lunes, 22 de mayo de 2017

Quemados

La mujer levanta ligeramente el tono de voz y adelanta el cuerpo hacia la mesa en actitud claramente intimidatoria, justo antes de que el médico apriete el botón de imprimir la interconsulta. Quiere asegurarse de que ha añadido el imprescindible preferente, no vaya ella a tener que esperar más de un año para que le hagan la resonancia que tenían que haberle hecho el primer día que empezó con sus dolores de espalda. Que una vecina suya empezó igualito que ella y al final tenía tres hernias discales, que a la pobre no han podido ya ni operarla ni nada, ahí está con sus hernias y esos lumbagos que le dan tres o cuatro veces al año, yendo todos los años a rehabilitación, y ella no quiere acabar así.

El médico duda durante una fracción de segundo, y la mira fijamente a los ojos  tentado de aceptar el reto y desplegar las alas del conocimiento. Pero la duda se disipa como un retortijón inoportuno de la conciencia y despliega la ventanita que descubre el ansiado preferente, clickea e imprime. Ella insiste "me lo ha puesto preferente entonces", y cuando coge el papel de la mesa lo repasa para asegurarse de que aquel intermediario entre ella y la solución a sus dolores, no se arrogue atribuciones que no le corresponden. Satisfecha con su volante, termina sus reivindicaciones con "esa cajita de inyecciones tan buenas que usted sabe que me van fenomenal, aunque no entren en el seguro, que es una vergüenza que mi marido haya estado toda la vida pagando a la seguridad social para que ahora una pobre mujer se tenga que pagar las inyecciones"

Al fin se marcha con un juego de cintura que ya quisiera para sí Sergio Ramos, con los volantes debajo del brazo y la receta blanca que tanto le cabrea para poder comprar las inyecciones. Deja la puerta abierta de par en par y sin solución de continuidad asoma la cabeza el siguiente paciente. El médico le pide que espere un minuto, que debe hacer una llamada, y para atemperar un poco la cara de mala leche que se le pone al paciente, coge el teléfono y empieza a marcar números. El caballero cierra la puerta con un poco más de energía de la esperada y el médico cuelga el teléfono para cerrar la pantomima. Le apetece tomarse un segundo para sí. Y entonces comete el error que se había prometido no cometer, recuerda los días en que creía ser un buen médico, los días en que acudía a trabajar sonriendo, en que se tomaba el café a toda prisa entre bromas con los compañeros para empezar cuanto antes, los días en que se marchaba a casa creyendo tener la mejor profesión del mundo. 


Y entonces saca el repertorio de maldiciones gitanas y maldice con saña a quienes conforman su lista de la vergüenza. Los tiene numerados, localizados uno por uno, figuran en su cabeza con ese lujo de detalles que da el haber repasado las afrentas una y otra vez, los engaños, las promesas incumplidas. Sabe que no es sano, y cada vez que se dedica a tan innoble tarea, se jura por lo más sagrado que será la última y que ya ha pasado página. Pero la auténtica realidad es que se ha convertido en un adicto. El día anterior le llamó un excompañero. Ya no existen las llamadas de cortesía, al menos es lo que él cree. Le contó con crudeza que trabajaba solo por el dinero, que ha decidido no enfrentarse a nadie, no tomar ninguna iniciativa, solo sentarse y esperar a que llegue la nómina el día uno. Para quitarle hierro, le dijo que estaba satisfecho con sus cursos y sus máster, pero que la consulta era solo trabajo, sin más. 


Pero no podía engañar a nadie, y menos a sí mismo. Su compañero intentó torpemente animarle, pero el veneno que escupía terminó por conseguir que le devolviera solo largos silencios. Y aquella conversación le había revuelto las tripas y le había hecho pensar en lo que no quería volver a pensar: que una vez fue un gran médico. 

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Solo hacía dos años que había terminado la especialidad. Por esos azares del destino, el final había coincidido con un cambio político. Y los nuevos mandamases querían marcar distancias con los anteriores, y de paso apuntarse tres o cuatro titulares sabrosos que se clavarían como un rejón en el morrillo de quienes buscaban ahora fortuna en plazas mayores. Total, aquello era el principio de la legislatura, y ya se sabe que junto con el periodo preelectoral, son las mejores épocas para terminar la residencia. 

En cualquier caso, menos de cuatro meses después de enmarcar el título de médica de familia, ya tenía su propia consulta. Es verdad que era un pueblo de los limítrofes con la capital, de esos repletos de capitalinos revenidos que parecen tener plaza de aparcamiento en el Ramon y Cajal o en El Niño Jesús, resignados a tratar con médicos del extrarradio. Y ella había sido residente urbana, pero le había encantado su experiencia rural y lo más importante era la ilusión que le hacía que su nombre apareciera en la puerta de la consulta. 

Habían pasado dos años. Había envejecido en dos años, se lo notaba en el espejo por la mañana cuando se arreglaba a toda prisa una coleta práctica antes de salir hacia el pueblo. Aquel día vendría a hablar con ellos su tutora rural. Llevaba toda la semana contenta con la perspectiva, volverse a ver después de los años, más allá de los guasap que aún se enviaban de cuando en cuando. Solían reunirse en el Centro de Salud una vez en semana, pero la cruda realidad era que las reuniones escaseaban, todos encontraban excusas o aprovechaban los cierres parciales de las consultas para sentir la gozada de ir a otro ritmo, terminar pronto, poder repasar una historia, consultar unos papeles, leer un artículo. 

Pero aquel día, ella se presentó en la sala de reuniones y le plantó un abrazo y dos besos a su tutora. Fue un "como decíamos ayer" en toda regla, un salto espacio temporal de los que solo se dan en las películas y en los sentimientos verdaderos. Al final encontraron tiempo para la confidencia, porque a las dos las atraía y las atemorizaba como entrar en la casa del terror del parque de atracciones. Su tutora solo necesitó dos o tres respuestas prefabricadas para meter el dedo en una úlcera de grado tres. Entonces se derrumbaron las fachadas y confesó estar desando que se convocara la oposición, o que hubiera un concurso de traslados, lo que fuera más rápido, para cambiar de plaza. Era capaz de reconocer sus errores, aunque vinieran maquillados por las mil y una razones que había oído y leído en tantas ocasiones, las mismas que se había jurado una vez no decir nunca. Solo habían pasado dos años. Su tutora la despidió con el abrazo que das a la hija que se marcha a trabajar a Estados Unidos sin saber hablar inglés. Le dio todos los consejos que le vinieron a la cabeza, los trucos que creía podrían darle una oportunidad. Ella volvió a su casa por la autovía sin pasar de noventa, sin ver el tráfico, sin escuchar la radio. 















lunes, 15 de mayo de 2017

Pacientes

Ella molesta al médico. Cada vez que sale al umbral de su consulta a llamar al siguiente la encuentra de pie, pegada a la puerta, violando ese espacio personal respetuoso que en el fondo le gusta que mantengan los pacientes. Se dice a sí mismo que esa zona de seguridad es señal de educación y no le gusta que ni ella ni nadie se salte las normas no escritas. 

Ella no dice nada, solo espera expectante mirándole a los ojos, como el cachorrillo que espera su galleta. Aun así, le molesta. Luego, cuando comprueba que no es ella a quien lo toca todavía, cuando repasa el siguiente y el siguiente nombre para encontrarla y descubre que en realidad aparece mucho más abajo en la lista, siente una punzada de remordimiento porque en el fondo sabe que no se trata tanto de una cuestión de respeto, sino de superioridad, de mando, de jerarquía y poder. Entonces vuelve a mirar esos ojillos de perro abandonado que esperan silenciosos su segundo de atención, y sonriéndola, le explica que aún le quedan cuatro antes de que le toque. Entonces ella le devuelve la sonrisa con timidez y parece hacer caso de su consejo de esperar tranquilamente sentada. Pero cuando vuelve a abrir la puerta, ella vuelve a estar allí, silenciosa y con los ojos enormes clavados en el y en su lista, como si nada hubiera ocurrido. 

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Lleva años haciéndole bromas sobre su soltería. Se las hace en la calle antes de entrar al consultorio, en la puerta de la enfermera cuando viene a hacerse el Sintrom, en el puesto de fruta cuando vuelve de visitar a alguien en su casa los jueves a media mañana. El sonríe con su cara mal afeitada y unos dientes desiguales medio podridos que le han dado más de un disgusto, pero que se niega a sacarse mientras aún mastiquen. Pero cuando está esperándole por la mañana desde casi una hora antes de empezar la consulta, con una cara de estar despidiéndose de los familiares cercanos, el médico sabe que los oídos se han vuelto impermeables a las bromas, que le esperan un par de semanas de visitas tempraneras, meneos desesperanzados de cabeza y sentencias de malos augurios. 


El médico ha aprendido a reconocer las señales, que se repiten matemáticamente como la vuelta de las oscuras golondrinas, e intentan inundarlo todo de tranquilidad, empatía y seguridad. Pero nada: la cabeza vuelve a negar tenebrosamente insistente, las frases lapidarias se intercalan con un tsunami de suspiros que se llevan por delante la empatía y el buen rollo del más pintado. 

