lunes, 26 de junio de 2017

Redes

La oncóloga lleva al menos media hora ante la pantalla del ordenador. Relee una y otra vez los tres párrafos. Destilan odio del puro, del que se ha ido mezclando con la bilis y ha salido amargo por los dedos buscando hacer daño, mucho daño. Y lo ha conseguido. Desliza hacia abajo el ratón repasando cada uno de los comentarios, viendo como poco a poco la bola de nieve va tomando vida propia, como la ráfaga de viento va convirtiéndose en un huracán con ella en el centro. Pero en este caso no hay paz y tranquilidad en el ojo del huracán: hay pena, rabia y muchas lágrimas.


No era fácil ser oncóloga. Los fracasos pesan en el alma mucho más que los éxitos, porque nadie te prepara para los fracasos, porque olvidamos que al fin y al cabo, la vida es el eterno fracaso ante la muerte. Pero a ellos se les exige la lucha continua, ser paladines de una causa que amenaza siempre con arrollarles, como si fueran seres mitológicos capaces de vencer al dragón más fiero. Pero no son más que médicos enfrentándose a enfermedades terribles que se enseñorean de las personas, maltratándolas como a galeotes sin futuro. 


Había tratado a aquella mujer durante tres años. La había visto venir a su consulta con su marido y esa joven a quien miraba con orgullo de denominación de origen maternal. Habían digerido como buenamente habían podido la incertidumbre, agarrándose al estereotipo de la lucha, tópicos en la que todo el mundo se siente cómodo al principio porque parecen marcarte un camino, y un camino es lo que te hace falta cuando no sabes siquiera si merece la pena empezar a caminar. 

Y también había visto como el estereotipo la dejaba agotada, arrinconada contra las cuerdas de los venenos que la metían por las venas y que desafiaban los límites de la ciencia y de la resistencia humana. Y como sonreía cuando su marido y su hija insistían en transformarla en una soldado firme en su trinchera peleando contra todo un batallón de caballería. Y ella intentaba sonreír con los labios resecos porque su sonrisa frágil y dolorida proporcionaba algo de calma a los ojos inquietos y violentos de aquella joven a quien quería con toda su alma. 

Había visto esas escenas cientos de veces en su vida. Sabía que conviviría con ellas desde el momento en que decidió que aquel sería su camino, no recuerda muy bien cuándo. Sí podía reconocerse en la joven médica que ansiaba conseguir un éxito tras otros, arrancar de las fauces del gigante a quienes daban ya todo por perdido. Quién no se ha visto a sí mismo alguna vez como un héroe romántico. Y ahora estaba sentada frente al ordenador, notando que las letras se iban volviendo borrosas a medida que los ojos y las mejillas se humedecían. 

Escuchaba en la lejanía a su marido hablar de querellas, de denuncias, y llamadas a la policía, mientras secaba su cara con la manga del pijama y releía una y otra vez. Recordaba cada minuto de aquella noche. La habitación en penumbra, con solo una pequeña luz sobre la cabecera. La mujer harta de ser soldado, con los ojos cerrados, los pómulos sobresalientes hundiendo apenas la almohada, una respiración casi imperceptible anunciando su retirada. La joven sentada junto a la cama cogiendola la mano sin un atisbo de la arrogancia juvenil en su mirada, sino con los ojos transformados en los de la niña aterrorizada que la pedía que no le dejara sola por la noche. Un paso por detrás de ella, el marido, incapaz de soportar el dolor. 

Había asistido visto toda esa pena demasiadas veces. Siempre se sentía como una nota discordante. Despacio, se dirigió a la puerta. Abrió con cuidado y antes de salir, sus ojos se cruzaron con la mirada desconsolada de aquella joven-niña, absolutamente perdida. Le sonrió con toda la calidez de que fue capaz. Fue como una caricia en la distancia. Y ahora leía que se había reído de aquella mujer moribunda. Y la gente lo comentaba y la juzgaba con la dureza de Nuremberg, como a una criminal de la Gestapo. 

Y sabía que no podría hacer nada. Que ninguna de aquellas personas que conformaban su jurado popular la conocían ni la conocerían nunca, que nunca sabrían con qué dolor cerró aquella puerta, con cuánta tristeza compuso esa sonrisa, con cuantas imágenes de aquellos tres años se iría aquella noche a la cama. Ninguna de aquellas personas que sostenían en sus manos las piedras con las que la apedrearían sabia con cuánta pena leerían aquellas frases sus padres, sus hermanos, sus amigos, ninguna sabrían nunca lo cerca que estaría de abandonar su vocación, de dejar abandonada la terrible mochila que cada día le iba pesando más, hasta sentirse incapaz de soportarla a su espalda. 







domingo, 18 de junio de 2017

La medicina

 La medicina no es una profesión como cualquier otra. 

1/ Se está cerca de la muerte (y se certifica).

La habitación estaba oscura. Los encajes de la cortina apenas dejaban pasar dos o tres rayos de sol que convertían el escenario en fantasmagórico. La cama era alta y bajo las colchas ella apenas movía delicadamente el pecho, con los ojos cerrados y los rasgos afilados que el médico ha visto en tantas ocasiones. 

Huele a colonia Lavanda derramada a mares intentando disimular el olor nauseabundo que se ha empeñado en amargarle sus últimos días desde un abdomen podrido. 

En el aparador reposan ordenadas tres o cuatro jeringuillas sobre una hoja escrita en trazos gruesos de rotulador. 

La vida se lo está tomando con calma pero la muerte no tiene prisa. Ya se enseñorea de todo como la auténtica dueña. 

El médico acerca su oído a la boca de la mujer y percibe aún con mayor claridad la descomposición. Luego acaricia delicadamente la piel de porcelana china. 

Volverá al terminar la consulta. Seguramente ya se habrá ido. 


2/ Se entra dentro del cuerpo

La residente está un tanto incómoda sentada en un taburete que la hace sobrepasar al tutor y a su paciente en una cabeza. No hay mesas entre ellos, están sentados unos junto a otros como si fueran unos amigos en una cafetería. Fue de las cosas que más le sorprendió desde el primer día. 

- Hoy no vengo preparado. 
- No te preocupes. Quedamos en unos días. Pero tendré que mirarte la próstata. 
- Buff, no quisiera. Ya sabes que no me lo han hecho nunca, y es una cochinada. 
- Te prometo que seré muy delicado. Si quieres te canto algo. 

El paciente sonríe con la broma y la residente se pregunta cuántos años tardará en poder hacer esa Medicina. 


3/ Se toca la piel, incluso lugares íntimos

Está tumbada en su cama articulada. Le cuesta mover los kilos, mucho más desde que lleva esos clavos de acero en las piernas. Cuando el médico y su residente llegan a verla, intercambian las bromas de rigor que se han convertido en válvulas de escape del dolor de la vida. Y ambos lo aceptan tal cual. 

Pero ahora, al intentar colocarse, la cara escupe un rictus que no puede pasar inadvertido para nadie. Con cuidado, se remanga el camisón y separa las piernas.  Una úlcera tremenda enmarca sus genitales. El médico se coloca un guante azul y con delicadeza palpa la úlcera. El grito de dolor le pilla desprevenido y retira el dedo. 


4/ Se penetran todos los orificios

- ¿Qué, vienes ya preparado?
- Joder

El paciente se levanta cabeceando y se coloca junto a la camilla. Empieza a desabrocharse torpemente el cinturón. El médico le pone una mano en el hombro y le explica despacio como colocarse. Él se baja los calzoncillos sin apartar la mirada de la pared. 



5/ Se indaga en la mente, lo íntimo y lo oculto

El paciente entrecorta sus frases con nudos en la garganta que parecen avergonzarle y le hacen bajar la vista. Se quita las gafas y saca un pañuelo de tela de los de toda la vida. 

Acaba de explicar al médico por qué quiere quitarse la vida cada lunes por la mañana, cuando regresa a su casa junto a su mujer y su hija tras haber estado trabajando todo el fin de semana en un restaurante en la capital. Le ha contado por fin que está profundamente enamorado del jefe de cocina, un mocetón moreno de rizos agitanados que le quitan la respiración. Y que no soporta volver a una vida que le pesa como un muerto. 

Dice que no lo volverá a hacer, pero no es eso lo que el médico lee en sus ojos. 


6/ Se cambian causas de muerte

- Lo siento, no tengo ni idea de por qué ha muerto su madre. Según me dicen en la residencia esta mañana están bien, hablando y comiendo con normalidad. Y esta madrugada, cuando han hecho la ronda los auxiliares de noche, se han asombrado de encontrarla fallecida y me han llamado. 

- Ya, ya sé que ustedes no quieren líos, que no quieren ni oír hable de autopsias o de retrasar el entierro

El médico cuelga el teléfono, y mientras rellena el certificado de defunción, alejándolo un poco para que las letras no se emborronen, piensa en lo triste que debe ser morirse a cien kilómetros de tus seres queridos, en una habitación con olor a orina y a sudor. 

Causa inmediata de la muerte: Infarto de miocardio.  


 7/ Se elimina/alivia el dolor patológico

El anciano necesita sus rodillas para pasear por la playa de Gandía, para mirar a las alemanas ponerse del color de los cangrejos mientras se come un helado de cucurucho de esos que le tienen prohibido todos los médicos menos el suyo de cabecera. 

