lunes, 15 de octubre de 2018

Desgraciado

El adolescente tiene los ojos abiertos como platos, clavados en el pedazo de cielo negro moteado de chispazos estelares que enmarca la ventana de su buhardilla. Sabe que debería dormir, que tendría que descansar para mañana estar al cien por cien, para darlo todo en esa carrera de locos que termina en una puerta enormemente estrecha por donde todo el mundo quiere entrar, sin saber si será capaz de correr lo suficientemente rápido.

Sabe que una planta más abajo, sus padres estarán exactamente igual de despiertos que él, que girarán a un lado y a otro sin hablarse, sabiéndose impotentes, seguramente sin atreverse en poner voz a los miedos que les hacen que no les lleguen los pijamas al cuerpo.

Y piensa en su padre. Intenta recordar aquellos años en que no se bajaba de sus brazos, en que le parecía el ser más imponente del universo, pero la memoria de la adolescencia es frágil como el papel de seda, e igual de inútil para toda la fuerza vital que encierran esas jóvenes vidas, así que se imponen los recuerdos más inmediatos, los de antes de ayer, los del mes pasado. O se mezclan en un batiburrillo muy apropiado para unas cabezas a las que se les queda corta la realidad, y que no pueden oír hablar de inmadurez sin componer una medio sonrisa despreciativa.

Siempre ha considerado a su padre un buen hombre. Como todos sus hermanos, ha crecido oyendo historias de sus consultas, de sus guardias. Ha comido la fruta y la verdura que le regalaban sus pacientes, y que parecía crecer en las huertas con sus nombres y apellidos. Ha mojado pan en las yemas naranjísimas de los huevos fritos de unas gallinas que ponían solo para ellos, se ha atiborrado a dulces en Navidad, y todas y cada una de las veces, aquellos maravillosos detalles tenían detrás un nombre y una historia que su padre les contaba mientras les servía la cena.

Le ha visto esforzase por sonreír al volver de una guardia, con unas ojeras que no era capaz de disimular y una tendencia no reconocida para cabrearse que todos los hermanos aprendían a reconocer y a evitar, con esa astucia tan manipuladora de los niños. Le ha visto sujetar el teléfono en equilibrio inestable entre la oreja y el hombro sobre el puchero donde se prepara la comida del día siguiente, haciendo malabarismos entre las aguas bravas de compañeros, jefes y pacientes que le dejaban cuando por fin se desprendía del cacharro y la columna cervical recuperaba la verticalidad, un rictus de hastío y de cansancio infinito.

Le ha escuchado desahogarse en el hombro comprensivo y enfermero de su madre, ha notado como algunas palabras se le atascaban en el gaznate cuando pensaba que ninguno de ellos podía verlo. Le ha visto escribir mensajes a hurtadillas sentado bajo la sombrilla, pasaportándose a cientos de kilómetros, a las cabeceras de algunas camas donde la vida se iba sin tener la más mínima consideración hacia su ausencia. Y cuando al hacerse mayor la inocencia ha ido marchitándose a su alrededor, ha podido percibir como eran otros quienes se llevaban el brillo y los aplausos, sin que a nadie pareciera importarle mucho que sus pacientes fueran allí a dejarse parte de sus vidas, como si fuera una nimiedad que él estuviera ahí para tratar de recomponer las piezas del puzzle. Nunca le ha visto competir por los oropeles, no es su estilo, y a él aquello siempre le había gustado.


Ha crecido, como cada uno de sus hermanos, sin haber escuchado ni un sólo día de sus vidas una palabra en contra de la Medicina, sin haber visto ni una sola vez un mal gesto, una pérdida de papeles, un improperio descolocado. Y como todos ellos, se ha hecho mayor en la burbuja disneylandianda de convertirse en una familia repleta de médicos.

Pero ahora ha llegado el momento de la verdad, y el adolescente, sin perder la referencia en el titilar de su pequeña parcela de estrellas, tiene miedo, una extraña sensación de sentirse desvalido que rechaza con la agresividad propia de su edad. Y ese niño que ha empezado a rendirse al paso del tiempo y gasta hechuras de adulto, piensa si será en realidad ese su destino, piensa en si vivirá su vida o si vivirá la vida de su padre. Piensa aterrorizado en qué pasará si falla, qué ocurrirá si da un traspiés tan cerca del final. Había llegado hasta allí siempre con la confianza ciega de quien hubiera leído ya el libro de su destino, y de repente, se sentía al borde de un abismo tan negro como si al cielo que contemplaba le hubieran robado las estrellas.

Y mientras el adolescente tiembla en su noche en vela, un piso más abajo el médico no se perdona haber sembrado y regado en ese campo fértil y ha renunciado al sueño no porque tema que su hijo no sea capaz de conseguirlo, sino porque le aterroriza el pensar que haya podido convertirle para siempre en un desgraciado.










lunes, 8 de octubre de 2018

Estudiantes

Raul Calvo Rico


El coche iba camino del norte empujado por su energía mucho más que por el contaminador gasoil. A pesar del cruce de correos electrónicos, el viejo profesor notaba en aquellas tres jóvenes la timidez normal ante el extraño e intentaba rebajarla con sonrisas y buen rollo, sin querer pasarse de simpático para no parecer un palizas. Pero no podía evitar pontificar en cuanto se le daba pie aunque fuera lo más mínimo, y los cuatrocientos kilómetros por delante daban para dar muchos pies y soportar mucha clase magistral.

El ojo clínico le comenzó a lanzar destellos tipo ambulancia a los veinte segundos de que la joven empezara a hablar. Era un ojo clínico especialmente desarrollado para captar la brillantez en medio del páramo, y aquella mujer de quinto de Medicina era brillante hasta decir basta. Brillante y apasionada, acaparaba el centro gravitatorio del cubículo del automóvil como un agujero negro al que ningún otro de los ocupantes podía resistirse.

Es lo que tiene la pasión en la voz, que parece que el argumento empieza ya con cinco puntos positivos. Pero es que los argumentos eran insultantemente buenos, tan difíciles de encontrar en una juventud de móviles de última generación y rebajas de Zara que el viejo profesor debía mirar dos veces por el retrovisor para asegurarse que era esa joven de mirada resuelta que hablaba elevando ligeramente la barbilla como si desafiara al mundo, la que diseccionaba a la sociedad, a la Medicina, al futuro con la habilidad de un Joda a punto de fusionarse con el universo mientras Luke escucha atentamente sus palabras.

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La estudiante tiene las botas manchadas de barro, está sudando a chorros y huele a sudor agrio y cansado. Pero sonríe mientras se repantinga unos minutos en la silla de madera de la que casi no se ha levantado en todo el día. Se permite unos minutos de no hacer nada, solo unos pocos, antes de levantarse y marcharse hacia su alojamiento, para asearse un poco, comer algo y desplomarse en su camastro como si fuera un colchón de plumas del Hotel Palace.

En esos minutos de descanso de la guerrera, recuerda a su tutor. Recuerda la sonrisa irónica que la dedicó cuando le confesó su deseo adolescente de ser psiquiatra, como había pasado por los seis cursos en la facultad como quien transita por un purgatorio ineludible hasta que el karma le regalara en el MIR la ansiada plaza de psiquiatra. Recuerda como fue el único capaz de reconocer detrás de esa determinación otra mayor, una fuerza superior que la envolvía en una especie de abrazo apasionado sin fin, que la impelía a moldear con sus manos las relaciones humanas, a cuidarlas como quien cuida un bonsai, a embellecerlas y exponerlas en el balcón de su vida.

Se permite esos minutos para recordara su tutor sonriéndola y diciéndola tu lo que eres es una médica de cabecera, y recordarse a sí misma sintiéndose tan a gusto en el traje que le dejó probarse de médica de pueblo, que ahora allí, en el trópico, a miles de kilómetros de la sede del Ministerio donde escuchará su nombre y su número antes de subir a escoger su futuro, allí, en medio de toda esa gente que la llama doctorcita y le saludan cada mañana con su mejor sonrisa, el único vestido de gala que pueden permitirse, pero que no olvidan ponerse para ella, en esos minutos antes de por fin rendirse al agua caliente y al decúbito supino, sabe a ciencia cierta que será médica de cabecera.

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Era un huracán de categoría cinco. Aterrizó en el corazón de médico y pacientes arrasando cualquier resistencia, por mínima que fuera. Con ella llegaron los besos en la consulta; los pacientes al principio se sentían un tanto intimidados por esa joven de pantalones vaqueros que se lanzaba a sus mejillas en la puerta con la alegría de una prima que no les ve hace años, pero con mucha mayor verdad. Pero luego enseguida rindieron sus reservas incondicionalmente y aquella distensión inundaba de sonrisas el suelo de la consulta, y siempre se camina mejor sobre sonrisas, qué duda cabe.

El tutor se desternillaba con las expresiones de los pacientes cuando la estudiante les pedía permiso para examinarles, una mezcla de asombro y de satisfacción, les hacía sentirse auténticamente importantes, respetados. Y las barreras se deshacían como si fueran de chocolate en pleno verano, e igual de dulcemente.

Resultaba absolutamente encantador ver la ilusión que sentía por las cosas más insignificantes, una ilusión que provocaba un contagio obligatorio a su alrededor, como ocurre con todas las ilusiones inocentes y verdaderas. Así que cada día, al terminar la mañana, era como si todos hubieran rejuvenecido al menos un año, una extraña sensación de anomalía espacio-temporal muy satisfactoria.

Ella había venido de moverse en una realidad tan dura y difícil de imaginar para los que estaban ahora a su alrededor, una realidad de dolor, de muertes, de hacinamiento, de pobreza, y sin embargo mantenía intacta su capacidad de sentir la pena de quienes se acercaban a ella con el alma convertida en una esponja que hubiera absorbido todas las lágrimas del universo y no supiera cómo ni dónde llorarlas. Es hermoso ser capaz de sentir esa pena.

Esa estudiante era sin duda un huracán de categoría cinco que arrasaría con su humanidad allá donde terminara.

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Dedicado a todas esas estudiantes de Medicina que me permiten asegurar que esta profesión, tal como yo la entiendo, no desaparecerá nunca (aunque se empeñen)








lunes, 1 de octubre de 2018

El profesional

Raúl Calvo Rico 

La sala de espera está abarrotada, pero abarrotada al estilo de la famosa escena de Lo que el viento se llevó, la de la estación de tren repleta de soldados confederados heridos, agonizantes en el suelo. No puede evitar que se le venga la imagen a la cabeza, cosas de su cinefilia. Hay personas agarradas a pies de goteo como si fuera su particular comunicación con el más allá, moviendo la cabeza de la botella de suero hacia las médicas que recorren la sala, de ellas a las enfermeras y de éstas a los otros enfermos y de ahí otra vez a la botella de suero, que no sea que aparezca por esos tubos de plástico alguna de esas burbujas de aire que usaban en las películas de espías para matar los malísimos. Otra vez la cinefilia, qué le vamos a hacer.