Entonces, por un segundo, el médico flaquea, cree ver en los ojos apagados del viejo solterón la firmeza inquebrantable de morirse, y le entra un pánico que casi no se atreve a reconocerse ni a sí mismo. Pone todo su arsenal sobre la mesa dispuesto a enfrentarse a la invencible compañera hasta el último aliento de placas, analíticas, medicinas y hospitales y en el fragor de la batalla se reconoce a sí mismo el invierno anterior oyendo los golpes en los cristales con sus alas juguetonas y entonces frena derrapando, se vuelve a la camilla, donde sigue sentado sin moverse y le mira a esos ojos tristes que soportan todo el mal de este mundo, soltándole la burrada más grande que se le ocurre solo para ver aunque sea por una fracción de segundo, el atisbo de su sonrisa de pícaro irredento. 

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Habla a voz en grito. Apostilla cada una de las barrabasadas que dice que hace su marido con una referencia a las múltiples enfermedades que ella acarrea. El calla y la mira con un aburrimiento que es casi palpable fisicamente. Los síntomas se entrecruzan y se mezclan de tal forma que ya no saben en qué órgano quedarse, ni siquiera en qué persona. El médico sufre desconexiones intermitentes. Ha comprobado que es la única forma de que su cerebro procese el torrente informativo sin morir en el intento. Bucea en medio de aquellos gritos como el que nada en el fondo de un pantano buscando un tesoro y encuentra la clásica bota medio carcomida. Ella acompaña ese megamix del Harrison con aspavientos que viajan de la cabeza a la pierna pasando por cualquier otra parte de su anatomía, mientras el marido resopla y ocasionalmente farfulla dos o tres palabras que solo pueden tener sentido en su cerebro. 

La consulta se vuelve un valle de lágrimas. Las quejas siguen migrando de un punto a otro de su cuerpo al ritmo de unas manos de bailarina de flamenco mientras el médico se estruja las meninges temeroso de terminar de dragar aquel pantano lodoso y quitarse el traje de hombre rana habiéndose dejado el tesoro en el fango sin rescatar. Así que cuando por fin recupera todas sus conexiones y sin grandes contemplaciones detiene el torrente ayudándola a levantarse de la silla, la ve marchar despacio e inestable sin poder evitar la sombra de la duda. 


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lunes, 8 de mayo de 2017

Indefensa

Ella era de esas personas que parecen atraer los rayos del sol. No son tantas, pero son tesoros que parecen primaveras en ebullición, transforman los lugares en dibujos animados de película de los Beatles psicodélicos, cambios mágicos que consiguen con un par de sonrisas, tres palabras y cuatro miradas a los ojos de las que calientan como una manta zamorana.

Llegó a un centro de salud donde el buen rollo se había ido acorchando, los cafés se acortaban o se volvían grises y cenicientos, la vida parecía querer detenerse bajo capas de polvo y de rutina. Abrió las ventanas de par en par, la cocina volvió a ser un espacio concurrido donde se apretaban unos codos contra otros y volaban los chistes y las fotos se desplegaban en las pantallas de los teléfonos móviles. Las articulaciones parecían haberse engrasado por ensalmo y ya nada chirriaba, hasta el silbido de la tetera respetaba el gorgoteo de la cafetera italiana. Sin duda, aquello era mucho mejor que el páramo por el que iban transcurriendo los días y aquel birlibirloque solo tenía una culpable, la nueva médica. 

Salía a recibir a los pacientes a la puerta con la bata arremangada ejerciendo su efecto balsámico con una mirada o un comentario, disfrutando del ensalmo que provocaba entre sus fieles, que se habrían arrancado la lengua con unas tenazas antes de quejarse lo más mínimo de su sempiterno trastoque de horarios. No habían tardado mucho en lanzarse a cruzar los,puentes que les había tendido y si se les preguntaba en el bar o en el súper, no sabían precisar cuánto tiempo llevaba siendo su médica de cabecera, pero indefectiblemente, todos apostaban muy por encima del tiempo real. Sí, hay quien tiene ese don, son mutantes de la felicidad, alumnos aventajados de un profesor Charles Xavier dedicados en cuerpo y alma a hacernos a todos la vida más hermosa. 

Él vivía en el hechizo desde el minuto uno. No era del pueblo y su segundo paso tras el aterrizaje fue acudir a buscar médico que le acompañara por el berenjenal infumable en que se había convertido su obsesión por la salud, una zorrera de miedos e incertidumbres que en realidad jamás le dejarían ser de verdad una persona sana. Le asignaron a la médica nueva aunque su cupo se llenaba a marchas forzadas, según le explicó la administrativa. A él le daba igual, con que le escuchara y le atendiera en lo que le pidiese le bastaba. Se extrañó un tanto cuando su sentido de experto en salas de espera detectó elevados niveles de endorfinas y sonrisas bobaliconas en las sillas de su alrededor. Después de la primera visita lo entendió todo, fue una conversión al estilo Saulo, con porrazo en la crisma por caída desde su caballo de hiperdemandante ante su nueva diosa sanitaria. 

A partir de ese momento se transformó en un devoto de misa-consulta semanal, de los que leen el salmo responsorial y escuchan con aprovechamiento el sermón. Ella seguía mientras tanto repartiendo inadvertidamente las conexiones a quienes entraban por su puerta, con la candidez que vive la gente como ella, con una inocencia sincera que a los demás les resulta tan conmovedora. 

Su petición de amistad en Facebook había quedado en el éter como hacía siempre. Le gustaban las redes sociales. Había llegado a ellas con desconfianza y como si hubieran realizado en ella su particular revolución industrial, le habían dado un telar mecánico para unirse a las personas donde antes solo tenía un hilo y una aguja. No obstante, desde el principio pensó que si no se manejaban con cuidado, podían convertirse en poderosas enemigas. Los primeros mensajes en Twitter la desconcertaron.  Le llegaron una noche mientras estaba de guardia. Los leyó y releyó pasando sin solución de continuidad de la incredulidad a la tristeza, del autoreproche a la rabia. La noche se alargaba eternamente mientras decidía cuál sería la actitud apropiada. Finalmente optó por un reproche suave pero firme. Los segundos que pasó con el dedo a un centimetro de la tecla de enviar le demostraban el miedo que le daba tener que adentrase en ese sendero. 

Las personas como ella, los mutantes de quienes mana la energía de la vida que nos rodea, a veces parecen tan frágiles como flores de invierno. Y sobre ella cayó de golpe toda la escarcha que trajo la respuesta airada del rechazado devoto, los reproches infundados, las amenazas despechadas de propagar bulos como quien quema malas hierbas en un verano seco, los insultos, el desprecio. 


Cuando te has acostumbrado a los colorines del Yellow Submarine, los grises te abofetean y te descolocan. Los compañeros vagaban buscando la fuente de calor como los fantasmas de un castillo medieval, como los niños que son capaces de adivinar el dolor de sus madres pero no saben ponerle un nombre. Cuando ella no pudo justificar por más tiempo la tristeza que lo helaba todo a su alrededor, les explicó el dolor que le provocaba su indefensión. En realidad, la indefensión siempre había estado allí. Lo que dolía era haberla mirado a la cara por primera vez, porque ya nunca te olvidas de ella. Y porque sientes como se convierte en la gota de la tortura, la que horada con su insistencia la confianza. 



Aquella tarde, dos de sus compañeros esperaron dentro del coche. Le vieron venir de lejos, con el pan debajo del brazo. Cuando pasó junto a ellos abrieron las puertas y le llamaron por su nombre. Les reconoció a ambos de haberlos visto en urgencias. Sus gestos y sus medias frases le reconocían culpable sin necesidad de juicio. Fue una conversación breve, con muchos más silencios que palabras. Fue un acto desesperado de quienes veían esfumarse la esperanza por el sumidero de la indefensión. Y no estaban dispuestos. De ninguna manera. 












lunes, 1 de mayo de 2017

Zozobra

Veinte años después uno es veinte años más viejo. Sí, ya sé que veinte años no es nada, a quien no le sale el espíritu porteño. Pero vamos, que las nieves del tiempo platean las sienes que da gusto, eso si  quedan sienes que platear. Por aquí afortunadamente alguna queda, aunque los espesores no sean los que fueron. Y la frente se marchita a ritmo anti-bótox. En resumen, que veinte años es muchísimo, se ponga como se ponga Gardel y su prima la del puerto.

Por aquel entonces llegábamos al final de la residencia con la inconsciente alegría de quien cree que la vida se va a abrir para uno como si fuéramos Alicias cayéndonos tras el espejo hacia el país de las maravillas. Adjuntos, ni más ni menos. No sabíamos si habíamos subido de nivel o simplemente habíamos cambiado de juego. Jóvenes y sobradamente preparados, parecíamos un anuncio de coche. Para muchos de nosotros las perspectivas eran inmejorables. Cuando me detengo un momento a pensar en ello, creo que de haberme fijado mejor entonces, les habría visto camina a un palmo del suelo desde primero de residencia. Eran los afortunados que solo tenían que esperar a tener el resguardo del título registrado para firmar el contrato de permanencia, como si se tratara de un operador de móvil: anestesistas, ginecólogos, cirujanos, cardiólogos...

