lunes, 17 de septiembre de 2018

Jefes

La llamada le había pegado el susto del siglo. Era de esas que te dejan titubeante, dudando entre tomártelo a broma o pegarte un pellizco bien fuerte para que el dolor asegure el estado de vigilia. No conocía suficientemente a la persona que le hablaba al otro lado del teléfono para considerarlo una broma, así que optó por el pellizco, aun a sabiendas de que era difícil que despertara sudoroso y sobresaltado.

Cuando por fin colgó se quedó unos minutos en la cocina, sentado a la mesa en la que ya había dejado preparado platos, tazones y vasos de los niños para adelantar y engrasar un poco las primeras horas del día en una familia tan nutrida como la suya. Su mujer le esperaba en el salón, acostumbrada a las llamadas trasnochadoras, sin darle la mayor importancia al retraso en la reincorporación a la degustación nocturna de la serie que tocaba en esos días.


Pero aquella noche la serie quedó en suspenso porque la realidad había por fin desplazado a la ficción y las dudas llenaron el salón como se llena en uno de los días de cumpleaños familiares, y casi igual de ruidosas y de molestas. Solo que aquel día los invitados no se fueron a sus casas para que los dueños de la casa pudieran por fin conciliar el sueño, y las ventajas y los inconvenientes, las certezas y las dudas, los miedos y las angustias se acostaron con ambos, de modo que apenas cabían en la cama, aunque fuera de un metro sesenta.


Y sentado a los pie de la cama, sonriendo como el abuelo que ve jugar en el parque a sus nietos, con la superioridad del maestro de ajedrez que juega una partida múltiple contra escolares primaria, estaba el maldito sentido del deber, gordo y bien criado como si lo hubieran amamantado con leche condensada, sabiendo que cuando los rayos del sol entraran de nuevo por la ventana y las ojeras del sujeto quedaran perfectamente delineadas, todo aquel palabrerío que había intentado hacerse hueco en la cama de matrimonio se esfumaría como un mal hechizo y él tomaría la mano del sujeto y le marcaría uno tras otro los números de su aceptación.


Todo aquello había ocurrido hacia más de dos años. Había repetido a los cuatro vientos y las ocho tempestades que él era sólo un médico, que era lo que había sido toda su vida; eso sí, un médico con la cabeza llena de ideas, con una visión clara de por qué estaba ahí y hacia dónde quería ir. Había escrito en sus tablas de la ley los mandamientos que le había dictado el sarmiento en llamas de su experiencia, de las personas a las que había conocido por todas partes, de los que aun le faltaban por conocer. Gente brillante, visionaria, revolucionaria, necesaria. Y había jurado que rompería las tablas y se volvería a su consulta si pretendían que se desviara lo más mínimo de esos mandamientos, si olvidaba quien era o quien había sido, o si le obligaban a adorar a un becerro de oro político, un oro falso y bastante sucio. Y todas esas declaraciones de intenciones eran recibidas con sonrisas y hasta con aplausos por sus compañeros, por quienes le había conocido antes de salir en el periódico, y por quienes preferían darle un voto de confianza sólo por que sabían que el día después de recibir esa llamada que al final iba a cambiar su vida, había madrugado para ir a su consulta como cada día.

Pero también había otra clase de sonrisa, y no había tardado demasiado en aprender a distinguirlas, porque la verdad, es una sonrisa hiela la sangre; una sonrisa cínica del engañado demasiadas veces, de quien no ha tenido nunca esperanzas y, mucho más amarga, la de quien ha tenido esperanzas y las ha tenido que tirar por el hueco del retrete una y otra vez. Al principio se sentía incomodo cuando se enfrentaba a esas sonrisas frías, casi muertas. Se sentía incomodo porque veía su propia cara tatuada con ellas en tantas ocasiones. No hay cura para la desesperanza absoluta. Y siempre es duro darse cuenta de que algo es incurable. Luego creyó que se acostumbraría. Y por último aceptó que nunca podría acostumbrarse-


Así que uno y otro día intentaba guiar al pueblo elegido por la península del Sinaí, manteniendo bien visibles en alto los mandamientos grabados en piedra, desplegando una actividad taquicardizante, un frenético sinfín de ideas, planes, proyectos, sueños y alguna realidad que le dejaban agotado en el sillón de su casa a horas a las que los niños transitaban ya por su tercer sueño.


