El médico está recostado en el respaldo de su silla, en una de las esquinas de la mesa alargada. Le gustaría estar en cualquier otro sitio. Bueno, no en cualquier otro sitio, en uno donde estuviese sólo, en silencio, y donde pudiera llorar tranquilamente las lágrimas que le apetece llorar sin que nadie le mire pensando que se ha quedado corto en la dosis que toma de antidepresivos. Pero esa entelequia es imposible y por ahora debe conformarse con mantenerse recostado en el respaldo de su silla como si ese pequeño gesto le ofreciera la perspectiva necesaria para contemplar el tercer acto de la tragicomedia en que se estaba convirtiendo esa reunión de amigos.
Pero en realidad, cuanta más perspectiva intentaba conseguir, más dolor sentía, y más deseos le asaltaban de estar en cualquier otro lado. Bueno, no en cualquier otro lado, en la dimensión del silencio y la soledad, en la que las lágrimas son cualquier cosas menos extrañas.
La noche había empezado como empiezan todas esas reuniones, a las que no se invita a los años, aunque los muy cabrones se empeñen en presentarse sin invitación, y encima lo hagan en plan desagradable y maleducado. Pero como ocurre con los invitados desagradables y maleducados, el resto los ignoraba cortesmente y la velada progresaba por los cauces de los recuerdos y las anécdotas, que son cauces tranquilos y hasta bucólicos, y en los que todo el mundo se siente cómodo y seguro.
La comida va buscando su hueco entre las risotadas y las añoranzas, y aunque parezca imposible termina por encontrarlo. Las copas se transmutan del dorado en el rojo sangre, tan apropiado en una reunión de médicos, y en ese trasiego se relajan los músculos de las lenguas y las palabras se atropellan unas a otras, contentas y felices de verse rodeadas por todas partes de risas, que para las palabras son una especie de hermana menor simpática a la que gustan de sacar de ronda.
Cuando se despeja la mesa aparecen los cafés enseñoreándose de los manteles, y las anécdotas y los recuerdos empiezan a agotarse como velas de cumpleaños de un viejo mal sopladas, y quedan despacio arrinconadas por conversaciones en otros tonos, más recios, más duros. La hermana simpática se ha ido a acostar y las palabras sin risas son mucho más ásperas, y a veces hasta tienen bordes afilados que dejan heridas incisas que interesan piel y hasta tejido celular subcutáneo.
Hay copas sobre la mesa. Alcohol que por esconderse entre cubitos de hielo, hierbas, frutas y tónicas, no deja de ser alcohol. Alcohol que ofrece su clásica falacia de claridad mental y lenguas de estopa. Sí, éste sigue siendo un país donde las cenas de amigos deben diluirse en alcohol de quemar neuronas.
Tampoco hacía falta nada para que se desnudaran de precauciones y prudencia ciertas ideas. Este es un grupo de médicos, personas que llevan años con los dedos en el fango de las vidas y las muertes de otros seres, un batiburrillo de especialidades multicromático, una macedonia bastante indigesta de expertos en el ser humano y en cada una de sus partes por separado. Esta es una reunión de aquellos chicos y chicas veinteañeros que se miraban con timidez unos a otros en la guardarropía del hospital donde les entregaban sus uniformes bordados con el Dr o la Dra que hizo sentirse tan orgullosas a sus madres.
Y entonces el veneno empezó a correr como la sangre en una película de Tarantino, sin control y sin medida. Aquellas personas que eran ya incapaces de decir dónde estarían aquellos primeros pijamas, pusieron sobre la mesa un repertorio de acusaciones que manchaba por completo el mantel, desafiando al más potente de los detergentes de anuncio televisivo. Los pacientes eran seres alienígenas incapaces de entender su lenguaje, insensibles a su abnegación y sus desvelos. Todos ellos eran hipócritas, maleducados, zafios, egoístas, malcriados, inconformistas, despreciables, soberbios, orgullosos, mentirosos, vacuos. Unos soberanos tontos del culo.
Los casos particulares iban sumando folios al sumario, uno detrás de otro, de forma inapelable. Cada uno de ellos era jaleado, rodeado de movimientos comprensivos tónico-clónicos de cabeza, acompañado de algún exabrupto celaniano, corroborado por dos o más testigos de casos similares o con matices aún más sanguinarios.
El tribunal supremo de la Medicina, reunido en sesión plenaria, había decidido sacar a pasear a la jauría completa de sus rencores. Y el fallo era unánime, indiscutible e inapelable.
Y aquel médico reclinado sobre el respaldo de su sillón, aquel cobarde que hubiera preferido estar en cualquier otro sitio, bueno, en cualquier otro no, en una cámara de vacío anti gravitatoria donde sus lágrimas se convirtieran en burbujas que flotaran a su alrededor estallando a su albedrío, aquel sujeto se preguntó qué había pasado en todos esos años para que debajo de las alfombras de toda aquella buena gente, todos aquellos jóvenes que se enfrentaban con un cierto temblor en las canillas y en la voz a su primer paciente, debajo de todos esos años de vocación, de trabajo, de preocupaciones, de dolor y de alegría, qué habría pasado para que, despacio, inadvertidamente, como el cansancio que nos cierra los ojos cada noche, se hubiese acumulado tan oscuro y horrendo rencor.
Este blog recoge historias de un médico de pueblo, suyas y de personas con las que han cruzado sus vidas. Todos los actores han sido convertidos en personajes literarios por voluntad del autor, de modo que en sus fabulaciones, aun podrían conservar rasgos identificables por los propios actores. Si así fuera, mis disculpas, y suprimiré gustoso cualquiera de las entradas si se me pidiera.
lunes, 27 de agosto de 2018
lunes, 20 de agosto de 2018
Un día de furia
La noche anterior, al preparar la mochila, ya podía percibirse que aquella no sería una guardia normal. Sobre la cama se había quedado la maleta repleta de bermudas, polos, camisetas, toallas de playa e intenciones de desconectar, aunque no es ese orden ni tampoco en cantidades proporcionadas. La mochila llevaba lo justo, sobre todo de ánimo. Justo, justito.
Así que la mañana tenía que despertarse con una jaqueca, regalo de los hados por si alguien pensaba que sería fácil rematar la faena. Un puñal sin piedad horadando la órbita derecha con una saña propia de una mafioso resentido. No, resoplando no se iba a solucionar ese primer inconveniente postrero, pero tampoco tenía pinta de que se resolviera con seiscientos cincuenta miligramos de paracetamol, que, no obstante, entraron por el gaznate con los últimos sorbos del café con leche cargado hasta las trancas de cafeína con el que ritualmente el médico buscaba reproducir cada mañana el milagro de Lázaro.
La carretera tenía siempre cierto efecto relajante, pero en esta ocasión se dirigía al noroeste en lugar de hacia el sur, que era hacia donde apuntaba el deseo o la necesidad, así que tampoco ejerció esa labor de gimnasia neuronal que había sido siempre tan eficaz. Al llegar a la consulta, el ordenador escupió un listado casi ofensivo, que dejaba menos huecos libres que en un concierto de Springteen. Los veraneantes se mezclaban con los pacientes de toda la vida, en una macedonia difícil de digerir, de las que provocan reflujos gastroesofágicos incontrolados.
Los segundos son claramente audibles. sobrevuelan las palabras encubriéndolas en demasiadas ocasiones. La empatía se diluye a la velocidad a la que deberían correr las horas; hoy ambas han decidido descoordinarse y dejar de llevarse bien. Pero aunque a veces parezca que el tiempo ha decidido correr al revés, termina rindiéndose a la tiranía del universo lineal y la consulta se acerca a su fin. Mientras el puñal sigue horadando sin piedad el globo ocular, después de haber coqueteado brevemente con el paracetamol, la consulta se cierra. El médico echa un último vistazo asombrándose como siempre de que los objetos no conozcan la añoranza y asistan fríos a su marcha.