Un hospital en expansión autonomista y servicios que necesitaban nutrirse de ambiciosos cachorros con ganas de echarse el tercer nivel a sus espaldas. Sangre nueva revitalizadora y dinero a raudales que transformaba residentes en adjuntos a ritmo de pucheros de jefes de servicio a oídos de políticos de relumbrón

Otros iban preparando el hatillo, seguros de que que en la capital encontrarían el cariño que les negaba la hija pequeña con afanes separatistas. Al fin y al cabo, muchos se habían sentido extraños entre los dejes gramaticales incomprensibles, la frialdad de una ciudad a la que le costaba transpirar bajo sus piedras vetustas y el aburrimiento crónico del provincianismo. Así que preparar las maletas y sacudirse el polvo de los zuecos fue, en muchos casos, hasta una terapia saludable para ellos, ansiosos como estaban de dejarse caer por el hueco del árbol y ser recibidos por el señor conejo en el paraíso de los mil y un hospitales.

Los había incapaces de superar la morriña, del norte, sur, este u oeste. Los que habían ido tachando en el calendario de la cocina con rotulador Edim y enormes cruces negras cada uno de los días que les faltaban para volver a sus lluvias eternas, o a sus chiquitos, o a su Mediterráneo, o a su pescado frito y su cerveza helada. Estos eran Papas besando la tierra de sus mayores al regresar, seres felices con que les dijeran buenos días con todo su acento, que pensaban que sus compadres no permitirían que les ocurriera nada malo, que era solo una cuestión de tiempo, que el mundo necesita recolocar sus piezas para que fluya la energía en el sentido correcto. Marchaban con una sonrisa enorme en sus caras, como aquellos jóvenes que iban ilusionados a los campos de batalla al estallar la Primera Guerra Mundial,  con sueños de gloria y eternidad.

Y por último, estábamos los parias. Esa casta que era puesta de patitas en la calle con un papel bajo el brazo envolviendo un bocata de chorizo y unos teléfonos apuntados para pelear por unas sustituciones. Eran tiempos en los que las bolsas de trabajo eran del grosor de una guía de teléfonos (de las que existían entonces) y donde una llamada a un conocido podía servirte para trabajar esos tres días del puente que te arreglaban el mes. Eran tiempos de peregrinajes por los Centros de Salud, donde se anotaba tu nombre y tu numero en una agenda de tapas de cuero que guardaba la administrativa en un cajón, en la s de sustitutos, el último de una lista de nombres en rojo, negro y azul. Eran tiempos de palabras gruesas y miradas asesinas si pisabas el terreno de quien llevaba años ganándose las habichuelas en veranos, Semanas Santas y fiestas de guardar.


Los de esa casta nos quitábamos la zozobra a base de kilómetros y de horas de festivos echadas en lugares a los que teníamos que llegar con la Guía Campsa, nuestro Google Maps cutre del pleistoceno. Eso los que decidíamos resistir. Los que no decidieron echarse en brazos de los apuntes de Asturias y regresar a las facultades de Medicina a contestar otras doscientas preguntas para revertir un rumbo que, o se les había quedado corto, o simplemente les había abandonado.

Han pasado veinte años como veinte soles, veinte años capaces de recolocar las piezas de su puzzle al ritmo que se le ha antojado. Y ahora, cuando miro a los ojos de todos esos jóvenes residentes que ven acercarse su quince de mayo, sigo viendo en ellos la misma desesperante, agobiante y absurdamente ilusionante zozobra.




lunes, 24 de abril de 2017

Guardias

Puede que se hayan convertido en uno de los principales indicadores del paso del tiempo, esa arruga en la frente que no hay bótox que consiga eliminar. Después de cada guardia me duelen los riñones, farfullo como un viejo gruñón, las ideas parecen de papel y en mi cerebro sopla un huracán de fuerza cinco que las desbarata y no las deja posarse. Me duermo en el sillón y me despierto desubicado como un homeless en el banco de un parque. Y ya no puedo resistirme a las gafas de cerca, las letras insisten en emborronarse por mucho que me empeñe en alargar el brazo. 

Las guardias me pasan facturas que crecen cada día a ritmo de inflación desbocada. 

En las guardias cabe todo. Anoche empezó a dolerle la garganta, era como haberse tragado un vaso con clavos. Su marido la mira compasivo, la ha visto dar vueltas en la cama y levantarse ojerosa. Hace un par de horas que se tomó el segundo Ibuprofeno (ese bendito de Dios que ocupa en todas las casa el lugar que ocupaba el Sagrado Corazón en la casa de nuestras abuelas). De seiscientos, claro. ¿Ah, es que lo hay de menos? No le ha hecho nada. La garganta sigue siendo un infierno, la saliva quema, eso debe ser un desastre de gérmenes. Me sale la voz de cura repipi cuando le digo que todos los procesos llevan su tiempo. Reconozco la mirada de "no va a mandarme nada, seguro, ¡qué mala suerte he tenido! y recurro al viejo truco de ofrecer certezas a cambio de fármacos: le pongo plazo a los alfileres del gaznate con una seguridad de inspector de hacienda, una seguridad incontestable que remato con un "se lo digo yo".  No pudo resistirme a la broma de mandarla a hacer gárgaras: en mi consulta soy muy de bromas y mis pacientes me las toleran como al cuñado graciosillo que se te sienta al lado en la boda. Pero ésto es una guardia.  


Se sienta incomodísimo en la silla, como si fuera la de un fakir. Su cara me resulta vagamente familiar. Son diez años haciendo guardias en el mismo sitio. Cualquier otro con mejor retentiva les pondría nombres y apellidos. Yo les adjudico la sombra de un  recuerdo, y gracias. Sus síntomas son complejos, enrevesados, pero de una forma extraña han ido encajando en mi cabeza como cuando ves las palabras en una sopa de letras. No ocurre siempre y los años te enseñan a desconfiar de los diagnósticos sencillos y rápidos. Va al baño con un bote en la mano. Les suelto mi apuesta a la residente y a la enfermera. Cuando regresa nos dice que está pendiente de ingresar dos días después para hacerle pruebas en el hospital, porque ha perdido muchísimo peso. Le doy mi opinión sobre lo que le pasa y sonríe, lo cual no deja de extrañarme. Después me confiesa que hace años, ocho ni más ni menos, tuvo un cuadro similar y que le había atendido en urgencias y había sido el primero que le había diagnosticado. ¡Ocho años! Busco la anotación en su historia y la encuentro allí, la de un médico ocho años más joven. Sonreímos los dos.  En las guardias cabe todo. 


Ella había venido por la mañana acompañando a su sobrina, pero no pudo resistir la tentación de volver. Se sienta ante mi nerviosa. Me cuesta hilvanar las ideas porque se le atropellan y se mezclan con los gestos exagerados de unas piernas que la queman y unas manos que la hormiguean. Soy el quinto médico al que consulta, y en cinco localidades diferentes. Es que tengo Sanitas. Desde luego, aprovecha bien el dinero que paga. Por en medio se ha llevado una analítica, tres clases diferentes de pastillas, un aumento de la dosis de sus pastillas para los nervios y hasta dos chupitos de homeopatía, que por lo menos le habrán endulzado la vida, digo yo. 

Su marido no ha querido ni bajarse del coche. La espera sentado oyendo el fútbol, aparcado en la calle. Repaso su hoja de medicación, un compendio de la farmacopea occidental. Pero ella niega tomar pastillas. A veces las evidencias nos desagradan, basta con negar la mayor. Intento convencerla de que quizás sea esa tortilla de píldoras las que provoquen los problemas, intento aclarar concienzudamente cada una de las prescripciones de los últimos dos meses. Nada, no me compra el argumento. Insiste en que ella no toma nada. Se marcha poco satisfecha de su quinto intento. Las guardias cada día me agotan más. 


Incluso cuando la noche se echa, los párpados pican y las piernas parecen de plomo, aún decides aguantar un poco más, esa visita de la una de la madrugada, en la que puedes quemar las últimas naves de tus neuronas antes de rendirte al sueño, a ese sueño intranquilo repleto de ruidos y despertares reales o quiméricos. Esta noche vuelve ella. Su marido deja el coche en marcha en la puerta con la resignación del buen esposo cristiano al que si le valiera y tuviera edad, se apuntaría a la legión extranjera. Vuelve a decirme que sigue igual, que mis remedios de darse crema no sirven para nada. Esta vez charlamos en la misma puerta de las urgencias, la intento tranquilizar, no le de tantas vueltas, váyase a la cama, no tiene nada malo, de verdad. ¿Pero no me va a mirar? No, no es necesario.


En las guardias cabe todoMe voy a la cama. Cualquier sueño, por corto, intranquilo y narcotizante que sea, es bueno, si es recibido en decúbito lateral y sin los zuecos. 


