lunes, 24 de abril de 2017

Guardias

Puede que se hayan convertido en uno de los principales indicadores del paso del tiempo, esa arruga en la frente que no hay bótox que consiga eliminar. Después de cada guardia me duelen los riñones, farfullo como un viejo gruñón, las ideas parecen de papel y en mi cerebro sopla un huracán de fuerza cinco que las desbarata y no las deja posarse. Me duermo en el sillón y me despierto desubicado como un homeless en el banco de un parque. Y ya no puedo resistirme a las gafas de cerca, las letras insisten en emborronarse por mucho que me empeñe en alargar el brazo. 

Las guardias me pasan facturas que crecen cada día a ritmo de inflación desbocada. 

En las guardias cabe todo. Anoche empezó a dolerle la garganta, era como haberse tragado un vaso con clavos. Su marido la mira compasivo, la ha visto dar vueltas en la cama y levantarse ojerosa. Hace un par de horas que se tomó el segundo Ibuprofeno (ese bendito de Dios que ocupa en todas las casa el lugar que ocupaba el Sagrado Corazón en la casa de nuestras abuelas). De seiscientos, claro. ¿Ah, es que lo hay de menos? No le ha hecho nada. La garganta sigue siendo un infierno, la saliva quema, eso debe ser un desastre de gérmenes. Me sale la voz de cura repipi cuando le digo que todos los procesos llevan su tiempo. Reconozco la mirada de "no va a mandarme nada, seguro, ¡qué mala suerte he tenido! y recurro al viejo truco de ofrecer certezas a cambio de fármacos: le pongo plazo a los alfileres del gaznate con una seguridad de inspector de hacienda, una seguridad incontestable que remato con un "se lo digo yo".  No pudo resistirme a la broma de mandarla a hacer gárgaras: en mi consulta soy muy de bromas y mis pacientes me las toleran como al cuñado graciosillo que se te sienta al lado en la boda. Pero ésto es una guardia.  


Se sienta incomodísimo en la silla, como si fuera la de un fakir. Su cara me resulta vagamente familiar. Son diez años haciendo guardias en el mismo sitio. Cualquier otro con mejor retentiva les pondría nombres y apellidos. Yo les adjudico la sombra de un  recuerdo, y gracias. Sus síntomas son complejos, enrevesados, pero de una forma extraña han ido encajando en mi cabeza como cuando ves las palabras en una sopa de letras. No ocurre siempre y los años te enseñan a desconfiar de los diagnósticos sencillos y rápidos. Va al baño con un bote en la mano. Les suelto mi apuesta a la residente y a la enfermera. Cuando regresa nos dice que está pendiente de ingresar dos días después para hacerle pruebas en el hospital, porque ha perdido muchísimo peso. Le doy mi opinión sobre lo que le pasa y sonríe, lo cual no deja de extrañarme. Después me confiesa que hace años, ocho ni más ni menos, tuvo un cuadro similar y que le había atendido en urgencias y había sido el primero que le había diagnosticado. ¡Ocho años! Busco la anotación en su historia y la encuentro allí, la de un médico ocho años más joven. Sonreímos los dos.  En las guardias cabe todo. 


Ella había venido por la mañana acompañando a su sobrina, pero no pudo resistir la tentación de volver. Se sienta ante mi nerviosa. Me cuesta hilvanar las ideas porque se le atropellan y se mezclan con los gestos exagerados de unas piernas que la queman y unas manos que la hormiguean. Soy el quinto médico al que consulta, y en cinco localidades diferentes. Es que tengo Sanitas. Desde luego, aprovecha bien el dinero que paga. Por en medio se ha llevado una analítica, tres clases diferentes de pastillas, un aumento de la dosis de sus pastillas para los nervios y hasta dos chupitos de homeopatía, que por lo menos le habrán endulzado la vida, digo yo. 

Su marido no ha querido ni bajarse del coche. La espera sentado oyendo el fútbol, aparcado en la calle. Repaso su hoja de medicación, un compendio de la farmacopea occidental. Pero ella niega tomar pastillas. A veces las evidencias nos desagradan, basta con negar la mayor. Intento convencerla de que quizás sea esa tortilla de píldoras las que provoquen los problemas, intento aclarar concienzudamente cada una de las prescripciones de los últimos dos meses. Nada, no me compra el argumento. Insiste en que ella no toma nada. Se marcha poco satisfecha de su quinto intento. Las guardias cada día me agotan más. 


Incluso cuando la noche se echa, los párpados pican y las piernas parecen de plomo, aún decides aguantar un poco más, esa visita de la una de la madrugada, en la que puedes quemar las últimas naves de tus neuronas antes de rendirte al sueño, a ese sueño intranquilo repleto de ruidos y despertares reales o quiméricos. Esta noche vuelve ella. Su marido deja el coche en marcha en la puerta con la resignación del buen esposo cristiano al que si le valiera y tuviera edad, se apuntaría a la legión extranjera. Vuelve a decirme que sigue igual, que mis remedios de darse crema no sirven para nada. Esta vez charlamos en la misma puerta de las urgencias, la intento tranquilizar, no le de tantas vueltas, váyase a la cama, no tiene nada malo, de verdad. ¿Pero no me va a mirar? No, no es necesario.


En las guardias cabe todoMe voy a la cama. Cualquier sueño, por corto, intranquilo y narcotizante que sea, es bueno, si es recibido en decúbito lateral y sin los zuecos. 


El timbre sueña con premura. Dos timbrazos auguran prisas y dificultades. Eso, o sueño profundo agotador. En cualquier caso, parecen adrenalina precargada enchufada directamente en la patata. El caballero dice ahogarse y tener dolor de abdomen. Tiene unos cincuenta y la mirada delatora de una vida tirada a la basura. Confiesa haber estado consumiendo, cocaina y hachís. Sus parrafadas están repletas de las incoherencias propias de los cerebros deshechos. Aunque el cansancio me cubre como un capote militar, lo siento de una forma muy fisica, la experiencia de todos estos años toma el mando y maneja la situación con la prudencia que marca el destornillador que el tipo guarda en su bolso y que se ha cuidado de enseñar oportunamente como quien no quiere la cosa. Al final, se marcha cantando calle abajo, hacia el pueblo. 


Pienso que esa noche no podré ya volver a dormirme, pero subestimo el palazo que llevan mis huesos y a lo mejor no quiero darme cuenta de lo viejo que estoy ya. Las guardias me matan. 











lunes, 17 de abril de 2017

El caleidoscopio

Hay lecciones que se tardan años en aprender. Otras que solo minutos, que se graban a fuego y no llegan a bajar nunca al subconsciente, permanecen en el consciente más doloroso. Pero la realidad es que nunca sabemos cuáles se clasificarán entre las apremiantes y cuántas tardaremos siete vidas en fijarlas. Quizás una de las más caóticas sea descubrir lo diferente que puede ser nuestra visión de la de nuestros pacientes. En ocasiones esa divergencia nos asalta sin avisar y ya nunca la olvidamos. Otras veces, pasamos años y años de consulta creyendo que el único gran objetivo a través del cual se contempla la realidad es el de nuestra cámara, hasta que descubrimos que nuestra lente solo es una más, a veces tan turbia y distorsionante como los cataratosos ojos de un abuelo.


Llevaban un tiempo adaptados a vivir en la pequeña consulta como en el camarote de los hermanos Marx: dos sillas para los pacientes, un sillón de jefazo que el jefazo evitaba siempre que podía y dos taburetes informales y juveniles, donde era más fácil encontrar al inquieto tutor. Allí, o de pie apoyado contra la ventana, aprovechado la tibieza del sol del final del invierno. 

Pero de vez en cuando, esa presencia tiranizante del tutor, que atrae las miradas y las palabras de los pacientes como un agujero negro espacial, absorbiendo los tímidos intentos de autonomía de las residentes, esa presencia de voz en off, de supertacañón de los tiempos del Un, Dos, Tres, emigraba hacia la consulta de al lado, aprovechando el vacío de las visitas domiciliarias del compañero, intentando arrastrar todo ese inevitable magnetismo lejos de las dos jovenes médicas, que disfrutaban de una libertad agridulce, pero libertad en cualquier caso, y esa es una gran palabra. 

Ese día el tutor regresaba de uno de esas pequeños interregnos. Después de tantos años, es capaz de percibir las corrientes subsónicas como los perros policías. Y le chirrían igual de fuerte. El paciente estaba sentado en silencio ante las médicas, que repasaban su historial. No le dio tiempo ni a saludar. 

- Hombre, menos mal. 
-¿Cómo estás, F.?
- Ya está bien que te vea. Pues mal. Como quieres que esté. La última vez venía con un dolor que no veas en la pierna y aquí estoy, igual. No sé si será de la circulación, el tobillo o qué. 

El paciente vuelve a contar la historia mientras el tutor ojea las anotaciones de las residentes. Hace un par de preguntas para centrar el tema, pero salta a la vista que lo que le apetece al buen señor es un poco de jaleo tabernario. Las médicas asisten a la diatriba en silencio. Nunca se sabe cuando saltará la lección, es cierto. 

- Lo que no es normal es que me sienten en la camilla, estén media hora mirándome y hablando entre ellas y no sean capaces de preguntarme ni qué me pasaba. 
- Venga hombre. ¿Me vas a decir que dos médicas te han sentado en la camilla y te han explorado sin haberte preguntado qué te pasaba, donde te dolía, que te habías hecho y cómo? ¡Venga ya! 
- ¿Es que no me vas a creer lo que te digo?
- Pues sintiéndolo mucho, no puedo creerte. No creo que ningún médico sea capaz de hacer eso, pero estoy seguro que ninguna de estas dos médicas lo ha hecho. 


Hay firmeza en la voz del tutor, pero se nota claramente entremezclada con la pena, la que rezuma en los conflictos de parejas condenadas a la convivencia, donde no caben divorcios ni separaciones amistosas, ni aun llamándoles cambios de cupos o traslados. Cuando todos asumen esa irremediabilidad, siempre se mantiene sujeto el freno de mano, se dejan puentes que algún día vuelvan a cruzarse, se pliegan las velas de la dignidad al menos lo suficiente para que no escueza el reencuentro. 


