntas en la boca. 

Costaba vivir aquella vida que parecía transcurrir a cámara lenta, pero vivir no es un torrente que sea fácil detener a nuestro antojo, y los amaneceres sucedieron a las noches y los latidos a otros latidos y los pánicos adquirieron sordinas y los niños seguían riéndose en el parque porque esa risa es la bondad que necesitamos los seres humanos, aunque a veces seamos tan imbéciles que la ignoremos. 

Una tarde, pidió verme como paciente. Yo me asusté por lo inusual y me ofrecí como lo que era para ella, un amigo y su médico de cabecera. Sentada en la silla la vi frágil y percibí su extrema delgadez, que hacía llamativas las clavículas y unas muñecas huesudas y malnutridas. Consiguió decir dos o tres palabras antes de que se desbordara el diluvio universal de llanto, un llanto inconsolable de los que cortan la respiración, un llanto que amenazaba con ahogarnos a todos, pero que dejamos brotar sin prisas hasta que se fue acompañando por la explicación entrecortada y angustiosa de las pesadillas que la quemaban cada noche, hasta que se sintió con fuerza suficiente como para contarme cómo pasó dos días acompañando a seres destrozados a examinar fragmentos de otros seres, con la esperanza contenida de no reconocer un pañuelo, un reloj, una zapatilla deportiva, un anillo. Cómo se derrumbaban en sus brazos madres que de repente gritaban al ver la pulsera que regalaran a su hija al cumplir dieciséis años en un brazo amputado directamente de sus entrañas, o los calcetines chillones que siempre llevaba el incorregible de su hijo y que ahora permanecían absurdamente envolviendo un pie sin vida y sin asomo de piedad. 

Veía a todas y cada una de aquellas personas en las horas eternas de sus noches, deambular entre los restos de lo que fueron seres repletos de vida, de sueños o de desengaños, y ya no eran más que abominaciones de la crueldad sin sentido del ser humano. Y no podía dejar de llorar cada minuto de la noche hasta que se secaban los ojos lo suficiente para volver al trabajo, pero sintiendo que se le iba secando al mismo tiempo el alma. Y tenía miedo de que incluso se le hubiera quedado en aquella morgue para siempre y pedía ayuda con una desesperación que me abrumaba. 

Aquel fue el último día que vino a trabajar en los siguientes seis meses de calvario intentando recuperar y reconstruir los trozos de un espíritu que al menos ella sí podría restaurar. Y lo consiguió, porque en el ser humano puede anidar una aborrecible crueldad, pero también una irresistible grandeza. 

Hoy me apetecía contar esta historia que llevaba años guardando para mí, porque yo, aún creo. 



martes, 3 de noviembre de 2015

De niños y pediatras

Había sido una guardia tranquila. Las hay de todos los colores, una verdad inamovible como sabemos cualquiera de los que nos dejamos la salud en ellas desde hace años. En las últimas horas huele en mi centro a café recién hecho por la señora de la limpieza, un olor que me sabe a paz y a descanso. Trasteo por allí saludándola y respondiendo a sus preguntas sobre la noche, sobre mis chavales, sobre las futuras reuniones del equipo, algún que otro cotilleo, la preparación de la cena de Navidad. Esas cosillas rutinarias que me dan tanto sosiego.

El timbre a esas horas es estridente e inoportuno. Cuando nadie te espera no puedes ser bienvenido. Asomarte a la puerta y ver a un padre con su niña en brazos desmadejada taquicardiza al más pintado. Yo no soy menos. Veintitrés años de experiencia y me convierto sin  saber cómo en un imberbe recién licenciado. 

La pequeña ha estado convulsionando en su casa después de una noche de fiebre. La madre llora con el susto atenazándole la garganta. El padre se mantiene sereno sin separarse un milímetro de la niña. 

Aunque el corazón va a mil por hora, las canas se notan, y la profesionalidad toma el mando: hacer nuestro trabajo e irradiar la tranquilidad suficiente a aquellas dos personas que están pasando el trago de su vida. Irradiar tranquilidad se me da bien. Yo creo que es un don, un tesoro concedido en la lotería del destino, que me tocó en su día, y que ya me encargo yo de cuidar, aunque no tengo ningún reparo en dilapidarlo cuando es necesario. Hablo, mucho, sonrío, también mucho, toco, como si pudiera transmitirlo con las yemas de los dedos, y trato de cubrir a todos los que me rodean con ese manto de paz y quietud. Claro que sufro mi propia angustia, estaría bueno, pero queda digerida en el latir apresurado de mi ventrículos y ese leve temblor de manos que lleva conmigo desde no sé cuanto tiempo.

La niña recuperaba lentamente la vida. Abría los ojos asustada, somnolienta, desorientada. Su padre le acariciaba la frente húmeda como si fuera de porcelana china, y ella se resistía a apartar su mirada de la de ese gigante de fuerza hercúlea capaz de protegerla de un huracán en sus brazos. Cuando sonrió al fin por primera vez, de vuelta al mundo de la consciencia, la risa floja se nos escapó a todos los que alborotábamos alrededor. La temperatura de la felicidad se elevó de golpe siete grados por lo menos.

Hablé con los padres. La niña se recuperaba sin contratiempos, pero la observación hospitalaria me parecía lo más oportuno. A ellos también. A aquella hora, la del despertar de las consultas del viejo ambulatorio, la de las ambulancias colectivas merodeando por la provincia llenándose hasta los topes en sus tours del Inserso doliente, esperar que alguna quedara libre para un traslado podía convertirse en una tarea de horas, y la recuperación de la niña era lo suficientemente prometedora como para no activar recursos más melodramáticos y escasos. Pregunté a los padres si habían traído su coche. Les enseñé el mío, un mastodonte incapaz de perderse en un espejo retrovisor. Organizamos una pequeña caravana, ellos delante, con la pequeña animada y parlanchina para satisfacción de todos, yo pegado con mis Stesolid y mis Guedel del 1, y diez o doce jaculatorias, que nunca está de más pedir ayuda, no sea que al final te venga.

En la puerta de urgencias detuvimos la caravana. Les acompañé a la puerta y el padre me dio esa mano que su hija seguía viendo de gigante y a mi me pareció la de un hombre asustado, aunque aliviado. La niña, en brazos ahora de su madre, me lanzó una sonrisa breve, porque el jaleo de aquella puerta llena de gentes de verde no parecía molarle un pelo. Yo me metí en el coche y me fui a tomarme un café con mi mujer como cada mañana cuando salgo de guardia.

Me gustan los pediatras. Me caen bien. Les he conocido de todos los pelajes, de ambos sexos y al menos de cinco países y dos continentes distintos, que recuerde, puede que más. En los centros de salud me provocan ternura. Les he visto muchas veces despistados, desubicados, descolocados, intentando encontrar su espacio en ese batiburrillo social, económico, familiar en que se convierte el pueblo, o el barrio. Les he visto sumergirse en las aguas profundas y peligrosas de la Atención Primaria sin más bagaje que unas clases de buceo en la piscina, y les he visto hacerlo con ánimo y un amor a su especialidad envidiable.

Al mismo tiempo que se sumergen en ese mundo para ellos extraño, a los sones del "bajo el mar" de La Sirenita, se van despojando del pesado traje que soportan por los años entre aparatos, antibióticos intravenosos y surfactantes les había ido confiriendo hasta al Patch Adams más pintado, y casi se puede percibir cómo se van sintiendo más cómodos en un traje más modesto, un neopreno de peor calidad, que al final termina empapándote, pero que viene que ni pintado para sobrevivir en el barro.

He convivido con pediatras que abandonaron la UCI del Valle de Hebrón para atender mil y pico niños de un pueblo dormitorio de Madrid. Y lo hicieron desde la racionalidad, la sencillez y la sonrisa, aunque podrían haberlo hecho desde el resentimiento y la medicalización. He conocido pediatras digestivos, endocrinos, neurólogos, que se hartan a explorar caderas y a enseñar a las madres a lavar las narices a sus rorros.

