martes, 10 de febrero de 2015

Mi derecho a morir

Siguiendo un juego al que me entrego travieso con cada paciente nuevo que llega  a mi consulta, a ella la etiqueté, sin dudarlo, de profesora. Profesora de algo, no lo tenía claro, pero no de niños: instituto, universidad, le faltaba un deje de dulzura en la mirada para imaginarla rodeada de niños. Mis sospechas se incrementaron cuando me saludó educadamente y sacó del bolso el talonario de Muface.

"No suelo venir mucho", esas pocas palabras que nos provocan a los médicos de cabecera un escalofrío precognitivo en la columna cervical; aunque igual era una contractura del trapecio, vaya usted a saber. Su historia electrónica estaba en el blanco más absoluto, excepto por el dato frío de la edad. "Tomo Lexatín habitualmente y suelo bajar a que me hagan las recetas".

La incomodidad que me provoca hacer las recetas de Muface la suplí con un somero interrogatorio que empecé por la frialdad de las patologías, para aproximarme con cautela a la calidez de lo humano. Y fue así como por fin me enteré de su condición de profesora universitaria, de su soltería y de su soledad, más que consentida, buscada.

Los primeros encuentros no son para desnudeces, y aquel acercamiento me dejó el sabor de lo inconcluso y el deseo de tender lazos que llevamos en el esqueleto los médicos de cabecera. Y así, como quien echa un vaso de agua a una planta de interior, esas antigüallas del talonario blanco me dieron la oportunidad de conocerla, o más bien, de descubrirla, pues su complejidad se me hacía patente en cada entrevista, y me volvía como el ángel de san Agustín encabronado porque el mar con el que parecía rellenar su agujero en la arena, lo dejaba al momento completamente seco.

Me extrañó verla entrar aquel día, pues no hacía tanto que le había abarrotado el depósito de combustible para la digestión de su vida. Todos mis intentos por reducir sus aficiones a la dichosa benzodiacepina habían quedado en una leve reducción del consumo a un aceptable "de tarde en tarde excepto en ciertas épocas" con el que había decidido conformarme, al menos temporalmente. Pero ese día no puso el talonario encima de la mesa, sólo me miró a los ojos y me soltó el trabucazo: "tengo cáncer". 

Hacía un par de meses se había notado un bulto en el pecho, de considerable tamaño. Dadas sus prerrogativas de acceso indiscriminado, cuando vino a contármelo, ya llevaba encima mamografías, diagnóstico de anatomía patológica y recomendación de extirpación quirúrgica agresiva, llevándose por delante la mama y un buen pedazo de su femineidad. No era el momento de reproches y quizás fue culpa mía el no haber sabido conectar con sus complejidades lo suficiente como para que acudiera a mi desde el inicio, pero hay momentos para tragarse los orgullos, y aquel era uno de ellos. "Vengo a contarte que no voy a operarme, de hecho, no pienso hacer nada".

El paso de los años nos hace a los médicos de cabecera abandonar lentamente la arrogancia divina de desafiar a la muerte, nos hace digerir los iniciales fracasos en los tránsitos ineludibles entre la salud y la enfermedad que tiene el estar vivo, y nos hace, finalmente, a veces demasiado tarde, reconocer en la muerte la amiga fiel que siempre estaba con nosotros, y a la que durante años nos empeñamos en desafiar. Pero las cuadernas te tiemblan quieras o no quieras cuando un ser humano se sienta ante ti y te comunica su decisión de rendirse, o más bien, de no pelear, que no viene a ser lo mismo, aunque nos lo parezca.

No hizo intención de darme un millón de razones, simplemente, porque no se sentía con la necesidad de justificar la decisión ante nadie. Yo le pregunté si había hablado con alguien de su familia, y me contestó con un escueto "no hay nadie con quien hablar". Vi en su mirada la firmeza de su decisión, y  luché con mi orgullo de médico para no caer en la invasión facilona de su intimidad. Sólo añadí una frase más: plantéate si te queda algo por hacer.