El barullo es en realidad una especie de murmullo que sirve de base a algunos ayes distónicos, a varios "señorita" estentóreos, a roncus espiratorios y estridores inspiratorios y a trasteo de cacharros y ruedas de sillas poco engrasadas y desganadamente empujadas. Es un megamix de miserias humanas de puta madre.

Para ella es la primera vez. Y para quien no ha visto tanta calamidad junta, no deja de ser impactante. Ella, por lo menos, había atravesado las puertas del paraíso con una carta de recomendación que parecía haberla salvado de las miradas hoscas que reconocía a su alrededor en otras bienvenidas. Pero a la hora de la verdad la había llevado al mismo apeadero que al resto de los mortales. Así que allí estaba, con su correspondiente cañería de pvc enchufando material del bueno para aliviar ese perro que le mordía el costado derecho cuando le daba por cabrearse y pretendía empujar por un estrecho y espasmódico uréter una dichosa piedra que daba por saco de una forma absolutamente desproporcionada con su ridículo tamaño.

El anciano que estaba a su lado había hecho un par de intentos de entablar conversación, pero había sabido retirarse a tiempo cuando el latigazo se empeñaba en golpearla como si fuera el amo de Kunta Kinte un año de mala cosecha, cosa que le había agradecido porque tenía las mismas ganas de charlar que el pobre esclavo tras la extirpación del juanete que le hicieron en su día. Pero el abuelo era perseverante y parecía tener todo el tiempo del mundo, así que cuando la droga le permitió relajar el rictus, ya no hubo quien detuviera a la bestia.


- Cómo se nota que te está haciendo efecto el Enantyum que te han puesto, hija. Es que va fenomenal. A mi, cuando vengo por las contracturas que me dan en el cuello, me lo ponen en el culete y me dejan nuevo. Es verdad que te altera un poquejo el sintrom, pero en la zona de trauma tampoco se andan con muchas contemplaciones. Yo ahora estoy esperando que me lleven a hacer la radiografía de la rodilla. Lleva dándome guerra varios meses. Mi médico de cabecera no está por la labor de mandarme a hacerme la radiografía, siempre dice que seguro que tengo mucha artrosis y que no va a estar radiándome cada dos por tres. Se empeña en vendarme y hasta me ha infiltrado dos veces, pero esta vieja cacharra protesta como una condenada, así que, aquí me tienes, que por lo menos me ve un traumatólogo. Ahora me llevarán a hacer la radiografía y con un poco de suerte me adelantarán la cita que me dieron para dentro de seis meses. Tengo un vecino que dice que le hicieron la resonancia en urgencias, pero mi médico me dijo que eso era un farol que se había tirado conmigo. Yo, por si acaso, me he venido para acá. Eso sí, aquí hay que venir con tiempo. 

La enfermera ha pasado a su lado como un rayo, y le ha cambiado la botella minúscula por otra de mucho mejor aspecto. Ha derrochado profesionalidad, y un asombroso control de la situación, dando largas a dos soldados confederados con aspecto de estar sanos como una manzana pero cabreados como monos, mientras reconectaba tubos y se marchaba al ritmo de un cambio de ruedas en el box de la fórmula uno, pero con tijeras y esparadrapo asomando por el bolsillo de la camisa del pijama.

- Esa es de la vieja guardia.- El anciano hace un gesto con la cara, reiniciándo las confidencias.- A mi, una vez, le costó cuatro pinchazos encontrarme la vía, dos en cada brazo. Pero estaba empeñada, porque además tenía una alumna mirando y yo notaba como se iba encabronando cada vez que se me rompía la vena. Así que ni se te ocurra preguntarle por tus análisis que como no haya cenado todavía te mete un bufido. Fue una vez que llevaba dos semanas con dolores de tripa, y mi médico que si el estreñimiento, que si coma más fruta, en fin, que le cuesta un mundo mandarte una pastilla para los gases y para hacer bien la digestión. Así que me vine y hasta escáner. Ese día tuve suerte. No se qué vieron en la radiografía, tampoco es que me dijeran mucho, la chiquita que me llevaba acababa de dejar la leche de crecimiento. Anda que no se les nota a las pobres, tiene más miedo que un novillero. Pero yo las tranquilizo y las digo que adelante, que no se corten, que me miren y me remiren todo lo que necesiten, que para eso estamos, faltaría más, hay que ayudar a a juventud a que aprendan. Al final me mandaron para casa con unas pastillas para los gases fenomenales, aunque mi médico torciera el morro cuando me tuvo que hacer la receta al día siguiente como si le hubiera dado un ictus. 

Los ritmos en la sala no se detienen. Cada pocos minutos entra una de las médicas jóvenes, se lleva a alguien y se cruza con la entrada de un par de almas que viene a rellenar el hueco, dividiéndolo en plan mórula hasta la reducción infinitesimal del espacio, y la multiplicación del tiempo.

- Mira, creo que ya vienen a por mi. Ese alto es el celador de rayos, y me parece por lo que he estado contando, que ya es mi turno. El traumatólogo que está hoy me gusta, no tiene en los ojos esa mirada del tigre del quirófano de los mas jóvenes, que llevan la urgencia como una condena en el penal de Ocaña. Este se toma su tiempo. Es verdad que también se lo toma para verte, pero cuando arranca, igual te llevas el premio gordo del volante para la resonancia. Mira, acaba de decir mi nombre. Sí, aquí. Bueno guapa, ten paciencia que en esta época del año acaban de llegar los R1 y todo se ralentiza. A mi una vez me tuvieron dieciséis horas porque el adjunto era de los tiernos, pero estaba viciado con el cacharro de las ecografías, que no veas el tío como lo maneja, y estaba empeñado en ponerme el micrófono en la tripa para verme el páncreas y la vesícula, que llevaba yo todo mayo con unos amargores qué p'a qué y lo único que se le ocurría a mi médico era prohibirme los huevos y la leche, hasta que me lié la manta a la cabeza y me trajo mi hijo para acá y, como te decía, el pobre venga a intentar ponerme el aparato, y los cachorros a su alrededor acojonados sin dejarle respirar un minuto, hasta que el hombre vio la luz y me pudo por fin ver la dichosa vesícula, que por cierto la tenía como la patena, si es que yo no he comido guarrerías ni he estado gordo en mi vida. Bueno, hala hija, que te sea leve. Igual cuando vuelva de rayos ya te han dado el alta. Que no sea nada. Igual te veo por aquí otro día. Sí, sí, con cuidado majo, que esta silla es de las que se tuercen a la derecha, a ver si compran nuevas que no hay derecho...










lunes, 24 de septiembre de 2018

Una historia de ciencia ficción

La sala de espera está abarrotada. En una de las sillas descansa los huesos viejos y muy cansados el anciano, que observa con toda la calma de sus más de ochenta la vorágine nerviosa a su alrededor, el trasiego de cuerpos sentándose y levantándose, las puertas volviéndose súbitamente translucidas y dejando salir a una persona, para convertirse por arte de la magia de la ciencia de nuevo en opacas tras el siguiente paciente, los pitidos que salen de las muñecas de unos y otros, las miradas impacientes a los atriles donde hologramas de figuras vestidas inmaculadamente de blanco, con sonrisas perfectas y gestos sosegantes, ofrecen información continua en tonos de voz que parecen tener efectos sedantes, acariciantes.


Para un anciano que creyó que sólo vería aquellas maravillas en las películas de Hollywood, era como haberse convertido en un figurante de Star Treck. Sonrió al pensarlo mientras se ponía las gafas para leer el aviso que le revelaba el insistente temblequeo de su reloj inteligente. Le advertían que empezara a prepararse porque sólo quedaban dos pacientes antes que él, y dada la lógica torpeza de sus rodillas artrósicas, convenía empezar a engrasar las bisagras para que nadie tuviera que esperar por su culpa.


Mientras se levantaba, seguía observando el ir y venir de las personas; había bastantes veinteañeros, de la edad de sus nietos, con esas caras de preocupación que tan bien conocía, la gran mayoría con una prótesis en el oído como si fuera una convención de sordos, pero con la mirada fija en pequeñas pantallas virtuales que salían de dispositivos similares a anillos en una de sus manos, visibles sólo para ellos, aislados en una sala abarrotada. Tampoco se diferenciaba tanto de su pasado. Al menos del más reciente. El que vivió en su niñez y juventud a veces le parece como si sólo hubiese existido en sus sueños, como si no lo recordara nadie, más que él. Tendrá que ser así.


Estaba de pie cerca de la puerta que, según las órdenes que salían de su muñeca, se le había asignado. Seguía examinando a los esperantes, una vieja deformación profesional que los años retirado no habían sabido eliminar. Y es que él conocía a la perfección las salas de espera, como conocía al dedillo las consultas, como mantenía aún el vistazo diagnóstico con el que miraba cada cara. Y es que él había sido durante cuarenta años de su vida médico de cabecera. Había visto llegar el futuro que algunos pronosticaban y casi todos descartaban con suficiencia, y ahora tenía, como todos, las botas metidas en el barro, así que allí estaba, esperando que la puerta recuperara su trasparencia para entrar en la consulta de ciencia ficción.


Era una sala blanquísima, de una frialdad y una asepsia casi insultante. La médica consultaba una enorme pantalla pasando sus dedos sobre ella, mientras él entraba y se sentaba. Frente a él había una pantalla de menor tamaño, donde podía consultar datos de su historial e ir viendo las anotaciones que recogía el sistema al dictado de la doctora. El bolsillo de su bata era una pequeña pantalla con una imagen móvil de ella tras un pequeño cartel con su nombre y apellidos y su especialidad: cardióloga.


- Buenos días caballero, ¿cómo se encuentra? En primer lugar tengo que advertirle que según dice el sistema, en los últimos seis meses ha dejado usted de acudir a sus revisiones obligatorias con el psicogeriatra, con el neurólogo y con el urólogo. Del mismo modo, debo avisarle que no se ha hecho la colonoscopia que le correspondía el pasado diciembre. Por otro lado, rechazó usted a la unidad de vacunación anti gripal a domicilio, negándose a abrirles la puerta. Ya sabe que todo ello supone una reducción en sus coberturas sanitarias para los dos próximos años, y que tiene una sanción del doce por ciento mensual en su pensión durante seis meses, que dejará de hacerse efectiva en el momento que en sus datos figure el registro de haber completado las revisiones oportunas, así como las vacunaciones y las pruebas indicadas por las autoridades. Me ha entendido, ¿verdad caballero?