Y he conocido pediatras aterrados, desnudos sin sus escáneres y sus laboratorios, que aburren con sus miedos y sus derivaciones a urgencias a los padres de sus pequeños pacientes. Y les compadezco, porque se que les da miedo nadar, cuánto más sumergirse. Y es que en el hospital, cuando la palabra incertidumbre entra por la puerta, lo hace siempre dándole el brazo al terror, y contra eso siempre nos quedará alguna prueba y alguna etiqueta.

Me caen bien los pediatras. Son muy buena gente. De verdad. A mi me gusta ver a los niños de mis familias. El sistema está montado como está montado, al menos por ahora. Médicos especialistas en trabajar en la cabecera, en manejar la incertidumbre, en contemplar el paciente en su entorno, convivimos con otros especialistas que tiene que adquirir esos conocimientos a golpe de susto, a base de sudor y de tiempo. La Medicina del pueblo, del barrio, engancha. Y ellos son buena gente y casi todos se dejan enganchar, porque te sientes tan plenamente médico que es muy difícil despojarte ya de su hechizo. Convivimos, nos tratamos bien, hablamos e intercambiamos información porque, al fin y al cabo, nosotros también somos buena gente.


Vuelvo a transmutarme en el doctor Ceriani, soy así de antiguo, así de Country Doctor, no lo puedo evitar. Ustedes me disculparán. Dedicado a todos mis amigos y amigas pediatras, y agradecido por la benevolencia de soportarme y tantas veces, de enseñarme.
















lunes, 12 de octubre de 2015

Domicilios terapéuticos

Cada cierto tiempo, en la consulta recibo un par de llamadas especiales. Ya hace tiempo que mis pacientes utilizan el teléfono para solucionar pequeños problemas. Yo les atiendo de inmediato, pidiendo disculpas a los que detienen amablemente sus relatos. Nadie suele abusar, son interrupciones breves, respuestas sencillas, anotaciones rápidas, que son toleradas con la misericordia propia de quién sabe que pecará algún día.

Esas dos llamadas especiales terminan invariablemente con un "no te preocupes, luego me paso". Son llamadas de socorro pactadas, redes de seguridad para trapecistas de la vida y de la Medicina. Al terminar la consulta me monto en el coche y acudo al rescate. Son los domicilios compasivos. 

Isabel vive en el pueblo de toda la vida. Soportó como los demás el cambio de médico, la marcha de quién les había cuidado durante veinticinco años, torciendo el gesto y resignándose a lo que les trajera el azar. Y el azar me trajo a mi. Me pareció desde el principio una anciana encantadora, una mujer enorme, que se movía despacio y torpona, que acudía a la consulta con el pelo recién peinado, de un gris brillante, con vestidos oscuros y elegantes pañuelos de seda alrededor del cuello. Aunque parecía tener siempre dispuesta la lágrima, era de risa fácil e hicimos enseguida buenas migas. Yo bromeaba con lo guapa que se ponía para venir a verme y ella sonreía picarona. Luego se quedaba callada unos segundos como si sintiera una lanza en el costado, y volvían a brillarle los ojos amenazantes. Me intrigaban esas tristezas, siempre dispuestas a clavarse entre sus costillas. Hay vidas que no descubriríamos ni en toda una vida de escuchantes. 

Poco a poco fueron espaciándose las visitas. Los años pesaban sobre las vértebras aplastadas, capaces apenas de mantener en pie aquella anatomía de mujerona. Juntos habíamos ido racionalizando la vejez, y hartos de buscar otros culpables, habíamos decidido dejar descansar a sus males. Con la primavera solía dejarse caer por la consulta, arreglada como para ir a las fiestas del pueblo, del brazo de su cuidadora, que le habla con acentos pampeños. Celebrábamos juntos el fin de su aislamiento y después de las risas, esos Longinos implacables le recordaban con sus lanzas que ahí siguen los sufrimientos. Luego se marchaba, despacio, pues aún le queda una pequeña cuesta hasta llegar a su casa, despidiéndose como si fuera nuestra última visita. 


Rocío llegó al pueblo no hace tantos años. Entró en la consulta en tromba, como un huracán. Su hijo la traía de su casa en la capital a la residencia del pueblo, mucho más cerca de la casa de él, que vivía en el pueblo vecino.  Apenas me dejó hablar, estaba enfadadísima. Discutía continuamente con su hijo, mientras yo me dedicaba a ojear su historial médico, y a horrorizarme con el sumatorio de potingues que soportaba aquellas generosa anatomía. Un par de consultas semanales de las propias del Dr. Job, pero el del Antiguo Testamento, fueron apaciguando la fiera, que solo escondía el temor y el desamparo, ambas mucho más terribles y devastadoras. Y aquel despliegue de mano izquierda y de ganarse el paraíso terrenal devino en una confianza ciega, en el efecto balsámico no ya de mi presencia física, sino de la promesa de que acudiré a sanar y confortar. 

Y ahora, varios otoños después, la enfermera de la residencia coge el teléfono y me pide que encuentre un huequito para ir a ver a Rocío, porque las malditas vértebras de polispán no la dejan levantarse del sillón y aún no ha querido ponerse la faja que le recomendé. Y la cuidadora argentina me envuelve en sus acentos de futbolista pidiéndome que acuda al rescate porque Isabel lleva dos días sin moverse de la cama. 

Y yo me bajo del coche con las manos en los bolsillos, porque entre nosotros no necesitamos fonendos, tensiometros o pulsis. Porque tan solo me siento junto a ellas, les cojo la mano, les palpo el pulso, que sigue luchando cabezota, les sonrío. Porque pasamos revista a sus dolores, yo, como el perro de caza, pendiente de cualquier movimiento que me descoloque mi acuarela de sus vidas, y ellas repasando cada paletada de color: la espalda, las piernas, los brazos, la pena que les trae el otoño, que les ahoga por la noche. Luego bajamos a la cancha de lo cercano: mis hijos, que son como si fueran nietos suyos, mi mujer. Sonríen pensado en la guerra que me darán los cuatro lebreles, y yo les cuento alguna anécdota, adornándola como sé que a ellas les gusta. 

Me aprietan la mano con un cariño que me lanza trescientos sesenta julios derechos al miocardio, a veces se atreven a darme un beso, que recibo como recibía los de mi abuela, con ternura de niño al que le dan una onza de chocolate a escondidas. Me marcho diciéndolas que los chicos me están esperando para recogerles en el colegio, y me apremian despidiéndome con las últimas sonrisas. Yo me monto en el coche sabiendo que tengo la profesión más hermosa del mundo, sabiendo que Rocío estará al menos una semana dando envidia al resto de las compañeras diciéndolas que he ido a verla a ella expresamente, y será feliz con esas pequeñas ruindades.  Y sabiendo que Isabel abandonará la cama y pedirá que llamen a la chica que la arregla el pelo, que le de los brillos que tan bien le sientan, y sabiendo que las imaginarias risas y travesuras de mis hijos la rescatarán de vez en cuando, de esas terribles penas que la anegan.

Dirán que soy un antiguo, que hago una Medicina poco científica, que no me ajusto al protocolo. Nunca ganaré un premio Nobel, ni esos tan modernos a iniciativas emprendedoras de la e-health. No contaré en las reuniones de los padres del colegio que operé a corazón abierto al hijo del presidente de la Diputación. Nada de eso me quita el sueño, me duermo tranquilo drogado con mi ración de endorfinas que generan las sonrisas de Rocío y de Isabel.

Los médicos de cabecera hemos renunciado cobardemente a los domicilios, hemos preferido cambiar nuestro hermoso apelativo por algo más funcionarial y moderno. Y si los pacientes nos piden que acudamos, les tildamos de aprovechados, de sobreutilizadores, y nos relamemos pensando en copagos o si no, en latigazos en la plaza del pueblo, en retiradas de cartillas o en todos los males del infierno. Nos molesta salir de las trincheras, porque afuera hace frío y es más fácil que te peguen un tiro. Bueno, mientras podamos, resistiremos el fuego cruzado. Por ellos, por nosotros. 