El coche no toma el camino del descanso, sino que se dirige a cumplir el último servicio. La enfermera intenta contagiar el ánimo que le viene de fábrica a un tipo huraño al que se le escapan los gruñidos por el latido que le golpea en el ojo. Se suceden uno tras otro los timbrazos, con esa crueldad que parece reservarse el destino de esperar a que el culo se acomode en el sofá para poner en marcha de nuevo el ritual, que cada vez se acompaña de más juramentos mascullados en antiguo hebreo.
A la quinta dieta blanda astringente que explica, se le nota a punto de añadir arsénico a los condimentos de la limonada alcalina; los llantos de los niños en la camilla parecen multiplicarse en la cabeza como si se hubieran tragado un amplificador Bose, y nota como el buenrrollismo se va oscureciendo como en los malos cuentos de hadas malvadas. Ya no quedan huecos para las carantoñas, las entrevistas se vuelven de una frialdad siberiana al ritmo de sentadillas que siguen marcando sus cuádricpes sentándose y levantándose una y otra vez. Recae en el paracetamol e intenta cerrar los ojos durante la tregua de la cena aunque sea a costa de sacrificar las poco apetecibles bandejas del catering.
Se siente tan cansado que es incapaz de comprender cómo ha llegado hasta esa noche sin haber colapsado en el camino. Las inercias son poderosas y lo mejor es dejarse llevar en la cresta de su ola, porque como adivines el puerto, como le estaba pasando a él aquel día, es posible que te ahogues antes de alcanzar el malecón.
La noche ha sido como todas las de las guardias, de esas que parecen prestadas, de sobresaltos reales e imaginarios, que tanto montan, porque los palos que dan duelen igual en las costillas, y dejan con el mismo insomnio. A la mañana siguiente el Sol parece estar a la distancia de Venus y afinando el olfato hacia el sur, le parece oler las adelfas y el salitre que han empezado a llamarle como las mismísimas sirenas de Ulises, solo que él está dispuesto a tirar por la borda todo el perejil que llevaba tantos meses utilizando para hacer oídos sordos a sus cantos de molicie y pereza.
Al despedirse sonríe cansado a la enfermera y la pide disculpas por haber sido un compañero de fatigas tan horrible. Ella le devuelve la sonrisa, volviendo a resplandecer con su bondad de fábrica. Antes de tomar la ruta a la tierra prometida queda una última visita. Ella es la única razón por la que se va de vacaciones triste, la piedrecita dentro del zapato de su felicidad. Está tan frágil en la cama, de donde ya apenas sale, que al médico se le encoge el alma como sólo saben hacerlo las almas capaces de esponjarse. La besa bromeando para arrancarle una sonrisa que es ya sólo un amago desmayado, una sombra de lo que fue aquella sonrisa que le iluminaba la cara.
Se marcha con la promesa de escribir a diario, intentando tejer una falsa red de seguridad en su familia, la que permiten los móviles y los WhatsApp. Pero se marcha porque ya no puede más, porque no hay quien le eche la zancadilla a ese universo lineal, y él es sólo un médico más que sencillamente, se va de vacaciones.
Así que la mañana tenía que despertarse con una jaqueca, regalo de los hados por si alguien pensaba que sería fácil rematar la faena. Un puñal sin piedad horadando la órbita derecha con una saña propia de una mafioso resentido. No, resoplando no se iba a solucionar ese primer inconveniente postrero, pero tampoco tenía pinta de que se resolviera con seiscientos cincuenta miligramos de paracetamol, que, no obstante, entraron por el gaznate con los últimos sorbos del café con leche cargado hasta las trancas de cafeína con el que ritualmente el médico buscaba reproducir cada mañana el milagro de Lázaro.
La carretera tenía siempre cierto efecto relajante, pero en esta ocasión se dirigía al noroeste en lugar de hacia el sur, que era hacia donde apuntaba el deseo o la necesidad, así que tampoco ejerció esa labor de gimnasia neuronal que había sido siempre tan eficaz. Al llegar a la consulta, el ordenador escupió un listado casi ofensivo, que dejaba menos huecos libres que en un concierto de Springteen. Los veraneantes se mezclaban con los pacientes de toda la vida, en una macedonia difícil de digerir, de las que provocan reflujos gastroesofágicos incontrolados.
Los segundos son claramente audibles. sobrevuelan las palabras encubriéndolas en demasiadas ocasiones. La empatía se diluye a la velocidad a la que deberían correr las horas; hoy ambas han decidido descoordinarse y dejar de llevarse bien. Pero aunque a veces parezca que el tiempo ha decidido correr al revés, termina rindiéndose a la tiranía del universo lineal y la consulta se acerca a su fin. Mientras el puñal sigue horadando sin piedad el globo ocular, después de haber coqueteado brevemente con el paracetamol, la consulta se cierra. El médico echa un último vistazo asombrándose como siempre de que los objetos no conozcan la añoranza y asistan fríos a su marcha.
El coche no toma el camino del descanso, sino que se dirige a cumplir el último servicio. La enfermera intenta contagiar el ánimo que le viene de fábrica a un tipo huraño al que se le escapan los gruñidos por el latido que le golpea en el ojo. Se suceden uno tras otro los timbrazos, con esa crueldad que parece reservarse el destino de esperar a que el culo se acomode en el sofá para poner en marcha de nuevo el ritual, que cada vez se acompaña de más juramentos mascullados en antiguo hebreo.
A la quinta dieta blanda astringente que explica, se le nota a punto de añadir arsénico a los condimentos de la limonada alcalina; los llantos de los niños en la camilla parecen multiplicarse en la cabeza como si se hubieran tragado un amplificador Bose, y nota como el buenrrollismo se va oscureciendo como en los malos cuentos de hadas malvadas. Ya no quedan huecos para las carantoñas, las entrevistas se vuelven de una frialdad siberiana al ritmo de sentadillas que siguen marcando sus cuádricpes sentándose y levantándose una y otra vez. Recae en el paracetamol e intenta cerrar los ojos durante la tregua de la cena aunque sea a costa de sacrificar las poco apetecibles bandejas del catering.
Se siente tan cansado que es incapaz de comprender cómo ha llegado hasta esa noche sin haber colapsado en el camino. Las inercias son poderosas y lo mejor es dejarse llevar en la cresta de su ola, porque como adivines el puerto, como le estaba pasando a él aquel día, es posible que te ahogues antes de alcanzar el malecón.
La noche ha sido como todas las de las guardias, de esas que parecen prestadas, de sobresaltos reales e imaginarios, que tanto montan, porque los palos que dan duelen igual en las costillas, y dejan con el mismo insomnio. A la mañana siguiente el Sol parece estar a la distancia de Venus y afinando el olfato hacia el sur, le parece oler las adelfas y el salitre que han empezado a llamarle como las mismísimas sirenas de Ulises, solo que él está dispuesto a tirar por la borda todo el perejil que llevaba tantos meses utilizando para hacer oídos sordos a sus cantos de molicie y pereza.
Al despedirse sonríe cansado a la enfermera y la pide disculpas por haber sido un compañero de fatigas tan horrible. Ella le devuelve la sonrisa, volviendo a resplandecer con su bondad de fábrica. Antes de tomar la ruta a la tierra prometida queda una última visita. Ella es la única razón por la que se va de vacaciones triste, la piedrecita dentro del zapato de su felicidad. Está tan frágil en la cama, de donde ya apenas sale, que al médico se le encoge el alma como sólo saben hacerlo las almas capaces de esponjarse. La besa bromeando para arrancarle una sonrisa que es ya sólo un amago desmayado, una sombra de lo que fue aquella sonrisa que le iluminaba la cara.