Se tumba en la camilla esperando, aunque sin miedo. No es la primera vez que ve al médico trastear con las agujas y las jeringuillas. Bromea con la vidorra que le espera en la playa mientras siente entrar la aguja y una quemazón intensa. Ya se ve con las olas golpeándole en los tobillos. Sonríe. 


 8/ Se contribuye a la paz/bienestar social

Ella viene a última hora, sin cita, como casi siempre. Llega contenta, con una carpeta de papeles bajo el brazo. Por fin le han concedido esa pequeña pensión que había solicitado. Viene a darle las gracias por haberle rellenado los papeles y haber hablado con la trabajadora social. El médico le quita importancia pero ella intenta darle un beso en la mano. El siente que apenas ha hecho nada, piensa en todo el tiempo que no puede dedicar a ese hombretón que siempre que le ve en el sillón de su casa, sonríe bobaliconamente desde su cerebro medio deshecho. 


Historias basadas en la primera parte de un texto de Juan Gérvas publicado en una serie de tweets en Twitter el 24 de mayo de 2017. 




domingo, 11 de junio de 2017

Pasaba por aquí

Son las dos de la mañana y estoy agotado. Arrastro una semana de trabajo y ese pequeño festín de los sentidos que es despertarse por el canto de los pájaros en lugar de por el arpa del iPhone el sábado tendrá que esperar a mejor oportunidad.

No está siendo una guardia excesivamente dura. Todos los bichos del mundo parecen empeñados en picotear las extremidades de los lugareños, que han olvidado las enseñanzas de sus abuelos porque quedan antiguas en la moderna era tecnológica del pinchazo de Urbason y hoja de urgencias. Las fiebres se ceban en los infantes sintiéndose en su salsa en los cuarenta grados a la sombra de la estepa castellana y se ríen juntas de Apiretales y Dalsys rojos y naranjas. 

La vida sigue igual. El termómetro se lleva por delante a los antihipertensivos que provocan más borracheras que el anís de El Mono, y a los ancianos demenciados a los que se les secan las faringes y se olvidan de tragar, o si lo hacen están abocados al terrible castigo de la aspiración bronquial.  

Pasan las horas como si tuvieran ciento veinte minutos. Ya ni se respeta la canicula de las cinco de la tarde, reposar la cabeza y cerrar los ojos es una utopía que la chicharra del timbre se encarga de asesinar antes de que nazca. 

Casi todos los compañeros que conozco en similares circunstancias alargan las últimas horas de la madrugada esperando el timbrazo final como quien espera el "podéis ir en paz" de la Misa. Y suele llegar inevitablemente, como la lluvia que se hace de rogar en otoño. 

Luego arrastrando los pies nos metemos en la cama con un cansancio extremo que no quiere dejarse sin repasar ni un solo músculo, y que, tarde o temprano, nos arrastra a una inconsciencia superficial y miedosa. 

A las dos vuelve a sonar el timbre. Hay malos sueños tan reales que son la realidad. Los zuecos están en algún lugar de las profundidades oscuras de la habitación y los pies pesan como si por error nos hubiéramos puesto las botas de plomo de un buzo. 

Cuesta enfocar, pero en la puerta esperan padre, madre y preadolescente, bien vestidos y peinados, en contraste rabioso y vergonzante con el pijama arrugado y el pelo desordenado de enfermera y médico. 

-Al niño le duele mucho la garganta desde esta tarde. Estuvo tomando antibiótico hasta hace tres días pero hoy le ha vuelto a doler y como no se le pasaba con el Espidifen que le hemos dado, le hemos traído por si el antibiótico no ha sido efectivo. 

-¿Te dolía tanto que te ha despertado y te has levantado de la cama para venir?

Me gusta hacer esta pregunta en verano, porque aunque se la respuesta, no puedo evitar el placer malsano que me da escucharla. Masoquismo será.
El padre sonríe con sonrisa franca, como si estuviera a punto de invitarme a un cubata. 

-No, -responde. - Estábamos cerca en una terraza y como pasábamos por aquí...

Entonces me vuelve todo el cansancio de golpe, como si me hubiera puesto un abrigo de tedio, y recuerdo una guardia hace dos mil años, las fiestas de un pueblo, un descanso brevísimo estirando las piernas y el cerebro sobre el camastro, interrumpido aún en el limbo de la consciencia por un sujeto sonriente que sujetaba en la mano un vaso de tubo con los hielos medio desechos tintineando al moverse, y que me cuenta arrastrando un poco las palabras cómo lleva más de dos semanas con un terrible picor en el comprometido orificio de desagüe posterior, y que, aprovechando las horas y puesto que pasaba por la puerta, le había parecido la gran idea del siglo venir a mostrármelo a mi. 

Solvento la papeleta actual con la profesionalidad que me faltó en aquella ocasión más juvenil y sanguínea, y despacho a los paseantes con la muletilla del paracetamol y el agua después de haber gastado un depresor y media neurona, cuando suena el teléfono y nos marchamos a tratar de remediar lo que pocas veces tiene remedio. 

¡Qué cansadas se hacen a veces (siempre) las guardias!





lunes, 5 de junio de 2017

Diagnostiquitis

Las primeras veces tienen siempre un deje de ternura que les da la distancia, ese toque ligeramente triste del paso del tiempo, de la juventud perdida, ese reconocer el corazón aún maleable, capaz de recibir improntas perdurables. Eso cuando las recuerdas con el tiempo, claro. Porque en el momento de recibir la impronta a veces te sienta como una patada en las entretelas, de esas que te dejan tocado y durmiendo poco, como si todas las noches fueran de verano tórrido y sabanas sudorosas.


Yo andaba intentando mantener la cabeza fuera del agua, o al menos las coanas, porque mi primera experiencia como capitán de navío de mi propia consulta tenía en la proa un agujero por el que cabía el Titanic de lado y la orquesta se empeñaba en tocar mientras yo rellenaba mil y un papeles, repetía consulta tras consulta insustancial sin el más mínimo valor, me enfangaba en medicalizaciones de todos los colores y protocolizaba lo protocolizable en una orgía de horas frustrantes sin fin sentado detrás de una mesa medio escondido detrás de la pantalla del ordenador, en el que, por cierto, había cargado ciento una canción para poner una melodía de fondo a tantísimo desastre. 

En semejante panorama, las visitas a domicilio descuadraban la fantasía de orden, empujando mi vida hacia un caos que me sentaba como un tiro. Salía en el coche inquieto por el retraso que acumularía, las malas caras que soportaría y convencido de que ese día casi me daría tiempo a escuchar El Larguero en la carretera de vuelta a casa. Pero el malestar me duraba lo que tardaba en llegar al domicilio, y quedaba, de forma asombrosa para mí, enterrado en una extraña sensación de alegría, un sentirse a gusto uno dentro de su piel que, sin yo saberlo en aquel entonces, eran todos los sentidos de mi cuerpo gritándome que esa era realmente mi Medicina. 

La casa era una de esas construcciones de pueblo hecha a golpe de capricho de albañil, con recovecos y poca luz. Olía a agrio desde la puerta de entrada, un olor a pobreza que impregnaba las paredes y que no quitaría ni una inundación de KH-7. Era la primera vez que iba. Ella había sido una de mis mejores clientes desde que aterricé en el pueblo; acumulaba entre sesenta y setenta capítulos del Harrison ella solita. Tenía bien asimilado el concepto tan político de usuaria, y desde luego, le daba uso y disfrute a todo lo que la sanidad podía ofrecerla. Yo, joven y pagado de mí mismo, había intentado reconducirla asegurándola que tenía entre mis manos la respuesta a casi todos sus males, pero sí a Hércules le hubieran encargado ese trabajo, hubiera acabado repartiendo en Telepizza y no en el Olimpo. 


Resumidas cuentas: una lucha sin cuartel sostenida a lo largo de los años en batallas semanales, a veces dos o tres por semana, con armisticios ocasionales firmados en partes de interconsultas y en más de una ocasión, un deseo irrefrenable de romper mi espada y rendirme incondicionalmente. Ahora que golpeaba en el cristal de la puerta de su casa, caía en la cuenta de que llevaba un tiempo sin verla, y toda la extrañeza que mi subconsciente debía llevar acumulada explotó de pronto. 

Ella estaba tumbada en un camastro colocado en el cuarto de estar. Se tapaba con dos o tres mantas de las que Napoleón dio a sus muchachos cuando vinieron por aquí. En el suelo había unas bragas abandonadas junto a un orinal. Estaba despeinada, vestida con una bata, con la mirada perdida. 


Su marido me entregó unos papeles del hospital que empecé a leer mientras la saludaba. Me contestó con una retahíla ininteligible. Tampoco la preste mucha atención, porque lo que leía me iba absorbiendo. Había pasado más de un mes ingresada, un mes de pruebas y más pruebas que habían sacado a la luz unas manchas en el hígado y en un par de vértebras que no presagiaban nada bueno. Aquella fue la primera de muchas visitas, aunque, curiosamente, prácticamente desaparecieron esas nimiedades que le hacían buscar antes mis diagnósticos, y fueron sustituidas por apariciones esporádicas en la consulta en las que me hablaba de sus visitas a los médicos del hospital y en las que entre ambos repensábamos los tratamientos y las pruebas que una y otra vez le solicitaban, aunque después su hijo, el que aún le quedaba soltero y transitaba por el mundo con una maleta repleta de hipocondria, deshacía nuestras conciábulos imponiendo la lógica racionalidad del peso de la ciencia hospitalaria. 


