lunes, 3 de julio de 2017

Dr Jeckyll y Mr Hyde

El Dr. Jekyll sale de la casa baja con dos bandejas de pasteles haciendo equilibrios sobre una mano, mientras intenta abrir con la otra la puerta del coche. Son las dos ultimas visitas de la semana, las dos pacientes más delicadas, apuñaladas en sus espaldas por un par de vértebras que no han soportado sus kilos ni la carcoma y se vinieron abajo hace ya años dejándolas con una letanía de quejas y suspiros a cada intento de levantarse del sillón o de removerse en la cama. A ambas las ha dado la mano, las ha besado en las mejillas y les ha contado sus planes para un fin de semana que tendrá que esperar a que termine la prórroga inevitable de otra guardia.

Las ha visto suspirar aliviadas sabiéndose protegidas en la distancia corta por él. Al salir le promete a la que le encargó los pasteles que los guardará en la nevera y se los llevara a sus hijos al día siguiente, cuando acaben esas horas añadidas a la semana. 

Ha sido otro buen día, como lo son casi todos para quien siente que le ha tocado la lotería con su trabajo. De vuelta para la consulta comenta un par de casos con su residente y al final se lanza a la deriva filosófica con esa mala costumbre de la que ya advirtió en su momento a la paciente R1 que le escucha con el ansia entusiasta de quién acaba de conocer el que será su mundo. Cuando se da cuenta, sonríe y pide perdón con la boca pequeña, porque sabe que los cimientos hay que construirlos con utopías para que más tarde, los habitantes de esas vidas no dejen nunca de soñar. 


El Dr Jeckyll tararea mientras conduce hacia el Centro de Salud. Vuelve a proponerse mantener a Mr. Hyde escondido donde no sea capaz de avergonzarle. El verano ha permitido una tregua para que los seres vivos puedan respirar sin que les quemen los bronquios y hace un día de sol espectacular. En la zona de urgencias el aire acondicionado está demasiado fuerte. Siente todavía el chute de buen rollo en sus venas mientras se abotona la camisa blanca del pijama y rebusca en la nevera un par de bandejas preparadas para recalentarlas en el microondas. 


El cerebro ha puesto en marcha todas sus movidas prandriales y las glándulas exocrinas y endocrinas están a tope esperando los primeros bocados cuando suena la chicharra. El Dr Jeckyll y la enfermera se miran mientras dejan los tenedores cargados en los platos y consiguen alcanzar el interruptor de apertura de la puerta casi simultáneamente al segundo y más insistente timbrazo.  La comida llegará cuando llegue. A la tercera interrupción prefieres comértela fría, porque al menos te la comes y el tiempo es oro. 


Los días son largos. El verano ha traído a los pueblos a los emigrantes de ciudad, y a las abuelas, a los nietos de navidades y Semana Santa. El verano es cansino como las gastroenteritis, las otitis de las piscinas y las picaduras de los insectos. El Dr Jeckyll conserva aún sus buenos miligramos por decilitro de buen rollo en las venas y mantiene la sonrisa mientras pasa consulta al viejo estilo de su juventud, el del suplente de un día que no conocía a los pacientes pero intentaba hacerlo lo mejor posible. 


La hora punta se atrasa en verano al prime time de la tele y el repunte de casos coincide con el inicio de sus programas estrellas. La cena se convierte en una receta fría y las piernas pesan aproximadamente a dos G. Hay una discoteca al aire libre en frente que les deleita con los últimos éxitos del regetón a volumen de perforación timpánica. Cuando parece detenerse el goteo, al Dr Jekyll el cansancio le ha consumido hasta el recuerdo del buen rollo y se deja caer en la cama a pesar de que Enrique Iglesias se empeña en cantarle gritando dentro de sus oídos. 


Cuando suena el timbre no sabe si ha dormido cien años o treinta segundos. Enrique aún grita. La mamá se sienta frente a él explicándole que a su doceañera le duele el pecho desde hace seis días y que ella le ha llevado a un cardiólogo que ya le ha pedido un electrocardiograma y una analítica con colesterol y todas esas cosas pero que esa noche a la niña le dolía más y por eso están allí sentadas contándole al Dr Jekyll sus movidas. Mira el reloj del ordenador intentando procesar el flujo informativo en él área más racional del cerebro, pero no puede, algo chirría: 

- ¿El dolor le ha empezado hace seis días y ya la ha visto un cardiólogo? ¿Y además le ha pedido pruebas, a su hija de doce años?

La madre asiente. Se da cuenta de que el médico, a pesar de la terrible cara de sueño, ha sido capaz de captar lo esencial de su mensaje. Buen trabajo de síntesis por su parte. 

Un poco más tarde, Hyde está tumbado boca arriba en la cama escuchando a Luis Fonsi competir en ritmo y gritos con Iglesias. Está soltando por su boca todas las ordinarieces de que es capaz. No deja títere con cabeza. Repasa a la sociedad, a los políticos, a los ciudadanos, a los profesionales sanitarios, estamento por estamento, con un cuidado exquisito en el insulto y la borriquería. Se queda dormido ideando estrategias que hacen removerse en su tumba a Ceacuscu y en su cama a Donald Trump, 

Cuando vuelve a sonar el timbre es de día. Jeckyll está avergonzado de la visita de Hyde, y solo le consuela el que al menos no haya conseguido salir de la habitación. Se sienta delante de un hombretón que se levanta la camiseta para enseñarle cuatro picaduras de mosquito en la tripa. 

- A punto he estado de venir a las cuatro de la madrugada del picor que tenía 

Hyde sonríe enseñando los colmillos. 


2 comentarios:

Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

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Otra noche sin salvar una vida.
Y uno con la sirena puesta.
😎😎😎
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Y también menos mal que estamos de atención continuada extrahospitalaria.
Si no, toda estas consultas acabarían saturando más los hospitales.
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Raul Calvo Rico dijo...

Que razón tienes. Y que ciegos quienes no ven que la inversión en AP es ahorro y ventajas para los pacientes. Y para una AH mucho más ágil y eficiente. En fin.