domingo, 14 de febrero de 2016

La mesa

Dejé abandonada la bata en algún perchero al terminar la residencia. Corrían tiempos vertiginosos poco dados a grandes pensamientos estructurados, más bien pasto de ideas mediocres y decisiones temblorosas. No fue pues un acto de reflexión particularmente inteligente, al menos no en aquel momento. Más bien el acto rebelde del que tenía que consumir neumáticos para atender pacientes, del nómada de consultas apresuradas, que se siente lo suficientemente joven y lo suficientemente harto como para contravenir los convencionalismos que le de la gana.

Así que se quedo por ahí, inútil excepto para las boutades carnavalescas de algún amiguete y poco más. 

Y cuando la ruleta quiso al fin dejar de rodar y por primera vez no cayó en la bancarrota, la bata seguía colgada en el mismo sitio y para entonces ya me sentía tan a gusto con mi personaje que ponérmela hubiera sido como pedirle a Batman que persiguiera a los malos con un pijama del Alcampo. Así que mi aterrizaje en la estabilidad se hizo sin el sobreveste blanco que nos inviste de autoridad y nos convierte en oráculos de la salud de las poblaciones. 

Y el bueno de Ángel, el panadero del pueblo de toda la vida, me palmeaba la espalda cuando salía a recibirlo a la puerta de la consulta y chasqueando la lengua meneaba con reproche (no excesivo tampoco, no exageremos) su enorme papada mientras me espetaba:

- ¡Con lo buen médico que es usted y que no se ponga bata!

Y como yo me reía siempre sí o sí, aunque llevara más de cuatro horas sin mear y un retraso de narices, y me oliera que llegaría a casa para el telediario del Carrascal, pues el hombre volvía a palmearme y me sonreía mientras empezaba a contarme lo mucho que le costaba no apretarse cuatro magdalenas de las gordas para desayunar. 

Fue bastante más tarde cuando se me ocurrió analizar todo este asunto de la abataminosis, por aquellas cosas que trae el aburrimiento, supongo, y como ocurre casi siempre con las autorreflexiones, caí inevitablemente en la complacencia: ser el único espécimen en mi tribu más cercana sin cuatro capuchones de boli sobresaliendo por el bolsillo de la dalmática, sin soportar el peso de treinta y siete libretas, reglas y manuales, y sobrevivir al cuerpo a cuerpo no solo me daba el aura de ácrata inconformista con sus efectos doriangreyzantes, sino que es que, además, me hacía sentirme más a gusto que un marajá. Así, tal cual. 

Y cuando los vaivenes del destino me llevaron a mi nido definitivo, las buenas gentes de mis pueblos se resignaron sin grandes aspavientos al chaval que venía a sustituir a su médico de toda la vida, y se tomaron como uno de esos pecadillos perdonables de juventud mi rechazo al baterío, a la corbata y a colgarme el fonendo como el toisón de oro. Y allí no tuve nunca un Ángel que me chasqueara la lengua, me golpeara la espalda y meneara su papada, al contrario, las pocas ocasiones en que me veían con la camisola del pijama de guardias, que me permitía refrescar los sobacos las horas eternas de encierro en el garito urgencil, se partían de risa como si me estuvieran viendo desfilar en la comparsa del carnaval. Definitivamente, el blanco nuclear sanitario había roto cualquier romance conmigo. 


Pero los años pasan y a medida que crece el volumen de mi próstata y la longuitud de mis orejas me voy volviendo algo más reflexivo, ignoro si existe alguna relación de causalidad. Y enredando el diablo con su rabo y dos o tres moscas, empecé a pensar que igual ya me sentía suficientemente en equilibrio con las flujos energéticos que me rodeaban como para saltarme otro muro. Vamos, que tenía ganas de liarla un poco. Y superando terrores ocultos e insospechados, y reflejos pavlovianos de más de treinta años de evolución decidí apartar la mesa del centro de la consulta, y castigarla de cara a la pared. Eso por barrera y poco facilitadora, hala. 

El vértigo fue digno del Dragón Khan de Port Aventura. Tanto que la experiencia hubo de ser masticada en dos veces y con antiácidos a saco: aprovechando la estancia de una residente excepcional y valentona que me reía la gracia como si fuera un tutor malcriado. Y primero probando en uno de los pueblos, no fuera que el experimento se quedara en fallido por falta de acostumbramiento, y hubiera que devolver los muebles a su sitio con los egos jibarizados. 

Fueron días de explicaciones y caras de asombro, pero el vértigo se va diluyendo en la cercanía y la calidez que se te pega cuando pinchas la burbuja de tu espacio personal. Daba algo de miedo pero una vez que nos fuimos acostumbrando parecía que hubiésemos estado así toda la vida. Nos lanzamos a pecho descubierto y quemamos las naves porque seguir sentados detrás de mesa, por despejada que estuviera, nos provocaba una extraña sensación de pena que queríamos desterrar para siempre. 

Y, no sé muy bien si asombrosamente o a lo mejor no tanto, la transición se hizo sin bajas de consideración, quizás alguna mueca que se escapó antes de que diera tiempo a ser repensada y algún comentario inesperado, como el de un paciente preocupado porque en la cercanía pudiera pegarme algún otro paciente al que le hubiera recomendado perder peso, resuelto con una carcajada estentórea y un deseo de que nunca se deterioren las relaciones hasta ese punto, ni aun en la mórbida obesidad. 

Es asombroso cómo hay cosas que a veces provocan un formateado del pasado en el disco duro de lo cotidiano. Parece que llevara toda mi vida con la consulta como un prado enorme donde sentarse unos al lado de los otros. Hoy un compañero joven se acercó para preguntarme sobre la experiencia, buscando, supongo, la reafirmación de una decisión que llevaba tatuada en la ilusión de sus ojos y su sonrisa, y que le daba tanto vértigo como el que me dio a mi, perro mucho más viejo y con más rituales y miedos. Yo ya no estoy para apologías, creo que quemé ya aquellas naves, y mucho menos para reproches encubiertos o más descubiertos. Solo soy el que soy, y pretendo ser. Así que, sí Mikel, viniste a mí a preguntarme, y aquí te dejo tan solo mi historia. 

Gracias Laura, por ayudarme y ser aquellos días la red de este trapecista. 
















3 comentarios:

Natalia Mayoral dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
natalia dijo...

No has de sentirte mal por haber publicado aquellos post, Raúl. Me sentí yo peor porq no me dió tiempo para explicarte mis motivos por los que no me gustó mi post y de ahí se formó un revuelo tremendo. Por mi parte siento tu malestar y espero esto se quede así, yo te considero un estupendo médico y tengo confianza plena en ti. Saludos!!!

Afrontando la lesión medular dijo...

Hace poco abordé el tema en mi blog. Te paso el enlace por si quieres ver mi enfoque



http://afrontandolesionmedular.blogspot.com.es/2016/01/saquemos-la-sonrisa-al-paciente.html