El timbre sueña con premura. Dos timbrazos auguran prisas y dificultades. Eso, o sueño profundo agotador. En cualquier caso, parecen adrenalina precargada enchufada directamente en la patata. El caballero dice ahogarse y tener dolor de abdomen. Tiene unos cincuenta y la mirada delatora de una vida tirada a la basura. Confiesa haber estado consumiendo, cocaina y hachís. Sus parrafadas están repletas de las incoherencias propias de los cerebros deshechos. Aunque el cansancio me cubre como un capote militar, lo siento de una forma muy fisica, la experiencia de todos estos años toma el mando y maneja la situación con la prudencia que marca el destornillador que el tipo guarda en su bolso y que se ha cuidado de enseñar oportunamente como quien no quiere la cosa. Al final, se marcha cantando calle abajo, hacia el pueblo. 


Pienso que esa noche no podré ya volver a dormirme, pero subestimo el palazo que llevan mis huesos y a lo mejor no quiero darme cuenta de lo viejo que estoy ya. Las guardias me matan. 











lunes, 17 de abril de 2017

El caleidoscopio

Hay lecciones que se tardan años en aprender. Otras que solo minutos, que se graban a fuego y no llegan a bajar nunca al subconsciente, permanecen en el consciente más doloroso. Pero la realidad es que nunca sabemos cuáles se clasificarán entre las apremiantes y cuántas tardaremos siete vidas en fijarlas. Quizás una de las más caóticas sea descubrir lo diferente que puede ser nuestra visión de la de nuestros pacientes. En ocasiones esa divergencia nos asalta sin avisar y ya nunca la olvidamos. Otras veces, pasamos años y años de consulta creyendo que el único gran objetivo a través del cual se contempla la realidad es el de nuestra cámara, hasta que descubrimos que nuestra lente solo es una más, a veces tan turbia y distorsionante como los cataratosos ojos de un abuelo.


Llevaban un tiempo adaptados a vivir en la pequeña consulta como en el camarote de los hermanos Marx: dos sillas para los pacientes, un sillón de jefazo que el jefazo evitaba siempre que podía y dos taburetes informales y juveniles, donde era más fácil encontrar al inquieto tutor. Allí, o de pie apoyado contra la ventana, aprovechado la tibieza del sol del final del invierno. 

Pero de vez en cuando, esa presencia tiranizante del tutor, que atrae las miradas y las palabras de los pacientes como un agujero negro espacial, absorbiendo los tímidos intentos de autonomía de las residentes, esa presencia de voz en off, de supertacañón de los tiempos del Un, Dos, Tres, emigraba hacia la consulta de al lado, aprovechando el vacío de las visitas domiciliarias del compañero, intentando arrastrar todo ese inevitable magnetismo lejos de las dos jovenes médicas, que disfrutaban de una libertad agridulce, pero libertad en cualquier caso, y esa es una gran palabra. 

Ese día el tutor regresaba de uno de esas pequeños interregnos. Después de tantos años, es capaz de percibir las corrientes subsónicas como los perros policías. Y le chirrían igual de fuerte. El paciente estaba sentado en silencio ante las médicas, que repasaban su historial. No le dio tiempo ni a saludar. 

- Hombre, menos mal. 
-¿Cómo estás, F.?
- Ya está bien que te vea. Pues mal. Como quieres que esté. La última vez venía con un dolor que no veas en la pierna y aquí estoy, igual. No sé si será de la circulación, el tobillo o qué. 

El paciente vuelve a contar la historia mientras el tutor ojea las anotaciones de las residentes. Hace un par de preguntas para centrar el tema, pero salta a la vista que lo que le apetece al buen señor es un poco de jaleo tabernario. Las médicas asisten a la diatriba en silencio. Nunca se sabe cuando saltará la lección, es cierto. 

- Lo que no es normal es que me sienten en la camilla, estén media hora mirándome y hablando entre ellas y no sean capaces de preguntarme ni qué me pasaba. 
- Venga hombre. ¿Me vas a decir que dos médicas te han sentado en la camilla y te han explorado sin haberte preguntado qué te pasaba, donde te dolía, que te habías hecho y cómo? ¡Venga ya! 
- ¿Es que no me vas a creer lo que te digo?
- Pues sintiéndolo mucho, no puedo creerte. No creo que ningún médico sea capaz de hacer eso, pero estoy seguro que ninguna de estas dos médicas lo ha hecho. 


Hay firmeza en la voz del tutor, pero se nota claramente entremezclada con la pena, la que rezuma en los conflictos de parejas condenadas a la convivencia, donde no caben divorcios ni separaciones amistosas, ni aun llamándoles cambios de cupos o traslados. Cuando todos asumen esa irremediabilidad, siempre se mantiene sujeto el freno de mano, se dejan puentes que algún día vuelvan a cruzarse, se pliegan las velas de la dignidad al menos lo suficiente para que no escueza el reencuentro. 


El paciente se marcha dejando dos o tres frases hechas que mantienen la fantasía del orgullo pero que suenan a cálculo de bajas en la retirada. La despedida es algo más seria que lo usual y la puerta cerrada permite el momento de la reflexión, el descubrimiento súbito y permanente de la existencia de los mil y un cristales a través de los que contemplar la realidad, y a dos jóvenes médicas asimilando ese caleidoscopio de las vidas con las que apenas acaban de empezar a cruzarse. 

  













lunes, 10 de abril de 2017

Su corazoncito

No hay un tiempo determinado para sentirte a gusto en una consulta, no. No existe una pauta aleatoria o basada en sesudos estudios científicos que permita orientarnos sobre en qué momento comenzaremos a sentirnos parte de la comunidad en la que trabajamos, parte de las vidas de los pacientes a los que atendemos. No hay reglas que dirijan el flujo de buenos sentimientos, que despierten de la noche a la mañana la confianza, el respeto, la sonrisa al verte salir a la puerta a llame al primer paciente. No las hay.

Conozco gente que lleva años pasando consulta en el cráter más seco de Marte. Con casco de astronauta y todo puesto. Atraviesan la sala de espera como si llevaran botas de plomo gravitatorias, miran a su alrededor y ven solo polvo. Y para sus pacientes parecen bustos en bronce de Gregorio Marañón con la capacidad de hablar, pero poco, eso sí. Y nunca jamás de sonreír. Por descontado.  

Y también conozco otra gente que son un mestizaje entre Miliki y la madre Teresa de Calcuta, gente que sonríe con absolutamente todos los dientes, hasta los de leche, con sonrisas de esas que provocan calorcito y ganas de que te toque en el amigo invisible. Son gente a los que las sopas de letras les forman siempre la palabra empatía, hasta con el juanete enfurruñado o dos horas de sueño efectivo porque le está saliendo el premolar al churumbel. 

Pues ella era de esas personas, cálida como una manta zamorana, una araña capaz de tejer lazos sin darte cuenta, telarañas que jamás se te ocurriría limpiar con la mopa. 

Llevaba casi cinco años pululando por la consulta, compaginando las largas estancias hospitalarias con apariciones intermitentes pero tan inevitables como los monzones en la India. E igual de torrenciales, de deseadas y de fértiles. Entre medias, dos permisos maternales disfrutados como solo se puede disfrutar de ser madre, aunque siempre con ese puntito de añoranza por la consulta y por recuperar ese huequito en las vidas de los pacientes. 

Y por fin, unos últimos meses de entrega diaria, de derramar sobre la comunidad su empatía como el cura el agua bendita con el hisopo, de haber entrado en las casas y haber vivido la enfermedad en pijama, y de haber sentido a la muerte esperando a los pies de la cama a que la vida dejara de ser tan obstinada. 

No sé cuántas horas dicen los manuales que hay que tener de vuelo para sentirte arte y parte de una consulta, ni me importa, pero ella se había ganado las alas con creces. 

Aquella mañana la reunión del tutor parecía alargarse más de lo esperado por todos. La oportunidad de probar esas alas es demasiado golosa como para no afrontarla sonriendo desde el minuto uno, así que la residente abrió la puerta de la consulta como quien abre el telón el día de su debut en Broadway, exactamente con la misma ilusión y las mismas ganas. 

Las caras se volvieron hacia ella presumiendo de sincronización perfecta, y las sonrisas que pudo percibir tras el buenos días la hicieron sentirse como Julie Andrews dando vueltas en lo alto de un monte de los Alpes. 

Pero entonces se escucharon desagradables los primeros truenos:

- ¿No está el doctor?
- No. Está en una reunión, y no sé a qué hora volverá. Pero yo pasaré la consulta. 

Julie Andrews empezaba a marearse y a trastabillar un poco. 

- Ya, pero es que yo quería que me viera él.
- Y yo también. Pues menuda faena, porque hemos venido a verle a él y para nada. 

Julie definitivamente se había caído de culo al prado. 

- Bueno, pero yo puedo atenderos igual, ya os he atendido otras veces y he estado con él siempre que os he atendido. 
- Mujer, si no es por ti. Es que queríamos verle a él, porque él entiende mucho de esto que le pasa a mi hijo. 
- Y yo quiero enseñarle mis tensiones para que vea como me va el tratamiento. 

La confianza es una flor delicada, un edelweiss difícil de encontrar, y que puede estropearse con una breve ráfaga de viento (no sé por qué tanta metáfora alpina, me disculpen). Aquella florecilla tenía raíces fuertes, había crecido robusta y hermosa y las miradas comprensivas, cálidas de las demás personas de la sala de espera consiguieron que apenas se dejase un par de pétalos. 

