lunes, 3 de septiembre de 2018

Relaciones tóxicas

Han pasado siete años. Han pasado con ese fluir tan del tiempo que es capaz de volverse invisible, acumulando los días como quien acumula polvo sobre la estantería. Los pasos titubeantes de los primeros días son ahora zancadas enérgicas que recorren los pasillos del centro de salud con un ritmo y una sonoridad que algunos fieles podrían reconocer con los ojos cerrados. En realidad no son algunos fieles, son una legión de entregados incondicionales que besarían por donde discurrieran esos andares majestuosos, de acólitos para los que las palabras de su doctora no es que les de la vida eterna, pero les aporta una sensación de bienestar que para alguno es lo más parecido que han tenido al paraíso terrenal. 

Y eso que como casi siempre, los principios no fueron fáciles, si es que ha habido alguna vez algún médico novato que los haya disfrutado. Las quejas sobre el vaivén de médicas y médicos que apenas habían tenido tiempo de dar forma al foam del sillón de la consulta eras una constante durante los primeros meses. Y no venían solas, sino adecuadamente trufadas de reproches por la juventud de la galena, enfermedad de fácil remedio con el paso del tiempo, y sin faltar a su cita con el clásico prejuicio machista que lo mismo venía de un caballero de bigotito del Movimiento que de una educada señora de chocolate con picatostes con los amigas en la parroquia. 


Pues a todas esas quejas, reproches y dardos machistas les hacía frente la doctora con una cachaza escalofriante fruto de la determinación salvaje por ser médica de cabecera que le perseguía desde la más tierna infancia, y, por qué no decirlo, a un gracejo andaluz de ascendencia materna que le permitía mandar a tomar por culo al más pintado con la misma sonrisa por ambas partes que si le estuviese dando la paz en Misa. 


Siete años ya, repletos hasta los desvanes de errores de novata, pero que cada noche antes de acostarse recolocaba ordenadamente en las estanterías de su germánica cabeza, y limpiando el polvo de todos esos trasteros con una escoba enorme hecha de la mayor de las humildades y rematada con el deseo permanente de mejorar. Así que sí, es verdad, allí había errores de principiante, de concepto, de excesos, de déficits, de bulto, de precisión, de quiero y no puedo y de puedo y puedo un poco más. Sí, seguro que había habido en esos siete años un sinfín de errores, pero al menos aquella casa estaba limpia, aireada, y olía a la fragancia de la ciencia, de la conciencia y del coraje. 


En resumen, llevaba siete años convirtiéndose en una médica de putísima madre. 


Pero como si su vida la hubiera imaginado un Conan Doyle cualquiera, allí, detrás de su puerta, en su sala de espera, había aparecido un buen día de verano su némesis. Y como si el gran Sherlock y Moriarty hubieran revivido en aquella consulta, ambos se sopesaron adivinando en el otro la horma de un zapato demasiado estrecho pero que tenían que calzarse obligatoriamente, la una para trabajar y el otro para acarrear las desgracias a las que le había llevado un páncreas señoritingo incapaz de soportar los morreos que acostumbraba a darle de toda la vida al bote de la leche condensada. 


Si a aquellas consultas se les hubiera podido hacer un montaje con música, hubieran podido ser una fenomenal rapsodia en el que los ritmos se iban entrecruzando en una locura armoniosa de acordes y discordes, te ofrezco simpatía, te devuelvo seriedad, te entrego profesionalismo, te escupo desconfianza, te enseño una sonrisa, y yo a ti un desplante, te muestro calidez, te revelo frialdad. Te enseño mi lado más humano y personal, me convierto en un extraño frío y triste. Me vuelvo distante y seca, te rindes y descubres tus flaquezas, y así una y otra vez en una sinfonía imposible de orquestar, que se sigue tocando por el empeño cabezota y cerril de la médica por no quemar las naves, por no hacer explotar las minas bajo el puente que cubre la retirada de sus tropas. 


Porque ella es una médica de putísima madre y piensa conseguir que semejante se rinda a sus encantos, aunque se dice una y otra vez que no es por cabezonería, que no es egocentrismo ni vanidad, que solo quiere revertir un cachito de la ley de cuidados inversos de Julian Tudor Hart Nuestro Señor, que para eso nos hemos lanzado a pastorear sus discípulos esos rebaños que Él nos dejo y que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas si no nos va la vida en conseguirlo (o al menos intentarlo) el tiempo que nos permita el Instituto Nacional de la Seguridad Social. 


Pero hoy no sabe por qué, cuando ha dejado de escucharse el taconeo que la acompañaba hasta su consulta, cuando se ha puesto la bata y ha mirado la lista que la esperaba sobre la mesa, hoy, que la contemplan siete años de experiencia, de tiras y aflojas, de sonrisas y lágrimas, de pequeñas victorias y grandes fracasos, de pecados capitales y penitencias accidentales, hoy, gira el picaporte de la puerta con una decisión irrevocable en su mente. 

- Pase, por favor. He decidido dejar de ser su médica de cabecera. 





1 comentario:

Juan F Jimenez dijo...

Posiblemente como a muchos, en algún momento, tarde o temprano, se ha dado cuenta que la generosidad tiene un limite, y que el respeto mutuo es imprescindible en la relación médico-paciente además de un derecho