Fui una y mil veces al pie de aquel camastro de la guerra de la independencia. Siempre que su marido venía a la consulta a contarme que tosía, o le dolía la tropa o cualquier cosa, buscaba el hueco para ir a verla. Allí me encontraba el papel que dejaba la gente de paliativos, que cada cierto tiempo me enviaba un fax para contarme lo que ya sabía. Yo me limitaba a ajustar los calmantes porque ella no soportaba que se le fuera la cabeza. Pasaba cada vez más tiempo en la cama. Se quejaba de dolores en los brazos y las piernas, que tratábamos lo mejor que podíamos aún a costa de que algunas veces dijera alguna tontería y confundiera a su marido con su hijo. Yo sabía que detrás de esos dolores podía  haber células creciendo salvajemente y devorando sus huesos, pero no veía necesario añadir más etiquetas que las que ya nos acompañaban. 

Un día se presentó su hijo en la consulta. No tenía cita, pero le deje pasar temiéndome cualquier cosa. Se sentó frente a mí y me lanzó un sobre grande marrón sobre la mesa. Contenía unas radiografías de una columna lumbar con dos vértebras hechas puré. Mientras las miraba, soporté estoicamente un discurso muy bien elaborado sobre mi incompetencia. Cuando terminó le pregunté cual había sido la decisión tomada a la luz de ese diagnóstico. Me contestó que por supuesto reposo y calmantes, pero que al menos ahora sabían lo que tenía su madre. De postre, me pidió una radiografía del hombro para valorar el dolor que arrastraba en los últimos meses, no fuera a ser otra fractura sin diagnosticar. 


Se marchó con el volante para hacer a su madre otra radiografía, sin querer escuchar los torpes intentos de explicarle mis por qués. Cuando terminé la consulta, ya de noche cerrada, volví a su casa. Asomaba apenas la cara bajo sus mantas de campaña. Hablamos de los calmantes que le habían mandado, pero me explicó que tampoco tenía tanto dolor y que se apañaba con los míos, para que así no se le trastocaran las ideas. Su hijo ya le había contado que tendría que hacerse otra radiografía del hombro, y ella estaba tan contenta, no fuera a ser que lo tuviera roto. Me fui a mi casa jodido, porque, como ya he dicho, las primeras veces ganan mucho con el tiempo. 










domingo, 28 de mayo de 2017

La decisión de Sophie

Sophie mordisquea la capucha de su boli BIC en un gesto inconsciente que arrastra desde el colegio de monjas y que le ha costado una auténtica fortuna en bolígrafos. Se ha convertido en una válvula de escape anti-estrés que ríete tú de las pelotitas de gomaespuma. Esta sentada en la segunda fila del aula y le tocará hablar y presentarse después de solo dos compañeras.

Desea de todo corazón un cataclismo que abra el suelo como las aguas del Mar Rojo y se trague los cuarenta o cincuenta pupitres que llenan esa habitación de techo bajo y sin luz exterior que parece querer aplastarla como si tuviera unas paredes móviles acercándose poco a poco, como en la trituradora de basura espacial de La Guerra de las Galaxias. Pero sin Han Solo, para su desgracia. 

La capucha empieza a dar los primeros signos de desintegración coincidiendo en el tiempo con las últimas frases de la chica que se sienta dos mesas a su izquierda. Tranquila, se dice, si solo tienes que decir tu nombre y de dónde eres, no es tan difícil. Pero adivina en la mirada del médico que se sienta en una de las esquinas que quiere más, que esas banalidades no serán suficientes para calmar el ansia de descubrir en su interior qué la llevó hasta allí, hasta este aula de esta pequeña ciudad, junto a esos otros doce compañeros sentados ante una carpeta repleta de hojas, frente a siete pares de ojos escrutadores. 


El día estaba siendo una locura, una locura maravillosa y agotadora. Había ciertas afinidades en el grupo que se había reunido a primera hora de la mañana, se distinguían a distancia porque unos gravitaban en torno a otros como cuerpos celestes perfectamente sincronizados. Y los versos libres destacaban en ese universo como cometas, a pesar de que ella hubiera preferido ser un planeta pequeño e insignificante. Pero ser conducidos de un lado a otro en rebaño termina por crear conciencia de grupo y en definitiva, los miedos y las inquietudes son las mismas. 


Se habían sucedido las charlas, las presentaciones, la firma de unos papeles, la entrega de otros, en un frenesí burocrático digno de un paraíso soviético. Y la transumancia borregueril por fin terminaba en ese agobiante aula. Les habían explicado que iban a conocer a algunos de las tutoras y tutores que podrían escoger para convertirse en médicos de familia. Ahí es nada la decisión. A Sophie le temblaban las piernas como si la elección fuera a celebrarse en el círculo polar ártico. Repasaba el dossier que tenía frente a ella, con las fotos de los centros de salud, su localización, la población, las guardias... Por información no iba a quedar, desde luego. Intentaba filtrarla, ponderarla, separar el trigo se paja, y cuando le parecía que la cosa estaba decidida entre dos o tres opciones, descubría un nuevo ángulo que le obligaba a replantearse la decisión, y el orden se trastocaba, y el primero parecía un infierno el último era el paraíso perdido. Total, un lío del carajo. 


Pasaba las páginas para delante y para atrás cuando entraron. Se sentaron en unas sillas frente a ellos, como si fuera el jurado de "Tu cara me suena". Dos hombres y tres mujeres que empezaron a contarles cómo eran sus centros de salud, sus consultas, las cosas que hacían, las que no hacían, las que les dejaban hacer y las muchísimas que les gustaría hacer pero no les dejaban. A veces se atropellaban al hablar, cuando una descripción de uno le traía a la memoria algo a otro, o cuando caían en un infantil "pues yo más" que a ella le hacía esbozar una sonrisa. Se notaba a la legua quien ansiaba venderse y quien caminaba sobre seguro, sabiendo que su oferta nunca en la vida había sido rechazada. 

Entonces entró él, disculpándose, sentándose en una esquina después de intercambiar unas sonrisas y algun chascarrillo con sus compañeros, mirándoles fijamente con esa mirada que empezaba a poner nerviosa a Sophie. Y cuando  al final le propusieron hablar sobre él, su centro y su consulta, solo les contó que era un simple médico de pueblo al que nunca eligen o lo hacen solo por eliminación. No se veía capaz de competir con los centros urbanos y su cercanía al hospital, a la propia unidad docente, con la propia ciudad.  Tampoco con los más cercanos, los que muchos años atrás habían sido rurales y ahora sufrían la invasión de las urbanizaciones dormitorio. Así que propuso al grupo que contarán algo sobre sí mismos, por qué estaban allí sentados frente a ellos, que buscaban o habían buscado aquel día en el Ministerio o donde fuera que eligieran. 

Y ahí habían llegado, a su compañera de la derecha que había terminado su presentación preguntando si se podía llegar en autobús a todos los centros y consultorios. Y ahora tenía que hablar ella. El BIC era el recuerdo informe de lo que había sido y la mano se pegaba a la mesa por efecto hiperhidrótico incontrolable. La primera parte parecía sencilla y automática, pero él preguntó cómo se llamaba el pueblo en el que había nacido y si era grande o pequeño, y la lengua empezaba a secarse en proporcionalidad inversa a la humedad de las manos. 


Y de pronto, sin saber cómo, se vio a sí misma contando aquel año de primero de estudiante aplicada de Medicina en que pidió permiso al médico de su pueblo de toda la vida para acompañarle unos días durante el verano, y cómo, lo que iba a ser solo una semana, se convirtió en una droga que la hacía volver cada lunes, cada vacaciones que le permitía la biología o la patología médica uno.  Cuando retomó el control de su voluntad, se obligó a callar, convencida de haber resultado pesada y hasta cursi. Pero el la miraba asintiendo ligeramente, con el aire de quién ha descubierto un diamante entre un puñado de cristales. 

La ronda de presentaciones terminó al mismo tiempo que la capucha del boli. Después de un silencio algo incómodo, los tutores se levantaron y se marcharon charlando entre ellos, como viejos conocidos. Pero él se detuvo un momento y la sacó de sus meditaciones con un suave golpe sobre los papeles abiertos frente a ella. 

- Sophie, piensa bien en la médico que quieres ser y tomaras la decisión correcta. Mucha suerte. 

