lunes, 24 de septiembre de 2018

Una historia de ciencia ficción

La sala de espera está abarrotada. En una de las sillas descansa los huesos viejos y muy cansados el anciano, que observa con toda la calma de sus más de ochenta la vorágine nerviosa a su alrededor, el trasiego de cuerpos sentándose y levantándose, las puertas volviéndose súbitamente translucidas y dejando salir a una persona, para convertirse por arte de la magia de la ciencia de nuevo en opacas tras el siguiente paciente, los pitidos que salen de las muñecas de unos y otros, las miradas impacientes a los atriles donde hologramas de figuras vestidas inmaculadamente de blanco, con sonrisas perfectas y gestos sosegantes, ofrecen información continua en tonos de voz que parecen tener efectos sedantes, acariciantes.


Para un anciano que creyó que sólo vería aquellas maravillas en las películas de Hollywood, era como haberse convertido en un figurante de Star Treck. Sonrió al pensarlo mientras se ponía las gafas para leer el aviso que le revelaba el insistente temblequeo de su reloj inteligente. Le advertían que empezara a prepararse porque sólo quedaban dos pacientes antes que él, y dada la lógica torpeza de sus rodillas artrósicas, convenía empezar a engrasar las bisagras para que nadie tuviera que esperar por su culpa.


Mientras se levantaba, seguía observando el ir y venir de las personas; había bastantes veinteañeros, de la edad de sus nietos, con esas caras de preocupación que tan bien conocía, la gran mayoría con una prótesis en el oído como si fuera una convención de sordos, pero con la mirada fija en pequeñas pantallas virtuales que salían de dispositivos similares a anillos en una de sus manos, visibles sólo para ellos, aislados en una sala abarrotada. Tampoco se diferenciaba tanto de su pasado. Al menos del más reciente. El que vivió en su niñez y juventud a veces le parece como si sólo hubiese existido en sus sueños, como si no lo recordara nadie, más que él. Tendrá que ser así.


Estaba de pie cerca de la puerta que, según las órdenes que salían de su muñeca, se le había asignado. Seguía examinando a los esperantes, una vieja deformación profesional que los años retirado no habían sabido eliminar. Y es que él conocía a la perfección las salas de espera, como conocía al dedillo las consultas, como mantenía aún el vistazo diagnóstico con el que miraba cada cara. Y es que él había sido durante cuarenta años de su vida médico de cabecera. Había visto llegar el futuro que algunos pronosticaban y casi todos descartaban con suficiencia, y ahora tenía, como todos, las botas metidas en el barro, así que allí estaba, esperando que la puerta recuperara su trasparencia para entrar en la consulta de ciencia ficción.


Era una sala blanquísima, de una frialdad y una asepsia casi insultante. La médica consultaba una enorme pantalla pasando sus dedos sobre ella, mientras él entraba y se sentaba. Frente a él había una pantalla de menor tamaño, donde podía consultar datos de su historial e ir viendo las anotaciones que recogía el sistema al dictado de la doctora. El bolsillo de su bata era una pequeña pantalla con una imagen móvil de ella tras un pequeño cartel con su nombre y apellidos y su especialidad: cardióloga.


- Buenos días caballero, ¿cómo se encuentra? En primer lugar tengo que advertirle que según dice el sistema, en los últimos seis meses ha dejado usted de acudir a sus revisiones obligatorias con el psicogeriatra, con el neurólogo y con el urólogo. Del mismo modo, debo avisarle que no se ha hecho la colonoscopia que le correspondía el pasado diciembre. Por otro lado, rechazó usted a la unidad de vacunación anti gripal a domicilio, negándose a abrirles la puerta. Ya sabe que todo ello supone una reducción en sus coberturas sanitarias para los dos próximos años, y que tiene una sanción del doce por ciento mensual en su pensión durante seis meses, que dejará de hacerse efectiva en el momento que en sus datos figure el registro de haber completado las revisiones oportunas, así como las vacunaciones y las pruebas indicadas por las autoridades. Me ha entendido, ¿verdad caballero?

- Sí, la he entendido perfectamente, doctora. De hecho, por eso estoy hoy aquí. No podemos permitirnos una reducción en nuestra pensión, y menos ahora que tenemos que echar una mano a nuestros hijos con los estudios de los nietos. 