El paciente se marcha dejando dos o tres frases hechas que mantienen la fantasía del orgullo pero que suenan a cálculo de bajas en la retirada. La despedida es algo más seria que lo usual y la puerta cerrada permite el momento de la reflexión, el descubrimiento súbito y permanente de la existencia de los mil y un cristales a través de los que contemplar la realidad, y a dos jóvenes médicas asimilando ese caleidoscopio de las vidas con las que apenas acaban de empezar a cruzarse. 

  













lunes, 10 de abril de 2017

Su corazoncito

No hay un tiempo determinado para sentirte a gusto en una consulta, no. No existe una pauta aleatoria o basada en sesudos estudios científicos que permita orientarnos sobre en qué momento comenzaremos a sentirnos parte de la comunidad en la que trabajamos, parte de las vidas de los pacientes a los que atendemos. No hay reglas que dirijan el flujo de buenos sentimientos, que despierten de la noche a la mañana la confianza, el respeto, la sonrisa al verte salir a la puerta a llame al primer paciente. No las hay.

Conozco gente que lleva años pasando consulta en el cráter más seco de Marte. Con casco de astronauta y todo puesto. Atraviesan la sala de espera como si llevaran botas de plomo gravitatorias, miran a su alrededor y ven solo polvo. Y para sus pacientes parecen bustos en bronce de Gregorio Marañón con la capacidad de hablar, pero poco, eso sí. Y nunca jamás de sonreír. Por descontado.  

Y también conozco otra gente que son un mestizaje entre Miliki y la madre Teresa de Calcuta, gente que sonríe con absolutamente todos los dientes, hasta los de leche, con sonrisas de esas que provocan calorcito y ganas de que te toque en el amigo invisible. Son gente a los que las sopas de letras les forman siempre la palabra empatía, hasta con el juanete enfurruñado o dos horas de sueño efectivo porque le está saliendo el premolar al churumbel. 

Pues ella era de esas personas, cálida como una manta zamorana, una araña capaz de tejer lazos sin darte cuenta, telarañas que jamás se te ocurriría limpiar con la mopa. 

Llevaba casi cinco años pululando por la consulta, compaginando las largas estancias hospitalarias con apariciones intermitentes pero tan inevitables como los monzones en la India. E igual de torrenciales, de deseadas y de fértiles. Entre medias, dos permisos maternales disfrutados como solo se puede disfrutar de ser madre, aunque siempre con ese puntito de añoranza por la consulta y por recuperar ese huequito en las vidas de los pacientes. 

Y por fin, unos últimos meses de entrega diaria, de derramar sobre la comunidad su empatía como el cura el agua bendita con el hisopo, de haber entrado en las casas y haber vivido la enfermedad en pijama, y de haber sentido a la muerte esperando a los pies de la cama a que la vida dejara de ser tan obstinada. 

No sé cuántas horas dicen los manuales que hay que tener de vuelo para sentirte arte y parte de una consulta, ni me importa, pero ella se había ganado las alas con creces. 

Aquella mañana la reunión del tutor parecía alargarse más de lo esperado por todos. La oportunidad de probar esas alas es demasiado golosa como para no afrontarla sonriendo desde el minuto uno, así que la residente abrió la puerta de la consulta como quien abre el telón el día de su debut en Broadway, exactamente con la misma ilusión y las mismas ganas. 

Las caras se volvieron hacia ella presumiendo de sincronización perfecta, y las sonrisas que pudo percibir tras el buenos días la hicieron sentirse como Julie Andrews dando vueltas en lo alto de un monte de los Alpes. 

Pero entonces se escucharon desagradables los primeros truenos:

- ¿No está el doctor?
- No. Está en una reunión, y no sé a qué hora volverá. Pero yo pasaré la consulta. 

Julie Andrews empezaba a marearse y a trastabillar un poco. 

- Ya, pero es que yo quería que me viera él.
- Y yo también. Pues menuda faena, porque hemos venido a verle a él y para nada. 

Julie definitivamente se había caído de culo al prado. 

- Bueno, pero yo puedo atenderos igual, ya os he atendido otras veces y he estado con él siempre que os he atendido. 
- Mujer, si no es por ti. Es que queríamos verle a él, porque él entiende mucho de esto que le pasa a mi hijo. 
- Y yo quiero enseñarle mis tensiones para que vea como me va el tratamiento. 

La confianza es una flor delicada, un edelweiss difícil de encontrar, y que puede estropearse con una breve ráfaga de viento (no sé por qué tanta metáfora alpina, me disculpen). Aquella florecilla tenía raíces fuertes, había crecido robusta y hermosa y las miradas comprensivas, cálidas de las demás personas de la sala de espera consiguieron que apenas se dejase un par de pétalos. 

La vida continuó regalando retazos de sus mil formas detrás de la puerta de la consulta, y aquella médica, disfrutó de sus bien merecidas alas, aunque le envió un guasap al médico para contárselo. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestro corazoncito. 



lunes, 3 de abril de 2017

Ni puta idea

Me gusta ir a comprar al súper de mi barrio. Es él mismo que había bajo la casa en la que pasé mi infancia, el mismo al que me mandaba mi madre a por el tambor de Colón que pesaba como un muerto. El año pasado se jubiló la cajera que llegó siendo una jovencita y se sabía el nombre de todos los chavales. 

Voy los martes a la carniceria. El carnicero ha sido una de esas herencias que arrebatamos a nuestras madres, responsable de elegir los mejores filetes a la familia, de recordar cuánto nos gustan las costillas en las lentejas, de cabecear con las derrotas de nuestro Atleti, o de retrasarse por estar echando la partida de mus. Voy los martes porque por la mañana estuvo en el matadero y la carne es fresca y variada,y solo altera ese ritmo las vacaciones, y, como no, las guardias. 

A veces me encuentro alguno de los antiguos vecinos, los que me llamaban con el diminutivo, el sanbenito inevitable de quienes llevamos el mimo nombre que nuestros padres, y que te horroriza siendo niño que quiere ser mayor. Están viejos, con la piel arrugada y los ojos vidriosos, pero en mi mente siguen siendo aquellos jóvenes y fuertes currantes del Simca 1000 y los cigarrillos Rex. Él llegó la otra tarde, mientras esperaba pacientemente mi turno. Siempre procuro ser el primero en saludarles, por borrar esa desagradable sensación que te aturde cuando conoces a alguien y no eres capaz de ubicarle. Cuando les sonrío y les llamo por su nombre me parece percibir en sus miradas como si la llama de la memoria se insuflase de golpe, y entonces me estrechan la mano sonrientes o me plantan dos besos y un achuchón, y se les ilumina la cara de felicidad, no por verme, sino por recordarse otra vez jóvenes y con toda la vida por delante, como hace cuarenta años. 


Me contesta al inevitable cómo estás con el clásico hecho un cacharro. Generalmente el cruce de pelotas blandas en la red sigue con un yo te veo fenomenal, que se devuelve con un qué va, será por fuera, por dentro estoy hecho una calamidad. A veces quieres dejar el partido en ese amable cruce de sainetes, sobre todo cuando eres consciente de cómo les ha golpeado la vida, y el pudor te impide provocar un rebrote de dolores que sólo deseas que duerman en las profundidades bajo cientos de capas de tiempo. No haría ni dos años que murió su hija mayor. Yo no quería bajo ninguna circunstancia revivir ese dolor. 


-En realidad los médicos no tenéis ni puta idea. La Medicina en general.- No era un tono ofensivo, sino más bien de un Cela de barrio. Yo sonreía. -Quiero decir que hay cosas que nos pasan de las que no sabéis nada. 

Temí por un momento que se tratara de rencores alimentados por la enfermedad de su hija, rencores que buscarán ser escupidos a la cara del primer representante de Esculapio que fuera a comprar cuarto y mitad de carne picada, y me preparé para la invectiva, consciente de lo duro y antinatural que es para un padre sobrevivir a cualquiera de sus hijos. Pero no, 

-Mírame a mí: siempre estoy con estos mareos tontorrones que no me dejan en paz. Y ya me han hecho de todo, hasta me ingresaron en el hospital unos días y me hicieron escáner y un montón de pruebas y nada, que no dan con ello. 

Bueno, no pude evitar sonreír. Estaba preparado para afrontar los reproches a la Medicina nacidos del dolor y la rabia, pero ésta era una rabieta de niño malcriado. 

-Hombre, pues si no te encuentran nada malo, pues será cosa de la edad. Tampoco sabemos quitar las arrugas, qué se le va a hacer. 

-Nada, que no tenéis ni puta idea. Anda que no podíais haber inventado algún dispositivo que mejorara la circulación en el cerebro, para que no pasaran estas cosas. ¿Y sabes también de que no tenéis ni idea? De la piel. De la piel es que no sabéis nada de nada. Me lo dijo un catedrático una vez que me salieron unas ronchas y fui a ver a un amigo mío en un hospital de la capital y me ingresaron. Le pregunté qué eran esas manchas y me contestó: eso querría saber yo. Así que, lo que yo te diga: ni puta idea.

El carnicero me salvó de la diatriba entregándole un pedido que había dejado encargado su mujer por la mañana, así que nos despedimos con otro apretón, y al marcharse con sus mareos y su piel incomprendida de anciano me llamó por el diminutivo de mi nombre, lo que tuvo la virtud de vestirme automáticamente con pantalones cortos y un jersey de lana hecho por mi tía, al menos durante unos segundos. Después, como ocurre con todos los ensueños, el hechizo se rompió de golpe y volví a ser el médico ya entrado en años que todavía, y después de tanto tiempo en la cabecera, sigue en tantas ocasiones sin entender a las personas. 






lunes, 27 de marzo de 2017

Una lágrima entre los escombros

La llamada del 112 era inespecífica y anodina: reunía todos los requisitos de imprececibilidad que se le presuponen a esas llamadas, ustedes acudan y ya veremos a ver por donde salta la liebre. Lo mejor para los nervios.
- Al parecer se trata de una mujer que lleva un tiempo sin comer.
Con los años aprendes que cuando la operadora te cuenta estas lindezas, no vas a ganar gran cosa con un exhaustivo interrogatorio. Y siguiendo la ley de Murphy imperante en estas situaciones, el móvil que te ofrecen de contacto es solo un elemento inútil más del absurdo imperante, sin cobertura, sin batería o sin ambas. 