Ella sonrió sin contestar nada mientras él se marchaba a toda prisa reclamado por otro compañero. Y Sophie con mucha calma, volvió a sacar otro bolígrafo BIC de su mochila y reinició su tarea destructora. 








lunes, 22 de mayo de 2017

Quemados

La mujer levanta ligeramente el tono de voz y adelanta el cuerpo hacia la mesa en actitud claramente intimidatoria, justo antes de que el médico apriete el botón de imprimir la interconsulta. Quiere asegurarse de que ha añadido el imprescindible preferente, no vaya ella a tener que esperar más de un año para que le hagan la resonancia que tenían que haberle hecho el primer día que empezó con sus dolores de espalda. Que una vecina suya empezó igualito que ella y al final tenía tres hernias discales, que a la pobre no han podido ya ni operarla ni nada, ahí está con sus hernias y esos lumbagos que le dan tres o cuatro veces al año, yendo todos los años a rehabilitación, y ella no quiere acabar así.

El médico duda durante una fracción de segundo, y la mira fijamente a los ojos  tentado de aceptar el reto y desplegar las alas del conocimiento. Pero la duda se disipa como un retortijón inoportuno de la conciencia y despliega la ventanita que descubre el ansiado preferente, clickea e imprime. Ella insiste "me lo ha puesto preferente entonces", y cuando coge el papel de la mesa lo repasa para asegurarse de que aquel intermediario entre ella y la solución a sus dolores, no se arrogue atribuciones que no le corresponden. Satisfecha con su volante, termina sus reivindicaciones con "esa cajita de inyecciones tan buenas que usted sabe que me van fenomenal, aunque no entren en el seguro, que es una vergüenza que mi marido haya estado toda la vida pagando a la seguridad social para que ahora una pobre mujer se tenga que pagar las inyecciones"

Al fin se marcha con un juego de cintura que ya quisiera para sí Sergio Ramos, con los volantes debajo del brazo y la receta blanca que tanto le cabrea para poder comprar las inyecciones. Deja la puerta abierta de par en par y sin solución de continuidad asoma la cabeza el siguiente paciente. El médico le pide que espere un minuto, que debe hacer una llamada, y para atemperar un poco la cara de mala leche que se le pone al paciente, coge el teléfono y empieza a marcar números. El caballero cierra la puerta con un poco más de energía de la esperada y el médico cuelga el teléfono para cerrar la pantomima. Le apetece tomarse un segundo para sí. Y entonces comete el error que se había prometido no cometer, recuerda los días en que creía ser un buen médico, los días en que acudía a trabajar sonriendo, en que se tomaba el café a toda prisa entre bromas con los compañeros para empezar cuanto antes, los días en que se marchaba a casa creyendo tener la mejor profesión del mundo. 


Y entonces saca el repertorio de maldiciones gitanas y maldice con saña a quienes conforman su lista de la vergüenza. Los tiene numerados, localizados uno por uno, figuran en su cabeza con ese lujo de detalles que da el haber repasado las afrentas una y otra vez, los engaños, las promesas incumplidas. Sabe que no es sano, y cada vez que se dedica a tan innoble tarea, se jura por lo más sagrado que será la última y que ya ha pasado página. Pero la auténtica realidad es que se ha convertido en un adicto. El día anterior le llamó un excompañero. Ya no existen las llamadas de cortesía, al menos es lo que él cree. Le contó con crudeza que trabajaba solo por el dinero, que ha decidido no enfrentarse a nadie, no tomar ninguna iniciativa, solo sentarse y esperar a que llegue la nómina el día uno. Para quitarle hierro, le dijo que estaba satisfecho con sus cursos y sus máster, pero que la consulta era solo trabajo, sin más. 


Pero no podía engañar a nadie, y menos a sí mismo. Su compañero intentó torpemente animarle, pero el veneno que escupía terminó por conseguir que le devolviera solo largos silencios. Y aquella conversación le había revuelto las tripas y le había hecho pensar en lo que no quería volver a pensar: que una vez fue un gran médico. 

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Solo hacía dos años que había terminado la especialidad. Por esos azares del destino, el final había coincidido con un cambio político. Y los nuevos mandamases querían marcar distancias con los anteriores, y de paso apuntarse tres o cuatro titulares sabrosos que se clavarían como un rejón en el morrillo de quienes buscaban ahora fortuna en plazas mayores. Total, aquello era el principio de la legislatura, y ya se sabe que junto con el periodo preelectoral, son las mejores épocas para terminar la residencia. 

En cualquier caso, menos de cuatro meses después de enmarcar el título de médica de familia, ya tenía su propia consulta. Es verdad que era un pueblo de los limítrofes con la capital, de esos repletos de capitalinos revenidos que parecen tener plaza de aparcamiento en el Ramon y Cajal o en El Niño Jesús, resignados a tratar con médicos del extrarradio. Y ella había sido residente urbana, pero le había encantado su experiencia rural y lo más importante era la ilusión que le hacía que su nombre apareciera en la puerta de la consulta. 

Habían pasado dos años. Había envejecido en dos años, se lo notaba en el espejo por la mañana cuando se arreglaba a toda prisa una coleta práctica antes de salir hacia el pueblo. Aquel día vendría a hablar con ellos su tutora rural. Llevaba toda la semana contenta con la perspectiva, volverse a ver después de los años, más allá de los guasap que aún se enviaban de cuando en cuando. Solían reunirse en el Centro de Salud una vez en semana, pero la cruda realidad era que las reuniones escaseaban, todos encontraban excusas o aprovechaban los cierres parciales de las consultas para sentir la gozada de ir a otro ritmo, terminar pronto, poder repasar una historia, consultar unos papeles, leer un artículo. 

Pero aquel día, ella se presentó en la sala de reuniones y le plantó un abrazo y dos besos a su tutora. Fue un "como decíamos ayer" en toda regla, un salto espacio temporal de los que solo se dan en las películas y en los sentimientos verdaderos. Al final encontraron tiempo para la confidencia, porque a las dos las atraía y las atemorizaba como entrar en la casa del terror del parque de atracciones. Su tutora solo necesitó dos o tres respuestas prefabricadas para meter el dedo en una úlcera de grado tres. Entonces se derrumbaron las fachadas y confesó estar desando que se convocara la oposición, o que hubiera un concurso de traslados, lo que fuera más rápido, para cambiar de plaza. Era capaz de reconocer sus errores, aunque vinieran maquillados por las mil y una razones que había oído y leído en tantas ocasiones, las mismas que se había jurado una vez no decir nunca. Solo habían pasado dos años. Su tutora la despidió con el abrazo que das a la hija que se marcha a trabajar a Estados Unidos sin saber hablar inglés. Le dio todos los consejos que le vinieron a la cabeza, los trucos que creía podrían darle una oportunidad. Ella volvió a su casa por la autovía sin pasar de noventa, sin ver el tráfico, sin escuchar la radio. 















lunes, 15 de mayo de 2017

Pacientes

Ella molesta al médico. Cada vez que sale al umbral de su consulta a llamar al siguiente la encuentra de pie, pegada a la puerta, violando ese espacio personal respetuoso que en el fondo le gusta que mantengan los pacientes. Se dice a sí mismo que esa zona de seguridad es señal de educación y no le gusta que ni ella ni nadie se salte las normas no escritas. 

Ella no dice nada, solo espera expectante mirándole a los ojos, como el cachorrillo que espera su galleta. Aun así, le molesta. Luego, cuando comprueba que no es ella a quien lo toca todavía, cuando repasa el siguiente y el siguiente nombre para encontrarla y descubre que en realidad aparece mucho más abajo en la lista, siente una punzada de remordimiento porque en el fondo sabe que no se trata tanto de una cuestión de respeto, sino de superioridad, de mando, de jerarquía y poder. Entonces vuelve a mirar esos ojillos de perro abandonado que esperan silenciosos su segundo de atención, y sonriéndola, le explica que aún le quedan cuatro antes de que le toque. Entonces ella le devuelve la sonrisa con timidez y parece hacer caso de su consejo de esperar tranquilamente sentada. Pero cuando vuelve a abrir la puerta, ella vuelve a estar allí, silenciosa y con los ojos enormes clavados en el y en su lista, como si nada hubiera ocurrido. 

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Lleva años haciéndole bromas sobre su soltería. Se las hace en la calle antes de entrar al consultorio, en la puerta de la enfermera cuando viene a hacerse el Sintrom, en el puesto de fruta cuando vuelve de visitar a alguien en su casa los jueves a media mañana. El sonríe con su cara mal afeitada y unos dientes desiguales medio podridos que le han dado más de un disgusto, pero que se niega a sacarse mientras aún mastiquen. Pero cuando está esperándole por la mañana desde casi una hora antes de empezar la consulta, con una cara de estar despidiéndose de los familiares cercanos, el médico sabe que los oídos se han vuelto impermeables a las bromas, que le esperan un par de semanas de visitas tempraneras, meneos desesperanzados de cabeza y sentencias de malos augurios. 


El médico ha aprendido a reconocer las señales, que se repiten matemáticamente como la vuelta de las oscuras golondrinas, e intentan inundarlo todo de tranquilidad, empatía y seguridad. Pero nada: la cabeza vuelve a negar tenebrosamente insistente, las frases lapidarias se intercalan con un tsunami de suspiros que se llevan por delante la empatía y el buen rollo del más pintado. 