- Sí, la he entendido perfectamente, doctora. De hecho, por eso estoy hoy aquí. No podemos permitirnos una reducción en nuestra pensión, y menos ahora que tenemos que echar una mano a nuestros hijos con los estudios de los nietos. 

- Muy bien, así me gusta. Coloque la mano en el sensor. Muy bien. Veo que su corazón se mantiene a buen ritmo, sin rastro de la fibrilación que tuvo hace tres años. Entiendo que toma religiosamente su medicación.

- Religiosamente.

- Perfecto. Tendrá que bajar a la planta primera para una extracción sanguínea, y después seguir las instrucciones que aparecerán en su pantalla para ir a la consulta de psicogeriatría. Los resultados de sus análisis les serán comunicados mediante un aviso mío personal holográfico en cuanto estén disponibles. Muchas gracias, y no olvide que deberá volver en seis meses. Que le vaya bien.


La consulta había durado apenas cinco minutos. Había cumplido escrupulosamente los estándares de calidad; había sido práctica, ágil, exenta de banalidades, de elementos superfluos. Pero no recordaba que le hubiera tocado, ya apenas se tocaba a los pacientes, había sensores, detectores de ondas, capturadores de imágenes y de sonidos. ¡Qué lejos quedaba la Medicina de su consulta del pueblo! La vida se había concentrado en las ciudades; los pueblos se despoblaron a la misma velocidad que las maquinas desplazaron las labores humanas y la Medicina se desplazó con la gente; los médicos de cabecera se extinguieron con sus jubilaciones, se hipertrofiaron unas estructuras que en algún momento descolgaron los carteles de centros de salud, y donde los pacientes peregrinaban de una planta en otra al ritmo de las sacudidas de sus relojes, contentos de que expertos en sus diferentes órganos tomasen las riendas de sus problemas desde el principio, sin filtros ni componendas.


La sociedad aumentó la rigidez de sus controles, temerosa de que su belleza tecnológica se ensuciara con la enfermedad, y los ancianos con su vejez a cuestas, sus pedacitos, los internos y los externos, oxidándose con el agua salada de los años, pasaban gran parte de sus días subiendo y bajando los modernos ascensores de ciencia ficción de las clínicas, profesionales de sus enfermedades, de su decrepitud, yendo de un especialista a otro, con el único entretenimiento de contemplar la vida en el trajín de las salas de espera.


Así que se encaminó al ascensor, con ese arrastrar de los pies que trataba de evitar y que le resultaba tan molesto, dispuesto a cumplir su vida crucis en aquel Gólgota limpio, moderno y sin el más mínimo rastro de la humanidad que había quedado olvidada en algún lugar, y en algún momento, cuando las advertencias dejaron de ser molestas y se convirtieron en un ruido de fondo que ya nadie quiso oír.











lunes, 17 de septiembre de 2018

Jefes

La llamada le había pegado el susto del siglo. Era de esas que te dejan titubeante, dudando entre tomártelo a broma o pegarte un pellizco bien fuerte para que el dolor asegure el estado de vigilia. No conocía suficientemente a la persona que le hablaba al otro lado del teléfono para considerarlo una broma, así que optó por el pellizco, aun a sabiendas de que era difícil que despertara sudoroso y sobresaltado.

Cuando por fin colgó se quedó unos minutos en la cocina, sentado a la mesa en la que ya había dejado preparado platos, tazones y vasos de los niños para adelantar y engrasar un poco las primeras horas del día en una familia tan nutrida como la suya. Su mujer le esperaba en el salón, acostumbrada a las llamadas trasnochadoras, sin darle la mayor importancia al retraso en la reincorporación a la degustación nocturna de la serie que tocaba en esos días.


Pero aquella noche la serie quedó en suspenso porque la realidad había por fin desplazado a la ficción y las dudas llenaron el salón como se llena en uno de los días de cumpleaños familiares, y casi igual de ruidosas y de molestas. Solo que aquel día los invitados no se fueron a sus casas para que los dueños de la casa pudieran por fin conciliar el sueño, y las ventajas y los inconvenientes, las certezas y las dudas, los miedos y las angustias se acostaron con ambos, de modo que apenas cabían en la cama, aunque fuera de un metro sesenta.


Y sentado a los pie de la cama, sonriendo como el abuelo que ve jugar en el parque a sus nietos, con la superioridad del maestro de ajedrez que juega una partida múltiple contra escolares primaria, estaba el maldito sentido del deber, gordo y bien criado como si lo hubieran amamantado con leche condensada, sabiendo que cuando los rayos del sol entraran de nuevo por la ventana y las ojeras del sujeto quedaran perfectamente delineadas, todo aquel palabrerío que había intentado hacerse hueco en la cama de matrimonio se esfumaría como un mal hechizo y él tomaría la mano del sujeto y le marcaría uno tras otro los números de su aceptación.


Todo aquello había ocurrido hacia más de dos años. Había repetido a los cuatro vientos y las ocho tempestades que él era sólo un médico, que era lo que había sido toda su vida; eso sí, un médico con la cabeza llena de ideas, con una visión clara de por qué estaba ahí y hacia dónde quería ir. Había escrito en sus tablas de la ley los mandamientos que le había dictado el sarmiento en llamas de su experiencia, de las personas a las que había conocido por todas partes, de los que aun le faltaban por conocer. Gente brillante, visionaria, revolucionaria, necesaria. Y había jurado que rompería las tablas y se volvería a su consulta si pretendían que se desviara lo más mínimo de esos mandamientos, si olvidaba quien era o quien había sido, o si le obligaban a adorar a un becerro de oro político, un oro falso y bastante sucio. Y todas esas declaraciones de intenciones eran recibidas con sonrisas y hasta con aplausos por sus compañeros, por quienes le había conocido antes de salir en el periódico, y por quienes preferían darle un voto de confianza sólo por que sabían que el día después de recibir esa llamada que al final iba a cambiar su vida, había madrugado para ir a su consulta como cada día.

Pero también había otra clase de sonrisa, y no había tardado demasiado en aprender a distinguirlas, porque la verdad, es una sonrisa hiela la sangre; una sonrisa cínica del engañado demasiadas veces, de quien no ha tenido nunca esperanzas y, mucho más amarga, la de quien ha tenido esperanzas y las ha tenido que tirar por el hueco del retrete una y otra vez. Al principio se sentía incomodo cuando se enfrentaba a esas sonrisas frías, casi muertas. Se sentía incomodo porque veía su propia cara tatuada con ellas en tantas ocasiones. No hay cura para la desesperanza absoluta. Y siempre es duro darse cuenta de que algo es incurable. Luego creyó que se acostumbraría. Y por último aceptó que nunca podría acostumbrarse-


Así que uno y otro día intentaba guiar al pueblo elegido por la península del Sinaí, manteniendo bien visibles en alto los mandamientos grabados en piedra, desplegando una actividad taquicardizante, un frenético sinfín de ideas, planes, proyectos, sueños y alguna realidad que le dejaban agotado en el sillón de su casa a horas a las que los niños transitaban ya por su tercer sueño.


Y sin embargo, más de dos años después de aquella fatídica noche en que dejó a medias un capítulo que aun seguía parado en el mismo punto, se tomaba unos segundos a solas en su despacho para pensar en marcharse, en volver a su consulta, en masticar los problemas de sus pacientes, en ir a visitar a sus ancianas junto a sus mesas camillas, en esperarles en la puerta de la consulta y hacer una broma mientras les da la mano, en dejar a los niños que se cuelguen su fonendo y toqueteen el teclado.  Porque después de más de dos años aun mantenía la capacidad para escuchar a su alrededor, porque no había querido crear esa burbuja de metacrilato donde no llega más que el hilo musical amable y mentiroso de una consulta de dentista, donde todas las sonrisas se deforman para parecer de complacencia. No, él aun vivía en la atmósfera del resto de los humanos; como si hubiera desarrollado sentidos arácnidos de superhéroe podía ver sus caras torciendo el gesto cuando se cruzaban con él, le parecía escuchar cada una de las maldades gratuitas, cada uno de los absurdos inventados susurrados de boca a oído.


Y añoraba su pequeño mundo, su minúsculo reino independiente donde Caín jugaba al tute con Abel mientras se tomaban un chupito de coñac y lo único que se acostaba por las noches entre él y su mujer era la preocupación por algún paciente o las sonrisas por haber hecho un día más el trabajo que le apasiona. Pero una vez más, gordo y sonriendo satisfecho, el sentido del deber le permite divagar brevemente como el padre comprensivo que entiende la rebeldía de su hijo adolescente antes de darle el pescozón que lleva tiempo mereciéndose.


Así que el médico nota el pescozón escociendo en la nuca y de un cabeceo abandona todos esos pensamientos de primera hora de la mañana mientras descuelga el teléfono decidido a seguir andando por el desierto.











lunes, 10 de septiembre de 2018

Caballero sin espada

El médico joven está esperando nervioso, como si fuera a correrse el telón de la Scala de Milán y tuviera la boca reseca. Trata de aparentar tranquilidad, más que nada porque es novato entre primas donas que se desenvuelven entre bambalinas como las estrellas que son en un firmamento que tienen trillado hasta sus últimos rincones. Se les notan los años de experiencia en las posturas relajadas, en las risas que se marcan y en ese aire desenfadado de la nobleza cuando está en palacio. Todo lo contrario de él, que parece claramente el campesino que quiere codearse con los mejores, pero que juega en otra liga.

Todos han sido convocados a la misma hora. Todos llegan un poco tarde, besándose y saludándose como lo hace la gente de bien, intercambiando frases hechas sobre lo sobrecargadas de sus consultas, la locura en la que viven día a día, el despropósito en que todo se esta convirtiendo y el apocalipsis que se adivina detrás de la esquina. Lo habitual, lo mismo que se escuchaba veinte años atrás. El apocalipsis se toma su tiempo, hace bien. El joven es recibido con la condescendencia con la que se permite a las nuevas generaciones asomarse a la mesa de los mayores. Su nerviosismo es negro resaltando sobre el blanco inmaculado de la experiencia de los demás, se percibe a kilómetros de distancia.

Parece que llegar tarde era lo adecuado, porque los trámites previos van con demora, como estaba previsto, como ocurre cada año. Hay un grupo de nuevos residentes escuchando con los ojos bien abiertos y los cerebros echando humo a sus compañeros, anotando las características de cada tutor, de cada centro de salud y consultorio. Es un cónclave al que tiene vetado el acceso cualquiera que no lleve el capelo cardenalicio de residente, una rito de iniciación donde se queman en la hoguera los secretos más inconfesables de aquellos privilegiados que duermen en el Olimpo de los tutores, pero que, como los antiguos dioses, guardan oscuros secretos, debilidades mal disimuladas, defectos que rompen la armonía divina, y que sólo pueden ser transmitidos de boca a oreja en susurros que nunca deberían salir de aquella habitación.

