lunes, 11 de julio de 2016

Nadie hablará de nosotros

Supongo que el arte de pasar desapercibido se tiene o no se tiene. Su hermano mayor y su hermana pequeña lo tenían, pero él no. Y no sería porque no lo había intentado, llevaba practicando desde que recordaba. Cuando su padre llegaba trastabillándose y llamaba a su mujer a voces, sus hermanos desaparecían como por ensalmo, y él parecía llevar encima un jersey fosforescente: se le veía a la legua. Intentaba quitarse de en medio silenciosamente, miraba alrededor buscando desesperadamente una cortina tras la que camuflarse, una mesa bajo la que esconderse. Pero no había manera. Y las bofetadas se mezclaban con un tufo apestoso a alcohol matarratas, y se revolvían con la amargura de las lágrimas y de los mocos, y ese revoltijo de sabores se le quedaba tatuado en el cerebro, en la memoria olfativa o donde carajo quiera que se almacenen las penas más negras.


Durante años se había dicho a sí mismo que aquel era un buen hombre. No lo quedaba más remedio, porque a ver quién era el guapo que se confesaba con don Anselmo de odiar al cabronazo de su padre. Y don Anselmo era compañero de los primeros chatos, y aunque le había visto en alguna ocasión reconvenirle, solo había sido en el par de veces que había dejado a su mujer el ojo a la birulé. Los dedos señalados en la cara de los zagales eran harina de otro costal. 


Los sesenta eran tiempos de cambios, de Beatles y melenas, pero no en el campo. Su hermano y él aparcaron las clases por los madrugones y las ampollas en las palmas de las manos. Los años hicieron desaparecer los golpes al tiempo que trasformaban sus cuerpos en robustos e incansables, y a aquel hombre que nunca supo decir basta en la taberna, en un despojo amarillento y de vientre hinchado que terminó sus días gritando sinsentidos desde los pocos pellejos que le quedaron. 


Los años pasaron y la vida siguió ralentizándose como acostumbra en tantas ocasiones. Su hermano y su hermana se fueron del pueblo a darse una oportunidad donde al abrir las ventanas les entrara un aire gris y sucio, pero que no oliera a tristeza. Su madre le miraba silenciosa, como había sido siempre. Pero el percibía el miedo a la soledad tras esa mirada y aquel miedo le encadenaba. 

La primera copa de su vida se la bebió cuando el médico le dijo que aquellos olvidos que ella estaba teniendo y los accidentes caseros que tanto le habían preocupado, era un Alzheimer. El sería un destripa terrones, pero sabía que esa condena no tenía posibilidad de recurrirse. Pidió ayuda a sus hermanos que desembarcaron con sus familias urbanizadas, sin desprenderse del hato de visita, y sus soluciones de ingresos y residencias y ahí te quedas, ya nos llamaremos. 


Cuando quiso darse cuenta, en realidad, ya no quería darse cuenta de nada. El alcohol era poderoso invadiendo su mente y aplastando la negrura de su presente, o todavía más poderoso, convirtiendo toda su vida en un marasmo anestesiado y vacío. Al menos él no pegaba a ningún hijo, su destrucción era egoístamente suya. 

La demencia fue tan inclemente como la ginebra, aunque más rápida. El ataúd era tan pequeño como el de un niño. El marchaba detrás hacia la fosa, con los pies y la cabeza pesándole como pesa la pena negra y la botella que la noche anterior le dejó sin sentido. Su hermano y su hermana, con sus parejas del brazo y sus trajes negros de Zara, le miraban ofendidos y enfadados. El no dijo nada cuando le llevaron a un psiquiatra para que dejara la bebida. Los silencios eran ya los protagonistas de su vida. Le dieron pastillas, le hacían acudir dos veces por semana a una reunión donde aún no había dicho más que su nombre, y sabía que en los dos bares y en la tienda del pueblo se había convertido de repente en un menor de edad: lo sabia por la forma disimulada con la que la tendera vigilaba lo que cogia de los estantes, y por el apuro que percibía en los taberneros cuando levantaba el dedo para pedir, y casi podía escuchar el resoplido de alivio cuando abrían una cero cero. 


El médico no conocía la calle, pero creía haberla memorizado en el plano de internet. El coche patrulla de la Guardia Civil señalaba el lugar sin ninguna duda. Se saludaron con esa solidaridad de los que están guardando a los que descansan. El médico le hizo un par de preguntas al guardia, que señaló unas escaleras que conducían a un altillo sobre un almacén abierto. La enfermera se acercó al medico:

-"¿Te importa que no suba? Si te parece voy a ver si alguien ahí dentro nos necesita" 


El médico sonrió y le agradeció que se ocupara de cuidar a quien pudiera necesitarla. Después de tantos años juntos, sobran palabras y explicaciones. Siguió al guardia escaleras arriba sin poder evitar la tensión, algo avergonzado por desear estar en cualquier otro lugar del mundo. La imagen tenía una tristeza singular, sobre todo por los detalles de la cotidaneidad: el pijama, las zapatillas. La expresión se graba en la retina, en ese lugar que sabes que ocupará siempre. La vida se había escapado dejando toda la pena del mundo colgada de la viga de aquel tejadillo. 

El viaje de vuelta al centro de salud fue silencioso, con las imágenes pugnando por reproducirse mil veces, pero sin embargo, por alguna extraña razón, hubo pocos por qués. Tal vez porque tratar con tantas vidas nos haya enseñado lo solitarios que podemos llegar a ser. 




5 comentarios:

Pilar Serrano dijo...

Un relato crudo y triste que me ha cautivado por estar pero maravillosamente bien escrito.

mperezde dijo...

Durísimo. Bellísimo

Kríspula de los Cárpatos dijo...

Triste realidad. Magnífica la redacción.

Raul Calvo Rico dijo...

Muchísimas gracias por los comentarios.

Merche M. dijo...

Me quito el sombrero una vez más.