lunes, 20 de agosto de 2018

Un día de furia

La noche anterior, al preparar la mochila, ya podía percibirse que aquella no sería una guardia normal. Sobre la cama se había quedado la maleta repleta de bermudas, polos, camisetas, toallas de playa e intenciones de desconectar, aunque no es ese orden ni tampoco en cantidades proporcionadas. La mochila llevaba lo justo, sobre todo de ánimo. Justo, justito.


Así que la mañana tenía que despertarse con una jaqueca, regalo de los hados por si alguien pensaba que sería fácil rematar la faena. Un puñal sin piedad horadando la órbita derecha con una saña propia de una mafioso resentido. No, resoplando no se iba a solucionar ese primer inconveniente postrero, pero tampoco tenía pinta de que se resolviera con seiscientos cincuenta miligramos de paracetamol, que, no obstante, entraron por el gaznate con los últimos sorbos del café con leche cargado hasta las trancas de cafeína con el que ritualmente el médico buscaba reproducir cada mañana el milagro de Lázaro.


La carretera tenía siempre cierto efecto relajante, pero en esta ocasión se dirigía al noroeste en lugar de hacia el sur, que era hacia donde apuntaba el deseo o la necesidad, así que tampoco ejerció esa labor de gimnasia neuronal que había sido siempre tan eficaz. Al llegar a la consulta, el ordenador escupió un listado casi ofensivo, que dejaba menos huecos libres que en un concierto de Springteen. Los veraneantes se mezclaban con los pacientes de toda la vida, en una macedonia difícil de digerir, de las que provocan reflujos gastroesofágicos incontrolados.


Los segundos son claramente audibles. sobrevuelan las palabras encubriéndolas en demasiadas ocasiones. La empatía se diluye a la velocidad a la que deberían correr las horas; hoy ambas han decidido descoordinarse y dejar de llevarse bien. Pero aunque a veces parezca que el tiempo ha decidido correr al revés, termina rindiéndose a la tiranía del universo lineal y la consulta se acerca a su fin. Mientras el puñal sigue horadando sin piedad el globo ocular, después de haber coqueteado brevemente con el paracetamol, la consulta se cierra. El médico echa un último vistazo asombrándose como siempre de que los objetos no conozcan la añoranza y asistan fríos a su marcha.

El coche no toma el camino del descanso, sino que se dirige a cumplir el último servicio. La enfermera intenta contagiar el ánimo que le viene de fábrica a un tipo huraño al que se le escapan los gruñidos por el latido que le golpea en el ojo. Se suceden uno tras otro los timbrazos, con esa crueldad que parece reservarse el destino de esperar a que el culo se acomode en el sofá para poner en  marcha de nuevo el ritual, que cada vez se acompaña de más juramentos mascullados en antiguo hebreo.


A la quinta dieta blanda astringente que explica, se le nota a punto de añadir arsénico a los condimentos de la limonada alcalina; los llantos de los niños en la camilla parecen multiplicarse en la cabeza como si se hubieran tragado un amplificador Bose, y nota como el buenrrollismo se va oscureciendo como en los malos cuentos de hadas malvadas. Ya no quedan huecos para las carantoñas, las entrevistas se vuelven de una frialdad siberiana al ritmo de sentadillas que siguen marcando sus cuádricpes sentándose y levantándose una y otra vez. Recae en el paracetamol e intenta cerrar los ojos durante la tregua de la cena aunque sea a costa de sacrificar las poco apetecibles bandejas del catering.


Se siente tan cansado que es incapaz de comprender cómo ha llegado hasta esa noche sin haber colapsado en el camino. Las inercias son poderosas y lo mejor es dejarse llevar en la cresta de su ola, porque como adivines el puerto, como le estaba pasando a él aquel día, es posible que te ahogues antes de alcanzar el malecón.

La noche ha sido como todas las de las guardias, de esas que parecen prestadas, de sobresaltos reales e imaginarios, que tanto montan, porque los palos que dan duelen igual en las costillas, y dejan con el mismo insomnio. A la mañana siguiente el Sol parece estar a la distancia de Venus y afinando el olfato hacia el sur, le parece oler las adelfas y el salitre que han empezado a llamarle como las mismísimas sirenas de Ulises, solo que él está dispuesto a tirar por la borda todo el perejil que llevaba tantos meses utilizando para hacer oídos sordos a sus cantos de molicie y pereza.


Al despedirse sonríe cansado a la enfermera y la pide disculpas por haber sido un compañero de fatigas tan horrible. Ella le devuelve la sonrisa, volviendo a resplandecer con su bondad de fábrica. Antes de tomar la ruta a la tierra prometida queda una última visita. Ella es la única razón por la que se va de vacaciones triste, la piedrecita dentro del zapato de su felicidad. Está tan frágil en la cama, de donde ya apenas sale, que al médico se le encoge el alma como sólo saben hacerlo las almas capaces de esponjarse. La besa bromeando para arrancarle una sonrisa que es ya sólo un amago desmayado, una sombra de lo que fue aquella sonrisa que le iluminaba la cara.

Se marcha con la promesa de escribir a diario, intentando tejer una falsa red de seguridad en su familia, la que permiten los móviles y los WhatsApp. Pero se marcha porque ya no puede más, porque no hay quien le eche la zancadilla a ese universo lineal, y él es sólo un médico más que sencillamente, se va de vacaciones.











lunes, 13 de agosto de 2018

Que se llama soledad

Hay vidas que se van por el desagüe de la soledad sin haberse dado cuenta de quién ha quitado el tapón que provoca el remolino. Cuando el médico las tiene sentadas junto a él en la consulta, le provocan una tristeza que resulta casi ofensiva, por cómo parece regodearse toda aquella pena en sus orgullosas narices acostumbradas al diagnóstico, al tratamiento, a la solución química.

Esa soledad sabe de sobra que tiene la batalla ganada y se ríe en plena jeta del médico, se burla de su impotencia, se chulea bajándole del pedestal donde se pensaba que no llegarían nunca las aguas fecales de las alcantarillas.

Igual alguien debía haberle preparado para la vida que entraría por la puerta de su consulta.

Aquel hombre se había acomodado bien la mochila de la soledad, o eso quería hacer creer, porque esa mochila está repleta de piedras con aristas que se clavan en las costillas, por mucho que uno intente disimularlo. Las consultas eran extrañas, estaban repletas de formalismos, se perdían en interminables explicaciones, vericuetos que no llevaban ninguna parte, o que en realidad le mantenían donde quería estar: detrás de un muro rematado por concertinas salvajes capaces de desgarrar a quien se atreviera a trepar para asomarse al otro lado.

El médico olía esa soledad, y aunque se ponía de puntillas para intentar mirar por encima de esa frontera de país norteño, apenas conseguía algo más que agradecimientos corteses, reconocimiento a sus vanos esfuerzos y una aceptación resignada de un sino grabado a fuego en el papiro que redactaron los dioses de su vida. Así que aceptaba su rol inútil y simplemente escuchaba el relato como el que ve una buena película que le han contado muchas veces y ha visto también otras tantas, despojándose poco a poco y sin quererlo de las debidas (e imprescindibles) emociones.


Los tres últimos capítulos de aquella serie que nunca produciría Netflix habían sido particularmente extraños. El primero era un reto orgulloso a su soledad, una baladronada que parecía un último intento de retomar el control de una incontrolable pena. Quería que el médico se asegurara de que si se veía sorprendido por la parca, se lo tragara el olvido, se llevaran sus cenizas una ventisca en el mismo silencio en que pasaba ahora sus días y sus noches. Quería que sólo hubiera lágrimas aquel día si diera la casualidad de que fuera un día de lluvia. Aquel salivazo a la cara de su destino se resolvió con una nota escrita en mayúsculas en su historia clínica que resaltaba casi ofensivamente, una pequeña victoria sobre su sino con la que quedó satisfecho.

 Pero el segundo capítulo devolvió a los contendientes a su lugar. Trató de contener las lágrimas por lo que tenían de debilidad, aunque era un niño boxeando con un peso pesado, y la soledad es vengativa y despiadada. Se guardaba un as en la manga para ponerle en su sitio, para mandarle a su rincón, noqueado. Se había enterado de que iba a ser abuelo porque se lo contó el mecánico donde llevaba siempre el coche a reparar. El pobre hombre le había felicitado con toda su buena fe y la felicitación resulto una purga de lágrimas que le había tenido una semana sin dormir, entre la rabia y la impotencia, subiendo las acciones de la Tabacalera, echando a sus bronquios nicotina y otras mierdas que le provocaban cargo de conciencia, le ponían los dedos amarillos y le obligaban a echar mano del Atrovent de madrugada.

Aquel capítulo terminó en fundido en negro y sin palabras, no hacían falta ni tampoco servirían de nada. Se marchó en cuanto recuperó la compostura, mascullando su derrota, sin siquiera el desahogo tan humano de pensar en la venganza.

Pasó algún tiempo hasta que emitieron el último capítulo. Había decidido hacer un regate en corto en el centro del campo, de los que aplaude el público pero sin que sirva para nada: vendía su casa para trasladarse a otro lugar por si acaso la vida perdía su nueva dirección y le daba un respiro. Pero quería mantener su médico de cabecera, quizás no sea tan fácil tirar de la cadena. Tal vez porque es de suicidas hundir las boyas, pensaba seguir cogiendo el coche y sentándose con su silencio hosco entre todas esas personas a las que no le habían dedicado ni un segundo de sus vidas. Y quería pedirle un favor más al médico; era un favor que de esos que te dejan desnudo, que te retratan como si te hubiera retratado el mismísimo Goya de las pinturas negras. Quería que le ayudase a encontrar a alguien que quisiera quedarse una copia de las llaves de su casa, por si le ocurría algo, por si un día le azotaba el Alzheimer o un vulgar despiste sin un apellido tan rimbombante y se quedaba en la calle compuesto y sin cerrajero de cabecera, o de guardia. Y la solución que le habían dado era ir al hogar del jubilado y hacer amigos. ¡Hacer amigos!


La consulta terminó repleta de impotencia, llena hasta rebosar de soledad, de tristeza, de hastío. Y se quedó allí incluso cuando el médico abrió la puerta para que se fuera, incluso cuando algo más tarde, la empleada de la limpieza abrió las ventanas para airear la consulta. Y allí seguía estando, con su inconfundible olor a fracaso, cuando a la mañana siguiente el médico volvió a abrir la puerta y a encender el ordenador.
















domingo, 5 de agosto de 2018

Referentes

Aún ahora, después de tantos años, mientras desfilan en silencio a los lados de la carretera los campos de cereales madrugando, mientras las curvas se amoldan al monte y a las encinas, mientras disfruta de esa tranquilidad que parece esconderse siempre tras los primeros rayos del sol, aun ahora, echa de vez en cuando la vista atrás y se recuerda como la joven rockera que no podía dejar de sonreír el día que la recibieron en la unidad docente, el día que conoció a sus compañeros, aquella mañana de nervios e ilusión que aunque parezca una barbaridad, en su imaginario particular de emociones, está casi al nivel del día de su boda, y a menos de un cuerpo de distancia del día que vio por primera vez la carita de sus dos princesas.

