lunes, 8 de octubre de 2018

Estudiantes

Raul Calvo Rico


El coche iba camino del norte empujado por su energía mucho más que por el contaminador gasoil. A pesar del cruce de correos electrónicos, el viejo profesor notaba en aquellas tres jóvenes la timidez normal ante el extraño e intentaba rebajarla con sonrisas y buen rollo, sin querer pasarse de simpático para no parecer un palizas. Pero no podía evitar pontificar en cuanto se le daba pie aunque fuera lo más mínimo, y los cuatrocientos kilómetros por delante daban para dar muchos pies y soportar mucha clase magistral.

El ojo clínico le comenzó a lanzar destellos tipo ambulancia a los veinte segundos de que la joven empezara a hablar. Era un ojo clínico especialmente desarrollado para captar la brillantez en medio del páramo, y aquella mujer de quinto de Medicina era brillante hasta decir basta. Brillante y apasionada, acaparaba el centro gravitatorio del cubículo del automóvil como un agujero negro al que ningún otro de los ocupantes podía resistirse.

Es lo que tiene la pasión en la voz, que parece que el argumento empieza ya con cinco puntos positivos. Pero es que los argumentos eran insultantemente buenos, tan difíciles de encontrar en una juventud de móviles de última generación y rebajas de Zara que el viejo profesor debía mirar dos veces por el retrovisor para asegurarse que era esa joven de mirada resuelta que hablaba elevando ligeramente la barbilla como si desafiara al mundo, la que diseccionaba a la sociedad, a la Medicina, al futuro con la habilidad de un Joda a punto de fusionarse con el universo mientras Luke escucha atentamente sus palabras.

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La estudiante tiene las botas manchadas de barro, está sudando a chorros y huele a sudor agrio y cansado. Pero sonríe mientras se repantinga unos minutos en la silla de madera de la que casi no se ha levantado en todo el día. Se permite unos minutos de no hacer nada, solo unos pocos, antes de levantarse y marcharse hacia su alojamiento, para asearse un poco, comer algo y desplomarse en su camastro como si fuera un colchón de plumas del Hotel Palace.

En esos minutos de descanso de la guerrera, recuerda a su tutor. Recuerda la sonrisa irónica que la dedicó cuando le confesó su deseo adolescente de ser psiquiatra, como había pasado por los seis cursos en la facultad como quien transita por un purgatorio ineludible hasta que el karma le regalara en el MIR la ansiada plaza de psiquiatra. Recuerda como fue el único capaz de reconocer detrás de esa determinación otra mayor, una fuerza superior que la envolvía en una especie de abrazo apasionado sin fin, que la impelía a moldear con sus manos las relaciones humanas, a cuidarlas como quien cuida un bonsai, a embellecerlas y exponerlas en el balcón de su vida.

Se permite esos minutos para recordara su tutor sonriéndola y diciéndola tu lo que eres es una médica de cabecera, y recordarse a sí misma sintiéndose tan a gusto en el traje que le dejó probarse de médica de pueblo, que ahora allí, en el trópico, a miles de kilómetros de la sede del Ministerio donde escuchará su nombre y su número antes de subir a escoger su futuro, allí, en medio de toda esa gente que la llama doctorcita y le saludan cada mañana con su mejor sonrisa, el único vestido de gala que pueden permitirse, pero que no olvidan ponerse para ella, en esos minutos antes de por fin rendirse al agua caliente y al decúbito supino, sabe a ciencia cierta que será médica de cabecera.

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Era un huracán de categoría cinco. Aterrizó en el corazón de médico y pacientes arrasando cualquier resistencia, por mínima que fuera. Con ella llegaron los besos en la consulta; los pacientes al principio se sentían un tanto intimidados por esa joven de pantalones vaqueros que se lanzaba a sus mejillas en la puerta con la alegría de una prima que no les ve hace años, pero con mucha mayor verdad. Pero luego enseguida rindieron sus reservas incondicionalmente y aquella distensión inundaba de sonrisas el suelo de la consulta, y siempre se camina mejor sobre sonrisas, qué duda cabe.

El tutor se desternillaba con las expresiones de los pacientes cuando la estudiante les pedía permiso para examinarles, una mezcla de asombro y de satisfacción, les hacía sentirse auténticamente importantes, respetados. Y las barreras se deshacían como si fueran de chocolate en pleno verano, e igual de dulcemente.

Resultaba absolutamente encantador ver la ilusión que sentía por las cosas más insignificantes, una ilusión que provocaba un contagio obligatorio a su alrededor, como ocurre con todas las ilusiones inocentes y verdaderas. Así que cada día, al terminar la mañana, era como si todos hubieran rejuvenecido al menos un año, una extraña sensación de anomalía espacio-temporal muy satisfactoria.

Ella había venido de moverse en una realidad tan dura y difícil de imaginar para los que estaban ahora a su alrededor, una realidad de dolor, de muertes, de hacinamiento, de pobreza, y sin embargo mantenía intacta su capacidad de sentir la pena de quienes se acercaban a ella con el alma convertida en una esponja que hubiera absorbido todas las lágrimas del universo y no supiera cómo ni dónde llorarlas. Es hermoso ser capaz de sentir esa pena.

Esa estudiante era sin duda un huracán de categoría cinco que arrasaría con su humanidad allá donde terminara.

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Dedicado a todas esas estudiantes de Medicina que me permiten asegurar que esta profesión, tal como yo la entiendo, no desaparecerá nunca (aunque se empeñen)








1 comentario:

José Luis Contreras dijo...

Gran relato, de verdad me emocionó