Si aún no lo habéis hecho, os recomiendo que leáis la entrada del blog de mi amigo Máximo Gutiérrez y su posterior entrevista en el diario.es, donde relata su reciente experiencia en Ecuador, y como sublimó el término médico de cabecera. La imagen pertenece al reportaje de la revista Life Country Doctors



lunes, 5 de octubre de 2015

Las trincheras de la medicina

La medicina a pie de calle está repleta de historias de trincheras. Son historias que se rememoran con una taza de café en la mano, historias que arrancan una sonrisa, un suspiro de juventudes rememoradas o un rictus de dolores subcutáneos. Esta es una de esas historias, un historia de otoño frío, una historia de guardias, de vida y de muerte, como todas, y de situaciones absurdas por lo reales, imposibles por lo cotidianas. 

La guardia se dejaba llevar hacia ese rún rún de horas intrascendentes, de conversaciones a retazos interrumpidas por los bostezos. Las últimas horas de un día duro, en las que uno añora su almohada y la respiración sosegante de su contrario o contraria. Esas horas que esconden una última llamada o un penúltimo timbre al que se responde arrastrando los pies, el fonendo y el alma. 

Aquella vez fue una llamada de angustia, un "corran que mi madre está muy mala", de los que revelan terror en cada sílaba, de los que alertan el endurecido sentido arácnido del viejo médico. Mi compañera y yo llevábamos años de guardias juntos, una mirada traduce un mensaje de urgencia que no necesita palabras. Lo demás son movimientos mecanizados y el pequeño coche disparado hacia el pueblo de al lado. 

Se habla poco cuando se piensa mucho, y al final, los GPS se reemplazan por cabezas fuera de la ventanilla buscando los rótulos de las calles a la luz pobretona de las medias farolas. Era un chalet con la verja abierta donde esperaba una mujer acurrucada cómo podía en su bata. Entramos tras ella en un garaje. Sobre una silla de madera una anciana vencía la cabeza con esa dejadez que solo sabe dar la muerte. Su hijo la sujetaba torpemente, llamándola con ese madre tan de los pueblos, y ese dolor tan de las despedidas. 

Al vernos entrar nos miró con la angustia del que lo sabe todo. Su muñeca inerte y silenciosa me decía  lo que era evidente. "Vamos a tumbarla en el suelo", les pedí mientras mi compañera desembalaba el aparataje pertinente. La mujer de la bata corrió escaleras arriba y volvió al cabo de un momento con una manta que extendió sobre el enlosado. 

Rápidamente su hijo me contó que su madre, muy delicada ya del corazón, hacía años que llevaba dos "muelles", había decidido salir a tirar la basura. Pero el contenedor estaba calle arriba y aquello fue demasiado pedir para la vieja bomba cansada que llevaba en el pecho. Cuando volvió, pálida y mareada, se sentó en aquella silla y allí había cerrado los ojos entre los brazos de su hijo. 

Entre todos recolocamos a la anciana sobre la manta, y sus pupilas arreactivas y sus silencios en el pecho corroboraron el relato y convirtieron en trastos inútiles el ambú y los demás chismes que rodeaban su cuerpo inerte. 

Me levanté y como me ocurre siempre a pesar del callo de la experiencia, las palabras se me atragantaron en el gaznate como si fueran brasas. Puse la mano en el hombro de aquel hombre que no dejaba de mirar a su madre, en esos breves y eternos momentos en que de repente somos conscientes de lo insignificantes que somos en realidad. 

Su mujer, aportó el pragmatismo que a veces es de agradecer, y afirmó con rotundidad: "no podemos dejarla ahí en el suelo hasta que lleguen los de la funeraria". Pues no, a todos nos parecía una falta de respeto, pero nos mirábamos los unos a los otros sin ser capaces de reaccionar. Ocupando el centro del garaje había una mesa de billar. El tapete verde resaltaba contra el blanco de las paredes y el suelo, y, por un minuto, los cuatro miramos aquella superficie atraídos por la cercanía. No recuerdo si alguien llegó a sugerirlo, pero me parece recordar a los cuatro protagonistas de la historia desechando con un imperceptible movimiento de cabeza la imagen de la pobre anciana velada sobre una mesa de billar.

"Si les parece, podemos subirla arriba entre todos, a una habitación". Creo que fue el hijo el que lanzó la sugerencia al rescate, mirándonos suplicante, temeroso de que nos negáramos a ayudarles. Mi compañera y yo nos miramos, de nuevo con el mensaje completo en las pupilas, y nos dispusimos a hacer el último servicio a aquella pobre anciana. Cogimos cada uno de una esquina de la manta, repartidos estratégicamente para compensar nuestras fuerzas, y emprendimos camino escaleras arriba, escaleras estrechas y empinadas que apenas te dejaban margen para moverte, con el pánico a que se nos cayera haciéndonos sudar y resoplar. 

Al final, la depositamos con sumo cuidado sobre una cama y muy discretamente recogimos nuestras cosas, dejando a aquella familia con su pena y sus despedidas. Antes de irnos, nos regalaron una última mirada de agradecimiento empapada en una levísima sonrisa. Más que suficiente. 

En el camino de vuelta, comentamos las situaciones tan absurdas que se dan en estas trincheras de la vida, mientras el Centro de Salud nos recibía en silencio, y nos marchábamos a la cama con esa intranquilidad del qué nos deparará la noche que, como los buenos desodorantes, nunca nos abandona. 






lunes, 21 de septiembre de 2015

Pena

No consigo quitarme la imagen de la cabeza.  Los brazos repletos de arañazos, la cara y el cuello, allí medio ocultos por las servidumbres del paso del tiempo. Pero en la cara y los brazos morenos resaltan  y escupen la pena. Y los ojos que no resisten ni una lágrima más y deciden dejar de contener lo incontenible. No consigo quitarme la imagen de la cabeza, la pena más descarnada y rabiosa.

Ella es asombrosamente pequeña, diminuta. Camina siempre como si el mundo se fuera a acabar en ese instante, una faena que resultaría insoportable, con la cantidad de cosas que tiene por hacer. Va calle arriba y calle abajo empujando el carrito de su segunda nieta, lleva a la mayor al cole, da una vuelta a su casa, luego a ver a su padre, apañarle un poco, después la comida, las niñas, su marido y su hijo que vienen del campo cansados, y a la tarde, a limpiar en otra casa. 

Al salir pasa por la residencia a ver a su madre. Esta sentada en su silla de ruedas en el comedor, mirando por la ventana, ajena a la televisión y a las conversaciones de los vecinos, ajena al mundo que ve por la ventana. Ajena a su propia hija. La coge la mano y la besa. Huele a orina. Pide a una auxiliar que por favor la cambien el pañal. Aún no es la hora y además si quiere cambios fuera de hora tendrá que traerse los pañales de casa porque están contados. Se calla y traga saliva. Saliva que quema la garganta. Entonces descubre en el brazo un par de erosiones y un hematoma que no estaban allí ayer.  Se ha debido agitar a la hora del baño matinal. También le ocurría en su casa, pero allí, ella se armaba de paciencia y se tragaba las lagrimas que le provocaban los improperios obscenos y vulgares que salían de la boca desdentada y también ajena, a ella e incluso a su propia madre. 

Esa mujer fuerte que puso en pie aquella familia, que atemperó los gritos con que hablaba su marido trasformándolos con cariño y paciencia, apenas puede ponerse en pie. Vuelve a preguntar a la auxiliar, que está agotada y despeinada, restando los minutos que faltan para que llegue el turno de noche. Sospecha que esta demasiado medicada, que algo más está ocurriendo. La auxiliar se muerde la lengua para no soltar lo que está pensando, porque sabe que se juega su trabajo, y tampoco están las cosas como para irse al paro. Al final se contenta con asegurarle que solo se le da la medicación pautada y que si cree que puede tener otra cosa, que hable con el médico. 