Deseaba con tanta fuerza ser médica de familia, había soñado durante tanto tiempo con andurrear por la calles de un pueblo con un maletín de cuero en la mano y el saludo y la sonrisa permanentemente de servicio, había imaginado una y otra vez saborear un mundo de historias, rozar con los dedos otras vidas dejando una mínima huella de cariño, de acompañamiento, de consuelo, había fantaseado tantas y tantas noches de insomnio pre-examen con convertirse en sanadora.

Y la residencia amenazó con defraudarla, pero ella volvía a casa y se ponía su camiseta de Motoröhead, dejaba que Lemmy pusiera el cuello en hiperextesión y soltara en el micro todo el chorro aguardentoso de voz en su As de Picas, prometiéndose driblar todos los obstáculos para que nada le desviara de su objetivo. Seguro que muchos la llamarían cabezona. También es verdad que hay mucho imbécil.

Su tutor la enseñó desde el primer momento a sentir la Medicina por debajo de la piel, una ducha a chorro fresca de humanidad que quedaba lejísimos de todas esas quejas permanentes que escuchaba en cuanto no le quedaba más remedio que oír, de todas esas pirañas que mordisqueaban su pedacito de tarta, de todos esos desencantados de trastabillar desde lo alto de sus columnas.

Su tutor le puso unas gafas para ver la Medicina desde el latido de los corazones de quienes se sentaban a su lado confiados o desconfiados, rotos o eufóricos, derrotados o victoriosos, amados o repudiados. Y le hizo caminar por esa Medicina a paso de tortuga, porque cualquier otra cosa hubiera sido perderse alguno de esos matices increíbles.

Así que aquel hombre se convirtió por derecho propio en el descubrimiento que le cambió la vida, en la figura principal en el altar mayor de sus particulares altares de la Medicina de Cabecera.

Y cuando la película se fundió en negro y las letras The End la sorprendieron, una cabronada parida por unos gallitos cortos de miras llamada precariedad la dejó rezando jaculatorias ante esos altares cada día, cada noche en que volvía de una consulta y otra, una cara tras otra que pasaban como las que se ven fugazmente cuando se cruzan dos trenes, sin que tuviera tiempo para mirarlas bajo la piel con sus gafas de tortuga.

Así que cuando la ofrecieron la oportunidad de dejar de firmar más contratos que autógrafos Lemmy Kilmister en el backstage, y encima para trabajar con jóvenes cachorros, no lo dudó ni un instante, y se dedicó en cuerpo y alma a fabricar más gafas tortugas que Afflelou, aunque se quedara con muchas de ellas en el cajón hasta que se caían de viejas, porque así son las cosas, no todos los ojos toleran esa graduación.

Pero aunque los años pasaron, ni una sola de las noches en que la vida le regalaba una pausa dejaba de pensar ante su altar de la Medicina en la Cabecera en cumplir aquellos viejos deseos de andurrear, de saludar, de consolar, de escuchar historias, de acompañar, de sanar.


Y no fue una decisión fácil. Porque las rutinas a veces requieren divorcios traumáticos de los de tirarse los trastos a la cabeza. Pero ahí estaba, conduciendo despacio mientras el trigo se dejaba mecer, sonriendo a los chavales que cogían el autobús para ir al instituto del pueblo cercano, saludando al cartero que empieza a patear las calles, tomándose un café en el bar de la plaza mientras las vidas se reconocen en la sala de espera de su consulta, con ese afán tempranero de la gente del pueblo.


El aterrizaje no era fácil, cualquiera lo hubiera supuesto. Médica nueva, joven, relevando al médico de toda la vida. La longitudinalidad es extremadamente celosa, y lleva fatal las jubilaciones. Y luego había que aprender a domar a esa fiera de diecisiete pulgadas saturada de iconos, que prometía ayuda eterna pero que encerraba detrás una gravedad de agujero hawkiniano capaz de absorber toda la energía, de tragarse todas las miradas desde detrás de sus gafas de tortuga.

Y aunque ella se resistía, se creía capaz de no perder el oremus, había días como aquel en que la presión le apretaba como si se hubiera puesto una camisa de cuatro talla menos. Y tenía que ir a ver a ese paciente, llevaba días esperándola; sus hijas aceptaban con sonrisas las excusas que les iba dando por teléfono cuando la comía el tiempo. No estaba dispuesta. No había vuelto para dar excusas por teléfono.

La recibieron como si hubiera llamado a su puerta la esperanza. La casa estaba oscura y olía a pena y a agonía. En la cama reconoció a la muerte como sólo saben reconocerla quienes hace tiempo que dejaron de intentar regatearla. De su maletín salieron cachivaches que atraían las miradas de aquellas personas que se repartían alrededor de la cama, de todas menos de su paciente, que mantenía los ojos cerrados, como si no quisiera gastar sus últimas miradas. No, aquello no sería inminente, pero sería, sin duda.

La pena tiene siempre un ramalazo opresivo, que te acompaña hasta la puerta, y se queda allí, junto a las hijas de su paciente, despidiéndola, como una buena anfitriona.

- ¿Quiere tomar un café, doctora?
- No, gracias, tengo que volver a la consulta, he dejado unas cosas por hacer en el ordenador.
- Claro, no se preocupe, otro día. Doctora, ¿usted cree que podríamos llevar a mi padre al curandero del pueblo de al lado?

La médica mira al suelo porque acaba de darse cuenta de que había pisado sus gafas de tortuga, las había dejado hechas añicos, y los cristales le devolvían un reflejo multiplicado por mil de fracaso. Allí, detrás de esas mujeres, tras el quicio de la puerta, esta la pena negra y la médica que siempre quiso ser. Y no lo duda.

- Creo que me tomaré ese café






Ace of Spades, canción contenida en el álbum del mismo nombre, el cuarto de Motörhead, publicado en 1980. Dedicado a una gran médica de cabecera. 






lunes, 30 de julio de 2018

Amigos y nostalgias

El médico no puede evitar una punzada de nostalgia. Le desagrada, como esos aires que le cuentan los pacientes que son incapaces de expulsar después de las comidas, ni aunque se pongan hasta las trancas de Aero-redes. Pero es igual de insistente, y seguramente será mucho más difícil de eliminar que si estuviera en la otra tesitura. Y le desagrada porque debería ser un día completamente feliz. La boda de tu mejor amigo da para comedieta hollywodiana de la Roberts y su sonrisa todo dientes, y para deshacerte bajo el tórrido sol de la estepa reflejado en los adoquines medievales mientras caminas hacia el ayuntamiento con tu mujer jurando en griego bamboleándose desde los tacones sobre el empedrado.

Las bodas de los amigos han consumido gran parte de la juventud del médico. Aparecieron en su vida al estilo tsunami, afortunadamente coincidiendo con el estrecho desahogo económico que concedía el sueldo de un residente. Eran tiempos de iglesias y juzgados, de parrandas exuberantes y descontroladas, con una tendencia preocupante a finalizar en estados cuasi catatónicos, y desde luego, muy alejados de ese recto proceder con que terminaban las instancias en los viejos tiempos. Los años de la residencia están trufados de historias de bodas, tan repletos de anécdotas de chaqués y vestidos blancos, de tunas y Paquitos chocolateros, como lo están de sucedidos de guardias de urgencias.


Así que mientras el médico siente cómo las axilas empiezan a inundarse bajo la chaqueta y los cuarenta grados a la sombra, la punzada nostálgica aprieta en epigastrio insistente, y aunque disimuladamente hace amago de eructar, no consigue que se esfume.

Entonces inevitablemente la cabeza entra en ese modo matemático tan cabrón que le permite calcular en décimas segundos los años que hace que se acabó aquella aventura, y cuando la cosa pasa del número veinte, el médico se caga en el tanguista que lleva toda la vida clavándosela diciéndole que eso no es nada. Los cojones. Es muchísimo.


Las bodas de los cincuentones son casi todas segundas o terceras oportunidades, copas de champán por el guiño amable de la fortuna, regadas con dos o tres gotitas de amargor porque la vida no haya destapado el frasco de las esencias esos jodidos veinte años antes. Las caras conocidas se meten en ese baile caprichoso en el que siguen ahí todos los rasgos de la juventud que conocimos, mientras el tiempo parece haberse comportado como un niño consentido, clemente aquí y despiadado allá, repartiendo flacideces, arrugas, canas, barrigas, papadas y calvas en asimétrico desorden.


Las vidas que se encuentran se reconocen en los pasados y los presentes, en un despelote en que se cuelan hijos y trabajos, jefes y enfermedades, las propias y las ajenas, los que nunca estuvieron y los que se fueron y dejaron un hueco mayor que un cráter lunar. Una médica de familia de la ciudad, completamente urbanizada, otro de pueblo, feliz en su ruralidad, otra que se deja los riñones en la urgencia del hospital, un digestólogo que se cayó de bruces al lado oscuro de la privada cuando dejó de creer que podría cambiar lo que apestaba a su alrededor, un otorrino que reparte cera a diestro y siniestro como si fuera Jackie Chan en una reunión del hampa en HongKong, y un intensivista que se deja la vida en dos UCIs para poder cumplir el sueño de su hijo de ser médico. Seis historias diferentes pero con troncalidad, seis vidas veinte años después que miran con cierta envidia, qué leches, con una envidia feroz y muy muy insana a la mesa de ocho o diez jóvenes de aquellos que mezclarán las anécdotas de la puerta con las del último baile trastabillado en el alegre sopor del séptimo gin-tonic.

Definitivamente, las bodas a los cincuenta no son lo que fueron. Bueno, en resumidas cuentas, tampoco nosotros lo somos, piensa el médico, mientras se toma unas sales de frutas y
por fin consigue eructar y tragarse esa dichosa bola de la nostalgia.


Dedicado a mi grandísimo amigo/hermano Enrique, que ha tenido las santas narices de provocarme todo este revoltijo de sentimientos, de alegría y nostalgia, y todo ello desde su más absoluta y completa felicidad. Suerte, amigo. 








miércoles, 25 de julio de 2018

Solo quiere verle

Ella tiene en las entrañas un monstruo empeñado en devorarla, un grandísimo hijo de puta que pretende llevársela por delante. Y lo hará, lo hará más tarde o más temprano. Aunque le costará, porque ella es fuerte como una roca y no han pasado por encima ochenta y nueve años, dos visitas a la UCI, una cicatriz en medio del esternón, un par de válvulas mecánicas y medio kilo de pastillas diarias para dejarse forzar la mano así como así.