Y sin embargo, más de dos años después de aquella fatídica noche en que dejó a medias un capítulo que aun seguía parado en el mismo punto, se tomaba unos segundos a solas en su despacho para pensar en marcharse, en volver a su consulta, en masticar los problemas de sus pacientes, en ir a visitar a sus ancianas junto a sus mesas camillas, en esperarles en la puerta de la consulta y hacer una broma mientras les da la mano, en dejar a los niños que se cuelguen su fonendo y toqueteen el teclado.  Porque después de más de dos años aun mantenía la capacidad para escuchar a su alrededor, porque no había querido crear esa burbuja de metacrilato donde no llega más que el hilo musical amable y mentiroso de una consulta de dentista, donde todas las sonrisas se deforman para parecer de complacencia. No, él aun vivía en la atmósfera del resto de los humanos; como si hubiera desarrollado sentidos arácnidos de superhéroe podía ver sus caras torciendo el gesto cuando se cruzaban con él, le parecía escuchar cada una de las maldades gratuitas, cada uno de los absurdos inventados susurrados de boca a oído.


Y añoraba su pequeño mundo, su minúsculo reino independiente donde Caín jugaba al tute con Abel mientras se tomaban un chupito de coñac y lo único que se acostaba por las noches entre él y su mujer era la preocupación por algún paciente o las sonrisas por haber hecho un día más el trabajo que le apasiona. Pero una vez más, gordo y sonriendo satisfecho, el sentido del deber le permite divagar brevemente como el padre comprensivo que entiende la rebeldía de su hijo adolescente antes de darle el pescozón que lleva tiempo mereciéndose.


Así que el médico nota el pescozón escociendo en la nuca y de un cabeceo abandona todos esos pensamientos de primera hora de la mañana mientras descuelga el teléfono decidido a seguir andando por el desierto.











lunes, 10 de septiembre de 2018

Caballero sin espada

El médico joven está esperando nervioso, como si fuera a correrse el telón de la Scala de Milán y tuviera la boca reseca. Trata de aparentar tranquilidad, más que nada porque es novato entre primas donas que se desenvuelven entre bambalinas como las estrellas que son en un firmamento que tienen trillado hasta sus últimos rincones. Se les notan los años de experiencia en las posturas relajadas, en las risas que se marcan y en ese aire desenfadado de la nobleza cuando está en palacio. Todo lo contrario de él, que parece claramente el campesino que quiere codearse con los mejores, pero que juega en otra liga.

Todos han sido convocados a la misma hora. Todos llegan un poco tarde, besándose y saludándose como lo hace la gente de bien, intercambiando frases hechas sobre lo sobrecargadas de sus consultas, la locura en la que viven día a día, el despropósito en que todo se esta convirtiendo y el apocalipsis que se adivina detrás de la esquina. Lo habitual, lo mismo que se escuchaba veinte años atrás. El apocalipsis se toma su tiempo, hace bien. El joven es recibido con la condescendencia con la que se permite a las nuevas generaciones asomarse a la mesa de los mayores. Su nerviosismo es negro resaltando sobre el blanco inmaculado de la experiencia de los demás, se percibe a kilómetros de distancia.

Parece que llegar tarde era lo adecuado, porque los trámites previos van con demora, como estaba previsto, como ocurre cada año. Hay un grupo de nuevos residentes escuchando con los ojos bien abiertos y los cerebros echando humo a sus compañeros, anotando las características de cada tutor, de cada centro de salud y consultorio. Es un cónclave al que tiene vetado el acceso cualquiera que no lleve el capelo cardenalicio de residente, una rito de iniciación donde se queman en la hoguera los secretos más inconfesables de aquellos privilegiados que duermen en el Olimpo de los tutores, pero que, como los antiguos dioses, guardan oscuros secretos, debilidades mal disimuladas, defectos que rompen la armonía divina, y que sólo pueden ser transmitidos de boca a oreja en susurros que nunca deberían salir de aquella habitación.

