lunes, 13 de junio de 2016

El calor del fracaso

Hacia un calor terrible en el funeral. Y era extraño porque mi imaginario particular ha asociado siempre los funerales con el frío y la lluvia. Y yo sudaba allí de pie, en la parte de atrás de la capilla del tanatorio, con el ataúd presidiendo la reunión entre coronas de flores y llantos en los primeros bancos.

Nos habíamos conocido mil años antes. Eran mis tiempos de novato, de devora kilómetros por la estepa. Cubría una guardia en un Centro de Salud. Llegaba con mi bolsón de emergencia, el que echaba al maletero en un santiamén en cuanto me avisaban los de personal. Una muda, como decía mi abuela, cepillo de dientes, una toalla, pijamia y zuecos y algo de comida preparada. Eran otros tiempos y nunca sabías lo que te ibas a encontrar, así que la breve experiencia te iba concediendo alguna posibilidad de supervivencia. 

Aquel era un Centro de Salud bastante antiguo, construido en medio de un pueblo que había vivido una expansión algo improvisada al calor de una industria que más que caída del cielo había salido de las entrañas de su tierra. Arcilla y ladrillo. 

Me habían llamado casi a las tres del viernes y yo no rechazaba nada, porque entonces, si te ponías señoritingo, no volvían a llamarte y éramos un centenar buscando hacernos un hueco a codazos. Llegué pronto porque no sabía lo que me iba a encontrar, o dónde. Eran tiempos de guía Campsa, no de GPS. Siempre me daba un poco de corte presentarme, me hacia sentirme pequeño e insignificante. Cosas de las inseguridades. 

Llevábamos un rato tomando café con leche en vasos de cristal Duralex dos enfermeras y yo, echando las primeras risas preparatorias, cuando llegó el. Podría haber sido el padre de cualquiera de nosotros tres. Se disculpó por el retraso mientras me daba la mano, presentándose. Saludó despreocupadamente a las enfermeras, que desde que le habían visto aparecer no habían dejado de lanzarse miradas cargadas como los dados en Las Vegas, que cuando yo interceptaba me provocaban sudores fríos. 

Me llamó desde el primer momento chaval, y me hizo un breve interrogatorio más cortés que interesado que contesté como pude aún a sabiendas de su inutilidad, mientras se repantingaba en un sillón. Tenía ojeras y el pelo algo alborotado, pero gestionaba un aire decadente que la verdad, le sentaba fenomenal. Era, sin duda, un auténtico encantador de serpientes. 

El timbre dio poca tregua aquella mañana veraniega y, sin embargo, la charla iba lentamente afianzando una sintonía rollo maestro-pequeño saltamontes que me fascinaba. Parecía saber mucho de muchas cosas, y esa cualidad, para un pardillo como yo, tenía cualidades irresistiblemente atrayentes. Era hábil con las suturas y en las dos o tres que nos rondaron, pululé a su alrededor como en los viejos tiempos estudiantiles, y hasta me enseñó un par de trucos de perro viejo. Luego, el calor asfixiante nos dio la tregua que esperábamos para sacar nuestros ajuares y prepararnos el condumio, mientras él se disculpaba por no haber tenido tiempo para preparar nada y me dejaba anotado el teléfono del bar de la plaza donde le conocían y comería un buen menú casero. Le dejé marchar pidiéndole que se tomara las cosas tranquilamente, mientras se hacía un silencio opresivo entre las enfermeras que no supe interpretar. 