Ir a la consulta  había sido siempre para ella un grano en el culo. No es que tuviera nada contra el médico, es capaz de recitar sin equivocarse los nombres de los cuatro o cinco que ha habido en los años en que se recuerda que hubiera médico en el pueblo, y de todos ellos guarda un recuerdo agradable. Pero en general los médicos cuanto más lejos de ella mejor. Bastante los ha tenido danzando a su alrededor con sus batas y sus pijamas verdes, azules, blancos, de todos los pelajes, jóvenes con todo por hacer, otros con la experiencia en forma de otros más jóvenes revoloteando junto a ellos, y algunos deseando pasear por la playa dedicados a escribir sus memorias o a cuidar a sus nietos.


Sí, ha visto demasiados. Así que las visitas a su médico de cabecera cada año se cuentan con los dedos de una mano y sobran un par de ellos. El le trata bien, sale a recibirla a la puerta, le ayuda a sentarse dándole la mano, a su lado, algo que al principio le extrañó bastante, pero que con el tiempo terminó por gustarle. Se sientan codo con codo y charlan, sobre cómo se encuentra, habla sobre la familia, las cosas del pueblo, intercalando hábilmente las preguntas que ella sabe que él quiere intercalar: se te hinchan las piernas, te fatigas cuando subes la cuesta desde la panadería hasta tu casa. Ella contesta con paciencia y aunque siempre rezongando, acepta hacerse su analítica anual, la que tranquiliza a sus hijas y la conciencia del médico.


Pero aquella primavera la vida le pesaba como una losa de mármol, las piernas eran tan graníticas como esa losa sobre el pecho, y el ánimo apenas le daba para quitarse las legañas por la mañana y calentarse la leche. El médico se sorprendió de verla con su hija frente a la puerta, e hizo alguna de sus bromas capaces de relajar las salas de espera más densas. Cuando le llegó su turno, su hija le ayudó a ponerse de pie, pero ella se agarró al brazo del médico para sentarse en la silla junto a él, como siempre hacía. Fue su hija la que habló de su tristeza, de cómo se había esfumado ese remolino incontrolable que había sido su madre, habló de sus sospechas de depresión, de que quizás una pequeña ayuda en forma de pastillita matutina devolviera las cosas a su ser.


Ella permanecía callada allí, junto al médico, que la miraba como si quisiera volverla del revés, más allá de su silencio, más allá de su cicatriz de esternotomía y de sus clicks valvulares, más allá de sus ojos acuosos, de los casi noventa años que cincelan su rostro. La pastilla queda aplazada al veredicto de una analítica que empezó a descubrir a la bestia que hasta entonces se había limitado a crecer enjaulada y oculta como la gran cabrona que es.


Y una vez que da el primer rugido, lo complicado es mantener a raya al ejército almas que con la mejor de las intenciones pretenden cercarlo, acojonarlo, hacerlo huir, aún a sabiendas de que está agarrado con uñas y dientes a su presa, y que no piensa dejarla como si tal cosa. Pero ella no soporta los hospitales, no quiere ver a ningún médico que no sea el suyo, así que pide tregua y vuelve a su casa porque es su cama, su sillón, su patio.

Y solo quiere sentirse cuidada, solo quiere poder contarle a su médico cómo el dolor es un puño en la boca del estómago retorciéndola las entrañas, cómo las piernas le tiemblan cuando quiere levantarse del sillón, solo quiere sentir que sigue siendo importante para alguien, que ahí fuera hay alguien pendiente de si se le hinchan las piernas, de si ha comido, de si ha cagado, de si se ha animado a bajar andando hasta el banco del final de la calle o de si ese puño cabrón bajo las costillas no la ha dejado ni hinchar el pecho a gusto en toda la noche.


Porque eso es todo lo que ella quiere, a sus ochenta y nueve años, ella sólo quiere verle.









lunes, 16 de julio de 2018

Como un pato en el Manzanares

De vez en cuando la vida pega una de sus cabriolas y de golpe y porrazo decide llevarnos veinte años atrás en el tiempo. Yo no puedo dejar de pensar que lo hace para burlarse de nosotros, esos seres insignificantes que se sienten tan importantes durante ese breve parpadeo que son nuestras existencias en el devenir infinito del tiempo.

Me siento muy extraño en el hospital. Se me antoja enorme, una bestia dispuesta a devorarme. Mi mujer y yo nos vamos haciendo pequeños cuando nos acercamos a la puerta principal, ella con una carpeta de plástico en la mano, con ese orden tan alemán que le da un encanto exasperante; yo con un pequeño maletín con un libro, un pijama, y cuatro cosas de aseo, como si fuéramos proscritos obligados a escapar en plena noche.

Hace sólo veinte años me movía por allí como si lo hubieran construido para mi. Veinte años no es nada, miente el tango. Veinte años marean de tanto como son. Me quedo en un segundo plano mientras ella coloca sus papeles sobre el mostrador y el ordenador escupe etiquetas con su nombre y apellidos y como la recepcionista de un hotel, la administrativa de admisión hace un gesto a la celadora que espera tras el mostrador para que nos acompañe a nuestra habitación. La seguimos obedientes, acompasando nuestro paso al suyo, corto y cansado, más cerca de las playas de Benidorm que de la vida laboral.

Cuando llegamos a la habitación, nos quedamos los dos mirándonos en silencio sin saber muy bien que hacer. Es una habitación pequeña, individual, en la zona de maternidad. Se amontonan los recuerdos dentro de las cunas que hay en cada una de las habitaciones, la nuestra girada hacia la zona común de baño que comparte con la habitación contigua. Volvemos a mirarnos sin poder evitar la nostalgia, la reconozco perfectamente en sus ojos, como se que ella puede reconocerla en los míos. Es una nostalgia instintiva e inmediata, a la que le cuesta disolverse incluso cuando la espantamos con los manotazos de la razón y el tiempo.


Enseguida entran una auxiliar que deja el camisón de lunares sobre la cama. Veinte años no es nada para la ropa de noche. Nos reímos de la atemporalidad del atrezzo, las mismas sábanas con la franja azul, la misma manta blanca y áspera, el mismo sillón de tortura. Prefiere ponerse su pijama para esa primera noche. Al poco tiempo entra una enfermera. Es joven, pero se la nota la soltura de llevar ya algún tiempo en el mismo lugar trabajando. Trae sus aparatos en un carrito y cuando empieza su retahíla de instrucciones, mi mujer la interrumpe, se presenta y la pregunta su nombre. La enfermera se queda como aturdida y dice su nombre con timidez, para reanudar enseguida su guión aprendido.


Cuando se va, sonrío porque en realidad me ha gustado la pequeña lección de enfermera añosa que le ha dado mi mujer a la joven. Unos minutos después una auxiliar nos trae dos pastillas con la orden de tomárselas antes de dormir. Lo de para qué sirven y qué te pueden provocar se ve que se da por descontado, en mi chiringuito se hace lo que yo digo y sin rechistar. No puedo evitar pensar en la confianza ciega que deben traer de casa los pacientes.


La noche se hace corta porque los ritmos del hospital son circadianos y molestos, y porque para descansar es mejor un resort del Caribe, qué duda cabe. Las legañas matutinas se las devora el estrés que te provoca ver venir a los celadores a llevarse la cama al quirófano. Somos una triste comitiva siguiéndola. No hay nadie que no se vea frágil y desvalida en una cama de hospital empujada por los pasillos, tapada hasta el cuello con las sábanas blancas logueadas. Las puertas que separan el área quirúrgica tiene sabor a programa de la televisión, de esos que desapareces entre humo y con fanfarrias, solo que aquí mucho más pueril y simplón. Nos quedamos esperando allí, ante las puertas, con otros familiares igual de angustiados y de perdidos, hasta que sale una enfermera con un pijama azul que va nombrando uno por uno a los premiados, nos dice su nombre, recoge nuestros nuestros números de teléfono y nos anuncia las horas en las que se dejará caer por la sala de espera con las últimas noticias de aquel mundo de sabios, de cuchillos y sangre, de dormir hasta casi la muerte y de resucitaciones y de vida.


Durante la espera me he encontrado a un par de pacientes de mis pueblos. Se asombran de verme allí, desubicado y torpe, como si pensaran que esas cosas de las enfermedades no deberán tocar a su médico de cabecera, ni a su familia, como si estuviera dilapidando un crédito concedido por el Ministerio de Sanidad. Me dejan esperando con sus mejores deseos de que todo siga el buen rumbo, y  espero pacientemente a que la enfermera con su uniforme azul con las letras "quirófano" recorriéndola de arriba a abajo, me diga el minuto de juego en el que está el partido, y al menos un apunte sobre si estamos encerrados en nuestro área o dominamos tranquilamente el partido.


La espera la interrumpe el nombre de mi mujer resonando en los altavoces, y las prisas con las que nos acercamos al mostrador. Nos mandan otra vez a la puerta de fama, y allí el cirujano nos sonríe con una sonrisa bálsamo bebé que provoca suspiros y sonrisas contagiosas. Luego unas horas que se hacen de ciento veinte minutos porque ya sólo piensas en volver a verla y acariciarla la cara y hacerle la estúpida pregunta de cómo estás, pues rajada y jodida, como es lógico, pero es que en esos momentos ningún ser humano está para ponerse shakesperiano.


Y aunque te has prometido a ti mismo no usar ninguno de tus contactos, no puedes evitar dudar cuando ves que el reloj sigue corriendo como si fuera el conejito de Duracell, y harto de estar tan harto y tan nervioso, haces un par de llamadas para que al fin le coloquen un teléfono junto a la cara y diga tres o cuatro palabras, suficientes para respirar con el máximo de capacidad pulmonar.


Y vuelves a pensar en qué diferente es ver la corrida de toros desde la arena, con el morlaco echándote el aliento y los cuernos apuntándote a la barriga. Definitivamente, veinte años son muchos, los suficientes para sentirme completamente extraño.


Gracias a cada una y cada uno de los excelentes profesionales de todas las categorías que de un modo u otro nos han atendido estos días, e intentan hacer lo mejor posible su trabajo en lo que para mi es uno de los ambientes más hostiles posibles hacia el ser humano. Gracias por llenar ese ambiente de humanidad. Es"fácil" ser muy humano en una consulta de Atención Primaria, no lo es tanto serlo en un hospital. Así que gracias. 































lunes, 9 de julio de 2018

Ídolos con pies de barro

Mario lleva toda la semana pensando en la consulta de hoy. Toda la semana. Esta última noche ha sido terrible: ha descansado muy poco, nunca pensó que le ocurriría pero la mente humana es extraña.  Y ahora, después de haberse despejado con una ducha más fría de lo normal, después de haber saludado un poco más serio de lo que en él es habitual a la gente con la que comparte la sala de espera, de haber contestado al interés por su madre con apenas unas frases escuetas, agradece el silencio que se ha hecho en torno a él. Es lo que tiene mostrarse antipático: que te ofrece espacio para pensar.


