martes, 3 de noviembre de 2015

De niños y pediatras

Había sido una guardia tranquila. Las hay de todos los colores, una verdad inamovible como sabemos cualquiera de los que nos dejamos la salud en ellas desde hace años. En las últimas horas huele en mi centro a café recién hecho por la señora de la limpieza, un olor que me sabe a paz y a descanso. Trasteo por allí saludándola y respondiendo a sus preguntas sobre la noche, sobre mis chavales, sobre las futuras reuniones del equipo, algún que otro cotilleo, la preparación de la cena de Navidad. Esas cosillas rutinarias que me dan tanto sosiego.

El timbre a esas horas es estridente e inoportuno. Cuando nadie te espera no puedes ser bienvenido. Asomarte a la puerta y ver a un padre con su niña en brazos desmadejada taquicardiza al más pintado. Yo no soy menos. Veintitrés años de experiencia y me convierto sin  saber cómo en un imberbe recién licenciado. 

La pequeña ha estado convulsionando en su casa después de una noche de fiebre. La madre llora con el susto atenazándole la garganta. El padre se mantiene sereno sin separarse un milímetro de la niña. 

Aunque el corazón va a mil por hora, las canas se notan, y la profesionalidad toma el mando: hacer nuestro trabajo e irradiar la tranquilidad suficiente a aquellas dos personas que están pasando el trago de su vida. Irradiar tranquilidad se me da bien. Yo creo que es un don, un tesoro concedido en la lotería del destino, que me tocó en su día, y que ya me encargo yo de cuidar, aunque no tengo ningún reparo en dilapidarlo cuando es necesario. Hablo, mucho, sonrío, también mucho, toco, como si pudiera transmitirlo con las yemas de los dedos, y trato de cubrir a todos los que me rodean con ese manto de paz y quietud. Claro que sufro mi propia angustia, estaría bueno, pero queda digerida en el latir apresurado de mi ventrículos y ese leve temblor de manos que lleva conmigo desde no sé cuanto tiempo.

La niña recuperaba lentamente la vida. Abría los ojos asustada, somnolienta, desorientada. Su padre le acariciaba la frente húmeda como si fuera de porcelana china, y ella se resistía a apartar su mirada de la de ese gigante de fuerza hercúlea capaz de protegerla de un huracán en sus brazos. Cuando sonrió al fin por primera vez, de vuelta al mundo de la consciencia, la risa floja se nos escapó a todos los que alborotábamos alrededor. La temperatura de la felicidad se elevó de golpe siete grados por lo menos.

Hablé con los padres. La niña se recuperaba sin contratiempos, pero la observación hospitalaria me parecía lo más oportuno. A ellos también. A aquella hora, la del despertar de las consultas del viejo ambulatorio, la de las ambulancias colectivas merodeando por la provincia llenándose hasta los topes en sus tours del Inserso doliente, esperar que alguna quedara libre para un traslado podía convertirse en una tarea de horas, y la recuperación de la niña era lo suficientemente prometedora como para no activar recursos más melodramáticos y escasos. Pregunté a los padres si habían traído su coche. Les enseñé el mío, un mastodonte incapaz de perderse en un espejo retrovisor. Organizamos una pequeña caravana, ellos delante, con la pequeña animada y parlanchina para satisfacción de todos, yo pegado con mis Stesolid y mis Guedel del 1, y diez o doce jaculatorias, que nunca está de más pedir ayuda, no sea que al final te venga.

En la puerta de urgencias detuvimos la caravana. Les acompañé a la puerta y el padre me dio esa mano que su hija seguía viendo de gigante y a mi me pareció la de un hombre asustado, aunque aliviado. La niña, en brazos ahora de su madre, me lanzó una sonrisa breve, porque el jaleo de aquella puerta llena de gentes de verde no parecía molarle un pelo. Yo me metí en el coche y me fui a tomarme un café con mi mujer como cada mañana cuando salgo de guardia.