Se despide con un beso en la cabeza que apenas provoca un parpadeo en su madre. Le coloca una horquilla y se marcha a su casa con su mismo paso atropellado de siempre. Antes pasa por la de su padre. Ella está acostumbrada a su tono de voz, que siempre fue parecido al de un pregonero, pero que a la vejez ha adquirido un tinte cascado y metálico que impresiona al que no lo conoce. Está intranquilo porque también la notó muy parada y apenas si le había mirado un par de veces a pesar de su estentoriedad. 

- Mañana iré a hablar con el medico para que nos quedemos tranquilos.

No le gusta dejarle solo pero no hay quien le mueva de su casa y al fin y al cabo no llegaran a doscientos metros de distancia de puerta a puerta. Son pocos, pero a veces se convierten en un mundo salvador, y otras desesperanzador. Aprovecha una llamada de su hija para pedirla que coja cita al día siguiente con ordenador. Las moderneces son un avance, pero para ella han llegado algo tarde. 

Esa noche, rendida en la cama, no encuentra un hueso, o un músculo que no la duela. Pero como tantas otras, el sueño no es misericordioso con ella. Y aunque se esfuerza en vaciar su mente y relajarse, no puede expulsar las imágenes de su madre lanzando manotazos, clavando las uñas donde encuentra carne que arañar, escupiendo palabrotas que no tenía ni idea que conociera. Recuerda el calvario como si ella hubiese sido el Cireneo, o el mismísimo Jesucristo, por lo que pesaba la cruz. Los olvidos, tontorrones y hasta divertidos al inicio, y oscuros y tenebrosos mas adelante. Las búsquedas por los caminos con el corazón en la boca y el alivio de encontrarla mirando un horizonte que solo veía ella.

Recuerda la manía del mal sabor de boca, que le hizo beber colonia un par de veces, y por la que le obligaba a llevarla al médico al menos dos veces por semana.  Y las alucinaciones, terribles en su realidad paralela, que la hacían llorar como una niña aterrada, y que no desaparecieron hasta que dejó de tomar aquellas pastillas que querían ayudar y encerraban esos horrorosos disparates.

Recuerda la consulta empapada en llanto en la que confesó al médico que había alcanzado su límite, que afrontar aquel dolor era demasiado para ella sola, y que habían decidido probar la opción de la residencia del pueblo. Fue una consulta repleta de vergüenza que no alivió ni la actitud comprensiva del médico ni la racionalidad que le brindaban los arañazos de su cuerpo cansado.

El despertador es un chisme inútil en su mesilla de noche, hace años que no necesita ponerlo. La rutina diaria es demasiado tirana como para permitir reflexiones relajadas, y además es inmisericorde con los insomnes. No importa. El sol sale de nuevo y todo recupera sus ritmos egoístas.

Llega tarde a la consulta, pero como no  hay listas en la puerta, el médico la hace entrar nada más verla esperando. Sabe lo que le va a decir: que la enfermedad avanza, que esas desconexiones serán cada vez más prolongadas, que es difícil acostumbrarse a vivir en un ambiente tan diferente. Lo sabe todo. Intenta no llorar, pero para qué, ya está más que harta de tener que hacerse la dura. Al menos allí tiene unos minutos para masticar el dolor.

Se lleva un papel para una analítica con efectos relajantes sobre las conciencias de todos, y se marcha escupiendo su propia confesión: que ella tampoco se acostumbra a la residencia, que quiere entregar de nuevo sus brazos, su cara, su cuello a esa destrucción lenta y terrible a la que la naturaleza a condenado a su madre.

Sale a la calle empujando el carrito de su nieta como si no hubiera mañana, aunque sabe que sí lo hay, y que por ahora, seguirá siendo igual de desesperanzador.


El 21 de septiembre es el día elegido por la OMS para difundir y dar a conocer en todo el mundo  información acerca de esta enfermedad. La demencia afecta a 47,5 millones de personas según cifras de la propia OMS, y cada año se calcula que se registran 7,7 millones de nuevos casos. Aunque la demencia ha sido considerada como una prioridad de salud pública mundial, hay dos vertientes que a mi juicio aún requieren de un esfuerzo máximo de parte de las instituciones y de la propia sociedad: el impacto abrumador sobre las familias, y la protección de los derechos humanos de los afectados.


Y ésto sin olvidarnos de que contemplamos este panorama desolador desde nuestros sistemas sanitarios y sociales del mundo desarrollado. El 58% de las personas con demencia viven en países de ingresos medios o bajos. Creo que no somos capaces de imaginarnos las situaciones de desamparo y miseria que puede acarrear. No somos capaces ni siquiera cuando nos duelen en nuestras consultas, seguro que no lo somos, hasta que nos da de lleno.




martes, 8 de septiembre de 2015

El médico sin médico

Sus gafas siempre habían sido su barrera, y él lo sabía. Y jugaba esa baza, porque con esa cara de nieto de Dorian Grey, a veces, demasiadas, a la gente le costaba trabajo tomarle en serio. No es que no las necesitara, sin ellas no veía un pimiento, pero necesitaba aún más el aire de respetabilidad que le ofrecían. Porque él era y siempre había querido ser, un tipo serio. Desde el colegio. No es que no se hubiera corrido sus juergas. Para esas sí que se quitaba las gafas, y durante mucho tiempo, costaba que le dejaran entrar en los garitos. Pero él quería ser un buen médico, y creía imprescindible envolverse en un halo de seriedad, que transmitiera confianza a sus pacientes.

Tardó en descubrir el poder de la sonrisa en la consulta, venía con esos frenos difíciles de soltar. Cuando empezó a hacer la residencia de Familia, cayó en un grupo donde transitaban dos o tres de esos residentes un tanto desvergonzados, dados al chascarrillo y a la desdramatización. Le chirriaba bastante, pero no pudo evitar la atracción de la camaradería que irradiaban, y terminó integrado en el grupo. Eso sí, daba el contrapunto de seriedad sin caer en la pedantería ni el aburrimiento, así que al final, se hacía querer.

Después del inevitable purgatorio hospitalario, cayó en las manos tutorizantes de una eminencia con bigote, de las que hay que adivinarles la sonrisa con los pacientes, una de esas fotocopias de Ramón y Cajal, que luego en la cocina del centro de salud y con la taza del café en la mano sueltan unas barbaridades del siete. Así que parecían hechos el uno para el otro. Se cortaba la formalidad con un cuchillo. Pero él estaba a gusto, había tenido suerte.

Fue de los primeros entre sus compañeros en desembarcar en una consulta, y no como un invitado, sino para quedarse unos cuantos años. Los pacientes le miraban al prinicpio recelosos, y él se parapetaba un poco tras sus gafas salvadoras y su bata. Les ofrecía serenidad, profesionalidad y fiabilidad. Quizás echaban en falta ese toquecito empático (aunque no supieran muy bien cómo definirlo) pero hasta a los serios se les coge cariño con el tiempo, y a él se lo cogieron porque era buena persona y un excelente médico de cabecera.

Durante años escuchó, trató de entender, utilizó sus conocimientos para conducir a sus pacientes por una camino tranquilo, a pesar de los asaltos medicalizadores, de las tentaciones tecnologicistas, y de los miedos, los de ellos mismos, los de la sociedad en la que vivimos y los propios, pues los demonios habitan en nosotros, que digo habitan, campan a sus anchas como Pedro por su casa.