Entonces, por un segundo, el médico flaquea, cree ver en los ojos apagados del viejo solterón la firmeza inquebrantable de morirse, y le entra un pánico que casi no se atreve a reconocerse ni a sí mismo. Pone todo su arsenal sobre la mesa dispuesto a enfrentarse a la invencible compañera hasta el último aliento de placas, analíticas, medicinas y hospitales y en el fragor de la batalla se reconoce a sí mismo el invierno anterior oyendo los golpes en los cristales con sus alas juguetonas y entonces frena derrapando, se vuelve a la camilla, donde sigue sentado sin moverse y le mira a esos ojos tristes que soportan todo el mal de este mundo, soltándole la burrada más grande que se le ocurre solo para ver aunque sea por una fracción de segundo, el atisbo de su sonrisa de pícaro irredento. 

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Habla a voz en grito. Apostilla cada una de las barrabasadas que dice que hace su marido con una referencia a las múltiples enfermedades que ella acarrea. El calla y la mira con un aburrimiento que es casi palpable fisicamente. Los síntomas se entrecruzan y se mezclan de tal forma que ya no saben en qué órgano quedarse, ni siquiera en qué persona. El médico sufre desconexiones intermitentes. Ha comprobado que es la única forma de que su cerebro procese el torrente informativo sin morir en el intento. Bucea en medio de aquellos gritos como el que nada en el fondo de un pantano buscando un tesoro y encuentra la clásica bota medio carcomida. Ella acompaña ese megamix del Harrison con aspavientos que viajan de la cabeza a la pierna pasando por cualquier otra parte de su anatomía, mientras el marido resopla y ocasionalmente farfulla dos o tres palabras que solo pueden tener sentido en su cerebro. 

La consulta se vuelve un valle de lágrimas. Las quejas siguen migrando de un punto a otro de su cuerpo al ritmo de unas manos de bailarina de flamenco mientras el médico se estruja las meninges temeroso de terminar de dragar aquel pantano lodoso y quitarse el traje de hombre rana habiéndose dejado el tesoro en el fango sin rescatar. Así que cuando por fin recupera todas sus conexiones y sin grandes contemplaciones detiene el torrente ayudándola a levantarse de la silla, la ve marchar despacio e inestable sin poder evitar la sombra de la duda. 


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lunes, 8 de mayo de 2017

Indefensa

Ella era de esas personas que parecen atraer los rayos del sol. No son tantas, pero son tesoros que parecen primaveras en ebullición, transforman los lugares en dibujos animados de película de los Beatles psicodélicos, cambios mágicos que consiguen con un par de sonrisas, tres palabras y cuatro miradas a los ojos de las que calientan como una manta zamorana.

Llegó a un centro de salud donde el buen rollo se había ido acorchando, los cafés se acortaban o se volvían grises y cenicientos, la vida parecía querer detenerse bajo capas de polvo y de rutina. Abrió las ventanas de par en par, la cocina volvió a ser un espacio concurrido donde se apretaban unos codos contra otros y volaban los chistes y las fotos se desplegaban en las pantallas de los teléfonos móviles. Las articulaciones parecían haberse engrasado por ensalmo y ya nada chirriaba, hasta el silbido de la tetera respetaba el gorgoteo de la cafetera italiana. Sin duda, aquello era mucho mejor que el páramo por el que iban transcurriendo los días y aquel birlibirloque solo tenía una culpable, la nueva médica. 

Salía a recibir a los pacientes a la puerta con la bata arremangada ejerciendo su efecto balsámico con una mirada o un comentario, disfrutando del ensalmo que provocaba entre sus fieles, que se habrían arrancado la lengua con unas tenazas antes de quejarse lo más mínimo de su sempiterno trastoque de horarios. No habían tardado mucho en lanzarse a cruzar los,puentes que les había tendido y si se les preguntaba en el bar o en el súper, no sabían precisar cuánto tiempo llevaba siendo su médica de cabecera, pero indefectiblemente, todos apostaban muy por encima del tiempo real. Sí, hay quien tiene ese don, son mutantes de la felicidad, alumnos aventajados de un profesor Charles Xavier dedicados en cuerpo y alma a hacernos a todos la vida más hermosa. 

Él vivía en el hechizo desde el minuto uno. No era del pueblo y su segundo paso tras el aterrizaje fue acudir a buscar médico que le acompañara por el berenjenal infumable en que se había convertido su obsesión por la salud, una zorrera de miedos e incertidumbres que en realidad jamás le dejarían ser de verdad una persona sana. Le asignaron a la médica nueva aunque su cupo se llenaba a marchas forzadas, según le explicó la administrativa. A él le daba igual, con que le escuchara y le atendiera en lo que le pidiese le bastaba. Se extrañó un tanto cuando su sentido de experto en salas de espera detectó elevados niveles de endorfinas y sonrisas bobaliconas en las sillas de su alrededor. Después de la primera visita lo entendió todo, fue una conversión al estilo Saulo, con porrazo en la crisma por caída desde su caballo de hiperdemandante ante su nueva diosa sanitaria. 

A partir de ese momento se transformó en un devoto de misa-consulta semanal, de los que leen el salmo responsorial y escuchan con aprovechamiento el sermón. Ella seguía mientras tanto repartiendo inadvertidamente las conexiones a quienes entraban por su puerta, con la candidez que vive la gente como ella, con una inocencia sincera que a los demás les resulta tan conmovedora. 

Su petición de amistad en Facebook había quedado en el éter como hacía siempre. Le gustaban las redes sociales. Había llegado a ellas con desconfianza y como si hubieran realizado en ella su particular revolución industrial, le habían dado un telar mecánico para unirse a las personas donde antes solo tenía un hilo y una aguja. No obstante, desde el principio pensó que si no se manejaban con cuidado, podían convertirse en poderosas enemigas. Los primeros mensajes en Twitter la desconcertaron.  Le llegaron una noche mientras estaba de guardia. Los leyó y releyó pasando sin solución de continuidad de la incredulidad a la tristeza, del autoreproche a la rabia. La noche se alargaba eternamente mientras decidía cuál sería la actitud apropiada. Finalmente optó por un reproche suave pero firme. Los segundos que pasó con el dedo a un centimetro de la tecla de enviar le demostraban el miedo que le daba tener que adentrase en ese sendero. 

Las personas como ella, los mutantes de quienes mana la energía de la vida que nos rodea, a veces parecen tan frágiles como flores de invierno. Y sobre ella cayó de golpe toda la escarcha que trajo la respuesta airada del rechazado devoto, los reproches infundados, las amenazas despechadas de propagar bulos como quien quema malas hierbas en un verano seco, los insultos, el desprecio. 


Cuando te has acostumbrado a los colorines del Yellow Submarine, los grises te abofetean y te descolocan. Los compañeros vagaban buscando la fuente de calor como los fantasmas de un castillo medieval, como los niños que son capaces de adivinar el dolor de sus madres pero no saben ponerle un nombre. Cuando ella no pudo justificar por más tiempo la tristeza que lo helaba todo a su alrededor, les explicó el dolor que le provocaba su indefensión. En realidad, la indefensión siempre había estado allí. Lo que dolía era haberla mirado a la cara por primera vez, porque ya nunca te olvidas de ella. Y porque sientes como se convierte en la gota de la tortura, la que horada con su insistencia la confianza. 



Aquella tarde, dos de sus compañeros esperaron dentro del coche. Le vieron venir de lejos, con el pan debajo del brazo. Cuando pasó junto a ellos abrieron las puertas y le llamaron por su nombre. Les reconoció a ambos de haberlos visto en urgencias. Sus gestos y sus medias frases le reconocían culpable sin necesidad de juicio. Fue una conversación breve, con muchos más silencios que palabras. Fue un acto desesperado de quienes veían esfumarse la esperanza por el sumidero de la indefensión. Y no estaban dispuestos. De ninguna manera. 












lunes, 1 de mayo de 2017

Zozobra

Veinte años después uno es veinte años más viejo. Sí, ya sé que veinte años no es nada, a quien no le sale el espíritu porteño. Pero vamos, que las nieves del tiempo platean las sienes que da gusto, eso si  quedan sienes que platear. Por aquí afortunadamente alguna queda, aunque los espesores no sean los que fueron. Y la frente se marchita a ritmo anti-bótox. En resumen, que veinte años es muchísimo, se ponga como se ponga Gardel y su prima la del puerto.

Por aquel entonces llegábamos al final de la residencia con la inconsciente alegría de quien cree que la vida se va a abrir para uno como si fuéramos Alicias cayéndonos tras el espejo hacia el país de las maravillas. Adjuntos, ni más ni menos. No sabíamos si habíamos subido de nivel o simplemente habíamos cambiado de juego. Jóvenes y sobradamente preparados, parecíamos un anuncio de coche. Para muchos de nosotros las perspectivas eran inmejorables. Cuando me detengo un momento a pensar en ello, creo que de haberme fijado mejor entonces, les habría visto camina a un palmo del suelo desde primero de residencia. Eran los afortunados que solo tenían que esperar a tener el resguardo del título registrado para firmar el contrato de permanencia, como si se tratara de un operador de móvil: anestesistas, ginecólogos, cirujanos, cardiólogos...