Se marcha con la promesa de escribir a diario, intentando tejer una falsa red de seguridad en su familia, la que permiten los móviles y los WhatsApp. Pero se marcha porque ya no puede más, porque no hay quien le eche la zancadilla a ese universo lineal, y él es sólo un médico más que sencillamente, se va de vacaciones.
domingo, 5 de agosto de 2018
Referentes
Aún ahora, después de tantos años, mientras desfilan en silencio a los lados de la carretera los campos de cereales madrugando, mientras las curvas se amoldan al monte y a las encinas, mientras disfruta de esa tranquilidad que parece esconderse siempre tras los primeros rayos del sol, aun ahora, echa de vez en cuando la vista atrás y se recuerda como la joven rockera que no podía dejar de sonreír el día que la recibieron en la unidad docente, el día que conoció a sus compañeros, aquella mañana de nervios e ilusión que aunque parezca una barbaridad, en su imaginario particular de emociones, está casi al nivel del día de su boda, y a menos de un cuerpo de distancia del día que vio por primera vez la carita de sus dos princesas.
Deseaba con tanta fuerza ser médica de familia, había soñado durante tanto tiempo con andurrear por la calles de un pueblo con un maletín de cuero en la mano y el saludo y la sonrisa permanentemente de servicio, había imaginado una y otra vez saborear un mundo de historias, rozar con los dedos otras vidas dejando una mínima huella de cariño, de acompañamiento, de consuelo, había fantaseado tantas y tantas noches de insomnio pre-examen con convertirse en sanadora.
Y la residencia amenazó con defraudarla, pero ella volvía a casa y se ponía su camiseta de Motoröhead, dejaba que Lemmy pusiera el cuello en hiperextesión y soltara en el micro todo el chorro aguardentoso de voz en su As de Picas, prometiéndose driblar todos los obstáculos para que nada le desviara de su objetivo. Seguro que muchos la llamarían cabezona. También es verdad que hay mucho imbécil.
Su tutor la enseñó desde el primer momento a sentir la Medicina por debajo de la piel, una ducha a chorro fresca de humanidad que quedaba lejísimos de todas esas quejas permanentes que escuchaba en cuanto no le quedaba más remedio que oír, de todas esas pirañas que mordisqueaban su pedacito de tarta, de todos esos desencantados de trastabillar desde lo alto de sus columnas.
Su tutor le puso unas gafas para ver la Medicina desde el latido de los corazones de quienes se sentaban a su lado confiados o desconfiados, rotos o eufóricos, derrotados o victoriosos, amados o repudiados. Y le hizo caminar por esa Medicina a paso de tortuga, porque cualquier otra cosa hubiera sido perderse alguno de esos matices increíbles.
Así que aquel hombre se convirtió por derecho propio en el descubrimiento que le cambió la vida, en la figura principal en el altar mayor de sus particulares altares de la Medicina de Cabecera.
Y cuando la película se fundió en negro y las letras The End la sorprendieron, una cabronada parida por unos gallitos cortos de miras llamada precariedad la dejó rezando jaculatorias ante esos altares cada día, cada noche en que volvía de una consulta y otra, una cara tras otra que pasaban como las que se ven fugazmente cuando se cruzan dos trenes, sin que tuviera tiempo para mirarlas bajo la piel con sus gafas de tortuga.
Así que cuando la ofrecieron la oportunidad de dejar de firmar más contratos que autógrafos Lemmy Kilmister en el backstage, y encima para trabajar con jóvenes cachorros, no lo dudó ni un instante, y se dedicó en cuerpo y alma a fabricar más gafas tortugas que Afflelou, aunque se quedara con muchas de ellas en el cajón hasta que se caían de viejas, porque así son las cosas, no todos los ojos toleran esa graduación.
Pero aunque los años pasaron, ni una sola de las noches en que la vida le regalaba una pausa dejaba de pensar ante su altar de la Medicina en la Cabecera en cumplir aquellos viejos deseos de andurrear, de saludar, de consolar, de escuchar historias, de acompañar, de sanar.
Y no fue una decisión fácil. Porque las rutinas a veces requieren divorcios traumáticos de los de tirarse los trastos a la cabeza. Pero ahí estaba, conduciendo despacio mientras el trigo se dejaba mecer, sonriendo a los chavales que cogían el autobús para ir al instituto del pueblo cercano, saludando al cartero que empieza a patear las calles, tomándose un café en el bar de la plaza mientras las vidas se reconocen en la sala de espera de su consulta, con ese afán tempranero de la gente del pueblo.
El aterrizaje no era fácil, cualquiera lo hubiera supuesto. Médica nueva, joven, relevando al médico de toda la vida. La longitudinalidad es extremadamente celosa, y lleva fatal las jubilaciones. Y luego había que aprender a domar a esa fiera de diecisiete pulgadas saturada de iconos, que prometía ayuda eterna pero que encerraba detrás una gravedad de agujero hawkiniano capaz de absorber toda la energía, de tragarse todas las miradas desde detrás de sus gafas de tortuga.
Y aunque ella se resistía, se creía capaz de no perder el oremus, había días como aquel en que la presión le apretaba como si se hubiera puesto una camisa de cuatro talla menos. Y tenía que ir a ver a ese paciente, llevaba días esperándola; sus hijas aceptaban con sonrisas las excusas que les iba dando por teléfono cuando la comía el tiempo. No estaba dispuesta. No había vuelto para dar excusas por teléfono.
La recibieron como si hubiera llamado a su puerta la esperanza. La casa estaba oscura y olía a pena y a agonía. En la cama reconoció a la muerte como sólo saben reconocerla quienes hace tiempo que dejaron de intentar regatearla. De su maletín salieron cachivaches que atraían las miradas de aquellas personas que se repartían alrededor de la cama, de todas menos de su paciente, que mantenía los ojos cerrados, como si no quisiera gastar sus últimas miradas. No, aquello no sería inminente, pero sería, sin duda.
La pena tiene siempre un ramalazo opresivo, que te acompaña hasta la puerta, y se queda allí, junto a las hijas de su paciente, despidiéndola, como una buena anfitriona.
- ¿Quiere tomar un café, doctora?
- No, gracias, tengo que volver a la consulta, he dejado unas cosas por hacer en el ordenador.
- Claro, no se preocupe, otro día. Doctora, ¿usted cree que podríamos llevar a mi padre al curandero del pueblo de al lado?
La médica mira al suelo porque acaba de darse cuenta de que había pisado sus gafas de tortuga, las había dejado hechas añicos, y los cristales le devolvían un reflejo multiplicado por mil de fracaso. Allí, detrás de esas mujeres, tras el quicio de la puerta, esta la pena negra y la médica que siempre quiso ser. Y no lo duda.
- Creo que me tomaré ese café
Ace of Spades, canción contenida en el álbum del mismo nombre, el cuarto de Motörhead, publicado en 1980. Dedicado a una gran médica de cabecera.
Deseaba con tanta fuerza ser médica de familia, había soñado durante tanto tiempo con andurrear por la calles de un pueblo con un maletín de cuero en la mano y el saludo y la sonrisa permanentemente de servicio, había imaginado una y otra vez saborear un mundo de historias, rozar con los dedos otras vidas dejando una mínima huella de cariño, de acompañamiento, de consuelo, había fantaseado tantas y tantas noches de insomnio pre-examen con convertirse en sanadora.
Y la residencia amenazó con defraudarla, pero ella volvía a casa y se ponía su camiseta de Motoröhead, dejaba que Lemmy pusiera el cuello en hiperextesión y soltara en el micro todo el chorro aguardentoso de voz en su As de Picas, prometiéndose driblar todos los obstáculos para que nada le desviara de su objetivo. Seguro que muchos la llamarían cabezona. También es verdad que hay mucho imbécil.
Su tutor la enseñó desde el primer momento a sentir la Medicina por debajo de la piel, una ducha a chorro fresca de humanidad que quedaba lejísimos de todas esas quejas permanentes que escuchaba en cuanto no le quedaba más remedio que oír, de todas esas pirañas que mordisqueaban su pedacito de tarta, de todos esos desencantados de trastabillar desde lo alto de sus columnas.
