domingo, 13 de agosto de 2017

Pequeña y tierna historia de amor

Iba mirando taciturno por la ventanilla de la ambulancia. Sus compañeros hablaban de sus cosas, bromeaban sobre trivialidades, recordaban anécdotas estrafalarias como solo sabe hacerlo quien lleva muchos años en lucha continua contra la peor enemiga, la que siempre termina ganando. Se burlaban de los regates de chiquillos traviesos que habían conseguido darle. Pequeños reveses para la muerte que eran tremendas victorias para quienes, al final, tendrán que doblar la rodilla ante ella y su ley de hierro, inevitablemente.

El se mantenía al margen, no le hacían gracia esas bromas de chavales. No conseguía simpatizar con ninguno de sus compañeros, pero era un excelente profesional, llevaba más de veinticinco años enfundándose el amarillo fosforito y recorriendo las carreteras a horas intempestivas, siempre serio, sin escucharle una queja, pero haciendo su trabajo como el mejor. 

No necesitaba tener amigos, se veía demasiado viejo y demasiado raro. Cuando tenía tiempo libre leía, estudiaba, repasaba, daba cursos, o hacia turnos a compañeros que sí sabían lo que era tener una vida fuera de la carretera. 

No era amable, ni comprensivo. No recordaba que hubiera sido así siempre, pero cuando intentaba  encontrar una explicación se le venían a la memoria lo que llamaba, con cierto gusto por lo melodramático, los tiempos oscuros. Una juventud que debió vivir alguna vez, en un mundo donde los exámenes del MIR acumulaban multitudes, cientos de médicos por aula mordiendo por una plaza que aseguraba una vida mejor, y que dejaba a otros miles peleando en un submundo de trabajos basuras, sueldos esclavistas y horarios de burdel. 

Y allí se quedó él, haciendo donicilios solo por las calles nocturnas de la ciudad, de once a siete los martes y los jueves y un sábado de cada tres. Dos horas por la tarde de lunes a viernes viendo como le utilizaban dueños de residencias de ancianos sin escrúpulos para salvar la cara ante preocupadisimos hijos de teléfono y visita mensual mientras pagaban miserias a sus empleados y se llenaban los bolsillos al mismo ritmo, y sustituciones tapahuecos en centros de salud donde se sentía cada vez más arrinconado por las miradas condescendientes de los hijos de Martín Zurro, que lo toleraban como un mal menor que se extinguiría con el tiempo. 

Así que cuando vio la posibilidad  fue de los primeros en invertir lo que no gastaba la familia que nunca tuvo en un master que le hacía quemarse las pestañas como creía que era incapaz de hacerlo, y desembarcar en esa élite de las urgencias extrahospitalarias, esas superdotadas UVIs móviles que atravesaban la ciudad con gran despliegue de luces y sonidos y a las que todos se rendían dejándoles espacio, con caras de alivio y sonrisas de colonos cercados por los sioux que ven venir al séptimo de caballería. Y allí se sintió por fin alguien, allí le escuchaban, le obedecían, a veces hasta aplaudían su llegada. Pero nunca olvidó aquellos tiempos oscuros. 


Ella se preparaba para abandonar en menos de dos años la treintena. Se seguía viendo tan niña que apenas podía creérselo. Los años de facultad habían sido magníficos, pero efímeros. ¡Quién lo diría! Y la residencia, que parecía iba a ser eterna, fueron dos suspiros entrecortados. La vida. Y ahora estaba allí, en medio de la nada, ella sola, temblando para que todo lo que le despertara por la noche fueran sonrojantes dolores de garganta. Juraba a los cuatro vientos que jamás se quejaría del mal uso de las urgencias ni cosas similares, siempre que aquellas primeras guardias fuera capaz de resolver lo que le llegara. 


El hombre estaba pálido y sudando con esos sudores que no pueden traer nada bueno. El peso que sentía en el pecho se reflejaba en el electrocardiograma y en la tembladera que sentía ella en las piernas. Los minutos hasta que vio tras las ventanas las luces de colores en contraste con la noche de verano eran de seiscientos segundos. Sus encuentros con la UVI móvil habían estado siempre a la sombra de los adjuntos con los que había hecho guardia. Y había habido de todo, como siempre ocurría. Volvió a recurrir a las promesas a todo el santoral si le tocaba alguien amable y comprensivo. Torció un poco el gesto al ver al cincuenton que se bajó el primero, sin hablar a sus compañeros, que se daban instrucciones unos a otros. Había oído hablar de él: un hueso que no le caía bien ni al que le saco de pila. 

Tartamudeo ligeramente al entregarle su informe. Él tenía la voz mucho más dulce de lo que se esperaba y las preguntas que la hizo eran razonables y parecía que sus respuestas le satisfacían, porque asentía con la cabeza mientras recibía datos de enfermeros y técnicos. Luego le acercó el nuevo electro para que lo vieran juntos y por un momento advirtió que el resto de los presentes los miraban en silencio, no sabía si sorprendidos o curiosos.


Les despidió en la puerta del centro mientras cerraban las de la ambulancia. Hubo un segundo para mirarse lo suficiente para que ella percibiera la soledad en sus ojos. Y le parecieron unos ojos tristes y preciosos. 