Un hospital en expansión autonomista y servicios que necesitaban nutrirse de ambiciosos cachorros con ganas de echarse el tercer nivel a sus espaldas. Sangre nueva revitalizadora y dinero a raudales que transformaba residentes en adjuntos a ritmo de pucheros de jefes de servicio a oídos de políticos de relumbrón

Otros iban preparando el hatillo, seguros de que que en la capital encontrarían el cariño que les negaba la hija pequeña con afanes separatistas. Al fin y al cabo, muchos se habían sentido extraños entre los dejes gramaticales incomprensibles, la frialdad de una ciudad a la que le costaba transpirar bajo sus piedras vetustas y el aburrimiento crónico del provincianismo. Así que preparar las maletas y sacudirse el polvo de los zuecos fue, en muchos casos, hasta una terapia saludable para ellos, ansiosos como estaban de dejarse caer por el hueco del árbol y ser recibidos por el señor conejo en el paraíso de los mil y un hospitales.

Los había incapaces de superar la morriña, del norte, sur, este u oeste. Los que habían ido tachando en el calendario de la cocina con rotulador Edim y enormes cruces negras cada uno de los días que les faltaban para volver a sus lluvias eternas, o a sus chiquitos, o a su Mediterráneo, o a su pescado frito y su cerveza helada. Estos eran Papas besando la tierra de sus mayores al regresar, seres felices con que les dijeran buenos días con todo su acento, que pensaban que sus compadres no permitirían que les ocurriera nada malo, que era solo una cuestión de tiempo, que el mundo necesita recolocar sus piezas para que fluya la energía en el sentido correcto. Marchaban con una sonrisa enorme en sus caras, como aquellos jóvenes que iban ilusionados a los campos de batalla al estallar la Primera Guerra Mundial,  con sueños de gloria y eternidad.

Y por último, estábamos los parias. Esa casta que era puesta de patitas en la calle con un papel bajo el brazo envolviendo un bocata de chorizo y unos teléfonos apuntados para pelear por unas sustituciones. Eran tiempos en los que las bolsas de trabajo eran del grosor de una guía de teléfonos (de las que existían entonces) y donde una llamada a un conocido podía servirte para trabajar esos tres días del puente que te arreglaban el mes. Eran tiempos de peregrinajes por los Centros de Salud, donde se anotaba tu nombre y tu numero en una agenda de tapas de cuero que guardaba la administrativa en un cajón, en la s de sustitutos, el último de una lista de nombres en rojo, negro y azul. Eran tiempos de palabras gruesas y miradas asesinas si pisabas el terreno de quien llevaba años ganándose las habichuelas en veranos, Semanas Santas y fiestas de guardar.


Los de esa casta nos quitábamos la zozobra a base de kilómetros y de horas de festivos echadas en lugares a los que teníamos que llegar con la Guía Campsa, nuestro Google Maps cutre del pleistoceno. Eso los que decidíamos resistir. Los que no decidieron echarse en brazos de los apuntes de Asturias y regresar a las facultades de Medicina a contestar otras doscientas preguntas para revertir un rumbo que, o se les había quedado corto, o simplemente les había abandonado.

Han pasado veinte años como veinte soles, veinte años capaces de recolocar las piezas de su puzzle al ritmo que se le ha antojado. Y ahora, cuando miro a los ojos de todos esos jóvenes residentes que ven acercarse su quince de mayo, sigo viendo en ellos la misma desesperante, agobiante y absurdamente ilusionante zozobra.




lunes, 24 de abril de 2017

Guardias

Puede que se hayan convertido en uno de los principales indicadores del paso del tiempo, esa arruga en la frente que no hay bótox que consiga eliminar. Después de cada guardia me duelen los riñones, farfullo como un viejo gruñón, las ideas parecen de papel y en mi cerebro sopla un huracán de fuerza cinco que las desbarata y no las deja posarse. Me duermo en el sillón y me despierto desubicado como un homeless en el banco de un parque. Y ya no puedo resistirme a las gafas de cerca, las letras insisten en emborronarse por mucho que me empeñe en alargar el brazo. 

Las guardias me pasan facturas que crecen cada día a ritmo de inflación desbocada. 

En las guardias cabe todo. Anoche empezó a dolerle la garganta, era como haberse tragado un vaso con clavos. Su marido la mira compasivo, la ha visto dar vueltas en la cama y levantarse ojerosa. Hace un par de horas que se tomó el segundo Ibuprofeno (ese bendito de Dios que ocupa en todas las casa el lugar que ocupaba el Sagrado Corazón en la casa de nuestras abuelas). De seiscientos, claro. ¿Ah, es que lo hay de menos? No le ha hecho nada. La garganta sigue siendo un infierno, la saliva quema, eso debe ser un desastre de gérmenes. Me sale la voz de cura repipi cuando le digo que todos los procesos llevan su tiempo. Reconozco la mirada de "no va a mandarme nada, seguro, ¡qué mala suerte he tenido! y recurro al viejo truco de ofrecer certezas a cambio de fármacos: le pongo plazo a los alfileres del gaznate con una seguridad de inspector de hacienda, una seguridad incontestable que remato con un "se lo digo yo".  No pudo resistirme a la broma de mandarla a hacer gárgaras: en mi consulta soy muy de bromas y mis pacientes me las toleran como al cuñado graciosillo que se te sienta al lado en la boda. Pero ésto es una guardia.  


Se sienta incomodísimo en la silla, como si fuera la de un fakir. Su cara me resulta vagamente familiar. Son diez años haciendo guardias en el mismo sitio. Cualquier otro con mejor retentiva les pondría nombres y apellidos. Yo les adjudico la sombra de un  recuerdo, y gracias. Sus síntomas son complejos, enrevesados, pero de una forma extraña han ido encajando en mi cabeza como cuando ves las palabras en una sopa de letras. No ocurre siempre y los años te enseñan a desconfiar de los diagnósticos sencillos y rápidos. Va al baño con un bote en la mano. Les suelto mi apuesta a la residente y a la enfermera. Cuando regresa nos dice que está pendiente de ingresar dos días después para hacerle pruebas en el hospital, porque ha perdido muchísimo peso. Le doy mi opinión sobre lo que le pasa y sonríe, lo cual no deja de extrañarme. Después me confiesa que hace años, ocho ni más ni menos, tuvo un cuadro similar y que le había atendido en urgencias y había sido el primero que le había diagnosticado. ¡Ocho años! Busco la anotación en su historia y la encuentro allí, la de un médico ocho años más joven. Sonreímos los dos.  En las guardias cabe todo. 


Ella había venido por la mañana acompañando a su sobrina, pero no pudo resistir la tentación de volver. Se sienta ante mi nerviosa. Me cuesta hilvanar las ideas porque se le atropellan y se mezclan con los gestos exagerados de unas piernas que la queman y unas manos que la hormiguean. Soy el quinto médico al que consulta, y en cinco localidades diferentes. Es que tengo Sanitas. Desde luego, aprovecha bien el dinero que paga. Por en medio se ha llevado una analítica, tres clases diferentes de pastillas, un aumento de la dosis de sus pastillas para los nervios y hasta dos chupitos de homeopatía, que por lo menos le habrán endulzado la vida, digo yo. 

Su marido no ha querido ni bajarse del coche. La espera sentado oyendo el fútbol, aparcado en la calle. Repaso su hoja de medicación, un compendio de la farmacopea occidental. Pero ella niega tomar pastillas. A veces las evidencias nos desagradan, basta con negar la mayor. Intento convencerla de que quizás sea esa tortilla de píldoras las que provoquen los problemas, intento aclarar concienzudamente cada una de las prescripciones de los últimos dos meses. Nada, no me compra el argumento. Insiste en que ella no toma nada. Se marcha poco satisfecha de su quinto intento. Las guardias cada día me agotan más. 


Incluso cuando la noche se echa, los párpados pican y las piernas parecen de plomo, aún decides aguantar un poco más, esa visita de la una de la madrugada, en la que puedes quemar las últimas naves de tus neuronas antes de rendirte al sueño, a ese sueño intranquilo repleto de ruidos y despertares reales o quiméricos. Esta noche vuelve ella. Su marido deja el coche en marcha en la puerta con la resignación del buen esposo cristiano al que si le valiera y tuviera edad, se apuntaría a la legión extranjera. Vuelve a decirme que sigue igual, que mis remedios de darse crema no sirven para nada. Esta vez charlamos en la misma puerta de las urgencias, la intento tranquilizar, no le de tantas vueltas, váyase a la cama, no tiene nada malo, de verdad. ¿Pero no me va a mirar? No, no es necesario.


En las guardias cabe todoMe voy a la cama. Cualquier sueño, por corto, intranquilo y narcotizante que sea, es bueno, si es recibido en decúbito lateral y sin los zuecos. 


El timbre sueña con premura. Dos timbrazos auguran prisas y dificultades. Eso, o sueño profundo agotador. En cualquier caso, parecen adrenalina precargada enchufada directamente en la patata. El caballero dice ahogarse y tener dolor de abdomen. Tiene unos cincuenta y la mirada delatora de una vida tirada a la basura. Confiesa haber estado consumiendo, cocaina y hachís. Sus parrafadas están repletas de las incoherencias propias de los cerebros deshechos. Aunque el cansancio me cubre como un capote militar, lo siento de una forma muy fisica, la experiencia de todos estos años toma el mando y maneja la situación con la prudencia que marca el destornillador que el tipo guarda en su bolso y que se ha cuidado de enseñar oportunamente como quien no quiere la cosa. Al final, se marcha cantando calle abajo, hacia el pueblo. 