Me gustan los pediatras. Me caen bien. Les he conocido de todos los pelajes, de ambos sexos y al menos de cinco países y dos continentes distintos, que recuerde, puede que más. En los centros de salud me provocan ternura. Les he visto muchas veces despistados, desubicados, descolocados, intentando encontrar su espacio en ese batiburrillo social, económico, familiar en que se convierte el pueblo, o el barrio. Les he visto sumergirse en las aguas profundas y peligrosas de la Atención Primaria sin más bagaje que unas clases de buceo en la piscina, y les he visto hacerlo con ánimo y un amor a su especialidad envidiable.

Al mismo tiempo que se sumergen en ese mundo para ellos extraño, a los sones del "bajo el mar" de La Sirenita, se van despojando del pesado traje que soportan por los años entre aparatos, antibióticos intravenosos y surfactantes les había ido confiriendo hasta al Patch Adams más pintado, y casi se puede percibir cómo se van sintiendo más cómodos en un traje más modesto, un neopreno de peor calidad, que al final termina empapándote, pero que viene que ni pintado para sobrevivir en el barro.

He convivido con pediatras que abandonaron la UCI del Valle de Hebrón para atender mil y pico niños de un pueblo dormitorio de Madrid. Y lo hicieron desde la racionalidad, la sencillez y la sonrisa, aunque podrían haberlo hecho desde el resentimiento y la medicalización. He conocido pediatras digestivos, endocrinos, neurólogos, que se hartan a explorar caderas y a enseñar a las madres a lavar las narices a sus rorros.

Y he conocido pediatras aterrados, desnudos sin sus escáneres y sus laboratorios, que aburren con sus miedos y sus derivaciones a urgencias a los padres de sus pequeños pacientes. Y les compadezco, porque se que les da miedo nadar, cuánto más sumergirse. Y es que en el hospital, cuando la palabra incertidumbre entra por la puerta, lo hace siempre dándole el brazo al terror, y contra eso siempre nos quedará alguna prueba y alguna etiqueta.

Me caen bien los pediatras. Son muy buena gente. De verdad. A mi me gusta ver a los niños de mis familias. El sistema está montado como está montado, al menos por ahora. Médicos especialistas en trabajar en la cabecera, en manejar la incertidumbre, en contemplar el paciente en su entorno, convivimos con otros especialistas que tiene que adquirir esos conocimientos a golpe de susto, a base de sudor y de tiempo. La Medicina del pueblo, del barrio, engancha. Y ellos son buena gente y casi todos se dejan enganchar, porque te sientes tan plenamente médico que es muy difícil despojarte ya de su hechizo. Convivimos, nos tratamos bien, hablamos e intercambiamos información porque, al fin y al cabo, nosotros también somos buena gente.


Vuelvo a transmutarme en el doctor Ceriani, soy así de antiguo, así de Country Doctor, no lo puedo evitar. Ustedes me disculparán. Dedicado a todos mis amigos y amigas pediatras, y agradecido por la benevolencia de soportarme y tantas veces, de enseñarme.
















3 comentarios:

Alfonso Villegas dijo...

"y...¿ por qué llevas estos diazepanes rectales aquí en el lateral del.coche?" preguntó curioso el residente.

Raul Calvo Rico dijo...

Pues aquí tiene usted su historia...

JUAN RIOS LAORDEN dijo...

Enhorabuena por tu publicación Raúl.
No se en que grupo ubicarme (bueno si que lo se), yo soy uno de esos pediatras de los que hablas.
Comparto y reparto tus semblanzas. Y al ver la fotografía con la que lo ilustra, recuerdo que los dos unicos periodos de mis 28 años de atención a los niños que los he dejado (no totalmente), fueron para montar una UVI móvil (allá por finales del siglo pasado, sin alicientes para el día a día y en busca de reforzar habilidades y coraje); y el otro durante el tiempo que dedique a dirigir un Hospital de mi región, donde estuvo acompañandome en cada decisión una copia en gran formato de ese Contry Doctor que nos muestras, fotografía que he pasado en múltiples comunicaciones y que tuve la suerte de ver su original en una muestra de su autor en el IVAM de Valencia hace muchos años.
Felicidades por tus palabras y gracias por recordarnos a los pediatras con esa bonanza y pertinencia
Juan Rios (pediatra)