Aquellos días volvió el sabor amargo a la boca del viejo médico de cabecera, y la cabeza a buscar sus huecos para divagar sobre los por qué. Tardó unos dos meses en reaparecer. "He decidido darme quimioterapia pero no operarme. Se que sólo aplazaré lo inevitable, pero aún me quedan algunas cosas por hacer y necesito algo de tiempo". Ya había acudido a un oncólogo, e iniciaba el tratamiento enseguida. Fueron unos meses de horrores, de caras deformadas, de terribles dolores, morfinas y Lexatines. Un par de visitas a urgencias del hospital cediendo a los miedos de cuidadoras o médicos de guardia, solo por estar demasiado débil para negarse. Y vuelta para casa nada más recuperar la firmeza en el gesto, en la palabra o a veces únicamente en la mirada.

Al final, cambiamos la consulta por el salón de su casa, donde había colocado una cama junto a la ventana, y donde se acumulaba el olor amargo de la muerte próxima, mezclado con el humo del tabaco que no abandonó nunca. Murió durante un fin de semana, sin despedirnos, sin preguntarla si finalmente había encontrado el tiempo para terminar aquello que había dejado empezado. Ya hace varios años, y aún no la he olvidado.

"El paciente o usuario tiene derecho a decidir libremente, después de recibir la información adecuada, entre las opciones clínicas disponibles.
"Todo profesional que interviene en la actividad asistencial está obligado... al respeto de las decisiones adoptadas libre y voluntariamente por el paciente" 

Estos dos artículos de la Ley de Autonomía del Paciente deben ser por sí solos capaces de silenciar nuestros egos de pequeños dioses. 

Para entender la multitud de sentimientos que despierta en los sanitarios el enfrentamiento directo con la vieja amiga, recomiendo la lectura de las múltiples referencias que Mónica LalandaMiguel Angel Mañez y Monica Moro recopilaron en El derecho a bien morir, y que nacieron del excelente texto de Mónica recogido en su blog: Cuando sea vieja, me moriré


Como siempre, los hechos están lo suficientemente desvirtuados como para garantizar la confidencialidad de mis pacientes, aunque ya no estén entre nosotros. No ocurre lo mismo con los sentimientos del médico que suscribe.





14 comentarios:

Betty Boop 43 dijo...

Que hermoso y sentido post.
Soy médica y hace dos años enfermé.
Derrame pleural, biopsia dirigida y un informe patológico dudoso que no se decidía: adenocarcinoma primario o secundario o mesotelioma pleural.
Nueva patología, con otro especialista, me dió el diagnóstico definitivo: linfoma no Hodgkin, del cual estoy francamente en recuperación.
Pero mi post se refiere al momento en que el diagnóstico era mucho más ominoso y a mi decisión de no tratarme...colegas, amigos y familiares discutían mi deciisón como si alguno de ellos fuera a poner el cuerpo...se entiende que esta negación nacía de su amor y preocupación pero creo, como bien dice la nota, que sólo el enfermo debe decidir sobre sí mismo.
A partir de allí creo ser mejor mádico y respetar aun más a mis pacientes.

José Antonio Plaza dijo...

El post me ha permitido vaciar un poco la cabeza tras un día de perros y de locos. Imposible leerlo sin crearse una burbuja involuntaria que te deja solo ante la realidad. Ni creo (espero) ver de cerca la muerte ni soy médico, pero basta ser persona y tener empatía para emocionarse. Ole

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias a los dos por comentar. A Betty Bop por la valentía al explicar su caso, y, especialmente , esos sentimientos tan difíciles de expresar cuando los demás creen que te rindes pero en realidad te sobra valentía.

Y a ti, José Antonio, por tu generosidad al utilizar estos cachitos de vida como bálsamo para un día duro.

Un abrazo a ambos.

Juan F. Jimenez dijo...

Testimonio desgarrador y escalofriante, por desgracia mas habitual de lo que parece en nuestras consultas de medicos de familia.
Un caso parecido lo viví en mi consulta, comprendo que cada caso es diferente y tiene multiples matices.
Desde luego: respeto total a la voluntad de cada paciente como ser adulto y consciente, pero tal vez muchas decisiones de este tipo se pueden tomar en fases depresivas agudas postraumaticas y sin conocer la eficacia real del tratamiento y la esperanza de vida.
Evidentemente el cancer de mama hoy en dia, en un gran porcentaje, se erradica y eso es un hecho constatable.
Como que asimismo "la esperanza" quizas tambien tenga un componente curativo.

isabel dijo...