Y mientras se reparten las candidaturas a Papa y a diablo, y a los acólitos de ambos, una pequeña representación de esa hoguera de vanidades tutoriales espera pacientemente que les den el pie para hacer su entrada triunfal ante los temblorosos corderillos, unos pagados de su superioridad, otros tranquilos en la cotidianidad y él, aparentemente sólo él, nervioso ante el tribunal que cree le juzgará inmisericordemente de acuerdo a las leyes oscuras y no escritas por las cuales aquellos jóvenes cachorros eligen tutor.

Y en su nerviosismo, el inexperto candidato empieza a hablar con el más veterano de todos ellos, alguien que ya era papable cuando él era uno de aquellos cachorros electores, y le cuenta el sinfín de ideas que tiene si finalmente es elegido, le cuenta proyectos y sueños, esperanzas y visiones, con el ardor propio de la ingenuidad, con esa pizca de candidez que tiene todo lo revolucionario, mientras el viejo tutor sonríe con la sonrisa que provoca el entusiasmo cuando es sincero, y le deja terminar la verborrea nerviosa, porque si hay algo que te de la edad es el tempo. Así que cuando se extinguen los rescoldos de los fuegos artificiales, con la voz más suave que puede poner y el deseo verdadero de ser lo menos hiriente posible, cabecea y le dice:

- Todo eso está fenomenal, pero al final me elegirán a mi, ¿sabes por qué? Porque yo estoy en la ciudad y tú estás en un pueblo a media hora del hospital.


El médico tarda unos segundo en encajar el crochet a la mandíbula, y en esos segundos en los que se tambalea sobre la lona, se abren las puertas del cónclave, desfilan los cardenales saludando a los esperantes, quienes bromean sobre las pequeñas miserias que esperan hayan quedado en los cajones, mientras se encaminan a la sala. El joven médico aún sonado parece haber recobrado su determinación mientras ocupa su sitio, pero basta un vistazo para darse cuenta de que el último rastro de candidez de su revolución interna se lo ha llevado el recuerdo que ya casi había olvidado del día en que era él quien estaba sentado al otro lado y de todas las razones prácticas, lógicas, sensatas, frías, sin una pizca de romanticismo, sin un atisbo de rebeldía, sin un ápice de hermosa locura, que le habían llevado a él a hacer la elección que hizo en su momento.

Así que escucha a sus compañeros hablar, les oye presentarse, envidia su soltura, la seguridad que les da tener reservado su silla en la mesa de los elegidos, y cuando le toca su turno, aún quiere creer que queda hueco para su entusiasmo, para acoger a algún insurgente con la cabeza llena de pájaros, y suelta su discurso como un James Stewart en Caballero sin espada ante el Senado americano, con tanta vehemencia que al terminar por un instante casi esperaba un público puesto en pie aplaudiendo enfervorizado.

Pero como en los casting de Broadway, los aspirantes son despachados con un amable "ya les llamaremos" y el joven médico se marcha despidiéndose de todo el mundo, recibiendo los buenos deseos de sus compañeros que le desean suerte, como al actor con algo especial al que le falta un buen representante. Y coge su coche esperanzado en recibir una llamada sólo porque está convencido de que aquello podría cambiar su vida, de que ser tutor canalizaría toda esa volcánica energía que siente bajo la piel y que teme pueda ir enfriándose y amalgamándose si no consigue darle una salida.

Así que se va esperando esa llamada. Y cada mañana conduce hacia su pueblo esperando esa llamada porque en algún momento decidió ser optimista y pensar que algún día sonará ese teléfono al fin.

















lunes, 3 de septiembre de 2018

Relaciones tóxicas

Han pasado siete años. Han pasado con ese fluir tan del tiempo que es capaz de volverse invisible, acumulando los días como quien acumula polvo sobre la estantería. Los pasos titubeantes de los primeros días son ahora zancadas enérgicas que recorren los pasillos del centro de salud con un ritmo y una sonoridad que algunos fieles podrían reconocer con los ojos cerrados. En realidad no son algunos fieles, son una legión de entregados incondicionales que besarían por donde discurrieran esos andares majestuosos, de acólitos para los que las palabras de su doctora no es que les de la vida eterna, pero les aporta una sensación de bienestar que para alguno es lo más parecido que han tenido al paraíso terrenal. 

Y eso que como casi siempre, los principios no fueron fáciles, si es que ha habido alguna vez algún médico novato que los haya disfrutado. Las quejas sobre el vaivén de médicas y médicos que apenas habían tenido tiempo de dar forma al foam del sillón de la consulta eras una constante durante los primeros meses. Y no venían solas, sino adecuadamente trufadas de reproches por la juventud de la galena, enfermedad de fácil remedio con el paso del tiempo, y sin faltar a su cita con el clásico prejuicio machista que lo mismo venía de un caballero de bigotito del Movimiento que de una educada señora de chocolate con picatostes con los amigas en la parroquia. 


Pues a todas esas quejas, reproches y dardos machistas les hacía frente la doctora con una cachaza escalofriante fruto de la determinación salvaje por ser médica de cabecera que le perseguía desde la más tierna infancia, y, por qué no decirlo, a un gracejo andaluz de ascendencia materna que le permitía mandar a tomar por culo al más pintado con la misma sonrisa por ambas partes que si le estuviese dando la paz en Misa. 


Siete años ya, repletos hasta los desvanes de errores de novata, pero que cada noche antes de acostarse recolocaba ordenadamente en las estanterías de su germánica cabeza, y limpiando el polvo de todos esos trasteros con una escoba enorme hecha de la mayor de las humildades y rematada con el deseo permanente de mejorar. Así que sí, es verdad, allí había errores de principiante, de concepto, de excesos, de déficits, de bulto, de precisión, de quiero y no puedo y de puedo y puedo un poco más. Sí, seguro que había habido en esos siete años un sinfín de errores, pero al menos aquella casa estaba limpia, aireada, y olía a la fragancia de la ciencia, de la conciencia y del coraje. 


En resumen, llevaba siete años convirtiéndose en una médica de putísima madre. 


Pero como si su vida la hubiera imaginado un Conan Doyle cualquiera, allí, detrás de su puerta, en su sala de espera, había aparecido un buen día de verano su némesis. Y como si el gran Sherlock y Moriarty hubieran revivido en aquella consulta, ambos se sopesaron adivinando en el otro la horma de un zapato demasiado estrecho pero que tenían que calzarse obligatoriamente, la una para trabajar y el otro para acarrear las desgracias a las que le había llevado un páncreas señoritingo incapaz de soportar los morreos que acostumbraba a darle de toda la vida al bote de la leche condensada. 


Si a aquellas consultas se les hubiera podido hacer un montaje con música, hubieran podido ser una fenomenal rapsodia en el que los ritmos se iban entrecruzando en una locura armoniosa de acordes y discordes, te ofrezco simpatía, te devuelvo seriedad, te entrego profesionalismo, te escupo desconfianza, te enseño una sonrisa, y yo a ti un desplante, te muestro calidez, te revelo frialdad. Te enseño mi lado más humano y personal, me convierto en un extraño frío y triste. Me vuelvo distante y seca, te rindes y descubres tus flaquezas, y así una y otra vez en una sinfonía imposible de orquestar, que se sigue tocando por el empeño cabezota y cerril de la médica por no quemar las naves, por no hacer explotar las minas bajo el puente que cubre la retirada de sus tropas. 


Porque ella es una médica de putísima madre y piensa conseguir que semejante se rinda a sus encantos, aunque se dice una y otra vez que no es por cabezonería, que no es egocentrismo ni vanidad, que solo quiere revertir un cachito de la ley de cuidados inversos de Julian Tudor Hart Nuestro Señor, que para eso nos hemos lanzado a pastorear sus discípulos esos rebaños que Él nos dejo y que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas si no nos va la vida en conseguirlo (o al menos intentarlo) el tiempo que nos permita el Instituto Nacional de la Seguridad Social. 


Pero hoy no sabe por qué, cuando ha dejado de escucharse el taconeo que la acompañaba hasta su consulta, cuando se ha puesto la bata y ha mirado la lista que la esperaba sobre la mesa, hoy, que la contemplan siete años de experiencia, de tiras y aflojas, de sonrisas y lágrimas, de pequeñas victorias y grandes fracasos, de pecados capitales y penitencias accidentales, hoy, gira el picaporte de la puerta con una decisión irrevocable en su mente. 

- Pase, por favor. He decidido dejar de ser su médica de cabecera. 





lunes, 27 de agosto de 2018

Rencores

El médico está recostado en el respaldo de su silla, en una de las esquinas de la mesa alargada. Le gustaría estar en cualquier otro sitio. Bueno, no en cualquier otro sitio, en uno donde estuviese sólo, en silencio, y donde pudiera llorar tranquilamente las lágrimas que le apetece llorar sin que nadie le mire pensando que se ha quedado corto en la dosis que toma de antidepresivos. Pero esa entelequia es imposible y por ahora debe conformarse con mantenerse recostado en el respaldo de su silla como si ese pequeño gesto le ofreciera la perspectiva necesaria para contemplar el tercer acto de la tragicomedia en que se estaba convirtiendo esa reunión de amigos.


Pero en realidad, cuanta más perspectiva intentaba conseguir, más dolor sentía, y más deseos le asaltaban de estar en cualquier otro lado. Bueno, no en cualquier otro lado, en la dimensión del silencio y la soledad, en la que las lágrimas son cualquier cosas menos extrañas.


La noche había empezado como empiezan todas esas reuniones, a las que no se invita a los años, aunque los muy cabrones se empeñen en presentarse sin invitación, y encima lo hagan en plan desagradable y maleducado. Pero como ocurre con los invitados desagradables y maleducados, el resto los ignoraba cortesmente y la velada progresaba por los cauces de los recuerdos y las anécdotas, que son cauces tranquilos y hasta bucólicos, y en los que todo el mundo se siente cómodo y seguro.


La comida va buscando su hueco entre las risotadas y las añoranzas, y aunque parezca imposible termina por encontrarlo. Las copas se transmutan del dorado en el rojo sangre, tan apropiado en una reunión de médicos, y en ese trasiego se relajan los músculos de las lenguas y las palabras se atropellan unas a otras, contentas y felices de verse rodeadas por todas partes de risas, que para las palabras son una especie de hermana menor simpática a la que gustan de sacar de ronda.