-"No le conocías, ¿verdad?"- Ante mí negativa con la boca llena de bocadillo de atún en aceite, me dejó el último recadito. - "Pues igual tarda un poco en volver, pero tranquilo, que al final vuelve"

A partir de ahí se envolvieron en un silencio misterioso que duró lo que duró la tregua del calor. El sopor se lo llevaron por delante un par de sustos y un sinfín de trivialidades de esas de las que renegamos con los años, pero que nos daban tanta tranquilidad en nuestras mocedades. Yo ojeaba el reloj de tanto en tanto, y miraba preocupado a las enfermeras que me devolvían gestos de "te lo dije" en todas sus posibles versiones mímicas. A las ocho o las  nueve apareció por fin, con la bata sobre el pijama y un vaso de tubo en la mano con unos restos de aguachirri y hielos tintineando. Se disculpó con la voz pastosa y me aseguró que él se encargaría de la guardia en las próximas horas. Pero se desplomó en el sofá como si la bata fuera de plomo, dejó el vaso sobre la mesa y en segundos roncaba plácidamente. 


Mi cara de desolación debió, por fin, provocar algo de pena en las dos enfermeras, que compadecidas, me pusieron al día de los antecedentes del pobre despojo que dormía en el estar: me contaron cómo le habían despedido del hospital en que llevaba tantos años trabajando como cirujano porque no tenía título, cómo el despido le había costado su matrimonio, cómo su mujer y sus hijas vivían ahora con un antiguo compañero, mientras él cada vez se perdía más en la bebida. Me contaron que ya llevaba varios años trabajando en lo que le querían ofrecer, en cualquier sitio y a cualquier hora, en el único sitio donde, entonces, los requisitos eran mínimos y menos aún las preguntas. Era un buen tipo, pero estaba más que condenado. 


Casi de madrugada apareció en la sala de urgencias. Despeinado pero con el encanto recuperado, volvió a disculparse aduciendo jornadas maratonianas salvando el culo a la gente de personal tapando huecos sin apenas descanso. Nos sentamos en el estar, solos. Las enfermeras habían decidido aprovechar una breve tregua. A mí, los nervios apenas me dejaban conciliar el sueño. Rebuscó en el congelador y encontró unos hielos. Sacó dos vasos y preparó dos copas con una botella de whisky que llevaba en su bolsa. Me puso una en la mano, aunque yo la había rechazado insistentemente. 


Luego charlamos horas, sobre las copas que le quitaban el temblor de las manos antes de entrar al quirófano, las que tomaban sus compañeros durante las guardias, y no iba a ser menos, las que después de un día duro le anestesiaban los dolores que había dejado la Medicina y, más tarde, los que le había ido dejando la vida. 

- "Hay veces que a la vida le da por torcerse, y esa mierda no hay quien la enderezca". 


Nuestros caminos se separaron y no volvimos a coincidir en una guardia, aunque seguí oyendo hablar de él en alguno de los sitios a los que iba. Entendía los comentarios y me parecían lógicos y racionales, pero no podía dejar de pensar en esa vida abocada al desastre sin una mano capaz de ayudarle. Y en todo eso pensaba en esa calurosa tarde de entierro, en que alguien que no conocía lloraba amargamente frente a su ataúd, quién sabe si con la misma sensación de fracaso que andaba yo sudando. 


La imagen es de Nicolas Cage probablemente en su mejor (quizás única salvable) película: Leaving Las Vegas. 









4 comentarios:

Juan Antonio García Pastor dijo...

No se.
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Una vez me crucé con algo parecido.
Era de la época de las interinidades de 9 meses, allá por los años ochenta.
El centro de salud era recién estrenado y estaba en un pueblo del sur.
Eramos un celador, un enfermero y yo. Yo era el nuevo y era la primera guardia de esta interinidad. Ellos eran propietarios.
Pasó algo similar.
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Comenzamos a las 5 de la tarde y sobre las 6 y media salieron a la cafetería enfrente del centro de salud. El celador volvió en 30 minutos algo "alegre". El enfermero tardó más. Usando una frase tuya, llegó con las transaminasas apestando. Fue al baño tambaleándose y se cayó al suelo y se quedó dormido. Estaba tan cargado de cognac que no notaba el frio del piso. Cuando acabó de dormirla ya eran las 6 de la madrugada. No le dije nada.
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Y aunque era un novato y era mi primera guardia en ese centro de salud, a las 8 de la mañana le conté a la enfermera jefe lo sucedido.
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Tres días después repetimos guardia.
Vino todo enfadado porque di parte y me dijo que era un mal compañero.
"¿Mal compañero?", le contesté. "Yo no te dejé solo y volví borracho al cabo horas sin poder mantener de pie, ni consciente. Y si lo hiciste desde el primer día sin pudor alguno es que probablemente lo hagas con frecuencia. Nos quedan 9 meses de convivencia. Tú verás, pero ni se te ocurra volver a beber en las guardias, ni vengas bebido".
Dio media vuelta, bajó la cabeza y no volvió a repetirse en las siguientes guardias.
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Creo que hay cosas que no hay que aceptar pues no nos complacen, ni estamos conformes con ellas, y precisan que seamos asertivos desde el principio pues vulneran derechos y son muy irrespetuosa.
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Ya han pasado 30 años.
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Raul Calvo Rico dijo...

