lunes, 16 de abril de 2018

Fama

Estaba tumbado de medio lado bajo una palmera, junto a la playa. Escuchaba el chisporroteo de la hoguera a punto de extinguirse, los ronquidos suaves de sus compañeros de naufragio, el removerse inquietos sobre la arena, recordando los colchones de sus casas... y el zumbido perenne de la cámara grabándoles, esas imágenes en grises fantasmagóricos que era incapaz de entender que hubiera una sola persona en el mundo interesada en ver.

Y así, dándole la espalda al zumbido insoportable, magullado y hambriento, con la piel como un pergamino viejo, lloró en silencio, procurando que el llanto no desenmascarara la aparente inmovilidad de su falso sueño.

Era inútil, por más que lo intentaba no conseguía descubrir en qué momento todo se le había ido de las manos y le había llevado hasta allí. El era un médico de pueblo sin más pretensiones que ir cada mañana a su consulta, atender a sus parroquianos entre el café de la mañana y la cerveza al finalizar el día, sus ancianos esperándole en sus casas, apartando las cortinas rayadas para dejarle entrar con el respeto propio de una autoridad que se digna a pisar tan modestas moradas. Una vida tranquila, sin ambiciones, sin brillo, pero confortable, a la que había aprendido a adaptarse aquel hijo de cirujano de las más altas instancias del país, que no había podido seguir la estela de su eminente padre más que renqueando y dejándose en el camino del MIR todas las aspiraciones de sucesión de la corona que se había imaginado su ilustre predecesor.


Pero la realidad era que él se sentía cómodo en su vida provinciana, en sus rutinas amables, en sus charlas de bar de la plaza. Aprendió pronto a sobrellevar el desprecio casi palpable en los comentarios paternos, por el procedimiento disruptivo de poner en el mismo nivel las intrincadas operaciones del cirujano jefe con las visitas a la casa de la anciana que quería morirse en su cama, sin que la pusiera la mano encima ningún otro médico que no fuera el suyo de cabecera, las consultas de la realeza con las del paisano que dejaba el tractor a la puerta del consultorio para llevarle unos melones y de paso consultarle por la de veces que se tenía que levantar cada noche a mear, con el frío que hacía en su casa. Su padre terminaba por callar porque notaba el desafío del enfrentamiento a cada réplica y no le cabía en la cabeza que alguien quisiera discutir con él con tan pobres argumentos.


Así que la vida fue pasando, como lo hace siempre, con ese deje tan suyo de monotonía y placidez. Hasta que un buen día aparecieron por su consulta un par de jóvenes con un look radicalmente distinto al local, y le propusieron una entrevista: la ruralidad estaba de moda, como las barbas aceitosas y las camisas de leñador. Abandonar las grandes urbes y volverse a las ubres para beber leche recién ordeñada era la última moda, y los señoritingos de las revistas fashion del reino urbanita habían descubierto que en esos nuevos parques temáticos del retiro del mundanal ruido aún quedaba un puñado de gente entretenida en hacer algo por la salud de los parroquianos. Y allá que se fueron, como quien va en busca de exteriores para rodaje, y en el casting descubren en el médico del pueblo un "ángel" en el que ven posibilidades como sólo saben verlo los headhunters de la farándula. El principio, como todos los principios, fue una mezcla de temores y un deseo de reivindicar y reivindicarse, todo suficientemente mezclado y macerado como para que no se percibiera el tufillo a podrido que soltaba la vanidad y el orgullo.


Sí recuerda allí, con la cabeza sobre la almohada improvisada de hojas que le separa de la arena, las primeras entrevistas, el hablar franco y la imagen de confianza que transmitían las fotos, cómo calaban en la gente, cómo despertaba en él una capacidad comunicativa que en realidad era sólo elevar a la enésima potencia el rifirrafe del día a día de la consulta. Y poco a poco, como si se hubiera licuado e introducido en unos vasos comunicantes gigantes, había ido pasando de unas radios a otras, de unos periódicos a otros, de unos platós a otros, hasta que su sonrisa se convirtió en la sonrisa del médico de cabecera de medio país.


Y en las reuniones familiares disfrutaba en secreto viendo a su padre fruncir el ceño cuando sus cuñados le preguntaban por los famosos a quienes conocía en los programas de la televisión, y se lo pasaba en grande contando alguna anécdota picarona que había escuchado off the récord de alguno de los insignes pacientes operados por el patriarca del clan.

Pronto tuvo varias ofertas para pasarse al lado oscuro de la comunicación. Tenía que abandonar su consulta, porque los contratos exigen jornadas completas, servidumbres de la fama. Y dudó durante varias noches, aun en su cama de colchón de viscolástica, porque de verdad había aprendido a amar su trabajo. Pero cuarenta días en el desierto con el demonio comiéndote la oreja a tiempo completo era demasiado para cualquiera que no fuera el hijo de Dios, y los oropeles de la fama deslumbran como la madre que los parió.

Y así acabó paseando palmito en varios programas de uno de los imperios del monopolio, primero en secciones dedicadas en cuerpo y alma a la salud, y, poco a poco, que las ventas del alma pueden ser perfectamente a plazos, en otras secciones dedicadas en cuerpo y cuerpo a mantener a la audiencia con la pestaña pegada a la LED a cualquier precio.


Así que, con las lágrimas ensuciándole aún más la cara de lo que la tenía, medio en pelotas en esa playa falsamente desierta, con micrófonos grabando hasta los borborigmos de su hambre perenne, pensaba en lo que se estaría riendo su padre si no hubiera decidido morirse, y no metafóricamente, de vergüenza. Y se prometía a sí mismo que en cuanto amaneciera y las cámaras volvieran a grabar con la luz del Caribe, el cogería el portante y se piraría a pedir perdón a los pacientes de su pueblo por haberlos abandonado por un mísero plato de lentejas. Que se metan el reality por donde les cupiera. Y la fama, y el dinero. Sí, seguro que mañana lo haría.
















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