lunes, 21 de agosto de 2017

Enfadado

La médica se marcha al fin para su casa. Lo último que ha hecho en el día ha sido pasar un rato a ver cómo sigue su paciente más delicada. Se queda más tranquila yendo a verla un par de veces por semana, aunque sean visitas breves casi siempre a última hora. Aquel día es un poco tarde, pero sabe que mañana será aún más difícil encontrar el hueco, así que decide que su comida se convertirá en casi una merienda.

En la puerta la recibe el perro negro y blanco que el marido de la paciente se encontró abandonado y que después del lógico recelo de los dos gatos reinantes hasta su llegada, se ha hecho el dueño y señor de la casa.

Se marcha con una docena de huevos en el asiento del copiloto, pequeños, porque las gallinas son jóvenes según le han explicado. Acaban de comprarlas para repoblar el gallinero, pero las yemas serán igual de amarillas. Piensa en lo terriblemente feas que le salen las tortillas francesas, pero en lo riquísimas que saben hechas con esos huevos y a las horas que son, la boca se le llena de saliva pauloviana y de sonrisas de las que deja la medicina de cabecera de toda la vida. 

Cuando enfila la calle para salir a la carretera se cruza con una pequeña furgoneta blanca. Es el vehículo dominante en las calles del pueblo, el coche más vendido de la localidad aunque no lo digan en las revistas especializadas. 


Ellla va despacio, como le gusta hacer, saludando a todo hijo de vecino que se cruza en su camino. Cuando las ventanillas se colocan a la misma altura, le reconoce. Hace más de un mes que no aparece por su consulta y le alegra verle conduciendo tan pichi a esas horas, con toda la calorina. Le mira, sonriéndole, mientras inicia un saludo con la cabeza que se queda helado ante una mirada gélida capaz de invertir el efecto invernadero del planeta. 

La médica mira de nuevo hacia delante notando el rubor dándole tono veraniego a sus mejillas. Toma la carretera de vuelta a casa con el piloto automático puesto y la mente permitiéndose el lujo de repasar su vida y milagros en el orden que le sale de donde quiera que tenga ella los genitales. 


Mientras los coches pasan y el asfalto refleja la solanera de la tarde recuerda las mil y una consultas que habían tenido en todos esos años, las anécdotas contadas entre risas, las broncas cuando la barriga de toda la vida empezó a tomar dimensiones de coso taurino de primera, las visitas a su casa a ver a su mujer cuando apretaban los fríos y sus bronquios no resistían tamaño acumulo de moco, las infiltraciones en sus hombros y rodillas desgastadas por el esclavismo de su trabajo en el taller, las cerezas que reventaban en rojos y rosas en sus cerezos y le traía en unos viejos cubos de pintura y le provocaban dolores de tripa de la gula más exquisita. 

Y recuerda como cuando aquella mancha que se veía en la radiografía del pulmón tuvo nombre y apellidos, las sonrisas se habían vuelto reproches, la diana se había centrado en ella y cualquier frase escuchada al biés en el hospital significaba una paletada de tierra más sobre la tumba en la que habían enterrado su relación. 


Llevaba más de un mes sin verle. La última consulta había sido fría como el iceberg del Titanic, y con la misma sensación de naufragio inminente. Ella había consultado en un par de ocasiones la historia del hospital para ponerse al día sobre cómo marchaban las cosas. Y deseaba con todas sus fuerzas que todo fuera estupendamente, porque mientras seguía agarrada a la proa del Titanic pensaba en como reflotar aunque fueran solo tres o cuatro troncos que les permitieran a ambos mantenerse a flote y tal vez, volver a charlas como lo habían hecho durante años. Porque puede que  a él le hiciera falta, quizás algún día, quién sabe. Pero lo que es seguro es que a ella  sí que le hacía. 

Aparcó frente a la puerta de su casa. Abrió la puerta haciendo equilibrios con la docena de huevos en la mano. Cerró la puerta y comenzó a hacerse una de sus horribles tortillas. 














1 comentario:

Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

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La relación entre dos personas versus los encuentros sin esta relación (conocida y deseada).
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O cuando las emociones enturbian los comportamientos y distorsionan los pensamientos.
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Sólo hay que parar, observar y darnos cuenta de que hay un cambio.
Puede que conservemos suficiente continuidad y longitudinalidad para reconducirla.
Y si no, la aceptaremos aunque no nos complazca y no estemos conformes.
Y seguimos.
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Por cierto, esos huevos pequeños, de olor penetrante y con la yema muy amarilla,..., ¡¡ Uuuff !!, que buenos que son.
🍳🍳 (de 2 en 2)
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