Hola Juan Antonio. Es increíble cómo se pueden llegar a repetir historias en nuestras ya largas vidas profesionales. En realidad me parece que hiciste perfecto. Hay actitutudes que son intolerables especialmente en ciertas situaciones, una de ellas sin duda a la hora de prestar un servicio a la comunidad, como son unas urgencias sanitarias. Y pensando no sólo en nosotros, sino en nuestros pacientes, son situaciones que deben cortarse de raíz.

Con mi historia quería tratar de visibilizar la fragilidad qué se esconde detrás de quienes hemos sido educados como semidioses indestructibles. Llevamos a las espaldas una pesada carga y en ocasiones nuestras vidas pueden derrumbarse bajo la presión. Conozco, todos conocemos, muchos casos de adiciones en nuestra profesión, y sin embargo, no creo que conozcamos ni uno solo que no encierre detrás una tristeza infinita. Solo somos seres humanos, como otros cualquiera, afectados de las mismas flaquezas y debilidades.

Es decir, quería intentar acceder al lado "oscuro" de esa vida destruida, pensando en tantas otras. No sé si lo he conseguido.

Pero, insisto. Creo que yo en tu situación habría actuado exactamente igual. Un abrazo y gracias por el comentario.

Julio González dijo...

Buenas noches Raúl. Una triste historia, realmente. Yo he conocido algunos casos parecidos. Uno de ellos acabó con una muerte que oficialmente no se consideró suicidio pero en realidad lo fue. Recuerdo que en el entierro de este compañero de Atención Primaria , un señor al que yo conocía por ser amigo de mi padre y que era paciente de este profesional comentó: ha sido bueno para todo el mundo menos para él mismo. Detrás de estas historias hay muchas cosas, demasiadas. Cada uno intenta combatir el desgaste profesional como sabe y/o puede y no soy quién para juzgar. Yo he estado más de 1 año de baja. Ahora trabajo pero sigo en tratamiento farmacológico y psicoterapéutico. No he llegado al alcoholismo pero sí a la ideación suicida. Es un trabajo muy jodido este. Y no soy ningún dios. Ni siquiera un superhombre. Solo soy un ser humano lleno de dudas, miedo e inseguridades.
Con tu permiso, voy a llevar esta historia a un grupo de Facebook que he creado, llamado "Burnout profesional en médicos" con el que intentó exorcizar mis temores y ayudar a otros compañeros que puedan sufrir el problema o si es posible, prevenirlo en lo compañeros más jóvenes.
Gracias Raúl.mun abrazo.

Raul Calvo Rico dijo...

Hola Julio. Estoy impresionado con tu historia, tanto la personal como la del compañero, y con la frase escalofriante de "fue bueno con todos menos consigo mismo".
Pretendía con este relato dejar al descubierto la fragilidad real en la que nos movemos. Tenemos vidas detrás y delante y a veces nos vemos atrapados entre ambas. Entonces la fuga se convierte en el único camino, y esa ya cada uno la interpreta como puede.
Me sentiré muy honrado de que la compartas en tu grupo.

Un fuerte abrazo.