Y mientras se reparten las candidaturas a Papa y a diablo, y a los acólitos de ambos, una pequeña representación de esa hoguera de vanidades tutoriales espera pacientemente que les den el pie para hacer su entrada triunfal ante los temblorosos corderillos, unos pagados de su superioridad, otros tranquilos en la cotidianidad y él, aparentemente sólo él, nervioso ante el tribunal que cree le juzgará inmisericordemente de acuerdo a las leyes oscuras y no escritas por las cuales aquellos jóvenes cachorros eligen tutor.

Y en su nerviosismo, el inexperto candidato empieza a hablar con el más veterano de todos ellos, alguien que ya era papable cuando él era uno de aquellos cachorros electores, y le cuenta el sinfín de ideas que tiene si finalmente es elegido, le cuenta proyectos y sueños, esperanzas y visiones, con el ardor propio de la ingenuidad, con esa pizca de candidez que tiene todo lo revolucionario, mientras el viejo tutor sonríe con la sonrisa que provoca el entusiasmo cuando es sincero, y le deja terminar la verborrea nerviosa, porque si hay algo que te de la edad es el tempo. Así que cuando se extinguen los rescoldos de los fuegos artificiales, con la voz más suave que puede poner y el deseo verdadero de ser lo menos hiriente posible, cabecea y le dice:

- Todo eso está fenomenal, pero al final me elegirán a mi, ¿sabes por qué? Porque yo estoy en la ciudad y tú estás en un pueblo a media hora del hospital.


El médico tarda unos segundo en encajar el crochet a la mandíbula, y en esos segundos en los que se tambalea sobre la lona, se abren las puertas del cónclave, desfilan los cardenales saludando a los esperantes, quienes bromean sobre las pequeñas miserias que esperan hayan quedado en los cajones, mientras se encaminan a la sala. El joven médico aún sonado parece haber recobrado su determinación mientras ocupa su sitio, pero basta un vistazo para darse cuenta de que el último rastro de candidez de su revolución interna se lo ha llevado el recuerdo que ya casi había olvidado del día en que era él quien estaba sentado al otro lado y de todas las razones prácticas, lógicas, sensatas, frías, sin una pizca de romanticismo, sin un atisbo de rebeldía, sin un ápice de hermosa locura, que le habían llevado a él a hacer la elección que hizo en su momento.

Así que escucha a sus compañeros hablar, les oye presentarse, envidia su soltura, la seguridad que les da tener reservado su silla en la mesa de los elegidos, y cuando le toca su turno, aún quiere creer que queda hueco para su entusiasmo, para acoger a algún insurgente con la cabeza llena de pájaros, y suelta su discurso como un James Stewart en Caballero sin espada ante el Senado americano, con tanta vehemencia que al terminar por un instante casi esperaba un público puesto en pie aplaudiendo enfervorizado.

Pero como en los casting de Broadway, los aspirantes son despachados con un amable "ya les llamaremos" y el joven médico se marcha despidiéndose de todo el mundo, recibiendo los buenos deseos de sus compañeros que le desean suerte, como al actor con algo especial al que le falta un buen representante. Y coge su coche esperanzado en recibir una llamada sólo porque está convencido de que aquello podría cambiar su vida, de que ser tutor canalizaría toda esa volcánica energía que siente bajo la piel y que teme pueda ir enfriándose y amalgamándose si no consigue darle una salida.

Así que se va esperando esa llamada. Y cada mañana conduce hacia su pueblo esperando esa llamada porque en algún momento decidió ser optimista y pensar que algún día sonará ese teléfono al fin.

















lunes, 3 de septiembre de 2018

Relaciones tóxicas

Han pasado siete años. Han pasado con ese fluir tan del tiempo que es capaz de volverse invisible, acumulando los días como quien acumula polvo sobre la estantería. Los pasos titubeantes de los primeros días son ahora zancadas enérgicas que recorren los pasillos del centro de salud con un ritmo y una sonoridad que algunos fieles podrían reconocer con los ojos cerrados. En realidad no son algunos fieles, son una legión de entregados incondicionales que besarían por donde discurrieran esos andares majestuosos, de acólitos para los que las palabras de su doctora no es que les de la vida eterna, pero les aporta una sensación de bienestar que para alguno es lo más parecido que han tenido al paraíso terrenal. 

