lunes, 3 de diciembre de 2018

Huelga en Primaria

La médica está en la puerta del centro de salud con la bata puesta, sujetando un cartulina por encima de su cabeza, que estuvo preparando la tarde anterior con la inestimable ayuda de su pequeña de cuatro años, que acabó con las manos como el muestrario de una tienda de pinturas. A ambas les pareció el mejor momento del fin de semana, y a la médica le despejó los nubarrones grises que se habían hecho fuertes en su cabeza y que amenazaban con volverse del negro más pesimista.

Así había sido el fin de semana; un par de noches pasadas en la cama en constantes rotaciones derecha-izquierda, izquierda-derecha, en una absoluta incapacidad para dejar la mente en blanco ni un minuto, el que hubiera necesitado para enganchar el sueño que debería encargarse de alejar cansancios y malos rollos. Un par de madrugones dándole caña a la Nespresso, luciendo ojeras de segunda imaginaria. Un par de paseos con la niña por el parque con la mirada distraída en los montones de hojas amarillentas, mojadas, medio podridas, que la pequeña pisoteaba encantada de haber conocido al otoño, y que no terminaban de arrancar en ella las sonrisas con las que siempre acompañaba cada uno de los instantes que pasaba con la pequeña princesa. Un par de charlas con su pareja abortadas por las respuestas monosilábicas y las palpable ausencia de su mente de las conversaciones.

Había sido sin duda un fin de semana raro.

Y ahora está allí gritando con el resto de sus compañeras, algunas de ellas con silbatos que zumban en los oídos como aguijones, otras dejándose las cuerdas vocales en unos eslóganes pegadizos con rimas facilonas que a fuerza de repetirlos parecen tener su propio ritmo.


Es la primera vez que se pone en huelga. Ella se había calificado siempre como la estudiante invisible. Estaba segura que a sus profesores les costaría ponerle cara. Y puede que incluso hasta a sus compañeros de clase. Había caminado siempre por el lado correcto de la calle, o al menos esa había sido siempre su impresión, desarrollando una rara habilidad para esquivar los conflictos, que seguramente muchos etiquetarían de cobardía, y ella prefería considerar un instinto de conservación.

Desde pequeña se había considerado frágil, sin tener una razón objetiva. Simplemente, se había adjudicado ese papel. Y una vez leído el libreto de su vida y siendo consciente del reparto de papeles, incluidos los personajes principales, pues se había entregado a su personaje, evitando todas las posibles amenazas a su presunta fragilidad. Así que ni movimientos estudiantiles, ni reuniones políticas, ni amigos alternativos, vamos, ni un grupo pastoral de la parroquia siquiera. Nada. Una cómoda atonía, una sinfonía de grises con una prima de riesgo en valores negativos. Tan a gusto.

Ella también lleva un silbato al cuello. De vez en cuando se lo lleva a la boca y se deja tres cuartos de pulmón en una espiración forzada revienta-tímpanos. Lleva el fonendo al cuello y la bata recién lavada porque hay fotógrafos de la prensa sacando fotos y es consciente de que cada profesión tiene su liturgia, así que cuando ve que la enchufan con los objetivos, vuelve a subir la pancarta y a desgañitarse con los eslóganes como si fuera una profesional de los piquetes del mayo francés.


Durante la residencia descubrió que llevaba una vida representado el papel equivocado. Nadie puede ser frágil cuando lleva veinticuatro horas encerrada en un zulo sin ventanas viendo enfermo tras enfermo con un bocata comido a toda prisa y una hora y media derrumbada en una cama con las sábanas sudadas. Así que fue como si poco a poco su invisibilidad fuera cediendo el paso a una conciencia palpable, corpórea, que le hacía percibir la realidad a su alrededor sin ese miedo a hacerse daño, convirtiéndolo todo en una vida mucho más real, pero también mucho más dolorosa. Lógico.