Y
en los que no son profesores,ó leidos....y son viejitos y de pueblo...pero su actitud y su trayectoria nos pide a gritos qué les dejemos morirse en paz,y que han vivido pero ya están agotados de enfermedad,ó de vejez...

Juan F. Jimenez dijo...

Cuidado porque la frontera es muy sutil e imprecisa, y los limites morales se pueden sobrepasar agarrando una supuesta bandera de la libertad.

Todos sabemos que con un "pequeño empujoncito" seria muy facil "solucionar" los sindromes depresivos de los ancianos y de paso tambien el grave problema de las residencias de ancianos.
El siguiente paso seria "solucionar" tambien las depresiones de los incapacitados, enfermos cronicos, etc.. y por supuesto el de los enfermos con cancer.
Ni que decir tiene, que la solución seria "eficaz" y mas que rentable, para el sistema.
Pero esa historia y esas soluciones ya se ensayaron en Alemania

MademoiselleR dijo...

Sin comentarios. Si me lo permites, algun día, lo que comentaré será el estilo literario. Desde mi humildad de "aprendiza de todo, maestra de nada" (eso me lo decía la abuela), no puedo evitarlo, ahora que las letras se van convirtiendo en mi profesión. Tienes una seguidora incondicional en tu prima, que deja de serlo cada vez que visita tu bitácora. Gracias por compartir experiencias. Eres muy valiente. Espero como siempre, con placer, la próxima publicación.

Rodrigo Gutiérrez Fernández dijo...

Queda tanto camino por recorrer... Gracias por contar tu experiencia en un post tan hermoso, Raúl.
El ejemplo de dignidad, valentía y entereza personal de tu paciente para enfrentarse a una dura elección, debería ser una buena lección de humildad frente a los delirios de omnipotencia que con frecuencia nos asaltan.
Y, evidentemente, la muerte es inevitable, pero (saber o poder) morir bien no lo es.
Un abrazo y gracias de nuevo.

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias a los cuatro por vuestros comentarios. Juan, no te preocupes, si Isabel es la Isabel que conozco y quiero, sólo la guía la dignidad de la persona. Llena muchos años acompañándoles en este tránsito que es la vida como una excelente médica de cabecera.

A ti, querida prima, besos y cariños y discusiones literarias con un cafè au lait en cualquier café de París con una boina algo ladeada y un jersey a rayas.

Y Rodrigo, amigo, has dado en el clavo: humildad y despojarnos de la soberbia

Afrontando la lesión medular dijo...

Preciosa Entrada, con una excelente narrativa.

Estimado Raúl, me acerco por primera vez a este blog gracias a Rofrigo Calvo, con quien comparto mesa en el CEA del H.N.P., que nos pasó este enlace.

Leyendo el Post me vinieron a la mente dos de mis películas favoritas que tratan, entre otros, el tema objeto de esta Entrada : "Mi vida sin mí" de Isabel Coixet y "Amar la vida".

Soy Psicóloga Clínica del H.N.P. por lo que danzo más entre el sufrimiento que entre los moribundos.
Dejaré enlace a tu blog y otros que recomiendas en el mío http://afrontandolesionmedular.blogspot.com/

MªÁngeles

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias M. Angeles. No conocía tu blog pero acabo de compartirlo en Twitter. Es interesantísimo y te agradezco muchísimo la mención, así como la de mi amiga Mónica.
Me impresiona enormemente vuestro trabajo que me parece de una enorme dificultad. Un fuerte abrazo

Estela Pérez dijo...

Un post magnifico que me ha puesto la piel de gallina a primera hora de la mañana.
Enhorabuena Raúl

Raul Calvo Rico dijo...

Muchísimas gracias. Espero que el resto de las entradas también te gusten.

Mercè dijo...

Hace unos meses se organizó un concurso de microrrelatos en la biblioteca dónde soy usuaria. Participé y gané con este relato http://esalud21.com/2015/01/17/no/#more-425. Gran sorpresa la mía, al descubrir que el médico de mi relato existe de verdad. Brutal todo lo que escribe y cómo lo escribes.