Así que lanzarse animoso a la carretera es lo que nos queda, y allá que nos vamos. Es un camino largo pero la enfermera y el médico tiene años de convivencia a sus espaldas, la familiaridad que da haber conocido a los hijos mocetones cuando son bebés, así que la charla es fluida y cariñosa. Al acercarse a la dirección, la enfermera empieza a reconocer las calles y con ese olfato de sabuesa que se ha dejado durante años las suelas haciendo domicilios en su pueblo, le pone cara al nombre que llevamos escrito en el informe. 

Entonces se produce ese volcado de datos blandos que en realidad conforman los cimientos más sólidos de quienes somos, ese acúmulo de información que nunca encontrará acomodo en la fría codificación, pero que nos permiten a los Sherlocks sanitarios esbozar el retrato de cabecera de nuestro paciente. Esos momentos mágicos que se asemejan a cortinas corridas involuntariamente dejándonos asomar por unos breves y curiosos momentos a otras vidas. 

El chalet está situado en medio de una urbanización bonita, con calles amplias y limpias, muros altos, porches, árboles y coches aparcados en las puertas. Pero con sus ventanas desvencijadas y sin cristales parece un sin hogar sonriendo con la boca desdentada, avergonzando a sus vecinos pudientes. La puerta principal está soldada. Hay un cuatro por cuatro de lujo en la entrada del garaje. Junto a su puerta, un señor nos indica que ese es el lugar donde nos esperan. 

La enfermera no se explica cómo ella ha vuelto a esa casa. Llevaba un par de años en una residencia asistida en un pueblo cercano. Allí se dejaba cuidar, recibía su medicación, le daban techo, comida y aseo. Lleva toda la vida autodestruyéndose, desde que en los años setenta empezó a experimentar por caminos que no tenían salida. Bueno, la tenian pero a ella no le tocó en suerte, mala o buena, nunca se sabe. Siempre llevando la destrucción al límite de lo razonable, al límite de lo posible, al límite de lo humano. Al parecer al menos en tres ocasiones la enfermera había estado presente en ese límite, un límite de rescates en UVI móvil, de intubaciones y antídotos intravenosos. 

Ahora entrábamos esquivando las ramas salvajes de un almendro, iluminándonos con las linternas de los móviles, pisando los escombros, la chatarra y la basura acumulada en la cocina, en el pasillo. Hace muchísimo frío. En la habitación hay una cama enorme sobresaliendo entre los cascotes y la porquería. Hay bricks de leche y zumo en el suelo, y paquetes de tabaco junto a la cabecera. La persiana bajada apenas sujeta las ráfagas del frío de la noche. Ella está metida bajo las mantas en camisón, tan desdentada como su casa.



La enfermera la llama por su nombre y al iluminarse con la linterna, ella la reconoce y sonríe enseñando las encías vergonzantes. Entonces le pregunta por su marido, que había sido su médico de cabecera durante tanto tiempo. Los tres largos años de larga y dura enfermedad vividos entre quienes habían sido sus pacientes toda la vida generaron esa corriente subterránea de cariño y simpatía que circulaba continuamente bajo el pueblo, siempre dispuesta a salir como géiseres humeantes y sonoros. La enfermera recibía ese cariño con un gesto agradecido, con un comentario intrascendente
y poco comprometido con la verdad, lo justo para devolver una sonrisa que maquillara un tanto la pena de todos. 

- Ya no está con nosotros. 

Entonces aquella caricatura de la mujer que fue algún día, aquella persona durmiendo en una casa sin ventanas, sobre montones de escombros y basura, aquel ser humano al que ya no le quedaban asideros a los que agarrarse, con la capacidad de un arsenal atómico para destruirse y destruir lo que crecía a su alrededor, aquella paciente que querían pasarse como una pelota de playa del 112 a urgencias, de allí a Psiquiatría y de allí al vacío, aquella mujer, lloró desconsoladamente durante varios minutos, con una pena honda y negra, como la que sólo puede sentirse en lo más profundo del alma. 










lunes, 20 de marzo de 2017

El buen rollista

Podía haber tomado cualquier otro camino en la Medicina: los había visto de todos los colores en los veinticinco años que llevaba con el fonendo colgado del cuello. Podía haber escogido la senda de los elefantes cabreados con su sino, que ven en la señora y el señor sentados al otro lado de la mesa el enemigo que busca sus puntos débiles para torpedear bajo la línea de flotación al sistema sanitario.

Podía haber optado por la búsqueda de El Dorado de las dietas hipohuracanadas y ultramineralizadas, de las espaldas agujereadas como acericos orientales buscando las líneas electromagnéticas que se alineen con el Yang hepatico, de las bolitas azucaradas con la memoria de la memoria de la memoria de los primeros apóstoles.

Podía haber recorrido las moquetas mullidas, allá donde las batas sirven de pretexto a conciencias que no quieren olvidar orígenes que no consiguen recordar. Podía haber pasado por este mundo de los sufrimientos y alegrías de la vida completamente desapercibido, como la cara del cobrador del recibo del gas, como la lluvia sobre los bancos del parque. 

Pero él no. El había tomado la decisión de ser el adalid del buen rollismo, un profeta del humanismo, un gurú de la bondad primigenia, al que se le queda cara de gilipollas si la maldad decide asomar las narices por su consulta. Había decidido sonreír, acercarse, tocar, comprender, empatizar y epatizar al mismo tiempo. Había decidido no ser lluvia en el parque, sino ser tsunami acaparador y hasta empalagoso. Lo que decíamos, un buen rollista. 

Y como tal, llegaba cada mañanas sonriendo en su coche que todo el mundo en el pueblo conocía, saludaba, sonreía, bromeaba, alborotaba el pelo de los niños, piropeaba a las nonagenarias y le faltaba dar un salto lateral y entrechocar sus talones para ser el jodido Bob Esponja después de comerse una cangreburguer. 

Pero, ay, el buen rollista olvida que la vida es machacona e impertinente, como Calamardo, y que cualquiera puede tener un mal día. Así que aquella mañana se levanta hasta la puerta de la consulta inquieto, con esa rara inquietud que al resto de los mortales nos hace presagiar el desastre, y que él, desde su nido del águila Zen, confunde con gases matutinos. 

Entonces se sienta junto al primer paciente, que cruza sus brazos sobre sus ciento veinte kilos que contienen unos bronquios de usar y tirar, y le escucha decir:

-Algo tiene que hacer para quitarme esta tos y esta mucosidad que tengo por la mañana. Póngame penicilina o lo que sea pero algo tiene que hacer para quitármela. 

El buen rollista procesa el speech a través de su filtro de colores pastel, pero un pequeño tic en el ojo le dice que algo no está tan bien engrasado en la máquina de buen rollo como suele ser habitual. Sin embargo hace dos suspiros profundos con efecto de patada sobre máquina atascada, y el buen rollo vuelve a fluir, quizás un pelín distorsionado, para explicar el concepto de cronicidad, tan de moda en estos tiempos, y los peligros del mal uso del arsenal antimicrobiano. La consulta se resuelve con un tiro al poste y dos palmaditas acompañantes hasta la puerta, y deja paso al caballero emigrante de las tierras centroeuropeas, que entre patadas al diccionario y circunloquios, intenta hacer cuadrar su vulgar lumbalgia con unos "reumáticos" muy altos que tuvo a los veinte años y una hermana a la que una poliartritis la llevó a una toracotomia abierta en busca de un cáncer pulmonar que quedó en unos agujeros en los pulmones.


El buen rollista ve palmariamente como la máquina de buen rollo echa humo como la locomotora de Buster Keaton, y a falta de espejo en la consulta, trata de imaginarse la cara de gilipollas que se le debe estar quedando con el discurso. El tic del ojo amenaza con parecerse al de Encalna de Noche y el batiburrillo se resuelve con una cita para hacerse una analítica que valore si de aquellos "reumáticos" vienen estos lodos. 

Esta vez se toma unos minutos antes de volver a abrir la puerta. El humo y el olor a quemado de la máquina del buen rollo empiezan a llenar la atmósfera y la puerta se da ya un cierto aire a la de chiqueros de Las Ventas. El tercer paciente y su querida señora se sientan muy formales junto a él, tras haberse dado todos elegantes apretones de manos. El buen rollista está inquieto en el sillón. 

-Ayer estuve en el urólogo. Me ha dicho que de mi próstata estoy fenomenal, pero que cree que 156 de colesterol malo es un poco alto para tomar solo 10 miligramos de Simvastatina. Me ha dicho que te lo comente para que me pongas algo más fuerte. 

El buen rollista definitivamente está de una mala leche que alucina. En su fuero interno se está acordando de los muertos de todos los emperadores de la dinastía Ming, de los de la tía política del que inventó el mindfulness y hasta de los del jodido doctor Sachs. Advierte que los temblores son ilusorios porque si no lo fueran los pacientes creerían que le estaba dando un ataque epiléptico, y no puede evitar soltar un par de recuerdos cariñosos hacia el amable compañero tan preocupado por la prevención primaria de eventos cardiovasculares del portador de aquella próstata tan saludable, y se vuelve a enzarzar en el discurso de las decisiones compartidas, los beneficios y riesgos y etcétera, etcétera, interrumpidos por un par de formales "no, si yo hago lo que tú me digas, que para eso eres mi médico", que terminan por llevarse por el desagüe los restos de buen rollismo para aquel día, un día que, como muy bien definiría en su momento el bueno de Murphy, siempre podría ser susceptible de empeorar. 


Y es que hay días. 













lunes, 13 de marzo de 2017

Cuidar

- No sabes lo que es que suene el timbre, vayas a la habitación y te pidan algo tan absolutamente normal como que les rasques la frente. 

La enfermera lleva un par de semanas habituándose a su nuevo destino. Ha llegado como un bálsamo para curar ásperas heridas, las que empezaban a dejar cicatrices en la vocación y en el ánimo. Un clavo ardiente para salir de una ciénaga donde alguien la habia empujado sin comerlo ni beberlo. Ha pasado unos meses mordiéndose los labios de rabia por la sensación de fracaso, de derrota inaceptable para un espíritu como el suyo. Pero finalmente se ha sentido como esos náufragos que, agotados, deciden dejar de mover los brazos aunque ello suponga hundirse sin remedio: aliviada. 

Aun así sabe que es una persona afortunada, al menos tiene la opción de volver a sacar la cabeza del agua. A otras muchas compañeras solo les resta dejarse llevar por la corriente e intentar sobrevivir. 