- Muy bien, así me gusta. Coloque la mano en el sensor. Muy bien. Veo que su corazón se mantiene a buen ritmo, sin rastro de la fibrilación que tuvo hace tres años. Entiendo que toma religiosamente su medicación.

- Religiosamente.

- Perfecto. Tendrá que bajar a la planta primera para una extracción sanguínea, y después seguir las instrucciones que aparecerán en su pantalla para ir a la consulta de psicogeriatría. Los resultados de sus análisis les serán comunicados mediante un aviso mío personal holográfico en cuanto estén disponibles. Muchas gracias, y no olvide que deberá volver en seis meses. Que le vaya bien.


La consulta había durado apenas cinco minutos. Había cumplido escrupulosamente los estándares de calidad; había sido práctica, ágil, exenta de banalidades, de elementos superfluos. Pero no recordaba que le hubiera tocado, ya apenas se tocaba a los pacientes, había sensores, detectores de ondas, capturadores de imágenes y de sonidos. ¡Qué lejos quedaba la Medicina de su consulta del pueblo! La vida se había concentrado en las ciudades; los pueblos se despoblaron a la misma velocidad que las maquinas desplazaron las labores humanas y la Medicina se desplazó con la gente; los médicos de cabecera se extinguieron con sus jubilaciones, se hipertrofiaron unas estructuras que en algún momento descolgaron los carteles de centros de salud, y donde los pacientes peregrinaban de una planta en otra al ritmo de las sacudidas de sus relojes, contentos de que expertos en sus diferentes órganos tomasen las riendas de sus problemas desde el principio, sin filtros ni componendas.


La sociedad aumentó la rigidez de sus controles, temerosa de que su belleza tecnológica se ensuciara con la enfermedad, y los ancianos con su vejez a cuestas, sus pedacitos, los internos y los externos, oxidándose con el agua salada de los años, pasaban gran parte de sus días subiendo y bajando los modernos ascensores de ciencia ficción de las clínicas, profesionales de sus enfermedades, de su decrepitud, yendo de un especialista a otro, con el único entretenimiento de contemplar la vida en el trajín de las salas de espera.


Así que se encaminó al ascensor, con ese arrastrar de los pies que trataba de evitar y que le resultaba tan molesto, dispuesto a cumplir su vida crucis en aquel Gólgota limpio, moderno y sin el más mínimo rastro de la humanidad que había quedado olvidada en algún lugar, y en algún momento, cuando las advertencias dejaron de ser molestas y se convirtieron en un ruido de fondo que ya nadie quiso oír.











5 comentarios:

Juan F. Jimenez dijo...

Impresionante y emocionante relato que me recuerda a la novela premonitoria "Un Mundo feliz" de Aldous Huxley, !ojala no se cumpla tanto como aquella!
Por lo demas sencillamente genial la descripcion que se hace de una realidad que quizas no esté tan lejos, desde la desubicacion y eterna humildad del médico que lo dio todo en su vida dentro de la nueva era de los protocolos, programas y deshumanización, hasta el desprecio social mas absoluto a su trayectoria vital de dedicación y entrega al servicio de la sociedad.

Médico Personal dijo...

magnífica distopía clínica, terrible, pero probable en el futuro
www.medicopersonal.org

Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

Fuerte "Gatacca" pero ¿futuro?
¿No existe en ningún nivel cuidados transformados en obligaciones, coacciones, manipulaciones y persuasiones deshonestas con castigos y abandonos?.

Daniel Vicente Velarde Garrido dijo...

No veo ánimo de gastar en puertas evanescentes, pero si me creo el futuro de reduccion de pensión ante el desatender las revisiones / recomendaciones de reducción de riesgo. ¿Sabes que es peor que ya casi no se toque al paciente? Creo que llegará el momento en el que los pacientes lo prefieran y que tocar pueda ser hasta peligroso.

Raul Calvo Rico dijo...

Puede ser, y quizás prefieran hologramas u ordenadores. Y robots que les coloquen las prótesis. Algunos creerán que ese es el futuro lógico de la humanidad. Yo personalmente me apearía de ese mundo