La puerta de la consulta se abre. Reconoce enseguida a una vecina de las que sólo sabe llamarle en diminutivo, como si aun fuera a comprar cromos al kiosko de la esquina. Sale sonriendo e intercambiando frases con el médico, como si se conocieran de toda la vida, conociéndose de toda la vida. Es una figura atemporal, Quizás no tanto, pero para empaparle de temporalidad hay que hacer inevitablemente un esfuerzo, porque forma tanta parte del barrio como la plaza del mercado o el parque infantil. Claro que cambian de aspecto, pero nadie parece advertirlo.


Pero el día le empujaba al análisis, y se lanzaba a él sin dudas, estaba dispuesto a sacar el bisturí y diseccionar. Sigue siento alto, imponente con su bata blanca siempre abierta y recogida tras las manos en los bolsillos, como si fuera la capa de un superhéroe. Y sigue teniendo exactamente la misma sonrisa que un superhéroe, la de quien te rescata de tus miedos, la de alguien a quien apetece dar la mano para atravesar un huracán.

Sonríe a todos los que esperan y le bastan dos frases que se ajustan a la perfección en el delicado intríngulis de los nervios, las  ansiedades y los cansancios de la sala, y que, como si hubiera terminado un puzzle de cinco mil piezas, provocan el mismo efecto relajarte y falsamente placentero. Entregado a su análisis pormenorizado, advierte esa capacidad de hacer que todo fluya, esa tranquilidad que sabe que es capaz de regalar a su alrededor con dos sonrisas, una palmada en la espalda o poniendo sus dedos índice y corazón sobre el pulso radial de un enfermo angustiado.

Y recuerda cuántas veces tocó el timbre de la puerta de la casa de su abuela cuando la carne de su abuelo abandonaba los huesos de su cara para convertirle muy despacio en su máscara mortuoria, y él lloraba, pequeño y asustado, escondido detrás de las piernas de su madre. Y encontraba siempre el momento de revolverle esa maraña de pelo rojo que entonces era imposible que lograra peinarse, mientras las mujeres de su casa se quedaban detrás de él despidiéndole entre agradecimientos y lágrimas.


Y tampoco consigue olvidar el tiempo que pasó consolándoles cuando su mujer perdió su primer niño cuando empezaba a apuntar barriga y ya habían pensado nombres de niña y de niño, sin importarle cuánta gente había detrás de la puerta removiéndose intranquilos en esa misma sala de espera en la que no paraban de asaltarle los recuerdos.

Hay dos tipos trajeados en una esquina, en un lugar estratégico donde son invisibles y tremendamente visibles. Tienen maletines negros y ese aire de suficiencia, de quienes se sienten por encima de pacientes, del vulgo en general. Como si dispusieran de un pase vip. La siguiente vez que se abre la puerta se aseguran de que han sido vistos. Los pases vip funcionan y disculpándose muy amablemente y asegurándoles a todos que será sólo un minuto, son absorbidos por la consulta, provocando apenas un leve murmullo de incomodidad.

En pocos minutos salen entre apretones de manos y se marchan de nuevo con disculpas, reanudándose el desfile de pacientes entrando y saliendo como si nada hubiera ocurrido. Él es el siguiente. No puede dejar de pensar en el artículo que ha leído en el periódico. Habla de cientos de millones anuales gastados en los médicos. No dice en cuales, no dice dónde, no sabe si una parte ha llegado hasta esa puerta que cuando se abra, le dará paso por fin a él. Lleva todos esos días releyendo en su memoria cada línea que le explica algunas cosa en las que nunca creyó que iba a pensar.

Hoy iba a recoger la medicación para su madre. Las pastillas nuevas para el dolor que empezó a probar hace cuatro semanas la dejan adormilada, pasa las mañanas en un constante mareo, le cuesta pensar y a veces parece balbucear como si su cerebro se estuviese convirtiendo en papilla. Tiene menos dolores, pero Mario duda de si el precio a pagar no sería excesivo. Y ahora, antes de pasar a la consulta,  ya no puede dejar de pensar sobre si aún queda dentro de él sitio para el respeto.













lunes, 2 de julio de 2018

Cuidados inversos

El médico llega pronto al centro de salud. Es una costumbre heredada de la disciplina militar que ha vivido en su casa. Se presenta a una administrativa que tiene sujeto entre el hombro y la oreja un teléfono. Dice su nombre y apellidos y ve como toma nota en un papel y entre dos frases apresuradas, le indica con la cabeza el pasillo que conduce a la cocina y el estar. Él está acostumbrado, ha conocido en ese verano ya varias cocinas, y se prepara para la ronda de presentaciones, en el mejor de los casos, saludos corteses y un sinfín de nombres que será incapaz de retener, y en el peor, miradas breves y gestos hoscos que ya ha aprendido a ignorar. Al final todas estas cosas se aprender rápido.


En esta ocasión hay café caliente y una mujer entrada en años, vestida con un uniforme color Guantánamo, con un desparpajo y una verborrea capaz de generar por sí solos un ambiente hogareño en esa cocina despersonalizada, que poniéndole delante una vaso de cristal y metiendo una jarra de leche en el microondas, le da pocas opciones a negarse al redesayuno, pero le arranca la primera sonrisa de gratitud del día. El es un tipo alegre y optimista, pero ese deambular de un sitio a otro, esas presentaciones con sorpresa final, y esa angustia de la consulta desconocida sin duda le están pasando factura.


Poco a poco se van incorporando personajes al sainete. La primera, la administrativa que apuntó su nombre, que le informa de su exitosa alta en el sistema. Veremos. La experiencia le ha ido enseñando que las zancadillas de la tecnología tienen más probabilidades de dejarle con el culo al aire que cualquier otra cosa. Mientras termina su café, le pide que le indique dónde está su consulta; le gusta estar allí un buen rato antes de empezar la batalla: abrir el ordenador, leer el listado de los nombres, familiarizarse con el mobiliario, con los bártulos que se repiten de una en otra, y con los que le sorprenden e incluso, como le ha ocurrido en alguna ocasión, con los que le perturban.


La administrativa le mira asombrada; falta aún un buen rato para que hagan acto de presencia sus compañeros, que aun deberán pasar por la cocina y el ritual cafetero de la mañana, sin olvidar la cohorte de trajeados que han ido tomado posiciones en las sillas de espera que hay justo a la entrada del centro, con sus carpetas preparadas, sus folletos y sus bolígrafos esperando encontrar su lugar en los bolsillos de las batas. Él no lleva bata y prefiere no perder ahí su tiempo. Las dos afirmaciones le conceden la primera mirada rara del día. Está acostumbrado a sentirse vegetariano en una feria del jamón serrano.


Entran un par de enfermeras charlando animadamente. Le regalan una sonrisa amable y sus nombres; el médico les hace el mismo regalo y se promete a sí mismo retenerlos en su memoria al menos aquella mañana. Una de ellas es su compañera de cupo, ella misma le da el dato, justo cuando se disponía a hacerlo la administrativa. El médico le pregunta si hay algún paciente en el cupo que esté muy mal y haya que ir a visitarlo a su casa. A la enfermera la pregunta le ha sonado a chino mandarín por lo inesperada, pero es obvio que le gusta, porque la sonrisa se amplía y mientras se sirve su café de rigor, le cuenta que hay dos pacientes ancianos que lo están pasando mal en los últimos meses, desde que a ambos se les diagnosticaron un par de cánceres cabrones de los que se ceban en personas tan mayores, a sabiendas de que encontrarán la batalla casi ganada sin resistencia. El calor y las pastillas que se toman para aliviar los mordiscos interiores les están pasando factura, y aunque el margen de actuación está lejos de ser grande, las visitas de su enfermera y su médico les ofrecen consuelo, les permiten dar rienda suelta a sus quejas y cuitas, y son árnica del bueno para los dolores del cuerpo y de lo que no es el cuerpo.


El joven médico le pide a la enfermera que encuentre un hueco para ir juntos a verles, pero ella, riendo, menea la cabeza con la misma condescendencia que una madre a la que su hijo pequeño le ha pedido que le lleve a Disneyworld. No tendrás tiempo, le advierte. Una vez que empieces la consulta, no podráss mover el culo del asiento hasta que tengas que irte. El niega con la cabeza, tan obstinado como el niño empeñado en ir a Disney, y vuelve a pedirle que le avise en cuanto está disponible. Durante la conversación han ido llegando más miembros del equipo, todos con sus batas, casi todos saludando brevemente, diciendo sus nombres e interesándose por dónde va a estar o cuántos días se quedará. Él abrevia ya los saludos y disculpándose, se dirige a su consulta.


Pasa como un rayo junto al grupo de trajeados, que están en animada cháchara con tres o cuatro sujetos con batas blancas que miran con interés seguramente fingido los brillantes colores de los folletos, mientras acumulan bolígrafos en los bolsillos y se van cambiando de puesto como si fueran curiosos en la plaza del mercado. Los trajeados le lanzan las mismas miradas que los defensas centrales cuando se les escapa Messi, y miran a la administrativa como pidiéndole fuera de juego, pero ella, como si fuera un mal árbitro, les hace el gesto con la cabeza de que sigan jugando, y aunque a alguno seguro que le apetecería hacerle una buena falta con los tacos de la bota por delante, lo dejan correr, desechando el esfuerzo inútil, y concentrándose en el más sencillo y útil que tienen entre manos.


Cuando el médico llega a la consulta ya hay gente en la puerta. Le miran con ese fastidio con el que se mira al usurpador que ya reconoce tan bien. Aprovecha para imprimir rápidamente su listado y plantarse en la puerta a recitar nombres, saltándose el reconocimiento del campo de batalla que tanto le gusta. La consulta empieza con dos o tres partes de baja. Sabe que no va a conseguir gran cosa, pero no puede evitar un leve sondeo, que es resuelto con frases breves que se traducen de inmediato en su cabeza con un "a usted qué le importa". Luego empieza a llegar la cofradía de los colesteroles, análisis impresos como octavillas de propaganda de la dictadura del miedo. Se intercala algún enfermo, lo que parece convertirse casi en una sorpresa agradable, si no fuera porque la mayoría de ellos se sabe de sobra la fórmula de la limonada alcalina y que si tiene fiebre es mejor que tomen paracetamol. Son veteranos en esas lides, incapaces de retener en algún recoveco de la memoria los cuidados que les han enseñado una y otra vez, una temporada tras otra. Muchos de ellos, en busca del papel que acalle el furor opresor del jefe sobre la clase obrera.