Cuando se despeja la mesa aparecen los cafés enseñoreándose de los manteles, y las anécdotas y los recuerdos empiezan a agotarse como velas de cumpleaños de un viejo mal sopladas, y quedan despacio arrinconadas por conversaciones en otros tonos, más recios, más duros. La hermana simpática se ha ido a acostar y las palabras sin risas son mucho más ásperas, y a veces hasta tienen bordes afilados que dejan heridas incisas que interesan piel y hasta tejido celular subcutáneo.


Hay copas sobre la mesa. Alcohol que por esconderse entre cubitos de hielo, hierbas, frutas y tónicas, no deja de ser alcohol. Alcohol que ofrece su clásica falacia de claridad mental y lenguas de estopa. Sí, éste sigue siendo un país donde las cenas de amigos deben diluirse en alcohol de quemar neuronas.

Tampoco hacía falta nada para que se desnudaran de precauciones y prudencia ciertas ideas. Este es un grupo de médicos, personas que llevan años con los dedos en el fango de las vidas y las muertes de otros seres, un batiburrillo de especialidades multicromático, una macedonia bastante indigesta de expertos en el ser humano y en cada una de sus partes por separado. Esta es una reunión de aquellos chicos y chicas veinteañeros que se miraban con timidez unos a otros en la guardarropía del hospital donde les entregaban sus uniformes bordados con el Dr o la Dra que hizo sentirse tan orgullosas a sus madres.

Y entonces el veneno empezó a correr como la sangre en una película de Tarantino, sin control y sin medida. Aquellas personas que eran ya incapaces de decir dónde estarían aquellos primeros pijamas, pusieron sobre la mesa un repertorio de acusaciones que manchaba por completo el mantel, desafiando al más potente de los detergentes de anuncio televisivo. Los pacientes eran seres alienígenas incapaces de entender su lenguaje, insensibles a su abnegación y sus desvelos. Todos ellos eran hipócritas, maleducados, zafios, egoístas, malcriados, inconformistas, despreciables, soberbios, orgullosos, mentirosos, vacuos. Unos soberanos tontos del culo.

Los casos particulares iban sumando folios al sumario, uno detrás de otro, de forma inapelable. Cada uno de ellos era jaleado, rodeado de movimientos comprensivos tónico-clónicos de cabeza, acompañado de algún exabrupto celaniano, corroborado por dos o más testigos de casos similares o con matices aún más sanguinarios.


El tribunal supremo de la Medicina, reunido en sesión plenaria, había decidido sacar a pasear a la jauría completa de sus rencores. Y el fallo era unánime, indiscutible e inapelable.


Y aquel médico reclinado sobre el respaldo de su sillón, aquel cobarde que hubiera preferido estar en cualquier otro sitio, bueno, en cualquier otro no, en una cámara de vacío anti gravitatoria donde sus lágrimas se convirtieran en burbujas que flotaran a su alrededor estallando a su albedrío, aquel sujeto se preguntó qué había pasado en todos esos años para que debajo de las alfombras de toda aquella buena gente, todos aquellos jóvenes que se enfrentaban con un cierto temblor en las canillas y en la voz a su primer paciente, debajo de todos esos años de vocación, de trabajo, de preocupaciones, de dolor y de alegría, qué habría pasado para que, despacio, inadvertidamente, como el cansancio que nos cierra los ojos cada noche, se hubiese acumulado tan oscuro y horrendo rencor.













lunes, 20 de agosto de 2018

Un día de furia

La noche anterior, al preparar la mochila, ya podía percibirse que aquella no sería una guardia normal. Sobre la cama se había quedado la maleta repleta de bermudas, polos, camisetas, toallas de playa e intenciones de desconectar, aunque no es ese orden ni tampoco en cantidades proporcionadas. La mochila llevaba lo justo, sobre todo de ánimo. Justo, justito.


Así que la mañana tenía que despertarse con una jaqueca, regalo de los hados por si alguien pensaba que sería fácil rematar la faena. Un puñal sin piedad horadando la órbita derecha con una saña propia de una mafioso resentido. No, resoplando no se iba a solucionar ese primer inconveniente postrero, pero tampoco tenía pinta de que se resolviera con seiscientos cincuenta miligramos de paracetamol, que, no obstante, entraron por el gaznate con los últimos sorbos del café con leche cargado hasta las trancas de cafeína con el que ritualmente el médico buscaba reproducir cada mañana el milagro de Lázaro.


La carretera tenía siempre cierto efecto relajante, pero en esta ocasión se dirigía al noroeste en lugar de hacia el sur, que era hacia donde apuntaba el deseo o la necesidad, así que tampoco ejerció esa labor de gimnasia neuronal que había sido siempre tan eficaz. Al llegar a la consulta, el ordenador escupió un listado casi ofensivo, que dejaba menos huecos libres que en un concierto de Springteen. Los veraneantes se mezclaban con los pacientes de toda la vida, en una macedonia difícil de digerir, de las que provocan reflujos gastroesofágicos incontrolados.


Los segundos son claramente audibles. sobrevuelan las palabras encubriéndolas en demasiadas ocasiones. La empatía se diluye a la velocidad a la que deberían correr las horas; hoy ambas han decidido descoordinarse y dejar de llevarse bien. Pero aunque a veces parezca que el tiempo ha decidido correr al revés, termina rindiéndose a la tiranía del universo lineal y la consulta se acerca a su fin. Mientras el puñal sigue horadando sin piedad el globo ocular, después de haber coqueteado brevemente con el paracetamol, la consulta se cierra. El médico echa un último vistazo asombrándose como siempre de que los objetos no conozcan la añoranza y asistan fríos a su marcha.

El coche no toma el camino del descanso, sino que se dirige a cumplir el último servicio. La enfermera intenta contagiar el ánimo que le viene de fábrica a un tipo huraño al que se le escapan los gruñidos por el latido que le golpea en el ojo. Se suceden uno tras otro los timbrazos, con esa crueldad que parece reservarse el destino de esperar a que el culo se acomode en el sofá para poner en  marcha de nuevo el ritual, que cada vez se acompaña de más juramentos mascullados en antiguo hebreo.


A la quinta dieta blanda astringente que explica, se le nota a punto de añadir arsénico a los condimentos de la limonada alcalina; los llantos de los niños en la camilla parecen multiplicarse en la cabeza como si se hubieran tragado un amplificador Bose, y nota como el buenrrollismo se va oscureciendo como en los malos cuentos de hadas malvadas. Ya no quedan huecos para las carantoñas, las entrevistas se vuelven de una frialdad siberiana al ritmo de sentadillas que siguen marcando sus cuádricpes sentándose y levantándose una y otra vez. Recae en el paracetamol e intenta cerrar los ojos durante la tregua de la cena aunque sea a costa de sacrificar las poco apetecibles bandejas del catering.


Se siente tan cansado que es incapaz de comprender cómo ha llegado hasta esa noche sin haber colapsado en el camino. Las inercias son poderosas y lo mejor es dejarse llevar en la cresta de su ola, porque como adivines el puerto, como le estaba pasando a él aquel día, es posible que te ahogues antes de alcanzar el malecón.

La noche ha sido como todas las de las guardias, de esas que parecen prestadas, de sobresaltos reales e imaginarios, que tanto montan, porque los palos que dan duelen igual en las costillas, y dejan con el mismo insomnio. A la mañana siguiente el Sol parece estar a la distancia de Venus y afinando el olfato hacia el sur, le parece oler las adelfas y el salitre que han empezado a llamarle como las mismísimas sirenas de Ulises, solo que él está dispuesto a tirar por la borda todo el perejil que llevaba tantos meses utilizando para hacer oídos sordos a sus cantos de molicie y pereza.


Al despedirse sonríe cansado a la enfermera y la pide disculpas por haber sido un compañero de fatigas tan horrible. Ella le devuelve la sonrisa, volviendo a resplandecer con su bondad de fábrica. Antes de tomar la ruta a la tierra prometida queda una última visita. Ella es la única razón por la que se va de vacaciones triste, la piedrecita dentro del zapato de su felicidad. Está tan frágil en la cama, de donde ya apenas sale, que al médico se le encoge el alma como sólo saben hacerlo las almas capaces de esponjarse. La besa bromeando para arrancarle una sonrisa que es ya sólo un amago desmayado, una sombra de lo que fue aquella sonrisa que le iluminaba la cara.

Se marcha con la promesa de escribir a diario, intentando tejer una falsa red de seguridad en su familia, la que permiten los móviles y los WhatsApp. Pero se marcha porque ya no puede más, porque no hay quien le eche la zancadilla a ese universo lineal, y él es sólo un médico más que sencillamente, se va de vacaciones.











domingo, 5 de agosto de 2018

Referentes

Aún ahora, después de tantos años, mientras desfilan en silencio a los lados de la carretera los campos de cereales madrugando, mientras las curvas se amoldan al monte y a las encinas, mientras disfruta de esa tranquilidad que parece esconderse siempre tras los primeros rayos del sol, aun ahora, echa de vez en cuando la vista atrás y se recuerda como la joven rockera que no podía dejar de sonreír el día que la recibieron en la unidad docente, el día que conoció a sus compañeros, aquella mañana de nervios e ilusión que aunque parezca una barbaridad, en su imaginario particular de emociones, está casi al nivel del día de su boda, y a menos de un cuerpo de distancia del día que vio por primera vez la carita de sus dos princesas.

Deseaba con tanta fuerza ser médica de familia, había soñado durante tanto tiempo con andurrear por la calles de un pueblo con un maletín de cuero en la mano y el saludo y la sonrisa permanentemente de servicio, había imaginado una y otra vez saborear un mundo de historias, rozar con los dedos otras vidas dejando una mínima huella de cariño, de acompañamiento, de consuelo, había fantaseado tantas y tantas noches de insomnio pre-examen con convertirse en sanadora.

Y la residencia amenazó con defraudarla, pero ella volvía a casa y se ponía su camiseta de Motoröhead, dejaba que Lemmy pusiera el cuello en hiperextesión y soltara en el micro todo el chorro aguardentoso de voz en su As de Picas, prometiéndose driblar todos los obstáculos para que nada le desviara de su objetivo. Seguro que muchos la llamarían cabezona. También es verdad que hay mucho imbécil.

Su tutor la enseñó desde el primer momento a sentir la Medicina por debajo de la piel, una ducha a chorro fresca de humanidad que quedaba lejísimos de todas esas quejas permanentes que escuchaba en cuanto no le quedaba más remedio que oír, de todas esas pirañas que mordisqueaban su pedacito de tarta, de todos esos desencantados de trastabillar desde lo alto de sus columnas.