Su tutor le puso unas gafas para ver la Medicina desde el latido de los corazones de quienes se sentaban a su lado confiados o desconfiados, rotos o eufóricos, derrotados o victoriosos, amados o repudiados. Y le hizo caminar por esa Medicina a paso de tortuga, porque cualquier otra cosa hubiera sido perderse alguno de esos matices increíbles.
Así que aquel hombre se convirtió por derecho propio en el descubrimiento que le cambió la vida, en la figura principal en el altar mayor de sus particulares altares de la Medicina de Cabecera.
Y cuando la película se fundió en negro y las letras The End la sorprendieron, una cabronada parida por unos gallitos cortos de miras llamada precariedad la dejó rezando jaculatorias ante esos altares cada día, cada noche en que volvía de una consulta y otra, una cara tras otra que pasaban como las que se ven fugazmente cuando se cruzan dos trenes, sin que tuviera tiempo para mirarlas bajo la piel con sus gafas de tortuga.
Así que cuando la ofrecieron la oportunidad de dejar de firmar más contratos que autógrafos Lemmy Kilmister en el backstage, y encima para trabajar con jóvenes cachorros, no lo dudó ni un instante, y se dedicó en cuerpo y alma a fabricar más gafas tortugas que Afflelou, aunque se quedara con muchas de ellas en el cajón hasta que se caían de viejas, porque así son las cosas, no todos los ojos toleran esa graduación.
Pero aunque los años pasaron, ni una sola de las noches en que la vida le regalaba una pausa dejaba de pensar ante su altar de la Medicina en la Cabecera en cumplir aquellos viejos deseos de andurrear, de saludar, de consolar, de escuchar historias, de acompañar, de sanar.
Y no fue una decisión fácil. Porque las rutinas a veces requieren divorcios traumáticos de los de tirarse los trastos a la cabeza. Pero ahí estaba, conduciendo despacio mientras el trigo se dejaba mecer, sonriendo a los chavales que cogían el autobús para ir al instituto del pueblo cercano, saludando al cartero que empieza a patear las calles, tomándose un café en el bar de la plaza mientras las vidas se reconocen en la sala de espera de su consulta, con ese afán tempranero de la gente del pueblo.
El aterrizaje no era fácil, cualquiera lo hubiera supuesto. Médica nueva, joven, relevando al médico de toda la vida. La longitudinalidad es extremadamente celosa, y lleva fatal las jubilaciones. Y luego había que aprender a domar a esa fiera de diecisiete pulgadas saturada de iconos, que prometía ayuda eterna pero que encerraba detrás una gravedad de agujero hawkiniano capaz de absorber toda la energía, de tragarse todas las miradas desde detrás de sus gafas de tortuga.
Y aunque ella se resistía, se creía capaz de no perder el oremus, había días como aquel en que la presión le apretaba como si se hubiera puesto una camisa de cuatro talla menos. Y tenía que ir a ver a ese paciente, llevaba días esperándola; sus hijas aceptaban con sonrisas las excusas que les iba dando por teléfono cuando la comía el tiempo. No estaba dispuesta. No había vuelto para dar excusas por teléfono.
La recibieron como si hubiera llamado a su puerta la esperanza. La casa estaba oscura y olía a pena y a agonía. En la cama reconoció a la muerte como sólo saben reconocerla quienes hace tiempo que dejaron de intentar regatearla. De su maletín salieron cachivaches que atraían las miradas de aquellas personas que se repartían alrededor de la cama, de todas menos de su paciente, que mantenía los ojos cerrados, como si no quisiera gastar sus últimas miradas. No, aquello no sería inminente, pero sería, sin duda.
La pena tiene siempre un ramalazo opresivo, que te acompaña hasta la puerta, y se queda allí, junto a las hijas de su paciente, despidiéndola, como una buena anfitriona.
- ¿Quiere tomar un café, doctora?
- No, gracias, tengo que volver a la consulta, he dejado unas cosas por hacer en el ordenador.
- Claro, no se preocupe, otro día. Doctora, ¿usted cree que podríamos llevar a mi padre al curandero del pueblo de al lado?
La médica mira al suelo porque acaba de darse cuenta de que había pisado sus gafas de tortuga, las había dejado hechas añicos, y los cristales le devolvían un reflejo multiplicado por mil de fracaso. Allí, detrás de esas mujeres, tras el quicio de la puerta, esta la pena negra y la médica que siempre quiso ser. Y no lo duda.
- Creo que me tomaré ese café
Ace of Spades, canción contenida en el álbum del mismo nombre, el cuarto de Motörhead, publicado en 1980. Dedicado a una gran médica de cabecera.
lunes, 30 de julio de 2018
Amigos y nostalgias
El médico no puede evitar una punzada de nostalgia. Le desagrada, como esos aires que le cuentan los pacientes que son incapaces de expulsar después de las comidas, ni aunque se pongan hasta las trancas de Aero-redes. Pero es igual de insistente, y seguramente será mucho más difícil de eliminar que si estuviera en la otra tesitura. Y le desagrada porque debería ser un día completamente feliz. La boda de tu mejor amigo da para comedieta hollywodiana de la Roberts y su sonrisa todo dientes, y para deshacerte bajo el tórrido sol de la estepa reflejado en los adoquines medievales mientras caminas hacia el ayuntamiento con tu mujer jurando en griego bamboleándose desde los tacones sobre el empedrado.
Las bodas de los amigos han consumido gran parte de la juventud del médico. Aparecieron en su vida al estilo tsunami, afortunadamente coincidiendo con el estrecho desahogo económico que concedía el sueldo de un residente. Eran tiempos de iglesias y juzgados, de parrandas exuberantes y descontroladas, con una tendencia preocupante a finalizar en estados cuasi catatónicos, y desde luego, muy alejados de ese recto proceder con que terminaban las instancias en los viejos tiempos. Los años de la residencia están trufados de historias de bodas, tan repletos de anécdotas de chaqués y vestidos blancos, de tunas y Paquitos chocolateros, como lo están de sucedidos de guardias de urgencias.
Así que mientras el médico siente cómo las axilas empiezan a inundarse bajo la chaqueta y los cuarenta grados a la sombra, la punzada nostálgica aprieta en epigastrio insistente, y aunque disimuladamente hace amago de eructar, no consigue que se esfume.
Entonces inevitablemente la cabeza entra en ese modo matemático tan cabrón que le permite calcular en décimas segundos los años que hace que se acabó aquella aventura, y cuando la cosa pasa del número veinte, el médico se caga en el tanguista que lleva toda la vida clavándosela diciéndole que eso no es nada. Los cojones. Es muchísimo.
Las bodas de los cincuentones son casi todas segundas o terceras oportunidades, copas de champán por el guiño amable de la fortuna, regadas con dos o tres gotitas de amargor porque la vida no haya destapado el frasco de las esencias esos jodidos veinte años antes. Las caras conocidas se meten en ese baile caprichoso en el que siguen ahí todos los rasgos de la juventud que conocimos, mientras el tiempo parece haberse comportado como un niño consentido, clemente aquí y despiadado allá, repartiendo flacideces, arrugas, canas, barrigas, papadas y calvas en asimétrico desorden.
Las vidas que se encuentran se reconocen en los pasados y los presentes, en un despelote en que se cuelan hijos y trabajos, jefes y enfermedades, las propias y las ajenas, los que nunca estuvieron y los que se fueron y dejaron un hueco mayor que un cráter lunar. Una médica de familia de la ciudad, completamente urbanizada, otro de pueblo, feliz en su ruralidad, otra que se deja los riñones en la urgencia del hospital, un digestólogo que se cayó de bruces al lado oscuro de la privada cuando dejó de creer que podría cambiar lo que apestaba a su alrededor, un otorrino que reparte cera a diestro y siniestro como si fuera Jackie Chan en una reunión del hampa en HongKong, y un intensivista que se deja la vida en dos UCIs para poder cumplir el sueño de su hijo de ser médico. Seis historias diferentes pero con troncalidad, seis vidas veinte años después que miran con cierta envidia, qué leches, con una envidia feroz y muy muy insana a la mesa de ocho o diez jóvenes de aquellos que mezclarán las anécdotas de la puerta con las del último baile trastabillado en el alegre sopor del séptimo gin-tonic.
