domingo, 18 de enero de 2015

La foto del Papa

Llegó pronto, con una carpeta debajo del brazo. Aparcaba su Prius híbrido en el pomposamente llamado aparcamiento para personal, que en realidad no era más que un espacio muerto a la espalda del nuevo Centro de Salud. Entraba por la puerta de atrás, al fondo del pasillo. 

Normalmente recorría la distancia interminable hasta cruzar el paso a la zona de urgencias. Entraba en la cocina, saludaba a todos con una sonrisa y se calentaba agua en el microondas para tomarse una infusión dulzona de bonitos colores. Pero no aquella mañana. Aquel día fue directa hacia su consulta. Rodeó la cristalera que separa su sala de espera del pasillo y entró directamente en su consulta. 

Cuántos años le quedaban para jubilarse, cuántos años llevaba trabajando. Le vienen a la mente imágenes de una joven estudiante de enfermería que esconde panfletos del partido comunista entre sus apuntes. Aquello era peligroso porque los grises no perdían oportunidad de pegar un par de guantazos a alguna joven desvergonzada que se atreve a mirarles desafiante. Son los setenta, hay ansia de libertad en la Ciudad Universitaria y discos d Llach que circulan de estrangis. Hay orgullo y valentía desafiante en aquella pelirroja menuda que quiere ser enfermera para cuidar a las personas. 

Las paredes de cristal opaco que delimitan su sala de espera están repletas de collages con fotos de madres amamantando a sus bebés, unos hechos por ella misma, otros pequeñas obras de arte regaladas por mujeres felices, sin asomos de sombras en la mirada con la que acarician esas caritas arrugadas y tiernas que se concentran en la mama dulce y calentita, como si no hubiera nada más en el mundo, y desde luego, no hay nada más es sus mundos. 

Recuerda sus primeras conversaciones ya como matrona con las mujeres que volcaban en ella sus miedos, los que no se atrevían a expresar a sus estirados ginecólogos. Esas conversaciones a pelo, lágrima contra lágrima, y siempre acompañando, cuidando, comprendiendo. 

Y los gritos “nosotras parimos, nosotras decidimos”, que en aquel entonces sólo buscaban que las mujeres pudieran acceder a métodos anticonceptivos, nada más, y nada menos, pero que les costó alguna que otra carrera delante del estrépito de los escudos de plástico y las porras. El feminismo era duro e ilusionante entonces  

La consulta, tan fría e impersonal como cualquiera, escondía detrás de una cortina la camilla con estribos y sus reminiscencias inquisitoriales. Pero su mano de comadrona de pueblo había tornado el frío en sentencias de paz de Ghandi y en versos de Tagore. Había bañado de risas las paredes blancas, de risas que lo tienen todo, y de risas que no quieren nada. 
Aquella fría consulta era, por su arte de magia, una cabaña de meiga, una mesa camilla junto al mirador que da al paseo, un santuario de confidencias y de sentimientos telúricos. 

Después vino la huida del témpano de hielo del paritorio, buscando la calidez de los hogares, la mezcla de los olores del nacimiento, ásperos y herrumbrosos, pero apestando a vida. Los reproches científicos, las malas caras y la pena secreta por la incomprensión y el miedo, el miedo de los otros claro. 

Ella, extrañada y apesadumbrada viendo que nos dejamos la valentía para decir basta a los que desmantelan su sueño de igualdad y justicia con el ingreso de la nómina cada primero de mes, mantiene la sonrisa incluso cuando nos lanza sus cuidadosos reproches y tenemos que bajar la mirada. 

Luego nos guía a todos en el difícil tránsito de un parto en una casa con olor a pobreza, con apenas una niña, gitana portuguesa, aullando mientras sus otras dos pequeñas se esconden asustadas con su tía. Y la cadencia con que se mueve, la tranquilidad con la que nos va encargando a cada uno pequeñas labores, nos va transformando el miedo de nuestras caras en sonrisas que revientan en carcajadas y palmadas en la espalda del padre cuando tembloroso corta el cordón umbilical y el pequeño rompe a llorar deshaciendo los nudos de todas las gargantas, menos de la suya. 

Y piensa que la vida es tan sencilla, y tan difícil. Y saca de la carpeta una foto del Papa, sí, ella, la que se negó a casarse por la Iglesia, la que rechazó bautizar a sus hijos, la que derramó lágrimas por las riquezas del Vaticano y los niños engañados por los salvajes ocultos en sotanas. 

Sí, ella. Saca la foto del Papa y, devolviéndole la sonrisa, le planta una chincheta por encima del solideo. Y luego, solo entre ellos, un beso en la frente: “si los bebés lloran por hambre, denles de mamar en la Capilla Sixtina”

La lactancia materna, probablemente la más natural de nuestras actividades como pertenecientes a los mamíferos, debe luchar contra viento y marea desde hace ya más de 50 años, con el abusivo desarrollo de la industria farmacéutica, la deshumanización del mercado laboral y el abandono de responsabilidades de una sociedad que busca siempre que puede el recurso o la salida más sencilla aunque sea, paradójicamente, abandonando el más primario de los reflejos con el que nacemos. La lactancia materna en los países desarrollados, ayuda a mantener a los niños sanos, sin un excesivo engorde, pero en los países en desarrollo evita millones de muertes.

Entre los médicos en general, la lactancia materna es un tema de postureo, más que de postura comprometida, y nos asalta parapetados tras nuestras consultas saturadas o la sempiterna discusión sobre qué palo debe aguantar esa vela (enfermería, matronas, cualquiera menos yo)


Nacer en nuestros hogares parece tan fuera de lugar como morir en ellos. Los hospitales se arrogan el derecho a consumir nuestros primeros y últimos alientos. Sin embargo, nacer en casa, como morir en ella, es un privilegio del ser humano. Y el desarrollo tecnológico y la profesionalidad de las matronas deberían facilitarlo, tal y como explicó  brillantemente el maestro Gérvas. Y nuestros sistema sanitario dedicar los recursos necesarios para garantizar ese derecho a quien lo desee.

Esta entrada está dedicada a las mujeres leonas valientes que lucharon por la libertad, la igualdad y los derechos de todas ellas, también de aquellas a las que les habían enseñado que no tenían derechos. Va dedicado a todas esas columnas del sistema sanitario a las que se les atragantan las lágrimas viéndolo desmoronarse ante la pasividad o la desvergüenza. Con cariño y respeto. 

5 comentarios:

María Velo dijo...

Como comadrona, no puedo más que agradecerte de corazón tus palabras hoy sobre esa parte de nuestro trabajo que a veces es tan difícil de ver y que la mayoría de las veces, por desgracia, poco se valora.

Muchas gracias por reflejar con palabras la magia de la matronería y de las matronas.

Raul Calvo Rico dijo...

Te agradezco el comentario. Para mí sois unas profesionales sanitarias importantísimas, y mi experiencia con vosotras, personal y profesional, ha sido excelente. Gracias a todas vosotras

Carolina dijo...

Precioso post, muy sensible a las necesidades de las mujeres y a la labor de las matronas, gracias

natalia_paperblog dijo...
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Cristina Rodriguez dijo...

Qué bonito y qué ilusión saber que otro profesional ve de esta manera el trabajo de la matrona. Muchas gracias por tus palabras. Yo creo que las matronas tenemos el mejor trabajo del mundo, te impregnas de magia.