La vida continuó regalando retazos de sus mil formas detrás de la puerta de la consulta, y aquella médica, disfrutó de sus bien merecidas alas, aunque le envió un guasap al médico para contárselo. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestro corazoncito. 



lunes, 3 de abril de 2017

Ni puta idea

Me gusta ir a comprar al súper de mi barrio. Es él mismo que había bajo la casa en la que pasé mi infancia, el mismo al que me mandaba mi madre a por el tambor de Colón que pesaba como un muerto. El año pasado se jubiló la cajera que llegó siendo una jovencita y se sabía el nombre de todos los chavales. 

Voy los martes a la carniceria. El carnicero ha sido una de esas herencias que arrebatamos a nuestras madres, responsable de elegir los mejores filetes a la familia, de recordar cuánto nos gustan las costillas en las lentejas, de cabecear con las derrotas de nuestro Atleti, o de retrasarse por estar echando la partida de mus. Voy los martes porque por la mañana estuvo en el matadero y la carne es fresca y variada,y solo altera ese ritmo las vacaciones, y, como no, las guardias. 

A veces me encuentro alguno de los antiguos vecinos, los que me llamaban con el diminutivo, el sanbenito inevitable de quienes llevamos el mimo nombre que nuestros padres, y que te horroriza siendo niño que quiere ser mayor. Están viejos, con la piel arrugada y los ojos vidriosos, pero en mi mente siguen siendo aquellos jóvenes y fuertes currantes del Simca 1000 y los cigarrillos Rex. Él llegó la otra tarde, mientras esperaba pacientemente mi turno. Siempre procuro ser el primero en saludarles, por borrar esa desagradable sensación que te aturde cuando conoces a alguien y no eres capaz de ubicarle. Cuando les sonrío y les llamo por su nombre me parece percibir en sus miradas como si la llama de la memoria se insuflase de golpe, y entonces me estrechan la mano sonrientes o me plantan dos besos y un achuchón, y se les ilumina la cara de felicidad, no por verme, sino por recordarse otra vez jóvenes y con toda la vida por delante, como hace cuarenta años. 


Me contesta al inevitable cómo estás con el clásico hecho un cacharro. Generalmente el cruce de pelotas blandas en la red sigue con un yo te veo fenomenal, que se devuelve con un qué va, será por fuera, por dentro estoy hecho una calamidad. A veces quieres dejar el partido en ese amable cruce de sainetes, sobre todo cuando eres consciente de cómo les ha golpeado la vida, y el pudor te impide provocar un rebrote de dolores que sólo deseas que duerman en las profundidades bajo cientos de capas de tiempo. No haría ni dos años que murió su hija mayor. Yo no quería bajo ninguna circunstancia revivir ese dolor. 


-En realidad los médicos no tenéis ni puta idea. La Medicina en general.- No era un tono ofensivo, sino más bien de un Cela de barrio. Yo sonreía. -Quiero decir que hay cosas que nos pasan de las que no sabéis nada. 

Temí por un momento que se tratara de rencores alimentados por la enfermedad de su hija, rencores que buscarán ser escupidos a la cara del primer representante de Esculapio que fuera a comprar cuarto y mitad de carne picada, y me preparé para la invectiva, consciente de lo duro y antinatural que es para un padre sobrevivir a cualquiera de sus hijos. Pero no, 

-Mírame a mí: siempre estoy con estos mareos tontorrones que no me dejan en paz. Y ya me han hecho de todo, hasta me ingresaron en el hospital unos días y me hicieron escáner y un montón de pruebas y nada, que no dan con ello. 

Bueno, no pude evitar sonreír. Estaba preparado para afrontar los reproches a la Medicina nacidos del dolor y la rabia, pero ésta era una rabieta de niño malcriado. 

-Hombre, pues si no te encuentran nada malo, pues será cosa de la edad. Tampoco sabemos quitar las arrugas, qué se le va a hacer. 

-Nada, que no tenéis ni puta idea. Anda que no podíais haber inventado algún dispositivo que mejorara la circulación en el cerebro, para que no pasaran estas cosas. ¿Y sabes también de que no tenéis ni idea? De la piel. De la piel es que no sabéis nada de nada. Me lo dijo un catedrático una vez que me salieron unas ronchas y fui a ver a un amigo mío en un hospital de la capital y me ingresaron. Le pregunté qué eran esas manchas y me contestó: eso querría saber yo. Así que, lo que yo te diga: ni puta idea.

El carnicero me salvó de la diatriba entregándole un pedido que había dejado encargado su mujer por la mañana, así que nos despedimos con otro apretón, y al marcharse con sus mareos y su piel incomprendida de anciano me llamó por el diminutivo de mi nombre, lo que tuvo la virtud de vestirme automáticamente con pantalones cortos y un jersey de lana hecho por mi tía, al menos durante unos segundos. Después, como ocurre con todos los ensueños, el hechizo se rompió de golpe y volví a ser el médico ya entrado en años que todavía, y después de tanto tiempo en la cabecera, sigue en tantas ocasiones sin entender a las personas. 






lunes, 27 de marzo de 2017

Una lágrima entre los escombros

La llamada del 112 era inespecífica y anodina: reunía todos los requisitos de imprececibilidad que se le presuponen a esas llamadas, ustedes acudan y ya veremos a ver por donde salta la liebre. Lo mejor para los nervios.
- Al parecer se trata de una mujer que lleva un tiempo sin comer.
Con los años aprendes que cuando la operadora te cuenta estas lindezas, no vas a ganar gran cosa con un exhaustivo interrogatorio. Y siguiendo la ley de Murphy imperante en estas situaciones, el móvil que te ofrecen de contacto es solo un elemento inútil más del absurdo imperante, sin cobertura, sin batería o sin ambas. 

Así que lanzarse animoso a la carretera es lo que nos queda, y allá que nos vamos. Es un camino largo pero la enfermera y el médico tiene años de convivencia a sus espaldas, la familiaridad que da haber conocido a los hijos mocetones cuando son bebés, así que la charla es fluida y cariñosa. Al acercarse a la dirección, la enfermera empieza a reconocer las calles y con ese olfato de sabuesa que se ha dejado durante años las suelas haciendo domicilios en su pueblo, le pone cara al nombre que llevamos escrito en el informe. 

Entonces se produce ese volcado de datos blandos que en realidad conforman los cimientos más sólidos de quienes somos, ese acúmulo de información que nunca encontrará acomodo en la fría codificación, pero que nos permiten a los Sherlocks sanitarios esbozar el retrato de cabecera de nuestro paciente. Esos momentos mágicos que se asemejan a cortinas corridas involuntariamente dejándonos asomar por unos breves y curiosos momentos a otras vidas. 

El chalet está situado en medio de una urbanización bonita, con calles amplias y limpias, muros altos, porches, árboles y coches aparcados en las puertas. Pero con sus ventanas desvencijadas y sin cristales parece un sin hogar sonriendo con la boca desdentada, avergonzando a sus vecinos pudientes. La puerta principal está soldada. Hay un cuatro por cuatro de lujo en la entrada del garaje. Junto a su puerta, un señor nos indica que ese es el lugar donde nos esperan. 

La enfermera no se explica cómo ella ha vuelto a esa casa. Llevaba un par de años en una residencia asistida en un pueblo cercano. Allí se dejaba cuidar, recibía su medicación, le daban techo, comida y aseo. Lleva toda la vida autodestruyéndose, desde que en los años setenta empezó a experimentar por caminos que no tenían salida. Bueno, la tenian pero a ella no le tocó en suerte, mala o buena, nunca se sabe. Siempre llevando la destrucción al límite de lo razonable, al límite de lo posible, al límite de lo humano. Al parecer al menos en tres ocasiones la enfermera había estado presente en ese límite, un límite de rescates en UVI móvil, de intubaciones y antídotos intravenosos. 

Ahora entrábamos esquivando las ramas salvajes de un almendro, iluminándonos con las linternas de los móviles, pisando los escombros, la chatarra y la basura acumulada en la cocina, en el pasillo. Hace muchísimo frío. En la habitación hay una cama enorme sobresaliendo entre los cascotes y la porquería. Hay bricks de leche y zumo en el suelo, y paquetes de tabaco junto a la cabecera. La persiana bajada apenas sujeta las ráfagas del frío de la noche. Ella está metida bajo las mantas en camisón, tan desdentada como su casa.



La enfermera la llama por su nombre y al iluminarse con la linterna, ella la reconoce y sonríe enseñando las encías vergonzantes. Entonces le pregunta por su marido, que había sido su médico de cabecera durante tanto tiempo. Los tres largos años de larga y dura enfermedad vividos entre quienes habían sido sus pacientes toda la vida generaron esa corriente subterránea de cariño y simpatía que circulaba continuamente bajo el pueblo, siempre dispuesta a salir como géiseres humeantes y sonoros. La enfermera recibía ese cariño con un gesto agradecido, con un comentario intrascendente
y poco comprometido con la verdad, lo justo para devolver una sonrisa que maquillara un tanto la pena de todos. 

- Ya no está con nosotros. 