Su tutor le puso unas gafas para ver la Medicina desde el latido de los corazones de quienes se sentaban a su lado confiados o desconfiados, rotos o eufóricos, derrotados o victoriosos, amados o repudiados. Y le hizo caminar por esa Medicina a paso de tortuga, porque cualquier otra cosa hubiera sido perderse alguno de esos matices increíbles.

Así que aquel hombre se convirtió por derecho propio en el descubrimiento que le cambió la vida, en la figura principal en el altar mayor de sus particulares altares de la Medicina de Cabecera.

Y cuando la película se fundió en negro y las letras The End la sorprendieron, una cabronada parida por unos gallitos cortos de miras llamada precariedad la dejó rezando jaculatorias ante esos altares cada día, cada noche en que volvía de una consulta y otra, una cara tras otra que pasaban como las que se ven fugazmente cuando se cruzan dos trenes, sin que tuviera tiempo para mirarlas bajo la piel con sus gafas de tortuga.

Así que cuando la ofrecieron la oportunidad de dejar de firmar más contratos que autógrafos Lemmy Kilmister en el backstage, y encima para trabajar con jóvenes cachorros, no lo dudó ni un instante, y se dedicó en cuerpo y alma a fabricar más gafas tortugas que Afflelou, aunque se quedara con muchas de ellas en el cajón hasta que se caían de viejas, porque así son las cosas, no todos los ojos toleran esa graduación.

Pero aunque los años pasaron, ni una sola de las noches en que la vida le regalaba una pausa dejaba de pensar ante su altar de la Medicina en la Cabecera en cumplir aquellos viejos deseos de andurrear, de saludar, de consolar, de escuchar historias, de acompañar, de sanar.


Y no fue una decisión fácil. Porque las rutinas a veces requieren divorcios traumáticos de los de tirarse los trastos a la cabeza. Pero ahí estaba, conduciendo despacio mientras el trigo se dejaba mecer, sonriendo a los chavales que cogían el autobús para ir al instituto del pueblo cercano, saludando al cartero que empieza a patear las calles, tomándose un café en el bar de la plaza mientras las vidas se reconocen en la sala de espera de su consulta, con ese afán tempranero de la gente del pueblo.


El aterrizaje no era fácil, cualquiera lo hubiera supuesto. Médica nueva, joven, relevando al médico de toda la vida. La longitudinalidad es extremadamente celosa, y lleva fatal las jubilaciones. Y luego había que aprender a domar a esa fiera de diecisiete pulgadas saturada de iconos, que prometía ayuda eterna pero que encerraba detrás una gravedad de agujero hawkiniano capaz de absorber toda la energía, de tragarse todas las miradas desde detrás de sus gafas de tortuga.

Y aunque ella se resistía, se creía capaz de no perder el oremus, había días como aquel en que la presión le apretaba como si se hubiera puesto una camisa de cuatro talla menos. Y tenía que ir a ver a ese paciente, llevaba días esperándola; sus hijas aceptaban con sonrisas las excusas que les iba dando por teléfono cuando la comía el tiempo. No estaba dispuesta. No había vuelto para dar excusas por teléfono.

La recibieron como si hubiera llamado a su puerta la esperanza. La casa estaba oscura y olía a pena y a agonía. En la cama reconoció a la muerte como sólo saben reconocerla quienes hace tiempo que dejaron de intentar regatearla. De su maletín salieron cachivaches que atraían las miradas de aquellas personas que se repartían alrededor de la cama, de todas menos de su paciente, que mantenía los ojos cerrados, como si no quisiera gastar sus últimas miradas. No, aquello no sería inminente, pero sería, sin duda.

La pena tiene siempre un ramalazo opresivo, que te acompaña hasta la puerta, y se queda allí, junto a las hijas de su paciente, despidiéndola, como una buena anfitriona.

- ¿Quiere tomar un café, doctora?
- No, gracias, tengo que volver a la consulta, he dejado unas cosas por hacer en el ordenador.
- Claro, no se preocupe, otro día. Doctora, ¿usted cree que podríamos llevar a mi padre al curandero del pueblo de al lado?

La médica mira al suelo porque acaba de darse cuenta de que había pisado sus gafas de tortuga, las había dejado hechas añicos, y los cristales le devolvían un reflejo multiplicado por mil de fracaso. Allí, detrás de esas mujeres, tras el quicio de la puerta, esta la pena negra y la médica que siempre quiso ser. Y no lo duda.

- Creo que me tomaré ese café






Ace of Spades, canción contenida en el álbum del mismo nombre, el cuarto de Motörhead, publicado en 1980. Dedicado a una gran médica de cabecera. 






lunes, 30 de julio de 2018

Amigos y nostalgias

El médico no puede evitar una punzada de nostalgia. Le desagrada, como esos aires que le cuentan los pacientes que son incapaces de expulsar después de las comidas, ni aunque se pongan hasta las trancas de Aero-redes. Pero es igual de insistente, y seguramente será mucho más difícil de eliminar que si estuviera en la otra tesitura. Y le desagrada porque debería ser un día completamente feliz. La boda de tu mejor amigo da para comedieta hollywodiana de la Roberts y su sonrisa todo dientes, y para deshacerte bajo el tórrido sol de la estepa reflejado en los adoquines medievales mientras caminas hacia el ayuntamiento con tu mujer jurando en griego bamboleándose desde los tacones sobre el empedrado.

Las bodas de los amigos han consumido gran parte de la juventud del médico. Aparecieron en su vida al estilo tsunami, afortunadamente coincidiendo con el estrecho desahogo económico que concedía el sueldo de un residente. Eran tiempos de iglesias y juzgados, de parrandas exuberantes y descontroladas, con una tendencia preocupante a finalizar en estados cuasi catatónicos, y desde luego, muy alejados de ese recto proceder con que terminaban las instancias en los viejos tiempos. Los años de la residencia están trufados de historias de bodas, tan repletos de anécdotas de chaqués y vestidos blancos, de tunas y Paquitos chocolateros, como lo están de sucedidos de guardias de urgencias.


Así que mientras el médico siente cómo las axilas empiezan a inundarse bajo la chaqueta y los cuarenta grados a la sombra, la punzada nostálgica aprieta en epigastrio insistente, y aunque disimuladamente hace amago de eructar, no consigue que se esfume.

Entonces inevitablemente la cabeza entra en ese modo matemático tan cabrón que le permite calcular en décimas segundos los años que hace que se acabó aquella aventura, y cuando la cosa pasa del número veinte, el médico se caga en el tanguista que lleva toda la vida clavándosela diciéndole que eso no es nada. Los cojones. Es muchísimo.


Las bodas de los cincuentones son casi todas segundas o terceras oportunidades, copas de champán por el guiño amable de la fortuna, regadas con dos o tres gotitas de amargor porque la vida no haya destapado el frasco de las esencias esos jodidos veinte años antes. Las caras conocidas se meten en ese baile caprichoso en el que siguen ahí todos los rasgos de la juventud que conocimos, mientras el tiempo parece haberse comportado como un niño consentido, clemente aquí y despiadado allá, repartiendo flacideces, arrugas, canas, barrigas, papadas y calvas en asimétrico desorden.


Las vidas que se encuentran se reconocen en los pasados y los presentes, en un despelote en que se cuelan hijos y trabajos, jefes y enfermedades, las propias y las ajenas, los que nunca estuvieron y los que se fueron y dejaron un hueco mayor que un cráter lunar. Una médica de familia de la ciudad, completamente urbanizada, otro de pueblo, feliz en su ruralidad, otra que se deja los riñones en la urgencia del hospital, un digestólogo que se cayó de bruces al lado oscuro de la privada cuando dejó de creer que podría cambiar lo que apestaba a su alrededor, un otorrino que reparte cera a diestro y siniestro como si fuera Jackie Chan en una reunión del hampa en HongKong, y un intensivista que se deja la vida en dos UCIs para poder cumplir el sueño de su hijo de ser médico. Seis historias diferentes pero con troncalidad, seis vidas veinte años después que miran con cierta envidia, qué leches, con una envidia feroz y muy muy insana a la mesa de ocho o diez jóvenes de aquellos que mezclarán las anécdotas de la puerta con las del último baile trastabillado en el alegre sopor del séptimo gin-tonic.

Definitivamente, las bodas a los cincuenta no son lo que fueron. Bueno, en resumidas cuentas, tampoco nosotros lo somos, piensa el médico, mientras se toma unas sales de frutas y
por fin consigue eructar y tragarse esa dichosa bola de la nostalgia.


Dedicado a mi grandísimo amigo/hermano Enrique, que ha tenido las santas narices de provocarme todo este revoltijo de sentimientos, de alegría y nostalgia, y todo ello desde su más absoluta y completa felicidad. Suerte, amigo. 








miércoles, 25 de julio de 2018

Solo quiere verle

Ella tiene en las entrañas un monstruo empeñado en devorarla, un grandísimo hijo de puta que pretende llevársela por delante. Y lo hará, lo hará más tarde o más temprano. Aunque le costará, porque ella es fuerte como una roca y no han pasado por encima ochenta y nueve años, dos visitas a la UCI, una cicatriz en medio del esternón, un par de válvulas mecánicas y medio kilo de pastillas diarias para dejarse forzar la mano así como así.


Ir a la consulta  había sido siempre para ella un grano en el culo. No es que tuviera nada contra el médico, es capaz de recitar sin equivocarse los nombres de los cuatro o cinco que ha habido en los años en que se recuerda que hubiera médico en el pueblo, y de todos ellos guarda un recuerdo agradable. Pero en general los médicos cuanto más lejos de ella mejor. Bastante los ha tenido danzando a su alrededor con sus batas y sus pijamas verdes, azules, blancos, de todos los pelajes, jóvenes con todo por hacer, otros con la experiencia en forma de otros más jóvenes revoloteando junto a ellos, y algunos deseando pasear por la playa dedicados a escribir sus memorias o a cuidar a sus nietos.


Sí, ha visto demasiados. Así que las visitas a su médico de cabecera cada año se cuentan con los dedos de una mano y sobran un par de ellos. El le trata bien, sale a recibirla a la puerta, le ayuda a sentarse dándole la mano, a su lado, algo que al principio le extrañó bastante, pero que con el tiempo terminó por gustarle. Se sientan codo con codo y charlan, sobre cómo se encuentra, habla sobre la familia, las cosas del pueblo, intercalando hábilmente las preguntas que ella sabe que él quiere intercalar: se te hinchan las piernas, te fatigas cuando subes la cuesta desde la panadería hasta tu casa. Ella contesta con paciencia y aunque siempre rezongando, acepta hacerse su analítica anual, la que tranquiliza a sus hijas y la conciencia del médico.