Fue un médico sensato, con el primun non nocere tatuado. Un buen bagaje. Hasta que un día empezaron a temblarle las manos, un temblor tontorrón, pero molesto. Se las miraba sin quitarse las gafas, como para darse a sí mismo seguridad. Siempre había sido un tirillas, pero de pronto empezó a percatarse que la ropa bamboleaba, y puso en valor los comentarios sobre su excepcional delgadez de los pacientes, sobre todo los de sus muchas fans de edad mediana, por lo indeterminada.

Una analítica extraída en su centro una mañana reveló un tiroides peleón y nervioso. Era de esperar. Se rellenó el mismo una interconsulta con los endocrinos, pero la dejó a su caer, no quería que le arrollara el síndrome del recomendado. Siguieron unas cuantas visitas amables con una endocrina que utilizaba un tono paternalista y docente que le incomodaba, pero como era de buen corazón (él, la endocrina no tenía ni idea) pensó que era más bien un problema de sus propios prejuicios que una realidad.

Y un día aparecieron los primeros fármacos: antitiroideos. "Vamos a ponértelos a dosis bajas, a ver cómo va tu tiroides". Sin más. Que no le hablara de efectos adversos posibles lo atribuyó a su consideración con un compañero. No es que fuera un pastillero, pero nunca le había hecho ascos a un ibuprofeno, o a un omeprazol si hacía falta, así que tampoco le dio mayor importancia. El problema vino cuando empezó a notar un desagradable cosquilleo en la pierna derecha. Hacía unos años, tras un par de ciáticas molestas por lo limitantes, había acabado con una resonancia de espalda escupiendo una bonita hernia discal, que el traumatólogo, y el no repetirse las ciáticas dejó en el limbo del olvido.

Ahora reaparecieron sus fantasmas, pero cuando, a la mañana siguiente, el runrún amaneció también en el brazo derecho,  y hasta en la pierna izquierda, las alarmas se pusieron en defcon cuatro en su cabeza. Al terminar la consulta se presentó en el hospital buscando a la endocrina. Ya se sabe, privilegios de ser de la casa. "No, es casi imposible que sea de la medicación. Si además la tomas a dosis muy bajas".

Salió de allí con una interconsulta con los neurólogos que decidió abreviar por la vía del amiguismo. Esta vez el síndrome del recomendado le importaba ya un carajo. Fue a degüello a abusar de un conocimiento que remató la pertinenete exploración neurológica pidiendo unos potenciales evocados y una resonancia magnética nuclear cerebral, así, como el que pide uno con leche.

Aquella noche no pegó el ojo. Fantasmas con caras de sillas de ruedas, de sondas nasogástricas para tragar, de amigos compungidos disimulando mal la pena. Los hormigueos llegaban ya hasta la coronilla, su cuerpo entero era un criadero de hormigas, la jodida marabunta. Desde su atalaya de serenidad intentó hacer frente a los infaustos pronósticos autoimponiéndose una resignación islámica. Pero aquel esfuerzo de contención contribuyó poco a disminuir los sudores nocturnos. A la mañana siguiente cogió el teléfono y llamó a uno de sus amigos, de aquellos que fueran en su día jóvenes juerguistas despreocupados, y que ahora peinaba canas en un pueblito estepario.

Le pidió su opinión profesional sin intentar disimular su angustia, ni su falsa resignación ante lo inevitable. Y aquel amigo se calzó las botas de sosegar, y despacio, sin atropellos, le cogió de la mano y le trajo a la senda de la serenidad, sin que sintiera en exceso la patada en el culo que le estaba propinando.

"¿Qué habrías hecho, qué le habrías dicho tú a un paciente si te hubiera consultado con este problema?  ¿Por qué le cuesta tanto creer a tu endocrina que la aparición de unos síntomas claramente  registrados como  efectos adversos en su ficha técnica, aunque se presenten con poca frecuencia, puede ser la explicación más posible? ¿Acaso lo vive como una amenaza, un descrédito de su decisión? ¿No hubiera sido más razonable suspenderte el medicamento un par de semanas para ver si existe relación causa-efecto?"

Y la pregunta más importante de todas: ¿por qué no tienes médico de cabecera?

Cremos que el hecho de ser médicos nos exime del miedo y la angustia, nos confiere la capacidad para mantenernos fríos y distantes si nos enfrentamos a nuestra enfermedad, o la de nuestros seres queridos, pero no es así. Somos usuarios con tarjeta oro de Sanitas, decidimos a qué especialista debemos acudir porque, quién mejor que nosotros. Nos engañamos. Porque la enfermedad desnuda nuestras miserias, y se nos nota el miedo debajo de la piel, y el raciocinio se va a tomar por culo.

Lo que deberíamos hacer es utilizar nuestros conocimientos para encontrar un gran médico de cabecera. y permanecer fielmente a su lado como cachorrillos, ni siquiera como iguales, ni como amigos. Estamos viviendo en un permanente riesgo de hacernos daño. Será mejor que abandonemos cuanto antes ese camino. Si no lo queremos para nuestros pacientes, como razonaron en su día Juan Gérvas y Mercedes Pérez Fernández en el magnífico blog de Rafa Bravo Primun non nocere, no lo queramos para nosotros mismos.

Me comentaba no hace mucho el propio Gérvas que en Nueva Zelanda, uno de los indicadores de calidad utilizados a la hora de valorar a un médico de cabecera, era si éste disponía así mismo de médico de cabecera. Vale que Nueva Zelanda está en nuestras antípodas, pero ójala fuera así sólo en el sentido geográfico.

El dibujo, maravilloso como siempre, es de mi gran amiga Monica Lalanda


























lunes, 31 de agosto de 2015

Olor a humanidad, olor a amor, olor a muerte

Una pareja extraña. Sin duda. Llegamos a la puerta del chalet a la hora de comer. Se han quedado las tortillas hechas enfriandose en la cocina. No sabemos nada de ellos, no son de aquí. 

Los desplazados molestan. Vienen sin sus informes, olvidan sus medicaciones, creen que estos secarrales son las riberas del Manzanares, y sólo somos un puñado de médicos de pueblo. Demandan y sobrecargan y los jefes no lo reconocen. Viejas quejas para viejos problemas con viejas soluciones. Forasteros en tu propio país. Un despiporre. 

Un chalet setentón con muros de gotelé grueso, una casa descolocada en medio de una urbanización burbujera. La puerta metálica está cegada con una malla densa. Oímos ruidos de llaves detrás y unos desasosegantes sollozos. Las manos tiemblan y no terminan de encarar la llave adecuada. La cerradura se atasca  y los sollozos se vuelven hipos y juramentos. 

Me cuesta adjudicarle una edad. Me lo impide una melena negra despeinada que cae sobre la cara, aunque medio enseña lágrimas de las que ensucian, y mocos. Me da la sensación que renquea un poco de la pierna derecha. Tartamudea, quiere contestar a mis preguntas, un tanto atropelladas por la premura, realizadas mientras buscamos el salón donde está su marido. Hay algo raro. 

Ese vistazo de perro viejo haciendo domicilios, ese análisis canalla de datos blandos que nos dan los cuadros, los muebles y los olores. Me sale sólo. Han sido muchos años. Cuadros impersonales, sillones y sofás a un paso de convertirse en vintage, pero por ahora vulgarmente pasados de moda. 

El está incosciente, sentado en el sillón con la cabeza volcada hacia atrás, la boca semi abierta. Al verlo, mi gesto instintivo es aproximar el oído para oír le respirar, aliviado. Mis compañeras despliegan su profesionalidad sin que medien apenas palabras. Mi olfato de perro viejo me señala una cartilla de las de apuntar los azúcares que esta semi escondida por una bolsa repleta de paquetes de tabaco. 

El LOW del glucómetro activa nuestros protocolos internos, los que no necesitamos que nos tatúen los jerifaltes. Luego los papeles doblados dentro de un sobre mugriento me revelan enfermedades de esas que manifiestan su crueldad devorando desde las tripas sin dar más oportunidades que las de despedirse de quienes quieres mientras aún te queda algo de aliento. 