Y eso que como casi siempre, los principios no fueron fáciles, si es que ha habido alguna vez algún médico novato que los haya disfrutado. Las quejas sobre el vaivén de médicas y médicos que apenas habían tenido tiempo de dar forma al foam del sillón de la consulta eras una constante durante los primeros meses. Y no venían solas, sino adecuadamente trufadas de reproches por la juventud de la galena, enfermedad de fácil remedio con el paso del tiempo, y sin faltar a su cita con el clásico prejuicio machista que lo mismo venía de un caballero de bigotito del Movimiento que de una educada señora de chocolate con picatostes con los amigas en la parroquia. 


Pues a todas esas quejas, reproches y dardos machistas les hacía frente la doctora con una cachaza escalofriante fruto de la determinación salvaje por ser médica de cabecera que le perseguía desde la más tierna infancia, y, por qué no decirlo, a un gracejo andaluz de ascendencia materna que le permitía mandar a tomar por culo al más pintado con la misma sonrisa por ambas partes que si le estuviese dando la paz en Misa. 


Siete años ya, repletos hasta los desvanes de errores de novata, pero que cada noche antes de acostarse recolocaba ordenadamente en las estanterías de su germánica cabeza, y limpiando el polvo de todos esos trasteros con una escoba enorme hecha de la mayor de las humildades y rematada con el deseo permanente de mejorar. Así que sí, es verdad, allí había errores de principiante, de concepto, de excesos, de déficits, de bulto, de precisión, de quiero y no puedo y de puedo y puedo un poco más. Sí, seguro que había habido en esos siete años un sinfín de errores, pero al menos aquella casa estaba limpia, aireada, y olía a la fragancia de la ciencia, de la conciencia y del coraje. 


En resumen, llevaba siete años convirtiéndose en una médica de putísima madre. 


Pero como si su vida la hubiera imaginado un Conan Doyle cualquiera, allí, detrás de su puerta, en su sala de espera, había aparecido un buen día de verano su némesis. Y como si el gran Sherlock y Moriarty hubieran revivido en aquella consulta, ambos se sopesaron adivinando en el otro la horma de un zapato demasiado estrecho pero que tenían que calzarse obligatoriamente, la una para trabajar y el otro para acarrear las desgracias a las que le había llevado un páncreas señoritingo incapaz de soportar los morreos que acostumbraba a darle de toda la vida al bote de la leche condensada. 


Si a aquellas consultas se les hubiera podido hacer un montaje con música, hubieran podido ser una fenomenal rapsodia en el que los ritmos se iban entrecruzando en una locura armoniosa de acordes y discordes, te ofrezco simpatía, te devuelvo seriedad, te entrego profesionalismo, te escupo desconfianza, te enseño una sonrisa, y yo a ti un desplante, te muestro calidez, te revelo frialdad. Te enseño mi lado más humano y personal, me convierto en un extraño frío y triste. Me vuelvo distante y seca, te rindes y descubres tus flaquezas, y así una y otra vez en una sinfonía imposible de orquestar, que se sigue tocando por el empeño cabezota y cerril de la médica por no quemar las naves, por no hacer explotar las minas bajo el puente que cubre la retirada de sus tropas. 


Porque ella es una médica de putísima madre y piensa conseguir que semejante se rinda a sus encantos, aunque se dice una y otra vez que no es por cabezonería, que no es egocentrismo ni vanidad, que solo quiere revertir un cachito de la ley de cuidados inversos de Julian Tudor Hart Nuestro Señor, que para eso nos hemos lanzado a pastorear sus discípulos esos rebaños que Él nos dejo y que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas si no nos va la vida en conseguirlo (o al menos intentarlo) el tiempo que nos permita el Instituto Nacional de la Seguridad Social. 


Pero hoy no sabe por qué, cuando ha dejado de escucharse el taconeo que la acompañaba hasta su consulta, cuando se ha puesto la bata y ha mirado la lista que la esperaba sobre la mesa, hoy, que la contemplan siete años de experiencia, de tiras y aflojas, de sonrisas y lágrimas, de pequeñas victorias y grandes fracasos, de pecados capitales y penitencias accidentales, hoy, gira el picaporte de la puerta con una decisión irrevocable en su mente. 

- Pase, por favor. He decidido dejar de ser su médica de cabecera.