Pero aquella primavera la vida le pesaba como una losa de mármol, las piernas eran tan graníticas como esa losa sobre el pecho, y el ánimo apenas le daba para quitarse las legañas por la mañana y calentarse la leche. El médico se sorprendió de verla con su hija frente a la puerta, e hizo alguna de sus bromas capaces de relajar las salas de espera más densas. Cuando le llegó su turno, su hija le ayudó a ponerse de pie, pero ella se agarró al brazo del médico para sentarse en la silla junto a él, como siempre hacía. Fue su hija la que habló de su tristeza, de cómo se había esfumado ese remolino incontrolable que había sido su madre, habló de sus sospechas de depresión, de que quizás una pequeña ayuda en forma de pastillita matutina devolviera las cosas a su ser.


Ella permanecía callada allí, junto al médico, que la miraba como si quisiera volverla del revés, más allá de su silencio, más allá de su cicatriz de esternotomía y de sus clicks valvulares, más allá de sus ojos acuosos, de los casi noventa años que cincelan su rostro. La pastilla queda aplazada al veredicto de una analítica que empezó a descubrir a la bestia que hasta entonces se había limitado a crecer enjaulada y oculta como la gran cabrona que es.


Y una vez que da el primer rugido, lo complicado es mantener a raya al ejército almas que con la mejor de las intenciones pretenden cercarlo, acojonarlo, hacerlo huir, aún a sabiendas de que está agarrado con uñas y dientes a su presa, y que no piensa dejarla como si tal cosa. Pero ella no soporta los hospitales, no quiere ver a ningún médico que no sea el suyo, así que pide tregua y vuelve a su casa porque es su cama, su sillón, su patio.

Y solo quiere sentirse cuidada, solo quiere poder contarle a su médico cómo el dolor es un puño en la boca del estómago retorciéndola las entrañas, cómo las piernas le tiemblan cuando quiere levantarse del sillón, solo quiere sentir que sigue siendo importante para alguien, que ahí fuera hay alguien pendiente de si se le hinchan las piernas, de si ha comido, de si ha cagado, de si se ha animado a bajar andando hasta el banco del final de la calle o de si ese puño cabrón bajo las costillas no la ha dejado ni hinchar el pecho a gusto en toda la noche.


Porque eso es todo lo que ella quiere, a sus ochenta y nueve años, ella sólo quiere verle.









lunes, 16 de julio de 2018

Como un pato en el Manzanares

De vez en cuando la vida pega una de sus cabriolas y de golpe y porrazo decide llevarnos veinte años atrás en el tiempo. Yo no puedo dejar de pensar que lo hace para burlarse de nosotros, esos seres insignificantes que se sienten tan importantes durante ese breve parpadeo que son nuestras existencias en el devenir infinito del tiempo.

Me siento muy extraño en el hospital. Se me antoja enorme, una bestia dispuesta a devorarme. Mi mujer y yo nos vamos haciendo pequeños cuando nos acercamos a la puerta principal, ella con una carpeta de plástico en la mano, con ese orden tan alemán que le da un encanto exasperante; yo con un pequeño maletín con un libro, un pijama, y cuatro cosas de aseo, como si fuéramos proscritos obligados a escapar en plena noche.

Hace sólo veinte años me movía por allí como si lo hubieran construido para mi. Veinte años no es nada, miente el tango. Veinte años marean de tanto como son. Me quedo en un segundo plano mientras ella coloca sus papeles sobre el mostrador y el ordenador escupe etiquetas con su nombre y apellidos y como la recepcionista de un hotel, la administrativa de admisión hace un gesto a la celadora que espera tras el mostrador para que nos acompañe a nuestra habitación. La seguimos obedientes, acompasando nuestro paso al suyo, corto y cansado, más cerca de las playas de Benidorm que de la vida laboral.

Cuando llegamos a la habitación, nos quedamos los dos mirándonos en silencio sin saber muy bien que hacer. Es una habitación pequeña, individual, en la zona de maternidad. Se amontonan los recuerdos dentro de las cunas que hay en cada una de las habitaciones, la nuestra girada hacia la zona común de baño que comparte con la habitación contigua. Volvemos a mirarnos sin poder evitar la nostalgia, la reconozco perfectamente en sus ojos, como se que ella puede reconocerla en los míos. Es una nostalgia instintiva e inmediata, a la que le cuesta disolverse incluso cuando la espantamos con los manotazos de la razón y el tiempo.


Enseguida entran una auxiliar que deja el camisón de lunares sobre la cama. Veinte años no es nada para la ropa de noche. Nos reímos de la atemporalidad del atrezzo, las mismas sábanas con la franja azul, la misma manta blanca y áspera, el mismo sillón de tortura. Prefiere ponerse su pijama para esa primera noche. Al poco tiempo entra una enfermera. Es joven, pero se la nota la soltura de llevar ya algún tiempo en el mismo lugar trabajando. Trae sus aparatos en un carrito y cuando empieza su retahíla de instrucciones, mi mujer la interrumpe, se presenta y la pregunta su nombre. La enfermera se queda como aturdida y dice su nombre con timidez, para reanudar enseguida su guión aprendido.


Cuando se va, sonrío porque en realidad me ha gustado la pequeña lección de enfermera añosa que le ha dado mi mujer a la joven. Unos minutos después una auxiliar nos trae dos pastillas con la orden de tomárselas antes de dormir. Lo de para qué sirven y qué te pueden provocar se ve que se da por descontado, en mi chiringuito se hace lo que yo digo y sin rechistar. No puedo evitar pensar en la confianza ciega que deben traer de casa los pacientes.


La noche se hace corta porque los ritmos del hospital son circadianos y molestos, y porque para descansar es mejor un resort del Caribe, qué duda cabe. Las legañas matutinas se las devora el estrés que te provoca ver venir a los celadores a llevarse la cama al quirófano. Somos una triste comitiva siguiéndola. No hay nadie que no se vea frágil y desvalida en una cama de hospital empujada por los pasillos, tapada hasta el cuello con las sábanas blancas logueadas. Las puertas que separan el área quirúrgica tiene sabor a programa de la televisión, de esos que desapareces entre humo y con fanfarrias, solo que aquí mucho más pueril y simplón. Nos quedamos esperando allí, ante las puertas, con otros familiares igual de angustiados y de perdidos, hasta que sale una enfermera con un pijama azul que va nombrando uno por uno a los premiados, nos dice su nombre, recoge nuestros nuestros números de teléfono y nos anuncia las horas en las que se dejará caer por la sala de espera con las últimas noticias de aquel mundo de sabios, de cuchillos y sangre, de dormir hasta casi la muerte y de resucitaciones y de vida.


Durante la espera me he encontrado a un par de pacientes de mis pueblos. Se asombran de verme allí, desubicado y torpe, como si pensaran que esas cosas de las enfermedades no deberán tocar a su médico de cabecera, ni a su familia, como si estuviera dilapidando un crédito concedido por el Ministerio de Sanidad. Me dejan esperando con sus mejores deseos de que todo siga el buen rumbo, y  espero pacientemente a que la enfermera con su uniforme azul con las letras "quirófano" recorriéndola de arriba a abajo, me diga el minuto de juego en el que está el partido, y al menos un apunte sobre si estamos encerrados en nuestro área o dominamos tranquilamente el partido.


La espera la interrumpe el nombre de mi mujer resonando en los altavoces, y las prisas con las que nos acercamos al mostrador. Nos mandan otra vez a la puerta de fama, y allí el cirujano nos sonríe con una sonrisa bálsamo bebé que provoca suspiros y sonrisas contagiosas. Luego unas horas que se hacen de ciento veinte minutos porque ya sólo piensas en volver a verla y acariciarla la cara y hacerle la estúpida pregunta de cómo estás, pues rajada y jodida, como es lógico, pero es que en esos momentos ningún ser humano está para ponerse shakesperiano.


Y aunque te has prometido a ti mismo no usar ninguno de tus contactos, no puedes evitar dudar cuando ves que el reloj sigue corriendo como si fuera el conejito de Duracell, y harto de estar tan harto y tan nervioso, haces un par de llamadas para que al fin le coloquen un teléfono junto a la cara y diga tres o cuatro palabras, suficientes para respirar con el máximo de capacidad pulmonar.


Y vuelves a pensar en qué diferente es ver la corrida de toros desde la arena, con el morlaco echándote el aliento y los cuernos apuntándote a la barriga. Definitivamente, veinte años son muchos, los suficientes para sentirme completamente extraño.


Gracias a cada una y cada uno de los excelentes profesionales de todas las categorías que de un modo u otro nos han atendido estos días, e intentan hacer lo mejor posible su trabajo en lo que para mi es uno de los ambientes más hostiles posibles hacia el ser humano. Gracias por llenar ese ambiente de humanidad. Es"fácil" ser muy humano en una consulta de Atención Primaria, no lo es tanto serlo en un hospital. Así que gracias. 































lunes, 9 de julio de 2018

Ídolos con pies de barro

Mario lleva toda la semana pensando en la consulta de hoy. Toda la semana. Esta última noche ha sido terrible: ha descansado muy poco, nunca pensó que le ocurriría pero la mente humana es extraña.  Y ahora, después de haberse despejado con una ducha más fría de lo normal, después de haber saludado un poco más serio de lo que en él es habitual a la gente con la que comparte la sala de espera, de haber contestado al interés por su madre con apenas unas frases escuetas, agradece el silencio que se ha hecho en torno a él. Es lo que tiene mostrarse antipático: que te ofrece espacio para pensar.


La puerta de la consulta se abre. Reconoce enseguida a una vecina de las que sólo sabe llamarle en diminutivo, como si aun fuera a comprar cromos al kiosko de la esquina. Sale sonriendo e intercambiando frases con el médico, como si se conocieran de toda la vida, conociéndose de toda la vida. Es una figura atemporal, Quizás no tanto, pero para empaparle de temporalidad hay que hacer inevitablemente un esfuerzo, porque forma tanta parte del barrio como la plaza del mercado o el parque infantil. Claro que cambian de aspecto, pero nadie parece advertirlo.


Pero el día le empujaba al análisis, y se lanzaba a él sin dudas, estaba dispuesto a sacar el bisturí y diseccionar. Sigue siento alto, imponente con su bata blanca siempre abierta y recogida tras las manos en los bolsillos, como si fuera la capa de un superhéroe. Y sigue teniendo exactamente la misma sonrisa que un superhéroe, la de quien te rescata de tus miedos, la de alguien a quien apetece dar la mano para atravesar un huracán.

Sonríe a todos los que esperan y le bastan dos frases que se ajustan a la perfección en el delicado intríngulis de los nervios, las  ansiedades y los cansancios de la sala, y que, como si hubiera terminado un puzzle de cinco mil piezas, provocan el mismo efecto relajarte y falsamente placentero. Entregado a su análisis pormenorizado, advierte esa capacidad de hacer que todo fluya, esa tranquilidad que sabe que es capaz de regalar a su alrededor con dos sonrisas, una palmada en la espalda o poniendo sus dedos índice y corazón sobre el pulso radial de un enfermo angustiado.