Ella me confiesa que ha tenido una trombosis cerebral y me culpo por malinterpretar el arrastre de la pierna y de las palabras. Y entiendo mejor las lágrimas de desamparo que no han parado en todo el tiempo que ha tardado la glucosa al 50% en espabilar al caballero. 

Luego se sienta a su lado, ya recuperada la consciencia y el habla, y le da zumo de  naranja de un modo torpe y cariñoso. 

Qué ha llevado a aquellos dos seres golpeados por la naturaleza a abandonar sus redes de seguridad y venirse a estos pueblos a mitad de camino de ninguna parte, precisamente cuando la vida se empeña en forzarles el paso no puedo ni imaginármelo. Pero os garantizo que la miseria huele. El amor también, por cierto. 

Habíamos pasado buena parte de la mañana absorbiendo otros olores. Con el mismo aroma a desesperanza, pero rematados por una sonrisa agradecida a pesar de los auto-engaños que quieren hacer más llevadera la proximidad del final. El cáncer nos enfrenta a nuestros terrores más profundos: el dolor, la desesperanza y la muerte. Por eso nos aterroriza, y por eso requiere un valor del que no siempre dispones. Y esa cobardía  es de las pocas que no pueden reprocharse.

La muerte huele, es un hecho. Huele cuando empieza a sobrevolarnos. En realidad siempre está allí revoloteando como las gaviotas sobre el barco pesquero. Pero sólo nos alcanza su olor cuando nos decidimos a mirar hacia arriba. 

La guardia no estaba resultando demasiado complaciente. Hoy tampoco encuentro el ánimo. Quizás mañana. 

lunes, 24 de agosto de 2015

Confieso que no he vivido

Andaba yo esta semana aterrizando en las consultas tras veintitantos días de oír la palabra papá a ritmo de ametralladora, es decir, andaba con esa sensación de pérdida que te generan las vacaciones que morirán por un año, y de euforia por retomar aunque sea parcialmente las rutinas que desprecian los jóvenes alocados, y que tanto agradecen nuestros riñones añosos.

Andaba, como suele ocurrirme habitualmente, dándole vueltas al por qué de la dicotomía que muestran mis dos cupos, a pesar de ser muy similares en cuanto a numero y composición, y de soportar al mismo médicucho (o sea, yo) en los últimos nueve años, que es algo así como el séptimo de los problemas del milenio, esos que quedan aún por resolver, y con los que se pueden ganar un millón de dólares. Bueno, pues yo no tengo un millón de dólares, pero invito a una buena cena a quien resuelva el misterio: en uno se respira paz, tranquilidad, se mastica el tiempo. En el otro, se palpa la ansiedad en la sala de espera, se atropellan las consultas, el teléfono suena sin parar. Me preguntaba si se puede extrapolar un diagnóstico del DSM-IV a toda una población: trastorno de ansiedad poblacional. No sé. Se lo preguntaré algún día a mi psiquiatra steampunk de cabecera.

Andaba, también, ocupado pensando de qué hablaría tras esta primera semana de trabajo en esta modesta boutade, después de la serie veraniega de los pecados capitales, que, como todas las series, terminan afortunadamente.

Andaba mucho, como habréis podido apreciar.

Y en éstas estaba, cuando entró en la consulta Magano. A Magano no le ha llamado por su nombre de pila yo creo que ni el cura que lo bautizó hace mas de 80 años. "¿Qué nombre habéis decidido ponerle a vuestro hijo?"  Entonces alguien tosió con fuerza en la iglesia y el cura no pudo oírlo. Así que dijo: "Magano, yo te bautizo in nomine Patri, etc". Disculpen la fabulación, pero aunque sé cómo se llama, yo también le interpelo por su apellido y él tan a gusto. Venía Magano con unas bermudas que dejaban al aire las canillas morenas, su garrota en la mano y los audífonos chirriando como dos locomotoras locas. Se sentó a mi lado y sacó su libretilla cuadriculada de muelle, algo arrugada, con cuatro o cinco tensiones anotadas.

- "¿Qué tal en Torrevieja?". Magano se ríe con una risa de chaval travieso, como si estuviese en primera línea de playa viendo a las chavalas en top less.  - "¡Muy bien!"  Sin entrar en más detalles. Luego me cuenta que ha paseado por la playa, que han estado allí sus sobrinos. Magano es un solterón de los perjudicados por la falta de mujeres en el pueblo, el exceso de trabajo durante la postguerra, y las pocas habilidades sociales. Con otros dos compañeros de parranda, discípulos de soltería, eran clientes habituales del  puticlub de un pueblo cercano, aunque cuentan las malas lenguas que se enzarzaban en discusiones fieras por quién ha pagado esta Mirinda.

Sus cifras de tensión son muy buenas, renquea algo de la próstata, pero los bronquios le dan el respiro estival que tan bien le viene, así que esta contento. - Ahora me vuelvo para allá. Bromeo con él sobre lo bien que vive a su edad, mientras veo que hace mas de año y medio que no le hago una analítica. No soy de natural pesado, ya me conocéis, pero sus potasios y esas cosillas me inquietan (tomar un antihipertensivo y una pastilleja para la próstata tampoco es gran cosa a los ochenta y cuatro años) así que le pido que me ponga fecha cuando vuelva para mi pequeño ejercicio vampírico.

- Eso si vuelvo - me contesta. - En los últimos cuatro años he tenido que volver hasta dos veces para ir al entierro de un compañero, un amigo o un familiar. Igual me toca a mi esta vez. - Y vuelve a echarme la sonrisa de hoyuelos que derretía a las putas en la barra donde se calentaban las Mirindas.

Cuando Magano se marcha, me deja pensando en la tranquilidad con que va descontando, con que tacha los días en el calendario. Ya no me quedan paciente que atender en mi pueblo tranquilo. Tengo que acercarme a casa de un anciano que navega entre las tormentas de sus hijos veraneantes, esperando, con ansia creo,  que retomen sus vidas, y él sus tranquilidades, pero aun tengo tiempo para leer un artículo que propone que todos nos convirtamos en pre-enfermos, para así poder tardar mas en ser enfermos. Y me pregunto si no estaremos pre-viviendo, para así tardar mas en vivir, aunque en realidad estemos pre-muriendo, sin apenas habernos dado cuenta. Por si acaso, por ahora, prefiero confesar que no he vivido.

Pablo Neruda es para mi uno de los más grandes. Confieso que he vivido es su maravillosa obra autobiográfica, publicada en 1974, y cuyas últimas líneas están fechadas diez días antes de su muerte, el 23 de septiembre de 1973.














lunes, 17 de agosto de 2015

Los pecados capitales 7: la codicia

Codicia: afán excesivo de riquezas. Deseo vehemente de algunas cosas buenas.
Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. 23ª edición. Octubre 2014.

Hoy terminamos este camino dantesco de reflexión sobre nuestras flaquezas y debilidades. Ha sido un camino más duro del que los chascarrillos han podido aparentar, y solitario en realidad, sin mi Virgilio particular, excepto la propia conciencia, que no es moco de pavo.

Terminar con la codicia ha resultado paradójico. Porque en su concepto judeo-cristiano  de afán excesivo de riqueza también me contaminó en su día. Y porque en la más benevolente definición de los académicos de la RAE, sueño despierto cada noche de insomnio. Expliquémonos y sometámonos a su generosa indulgencia.

Primera parte: esa codicia infame y vergonzante.

Sí, yo también quise ver en la Medicina un camino para enriquecerme. Puedo poner excusas de juventud, pero excusas al fin que tapan poco las vergüenzas. Yo tenía la residencia tierna, y había encontrado de rebote en el deporte profesional un mundo de lujo de niños mimados acostumbrados a tener un médico a cualquier hora a golpe de teléfono móvil de última generación. Y aquel despilfarro de coches caros, de ropas de marca y porteros que aparcaban tu coche en la puerta del Barnum me atraía como la luz a una polilla, a una polilla cada vez más vacía de valores, y a la que, si le rechinaban los dientes, le bastaba con ponerse unos auriculares caros en las orejas.