Definitivamente, las bodas a los cincuenta no son lo que fueron. Bueno, en resumidas cuentas, tampoco nosotros lo somos, piensa el médico, mientras se toma unas sales de frutas y
por fin consigue eructar y tragarse esa dichosa bola de la nostalgia.
Dedicado a mi grandísimo amigo/hermano Enrique, que ha tenido las santas narices de provocarme todo este revoltijo de sentimientos, de alegría y nostalgia, y todo ello desde su más absoluta y completa felicidad. Suerte, amigo.
Las bodas de los amigos han consumido gran parte de la juventud del médico. Aparecieron en su vida al estilo tsunami, afortunadamente coincidiendo con el estrecho desahogo económico que concedía el sueldo de un residente. Eran tiempos de iglesias y juzgados, de parrandas exuberantes y descontroladas, con una tendencia preocupante a finalizar en estados cuasi catatónicos, y desde luego, muy alejados de ese recto proceder con que terminaban las instancias en los viejos tiempos. Los años de la residencia están trufados de historias de bodas, tan repletos de anécdotas de chaqués y vestidos blancos, de tunas y Paquitos chocolateros, como lo están de sucedidos de guardias de urgencias.
Así que mientras el médico siente cómo las axilas empiezan a inundarse bajo la chaqueta y los cuarenta grados a la sombra, la punzada nostálgica aprieta en epigastrio insistente, y aunque disimuladamente hace amago de eructar, no consigue que se esfume.
Entonces inevitablemente la cabeza entra en ese modo matemático tan cabrón que le permite calcular en décimas segundos los años que hace que se acabó aquella aventura, y cuando la cosa pasa del número veinte, el médico se caga en el tanguista que lleva toda la vida clavándosela diciéndole que eso no es nada. Los cojones. Es muchísimo.
Las bodas de los cincuentones son casi todas segundas o terceras oportunidades, copas de champán por el guiño amable de la fortuna, regadas con dos o tres gotitas de amargor porque la vida no haya destapado el frasco de las esencias esos jodidos veinte años antes. Las caras conocidas se meten en ese baile caprichoso en el que siguen ahí todos los rasgos de la juventud que conocimos, mientras el tiempo parece haberse comportado como un niño consentido, clemente aquí y despiadado allá, repartiendo flacideces, arrugas, canas, barrigas, papadas y calvas en asimétrico desorden.
Las vidas que se encuentran se reconocen en los pasados y los presentes, en un despelote en que se cuelan hijos y trabajos, jefes y enfermedades, las propias y las ajenas, los que nunca estuvieron y los que se fueron y dejaron un hueco mayor que un cráter lunar. Una médica de familia de la ciudad, completamente urbanizada, otro de pueblo, feliz en su ruralidad, otra que se deja los riñones en la urgencia del hospital, un digestólogo que se cayó de bruces al lado oscuro de la privada cuando dejó de creer que podría cambiar lo que apestaba a su alrededor, un otorrino que reparte cera a diestro y siniestro como si fuera Jackie Chan en una reunión del hampa en HongKong, y un intensivista que se deja la vida en dos UCIs para poder cumplir el sueño de su hijo de ser médico. Seis historias diferentes pero con troncalidad, seis vidas veinte años después que miran con cierta envidia, qué leches, con una envidia feroz y muy muy insana a la mesa de ocho o diez jóvenes de aquellos que mezclarán las anécdotas de la puerta con las del último baile trastabillado en el alegre sopor del séptimo gin-tonic.
Definitivamente, las bodas a los cincuenta no son lo que fueron. Bueno, en resumidas cuentas, tampoco nosotros lo somos, piensa el médico, mientras se toma unas sales de frutas y
por fin consigue eructar y tragarse esa dichosa bola de la nostalgia.
Dedicado a mi grandísimo amigo/hermano Enrique, que ha tenido las santas narices de provocarme todo este revoltijo de sentimientos, de alegría y nostalgia, y todo ello desde su más absoluta y completa felicidad. Suerte, amigo.
miércoles, 25 de julio de 2018
Solo quiere verle
Ella tiene en las entrañas un monstruo empeñado en devorarla, un grandísimo hijo de puta que pretende llevársela por delante. Y lo hará, lo hará más tarde o más temprano. Aunque le costará, porque ella es fuerte como una roca y no han pasado por encima ochenta y nueve años, dos visitas a la UCI, una cicatriz en medio del esternón, un par de válvulas mecánicas y medio kilo de pastillas diarias para dejarse forzar la mano así como así.
Ir a la consulta había sido siempre para ella un grano en el culo. No es que tuviera nada contra el médico, es capaz de recitar sin equivocarse los nombres de los cuatro o cinco que ha habido en los años en que se recuerda que hubiera médico en el pueblo, y de todos ellos guarda un recuerdo agradable. Pero en general los médicos cuanto más lejos de ella mejor. Bastante los ha tenido danzando a su alrededor con sus batas y sus pijamas verdes, azules, blancos, de todos los pelajes, jóvenes con todo por hacer, otros con la experiencia en forma de otros más jóvenes revoloteando junto a ellos, y algunos deseando pasear por la playa dedicados a escribir sus memorias o a cuidar a sus nietos.
Sí, ha visto demasiados. Así que las visitas a su médico de cabecera cada año se cuentan con los dedos de una mano y sobran un par de ellos. El le trata bien, sale a recibirla a la puerta, le ayuda a sentarse dándole la mano, a su lado, algo que al principio le extrañó bastante, pero que con el tiempo terminó por gustarle. Se sientan codo con codo y charlan, sobre cómo se encuentra, habla sobre la familia, las cosas del pueblo, intercalando hábilmente las preguntas que ella sabe que él quiere intercalar: se te hinchan las piernas, te fatigas cuando subes la cuesta desde la panadería hasta tu casa. Ella contesta con paciencia y aunque siempre rezongando, acepta hacerse su analítica anual, la que tranquiliza a sus hijas y la conciencia del médico.
Pero aquella primavera la vida le pesaba como una losa de mármol, las piernas eran tan graníticas como esa losa sobre el pecho, y el ánimo apenas le daba para quitarse las legañas por la mañana y calentarse la leche. El médico se sorprendió de verla con su hija frente a la puerta, e hizo alguna de sus bromas capaces de relajar las salas de espera más densas. Cuando le llegó su turno, su hija le ayudó a ponerse de pie, pero ella se agarró al brazo del médico para sentarse en la silla junto a él, como siempre hacía. Fue su hija la que habló de su tristeza, de cómo se había esfumado ese remolino incontrolable que había sido su madre, habló de sus sospechas de depresión, de que quizás una pequeña ayuda en forma de pastillita matutina devolviera las cosas a su ser.
Ella permanecía callada allí, junto al médico, que la miraba como si quisiera volverla del revés, más allá de su silencio, más allá de su cicatriz de esternotomía y de sus clicks valvulares, más allá de sus ojos acuosos, de los casi noventa años que cincelan su rostro. La pastilla queda aplazada al veredicto de una analítica que empezó a descubrir a la bestia que hasta entonces se había limitado a crecer enjaulada y oculta como la gran cabrona que es.
Y una vez que da el primer rugido, lo complicado es mantener a raya al ejército almas que con la mejor de las intenciones pretenden cercarlo, acojonarlo, hacerlo huir, aún a sabiendas de que está agarrado con uñas y dientes a su presa, y que no piensa dejarla como si tal cosa. Pero ella no soporta los hospitales, no quiere ver a ningún médico que no sea el suyo, así que pide tregua y vuelve a su casa porque es su cama, su sillón, su patio.