Y recuerda cuántas veces tocó el timbre de la puerta de la casa de su abuela cuando la carne de su abuelo abandonaba los huesos de su cara para convertirle muy despacio en su máscara mortuoria, y él lloraba, pequeño y asustado, escondido detrás de las piernas de su madre. Y encontraba siempre el momento de revolverle esa maraña de pelo rojo que entonces era imposible que lograra peinarse, mientras las mujeres de su casa se quedaban detrás de él despidiéndole entre agradecimientos y lágrimas.


Y tampoco consigue olvidar el tiempo que pasó consolándoles cuando su mujer perdió su primer niño cuando empezaba a apuntar barriga y ya habían pensado nombres de niña y de niño, sin importarle cuánta gente había detrás de la puerta removiéndose intranquilos en esa misma sala de espera en la que no paraban de asaltarle los recuerdos.

Hay dos tipos trajeados en una esquina, en un lugar estratégico donde son invisibles y tremendamente visibles. Tienen maletines negros y ese aire de suficiencia, de quienes se sienten por encima de pacientes, del vulgo en general. Como si dispusieran de un pase vip. La siguiente vez que se abre la puerta se aseguran de que han sido vistos. Los pases vip funcionan y disculpándose muy amablemente y asegurándoles a todos que será sólo un minuto, son absorbidos por la consulta, provocando apenas un leve murmullo de incomodidad.

En pocos minutos salen entre apretones de manos y se marchan de nuevo con disculpas, reanudándose el desfile de pacientes entrando y saliendo como si nada hubiera ocurrido. Él es el siguiente. No puede dejar de pensar en el artículo que ha leído en el periódico. Habla de cientos de millones anuales gastados en los médicos. No dice en cuales, no dice dónde, no sabe si una parte ha llegado hasta esa puerta que cuando se abra, le dará paso por fin a él. Lleva todos esos días releyendo en su memoria cada línea que le explica algunas cosa en las que nunca creyó que iba a pensar.

Hoy iba a recoger la medicación para su madre. Las pastillas nuevas para el dolor que empezó a probar hace cuatro semanas la dejan adormilada, pasa las mañanas en un constante mareo, le cuesta pensar y a veces parece balbucear como si su cerebro se estuviese convirtiendo en papilla. Tiene menos dolores, pero Mario duda de si el precio a pagar no sería excesivo. Y ahora, antes de pasar a la consulta,  ya no puede dejar de pensar sobre si aún queda dentro de él sitio para el respeto.













lunes, 2 de julio de 2018

Cuidados inversos

El médico llega pronto al centro de salud. Es una costumbre heredada de la disciplina militar que ha vivido en su casa. Se presenta a una administrativa que tiene sujeto entre el hombro y la oreja un teléfono. Dice su nombre y apellidos y ve como toma nota en un papel y entre dos frases apresuradas, le indica con la cabeza el pasillo que conduce a la cocina y el estar. Él está acostumbrado, ha conocido en ese verano ya varias cocinas, y se prepara para la ronda de presentaciones, en el mejor de los casos, saludos corteses y un sinfín de nombres que será incapaz de retener, y en el peor, miradas breves y gestos hoscos que ya ha aprendido a ignorar. Al final todas estas cosas se aprender rápido.


En esta ocasión hay café caliente y una mujer entrada en años, vestida con un uniforme color Guantánamo, con un desparpajo y una verborrea capaz de generar por sí solos un ambiente hogareño en esa cocina despersonalizada, que poniéndole delante una vaso de cristal y metiendo una jarra de leche en el microondas, le da pocas opciones a negarse al redesayuno, pero le arranca la primera sonrisa de gratitud del día. El es un tipo alegre y optimista, pero ese deambular de un sitio a otro, esas presentaciones con sorpresa final, y esa angustia de la consulta desconocida sin duda le están pasando factura.


Poco a poco se van incorporando personajes al sainete. La primera, la administrativa que apuntó su nombre, que le informa de su exitosa alta en el sistema. Veremos. La experiencia le ha ido enseñando que las zancadillas de la tecnología tienen más probabilidades de dejarle con el culo al aire que cualquier otra cosa. Mientras termina su café, le pide que le indique dónde está su consulta; le gusta estar allí un buen rato antes de empezar la batalla: abrir el ordenador, leer el listado de los nombres, familiarizarse con el mobiliario, con los bártulos que se repiten de una en otra, y con los que le sorprenden e incluso, como le ha ocurrido en alguna ocasión, con los que le perturban.


La administrativa le mira asombrada; falta aún un buen rato para que hagan acto de presencia sus compañeros, que aun deberán pasar por la cocina y el ritual cafetero de la mañana, sin olvidar la cohorte de trajeados que han ido tomado posiciones en las sillas de espera que hay justo a la entrada del centro, con sus carpetas preparadas, sus folletos y sus bolígrafos esperando encontrar su lugar en los bolsillos de las batas. Él no lleva bata y prefiere no perder ahí su tiempo. Las dos afirmaciones le conceden la primera mirada rara del día. Está acostumbrado a sentirse vegetariano en una feria del jamón serrano.


Entran un par de enfermeras charlando animadamente. Le regalan una sonrisa amable y sus nombres; el médico les hace el mismo regalo y se promete a sí mismo retenerlos en su memoria al menos aquella mañana. Una de ellas es su compañera de cupo, ella misma le da el dato, justo cuando se disponía a hacerlo la administrativa. El médico le pregunta si hay algún paciente en el cupo que esté muy mal y haya que ir a visitarlo a su casa. A la enfermera la pregunta le ha sonado a chino mandarín por lo inesperada, pero es obvio que le gusta, porque la sonrisa se amplía y mientras se sirve su café de rigor, le cuenta que hay dos pacientes ancianos que lo están pasando mal en los últimos meses, desde que a ambos se les diagnosticaron un par de cánceres cabrones de los que se ceban en personas tan mayores, a sabiendas de que encontrarán la batalla casi ganada sin resistencia. El calor y las pastillas que se toman para aliviar los mordiscos interiores les están pasando factura, y aunque el margen de actuación está lejos de ser grande, las visitas de su enfermera y su médico les ofrecen consuelo, les permiten dar rienda suelta a sus quejas y cuitas, y son árnica del bueno para los dolores del cuerpo y de lo que no es el cuerpo.


El joven médico le pide a la enfermera que encuentre un hueco para ir juntos a verles, pero ella, riendo, menea la cabeza con la misma condescendencia que una madre a la que su hijo pequeño le ha pedido que le lleve a Disneyworld. No tendrás tiempo, le advierte. Una vez que empieces la consulta, no podráss mover el culo del asiento hasta que tengas que irte. El niega con la cabeza, tan obstinado como el niño empeñado en ir a Disney, y vuelve a pedirle que le avise en cuanto está disponible. Durante la conversación han ido llegando más miembros del equipo, todos con sus batas, casi todos saludando brevemente, diciendo sus nombres e interesándose por dónde va a estar o cuántos días se quedará. Él abrevia ya los saludos y disculpándose, se dirige a su consulta.


Pasa como un rayo junto al grupo de trajeados, que están en animada cháchara con tres o cuatro sujetos con batas blancas que miran con interés seguramente fingido los brillantes colores de los folletos, mientras acumulan bolígrafos en los bolsillos y se van cambiando de puesto como si fueran curiosos en la plaza del mercado. Los trajeados le lanzan las mismas miradas que los defensas centrales cuando se les escapa Messi, y miran a la administrativa como pidiéndole fuera de juego, pero ella, como si fuera un mal árbitro, les hace el gesto con la cabeza de que sigan jugando, y aunque a alguno seguro que le apetecería hacerle una buena falta con los tacos de la bota por delante, lo dejan correr, desechando el esfuerzo inútil, y concentrándose en el más sencillo y útil que tienen entre manos.


Cuando el médico llega a la consulta ya hay gente en la puerta. Le miran con ese fastidio con el que se mira al usurpador que ya reconoce tan bien. Aprovecha para imprimir rápidamente su listado y plantarse en la puerta a recitar nombres, saltándose el reconocimiento del campo de batalla que tanto le gusta. La consulta empieza con dos o tres partes de baja. Sabe que no va a conseguir gran cosa, pero no puede evitar un leve sondeo, que es resuelto con frases breves que se traducen de inmediato en su cabeza con un "a usted qué le importa". Luego empieza a llegar la cofradía de los colesteroles, análisis impresos como octavillas de propaganda de la dictadura del miedo. Se intercala algún enfermo, lo que parece convertirse casi en una sorpresa agradable, si no fuera porque la mayoría de ellos se sabe de sobra la fórmula de la limonada alcalina y que si tiene fiebre es mejor que tomen paracetamol. Son veteranos en esas lides, incapaces de retener en algún recoveco de la memoria los cuidados que les han enseñado una y otra vez, una temporada tras otra. Muchos de ellos, en busca del papel que acalle el furor opresor del jefe sobre la clase obrera.


Pasan los pacientes, los dolores de años de cartílagos rozándose entre sí en busca de remedios milagrosos, las narices moqueando a chorro por culpa de las arizónicas, o la flor del olivo, o vaya usted a saber, las peticiones de acudir al paraíso donde están las respuestas a todos los males, ese que empieza con H, donde sí les podrán pedir esa resonancia que la injusticia les niega. El joven médico se resiste al pesimismo, sabe que esa no es más que la realidad vista a travéss del cristal grotesco de su suplencia, pero pasan las horas, tiene el culo pegado a la formica, y no ha sido capaz de encontrar la aguja del valor de su Medicina en el pajar de tanta inutilidad.


Así que cuando la enfermera asoma la cabeza por la puerta con un gesto divertido y le espeta en plan irónico que está lista para ir a hacer aquellas dos visitas de las que hablaron durante el lejanísimo café, el joven médico despacha a la anciana preocupada por la sequedad de sus ojos en ese verano de cuarenta grados a la sombra y disculpándose educadamente con el resto de los pacientes de la sala de espera, les informa de que debe acudir sin falta a ver a un paciente en su domicilio, pero que a su vuelta atenderá a todos los que lo necesiten con sumo gusto, y cogiendo su maletín como si fuera el jodido cesto de las chufas, echa a andar tras la sorprendida y sonriente enfermera.



Dedicado a Julian Tudor Hart, a su Ley de Cuidados Inversos que cada día de mi vida me hace reflexionar sobre mi trabajo y me obliga a actuar para no olvidarme del médico que quiero ser. Gracias.