Entonces aquella caricatura de la mujer que fue algún día, aquella persona durmiendo en una casa sin ventanas, sobre montones de escombros y basura, aquel ser humano al que ya no le quedaban asideros a los que agarrarse, con la capacidad de un arsenal atómico para destruirse y destruir lo que crecía a su alrededor, aquella paciente que querían pasarse como una pelota de playa del 112 a urgencias, de allí a Psiquiatría y de allí al vacío, aquella mujer, lloró desconsoladamente durante varios minutos, con una pena honda y negra, como la que sólo puede sentirse en lo más profundo del alma. 










lunes, 20 de marzo de 2017

El buen rollista

Podía haber tomado cualquier otro camino en la Medicina: los había visto de todos los colores en los veinticinco años que llevaba con el fonendo colgado del cuello. Podía haber escogido la senda de los elefantes cabreados con su sino, que ven en la señora y el señor sentados al otro lado de la mesa el enemigo que busca sus puntos débiles para torpedear bajo la línea de flotación al sistema sanitario.

Podía haber optado por la búsqueda de El Dorado de las dietas hipohuracanadas y ultramineralizadas, de las espaldas agujereadas como acericos orientales buscando las líneas electromagnéticas que se alineen con el Yang hepatico, de las bolitas azucaradas con la memoria de la memoria de la memoria de los primeros apóstoles.

Podía haber recorrido las moquetas mullidas, allá donde las batas sirven de pretexto a conciencias que no quieren olvidar orígenes que no consiguen recordar. Podía haber pasado por este mundo de los sufrimientos y alegrías de la vida completamente desapercibido, como la cara del cobrador del recibo del gas, como la lluvia sobre los bancos del parque. 

Pero él no. El había tomado la decisión de ser el adalid del buen rollismo, un profeta del humanismo, un gurú de la bondad primigenia, al que se le queda cara de gilipollas si la maldad decide asomar las narices por su consulta. Había decidido sonreír, acercarse, tocar, comprender, empatizar y epatizar al mismo tiempo. Había decidido no ser lluvia en el parque, sino ser tsunami acaparador y hasta empalagoso. Lo que decíamos, un buen rollista. 

Y como tal, llegaba cada mañanas sonriendo en su coche que todo el mundo en el pueblo conocía, saludaba, sonreía, bromeaba, alborotaba el pelo de los niños, piropeaba a las nonagenarias y le faltaba dar un salto lateral y entrechocar sus talones para ser el jodido Bob Esponja después de comerse una cangreburguer. 

Pero, ay, el buen rollista olvida que la vida es machacona e impertinente, como Calamardo, y que cualquiera puede tener un mal día. Así que aquella mañana se levanta hasta la puerta de la consulta inquieto, con esa rara inquietud que al resto de los mortales nos hace presagiar el desastre, y que él, desde su nido del águila Zen, confunde con gases matutinos. 

Entonces se sienta junto al primer paciente, que cruza sus brazos sobre sus ciento veinte kilos que contienen unos bronquios de usar y tirar, y le escucha decir:

-Algo tiene que hacer para quitarme esta tos y esta mucosidad que tengo por la mañana. Póngame penicilina o lo que sea pero algo tiene que hacer para quitármela. 

El buen rollista procesa el speech a través de su filtro de colores pastel, pero un pequeño tic en el ojo le dice que algo no está tan bien engrasado en la máquina de buen rollo como suele ser habitual. Sin embargo hace dos suspiros profundos con efecto de patada sobre máquina atascada, y el buen rollo vuelve a fluir, quizás un pelín distorsionado, para explicar el concepto de cronicidad, tan de moda en estos tiempos, y los peligros del mal uso del arsenal antimicrobiano. La consulta se resuelve con un tiro al poste y dos palmaditas acompañantes hasta la puerta, y deja paso al caballero emigrante de las tierras centroeuropeas, que entre patadas al diccionario y circunloquios, intenta hacer cuadrar su vulgar lumbalgia con unos "reumáticos" muy altos que tuvo a los veinte años y una hermana a la que una poliartritis la llevó a una toracotomia abierta en busca de un cáncer pulmonar que quedó en unos agujeros en los pulmones.


El buen rollista ve palmariamente como la máquina de buen rollo echa humo como la locomotora de Buster Keaton, y a falta de espejo en la consulta, trata de imaginarse la cara de gilipollas que se le debe estar quedando con el discurso. El tic del ojo amenaza con parecerse al de Encalna de Noche y el batiburrillo se resuelve con una cita para hacerse una analítica que valore si de aquellos "reumáticos" vienen estos lodos. 

Esta vez se toma unos minutos antes de volver a abrir la puerta. El humo y el olor a quemado de la máquina del buen rollo empiezan a llenar la atmósfera y la puerta se da ya un cierto aire a la de chiqueros de Las Ventas. El tercer paciente y su querida señora se sientan muy formales junto a él, tras haberse dado todos elegantes apretones de manos. El buen rollista está inquieto en el sillón. 

-Ayer estuve en el urólogo. Me ha dicho que de mi próstata estoy fenomenal, pero que cree que 156 de colesterol malo es un poco alto para tomar solo 10 miligramos de Simvastatina. Me ha dicho que te lo comente para que me pongas algo más fuerte. 

El buen rollista definitivamente está de una mala leche que alucina. En su fuero interno se está acordando de los muertos de todos los emperadores de la dinastía Ming, de los de la tía política del que inventó el mindfulness y hasta de los del jodido doctor Sachs. Advierte que los temblores son ilusorios porque si no lo fueran los pacientes creerían que le estaba dando un ataque epiléptico, y no puede evitar soltar un par de recuerdos cariñosos hacia el amable compañero tan preocupado por la prevención primaria de eventos cardiovasculares del portador de aquella próstata tan saludable, y se vuelve a enzarzar en el discurso de las decisiones compartidas, los beneficios y riesgos y etcétera, etcétera, interrumpidos por un par de formales "no, si yo hago lo que tú me digas, que para eso eres mi médico", que terminan por llevarse por el desagüe los restos de buen rollismo para aquel día, un día que, como muy bien definiría en su momento el bueno de Murphy, siempre podría ser susceptible de empeorar. 


Y es que hay días. 













lunes, 13 de marzo de 2017

Cuidar

- No sabes lo que es que suene el timbre, vayas a la habitación y te pidan algo tan absolutamente normal como que les rasques la frente. 

La enfermera lleva un par de semanas habituándose a su nuevo destino. Ha llegado como un bálsamo para curar ásperas heridas, las que empezaban a dejar cicatrices en la vocación y en el ánimo. Un clavo ardiente para salir de una ciénaga donde alguien la habia empujado sin comerlo ni beberlo. Ha pasado unos meses mordiéndose los labios de rabia por la sensación de fracaso, de derrota inaceptable para un espíritu como el suyo. Pero finalmente se ha sentido como esos náufragos que, agotados, deciden dejar de mover los brazos aunque ello suponga hundirse sin remedio: aliviada. 

Aun así sabe que es una persona afortunada, al menos tiene la opción de volver a sacar la cabeza del agua. A otras muchas compañeras solo les resta dejarse llevar por la corriente e intentar sobrevivir. 

Los principios guardan siempre terrores nocturnos y horas de insomnio. Así ha sido y será siempre. Y ella el insomnio lo lleva fatal, tan mal que le cuesta no caer en la tentación de los lorazepanes. Pero los caminos parecen menos aterradores cuando empiezan a recorrerse. Los primeros días son de tanteo, con un deje de frustración, un querer llegar a todo y una desagradable sensación de torpeza que no es más que el desconocimiento de las rutinas y las convulsiones del día a día. 

No es fácil entendernos a los sanitarios. Hacen falta dosis veterinarias de comprensión y empatía. Llegar a casa agotada y con ganas de hablar, buscando en la escucha el truco de magia que ayude a parar el temblor de las piernas. No es fácil entendernos, no. Las historias se precipitan una de tras de la otra, cada cual más absurda, cada cual más terrible, cada cual más ridículamente normal: una caída de la cama, un accidente de tráfico, una caída de la silla. Una madre, un joven, un abuelo, una hippie, un ejecutivo. 

La razón sujeta al corazón y le pide algo de sosiego. Los relatos superan a las personas y eso es un error a corregir. Y la enfermera se propone hacerlo, porque lo que hay allí, en esas habitaciones, esperando sentir sus dedos rascando sus frentes, son personas. 

-  Dos veces en semana les damos un baño completo en la bañera. Yo me encargo de lavarles el pelo. Les enjabono y les froto la cabeza dándoles un masaje y siento cómo les gusta y les relaja. Es un momento increíble. 

¡Qué difícil es entender a los sanitarios! El que escucha a la enfermera tiene un nudo en la garganta y los malditos ojos de tierno irredento a punto de delatarle, aunque ya le quedan pocos recovecos que mostrarla. Entonces ambos hablan de lo hermosas que pueden llegar a ser sus profesiones, de lo místico en que puede convertirse cuidar, de la fortuna que manejan entre los dos, auténticas megaestrellas de Wall Street que nunca sufrirán una OPA hostil. 