Y solo quiere sentirse cuidada, solo quiere poder contarle a su médico cómo el dolor es un puño en la boca del estómago retorciéndola las entrañas, cómo las piernas le tiemblan cuando quiere levantarse del sillón, solo quiere sentir que sigue siendo importante para alguien, que ahí fuera hay alguien pendiente de si se le hinchan las piernas, de si ha comido, de si ha cagado, de si se ha animado a bajar andando hasta el banco del final de la calle o de si ese puño cabrón bajo las costillas no la ha dejado ni hinchar el pecho a gusto en toda la noche.
Porque eso es todo lo que ella quiere, a sus ochenta y nueve años, ella sólo quiere verle.
Ir a la consulta había sido siempre para ella un grano en el culo. No es que tuviera nada contra el médico, es capaz de recitar sin equivocarse los nombres de los cuatro o cinco que ha habido en los años en que se recuerda que hubiera médico en el pueblo, y de todos ellos guarda un recuerdo agradable. Pero en general los médicos cuanto más lejos de ella mejor. Bastante los ha tenido danzando a su alrededor con sus batas y sus pijamas verdes, azules, blancos, de todos los pelajes, jóvenes con todo por hacer, otros con la experiencia en forma de otros más jóvenes revoloteando junto a ellos, y algunos deseando pasear por la playa dedicados a escribir sus memorias o a cuidar a sus nietos.
Sí, ha visto demasiados. Así que las visitas a su médico de cabecera cada año se cuentan con los dedos de una mano y sobran un par de ellos. El le trata bien, sale a recibirla a la puerta, le ayuda a sentarse dándole la mano, a su lado, algo que al principio le extrañó bastante, pero que con el tiempo terminó por gustarle. Se sientan codo con codo y charlan, sobre cómo se encuentra, habla sobre la familia, las cosas del pueblo, intercalando hábilmente las preguntas que ella sabe que él quiere intercalar: se te hinchan las piernas, te fatigas cuando subes la cuesta desde la panadería hasta tu casa. Ella contesta con paciencia y aunque siempre rezongando, acepta hacerse su analítica anual, la que tranquiliza a sus hijas y la conciencia del médico.
Pero aquella primavera la vida le pesaba como una losa de mármol, las piernas eran tan graníticas como esa losa sobre el pecho, y el ánimo apenas le daba para quitarse las legañas por la mañana y calentarse la leche. El médico se sorprendió de verla con su hija frente a la puerta, e hizo alguna de sus bromas capaces de relajar las salas de espera más densas. Cuando le llegó su turno, su hija le ayudó a ponerse de pie, pero ella se agarró al brazo del médico para sentarse en la silla junto a él, como siempre hacía. Fue su hija la que habló de su tristeza, de cómo se había esfumado ese remolino incontrolable que había sido su madre, habló de sus sospechas de depresión, de que quizás una pequeña ayuda en forma de pastillita matutina devolviera las cosas a su ser.
Ella permanecía callada allí, junto al médico, que la miraba como si quisiera volverla del revés, más allá de su silencio, más allá de su cicatriz de esternotomía y de sus clicks valvulares, más allá de sus ojos acuosos, de los casi noventa años que cincelan su rostro. La pastilla queda aplazada al veredicto de una analítica que empezó a descubrir a la bestia que hasta entonces se había limitado a crecer enjaulada y oculta como la gran cabrona que es.
Y una vez que da el primer rugido, lo complicado es mantener a raya al ejército almas que con la mejor de las intenciones pretenden cercarlo, acojonarlo, hacerlo huir, aún a sabiendas de que está agarrado con uñas y dientes a su presa, y que no piensa dejarla como si tal cosa. Pero ella no soporta los hospitales, no quiere ver a ningún médico que no sea el suyo, así que pide tregua y vuelve a su casa porque es su cama, su sillón, su patio.
Y solo quiere sentirse cuidada, solo quiere poder contarle a su médico cómo el dolor es un puño en la boca del estómago retorciéndola las entrañas, cómo las piernas le tiemblan cuando quiere levantarse del sillón, solo quiere sentir que sigue siendo importante para alguien, que ahí fuera hay alguien pendiente de si se le hinchan las piernas, de si ha comido, de si ha cagado, de si se ha animado a bajar andando hasta el banco del final de la calle o de si ese puño cabrón bajo las costillas no la ha dejado ni hinchar el pecho a gusto en toda la noche.
Porque eso es todo lo que ella quiere, a sus ochenta y nueve años, ella sólo quiere verle.
lunes, 16 de julio de 2018
Como un pato en el Manzanares
De vez en cuando la vida pega una de sus cabriolas y de golpe y porrazo decide llevarnos veinte años atrás en el tiempo. Yo no puedo dejar de pensar que lo hace para burlarse de nosotros, esos seres insignificantes que se sienten tan importantes durante ese breve parpadeo que son nuestras existencias en el devenir infinito del tiempo.
Me siento muy extraño en el hospital. Se me antoja enorme, una bestia dispuesta a devorarme. Mi mujer y yo nos vamos haciendo pequeños cuando nos acercamos a la puerta principal, ella con una carpeta de plástico en la mano, con ese orden tan alemán que le da un encanto exasperante; yo con un pequeño maletín con un libro, un pijama, y cuatro cosas de aseo, como si fuéramos proscritos obligados a escapar en plena noche.
Hace sólo veinte años me movía por allí como si lo hubieran construido para mi. Veinte años no es nada, miente el tango. Veinte años marean de tanto como son. Me quedo en un segundo plano mientras ella coloca sus papeles sobre el mostrador y el ordenador escupe etiquetas con su nombre y apellidos y como la recepcionista de un hotel, la administrativa de admisión hace un gesto a la celadora que espera tras el mostrador para que nos acompañe a nuestra habitación. La seguimos obedientes, acompasando nuestro paso al suyo, corto y cansado, más cerca de las playas de Benidorm que de la vida laboral.
Cuando llegamos a la habitación, nos quedamos los dos mirándonos en silencio sin saber muy bien que hacer. Es una habitación pequeña, individual, en la zona de maternidad. Se amontonan los recuerdos dentro de las cunas que hay en cada una de las habitaciones, la nuestra girada hacia la zona común de baño que comparte con la habitación contigua. Volvemos a mirarnos sin poder evitar la nostalgia, la reconozco perfectamente en sus ojos, como se que ella puede reconocerla en los míos. Es una nostalgia instintiva e inmediata, a la que le cuesta disolverse incluso cuando la espantamos con los manotazos de la razón y el tiempo.
Enseguida entran una auxiliar que deja el camisón de lunares sobre la cama. Veinte años no es nada para la ropa de noche. Nos reímos de la atemporalidad del atrezzo, las mismas sábanas con la franja azul, la misma manta blanca y áspera, el mismo sillón de tortura. Prefiere ponerse su pijama para esa primera noche. Al poco tiempo entra una enfermera. Es joven, pero se la nota la soltura de llevar ya algún tiempo en el mismo lugar trabajando. Trae sus aparatos en un carrito y cuando empieza su retahíla de instrucciones, mi mujer la interrumpe, se presenta y la pregunta su nombre. La enfermera se queda como aturdida y dice su nombre con timidez, para reanudar enseguida su guión aprendido.
Cuando se va, sonrío porque en realidad me ha gustado la pequeña lección de enfermera añosa que le ha dado mi mujer a la joven. Unos minutos después una auxiliar nos trae dos pastillas con la orden de tomárselas antes de dormir. Lo de para qué sirven y qué te pueden provocar se ve que se da por descontado, en mi chiringuito se hace lo que yo digo y sin rechistar. No puedo evitar pensar en la confianza ciega que deben traer de casa los pacientes.