Cuando te falta el contrapeso del amor profundo, es fácil perder la perspectiva. Y el sueño. Porque me faltaban días en el mes para pasarlos de guardia, en un trabajo que me llevaba de una casa a otra del Madrid de las horas golfas. Hacia visitas domiciliarias nocturnas para una compañía privada; yo pago, ergo el médico viene a las cuatro de la madrugada a mi corrala a verme un callo que me ha salido en el juanete. Regardé la gilipolluá (recuerdo de Tip y Coll sólo para viejunos)
Dinero a fin de mes, ojeras matutinas. Aunque no hay mal que por bien no venga: descubrí el gusto por los domicilios, ese mundo desconcertante donde las miserias se esputan con la tos y se defecan con las diarreas. Y donde las fotos y los muebles te cuentan historias increíbles, amargas o tiernas.


Y luego completábamos el dislate con un trabajo de Atención Continuada en el único Centro de Salud que quedaba abierto por la noche en mi ciudad de provincias, un centro que rendía pleitesía al gigantismo de las Urgencias del Hospital, abierto como un Seven Eleven solo dos calles más abajo. A veces sufríamos el trasvase de sus saturaciones y otras, muchas, nos compensaba con el hospitalismo ciego de la población: quid pro quo, como diría Hannibal Lecter (en este caso, con similar canibalismo)

¿Cómo, que me quedaba algún hueco libre, unas mañanas al bies? Sustituciones a saco, hoy por este, mañana por aquel, aquí un médico de pueblo, allí un pediatra moderno, acullá un expendedor de recetas y partes. Suma y sigue. La cuenta corriente engorda al mismo ritmo que se dilapida la buena Medicina que debía estar sembrada por ahí en algún lugar de tanta tierra yerma. Me hacia falta que alguien me incrustara una brújula en la cara, una auténtica patada en los cojones, vamos.

Hay relojes que sólo los para un martillazo. Y sólo hay una fuerza en la naturaleza humana capaz de convertirse en ese mazo pilón. Resumiendo, y para no entrar en detalles, me lleve el martillazo en salva sea la parte y tal día hizo un año. Al contrario que en el refrán, el amor entró por la ventana y a la codicia la dimos boleto por la puerta como señores que somos. El mazo aun respira tranquila cada noche en la almohada. Y por muchos años.

Segunda parte: la codicia benevolente. El deseo vehemente de algunas cosas buenas

Deseo vehementemente una sociedad sin miedos, de humanos preocupados por reír y gozar, o por llorar y sufrir, que no busquen respuestas a cada por qué, que sonrían cuando se despiertan por la mañana, y valoren la temporalidad de sus vidas, en vez de buscar una inmortalidad tenebrosa.

Deseo apasionadamente una sanidad justa e igualitaria, un reducto de humanidad y humildad, de comprensión y cariño. Una sanidad con ciencia y con conciencia, ajena a las perversiones del dinero, preocupada y ocupada en servir, centrada en el que necesita ayuda en el trance del enfermar o del morir.

Deseo ardorosamente un sistema sanitario repleto de médicos de cabecera que se sepan el nombre de sus pacientes, que sepan cuantos nietos tienen, que sepan por qué le abandonó su mujer, que sepan por qué no se habla con su hermana. Repleto de gestores que olviden sus números y vuelvan a ver a las personas, que entiendan quien debe ser el centro de todo.

Deseo entusiastamente un mundo de hospitales pequeños, con pocas camas, abiertos y cercanos, con muchos generalistas y visitas continuas de los médicos de cabecera. Un sistema con unos pocos hospitales que concentren esos ojos de cíclope enormemente necesarios, pero en su justa medida. Médicos que vuelvan a sentirse médicos, traumatólogos que  ausculten a un paciente que tose, cirujanos que interpreten un electro, neumólogos que sepan calmar el dolor de un cólico nefritico de uno de sus pacientes sin rellenar siete hojas. Y pacientes que sean personas, no números en una habitación, o, peor aún, diagnósticos fríos.

Deseo fervientemente una vuelta a la medicina rural de siempre, médicos de cabecera abandonando las trincheras de sus consultas, renegando de los edificios gigantiásicos, a los que se encuentre en la casa de una ancianita, o en la guardería, o hablando con los gitanos que acamparon junto al río, para ver si han vacunado a su chavalería.

Deseo todo eso en una noche oscura, con ansias en amores (por la Medicina) inflamada, ¡oh, dichosa ventura! estando ya mi casa (gracias a estas reflexiones veraniegas) sosegada. Y que me perdone San Juan de la Cruz por el atrevimiento de robarle unos versos.


Con este retablo final completa El Bosco, al igual que lo hacemos nosotros, la Mesa de los Pecados Capitales que puede admirarse en el Museo del Prado de Madrid.
En ella, representa un juicio en el que el juez, lejos de impartir justicia, acepta un soborno de una de las partes o incluso de las dos partes en litigio. (Wikipedia)



lunes, 10 de agosto de 2015

Los pecados capitales 6: la envidia

Envidia: tristeza o pesar del bien ajeno. Emulación, deseo de algo que no se posee. 
Diccionario de la Real Academia Española. 23ª edición. Octubre 2014.

¡Ay, la envidia! Hablar de la envidia en un blog de un español, y no irse a los 150.000 caracteres sin espacios es tan difícil como que mi madre sepa decir a sus amigas cual es la especialidad que hizo su hijo el médico. Al final, la mujer termina diciendo que es médico en un pueblo y ahí lo deja, sospecho que con un deje de vergüenza y... ¡anda! con envidia de la que dice que el suyo es cirujano en el hospital donde operan al rey.

En fin. La envidia es el ancla que arrastramos por la senda que nos lleva a la felicidad. Si finalmente hemos consensuado con los gurús de la espiritualidad (y conociendo el Nepal sólo por Españoles por el mundo) que la felicidad es disfrutar de lo que uno tiene, la envidia viene a meternos el dedo en el ojo de nuestro camino zen. A joder la marrana, vamos, en román paladino.

Así que, hallándome como me hallo a estos mis cuarenta y tantos en estado de felicidad, sí, como suena, y sin necesidad de ser mucho más explícito, pues, ingenuo de mi, creí que me costaría escribir sobre esta toca pelotas. Pero, no. No. En la breve reflexión previa al tecleteo, ya tuve que decidir centrar el tema en la Medicina y adláteres, para no caer en el terreno mas mundano de mis entretelas. Ustedes me comprenderán.

Y antes de lanzarme a relatar mis envidias médicas, versión abreviada, no se preocupen (la versión del director da para una novela y de las gordas) quiero dejar claro que no se trata aquí de hablar de esa estupidez que nos hemos inventado para justificarnos, la envidia sana (ya se sabe, añada usted salud a cualquier cosa, y manita de chapa y pintura, como nueva). Hablaremos de envidia de la de verdad, la humana, la que huele, esa.

Aterrizar en la Facultad y la primera en la frente. Resulta que allí había un ciento y la madre de hijos de médicos, chicos y chicas que llevaban mamando desde la cuna la filosofía de esta profesión, que habían visto a sus padres llegar a casa ojerosos y sonrientes, agotados y satisfechos, que habían oído anécdotas emocionantes, divertidas, tristes, que habían adivinado entre líneas el traje de súper héroe de su padre o su madre. Yo, ni por el forro. Mis tratos con la Medicina se limitaban a las visitas del pediatra (sí, antes iban a tu casa cuando estabas fatal, increíble, ¿verdad?) y pare usted de contar. Afortunadamente crecí en una familia "desmedicalizada", de las de vacunas y se acabó. Con cinco hijos, había poco tiempo para pasar el día en la consulta y mi madre aun no se había dejado expropiar su capacidad de cuidar a sus vastaguitos. Mi llegada a la Medicina fue la evolución lógica de un tipo listo al que se le daban bien las ciencias pero le encantaban las letras: una ciencia humanística.