Pasan los pacientes, los dolores de años de cartílagos rozándose entre sí en busca de remedios milagrosos, las narices moqueando a chorro por culpa de las arizónicas, o la flor del olivo, o vaya usted a saber, las peticiones de acudir al paraíso donde están las respuestas a todos los males, ese que empieza con H, donde sí les podrán pedir esa resonancia que la injusticia les niega. El joven médico se resiste al pesimismo, sabe que esa no es más que la realidad vista a travéss del cristal grotesco de su suplencia, pero pasan las horas, tiene el culo pegado a la formica, y no ha sido capaz de encontrar la aguja del valor de su Medicina en el pajar de tanta inutilidad.


Así que cuando la enfermera asoma la cabeza por la puerta con un gesto divertido y le espeta en plan irónico que está lista para ir a hacer aquellas dos visitas de las que hablaron durante el lejanísimo café, el joven médico despacha a la anciana preocupada por la sequedad de sus ojos en ese verano de cuarenta grados a la sombra y disculpándose educadamente con el resto de los pacientes de la sala de espera, les informa de que debe acudir sin falta a ver a un paciente en su domicilio, pero que a su vuelta atenderá a todos los que lo necesiten con sumo gusto, y cogiendo su maletín como si fuera el jodido cesto de las chufas, echa a andar tras la sorprendida y sonriente enfermera.



Dedicado a Julian Tudor Hart, a su Ley de Cuidados Inversos que cada día de mi vida me hace reflexionar sobre mi trabajo y me obliga a actuar para no olvidarme del médico que quiero ser. Gracias.



















lunes, 25 de junio de 2018

Pánico

La médica estrenaba galones y no podía evitar llevar la sonrisa tatuada como si fuera el Joker de Batman. No siempre se cumple el sueño de toda la vida, así que por las mañanas se entregaba al tráfico de la autovía como si estuviese camino del Valhalla y hubiera terminado ya con dos o tres barriles de cerveza vikinga, pero dando cero cero en el control de alcoholemia: es lo que tiene la borrachera por ilusión, que no te quita puntos del carnet.

Es verdad que era sólo las sustituciones del verano, pero era su cupo, en el que experimentó la metamorfosis definitiva que le convirtió para siempre en apasionada médica de pueblo. Las preguntas sobre el paradero del titular eran breves y terminaban en sonrisas compartidas alrededor de su imagen con el Meyba tipo Fraga persiguiendo a sus vástagos por las playas de la Costa del Sol; la potencia del imaginario popular da mucho juego y le pega siempre un buen arreón a la empatía y el buen rollo. Así que la consulta se metía enseguida en sus derroteros de anarquía e improvisación y ella estaba encantada.


No, no es que no se hubiese sentido partícipe durante esos cuatro años de la vida y milagros de sus pacientes, especialmente el último año. Había alcanzado con ellos ese nivel reservado sólo para los jugadores más expertos y atrevidos en el que las confidencias fluyen con la naturalidad de cercanía, y esa naturalidad seguía flotando en el ambiente aunque la figura protectora del tutor estuviera llenándose los pies de arena a quinientos kilómetros de distancia. Así que claro que le quería mucho y le echaba de menos, pero ahora era la hija que se va de casa a estudiar a otra ciudad y se mete en su cocina para prepararse una tortilla con los huevos que compró en el mercado y luego se la come sentada despatarrada en el sofá porque le da la gana y es su casa: se sentía libre, y la verdad, le molaba.


Los primeros días siempre da un poco de vértigo caminar por el alambre sin red, a quién no le daría. La jodida incertidumbre y sus cosas hacen sudar al más pintado. Los terrores del Harrison te asaltan en cada uno de los kilómetros que hay de vuelta a casa, en cada uno de los segundos en que desconectas de las noticias del telediario mientras comes, en cada uno de los instantes en que tu hija te ha preguntado la terrible cuestión de por qué los pájaros vuelan y no le has respondido hasta que te ha pegado un buen tirón de la falda. Y siguen ahí, a pie de cama como si tuvieran un insomnio crónico, asaltándote cada vez que el calor te hace abrir el ojo durante la noche. Sí, los terrores son jodidamente insistentes; por más que te hayan repetido hasta la saciedad lo de la gestión de la incertidumbre, en los momentos de flaqueza te gustaría llevar un body-TAC portátil en el bolso.

Pero los días siguen y al final una se va sintiendo cada vez más cómoda en el papel, como si por fin te hubieran dado el traje exactamente de tu talla y encima te vieras en el espejo tan requeteguapa. Aunque hay un pero. Siempre hay un pero, en la vida, en las relaciones y en las comedias románticas de Hollywood. Y en este idilio con el sueño dorado de la médica, el pero tiene un nombre y su sólo mención consigue que se le quite el moreno de piscina de golpe, provoca una descarga vagal que hace que el Sanex se rinda incondicionalmente en las axilas y un temblequeo de canillas de R1 de neuro diagnosticándole un síndrome de las piernas inquietas.


Guardia. Ese es el nombre del pánico. Sabe en su interior que es un miedo tan absurdo como el que le provocan las películas de fantasmas. Ha hecho cientos durante la residencia, las ha vivido de todos los colores, ha llorado, reído, gritado, se ha desplomado en una cama caliente y ha aguantado en pie toda una noche para rematar con un chocolate con churros. Pero nada de eso parece valer cuando se acerca el día definitivo, el día en que la guardia le retará cara a cara, sin defensa, sin contemplaciones, con toda su crudeza o con toda su bondad, con toda su rareza o con toda su sencillez, como son ellas, como es ella. Durante unos días consigue engañarse sacándosela de la cabeza, o más bien, arrinconándola en circuitos neuronales como vías de tren abandonadas.


Pero sigue ahí y la noche anterior a su primera guardia de adjunta, las horas están como ella de imaginaria, y las cuenta todas, robándola el cansancio un sueño entrecortado e inútil. Y ese día, como el Joker, la sonrisa es más bien un rictus que da miedo. Conduce en silencio, sin música, sin noticias, como si velara armas. Se sabe exagerando, pero que se lo digan a sus manos que están dejando empapado el volante. Ese día la consulta parece más corta de lo normal. Cosas de la relatividad, supone. Cuando termina, en el camino hacia el centro, piensa en cuántos médicos estarán viviendo aquel día las mismas sensaciones que ella. Muchos, piensa. No, no la consuela gran cosa. Tampoco pensar que todo el mundo ha pasado por ello. A la mierda todo el mundo. La que está acojonada es ella. Pero nadie vendrá a solucionar esta papeleta, y nadie se siente nunca lo suficientemente preparado. Así que, aparca el coche, toca el timbre de la puerta mientras lee el cartel de Urgencias. Cuando la puerta se abre, sólo vacila una milésima de segundo.


Dedicado a quienes estos días están dando sus primeros pasos en este mundo que, a pesar de todo, es, de verdad, maravilloso.
















lunes, 18 de junio de 2018

Vergüenza

No se cómo escribir esto. No se siquiera si debería escribirlo. Pero años de creer que las palabras ayudan a digerir los sentimientos me empujan, me fuerzan la mano. Así que ahí está la hoja en blanco y el gañote reseco y anudado en la amargura de las lágrimas que prefieren el camino del esófago antes que el de los lacrimales.


Las cosas pasan siguiendo ese insondable y puñetero camino del destino; una noche te vas a la cama, te despiertas cagándote en los muertos del arpista que grabó la alarma del iPhone. Mientras empiezas a preparar el desayuno a los chiquillos recuperas al móvil para la vida y entonces salta el mensaje que llevaba un rato esperando y que transforma un día cualquiera en un día que nunca debería haber existido.

- Llámame, ha ocurrido una desgracia.

No consigues encajar las piezas en el batiburrillo de neuronas aún por conectar. No entiendes que pasa, pero la palabra desgracia a las seis cuarenta de la mañana deja en pañales el cubo de agua helada del desafío aquel. Encuentras su número sintiéndote el tipo menos tecnológico del mundo y cada tono de llamada se convierte en una invitación a la taquicardia paroxística.

Su voz tiembla ligeramente, pero consigue articular las expresiones con una serenidad impropia de quien ha visto el horror más absurdo desencadenarse frente a ella, y de quien ha rezado escondida bajo el salpicadero de un coche mientras escuchaba el machete clavarse en las tripas de la chapa blanca del pequeño Peugueot.


Explica con detalle los tiempos, revive esa conversación un segundo antes de abrir la puerta, ese impulso irrefrenable de ayudar que escondemos quienes nos lanzamos un día a esto con un polo amarillo con un logo vistoso, un maletín repleto de cachivaches y la ilusión inconsciente de que nuestro deseo de ayudar nos servirá de escudo infranqueable que detendrá las cuchilladas y los palos, las balas y los golpes.


Una ilusión incosciente, sin duda.


Cuesta trabajo articular palabra en esa cocina a medio despertar, en pijama y con los ojos aun legañosos. Porque las imágenes bloquean los circuitos y como por arte de magia, todo en el cerebro se vuelven instantáneas con sus risas, sus bromas, sus historias del desierto, donde la arena y el calor se mezclaban con el agradecimiento y el valor que muchos sabemos que nunca seríamos capaces de encontrar ni aunque no tuviéramos cinco mil excusas que él y tantos como él fueron capaces de superar.


Cuesta trabajo articular palabra, pero al final le preguntas que cómo se encuentra y es ella la que casi tiene que serenarte a ti, desde el subidón de adrenalina que debe provocar ver la tormenta de la muerte desatada tan de cerca, con ese afán que pone a veces por atropellarnos, y haberla conseguido hacer un corte de mangas de los que te dejan dolorida la flexura del codo.Y te parece increíble que haya sido capaz de encontrar el coraje para colocarle un guedel y encontrarle en el brazo inerte una vena por donde empezar a devolverle algo de vida a quien no se merecía dejársela en un charco de sangre en medio de la calle de un pueblo cualquiera.


Cuando al fin cuelgas, dejas caer los brazos como si te hubieras metamorfoseado en un Sísifo que sintiera de repente sobre sus hombros el peso de la jodida piedra. Aunque crees que no serás capaz, le haces un resumen de lo ocurrido a tu mujer, donde casi hay más tacos que contenido, pero que resulta suficiente para que ella se siente en una silla cabeceando y con los ojos encharcados.


Sólo pasan unos minutos antes de que el teléfono empiece a echar humo. Casi lo agradeces, la vida, empeñada en no detenerse a pesar de que pudiera parecer obligada, te empuja a la acción, y en la acción uno se encuentra cómodo, seguramente porque nos sirve para sentirnos vivos. Pero en la pausa se encuentran los recuerdos, los que nos devuelven a momentos en los que debimos ser cautos y fuimos osados, en los que debieron apoyarnos y nos dejaron solos, en los que pudimos ser víctimas y al final fuimos héroes, al menos para nosotros, porque volvimos a casa y besamos a nuestros hijos. En la pausa se encuentra la conciencia del riesgo, de la soledad, del sinsentido, del deber llevado a la gesta, de cobardes siendo valientes y valientes siendo locos.