Los principios guardan siempre terrores nocturnos y horas de insomnio. Así ha sido y será siempre. Y ella el insomnio lo lleva fatal, tan mal que le cuesta no caer en la tentación de los lorazepanes. Pero los caminos parecen menos aterradores cuando empiezan a recorrerse. Los primeros días son de tanteo, con un deje de frustración, un querer llegar a todo y una desagradable sensación de torpeza que no es más que el desconocimiento de las rutinas y las convulsiones del día a día. 

No es fácil entendernos a los sanitarios. Hacen falta dosis veterinarias de comprensión y empatía. Llegar a casa agotada y con ganas de hablar, buscando en la escucha el truco de magia que ayude a parar el temblor de las piernas. No es fácil entendernos, no. Las historias se precipitan una de tras de la otra, cada cual más absurda, cada cual más terrible, cada cual más ridículamente normal: una caída de la cama, un accidente de tráfico, una caída de la silla. Una madre, un joven, un abuelo, una hippie, un ejecutivo. 

La razón sujeta al corazón y le pide algo de sosiego. Los relatos superan a las personas y eso es un error a corregir. Y la enfermera se propone hacerlo, porque lo que hay allí, en esas habitaciones, esperando sentir sus dedos rascando sus frentes, son personas. 

-  Dos veces en semana les damos un baño completo en la bañera. Yo me encargo de lavarles el pelo. Les enjabono y les froto la cabeza dándoles un masaje y siento cómo les gusta y les relaja. Es un momento increíble. 

¡Qué difícil es entender a los sanitarios! El que escucha a la enfermera tiene un nudo en la garganta y los malditos ojos de tierno irredento a punto de delatarle, aunque ya le quedan pocos recovecos que mostrarla. Entonces ambos hablan de lo hermosas que pueden llegar a ser sus profesiones, de lo místico en que puede convertirse cuidar, de la fortuna que manejan entre los dos, auténticas megaestrellas de Wall Street que nunca sufrirán una OPA hostil. 


Los días seguirán religiosamente a las noches, como está mandado. Las camas se irán llenando y con el paso del tiempo, vaciando, para volver a llenarse en la ruleta loca y azarosa en la que se mueven nuestras vidas, todas las vidas. La mucosidad atascará las traqueos, las úlceras amenazaran con devorar los sacros. El ánimo subirá y bajará como el Dragón Khan y a los veranos seguirán las navidades, y a la vida, la muerte, faltaría más. Y allí, en esas plantas donde, como en un museo, se concentran en pocos metros y en pocos meses, retazos, muestras de todas esas verdades inevitables de la vida, allí seguirán cuidando todas esas raras personas tan difíciles de entender por el común de los mortales. 

¡Qué orgullosa estaría de ti Florence Nightingale! 









lunes, 6 de marzo de 2017

Yasmine

Yasmine tiene catorce. Está sentada en la sala de espera de las consultas junto a una de las maestras del instituto. Hace unos minutos estaban ambas ante las mesas de la administrativas solicitando ser atendidas por alguno de los médicos. Ya saben que no le corresponde; aunque va al instituto del pueblo donde está el centro de salud, ella vive en el pueblo de al lado. Pero no puede llamar a sus padres para que vengan a recogerla, ahora no, no después de haberse decidido por fin a contarlo todo. En las sillas aún hay mucha gente, sobre todo gente mayor. Algunos le lanzan miradas de reojo. Ella mantiene las manos sobre las rodillas y la vista fija en el suelo. Lleva vaqueros desgastados, unas zapatillas deportivas blancas y un jersey de cuello alto de lana gruesa. Se siente a gusto con el hijab, aunque nota que capta la atención de los aburridos pacientes. Es lo habitual. 


Las cabezas se giran al unísono hacia la médica que se asoma por la puerta con la lista en la mano. Pronuncia un nombre y como solo consigue que se miren unos a otros, canta el nombre de un segundo agraciado que, esta vez sí, se levanta presuroso entre la envidia de la concurrencia que retorna a sus cuchicheos, sus móviles y sus cotilleos de salón. 


Yasmine llegó hace cuatro años. Sus dos tíos se habían adelantado a su padre y en cuanto estuvieron medio instalados, convencieron a su hermano pequeño para que se les uniera. Le encontraron un trabajo y una casa en el mismo pueblo que ellos, y la familia volvió a reunirse con la pena de dejar atrás a sus padres, que se negaban en redondo a abandonar su aldea y sus vecinos. Pero ellos eran jóvenes y emprendedores y es demasiado lo que ofrece la vieja Europa como para negarse a intentarlo. 

Los dos primeros años de colegio fueron duros, pero los niños son camaleónicos y logran, con ese mimetismo infantil, adaptarse a la lengua, las costumbres, las risas y los juegos. Yasmine no era la primera niña inmigrante del pueblo ni del colegio, y no le costó hacerse amigas. Pero a los doce años tenía que empezar el instituto, y las cosas cambiaron de la noche a la mañana. Se convirtió en una mujer. Y ahora por fin estaba allí, en la sala de espera, con su profesora sentada junto a ella en un silencio bastante incómodo y opresivo. 


La puerta vuelve a abrirse y cerrarse, a abrirse y cerrarse, y las sillas van vaciándose, hasta que ya solo quedan ellas dos frente a la puerta cerrada. Está nerviosa sin poder evitarlo. En realidad lleva unos meses dándole vueltas a la cabeza. No ha sido fácil. Hasta hace poco jamás se le hubiera pasado por la imaginación. Hasta que conoció a Emma. En realidad habían estado juntas en la misma clase desde que empezaron el instituto, pero el primer año es raro, un paso forzado de la infancia a la adolescencia, doce años tiernos y atemorizados, descolocados lejos de sus colegios, de sus profesores, de sus pueblos. Las clases se conforman en grupos cerrados que garantizan cierto sentido de protección. Pero el segundo año los miedos se van diluyendo, los grupos se funden y dispersan como si estuvieran hechos de barro y cayera sobre ellos un aguacero. Y en aquella mezcla, descubrió a Emma, una niña esbelta, risueña, con una enorme rareza impropia de aquella edad, una sobrenatural capacidad para escuchar. Es imposible resistirse a quien es capaz de escucharte. Y Yasmine tampoco estaba dispuesta a oponer mucha resistencia. 


Las confesiones generan vínculos profundos, y las revelaciones de Yasmine provocaron lágrimas en Emma de rabia y de una enorme y amarga frustración. Las cosas no siguieron un plan premeditado, simplemente fluyeron en los pensamientos de ambas hasta que aquella mañana por fin habían
reventado y juntas habían pedido ir a hablar con la directora. Y después el relato allá en el despacho casi sin respirar, mientras Emma la miraba en silencio, ejerciendo su don de escuchante con plenas capacidades. 


La médica vuelve a salir y la última paciente se despide de ella en la puerta con una mirada breve había la adolescente del velo y la cabeza gacha. La profesora se pone en pie y Yasmine la imita, pero se acerca a la puerta permaneciendo detrás de ella. Cuando pasa junto a la médica, alza la vista y ve que la está sonriendo. Entonces le devuelve la sonrisa y con ella se desprende una losa de granito de encima del pecho. 

Yasmine deletrea su apellido como está acostumbrada a hacer en los últimos cuatro años. Observa teclear a la médica y espera sus preguntas mientras advierte cómo repasa su historial. No hay gran cosa, no tiene mucho tiempo para pensar en enfermedades. No sabe cómo lo contará, pero sabe que ya no está dispuesta a callar ni un minuto más. Le gusta que le pregunte ¿en qué puedo ayudarte? Sonríe con timidez y simplemente empieza a hablar. Cuenta el infierno en el que se ha convertido su vida en los últimos dos años, relata las palizas de su padre y sus hermanos, los golpes en la espalda y en las piernas con los cables, el miedo a no prepar bien la comida, a no haber limpiado lo suficiente la casa, a disgustar de cualquiera de las maneras imaginables a los cuatro hombres a los que está obligada a atender. 

Detrás de una cortina, enseña a la médica las marcas moradas atravesando los muslos y la espalda, y llora de dolor y de vergüenza cuando ella palpa los verdugones suavemente con sus dedos.  Su madre esta enferma, pero la enfermedad la ha vuelto egoísta y cruel, y pasa el día ordenándola cosas, reprochándola su torpeza, justificando las palizas. 

No queda mucho más que contar. Se da cuenta de que la atmósfera que se ha creado en la consulta parece la de un día plomizo de invierno, como si estuviera a punto de ponerse a llover, como si las 
tres desearan que se pusiera a diluviar y poder así llorar desconsoladamente para quedarse a gusto, y es que no sabemos por qué, pero la pena parece digerirse mejor cuando puede materializarse aunque sea solo en lágrimas. 

Yasmine sabe que no hay vuelta atrás. Sabe que nunca volverá a ser como antes. Tendrá que esperar a que la lleven a algún otro lugar, a cualquier otro lugar. Puede que tarde un tiempo en volver a ver a Emma, en realidad es la única persona a la que querría seguir viendo. Pero ambas se despidieron cuando salieron del despacho de la directora, con la inevitabilidad de la separación, sabiendo, aunque odiaran la idea, que podría ser para siempre. 

Las fotos pertenecen a la campaña "Algunas marcas nunca se quitan" de la organización Innocence in danger, contra el maltrato infantil. 











lunes, 27 de febrero de 2017

Contradicciones

Somos esclavos de nuestras contradicciones. Unos esclavos gordos y bien cebados, pero esclavos al fin y al cabo. Vivimos con ellas y las amamantamos con delicadeza porque nos escudamos a sus espaldas a la mínima ocasión. Y en ningún sitio resaltan tan claramente como en las consultas de los médicos de cabecera.

Ella había llevado una vida larga y feliz, una vida de serie nostálgica de televisión española. Se había casado joven, con la juventud con la que terminaban sus estudios las maestras de entonces, con un aspirante a ingeniero industrial enviado a la capital a formarse para gestionar el patrimonio familiar. Y, enamorado de ella hasta los terceros molares, le había permitido ejercer de maestra en el colegio público del pueblo vecino, lo cual era mucho permitir para una época en la que las mujeres se peinaban con tupé arriba España y la foto del generalísimo coronaba las pizarras y los gobiernos civiles. 