Luego vino la envidia de esos fieras capaces de sacar una notaza en el MIR y poder así elegir la especialidad que querían. Yo, maniatado por mi complejo de inferioridad, que en realidad no era mas que una constatación de capacidades, apenas me esforcé en prepararme, allí me presenté y, en un golpe de fortuna, en una lotería de esas que no sabes que te ha tocado hasta que pasan los años, me encontré residente de medicina de familia.

Y podemos añadir la envidia de tener un trabajo de sólo tres año fijos,  mientras mis amigos tenían cuatro o cinco, que terminaban casi siempre en contratos en sus servicios, el que no lo complementaba con trabajitos en las privadas (eran otros tiempos, menos precarizados en los hospitales), y yo desaguando en un mercado saturado por una bolsa de médicos que durante años había quedado excluidos de la élite MIR, pero se ganaban las habichuelas en el mercado libre de la Atención Primaria.

No, no tenía envidia de sus especialidades, todas me parecían excesivamente cortas de miras, no me veía a mi mismo restringido a una sola faceta de la Medicina, es una cuestión de gustos, que no se me enfade nadie. Pero ese brillo social de cualquier especialidad hospitalaria, esas preguntas de "¿en qué hospital trabajas?", esas insinuaciones de si me quedaré para siempre en el pueblo o ascenderé a trabajar en el hospi. He sentido una especie de envidia de clase que me ha costado aprender a desterrar.

La lista de envidias, ahora que la desgrano, no solo me avergüenza, incluso me asusta. En fin, dejémoslo aquí. Yo ya me he embarcando en el camino de la felicidad. Lo he hecho desenganchándome los anzuelos que me lanzaba la envidia dichosa, y os aseguro que se camina mucho más ligero. No digo que no me pinche de vez en cuando, a quién no, solo faltaría que tuviera que andar detrás de mi la Congregación para las Causas de los Santos. Que estén tranquilos, que este pecador, seguro que seguirá pecando.

En esta ocasión, El Bosco, representa a la envidia en La Mesa de los Pecados Capitales (Museo del Prado. Madrid) con una pareja de enamorados (un burgués que intenta seducir a la mujer de otro) dos señores (un mercader que mira a una joven noble que lleva un halcón en el puño) y en la calle, dos perros con un hueso. (Wikipedia)



sábado, 1 de agosto de 2015

Los pecados capitales 5: la gula

Gula: Exceso en la comida o bebida y apetito desordenado de comer y beber. Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. 23ª edición. Octubre 2014.

En el pasado cualquier forma de exceso podía caer bajo la definición de este pecado (wikipedia)

No, no me paso la consulta comiendo, ni bebiendo. Ni compulsivamente ni circunspectamente. No mordisqueo galletas escondidas en el primer cajón de  mi mesa entre paciente y paciente (me imagino recibiéndoles con la boca llena, escupiéndoles migajas mientras amnanniseo, pobres)

Tampoco guardo una petaca  de whisky en el bolsillo de la bata. Sería difícil en mi caso, porque la pobre creo que duerme el sueño de los justos en casa de alguno de mis cuñados que se metió en su día a pintor de brocha gorda.  

Mis pecadillos de gula se limitan a unos caramelos de eucalipto con miel que me trae el bueno de Fulgencio  cada vez que viene a la consulta a charlar un poco de su mujer y sus lagunas de memoria cada vez más profundas y anchas, y echamos unas lágrimas por aquel hijo que se les fue tan cruelmente en su niñez e hizo de sus vidas un infierno de pena y pastillas para los nervios. 

Apenas bebo durante la consulta. Me lo reprochan mis residentes, muy adictas ellas a los buchitos de sus botellitas de agua mineral (algunas recomendadas por los amigos de la AEP, que al fin y al cabo, no ha tanto que abandonaron el desideratum de la edad pediátrica)

Eso si, no perdono los cafés. Uno en casa, madrugador,que comparto con Rosa Taberner por esas magias del Twitter que me permiten ver amanecer el cielo de Mallorca, otro antes de empezar en el bar del pueblo, codo con codo con mi compañero, enfermero de los que fueran jefes locales de  Sanidad, hijo adoptivo del pueblo por desposorios, mientras se despereza la auxiliar de la residencia del turno de noche y miro para otro lado con falso disimulo para que no le sepa amarga la copa de coñá al bueno de Mauricio. 

Luego un tercero a media mañana que no me lo pongo con un 18 porque no quiero molestar al enfermero.  En fin, que no trabajaré a turnos, como dicen los chicos de la Cochrane, pero que yo diría que este espabile que me da la cafeína no es gula sino pura y dura necesidad. 

Pero abandonemos la infructuosa búsqueda de la gula tardo-cristiana, de difícil encaje en mi día a día (aunque no inexistente en este páramo, como bien saben los chicos de la BigPh) y centrémonos en el más abstracto que recogían los wikipedienses, con esa referencia a un pasado de excesos que se me hace un presente. Y ahí sí que hemos pecado, y lo hemos hecho como gordos cardenales renacentistas. De algunos de esos excesos ya hemos hablado: de diagnosticar, de medicalizar la normalidad, de pruebas, de búsquedas, de fármacos, de atemorizar y exigir y regodearnos luego en el medico-centrismo.


Pero hoy quiero flagelarme por el terrible pecado del exceso registrador, el ansia de escuchar cien mil clicks en cada consulta, de dejarme los ojos en los pixeles, sin saber de qué color son las pupilas de quien me habla, de cambiar ítems de estado, de destacar sobre todos los demás en las estadísticas que me enviaban los sabios que habitan las cavernas de las gerencias. 

He puesto caras de seboso pervertido ante un protocolo completado, ante unos  parámetros clínicos rellenos ad nauseum,  ante un botón derecho que me desplegaba un mundo secreto de opciones. 

Y en medio de aquel placer insano, de aquel estómago a punto de vomitar para seguir comiendo, he olvidado el auténtico sentido de mi misión, el deleite de un manjar explotando en mi paladar en forma de datos que no engordarán estadísticas, pero que me servirán para conocer las inquietudes de un paciente. He olvidado el aroma de un vino disfrazado en un efecto adverso que generó una desconfianza hacia ciertos tratamientos, algo mucho más importante que registrar a los 90 años si se ha hecho una citología en los últimos cinco años. 

He olvidado, en fin, que lo que tenía entre manos era sólo un instrumento para lo que de verdad tenía que tener entre manos. Que comer y beber era una necesidad para seguir viviendo, una necesidad de la que puede devenir un placer, por qué no, pero necesidad al fin y al cabo.

Y como un franciscano arrepentido, me he puesto el más viejo de mis hábitos, he apretado fuertemente mi cilicio, he dejado en un lado el oscuro deseo de mis gulas, al que sólo me entrego tras un padrenuestro rezado entre dientes al dios de la medicina de cabecera, desde mi silla, al nivel y junto a la de mis pacientes, y en pequeños y disimulados bocados, aunque les quite el sueño a mis gerentes y pretendan, sin suerte, tentarme con sus incenti-viles manjares. 

Que ustedes disfruten con la venia de sus festines veraniegos. 


La representación de la Gula por parte de El Bosco, en su obra La Mesa de los Pecados Capitales, que se encuentra en el Museo del Prado, es una escena de interior con cuatro personajes. A la mesa del banquete hay un hombre gordinflón comiendo. A la derecha, de pie, otro que bebe ansiosamente, directamente de la jarra, lo que provoca que el líquido se le caiga de las comisuras de los labios. A la izquierda, una mujer presenta una nueva vianda en una bandeja. Aparece un niño obeso, simbolizando el mal ejemplo que se da a la infancia, que reclama la atención a su obeso padre, En primer plano, una salchicha se asa al fuego. (Wikipedia)