Hizo el viaje hasta el hospital más chocado que el pobre paciente, y sin morfina que aliviara la presión que se le había puesto en el pecho. Vio a sus compañeros cuchichear cuando creían que no les veía pero no le importó. La guardia terminó sin poco más que añadir, pero él no durmió ni un segundo. Había copiado su nombre del informe de urgencias y lo doblaba y desdoblaba compulsivamente mientras decidía si se sentía demasiado viejo para hacer algo, o demasiado idiota para no hacerlo. 


Llamó dos días después al centro de salud temblándole la voz como si hablara con el padre de una novia adolescente. Le pasaron con ella, que hacía una sustitución veraniega. Su voz sonó sorprendida pero con un toque tan alegre que él se contagió y la llamada derivó del estado del paciente a una cita para tomar café entre compañeros.  

Fue una historia de amor breve e intensa, que, como al menos las más bellas, también acabó en tragedia. La tragedia de la vida que se lleva por delante en ocasiones hasta los más hermosos romances. Él volvió a sus taciturnidad que sus compañeros recordaban bien y no tardaron en aceptar como quien acepta la llegada del invierno. Ella discurrió por su treintena como pasa para todos el tiempo, a veces lento, a veces alocado, a veces enamorada y a veces sola, feliz a veces, triste en ocasiones, ni fu ni fa la mayoría del tiempo. En su plaza de la ciudad ya no hace guardias, aunque de cuando en vez aparece la UVI móvil. Y al menos en ese momento, ella se acuerda de él. Quizás a él le sea suficiente, quién sabe. 

Aquí os dejo otra pequeña y tierna historia de amor, del maestro Ismael Serrano







domingo, 6 de agosto de 2017

Persona(je)s

Ir a atender a un domicilio en una guardia es como empezar un buen libro y descubrir a los personajes. Y lo  sé porque estuve leyendo libros dos noches por semana durante cuatro años por las calles desiertas con olor a borracho de la ciudad. Y no se cuantas madrugadas me han dado por las carreteras de pueblo esquivando perdices. 

Entrar en un domicilio durante una guardia se parece a la vieja mili, esa de la que todos los jóvenes abominábamos pero que dejaba recuerdos repletos de sonrisas cuando el pelo empezaba a ralear y se entrecana. Así que, cuando suena el teléfono nos removemos en la silla como si fuera la de un fakir, torcemos el gesto y nos sale la voz de cascarrabias gruñón. 

Pero luego viene el espíritu redivivo del jodido Tudor a darnos una patada en plenas nalgas y apuntamos los datos del pobre hombre en un trozo de papel usado recordando que con toda probabilidad, ese pobre hombre nos necesitará más que las cuatro picaduras de avispa y los tres dolores de garganta de aire acondicionado que nos tienen atados a la mesa de la consulta. 


La guardia era una guardia, esa tediosa manera de tener un sueldo digno, ese pasar las horas entre el aburrimiento y el miedo, el desesperarse por la medicialización y la infantilidad de la sociedad al mismo tiempo que te alegras de no pasar de primero de parvulitos de emergencias. Contradictorios, como buenos seres humanos que somos, pero con recibos que pagar a fin de mes. 


El coche era un horno de los de los buenos tiempos de Sestao. La enfermera conocía a la familia, ventajas de la longitudinalidad aunque sea en un entorno hostil. Así que con los chorros tibios del aire acondicionado a todo meter, nos fuimos enterando de la vida y milagros del interfecto, que en este caso era conocer la angustia de una mujer anciana que se ve sola cuidando a un marido muy delicado porque su hija ha trasladado los cuidados del padre al marido y de la habitación de la casa del pueblo a la del hospital. 

La mujercica sonríe al ver a la enfermera como si se le hubiera aparecido la santísima Virgen. El cuarto de estar es tan pequeño que tengo que apartar la mesa camilla contra el mueble de la televisión para poder acercarme al caballero que está ladeado sobre el brazo de su sillón de orejas. De pronto nos hacinamos en el cuartucho buscando nuestro sitio médico, residente, enfermera, anciana y nieta, todos alrededor del pobre hombre intentando hacernos oír por encima de la presentadora de España a las ocho o alguno similar. 

La residente está hipnotizada por dos pequeñas bolitas de grasa que sobresalen de sus párpados superiores. El hombre resolla como la locomotora del Keaton y comienza su relato, que como todos es  escatológico y maloliente, repleto de gases que no salen y hacen retorcerse las tripas, de horarios, color y consistencia de las deposiciones, y del jodido peso que se le ha puesto en el pecho con solo cubrir los tres pasos escasos que hay hasta la letrina. 

Tensión, azúcar, saturaciones y pulsos. Pulmones encharcados y alguna broma que empieza a relajar un ambiente donde la enfermedad  se empeña en dejar poco espacio libre. 

- En el pueblo las hay más viejas que ustedes señoritas 

Les suelta entre resoplidos guasones. Su mujer le pregunta a la enfermera por su pequeña, que crece a toda marcha. 

- Si no fuerais tantos os invitaba a comer. 
- Ojalá pudiéramos quedarnos, pero a ver qué hacían el resto de los enfermos. 

Volvemos al horno con ruedas, amenazados con alcanzar nuestro punto justo de cocción cuando lleguemos al centro. Yo atesoro todos estos personajes como quien coloca ordenadamente en las estanterías de la biblioteca de su dormitorio los libros que va releyendo. 

A los libros hay que tenerlos a la vista porque nos han hecho ser lo que somos. A los pacientes hay que tenerlos en el recuerdo, y por idénticos motivos.