Seis hijos educados en el nacionalcatolicismo y la comunión dominical habían formado seis hermosas familias con nietos y nietas que venían a alborotar el caserón del pueblo los fines de semana mientras a la abuela el cardado se le tintaba en gris perla y los antiguos alumnos le brindaban un homenaje por su merecida jubilación bajo la atenta mirada de un joven Juan Carlos de pelo rubio y rizado que había sustituido al anterior inquilino de la pared del aula. Después los años le echaron peso a los hombros y a los discos íntervertebrales y ella se fue encogiendo al compás de un par de divorcios de sus pequeñuelos, cosas de las modernidades, que aprendió a digerir leyendo con fervor los libros del papa polaco y rezando el rosario cada tarde en su cuartito de estar. 

Pero la vida no pasa sola, lleva siempre del brazo a la muerte, que resulta una compañía mucho más molesta. Y un día pasó por su casa y entre ambas se llevaron a su marido, dejándole el caserón silencioso y vacío. Los años pasaban al ralentí salpicados de lecturas, visitas aisladas de nietos, llamadas de hijos atareados, paseos al sol, que es bueno para las huesos, y brasero de invierno para evitar los catarros. Y el ralentí trajo la vejez sin que se diera cuenta, como trajo una compañera desde los Andes que la incorporaba de la cama y la preparaba caldos de gallina, como trajo una máquina de oxígeno que hacía un ruido infernal al que le costaba acostumbrarse por la noche, pero sin el que parecía una trucha recién pescada, como le trajo tres vértebras aplastadas y una úlcera en el sacro que la enfermera le cuidaba con mimo un día sí y otro no, mientras ella apretaba los ojos para que no se le escaparan las lágrimas de dolor y de rabia. 


Y las visitas de su médico de cabecera, a veces por sorpresa, otras al llamado de conciencias culpables de hijos atareados, algunas por miedo, otras por necesidad, aunque fuera solo necesidad de consuelo. El médico le apretaba la mano, volvía a escuchar sus bronquios sibilantes y su corazón descompasado, presionaba suavemente sus piernas dejando una fóvea resultona y dolorosa. Había más palabras que medicinas. Corre las cortinas, deja entrar la luz, levántate al sillón, como lo que te apetezca. 

El último invierno estaba siendo duro. Los pómulos, los hombros, las clavículas, parecían los últimos vestigios de un edificio en ruinas amenazando derrumbe. Las charlas se habían esfumado entre monosílabos murmurados con resoplidos. Y al final de cada una de las visitas las últimas fuerzas se reservaban para una frase de cuatro palabras: No quiero vivir así. 

El número de cuidadoras se duplicó, el número de especialistas privados consultados por los hijos se triplicó, cada uno de ellos con sus brillantes tratamientos, y el número de llamadas al médico de cabecera alcanzó un número exponencial impronunciable. Y una mañana, en la puerta de la casa, la cuidadora se disculpa con su suave acento andino porque pensaba que alguien le habría avisado de
que la señora fue llevada al hospital la pasada tarde y ha quedado allí ingresada en estado muy grave porque al parecer, algo de comida se le fue por mal sitio y le infectó un pulmón. 

El médico cada mañana, antes de empezar la consulta, lee las anotaciones del hospital con la impotencia del actor de telenovela al que han asesinado los guionistas. Repasa las analíticas extraídas, las radiografías, el escáner y la ecografia, deletrea el nombre del antibiótico endovenoso, sin quitarse de la cabeza la frase de cuatro palabras que la oía decir en cada visita. El día que lee gastrostomía suelta un rotundo No me jodas que hace que los parroquianos de la sala de espera se miren extrañados. Aquel día pasa encabronado todo la mañana y le cuesta coger el sueño por la noche. 

El día del alta le activa electrónicamente los batidos porque el médico del hospital le ha rellenado mal la receta y no querían sellárselos en la inspección. Dicen en los comentarios que se ha acostumbrado a la alimentación por la sonda y que fue ella misma la que solicitó el procedimiento tras ser adecuadamente informada. La paciente se encuentra estable por lo que se decide alta domiciliaria y control por su médico de cabecera. 

El médico vuelve a fijarse en las fotos en blanco y negro de la hermosa mujer con su tupé arriba España y los labios de gris oscuro frambuesa del brazo de su galán paseando por el Retiro. En su imaginación de novelista frustrado escucha hasta una canción de Renato Carosone de música de fondo. En la cama quedan los restos de esa mujer en una boca abierta, agrietada y reseca, con una respiración extenuante, un pequeño tubo sobresaliendo de un apósito entre huesos y pellejo, y un brillo triste en unos ojos incapaces de soportar ya sus propias contradicciones. 







lunes, 20 de febrero de 2017

La carta

La ha leído ya cuatrocientas veces. Está encima de la mesa que hay frente a los sillones. manoseada, arrugada. Desde lejos tiene localizadas las palabras terribles, sabe dónde se encuentran, en qué párrafo, a qué altura. Se pregunta cómo puede ser el lenguaje tan frío, él, que tanto lo ha amado durante toda su vida, todos aquellos años enseñando literatura a generaciones y generaciones de cabestros asilvestrados, en la esperanza de que alguna frase de un poema se tatuara en sus cerebros en barbecho. Esperaba tal vez de tanto amor un poco de correspondencia, una guiño romántico por los años pasados juntos. Nada. Frialdad y dolor. ¡Qué putas pueden ser a veces las palabras!

Su mujer ha ido a misa de siete. No tardará en volver. Siempre le hizo gracia la paradoja del ateo irredento enamorado hasta las trancas de la beata de rosario nocturno, pero un tipo con su sentido del humor no puede dejar de apreciar los momentos en que la vida se pone cachonda con uno.  Apúntate una, destino sinvergüenza y socarrón. Pero entre tú y yo. Mi mujer preferirá apuntarle el tanto a San Antonio o cualquier otro santo. 

Cuando regrese tendrá que explicárselo. No es que no quisiera ahorrarla el disgusto, es que es incapaz de ocultarle nada a la capacidad deductiva de su Holmes particular. Cuando no ganas nunca,  el juego deja de tener gracia, así que él dejó de jugar enseguida: las verdades, como motas de polvo o como puños, por delante. En cualquier caso ambos llevan un par de semanas esperando la dichosa cartita, desde que le hicieron la biopsia de la próstata. El procedimiento había sido breve y aséptico, como no podía ser de otra manera, faltaría. Aunque a veces no estaría de más un pelín menos de asepsia en el trato, que eso tampoco va a contaminar ningún bicho multirresistente, piensa. Una tarde un poco nervioso saliendo de una habitación empujado en una silla de ruedas, con el pijama clásico de culo al aire y máxima vergüenza, un pinchazo en el brazo, la mesa de un quirófano. Unos gorros verdes y unas mascarillas asomándose y retirándose y un sueño feliz inducido por el líquido transparente que depositó una jeringuilla en un tubo de plástico. Después un despertar parlanchín y para casa con un cierto dolor en zonas delicadas y pudendas, que se amortiguó con una capsulita roja. 


De todo eso han pasado unos días, días en los que se mira dentro del buzón sin la indiferencia habitual, con nerviosísimos similares a aquellos que se sentían cuando esperabas la carta del amor que había durado lo que duraron las vacaciones en la playa. Aunque ahora deseas secretamente que la carta no llegue nunca, que las muestras se hayan enviado a un laboratorio de Hong-Kong, que se hayan eliminado por error al confundirlas con las de un caso ya resuelto la semana anterior, que el punch nunca hubiera agujereado esa próstata, que la consulta con el urólogo se hubiese suspendido, que nunca hubiera visto aquel programa de la tele, que le hubiese hecho caso a su sobrino el médico de pueblo y hubiese elegido la seguridad social y un buen médico de cabecera, en vez de Muface, que Sergio Ramos no hubiera rematado aquel córner en Lisboa. En fin. Que la vida fuera un Cine-Exin en el que la manivela pudiera girarse hacia atrás. 


Pero la triste realidad es que la carta está allí, en las manos de su mujer que acaba de llegar con el cuerpo de Cristo en su estómago y cara de no tener ni puta idea de qué significa la palabra neoplasia porque esa palabra no aparece en los libros que a ella le gusta leer, esos que escriben los Papas y que se compran en la librería diocesana. Y la amarga realidad es que las lágrimas en su cara se parecen a las de la imagen de la Dolorosa y él no ha podido soportarlas nunca sin que le entraran ganas de romper algo, aunque fuera dentro de sí mismo. 


Y aquella noche los dos hacen agujeros en el techo de la habitación de tanto clavar en el las miradas, y la carta sigue abandonada en la mesita frente a los sillones, con las arrugas estratégicamente situadas para que las palabras cabronas resalten como los anuncios fluorescentes de Picadilly. 

Durante dos días hablan poco, y duermen todavía menos. Ninguno de los dos reúne coraje suficiente como para meter la carta en un cajón, y la muy chula sigue pavoneándose en el mismo sitio donde se quedó. Los chicos han llamado por teléfono para preguntar si había llegado el resultado, pero las miradas de ambos se cruzaron y la verdad se aprovechó de la pobreza sensorial de las ondas electromagnéticas. El tercer día, por la tarde, de repente, asusta a su mujer con un gesto con el que parece querer desprenderse de la parálisis del miedo, y levantándose del sillón, coge la carta en una mano y el teléfono en otro. Marca el número de su sobrino. Ella le ve leerle al aparato uno a uno los párrafos de la carta: de las doce muestras recogidas... apenas toma aliento entre frase y frase... cinco corresponden a...

Cuando termina, ella permanece atenta a la expresión de su cara, como si estuviera presenciando el alzamiento del cáliz y la hostia tras la consagración. Y nota como los surcos de preocupación que se habían apoderado de él van lentamente diluyéndose, como el terror cede terreno en sus ojos, se rinde aunque lo haga de mala gana. Anda, cuéntaselo a tu tía, por favor. 