La noche se hace corta porque los ritmos del hospital son circadianos y molestos, y porque para descansar es mejor un resort del Caribe, qué duda cabe. Las legañas matutinas se las devora el estrés que te provoca ver venir a los celadores a llevarse la cama al quirófano. Somos una triste comitiva siguiéndola. No hay nadie que no se vea frágil y desvalida en una cama de hospital empujada por los pasillos, tapada hasta el cuello con las sábanas blancas logueadas. Las puertas que separan el área quirúrgica tiene sabor a programa de la televisión, de esos que desapareces entre humo y con fanfarrias, solo que aquí mucho más pueril y simplón. Nos quedamos esperando allí, ante las puertas, con otros familiares igual de angustiados y de perdidos, hasta que sale una enfermera con un pijama azul que va nombrando uno por uno a los premiados, nos dice su nombre, recoge nuestros nuestros números de teléfono y nos anuncia las horas en las que se dejará caer por la sala de espera con las últimas noticias de aquel mundo de sabios, de cuchillos y sangre, de dormir hasta casi la muerte y de resucitaciones y de vida.
Durante la espera me he encontrado a un par de pacientes de mis pueblos. Se asombran de verme allí, desubicado y torpe, como si pensaran que esas cosas de las enfermedades no deberán tocar a su médico de cabecera, ni a su familia, como si estuviera dilapidando un crédito concedido por el Ministerio de Sanidad. Me dejan esperando con sus mejores deseos de que todo siga el buen rumbo, y espero pacientemente a que la enfermera con su uniforme azul con las letras "quirófano" recorriéndola de arriba a abajo, me diga el minuto de juego en el que está el partido, y al menos un apunte sobre si estamos encerrados en nuestro área o dominamos tranquilamente el partido.
La espera la interrumpe el nombre de mi mujer resonando en los altavoces, y las prisas con las que nos acercamos al mostrador. Nos mandan otra vez a la puerta de fama, y allí el cirujano nos sonríe con una sonrisa bálsamo bebé que provoca suspiros y sonrisas contagiosas. Luego unas horas que se hacen de ciento veinte minutos porque ya sólo piensas en volver a verla y acariciarla la cara y hacerle la estúpida pregunta de cómo estás, pues rajada y jodida, como es lógico, pero es que en esos momentos ningún ser humano está para ponerse shakesperiano.
Y aunque te has prometido a ti mismo no usar ninguno de tus contactos, no puedes evitar dudar cuando ves que el reloj sigue corriendo como si fuera el conejito de Duracell, y harto de estar tan harto y tan nervioso, haces un par de llamadas para que al fin le coloquen un teléfono junto a la cara y diga tres o cuatro palabras, suficientes para respirar con el máximo de capacidad pulmonar.
Y vuelves a pensar en qué diferente es ver la corrida de toros desde la arena, con el morlaco echándote el aliento y los cuernos apuntándote a la barriga. Definitivamente, veinte años son muchos, los suficientes para sentirme completamente extraño.
Gracias a cada una y cada uno de los excelentes profesionales de todas las categorías que de un modo u otro nos han atendido estos días, e intentan hacer lo mejor posible su trabajo en lo que para mi es uno de los ambientes más hostiles posibles hacia el ser humano. Gracias por llenar ese ambiente de humanidad. Es"fácil" ser muy humano en una consulta de Atención Primaria, no lo es tanto serlo en un hospital. Así que gracias.
Me siento muy extraño en el hospital. Se me antoja enorme, una bestia dispuesta a devorarme. Mi mujer y yo nos vamos haciendo pequeños cuando nos acercamos a la puerta principal, ella con una carpeta de plástico en la mano, con ese orden tan alemán que le da un encanto exasperante; yo con un pequeño maletín con un libro, un pijama, y cuatro cosas de aseo, como si fuéramos proscritos obligados a escapar en plena noche.
Hace sólo veinte años me movía por allí como si lo hubieran construido para mi. Veinte años no es nada, miente el tango. Veinte años marean de tanto como son. Me quedo en un segundo plano mientras ella coloca sus papeles sobre el mostrador y el ordenador escupe etiquetas con su nombre y apellidos y como la recepcionista de un hotel, la administrativa de admisión hace un gesto a la celadora que espera tras el mostrador para que nos acompañe a nuestra habitación. La seguimos obedientes, acompasando nuestro paso al suyo, corto y cansado, más cerca de las playas de Benidorm que de la vida laboral.
Cuando llegamos a la habitación, nos quedamos los dos mirándonos en silencio sin saber muy bien que hacer. Es una habitación pequeña, individual, en la zona de maternidad. Se amontonan los recuerdos dentro de las cunas que hay en cada una de las habitaciones, la nuestra girada hacia la zona común de baño que comparte con la habitación contigua. Volvemos a mirarnos sin poder evitar la nostalgia, la reconozco perfectamente en sus ojos, como se que ella puede reconocerla en los míos. Es una nostalgia instintiva e inmediata, a la que le cuesta disolverse incluso cuando la espantamos con los manotazos de la razón y el tiempo.
Enseguida entran una auxiliar que deja el camisón de lunares sobre la cama. Veinte años no es nada para la ropa de noche. Nos reímos de la atemporalidad del atrezzo, las mismas sábanas con la franja azul, la misma manta blanca y áspera, el mismo sillón de tortura. Prefiere ponerse su pijama para esa primera noche. Al poco tiempo entra una enfermera. Es joven, pero se la nota la soltura de llevar ya algún tiempo en el mismo lugar trabajando. Trae sus aparatos en un carrito y cuando empieza su retahíla de instrucciones, mi mujer la interrumpe, se presenta y la pregunta su nombre. La enfermera se queda como aturdida y dice su nombre con timidez, para reanudar enseguida su guión aprendido.
Cuando se va, sonrío porque en realidad me ha gustado la pequeña lección de enfermera añosa que le ha dado mi mujer a la joven. Unos minutos después una auxiliar nos trae dos pastillas con la orden de tomárselas antes de dormir. Lo de para qué sirven y qué te pueden provocar se ve que se da por descontado, en mi chiringuito se hace lo que yo digo y sin rechistar. No puedo evitar pensar en la confianza ciega que deben traer de casa los pacientes.
La noche se hace corta porque los ritmos del hospital son circadianos y molestos, y porque para descansar es mejor un resort del Caribe, qué duda cabe. Las legañas matutinas se las devora el estrés que te provoca ver venir a los celadores a llevarse la cama al quirófano. Somos una triste comitiva siguiéndola. No hay nadie que no se vea frágil y desvalida en una cama de hospital empujada por los pasillos, tapada hasta el cuello con las sábanas blancas logueadas. Las puertas que separan el área quirúrgica tiene sabor a programa de la televisión, de esos que desapareces entre humo y con fanfarrias, solo que aquí mucho más pueril y simplón. Nos quedamos esperando allí, ante las puertas, con otros familiares igual de angustiados y de perdidos, hasta que sale una enfermera con un pijama azul que va nombrando uno por uno a los premiados, nos dice su nombre, recoge nuestros nuestros números de teléfono y nos anuncia las horas en las que se dejará caer por la sala de espera con las últimas noticias de aquel mundo de sabios, de cuchillos y sangre, de dormir hasta casi la muerte y de resucitaciones y de vida.
Durante la espera me he encontrado a un par de pacientes de mis pueblos. Se asombran de verme allí, desubicado y torpe, como si pensaran que esas cosas de las enfermedades no deberán tocar a su médico de cabecera, ni a su familia, como si estuviera dilapidando un crédito concedido por el Ministerio de Sanidad. Me dejan esperando con sus mejores deseos de que todo siga el buen rumbo, y espero pacientemente a que la enfermera con su uniforme azul con las letras "quirófano" recorriéndola de arriba a abajo, me diga el minuto de juego en el que está el partido, y al menos un apunte sobre si estamos encerrados en nuestro área o dominamos tranquilamente el partido.
La espera la interrumpe el nombre de mi mujer resonando en los altavoces, y las prisas con las que nos acercamos al mostrador. Nos mandan otra vez a la puerta de fama, y allí el cirujano nos sonríe con una sonrisa bálsamo bebé que provoca suspiros y sonrisas contagiosas. Luego unas horas que se hacen de ciento veinte minutos porque ya sólo piensas en volver a verla y acariciarla la cara y hacerle la estúpida pregunta de cómo estás, pues rajada y jodida, como es lógico, pero es que en esos momentos ningún ser humano está para ponerse shakesperiano.