En la pausa se encuentra también la vergüenza. Te excusas diciéndote que es lo normal, te perdonas escuchando las voces somnolientas de tus hijos respondiendo a tus llamadas, te dices que eres humano, y eso es algo a lo que nunca estarías dispuesto a renunciar. Pero el espejo del baño en el que al final te reconoces, vuelve a escupirte la vergüenza, la que sientes cuando reconoces en tu interior ese alivio indescriptible que te provoca el no haber estado tú esa noche de guardia.


Dedicado con todo mi cariño a mi compañero que lucha por su vida tras haber sido brutalmente agredido cuando sólo quería ayudar, y a mi compañera que escapó de milagro, tuvo el valor de auxiliarle posteriormente y recrea una y otra vez las imágenes en su cabeza.

A ambos, les deseo la más pronta y feliz de las recuperaciones. 














lunes, 11 de junio de 2018

Abismos

El médico se echa atrás en el sillón, pasándose la mano por el pelo en un gesto de desesperación típico de él. Tiene en las manos el informe que acaba de entregarle la paciente y lo relee con el aire de resignación de quién se ha visto en las mismas cientos de veces. Ahí no hay nada que refleje el esfuerzo que lleva haciendo con esa paciente en los últimos años, sus visitas a su casa cuando aprieta el ahogo y el corazón parece querer decir basta, no hay nada de las horas repasando tratamientos, rebuscando interacciones, deshojando margaritas de efectos adversos. El médico sabe leer entre líneas, en las palabras que conforman la historia, un historia plana, ignorante y soberbia que parece transcurrir ajena a la propia paciente y a su vida.

Ella añade unos comentarios de su cosecha, percepciones que pretenden apuntalar el ánimo de su médico, como si temiese que le flaquease la autoestima, como una madre revolviéndose ante unos abusones que hubieron pretendido chulear a su niño.

El médico sonríe agradecido y se rehace. Sí, los golpes siguen doliendo, lo cual es sólo señal de que uno sigue vivo. Se incorpora en el sillón, irguiendo la espalda; cabeceando, escribe unas anotaciones breves en la historia y devuelve el informa a la paciente. Ella le pregunta por lo que tiene que hacer: no piensa tomarse nada si él no se lo dice. El médico la coge la mano en ese gesto que les ha conectado cientos de veces: tranquila, entre los dos seguro que decidimos lo mejor.

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Las primeras horas de essa mañana de sábado estaba siendo particularmente dura en el servicio de urgencias. Ella podía considerarse ya toda una veterana, hacía cinco años que había empezado a trabajar en ese servicio, y aunque no había hecho allí la residencia y desconocía los automatismos y todos esos pequeños intríngulis que gobiernan todos los hospitales del mundo, pronto se dio cuenta de que al fin y al cabo todo se reduce a tratar de hacer lo mejor posible tu trabajo, una vía segura para ganarse el respeto de ese microcosmos que bregaba cada día muy cerca de los cimientos del hospital.

En aquellos cinco años era ya capaz de reconocer de dónde vendrían los problemas tan sólo sabiendo quién estaba de guardia en cada uno de los puntos de urgencias de los pueblos que enviaban sus pacientes al hospital. No era tan difícil. Sus compañeros resoplaban nombrando a los firmantes de los informes que acompañaban a los pacientes, cruzando miradas desoladoras y frases interrumpidas a medias que delataban mucho más de lo que escondían.

Cuando le tocó en suerte el segundo paciente enviado por el mismo médico, cuando leyó esas sucintas cuatro líneas escritas con toda la desgana que puede dejar traslucir un papel y un bolígrafo, cuando vio a esa anciana absolutamente perdida en su marasmo de olvidos, un frágil y pequeño ser humano tendido sobre las sábanas arrugadas de la camilla, sola, con unos ojos aterrados, sintió una pena tan terrible que no fue capaz de retener en su boca los sapos y culebras que le quemaban como una mala conciencia.


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Había sido duro, después de una semana ingresado en el hospital, la serpiente que se escondía en el estómago tenía nombre y apellidos, se había convertido en intocable y su camino estaba más que marcado. A los ochenta y tantos uno no pide tanto: su casa, su cama, sus cosas. Que vaya a verle su médico cuando se encuentra mal, o simplemente cuando se encuentra igual pero va pasando el tiempo y la serpiente avanza.

Y claro que los hijos harían cualquier cosa por nosotros, lo que sea para ponerle la zancadilla al destino y prorrogar lo improrrogable. Así que se sale del hospital con varias citas que seguramente cambiarán pocas cosas y la promesa de que irán verle la gente de cuidados paliativos para hacer que todo sea más fácil. El médico habla con su hijo en la puerta de la casa, antes de entrar a hacerle su visita semanal.

- Como queráis, pero ya sabes que pienso seguir viniendo y que podéis contar conmigo hasta el final

- Ya sabes como es él, no le gusta que le trate nadie que no seas tu, y sabe lo que significan los paliativos, estuvo al lado de mi tío cuando falleció y les vio visitarle mientras duró su enfermedad. Pero he hablado con el jefe de la unidad y me insiste en que esa mejor que vengan, que así estará mejor cuidado.

El médico sonríe con tristeza, ve la ironía de que la vida de su paciente parece convertirse en un trofeo en una competición de competencias, una auténtica mierda que prefiere mandar a tomar por culo, que prefiere olvidar mientras abre la puerta de la casa y entra llamando a su paciente por su nombre a voces, como ha hecho siempre.















lunes, 4 de junio de 2018

Guardias de tormenta

Las guardias tormentosas no suelen ser un buen augurio. Lo saben todos los que se han echado a los lomos horas y horas de esas que acumulan miradas a las nubes de panza de burro por las ventanas de los chiringuitos de urgencias mientras esperan con ansia que descarguen por fin los chuzos de punta y todos los seres vivos se encierren en sus madrigueras hasta que suene la campanada de la vuelta a casa. 

Pero las cosas se alborotan en los ambientes, en las sinapsis y en los sentimientos y tanto alboroto no suele traer nada bueno. Esto es así. Seguro que no queda nadie que haya leído estas líneas con tormentas de guardias a sus espaldas sin sonreír. Nadie. 

Ese día las panzas de burro se habían reventado desde la noche antes de la guardia. Había sido una noche de truenos y golpeteo salvaje del agua contra las persianas, así que poco sueño y un despertador sin capacidad de sorprender. Llovía como si fuera el fin del mundo, formando lagos en las revueltas de las calles recién puestas cuando el médico se metía en el coche y se encaminaba hacia el centro de salud. Llovía como si ya estuvieran esperándole desayunando en el centro los cuatro jinetes del Apocalipsis. Llovía de cojones y el médico odiaba empaparse.


Así que entre unas cosas y otras aquello no empezaba bien ni auguraba nada bueno. Pero ante los malos augurios, el perro viejo encoge el lomo y se prepara para los palos. Y los palos empezaron a llover, no iban a ser menos. Las tres salas repletas de personas que resoplaban agobiados por las estrecheces de sus bronquios imitando a pilotos supersónicos con sus mascarillas vaporosas, la sala de espera como un mercado persa, aunque trescientos decibelios más ruidosa, el médico mentando en voz alta a la madre de Graham Bell y la cabeza abierta con más trayectorias que la cornada de un victorino y unos efectos especiales sanguíneos dignos de una boda Juego de Tronos estaban empeñados en demostrar que los augurios están ahí para quedarse, y sin necesidad de ser adivinos de madrugada televisiva.


Y cuando por fin la tormenta clarea ligeramente, el médico tiene tanta hambre y está tan cansado que cree que será incapaz de masticar medianamente, así que engulle y se acurruca en el sillón, que tiene casi tantos tiros pegados como él, pero que le parece una cama del Ritz. Y los párpados se cierran abandonándose en una inconsciencia maravillosa y breve. Breve y abortada por el teléfono. 

"Luisa se ha tomado diecisiete Nolotiles. Está en su casa. A mi me ha llamado a la mía".

El nombre y la dirección sobrevuelan la memoria. Las guardias terminan teniendo su porción de longitudinalidad. En la historia se reflejan situaciones similares, cercanas, resueltas en los pasillos de urgencias y en las consultas de los psiquiatras con acusaciones de trastornos de la personalidad y peticiones de ayuda y de terror a la soledad. 

El médico se mete en el coche jurando en arameo porque es un ser humano y la lluvia, el cansancio y la guardia le tienen hasta los mismísimos y le han diluido la empatía como si fuera de azúcar y la tormenta de café con leche. Y cuando llegan al piso tiene el contador a cero. Pero esos ojos inexpresivos y la docilidad con la que Luisa se deja hacer le impactan y remueven su conciencia de médico de pueblo, que le da una patada directamente en el culo, un baño de humildad; los dibujos infantiles colgados en las paredes le abofetean y le cuentan la historia que se había olvidado que se escondía detrás de esa desesperanza que hace sacar líquido color polo flash de fresa de la sonda nasogástrica. Y le ayuda a buscar sus zapatillas bajo la cama, le coloca con cariño el abrigo sobre los hombros antes de subirse a la ambulancia, y le ve tumbarse en la camilla con el bolso del dinero y el móvil agarrado, el tubo de plástico saliendo por la nariz y la mirada tan triste, dócil e inexpresiva que parece ya esculpida en mármol.


Y la tormenta arrecia al volver al centro repartiendo los augurios y los truenos a partes iguales. Definitivamente, piensa el médico, las guardias tormentosas no traen nada bueno, excepto que en algún momento, seguro que se acaban.



lunes, 28 de mayo de 2018

Adiós a la inocencia

Hacía un año de aquellos tiempos felices. Hacía un año de esas sonrisas, con la mitad de la boca derrochando ilusión y la otra mitad temblando de miedo. Un año. Ahora, en esos minutos previos a que el cansancio le venza, la residente se permite un momento de reflexión, una vistazo de moviola con una R bien grande en la esquina de la pantalla, como en los tiempos de la tele de una sola cadena.

Algunas se habían conocido en algunos de esos peregrinajes comunes que forman el via crucis particular de quienes por fin van a empezar a sentirse médicos. Firma este papel aquí, vuelve a firmar otra vez y una vez más sobre la línea de puntos y con cien mil folletos bajo el brazo, acabas de acceder al paraíso en la tierra. Eran instantes acumulativos, sensaciones que se escapaban según eran desplazadas por la siguiente, en una concatenación hermosa de emociones e inocencia que difícilmente vuelve a repetirse.


Finalmente, todos se reunieron en la bienvenida oficial, una sucesión de parrafadas que terminaban siendo una especie de presentación de la mercancía en el mercado de esclavos de Siracusa, aunque sin el divertimento de las togas. La idea de todos esos residentes mayores pregonando las bondades de sus centros y tutores, mientras éstos asisten callados, subidos a un atril expositor enfundados en sus togas romanas era indiscutiblemente hilarante, aunque a esas horas de la noche casi no le quedaran fuerzas para contraer los risorios.