Entonces le pasa a ella el teléfono y mientras escucha sus interjecciones de asentimiento y los audibles resoplidos de alivio, dobla la carta, rematando los dobleces con la pinza de sus uñas, y la guarda en el cajón de la cómoda, permitiéndose esa pequeña y momentánea victoria, como si hubiese  resuelto la ordenación final del universo. 












lunes, 13 de febrero de 2017

El club de la lucha

Buenas noches damas y caballeros, y bienvenidos al mayor espectáculo del mundo, el espectáculo que entretiene a las masas, el show que les hará estremecerse, morderse las uñas, sufrir, reír y llorar. Bienvenidas una vez más todas aquellas personas amantes del riesgo, todas aquellas gentes dispuestas a drogarse con la adrenalina que rezuman dos monstruos frente a frente, en una batalla final en la que solo puede quedar uno. Bienvenidos todos a... ¡El cluuuuuub deeeeee laaaaa luchaaaaaa!


Esta noche, en una de las esquinas del cuadrilátero tenemos a una mujer fajada en innumerables refriegas, la campeona del cuerpo a cuerpo. Una mujer cuya mirada podría elevar dos grados la temperatura del círculo polar ártico. Madre de tres hijos, ha tenido que lidiar con otorrinos, traumatológos, digestólogos y hasta con psiquiatras infantiles. Una mujer que se ha merendado con patatas tres pediatras diferentes. Es la campeona de las amigdalectomía, los drenajes timpánicos y las radiografías para vigilar la escoliosis. La azitromicina no tiene secretos para ella. Es capaz de recitar de memoria los miligramos por kilo de peso del Ibuprofeno y transformarlos sin pestañear en los centímetros cúbicos correspondientes en su dos concentraciones de veinte y cuarenta. Recibamos todos con una fuerte ovación a la merienda-residentes, el terror de las consultas sin cita, la reina de las Urgenciasssss... ¡La Augmentinesssss!


En la esquina opuesta, un veterano del club de la lucha, un hueso duro de roer, que aunque haya perdido la cintura de la juventud, ha endurecido su mandíbula y se ha convertido en alguien a quien es muy difícil mandar a la lona. Sin duda este enfrentamiento será todo un espectáculo. Abrónquenle si lo desean, grítenle, ódienle si lo prefieren, pero al menos reconózcanle su valentía. Con todos ustedesssss... ¡El doctor evidenciassss!



La Augmentines es, sin duda la favorita del público, su heroína. Es fácil identificarse con esa madre entregada capaz de echarse al mochuelo a los lomos arropado con una manta zamorana y afrontar la sensación térmica de menos cuatro y la lluvia helada rancheada para llegar a las urgencias del centro de salud a las dos de la mañana para que le miren al niño la garganta. Tiene un porte casi majestuoso con el niño en sus brazos asegurándose de que no se le caiga el termómetro, la barbilla desafiante esperando que empiece la lucha. Años de combates y victorias, una figura a quien los espectadores adoran.


En la esquina opuesta, su adversario es el centro del abucheo la concurrencia. A él parece no importarle y, consciente de la dimensión del enfrentamiento que le espera, se mantiene en silencio, cabizbajo, concentrado. Con su camisa amarilla con el velcro en la espalda de médico, y los pantalones azules con tiras fosforescentes, mantiene las manos sobre el teclado sin responder a las miradas retadoras de su adversaria. Poco a poco se impone el silencio expectante. Lleva veinticinco años sentado en esa silla y tiene el culo pelado de haberlas visto de todos los colores, pero sabe que el enfrentamiento será cruel, sin cuartel, y él es una roca.


El inicio del combate sigue el guión esperado. Los preliminares en los que ambos contendientes se miden, sopesan sus fuerzas, exploran las debilidades del contrario.

El Doctor Evidencias ha robado la iniciativa a La Augmentines, que quería demostrar su poderío con un torrente descontrolado de síntomas y sospechas preocupantes, pero la sangría de datos ha sido detenida por Evidencias, que, demostrando que es un perro viejo, se ha hecho con el control del primer asalto colocando en la misma mandíbula de su adversaria una serie contundente de cortas preguntas que apenas han permitido ningún lucimiento a La Augmentines. Podríamos decir que el primer asalto no ha sido especialmente sangriento, pero ha tenido un bonito intercambio de golpes. A los puntos, el Doctor Evidencias ha sido claro vencedor.

El público se levanta de sus asientos aullando para demostrar a La Augmentines su apoyo, mientras ésta coloca a su hijo sobre la camilla, colocándose ella junto a la esquina superior derecha. Es una retirada táctica porque sabe que está en terreno hostil, pero es una zona segura, donde sabe que aun se mantiene en el juego demostrando su influencia, y no termina de permitir el lucimiento completo del adversario. Una posición estratégica soberbia.

El Doctor Evidencias ha intentado sacar tajada de pelear en su terreno, pero sentía la incómoda presencia y sin duda, estuvo mucho menos suelto de lo que le hubiera gustado. Ambos contendientes regresan a sus rincones, pero ella vuelve a tener a la criaturita en brazos y el rugido del público enfervorizado le devuelve la confianza en la victoria. Sentados frente a frente, comienza el asalto final. Se huele la sangre.

La Augmentines quiere golpear primero y abre la veda con un arrogante ¿Y bien, qué le pasa? con aires de examen de reválida, coreado por la multitud. Pero Evidencias no es un pusilánime y aguanta el chorreo con un largo silencio que contribuye a encrespar a su rival. Recurre al truco del tecleteo como si estuviera transcribiendo los rollos del Mar Muerto porque sabe que su contendiente es de sangre caliente y que si consigue alterarla puede cometer errores. La respeta porque conoce su potencial y su fuerza, y no está seguro de la victoria. Quizás quince años atrás, pero los años se notan.

Por fin se decide a lanzar el ataque. Lo hace por la vía de los mocos en la garganta y la inflamación de la faringe. Concede que es importante pero al final saca el golpe de la ausencia de placas y las pocas horas de evolución. La Augmentines es rápida y esperaba ese ataque. Con una finta de cintura pone sobre la mesa su experiencia como madre de la criatura y de dos hermanos mayores que ella. Pretende así contrarrestar definitivamente la carta de la madre excesivamente ansiosa y el público le responde con una ovación cerrada que demuestra lo hartos que están de ese argumento tan despectivo. Evidencias siente debilitarse su posición pero ya hemos dicho que es un fajador, así que intenta gestionar una prórroga de setenta y dos horas para revaluar la situación, pero su contraria se siente ganadora y golpea el hígado del médico con dos casos documentados cercanos a ella que terminaron con desenlaces horrorosos que le cortan el resuello y le hacen tambalearse.

Sabiéndose muy tocado, lanza con desesperación el uppercut de los virus y el crochet de la resistencia de los antibióticos, pero nota que no han hecho ninguna mella en La Augmentines, que con un pie en su cuello, empieza a jalear a unas gradas enfervorecidas que piden la cabeza del Doctor Evidencias. No obstante, es difícil hacerle besar la lona, y, ya sobre la campana, decide jugársela con la pérdida de la flora intestinal. la alteración de la absorción de nutrientes y la posible influencia en el desarrollo de la criaturita. Nota como su oponente encaja el golpe inesperado y en el brevísimo tambaleo de incertidumbre, cierra definitivamente el combate con una prescripción diferida de una simple Amoxicilina.

Señoras y señores, damas y caballeros, ¡qué espectáculo tan fascinante! ¡qué dos contendientes, qué coraje, qué valentía, qué cantidad de recursos! Una vez más, hemos tenido el privilegio de asistir al enfrentamiento de dos fuerzas poderosas, dos titanes que lo han dado todo en el ring. Muchas gracias por su atención y no se pierdan el próximo combate. les mantendremos informados. 













viernes, 3 de febrero de 2017

Tristes recuerdos

Apenas viene por la consulta. No puedo evitar pensar en mi abuelo cuando salgo a la puerta a llamar a los pacientes y le veo sentado en la sala de espera. Debe ser una mezcla de recuerdos primigenios y de memoria visual, la que me dejó las fotografías en blanco y negro, porque mi abuelo murió cuando yo apenas tenía cuatro años. Pero aún así es verle sentado con su piel rosada, su calva repleta  de esas queratosis que delatan años y calamidades, la boina en la mano, y volver a ver al niño regordete con jersey de punto blanco y medias caladas en brazos de un abuelo entregado. 

Cuando le llamo por su nombre, se levanta notando los años en las junturas, y me sonríe con respeto y cariño desde sus ojos glaucomatosos, los mismos que tanta guerra le dieron un par de años antes por culpa de unos párpados deformados y legañosos. 


Nos damos la mano antes de entrar y sentarnos el uno junto al otro. Antes de poder decir yo nada, me pregunta siempre por la familia. Me gusta responderle que los niños me dan mucho trabajo, porque le veo sonreír satisfecho y generalmente me lanza una de esas frases categóricas de quién ha vivido tanto: eso está bien, lo malo es que no se lo dieran. 

Viene a verme para cumplir los encargos que le hace su mujer, renovar todas esas pastillas que la pobre se ve obligada a tomar. El no quiere ni verlas, a pesar de que hace un par de años que entró en la última decena del siglo. Hace tiempo que acordamos él y yo que le molestaría lo menos posible, aunque siempre tan respetuoso, dejó la puerta abierta a plegarse a lo que yo creyera conveniente, sin saber que lo que yo creo conveniente es cumplir sus deseos. 

Las rutinas informáticas nos permiten dedicar unos minutos a charlar. Me cuenta que él era el pequeño de trece hermanos, la diana donde terminaban todos los golpes de la docena que le precedía. Luego pierde la vista en la ventana de la consulta y se transporta mentalmente al establo donde pasaba muchas noches durmiendo entre las mulas que debía cuidar, levantándose cada mañana a las cinco de la madrugada para llevarlas al campo. Así era la vida, me dice. 

No sé por qué le pregunto si llegó a pasar hambre. Entonces noto que se remueve en la silla y empieza a hacer girar la boina en las manos. Y le zarandean de golpe los recuerdos de la dehesa donde acogieron a todos los niños durante la guerra, aquellos tiempos en que las ideas se defendían en las trincheras, las bombas sustituían a los truenos y los asesinos dejaban llenas las cunetas. Comíamos solo patatas cocidas casi todos los días. Yo dormía en un colchón que me hacía un señor con paja, tapado con una manta. 