Los días seguirán religiosamente a las noches, como está mandado. Las camas se irán llenando y con el paso del tiempo, vaciando, para volver a llenarse en la ruleta loca y azarosa en la que se mueven nuestras vidas, todas las vidas. La mucosidad atascará las traqueos, las úlceras amenazaran con devorar los sacros. El ánimo subirá y bajará como el Dragón Khan y a los veranos seguirán las navidades, y a la vida, la muerte, faltaría más. Y allí, en esas plantas donde, como en un museo, se concentran en pocos metros y en pocos meses, retazos, muestras de todas esas verdades inevitables de la vida, allí seguirán cuidando todas esas raras personas tan difíciles de entender por el común de los mortales. 

¡Qué orgullosa estaría de ti Florence Nightingale! 









lunes, 6 de marzo de 2017

Yasmine

Yasmine tiene catorce. Está sentada en la sala de espera de las consultas junto a una de las maestras del instituto. Hace unos minutos estaban ambas ante las mesas de la administrativas solicitando ser atendidas por alguno de los médicos. Ya saben que no le corresponde; aunque va al instituto del pueblo donde está el centro de salud, ella vive en el pueblo de al lado. Pero no puede llamar a sus padres para que vengan a recogerla, ahora no, no después de haberse decidido por fin a contarlo todo. En las sillas aún hay mucha gente, sobre todo gente mayor. Algunos le lanzan miradas de reojo. Ella mantiene las manos sobre las rodillas y la vista fija en el suelo. Lleva vaqueros desgastados, unas zapatillas deportivas blancas y un jersey de cuello alto de lana gruesa. Se siente a gusto con el hijab, aunque nota que capta la atención de los aburridos pacientes. Es lo habitual. 


Las cabezas se giran al unísono hacia la médica que se asoma por la puerta con la lista en la mano. Pronuncia un nombre y como solo consigue que se miren unos a otros, canta el nombre de un segundo agraciado que, esta vez sí, se levanta presuroso entre la envidia de la concurrencia que retorna a sus cuchicheos, sus móviles y sus cotilleos de salón. 


Yasmine llegó hace cuatro años. Sus dos tíos se habían adelantado a su padre y en cuanto estuvieron medio instalados, convencieron a su hermano pequeño para que se les uniera. Le encontraron un trabajo y una casa en el mismo pueblo que ellos, y la familia volvió a reunirse con la pena de dejar atrás a sus padres, que se negaban en redondo a abandonar su aldea y sus vecinos. Pero ellos eran jóvenes y emprendedores y es demasiado lo que ofrece la vieja Europa como para negarse a intentarlo. 

Los dos primeros años de colegio fueron duros, pero los niños son camaleónicos y logran, con ese mimetismo infantil, adaptarse a la lengua, las costumbres, las risas y los juegos. Yasmine no era la primera niña inmigrante del pueblo ni del colegio, y no le costó hacerse amigas. Pero a los doce años tenía que empezar el instituto, y las cosas cambiaron de la noche a la mañana. Se convirtió en una mujer. Y ahora por fin estaba allí, en la sala de espera, con su profesora sentada junto a ella en un silencio bastante incómodo y opresivo. 


La puerta vuelve a abrirse y cerrarse, a abrirse y cerrarse, y las sillas van vaciándose, hasta que ya solo quedan ellas dos frente a la puerta cerrada. Está nerviosa sin poder evitarlo. En realidad lleva unos meses dándole vueltas a la cabeza. No ha sido fácil. Hasta hace poco jamás se le hubiera pasado por la imaginación. Hasta que conoció a Emma. En realidad habían estado juntas en la misma clase desde que empezaron el instituto, pero el primer año es raro, un paso forzado de la infancia a la adolescencia, doce años tiernos y atemorizados, descolocados lejos de sus colegios, de sus profesores, de sus pueblos. Las clases se conforman en grupos cerrados que garantizan cierto sentido de protección. Pero el segundo año los miedos se van diluyendo, los grupos se funden y dispersan como si estuvieran hechos de barro y cayera sobre ellos un aguacero. Y en aquella mezcla, descubrió a Emma, una niña esbelta, risueña, con una enorme rareza impropia de aquella edad, una sobrenatural capacidad para escuchar. Es imposible resistirse a quien es capaz de escucharte. Y Yasmine tampoco estaba dispuesta a oponer mucha resistencia. 


Las confesiones generan vínculos profundos, y las revelaciones de Yasmine provocaron lágrimas en Emma de rabia y de una enorme y amarga frustración. Las cosas no siguieron un plan premeditado, simplemente fluyeron en los pensamientos de ambas hasta que aquella mañana por fin habían
reventado y juntas habían pedido ir a hablar con la directora. Y después el relato allá en el despacho casi sin respirar, mientras Emma la miraba en silencio, ejerciendo su don de escuchante con plenas capacidades. 


La médica vuelve a salir y la última paciente se despide de ella en la puerta con una mirada breve había la adolescente del velo y la cabeza gacha. La profesora se pone en pie y Yasmine la imita, pero se acerca a la puerta permaneciendo detrás de ella. Cuando pasa junto a la médica, alza la vista y ve que la está sonriendo. Entonces le devuelve la sonrisa y con ella se desprende una losa de granito de encima del pecho. 

Yasmine deletrea su apellido como está acostumbrada a hacer en los últimos cuatro años. Observa teclear a la médica y espera sus preguntas mientras advierte cómo repasa su historial. No hay gran cosa, no tiene mucho tiempo para pensar en enfermedades. No sabe cómo lo contará, pero sabe que ya no está dispuesta a callar ni un minuto más. Le gusta que le pregunte ¿en qué puedo ayudarte? Sonríe con timidez y simplemente empieza a hablar. Cuenta el infierno en el que se ha convertido su vida en los últimos dos años, relata las palizas de su padre y sus hermanos, los golpes en la espalda y en las piernas con los cables, el miedo a no prepar bien la comida, a no haber limpiado lo suficiente la casa, a disgustar de cualquiera de las maneras imaginables a los cuatro hombres a los que está obligada a atender. 

Detrás de una cortina, enseña a la médica las marcas moradas atravesando los muslos y la espalda, y llora de dolor y de vergüenza cuando ella palpa los verdugones suavemente con sus dedos.  Su madre esta enferma, pero la enfermedad la ha vuelto egoísta y cruel, y pasa el día ordenándola cosas, reprochándola su torpeza, justificando las palizas. 

No queda mucho más que contar. Se da cuenta de que la atmósfera que se ha creado en la consulta parece la de un día plomizo de invierno, como si estuviera a punto de ponerse a llover, como si las 
tres desearan que se pusiera a diluviar y poder así llorar desconsoladamente para quedarse a gusto, y es que no sabemos por qué, pero la pena parece digerirse mejor cuando puede materializarse aunque sea solo en lágrimas. 

Yasmine sabe que no hay vuelta atrás. Sabe que nunca volverá a ser como antes. Tendrá que esperar a que la lleven a algún otro lugar, a cualquier otro lugar. Puede que tarde un tiempo en volver a ver a Emma, en realidad es la única persona a la que querría seguir viendo. Pero ambas se despidieron cuando salieron del despacho de la directora, con la inevitabilidad de la separación, sabiendo, aunque odiaran la idea, que podría ser para siempre. 

Las fotos pertenecen a la campaña "Algunas marcas nunca se quitan" de la organización Innocence in danger, contra el maltrato infantil. 











lunes, 27 de febrero de 2017

Contradicciones

Somos esclavos de nuestras contradicciones. Unos esclavos gordos y bien cebados, pero esclavos al fin y al cabo. Vivimos con ellas y las amamantamos con delicadeza porque nos escudamos a sus espaldas a la mínima ocasión. Y en ningún sitio resaltan tan claramente como en las consultas de los médicos de cabecera.

Ella había llevado una vida larga y feliz, una vida de serie nostálgica de televisión española. Se había casado joven, con la juventud con la que terminaban sus estudios las maestras de entonces, con un aspirante a ingeniero industrial enviado a la capital a formarse para gestionar el patrimonio familiar. Y, enamorado de ella hasta los terceros molares, le había permitido ejercer de maestra en el colegio público del pueblo vecino, lo cual era mucho permitir para una época en la que las mujeres se peinaban con tupé arriba España y la foto del generalísimo coronaba las pizarras y los gobiernos civiles. 

Seis hijos educados en el nacionalcatolicismo y la comunión dominical habían formado seis hermosas familias con nietos y nietas que venían a alborotar el caserón del pueblo los fines de semana mientras a la abuela el cardado se le tintaba en gris perla y los antiguos alumnos le brindaban un homenaje por su merecida jubilación bajo la atenta mirada de un joven Juan Carlos de pelo rubio y rizado que había sustituido al anterior inquilino de la pared del aula. Después los años le echaron peso a los hombros y a los discos íntervertebrales y ella se fue encogiendo al compás de un par de divorcios de sus pequeñuelos, cosas de las modernidades, que aprendió a digerir leyendo con fervor los libros del papa polaco y rezando el rosario cada tarde en su cuartito de estar. 