Aquellos días todo era sorprendente, todo se vivía en una amalgama de nervios y camaradería que enamoraba: los primeros cursos en un salón de actos abarrotado, la palabra guardia en boca de los adjuntos de urgencias, una palabra que hacía sudar cada poro de la piel del novato de terror, el probarse los pijamas y las batas, y seguir acumulando papeles y más papeles. Luego, poco a poco, fueron llegando los paseos por la ciudad, las reuniones en las cervecerías compartiendo los miedos entre sorbos de cerveza fría, y las primeras rotaciones, el bombardeo impenitente de cursos y cursos, el pisar por primera vez los pasillos de urgencias como corderillos asustados, mirándolo todo y a todos con la excitación de lo nuevo y la convicción implacable de que no seremos capaces, aunque lo seremos, la consulta al lado de ese señor que podría ser tu padre o un hermano mayor, y que te sonríe porque recuerda como temblaba él sus primeros días y quiere que sólo tiembles los primeros diez minutos, o esa señora que no ha parado de darte consejos tan absolutamente relajada como si estuviera charlando con una amiga de toda la vida.



La residente hace un esfuerzo sobrehumano y consigue una contracción casi perfecta de ambos risorios dirigida a la negrura de la habitación y a su paz interior. Era sin duda la edad de la inocencia, y había sido muy, muy hermosa.


Por eso, por su hermosura, haberla visto ajarse poco a poco resultaba más penoso y desconsolador. Había pasado un año. Un año duro. Había habido luces y sombras, como en la vida. Había habido momentos en que parecía caminar sólo por las sombras, como si la residencia se estuviera desarrollando en un Gotham sin su Batman, ni si quiera sin un pobre Robin que llevarse a la boca. Había vivido sombras en rotaciones donde podría haber cortado con un cuchillo de mantequilla la indiferencia con la que la recibían cada mañana, donde le habían colocado en un rincón para no molestar, donde nadie conseguía recordar sus cara. Había vivido sombras en guardias donde debía soportar presiones de cinco mil newtons por metro cuadrado sobre la frágil cáscara de huevo que protege al residente de primer año, y al sentir resquebrajarse la cáscara, había intentado cegar la grieta con lágrimas, sin conseguirlo, aunque llorara ríos. Había vivido sombras con compañeros dispuestos a cualquier cosa con tal de conseguir una buena puntuación, dispuestos a vender su alma a cualquiera de los cien mil diablos que sobrevuelan cada día este mundo de la Medicina, con tal de buscar su pequeño hueco en el hall de la fama efímera del hospital, o del centro de salud, o de la frágil memoria del influencer de turno.


No es que fuera rencorosa, aunque fuera capaz de pormenorizar casi cada una de esas sombras mejor que el más detallista de los Grey, no. Es simplemente que le dolía haber perdido esa inocencia con el dolor desgarrador y duro de quien sabe que ya nunca la volverá a recuperar.


Pero no era su estilo vencerse al cansancio sin su ración de ying anti-yang. Así que decidió dedicar los últimos minutos de la consciencia, esos tan mágicos que a veces se confunden con los sueños, a recordar el incontable número de veces que había vivido en ese año en la luz más diáfana y primaveral,  la de la sonrisa de los pacientes, la del adjunto que se detiene y te escucha, como si aquel día no hubiera ninguna otra cosa importante que hacer, la del compañero que te guiña un ojo en el pasillo de urgencias y te hace sonreír el tiempo justo para convertir los nubarrones de tu cabeza en cúmulos algodonosos, la de la compañera que desayuna contigo la mañana después de una vigilia de ojeras y piernas de plomo, la del tutor que te manda un mensaje al móvil la tarde antes de una presentación. Y esas luces van poco a poco mezclándose con seres absurdos y lugares imposibles en una mezcolanza de neuronas que se van apagando, permitiéndose una última sonrisa pegada a la almohada subrayando una frase dibujada en el cerebro medio dormido en colores lisérgicos: soy médica, ya ha pasado un año.















lunes, 21 de mayo de 2018

Cero a la izquierda

Forrest Gump habría sido sin duda un gran médico de familia. Éste es el pensamiento con el que el médico se retira a sus cuarteles de invierno después de cerrar la jornada laboral. Sí, Forrest podría haber explicado, mientras esperaba al autobús para volver a su casa en el arcén de cualquier carretera comarcal, que la consulta de un médico de cabecera es como una gran caja de bombones. Lo que ocurre es que todos los médicos de cabecera somos glotones insaciables para el buen chocolate belga, pero aborrecemos los bombones de licor. Y cada día, cuando abrimos la caja, cuando nos disponemos a saborear el primer bocatto di cardinale, tenemos la certeza absoluta de que bajo la forma más apetitosa, tarde o temprano, aparecerá el amargo licor que nos deja mal sabor en la boca, y a veces hasta dos o tres vueltas incómodas e insomnes en la cama antes de cazar al vuelo el tren del cansancio absoluto.


Para el médico que gestionaba tales disquisiciones de vuelta a casa, el bombón de licor había esperado casi hasta el final, pero era de los agrios agrios, de los de bocanada de jugos gástricos, una delicia que conocía desde hacía años.


Identificarla en la primera ojeada a la lista de nombres provocaba en él esa ansiedad anticipatoria tan reconocible como temible. Durante un tiempo, el no verla cuando se levantaba a llamar al siguiente paciente le generaba la infantil ilusión del no presentado, una ilusión breve como el chispazo de un fósforo, porque finalmente cuando su nombre empezaba a ganar posiciones, apareció sentada con la espalda rígida, tensa, la carpeta amenazando desde el regazo, con el aire de un felino con todos sus sentidos preparados para el ataque final. El médico pronunció su nombre en un tono indistinguible del de los anteriores para cualquiera que no portara un polígrafo mental. Le cedió el paso al tiempo que  le daba la bienvenida, mientras ella, prescindiendo de los trámites corteses, ocupaba la silla más alejada del médico, y comenzaba a sacar y a apilar hojas impresas de la carpeta de plástico sobre la esquina de la mesa.


- Empecemos con mi padre. - Los preámbulos no estaban hechos para una persona tan tremendamente ocupada. Por supuesto, el buen hombre no aparecía por ningún lado en la lista del día. Lo habitual de esta costumbre entre los parroquianos hacía tiempo que había dejado de molestar al médico, que se limitaba a añadir a todo aquel que fuera necesario, y a tantos otros innecesarios. El caballero era un anciano plácido y encantador, dedicado a sus huertos donde distraía sus ochenta y pico de años y hacía hambre, mientras se mantenía todo lo alejado que le dejaba su hija de la marabunta de médicos empeñados en alargarle la vida a costa de severas prohibiciones que, a su recto entender, podían meterse por donde amargan los pepinos.

- Estuvo el otro día en el cardiólogo. Le ha dicho que todo está igual, que no ha habido ningún cambio en los últimos años. Quería darle el alta pero yo le he dicho que ni hablar, que si no quería verle cada seis meses, que al menos le viera una vez al año, ¿no le parece a usted?

Pues no, al médico no le parecía. Hacía años que la visita a la capital previo electrocardiograma y análisis era un absurdo que sólo contentaba a quien le gestionaba las citas y no estaba dispuesto a darle a su padre la condicional revisable. Casi podía sentir la presión que habría experimentado el pobre cardiólogo que sugirió la osadía del adiós muy buenas. Le daba hasta pena. Así que intentó con más mano izquierda que Curro Romero aprovechar la corriente para nadar hacia la libertad con trabajos forzados en el huerto del anciano, pero como ya había ocurrido tantas veces anteriormente, se encontró con esa expresión hosca que frunce los labios al tiempo que se incomodan las gafas presbícicas sobre la punta de la nariz, y las cosas recuperaban su statu quo a golpe de no sé, pero yo creo que verle una vez al año tampoco pasa nada, y fin de la controversia.

Zanjado el asunto del progenitor, comenzaba el chaparrón propio, unos monzones como es debido, con multiplicación de síntomas cuyo único hilo conductor era que todos ellos ocurrían en el mismo ser humano y alcanzaban un siete en la escala de Richter de lo que un ser vivo es capaz de soportar. Los pobres intentos de quitar hierro por parte del médico al menos a alguna parte de ellos eran despreciados con el gesto benevolente de quien se está dirigiendo a una molestia colocada allí con el oscuro propósito de que no accediera a quienes podrían suministrar de verdad el repertorio de etiquetas que convenía a tamaños males. Las explicaciones eran desechadas por demasiado simples, las soluciones eran impropias del calado de los problemas, cualquier referencia aunque tangencial a los estragos del tiempo eran recibidas con sonrisas de desprecio y displicencia.


El bombón estaba resultando de nuevo demasiado amargo, y su sabor le reflejaba al médico el mismo fracaso que siente el mar golpeando contra las rocas del espigón, aunque solo sea con el afán del suavizar sus aristas. Al final, como le ocurre al mar cuando encuentra una pequeña grieta y se empeña en moldearla, las mínimas victorias enjugan el verbo fracaso y con eso todo el mundo se siente satisfecho. Esos doscientos cuarenta que el reconocimiento de la empresa habían puesto junto a la palabra colesterol puede que no fueran para tanto, pero ella lo traía por si había que tenerlo presente a futuro. Mientras recogía los frutos de su dominio en forma de derivación a ese reumatólogo que le había dicho que ahora no pero que quizás mañana sí, y que si ella creía que sí, que por favor volviera, aceptó perder la chica y esperar al próximo reconocimiento de empresa antes de volver a hacer ningún análisis que pusiera las grasas de su sangre al descubierto.


No abandonó su silla ni relajó la espalda hasta que obtuvo el premio de consolación para su marido, que no recordaba para cuando tenía que revisar su maltrecho tiroides pero que debía ser a no tardar, y con aquello se cerraba la feria, si es que el médico había terminado de masticar el famoso bombón con trampa de la caja de Forrest Gump, si es que había dejado de considerarse como un simple cero a la izquierda.

Y la vida continuó, como la consulta.




lunes, 14 de mayo de 2018

La carretera

El médico tuerce el morro cuando se asoma a la puerta de las urgencias del Centro de Salud; el campo luce el blancor inmaculado de la nieve recién caída, como le gusta ponerse al campo en esas ocasiones, de postal de Navidad. Precioso. Otra cosa es la carretera, allí la nieve se pone el mono de faena marrón barro que pega mucho mejor con las rodaderas de los coches y los camiones que llevan desde la madrugada marchando a trabajar a la capital. En fin, nada que no haya visto cientos de veces antes, nada que no le haya hecho torcer el morro cientos de mañanas tras una guardia antes.