Pienso que esa noche no podré ya volver a dormirme, pero subestimo el palazo que llevan mis huesos y a lo mejor no quiero darme cuenta de lo viejo que estoy ya. Las guardias me matan. 











lunes, 17 de abril de 2017

El caleidoscopio

Hay lecciones que se tardan años en aprender. Otras que solo minutos, que se graban a fuego y no llegan a bajar nunca al subconsciente, permanecen en el consciente más doloroso. Pero la realidad es que nunca sabemos cuáles se clasificarán entre las apremiantes y cuántas tardaremos siete vidas en fijarlas. Quizás una de las más caóticas sea descubrir lo diferente que puede ser nuestra visión de la de nuestros pacientes. En ocasiones esa divergencia nos asalta sin avisar y ya nunca la olvidamos. Otras veces, pasamos años y años de consulta creyendo que el único gran objetivo a través del cual se contempla la realidad es el de nuestra cámara, hasta que descubrimos que nuestra lente solo es una más, a veces tan turbia y distorsionante como los cataratosos ojos de un abuelo.


Llevaban un tiempo adaptados a vivir en la pequeña consulta como en el camarote de los hermanos Marx: dos sillas para los pacientes, un sillón de jefazo que el jefazo evitaba siempre que podía y dos taburetes informales y juveniles, donde era más fácil encontrar al inquieto tutor. Allí, o de pie apoyado contra la ventana, aprovechado la tibieza del sol del final del invierno. 

Pero de vez en cuando, esa presencia tiranizante del tutor, que atrae las miradas y las palabras de los pacientes como un agujero negro espacial, absorbiendo los tímidos intentos de autonomía de las residentes, esa presencia de voz en off, de supertacañón de los tiempos del Un, Dos, Tres, emigraba hacia la consulta de al lado, aprovechando el vacío de las visitas domiciliarias del compañero, intentando arrastrar todo ese inevitable magnetismo lejos de las dos jovenes médicas, que disfrutaban de una libertad agridulce, pero libertad en cualquier caso, y esa es una gran palabra. 

Ese día el tutor regresaba de uno de esas pequeños interregnos. Después de tantos años, es capaz de percibir las corrientes subsónicas como los perros policías. Y le chirrían igual de fuerte. El paciente estaba sentado en silencio ante las médicas, que repasaban su historial. No le dio tiempo ni a saludar. 

- Hombre, menos mal. 
-¿Cómo estás, F.?
- Ya está bien que te vea. Pues mal. Como quieres que esté. La última vez venía con un dolor que no veas en la pierna y aquí estoy, igual. No sé si será de la circulación, el tobillo o qué. 

El paciente vuelve a contar la historia mientras el tutor ojea las anotaciones de las residentes. Hace un par de preguntas para centrar el tema, pero salta a la vista que lo que le apetece al buen señor es un poco de jaleo tabernario. Las médicas asisten a la diatriba en silencio. Nunca se sabe cuando saltará la lección, es cierto. 

- Lo que no es normal es que me sienten en la camilla, estén media hora mirándome y hablando entre ellas y no sean capaces de preguntarme ni qué me pasaba. 
- Venga hombre. ¿Me vas a decir que dos médicas te han sentado en la camilla y te han explorado sin haberte preguntado qué te pasaba, donde te dolía, que te habías hecho y cómo? ¡Venga ya! 
- ¿Es que no me vas a creer lo que te digo?
- Pues sintiéndolo mucho, no puedo creerte. No creo que ningún médico sea capaz de hacer eso, pero estoy seguro que ninguna de estas dos médicas lo ha hecho. 


Hay firmeza en la voz del tutor, pero se nota claramente entremezclada con la pena, la que rezuma en los conflictos de parejas condenadas a la convivencia, donde no caben divorcios ni separaciones amistosas, ni aun llamándoles cambios de cupos o traslados. Cuando todos asumen esa irremediabilidad, siempre se mantiene sujeto el freno de mano, se dejan puentes que algún día vuelvan a cruzarse, se pliegan las velas de la dignidad al menos lo suficiente para que no escueza el reencuentro. 


El paciente se marcha dejando dos o tres frases hechas que mantienen la fantasía del orgullo pero que suenan a cálculo de bajas en la retirada. La despedida es algo más seria que lo usual y la puerta cerrada permite el momento de la reflexión, el descubrimiento súbito y permanente de la existencia de los mil y un cristales a través de los que contemplar la realidad, y a dos jóvenes médicas asimilando ese caleidoscopio de las vidas con las que apenas acaban de empezar a cruzarse. 

  













lunes, 10 de abril de 2017

Su corazoncito

No hay un tiempo determinado para sentirte a gusto en una consulta, no. No existe una pauta aleatoria o basada en sesudos estudios científicos que permita orientarnos sobre en qué momento comenzaremos a sentirnos parte de la comunidad en la que trabajamos, parte de las vidas de los pacientes a los que atendemos. No hay reglas que dirijan el flujo de buenos sentimientos, que despierten de la noche a la mañana la confianza, el respeto, la sonrisa al verte salir a la puerta a llame al primer paciente. No las hay.

Conozco gente que lleva años pasando consulta en el cráter más seco de Marte. Con casco de astronauta y todo puesto. Atraviesan la sala de espera como si llevaran botas de plomo gravitatorias, miran a su alrededor y ven solo polvo. Y para sus pacientes parecen bustos en bronce de Gregorio Marañón con la capacidad de hablar, pero poco, eso sí. Y nunca jamás de sonreír. Por descontado.  

Y también conozco otra gente que son un mestizaje entre Miliki y la madre Teresa de Calcuta, gente que sonríe con absolutamente todos los dientes, hasta los de leche, con sonrisas de esas que provocan calorcito y ganas de que te toque en el amigo invisible. Son gente a los que las sopas de letras les forman siempre la palabra empatía, hasta con el juanete enfurruñado o dos horas de sueño efectivo porque le está saliendo el premolar al churumbel. 

Pues ella era de esas personas, cálida como una manta zamorana, una araña capaz de tejer lazos sin darte cuenta, telarañas que jamás se te ocurriría limpiar con la mopa. 

Llevaba casi cinco años pululando por la consulta, compaginando las largas estancias hospitalarias con apariciones intermitentes pero tan inevitables como los monzones en la India. E igual de torrenciales, de deseadas y de fértiles. Entre medias, dos permisos maternales disfrutados como solo se puede disfrutar de ser madre, aunque siempre con ese puntito de añoranza por la consulta y por recuperar ese huequito en las vidas de los pacientes. 

Y por fin, unos últimos meses de entrega diaria, de derramar sobre la comunidad su empatía como el cura el agua bendita con el hisopo, de haber entrado en las casas y haber vivido la enfermedad en pijama, y de haber sentido a la muerte esperando a los pies de la cama a que la vida dejara de ser tan obstinada. 

No sé cuántas horas dicen los manuales que hay que tener de vuelo para sentirte arte y parte de una consulta, ni me importa, pero ella se había ganado las alas con creces. 

Aquella mañana la reunión del tutor parecía alargarse más de lo esperado por todos. La oportunidad de probar esas alas es demasiado golosa como para no afrontarla sonriendo desde el minuto uno, así que la residente abrió la puerta de la consulta como quien abre el telón el día de su debut en Broadway, exactamente con la misma ilusión y las mismas ganas. 

Las caras se volvieron hacia ella presumiendo de sincronización perfecta, y las sonrisas que pudo percibir tras el buenos días la hicieron sentirse como Julie Andrews dando vueltas en lo alto de un monte de los Alpes. 

Pero entonces se escucharon desagradables los primeros truenos:

- ¿No está el doctor?
- No. Está en una reunión, y no sé a qué hora volverá. Pero yo pasaré la consulta. 

Julie Andrews empezaba a marearse y a trastabillar un poco. 

- Ya, pero es que yo quería que me viera él.
- Y yo también. Pues menuda faena, porque hemos venido a verle a él y para nada. 

Julie definitivamente se había caído de culo al prado. 

- Bueno, pero yo puedo atenderos igual, ya os he atendido otras veces y he estado con él siempre que os he atendido. 
- Mujer, si no es por ti. Es que queríamos verle a él, porque él entiende mucho de esto que le pasa a mi hijo. 
- Y yo quiero enseñarle mis tensiones para que vea como me va el tratamiento. 

La confianza es una flor delicada, un edelweiss difícil de encontrar, y que puede estropearse con una breve ráfaga de viento (no sé por qué tanta metáfora alpina, me disculpen). Aquella florecilla tenía raíces fuertes, había crecido robusta y hermosa y las miradas comprensivas, cálidas de las demás personas de la sala de espera consiguieron que apenas se dejase un par de pétalos. 

La vida continuó regalando retazos de sus mil formas detrás de la puerta de la consulta, y aquella médica, disfrutó de sus bien merecidas alas, aunque le envió un guasap al médico para contárselo. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestro corazoncito. 



lunes, 3 de abril de 2017

Ni puta idea

Me gusta ir a comprar al súper de mi barrio. Es él mismo que había bajo la casa en la que pasé mi infancia, el mismo al que me mandaba mi madre a por el tambor de Colón que pesaba como un muerto. El año pasado se jubiló la cajera que llegó siendo una jovencita y se sabía el nombre de todos los chavales. 

