lunes, 24 de agosto de 2015

Confieso que no he vivido

Andaba yo esta semana aterrizando en las consultas tras veintitantos días de oír la palabra papá a ritmo de ametralladora, es decir, andaba con esa sensación de pérdida que te generan las vacaciones que morirán por un año, y de euforia por retomar aunque sea parcialmente las rutinas que desprecian los jóvenes alocados, y que tanto agradecen nuestros riñones añosos.

Andaba, como suele ocurrirme habitualmente, dándole vueltas al por qué de la dicotomía que muestran mis dos cupos, a pesar de ser muy similares en cuanto a numero y composición, y de soportar al mismo médicucho (o sea, yo) en los últimos nueve años, que es algo así como el séptimo de los problemas del milenio, esos que quedan aún por resolver, y con los que se pueden ganar un millón de dólares. Bueno, pues yo no tengo un millón de dólares, pero invito a una buena cena a quien resuelva el misterio: en uno se respira paz, tranquilidad, se mastica el tiempo. En el otro, se palpa la ansiedad en la sala de espera, se atropellan las consultas, el teléfono suena sin parar. Me preguntaba si se puede extrapolar un diagnóstico del DSM-IV a toda una población: trastorno de ansiedad poblacional. No sé. Se lo preguntaré algún día a mi psiquiatra steampunk de cabecera.

Andaba, también, ocupado pensando de qué hablaría tras esta primera semana de trabajo en esta modesta boutade, después de la serie veraniega de los pecados capitales, que, como todas las series, terminan afortunadamente.

Andaba mucho, como habréis podido apreciar.

Y en éstas estaba, cuando entró en la consulta Magano. A Magano no le ha llamado por su nombre de pila yo creo que ni el cura que lo bautizó hace mas de 80 años. "¿Qué nombre habéis decidido ponerle a vuestro hijo?"  Entonces alguien tosió con fuerza en la iglesia y el cura no pudo oírlo. Así que dijo: "Magano, yo te bautizo in nomine Patri, etc". Disculpen la fabulación, pero aunque sé cómo se llama, yo también le interpelo por su apellido y él tan a gusto. Venía Magano con unas bermudas que dejaban al aire las canillas morenas, su garrota en la mano y los audífonos chirriando como dos locomotoras locas. Se sentó a mi lado y sacó su libretilla cuadriculada de muelle, algo arrugada, con cuatro o cinco tensiones anotadas.

- "¿Qué tal en Torrevieja?". Magano se ríe con una risa de chaval travieso, como si estuviese en primera línea de playa viendo a las chavalas en top less.  - "¡Muy bien!"  Sin entrar en más detalles. Luego me cuenta que ha paseado por la playa, que han estado allí sus sobrinos. Magano es un solterón de los perjudicados por la falta de mujeres en el pueblo, el exceso de trabajo durante la postguerra, y las pocas habilidades sociales. Con otros dos compañeros de parranda, discípulos de soltería, eran clientes habituales del  puticlub de un pueblo cercano, aunque cuentan las malas lenguas que se enzarzaban en discusiones fieras por quién ha pagado esta Mirinda.

Sus cifras de tensión son muy buenas, renquea algo de la próstata, pero los bronquios le dan el respiro estival que tan bien le viene, así que esta contento. - Ahora me vuelvo para allá. Bromeo con él sobre lo bien que vive a su edad, mientras veo que hace mas de año y medio que no le hago una analítica. No soy de natural pesado, ya me conocéis, pero sus potasios y esas cosillas me inquietan (tomar un antihipertensivo y una pastilleja para la próstata tampoco es gran cosa a los ochenta y cuatro años) así que le pido que me ponga fecha cuando vuelva para mi pequeño ejercicio vampírico.

- Eso si vuelvo - me contesta. - En los últimos cuatro años he tenido que volver hasta dos veces para ir al entierro de un compañero, un amigo o un familiar. Igual me toca a mi esta vez. - Y vuelve a echarme la sonrisa de hoyuelos que derretía a las putas en la barra donde se calentaban las Mirindas.

Cuando Magano se marcha, me deja pensando en la tranquilidad con que va descontando, con que tacha los días en el calendario. Ya no me quedan paciente que atender en mi pueblo tranquilo. Tengo que acercarme a casa de un anciano que navega entre las tormentas de sus hijos veraneantes, esperando, con ansia creo,  que retomen sus vidas, y él sus tranquilidades, pero aun tengo tiempo para leer un artículo que propone que todos nos convirtamos en pre-enfermos, para así poder tardar mas en ser enfermos. Y me pregunto si no estaremos pre-viviendo, para así tardar mas en vivir, aunque en realidad estemos pre-muriendo, sin apenas habernos dado cuenta. Por si acaso, por ahora, prefiero confesar que no he vivido.

Pablo Neruda es para mi uno de los más grandes. Confieso que he vivido es su maravillosa obra autobiográfica, publicada en 1974, y cuyas últimas líneas están fechadas diez días antes de su muerte, el 23 de septiembre de 1973.