Sí, vivió cosas que hubiera deseado cambiar, sintió en su pellejo injusticias que antes la esquivaban y que hasta entonces pensaba que la quebrarían, pero que tuvo que afrontar, aprendiendo a convivir con las cicatrices. Pero estaba rodeada de conformismo, de un conformismo que llevaba dentro ropa interior de miedo, y ella no sabía cómo se podía luchar contra aquel monstruo. Así que tragó quina y tiró para delante, aunque guardó dentro una semilla de rabia y mala leche que estaba segura despertaría algún día.


Su pareja trabaja para una gran empresa. Se le ocurrió la brillante idea de cumplir su sueño de ser arquitecto. Ahora tiene que darse de alta de autónomo para que le contraten. Trabaja ocho horas diarias aunque le pagan solo cuatro. Es una mierda de contrato, pero es lo único que ha podido encontrar en un mercado que ha devorado promociones y promociones de tipos imaginativos, genios del dibujo, auténticos artistas. Ella le ve sobre su mesa dejándose las pestañas y le envuelve una ternura que debe reprimir para no levantarse y abrazarle. La huelga les va a apretar las clavijas a base de bien. Cuando ella sacó el tema, el se limitó a sonreír y a apretarse una agujero más el cinturón, una  pequeña broma que quería zanjar la cuestión y arrastrar cualquier duda que ella tuviera.


Así que mientras vuelve a ponerse el silbato en la boca, le viene a la cabeza que la nómina siguiente traerá un mordisco del calibre de un tiburón blanco, y que los reyes magos ese año van a venir con unos camellos muy aliviados de peso.

Lleva dos años en el centro de salud que tiene a su espalda. Llegó después de tres años firmando más contratos que Julio Iglesias en sus buenos tiempos. Cuando pasó de los cincuenta dejó de ordenarlos y simplemente los almacenaba en el trastero con toda la desgana del mundo. Una baja maternal le dio la alternativa y la conversión en una excelencia temporal le ofreció saborear las mieles de la longitudinalidad y adquirir conciencia de pertenencia a un sitio, algo que pensaba que no le ocurriría jamás.

Y aquella semilla de descontento, esa rabia contra la injusticia que había conservado en el invernadero de su pecho, empezó a echar brotes alimentándose de consultas repletas, de días de ir a trabajar después de una noche de vomitona, temblándole las piernas, de atender pacientes que nunca había visto, cinco de una compañera, otros cinco de otra, cinco más de una tercera, de contestar al teléfono para descubrir que en la puerta le esperan dos pacientes que no podían esperar ni un segundo más y que revolucionan al resto de los sufridos esperantes. Esa semilla fue creciendo a base de circulares de los jefes pidiéndoles poner en marcha tal o cual plan que queda precioso en las noticias de las tres, fue transformándose en un árbol a costa de irse a buscar a su niña a las cuatro de la tarde, comiéndose un bocadillo a toda prisa en el coche, mientras recordaba que no había tenido tiempo para ir a casa a esa anciana que lleva queriendo ir a ver una semana sin encontrar el momento.

Así que allí, en la puerta del centro de salud, con la bata y el fonendo identificatorios, el silbato amenazando colgado al cuello y la pancarta de colores hacia el cielo, allí está ella dispuesta a dejarse la piel en su primera huelga, aprendiendo a pelear, y feliz de poder hacerlo.

Dedicado a todas y todos los compañeros en huelga en Cataluña, en Andalucía, y a los y las residentes del 12 de Octubre de Madrid, gente capaz de pelear por lo que es justo, capaces de cambiar las cosas porque son lo suficientemente valientes como para intentarlo.











3 comentarios:

Maika Gauti Josep Buxeda dijo...

genial

Unknown dijo...

Todo mi apoyo, afecto y consideración.
Me veo reflejado en su relato y como dice nuestro lema en Córdoba ¡Basta ya!
Ánimo compañera!!!

Camilo Perez Gomez dijo...

Magnífico y verídico relato.