Ahora, cuando salen esas imágenes de los niños en las tiendas de campaña cubiertas de nieve, haciendo cola en el barro para escapar, o para que les den una hogaza de pan, tengo que decir a mi hija que quite la tele, o salirme a la calle. No puedo verlo. Se calla y yo no quiero violentar ese silencio que provocan los recuerdos más tristes y oscuros. Cuando nota que he dejado de cliquear al fin, parece regresar al presente y poniéndose de pie, me da la mano. Me he alegrado mucho de verle. Le despido en la puerta pidiéndole que tenga cuidado con el suelo resbaladizo de la calle húmeda. Se pone la boina y me hace un último gesto de saludo. 


Me tomo unos segundos antes de llamar al siguiente paciente. Pienso en lo terrible que debieron ser aquellos días oscuros. Y pienso en lo ciega y sorda que parece nuestra sociedad, y si esa ausencia de ojos y oídos se debe a que sencillamente, hemos dejado voluntariamente de ver y escuchar a quienes pueden explicarnos de primera mano esos sentimientos: el miedo, la tristeza, el abandono, la pena. 


Espero no perder nunca la capacidad de escuchar, y tampoco la capacidad de asombrarme con la riqueza que nos regalan las consultas a los médicos de cabecera. 







lunes, 30 de enero de 2017

Ternura

Sí. Definitivamente, la ternura está demodé, es un sentimiento que a veces parece estorbar, y casi siempre, avergonzar. Especialmente a nosotros, los machos alfa, o beta, e incluso hasta a los omega. Que de repente se te venga las lágrimas al gaznate, incomoda. Que la persona que tenemos sentada delante tenga que rebuscar a toda prisa en su bolso un klenex porque la pestaña está empapada y el moco empieza a colgarle nos hace removernos en nuestro butacón. Que en la vorágine de pacientes citados cada 5 minutos, sorpresas al margen, alguien pretenda envolvernos en sus sentimientos nos aterra, porque parece que ahí no hay mesa que pueda interponerse, no hay bata que nos resguarde, y si permitimos que de rienda suelta a historias que dejarían en pañales a Emily Bronte, entonces a ver cómo nos recuperamos después ante el siguiente paciente que viene a que le miremos esa almorrana sangrante que le trae por la calle de la amargura.

Bueno, pues yo me resisto. No es que le pida al caballero del ejemplo anterior que, en posición genupectoral y con mi dedo enguantado palpando el tan odiado y dilatado plexo hemorroidal, que me cuente una historia lacrimógena, no. Simplemente es que ya hace tiempo que he decidido, contra viento y marea, que pienso disfrutar al máximo de cada una de las lágrimas que tenga que empapar a toda prisa en el papel de secarme las manos, de cada uno de los escozores que tenga que tragarme como un reflujo de grado IV, y que si me llaman tierno, o ñoño, o memo, pues que me da exactamente igual. Porque además pienso hacer gala de ello, que ya está uno harto de tener que callar según qué cosas, y ésta es una de esas que en algún momento algún adelantado nos enseñó a identificar con la falta de profesionalidad, y nos recomendó, a los incapaces de huir de ellas, al menos ocultarlo. Pues nada, aquí me tenéis, dispuesto a salir del armario de la falta de sentimientos.

Ella lleva un tiempo dándome alegrías. Era una mujer tímida y frágil, en apariencia, claro, como todas las de su generación. Acero puro en su interior. En los últimos dos o tres años la oscuridad se fue apoderando de su cerebro, insidiosa y traicioneramente, como sólo ella sabe hacerlo. Los encuentros se trasladaron de mi consulta al salón de su casa, o a su cocina, ahora, últimamente, a la cabecera de una cama articulada, donde, encima de un colchón antiescaras, se va encogiendo como un pajarito helado, y casi con las mismas carnes en su cuerpecillo.

Las conversaciones también se han ido trasformando casi en monólogos, los ojos permanecen casi todo el día cerrados, en una niebla que los demás desconocemos, quién sabe, quizás haya allí dentro un mundo paralelo construido con personajes que ya sólo viven en los circuitos más profundos de su memoria.

Cuando llego me acerco a ella despacio, temeroso de asustarla, como si se tratara de una sonámbula a la que no conviniera despertar bruscamente. Cuando abre los ojos me mira y cada vez cuesta más ver el brillo del reconocimiento en la mirada. pero a mi me da igual, yo vuelvo a decirle quien soy, la tomo el pulso en la muñeca de papel, le acaricio la cara mientras la sonrío. Alguna vez le cuento un cotilleo inocente, voy ahora a casa de fulanito, o, a menganita se la han llevado sus hijas a Madrid, y a veces se medio sonríe, incluso una vez me contestó con un inesperado "¿es que está malo?" que me hizo partirme de risa.

Me guardo cada uno de esos momentos breves de lucidez convencido de que son habas contadas, quien sabe si la traca final. Para mi, desde luego, otra alegría. Ya digo que lleva un tiempo dándomelas.

Hace unos meses, el invierno pasado, fue ingresada en el hospital durante un fin de semana. El equilibrio inestable en el que sus órganos y yo vivimos desde hace años se vio terriblemente amenazado y aquellas paredes sin sus retratos, aquella vecina de cama que no roncaba como su marido, aquellas señoritas que entraban y salían trayéndola medicinas y comida y que no se parecían a su hijo ni a su cuidadora, estaban a un paso de vaciar la mochila de su lucidez a velocidades supersónicas. Me contaron después que cuando entró un día a verla el médico de la planta, preguntó quién era aquel señor. Ellos le dijeron que era su médico, y ella contestó que no, que aquel no era Raúl. Como os decía, lleva tiempo dándome alegrías.

El otro día estuvimos en su casa. Aunque la visita no era para ella, ir a verla es una obligación de las placenteras. Abrió los ojos distraída, no recuerdo qué la pregunté, pero no tenía demasiadas ganas de contestarme y todo quedó reducido a una elegante y breve "visita del médico" por mi parte, y una retirada rápida para no interrumpir más la hora de la siesta, o de los recuerdos, o del vacío calentito de las mantas.

Pero justo cuando me disponía a marcharme, un ruido me hizo volverme. Con los ojos abiertos, y moviendo una de sus manos, me pedía que me acercara. Encantado lo hice, y entonces me plantó en la mejilla una ráfaga de besos de abuela, que me pusieron la sonrisa en la boca y la lágrima esa demodé de la que os hablaba al principio en los ojos. Cada uno de esos besos era ternura en estado puro, sin cortar.

Luego me fui a mi casa sin ninguna gana de abandonar esa sonrisa, y preguntando a mi compañero invisible de coche si existe alguna otra profesión tan maravillosa como la mía. Alegrías, sólo me da alegrías.




Una imagen preciosa de Un doctor en la Campiña (Thomas Lilti. 2016) que me encanta por cómo refleja ese carácter inigualable y sagrado de nuestras visitas a los domicilios.














domingo, 22 de enero de 2017

Sola

Hace frío. Ese frío que solo conocen los que han visto las fuentes heladas en invierno. Ese frío que remodela caracteres y elimina la hojarasca, dejando al aire las ramas desnudas. Como las ideas y como las conciencias. La médica esta sentada en la terraza acristalada. Contempla las luces de la cuidad vieja, con una manta sobre el regazo. Encima de la mesa camilla, una carta cuya tinta resiste lectura tras lectura. Y ya lleva muchas. Lecturas repetidas que mezclan la incredulidad, la rabia y el desencanto. Lecturas emborronadas por las lágrimas.

Está sola. No es una casa demasiado ruidosa, una jovencita casi adolescente que prefiere leer a Dumas antes que ver Gran Hermano, un niño serio y cariñoso que hace rato decidió rendirse a los bostezos y duerme ese sueño inocente y tan reparador que echamos tanto de menos cuando somos adultos estresados. Un marido quemando otra de esas noches de guardia y de cuerpos separados. De cuerpos solamente. 

La médica saborea el silencio y la taza de café casi con el mismo deleite, el que nos concede repasar a cámara lenta los recuerdos, ponerles del revés buscando las costuras descosidas, segura de que tiene que haberlas, porque así es la vida. Es momento de reencontrarse en el ímpetu feliz con el que regresó a su casa, la contradicción de escuchar alegre penas y padeceres, pero dichos con las palabras con las que le hablaban los otros niños, las mismas con las que le consolaba su madre y las que formaron las frases con las que se enamoró.  Aquellos primeros días de vuelta a casa, del sol y la nieve, y las cuestas y las piedras. Sin duda todos aquellos recuerdos eran felices. 

Luego el choque entre el deseo y la realidad, el desencanto que nace de descubrir la farsa que algunos envuelven en papeles de satén y lazos de color de rosa, o en cifras majestuosas dichas en ruedas de prensa por políticos que si sacan un centímetro más de pecho, golpearán con sus esternones las caras de los periodistas de las primeras filas. Fachada de tramoya que en la desnuda realidad de los pasillos repletos de camillas, de los turnos de veinticuatro horas, de las plantillas horizontes y de los residentes ojerosos suena a tomadura de pelo. 

Arrebujada bajo su manta, sintiendo el calor interior que provoca el café caliente, le asalta el recuerdo de la lucha, la queja que parece lanzada al vacío, los planes de mejora que chocan con el muro de la incomprensión o de la impotencia. Empieza entonces a ver claramente deshilacharse las costuras, el cansancio infinito, las miradas suplicantes, o resignadas, o altivas de los pacientes, acostarse a las nueve de la mañana sin haber sentido apenas en algún momento hacer Medicina, así, en mayúsculas, como la de antes, como la que le llevó a querer ser médico. 

Mirando las luces de la ciudad que hiberna reproduce a cámara súper lenta cada uno de los segundos de su despedida, y en su memoria, la pantalla del ordenador vuelve a escribir las palabras de su rendición, cada una de ellas asaeteando a una moderna san Esteban, dejándola sin un resquicio de la ilusión con la que volvió a casa. 

Las horas convencieron a los días, y estos a las semanas, de que la derrota solo era una retirada a los cuarteles de invierno, de que la médica seguía estando allí, debajo de todas aquellas saetas, aunque al corazón se le fuera el santo al cielo entre la sístole y la diástole. Pero seguía latiendo, eso seguro. Al menos hasta que llegó esa última carta, aquella que no terminaba de desaparecer por más que la leyera, esa carta cruel en la que no bastaba la retirada, se buscaba la rendición incondicional, el aplastamiento del enemigo, su silencio indefinido. 