Pero la vida no pasa sola, lleva siempre del brazo a la muerte, que resulta una compañía mucho más molesta. Y un día pasó por su casa y entre ambas se llevaron a su marido, dejándole el caserón silencioso y vacío. Los años pasaban al ralentí salpicados de lecturas, visitas aisladas de nietos, llamadas de hijos atareados, paseos al sol, que es bueno para las huesos, y brasero de invierno para evitar los catarros. Y el ralentí trajo la vejez sin que se diera cuenta, como trajo una compañera desde los Andes que la incorporaba de la cama y la preparaba caldos de gallina, como trajo una máquina de oxígeno que hacía un ruido infernal al que le costaba acostumbrarse por la noche, pero sin el que parecía una trucha recién pescada, como le trajo tres vértebras aplastadas y una úlcera en el sacro que la enfermera le cuidaba con mimo un día sí y otro no, mientras ella apretaba los ojos para que no se le escaparan las lágrimas de dolor y de rabia. 


Y las visitas de su médico de cabecera, a veces por sorpresa, otras al llamado de conciencias culpables de hijos atareados, algunas por miedo, otras por necesidad, aunque fuera solo necesidad de consuelo. El médico le apretaba la mano, volvía a escuchar sus bronquios sibilantes y su corazón descompasado, presionaba suavemente sus piernas dejando una fóvea resultona y dolorosa. Había más palabras que medicinas. Corre las cortinas, deja entrar la luz, levántate al sillón, como lo que te apetezca. 

El último invierno estaba siendo duro. Los pómulos, los hombros, las clavículas, parecían los últimos vestigios de un edificio en ruinas amenazando derrumbe. Las charlas se habían esfumado entre monosílabos murmurados con resoplidos. Y al final de cada una de las visitas las últimas fuerzas se reservaban para una frase de cuatro palabras: No quiero vivir así. 

El número de cuidadoras se duplicó, el número de especialistas privados consultados por los hijos se triplicó, cada uno de ellos con sus brillantes tratamientos, y el número de llamadas al médico de cabecera alcanzó un número exponencial impronunciable. Y una mañana, en la puerta de la casa, la cuidadora se disculpa con su suave acento andino porque pensaba que alguien le habría avisado de
que la señora fue llevada al hospital la pasada tarde y ha quedado allí ingresada en estado muy grave porque al parecer, algo de comida se le fue por mal sitio y le infectó un pulmón. 

El médico cada mañana, antes de empezar la consulta, lee las anotaciones del hospital con la impotencia del actor de telenovela al que han asesinado los guionistas. Repasa las analíticas extraídas, las radiografías, el escáner y la ecografia, deletrea el nombre del antibiótico endovenoso, sin quitarse de la cabeza la frase de cuatro palabras que la oía decir en cada visita. El día que lee gastrostomía suelta un rotundo No me jodas que hace que los parroquianos de la sala de espera se miren extrañados. Aquel día pasa encabronado todo la mañana y le cuesta coger el sueño por la noche. 

El día del alta le activa electrónicamente los batidos porque el médico del hospital le ha rellenado mal la receta y no querían sellárselos en la inspección. Dicen en los comentarios que se ha acostumbrado a la alimentación por la sonda y que fue ella misma la que solicitó el procedimiento tras ser adecuadamente informada. La paciente se encuentra estable por lo que se decide alta domiciliaria y control por su médico de cabecera. 

El médico vuelve a fijarse en las fotos en blanco y negro de la hermosa mujer con su tupé arriba España y los labios de gris oscuro frambuesa del brazo de su galán paseando por el Retiro. En su imaginación de novelista frustrado escucha hasta una canción de Renato Carosone de música de fondo. En la cama quedan los restos de esa mujer en una boca abierta, agrietada y reseca, con una respiración extenuante, un pequeño tubo sobresaliendo de un apósito entre huesos y pellejo, y un brillo triste en unos ojos incapaces de soportar ya sus propias contradicciones. 







lunes, 20 de febrero de 2017

La carta

La ha leído ya cuatrocientas veces. Está encima de la mesa que hay frente a los sillones. manoseada, arrugada. Desde lejos tiene localizadas las palabras terribles, sabe dónde se encuentran, en qué párrafo, a qué altura. Se pregunta cómo puede ser el lenguaje tan frío, él, que tanto lo ha amado durante toda su vida, todos aquellos años enseñando literatura a generaciones y generaciones de cabestros asilvestrados, en la esperanza de que alguna frase de un poema se tatuara en sus cerebros en barbecho. Esperaba tal vez de tanto amor un poco de correspondencia, una guiño romántico por los años pasados juntos. Nada. Frialdad y dolor. ¡Qué putas pueden ser a veces las palabras!

Su mujer ha ido a misa de siete. No tardará en volver. Siempre le hizo gracia la paradoja del ateo irredento enamorado hasta las trancas de la beata de rosario nocturno, pero un tipo con su sentido del humor no puede dejar de apreciar los momentos en que la vida se pone cachonda con uno.  Apúntate una, destino sinvergüenza y socarrón. Pero entre tú y yo. Mi mujer preferirá apuntarle el tanto a San Antonio o cualquier otro santo. 

Cuando regrese tendrá que explicárselo. No es que no quisiera ahorrarla el disgusto, es que es incapaz de ocultarle nada a la capacidad deductiva de su Holmes particular. Cuando no ganas nunca,  el juego deja de tener gracia, así que él dejó de jugar enseguida: las verdades, como motas de polvo o como puños, por delante. En cualquier caso ambos llevan un par de semanas esperando la dichosa cartita, desde que le hicieron la biopsia de la próstata. El procedimiento había sido breve y aséptico, como no podía ser de otra manera, faltaría. Aunque a veces no estaría de más un pelín menos de asepsia en el trato, que eso tampoco va a contaminar ningún bicho multirresistente, piensa. Una tarde un poco nervioso saliendo de una habitación empujado en una silla de ruedas, con el pijama clásico de culo al aire y máxima vergüenza, un pinchazo en el brazo, la mesa de un quirófano. Unos gorros verdes y unas mascarillas asomándose y retirándose y un sueño feliz inducido por el líquido transparente que depositó una jeringuilla en un tubo de plástico. Después un despertar parlanchín y para casa con un cierto dolor en zonas delicadas y pudendas, que se amortiguó con una capsulita roja. 


De todo eso han pasado unos días, días en los que se mira dentro del buzón sin la indiferencia habitual, con nerviosísimos similares a aquellos que se sentían cuando esperabas la carta del amor que había durado lo que duraron las vacaciones en la playa. Aunque ahora deseas secretamente que la carta no llegue nunca, que las muestras se hayan enviado a un laboratorio de Hong-Kong, que se hayan eliminado por error al confundirlas con las de un caso ya resuelto la semana anterior, que el punch nunca hubiera agujereado esa próstata, que la consulta con el urólogo se hubiese suspendido, que nunca hubiera visto aquel programa de la tele, que le hubiese hecho caso a su sobrino el médico de pueblo y hubiese elegido la seguridad social y un buen médico de cabecera, en vez de Muface, que Sergio Ramos no hubiera rematado aquel córner en Lisboa. En fin. Que la vida fuera un Cine-Exin en el que la manivela pudiera girarse hacia atrás. 


Pero la triste realidad es que la carta está allí, en las manos de su mujer que acaba de llegar con el cuerpo de Cristo en su estómago y cara de no tener ni puta idea de qué significa la palabra neoplasia porque esa palabra no aparece en los libros que a ella le gusta leer, esos que escriben los Papas y que se compran en la librería diocesana. Y la amarga realidad es que las lágrimas en su cara se parecen a las de la imagen de la Dolorosa y él no ha podido soportarlas nunca sin que le entraran ganas de romper algo, aunque fuera dentro de sí mismo. 


Y aquella noche los dos hacen agujeros en el techo de la habitación de tanto clavar en el las miradas, y la carta sigue abandonada en la mesita frente a los sillones, con las arrugas estratégicamente situadas para que las palabras cabronas resalten como los anuncios fluorescentes de Picadilly. 

Durante dos días hablan poco, y duermen todavía menos. Ninguno de los dos reúne coraje suficiente como para meter la carta en un cajón, y la muy chula sigue pavoneándose en el mismo sitio donde se quedó. Los chicos han llamado por teléfono para preguntar si había llegado el resultado, pero las miradas de ambos se cruzaron y la verdad se aprovechó de la pobreza sensorial de las ondas electromagnéticas. El tercer día, por la tarde, de repente, asusta a su mujer con un gesto con el que parece querer desprenderse de la parálisis del miedo, y levantándose del sillón, coge la carta en una mano y el teléfono en otro. Marca el número de su sobrino. Ella le ve leerle al aparato uno a uno los párrafos de la carta: de las doce muestras recogidas... apenas toma aliento entre frase y frase... cinco corresponden a...

Cuando termina, ella permanece atenta a la expresión de su cara, como si estuviera presenciando el alzamiento del cáliz y la hostia tras la consagración. Y nota como los surcos de preocupación que se habían apoderado de él van lentamente diluyéndose, como el terror cede terreno en sus ojos, se rinde aunque lo haga de mala gana. Anda, cuéntaselo a tu tía, por favor. 

Entonces le pasa a ella el teléfono y mientras escucha sus interjecciones de asentimiento y los audibles resoplidos de alivio, dobla la carta, rematando los dobleces con la pinza de sus uñas, y la guarda en el cajón de la cómoda, permitiéndose esa pequeña y momentánea victoria, como si hubiese  resuelto la ordenación final del universo.