Voy los martes a la carniceria. El carnicero ha sido una de esas herencias que arrebatamos a nuestras madres, responsable de elegir los mejores filetes a la familia, de recordar cuánto nos gustan las costillas en las lentejas, de cabecear con las derrotas de nuestro Atleti, o de retrasarse por estar echando la partida de mus. Voy los martes porque por la mañana estuvo en el matadero y la carne es fresca y variada,y solo altera ese ritmo las vacaciones, y, como no, las guardias. 

A veces me encuentro alguno de los antiguos vecinos, los que me llamaban con el diminutivo, el sanbenito inevitable de quienes llevamos el mimo nombre que nuestros padres, y que te horroriza siendo niño que quiere ser mayor. Están viejos, con la piel arrugada y los ojos vidriosos, pero en mi mente siguen siendo aquellos jóvenes y fuertes currantes del Simca 1000 y los cigarrillos Rex. Él llegó la otra tarde, mientras esperaba pacientemente mi turno. Siempre procuro ser el primero en saludarles, por borrar esa desagradable sensación que te aturde cuando conoces a alguien y no eres capaz de ubicarle. Cuando les sonrío y les llamo por su nombre me parece percibir en sus miradas como si la llama de la memoria se insuflase de golpe, y entonces me estrechan la mano sonrientes o me plantan dos besos y un achuchón, y se les ilumina la cara de felicidad, no por verme, sino por recordarse otra vez jóvenes y con toda la vida por delante, como hace cuarenta años. 


Me contesta al inevitable cómo estás con el clásico hecho un cacharro. Generalmente el cruce de pelotas blandas en la red sigue con un yo te veo fenomenal, que se devuelve con un qué va, será por fuera, por dentro estoy hecho una calamidad. A veces quieres dejar el partido en ese amable cruce de sainetes, sobre todo cuando eres consciente de cómo les ha golpeado la vida, y el pudor te impide provocar un rebrote de dolores que sólo deseas que duerman en las profundidades bajo cientos de capas de tiempo. No haría ni dos años que murió su hija mayor. Yo no quería bajo ninguna circunstancia revivir ese dolor. 


-En realidad los médicos no tenéis ni puta idea. La Medicina en general.- No era un tono ofensivo, sino más bien de un Cela de barrio. Yo sonreía. -Quiero decir que hay cosas que nos pasan de las que no sabéis nada. 

Temí por un momento que se tratara de rencores alimentados por la enfermedad de su hija, rencores que buscarán ser escupidos a la cara del primer representante de Esculapio que fuera a comprar cuarto y mitad de carne picada, y me preparé para la invectiva, consciente de lo duro y antinatural que es para un padre sobrevivir a cualquiera de sus hijos. Pero no, 

-Mírame a mí: siempre estoy con estos mareos tontorrones que no me dejan en paz. Y ya me han hecho de todo, hasta me ingresaron en el hospital unos días y me hicieron escáner y un montón de pruebas y nada, que no dan con ello. 

Bueno, no pude evitar sonreír. Estaba preparado para afrontar los reproches a la Medicina nacidos del dolor y la rabia, pero ésta era una rabieta de niño malcriado. 

-Hombre, pues si no te encuentran nada malo, pues será cosa de la edad. Tampoco sabemos quitar las arrugas, qué se le va a hacer. 

-Nada, que no tenéis ni puta idea. Anda que no podíais haber inventado algún dispositivo que mejorara la circulación en el cerebro, para que no pasaran estas cosas. ¿Y sabes también de que no tenéis ni idea? De la piel. De la piel es que no sabéis nada de nada. Me lo dijo un catedrático una vez que me salieron unas ronchas y fui a ver a un amigo mío en un hospital de la capital y me ingresaron. Le pregunté qué eran esas manchas y me contestó: eso querría saber yo. Así que, lo que yo te diga: ni puta idea.

El carnicero me salvó de la diatriba entregándole un pedido que había dejado encargado su mujer por la mañana, así que nos despedimos con otro apretón, y al marcharse con sus mareos y su piel incomprendida de anciano me llamó por el diminutivo de mi nombre, lo que tuvo la virtud de vestirme automáticamente con pantalones cortos y un jersey de lana hecho por mi tía, al menos durante unos segundos. Después, como ocurre con todos los ensueños, el hechizo se rompió de golpe y volví a ser el médico ya entrado en años que todavía, y después de tanto tiempo en la cabecera, sigue en tantas ocasiones sin entender a las personas. 






lunes, 27 de marzo de 2017

Una lágrima entre los escombros

La llamada del 112 era inespecífica y anodina: reunía todos los requisitos de imprececibilidad que se le presuponen a esas llamadas, ustedes acudan y ya veremos a ver por donde salta la liebre. Lo mejor para los nervios.
- Al parecer se trata de una mujer que lleva un tiempo sin comer.
Con los años aprendes que cuando la operadora te cuenta estas lindezas, no vas a ganar gran cosa con un exhaustivo interrogatorio. Y siguiendo la ley de Murphy imperante en estas situaciones, el móvil que te ofrecen de contacto es solo un elemento inútil más del absurdo imperante, sin cobertura, sin batería o sin ambas. 

Así que lanzarse animoso a la carretera es lo que nos queda, y allá que nos vamos. Es un camino largo pero la enfermera y el médico tiene años de convivencia a sus espaldas, la familiaridad que da haber conocido a los hijos mocetones cuando son bebés, así que la charla es fluida y cariñosa. Al acercarse a la dirección, la enfermera empieza a reconocer las calles y con ese olfato de sabuesa que se ha dejado durante años las suelas haciendo domicilios en su pueblo, le pone cara al nombre que llevamos escrito en el informe. 

Entonces se produce ese volcado de datos blandos que en realidad conforman los cimientos más sólidos de quienes somos, ese acúmulo de información que nunca encontrará acomodo en la fría codificación, pero que nos permiten a los Sherlocks sanitarios esbozar el retrato de cabecera de nuestro paciente. Esos momentos mágicos que se asemejan a cortinas corridas involuntariamente dejándonos asomar por unos breves y curiosos momentos a otras vidas. 

El chalet está situado en medio de una urbanización bonita, con calles amplias y limpias, muros altos, porches, árboles y coches aparcados en las puertas. Pero con sus ventanas desvencijadas y sin cristales parece un sin hogar sonriendo con la boca desdentada, avergonzando a sus vecinos pudientes. La puerta principal está soldada. Hay un cuatro por cuatro de lujo en la entrada del garaje. Junto a su puerta, un señor nos indica que ese es el lugar donde nos esperan. 

La enfermera no se explica cómo ella ha vuelto a esa casa. Llevaba un par de años en una residencia asistida en un pueblo cercano. Allí se dejaba cuidar, recibía su medicación, le daban techo, comida y aseo. Lleva toda la vida autodestruyéndose, desde que en los años setenta empezó a experimentar por caminos que no tenían salida. Bueno, la tenian pero a ella no le tocó en suerte, mala o buena, nunca se sabe. Siempre llevando la destrucción al límite de lo razonable, al límite de lo posible, al límite de lo humano. Al parecer al menos en tres ocasiones la enfermera había estado presente en ese límite, un límite de rescates en UVI móvil, de intubaciones y antídotos intravenosos. 

Ahora entrábamos esquivando las ramas salvajes de un almendro, iluminándonos con las linternas de los móviles, pisando los escombros, la chatarra y la basura acumulada en la cocina, en el pasillo. Hace muchísimo frío. En la habitación hay una cama enorme sobresaliendo entre los cascotes y la porquería. Hay bricks de leche y zumo en el suelo, y paquetes de tabaco junto a la cabecera. La persiana bajada apenas sujeta las ráfagas del frío de la noche. Ella está metida bajo las mantas en camisón, tan desdentada como su casa.



La enfermera la llama por su nombre y al iluminarse con la linterna, ella la reconoce y sonríe enseñando las encías vergonzantes. Entonces le pregunta por su marido, que había sido su médico de cabecera durante tanto tiempo. Los tres largos años de larga y dura enfermedad vividos entre quienes habían sido sus pacientes toda la vida generaron esa corriente subterránea de cariño y simpatía que circulaba continuamente bajo el pueblo, siempre dispuesta a salir como géiseres humeantes y sonoros. La enfermera recibía ese cariño con un gesto agradecido, con un comentario intrascendente
y poco comprometido con la verdad, lo justo para devolver una sonrisa que maquillara un tanto la pena de todos. 

- Ya no está con nosotros. 

Entonces aquella caricatura de la mujer que fue algún día, aquella persona durmiendo en una casa sin ventanas, sobre montones de escombros y basura, aquel ser humano al que ya no le quedaban asideros a los que agarrarse, con la capacidad de un arsenal atómico para destruirse y destruir lo que crecía a su alrededor, aquella paciente que querían pasarse como una pelota de playa del 112 a urgencias, de allí a Psiquiatría y de allí al vacío, aquella mujer, lloró desconsoladamente durante varios minutos, con una pena honda y negra, como la que sólo puede sentirse en lo más profundo del alma.