Y aquella noche, en la terraza acristalada, con los silencios nocturnos llenos de respiraciones rítmicas  y algún maullido retumbando en la calle, la médica se sintió terriblemente sola. Y es horrible sentirse sola cuando sientes que te faltan las fuerzas y te asalta el deseo casi irresistible de dejarte arrastrar. La rendición a veces te tienta con un descanso demasiado dulce como para resistirse. 

Y entonces, la médica escribe un mensaje y lo lanza con las últimas fuerzas de un náufrago. Y vuelve a sentirse sola. Hasta que empiezan a sonar las señales de alarma en su teléfono móvil, en su ordenador, por todas partes. Tantas, que tiene que silenciarlas para poder articular algún pensamiento. O por lo menos para darle a su cerebro la orden inapelable de sonreír. 


P.D.: este post va dedicado a mi amiga Mónica Lalanda, a quien, por denunciar las condiciones laborales en que ejercía su trabajo, tanto ella como sus compañeros (muy similares a las que se sufren en todos los servicios de urgencias hospitalarias de España) y por criticar la labor de su jefe, no sólo ha tenido que dejar aparcado el ejercicio de su profesión, sino que además se ve inmersa en un expediente abierto por el Colegio de Médicos de Segovia a instancias de su comisión deontologica al parecer por menospreciar a sus compañeros. Un absoluto despropósito. Mi solidaridad más absoluta, y por supuesto, como ha quedado claro, no estás sola. 








lunes, 16 de enero de 2017

El juicio

-Adelante ujier, que entre el siguiente caso
-El sistema sanitario contra todas aquellas personas que utilizan mal los servicios de urgencias, tanto de Atención Primaria como de Atención Hospitalaria, en la persona de la señorita X, que acudió a Urgencias por llevar siete minutos con hipo que no se le quitaba con los remedios habituales.

-Señoria, represento a la señorita X en el juicio. Demostraremos sin lugar a dudas que es absolutamente inocente, tan solo una víctima de una situación creada por otros muchos, entre ellos, muchos de los que le denuncian. 

-Señoría, nosotros representamos al sistema sanitario en este juicio, un sistema harto de los abusos de gente como la acusada, gente que se ha creído que tiene derecho a todo, que lo que es gratis no tienen ningún valor, gente que se sienten clientes que deben quedar siempre satisfechos. Señoría, presentaremos pruebas irrefutables del abuso y pediremos una condena en firme y el fin de estas prácticas mediante alguna medida disuasoria, por ejemplo, un fuerte copago. 

-Está bien, comencemos. Tiene la palabra la acusación. 

-Con la venia, señoría. Queremos llamar al estrado al doctor Z. 

- ¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
- Lo juro. 
- Por favor, identifíquese ante el Tribunal..
- Me llamo Z. Soy médico de familia. Actualmente trabajo en el servicio de Atención Continuada de ... 


- Doctor Z, ¿puede describir los hechos de aquella noche? 
- La señorita X acudió al servicio de urgencias acompañada de otro chico joven. La recibimos el enfermero de guardia y yo. Cuando le preguntamos que le ocurría, no dijo que llevaba unos 7-8 minutos con un fuerte hipo. 
-¿Y qué hizo usted?
- Le hice un breve interrogatorio sobre otros síntomas asociados: fiebre, náuseas, vómitos, dolor abdominal, etc. También le pregunté si había habido algún factor desencadenante y desde cuando le ocurría. Me contestó que no a todas las preguntas y me dijo que llevaba con el hipo unos siete u ocho minutos. 
-Doctor Z, ¿considera usted un motivo justificado para acudir a urgencias la aparición de un cuadro de hipo de siete u ocho minutos de duración?
- De ningún modo. 

-¡Protesto, señoría! Se trata tan sólo de la opinión personal del doctor Z. 
- Doctor Z, ¿disponen ustedes de algún tipo de clasificación, instrucción regional, estatal o supranacional, que estipule qué síntomas o patologías se consideran de atención urgente y cuales no?
- No, señoría. 
- Se acepta la protesta. Continúe la acusación. 
- No hay más preguntas, señoría. 
- ¿Tiene alguna pregunta la defensa?

- Con la venia, señoría. Doctor Z: ¿presentaba la acusada hipo durante su interrogatorio?
- Si
- ¿Percibió usted si el hipo era molesto, le provocaba dificultad respiratoria o al hablar? ¿Sentía usted que le provocaba intenso disconfort a la acusada?
- Era un hipo violento, que desde luego la alteraba al hablar y la hacía sentirse claramente violenta, pero no más que lo que se hubiera sentido cualquier persona en esa situación. 
- Doctor Z, ¿tuvieron en algún momento la acusada o su acompañante una actitud desconsiderada, violenta o agresiva hacia ustedes?
- No.
- Dígame: usted ha dicho antes que trabaja en el Servicio de Atención Continuada de ... ¿Puede explicar al Tribunal que significa la expresión Atención Continuada?
- Es un eufemismo político sanitario que da a entender a la población que la atención sanitaria permanece incluso fuera del horario establecido habitualmente para consultas, pero en realidad se trata de un servicio de urgencias, o debería tratarse. Al menos eso es lo que pone en el cartel luminoso que hay a la puerta de nuestro servicio. 
- Ya. ¿Pero no le parece raro que en su contrato ponga Personal Estatutario de Atención Continuada, y que a los lugares donde trabajen se les llame Puntos de Atención Continuada, y luego cuelguen un rótulo de Urgencias? ¿No diría usted que sus jefes, ya sea gestores o políticos, confunden a la población con esos mensajes?
- Pues la verdad es que sí.
- Gracias doctor Z. Una última pregunta antes de dejarle descansar. Si la consulta de mi cliente era una banalidad por la que nunca debió ir a un servicio de urgencias, ¿por qué le hizo usted una exploración completa y se le tomaron las constantes vitales (tensión arterial, frecuencia cardiaca y temperatura) en lugar de haberla despachado, digamos, con viento fresco? 
- ¡Protesto!
- No importa, señoría, retiro la pregunta. 


- Señoría, la acusación llama al estrado a la señorita X. 


- ¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
- Si, señor, lo juro. 
- Identifíquese ante el Tribunal. 
- Me llamo X. En este momento soy estudiante de primer curso de imagen y sonido. 

- Señorita X. ¿No le parecía a usted que llevar siete u ocho minutos no era motivo para acudir a un servicio de urgencias?
- Bueno, la verdad es que tal vez fuera algo exagerado, pero jamás en la vida me había sentido tan mal. Habíamos salido mi novio y yo a comer a un restaurante chino. Llevábamos dos fines de semana sin vernos, uno porque no puede venir yo por exámenes y el otro porque le tocó trabajar. Sabe señoría, es técnico en una emisora de radio. No gana mucho pero para estar empezando, la verdad es que ha tenido suerte encontrando ese trabajo...
- Céntrese en la pregunta, por favor. 
- Perdone, señoría. Como le digo, estábamos en el chino, comiéndonos unos rollitos de primavera bien remojados en salsa agridulce cuando mi chico me soltó un pellizco en el muslo por debajo de la mesa que me dio un susto de cuidado. Pegué un bote en la silla y un grito que se volvió todo el restaurante. Y a partir de ahí, ya no había nada que hacer. Aquello no era un hipo, señoría, se lo juro, aquello eran los rebuznos de un borrico en el matadero. Al final mi chico fue el que decidió llevarme a urgencias porque no tenía pinta de quitarse. Yo le dije que ya se pasaría, pero él me dijo que seguro que allí me daban algo para que se pasase, y que, total, para eso estaban. Así que fuimos. 
- El doctor Z que la atendió, ¿le dio algún tipo de medicamento para que se le pasara el hipo?
- No. 
- ¿Y cómo se le pasó?
- Pues la verdad que se me quitó solo a los cinco minutos de salir de urgencias, después de eructar un par de veces, con permiso de su señoría. 
- Es decir, que el hipo le desapareció sin necesidad de ninguna intervención médica en unos minutos. 
- Y eructando. 
- Eso, y eructando. No hay más preguntas, señoría. 


- Señorita X, yo solo le haré un par de preguntas. ¿Pensaba usted cuando acudió al servicio de urgencias,  que podría padecer alguna enfermedad importante o que ese hipo podría tener alguna consecuencia importante para usted o su salud?
- Vaya usted a saber. Soy joven, solo tengo veinte años, pero una nunca sabe dónde puede estar esperándote el cáncer. De hecho no hace tanto me han puesto una vacuna contra el cáncer. O sea que si a los de la Sanidad les preocupa que pueda tener cáncer, cómo no me va a preocupar a mi, que estoy en  mi pellejo. Eso, o cualquier otra cosa. Basta con que miren la televisión, que cada vez que veo a los del Tricicle, con lo que le gustaban siempre a mi padre, y ahora me dan un mal fario que no veas. 
- Ya. Una pregunta más, señorita X. ¿Suele usted ir mucho al médico?
- ¡Qué va! Lo normal. De pequeña, las revisiones a la pediatra con mi madre y cuando me acatarraba, que invierno estaba  todo el día con el moco colgando, ya se sabe, para ver si me daban alguna jarabe para la tos, y luego que pené mucho con las anginas, todo el día liada tomando antibióticos, con unas placas que en cuanto me ponía con fiebre, me lo daba mi pediatra o en urgencias, porque ya sabían cómo terminaba la cosa. Así hasta que me las quitaron, que entonces ya descansé un poco. pero vamos, nada, que soy de las de no aparecer por el médico. Bueno, cuando pusieron la consulta joven que iban una vez por semana al instituto, allí sí fui un par de veces, pero es que había tenido problema con el imbécil de mi ex-novio, y estaba un poco plof. Pero la verdad es que allí te escuchaban mucho, y eso. ¡Ah! y también cuando empecé a tomar la píldora, y las revisiones con las citología y esas movidas, ya sabe usted, señoría. Pero, ya le digo, yo es que a los médicos, ni verlos.
- Gracias, señorita X. No hay más preguntas. 

- Señoras y señores, yo creo que ya hemos tenido suficientes testimonios con las declaraciones de los principales implicados. Sé que tanto la acusación como la defensa tienen una lista interminable de testigos para apoyar sus respectivas tesis, pero creo que nuestro paciente jurado se habrá hecho una idea de la cuestión. Así que, por el bien de nuestras neuronas, el caso queda listo para la deliberación del jurado, y esperamos su pronto veredicto.