Son las mañanas como aquellas las que le hacen recordar los años que delata el carnet de identidad, cinco más de los que le permitirían haber dejado de pasar noches en los cuarteles de invierno, y de primavera, y de verano y de otoño. Pero la universidad es una amante caprichosa que le mete unos mordiscos a la cuenta corriente capaces de rivalizar con los gastos de un mormón trígamo sin salir perdiendo, y la posibilidad de abandonar esas sábanas duras logeadas con unas rayas azules y el acrónimo del servicio de salud, fue sólo un pensamiento tan fugaz como el polvo de estrellas incinerado en la atmósfera.


Y no, no había sido aquella una guardia especialmente mala. Había mantenido su costumbre de no acostarse nunca antes de la una, esperando al rezagado que no quiere meterse en la cama con ese no se qué que le ronda desde la mañana, aunque aquella noche no había hecho acto de presencia, una rareza. La mesilla de noche repartía su pequeño espacio entre el teléfono, los trozos de cuartilla con el bolígrafo encima pendiente del aviso nocturno, las gafas inevitables y el reloj. Siempre le había desagradado acostarse con los calcetines puestos, pero era una servidumbre inevitable para disminuir el tiempo de reacción y hay que pagar ciertos tributos. Y como cada una de aquellas noches, no había sido fácil conciliar el sueño, a pesar de unos huesos que chirriaban tanto que temía despertar a la enfermera en la habitación de al lado, a pesar de tener todo el sueño del mundo acumulado en unos párpados superiores de auténtico plomo, a pesar de sentirse verdaderamente viejo y cansado. Al final, como cada una de aquellas noches de guardia, había tenido que conformarse con un duermevela que no había dejado contento ni a sus músculos ni a su cerebro, y encima darse con un canto en los dientes porque en esa noche de perros nadie se había atrevido a aventurarse hasta el centro, y nadie había cedido a la tentación de echar mano del teléfono para interrumpir el descanso del guerrero. Una buena guardia.


Pero hasta las buenas guardias tocan los cojones, y el café tamaño Starbucks que se había metido entre pecho y espalda aún no había dado el empujón cafeínico al centro de control. Decidió echarle una mano con una ducha, algo que no solía hacer porque uno con los años se vuelve animal de costumbres y donde estuviera su ducha, y su taza del wáter, que se quitaran sucedáneos. Sólo recurría al arreón del agua fresca en el propio centro cuando se notaba pastoso, y esa semana se había hecho dura, con el tiempo horrible castigando sin piedad a los ancianos de sus pueblos, atrincherados en sus casas junto a los braseros, multiplicando las visitas, los traslados de unos pueblos a otros por las carreteras resbaladizas, los limpiaparabrisas moviéndose sin parar con cadencia de ritmos caribeños y los hocicos pegados al cristal para poder ver algo mientras conducía. Así que aquella guardia era la traca final de una semana de perros de esas en las que, sin embargo, se sentía como pez en el agua.



Duchado y repeinado, volvió a asomarse a la ventana para volver a torcer el morro. El campo seguía prístino bajo el gris plomizo y deprimente de un cielo absolutamente encapotado, pero la carretea empeoraba a marchas forzadas, cada vez más sucia, mojada y amenazante. El trayecto hasta su casa no era largo, apenas cuarenta kilómetros. Los primeros diez por esa carreterucha de doble sentido que se ponía hecha un asco cuando caían cuatro copos, y el resto, por una autovía que lo que lo que ganaba con su asfalto de penúltima generación, sus arcenes y su cartelería electrónica, lo perdía por las hordas de coches que se lanzaban desenfrenados a la capital a un kilómetro por debajo de la velocidad que detecta el radar, tan pegados unos a otros que los conductores casi empañaban con sus alientos los cristales traseros del coche que les precedía, donde un mínimo toque de freno provocaba un efecto dominó de chirridos y luces destellantes de kilómetros. La locura de todas las mañanas.

El médico iba a pasar por uno de sus pueblos antes de volver a casa. Era apenas un desvío de cuatro o cinco kilómetros, para recoger a una paciente que tenía que acudir a una cita con el cardiólogo. Se lo había comentado la mañana anterior cuando fue a visitar a su padre que se peleaba con los mocos verdes que estaban de campamento en sus bronquios de fumador de Celtas cortos. Era algo que hacia con cierta frecuencia, compensaba en parte los horrorosos horarios de los dos únicos autobuses que llevaban a la capital, en un viaje de más de  una hora que te obligaba a llegar allí casi antes de que se acostaran los más trasnochadores, y prácticamente pasar el día entero haciendo tiempo para volver a casa hasta la salida del autobús de vuelta. Además conseguía compañía, una charla amena que le mantenía más despierto al volante que el mejor de los Red Bull, aunque sin darle alas, claro.


Al coche le costó algo arrancar. Era un todo terreno, casi inevitable para bregar con las nieves y esas carreteras comarcales, pero se le notaban ya los quince años que arrastraba y los trescientos mil kilómetros que le contemplaban. El médico sonrió con el ronroneo algo asmático del motor, aun tendría que dar mucha guerra, como él. Como había visto desde la ventana, la carretera estaba mal, en una mezcla peligrosa de barro, nieve y algunas placas de hielo, pero el mastodonte que conducía digería bien esas dificultades y en poco menos de quince minutos lo dejaba al ralentí ante la puerta de la paciente, que en cuanto escuchó el motor, salió apresurada y se montó dedicando los cinco primeros minutos a los agradecimientos pertinentes.


El viaje se ajustaba a los esperado, charla amable sobre el padre de la mujer, el maldito tabaco que llevaba quemándole los pulmones desde que era casi un niño y que nunca fue capaz de dejar del todo,   cosillas sobre las próximas fiestas, algún cotilleo sabroso e inevitable y alguna consulta propia y familiar, como no podía ser de otra manera cuando pasas el tiempo en un sitio tan pequeño con un médico. El sueño se iba diluyendo poco a poco en los efectos de la cafeína, el agua de la ducha y la conversación de carretera. En la autovía el tráfico respondía a su calificativo de hora punta con precisión infernal, obligando al médico a redoblar precaución y atención a partes iguales. El cuerpo responde reconociendo las rutinas de forma inconsciente, lo que debería hacerlo todo más fácil, pero aquel día la carretera y sus placas de hielo no pensaban poner nada de su parte, ni tampoco que todo el mundo sacara su coche por miedo a la nevada que parecía prometer el cielo, ni que el cansancio no se  hubiera retirado vencido, sólo hubiera quedado en segundo plano, pero siguiera haciendo de las suyas en los reflejos y en los sentidos.

Todo ocurrió como ocurren siempre estas cosas, de esa forma que sólo son capaces de reproducir los científicos de los atestados, cuando las ambulancias retiran de entre los hierros retorcidos, chapoteando entre el barro y la sangre, a esas dos personas que al levantarse aquella mañana, seguro que no pensaron en cuántos sueños les quedaban aún por cumplir.


(Este es mi pequeño homenaje al compañero que falleció recientemente en un accidente de tráfico junto con una paciente a la que llevaba a la capital. No es su historia, ni siquiera se si tiene el más mínimo punto de conexión con la realidad. Es solamente una historia más, que pudo pasar, o que puede que pase. Con mi más sentido pésame para ambas familias).





lunes, 7 de mayo de 2018

37 minutos y 33 segundos

El día había nacido torcido, como se tuercen algunas veces las buenas intenciones: hacía un frío que no correspondía a un sol que andaba presumiendo de primavera y que había engañado a todos a la hora de abrir el armario; el aguacil, madrugador y diligente, había encendido las bombas de calor con ánimo mitigador de la realidad, pero sin percatarse de que el cambio estacional las había pasado a su versión más fría, y la consulta y la sala de espera estaban heladas cuando aterrizaron médico y pacientes.

Para más inri, el pobre hombre de la gastroenteritis traía una cara para asustar a médico, residente, enfermero, hermana y esperantes, así que la consulta normal se paraliza y el trasiego de cables y aparatos detiene el tiempo, que tampoco es que se preocupe especialmente porque sabe que el peaje lo tiene cobrado por adelantado. Y habíamos contado que el día fue parido torcido, y en virtud de su torcedura, la maquina de descifrar corazones decide joderse con el capricho que lo hacen las máquinas insensibles.

La tristeza del bocadillo envuelto en papel de aluminio comido en el coche entre una y otra consulta es infinita. El tiempo se sonríe con risa cabrona cuando se cobra su peaje. El que avisa no es traidor. Y el día malparido sigue adelante.

Que haya gente esperando en la pequeña plaza del exterior del consultorio es sólo otra pista para sherlocks torpes. Ya nadie le va a regatear la etiqueta de día jodido al día de la fecha. Aun con el regusto a queso calentorro entra repartiendo saludos afectuosos, por aquello de que qué culpa tiene nadie cuando se tuercen los astros.

En el pasillo está ella sentada como una aparición, en una silla de ruedas, con vestido blanquísimo como cuando fue una joven hippie que apreciaba el Technicolor de la vida de los setenta, pero con una rictus incapaz de ocultar los años de dolor que le han convertido en ese ser pegado a unas ruedas falsas. El contacto visual presagia el ojo del huracán, el barco de George Clooney poniéndose vertical en la cresta de la ola gigante a punto de irse a pique.

La consulta empieza con ese salpicón de teléfono tan útil pero tan irritante. En realidad pasas el día a treinta segundos de estampar el puto teléfono contra el esquema de los dermatomos de la pared. Bendito autocontrol. Después de cuatro o cinco consultas de esas anárquicas e impredecibles, de esas de orgasmo primarista, es su turno. Acomoda la silla de ruedas en el espacio que el médico ha preparado para ella entre la sillería habitual. Trae una carpeta amenazante y rebosante a partes iguales.

Vive su vida entre tres hospitales, las cosas de tener tres casas en tres provincias diferentes y todo el desparpajo burocrático del mundo para que su tarjeta viaje entre sistemas sanitarios en el éter informático. Pero la realidad la marcan los papeles con Times New Roman repletos de números, de pruebas, con diagnósticos pisándose el terreno unos a otros y medicinas que prometen la analgesia suprema pero sólo le dejan un temblor oneroso en las manos y unos mordiscos indecentes en su memoria.

Una semana ingresada después de probar la enésima pastilla condenatoria la ha devuelto a la libertad provisional bajo fianza de subir la dosis de la dichosa droga hasta el límite tolerable. Y ha vuelto a la única casa en la que aún mantiene un médico de cabecera. Y salvo la sensación de impotencia que rebosa toda la consulta, salvo dejar pasar los minutos, salvo intentar desentrañar el enigma de la esfinge, el médico de cabecera no se ve capaz de ofrecer mucho más, en el papel más mate e ingrato que han repartido los dioses de la Medicina, el que da la mano, pone la oreja y los otros cuatro sentidos en escucharla, y, cuando al fin gira su silla de ruedas y sale por la puerta, parar el cronómetro en treinta y siete minutos y treinta y tres segundos.