Y aunque te has prometido a ti mismo no usar ninguno de tus contactos, no puedes evitar dudar cuando ves que el reloj sigue corriendo como si fuera el conejito de Duracell, y harto de estar tan harto y tan nervioso, haces un par de llamadas para que al fin le coloquen un teléfono junto a la cara y diga tres o cuatro palabras, suficientes para respirar con el máximo de capacidad pulmonar.
Y vuelves a pensar en qué diferente es ver la corrida de toros desde la arena, con el morlaco echándote el aliento y los cuernos apuntándote a la barriga. Definitivamente, veinte años son muchos, los suficientes para sentirme completamente extraño.
Gracias a cada una y cada uno de los excelentes profesionales de todas las categorías que de un modo u otro nos han atendido estos días, e intentan hacer lo mejor posible su trabajo en lo que para mi es uno de los ambientes más hostiles posibles hacia el ser humano. Gracias por llenar ese ambiente de humanidad. Es"fácil" ser muy humano en una consulta de Atención Primaria, no lo es tanto serlo en un hospital. Así que gracias.
lunes, 9 de julio de 2018
Ídolos con pies de barro
Mario lleva toda la semana pensando en la consulta de hoy. Toda la semana. Esta última noche ha sido terrible: ha descansado muy poco, nunca pensó que le ocurriría pero la mente humana es extraña. Y ahora, después de haberse despejado con una ducha más fría de lo normal, después de haber saludado un poco más serio de lo que en él es habitual a la gente con la que comparte la sala de espera, de haber contestado al interés por su madre con apenas unas frases escuetas, agradece el silencio que se ha hecho en torno a él. Es lo que tiene mostrarse antipático: que te ofrece espacio para pensar.
La puerta de la consulta se abre. Reconoce enseguida a una vecina de las que sólo sabe llamarle en diminutivo, como si aun fuera a comprar cromos al kiosko de la esquina. Sale sonriendo e intercambiando frases con el médico, como si se conocieran de toda la vida, conociéndose de toda la vida. Es una figura atemporal, Quizás no tanto, pero para empaparle de temporalidad hay que hacer inevitablemente un esfuerzo, porque forma tanta parte del barrio como la plaza del mercado o el parque infantil. Claro que cambian de aspecto, pero nadie parece advertirlo.
Pero el día le empujaba al análisis, y se lanzaba a él sin dudas, estaba dispuesto a sacar el bisturí y diseccionar. Sigue siento alto, imponente con su bata blanca siempre abierta y recogida tras las manos en los bolsillos, como si fuera la capa de un superhéroe. Y sigue teniendo exactamente la misma sonrisa que un superhéroe, la de quien te rescata de tus miedos, la de alguien a quien apetece dar la mano para atravesar un huracán.
Sonríe a todos los que esperan y le bastan dos frases que se ajustan a la perfección en el delicado intríngulis de los nervios, las ansiedades y los cansancios de la sala, y que, como si hubiera terminado un puzzle de cinco mil piezas, provocan el mismo efecto relajarte y falsamente placentero. Entregado a su análisis pormenorizado, advierte esa capacidad de hacer que todo fluya, esa tranquilidad que sabe que es capaz de regalar a su alrededor con dos sonrisas, una palmada en la espalda o poniendo sus dedos índice y corazón sobre el pulso radial de un enfermo angustiado.
Y recuerda cuántas veces tocó el timbre de la puerta de la casa de su abuela cuando la carne de su abuelo abandonaba los huesos de su cara para convertirle muy despacio en su máscara mortuoria, y él lloraba, pequeño y asustado, escondido detrás de las piernas de su madre. Y encontraba siempre el momento de revolverle esa maraña de pelo rojo que entonces era imposible que lograra peinarse, mientras las mujeres de su casa se quedaban detrás de él despidiéndole entre agradecimientos y lágrimas.
Y tampoco consigue olvidar el tiempo que pasó consolándoles cuando su mujer perdió su primer niño cuando empezaba a apuntar barriga y ya habían pensado nombres de niña y de niño, sin importarle cuánta gente había detrás de la puerta removiéndose intranquilos en esa misma sala de espera en la que no paraban de asaltarle los recuerdos.
Hay dos tipos trajeados en una esquina, en un lugar estratégico donde son invisibles y tremendamente visibles. Tienen maletines negros y ese aire de suficiencia, de quienes se sienten por encima de pacientes, del vulgo en general. Como si dispusieran de un pase vip. La siguiente vez que se abre la puerta se aseguran de que han sido vistos. Los pases vip funcionan y disculpándose muy amablemente y asegurándoles a todos que será sólo un minuto, son absorbidos por la consulta, provocando apenas un leve murmullo de incomodidad.
En pocos minutos salen entre apretones de manos y se marchan de nuevo con disculpas, reanudándose el desfile de pacientes entrando y saliendo como si nada hubiera ocurrido. Él es el siguiente. No puede dejar de pensar en el artículo que ha leído en el periódico. Habla de cientos de millones anuales gastados en los médicos. No dice en cuales, no dice dónde, no sabe si una parte ha llegado hasta esa puerta que cuando se abra, le dará paso por fin a él. Lleva todos esos días releyendo en su memoria cada línea que le explica algunas cosa en las que nunca creyó que iba a pensar.
Hoy iba a recoger la medicación para su madre. Las pastillas nuevas para el dolor que empezó a probar hace cuatro semanas la dejan adormilada, pasa las mañanas en un constante mareo, le cuesta pensar y a veces parece balbucear como si su cerebro se estuviese convirtiendo en papilla. Tiene menos dolores, pero Mario duda de si el precio a pagar no sería excesivo. Y ahora, antes de pasar a la consulta, ya no puede dejar de pensar sobre si aún queda dentro de él sitio para el respeto.
La puerta de la consulta se abre. Reconoce enseguida a una vecina de las que sólo sabe llamarle en diminutivo, como si aun fuera a comprar cromos al kiosko de la esquina. Sale sonriendo e intercambiando frases con el médico, como si se conocieran de toda la vida, conociéndose de toda la vida. Es una figura atemporal, Quizás no tanto, pero para empaparle de temporalidad hay que hacer inevitablemente un esfuerzo, porque forma tanta parte del barrio como la plaza del mercado o el parque infantil. Claro que cambian de aspecto, pero nadie parece advertirlo.
Pero el día le empujaba al análisis, y se lanzaba a él sin dudas, estaba dispuesto a sacar el bisturí y diseccionar. Sigue siento alto, imponente con su bata blanca siempre abierta y recogida tras las manos en los bolsillos, como si fuera la capa de un superhéroe. Y sigue teniendo exactamente la misma sonrisa que un superhéroe, la de quien te rescata de tus miedos, la de alguien a quien apetece dar la mano para atravesar un huracán.
Sonríe a todos los que esperan y le bastan dos frases que se ajustan a la perfección en el delicado intríngulis de los nervios, las ansiedades y los cansancios de la sala, y que, como si hubiera terminado un puzzle de cinco mil piezas, provocan el mismo efecto relajarte y falsamente placentero. Entregado a su análisis pormenorizado, advierte esa capacidad de hacer que todo fluya, esa tranquilidad que sabe que es capaz de regalar a su alrededor con dos sonrisas, una palmada en la espalda o poniendo sus dedos índice y corazón sobre el pulso radial de un enfermo angustiado.
Y recuerda cuántas veces tocó el timbre de la puerta de la casa de su abuela cuando la carne de su abuelo abandonaba los huesos de su cara para convertirle muy despacio en su máscara mortuoria, y él lloraba, pequeño y asustado, escondido detrás de las piernas de su madre. Y encontraba siempre el momento de revolverle esa maraña de pelo rojo que entonces era imposible que lograra peinarse, mientras las mujeres de su casa se quedaban detrás de él despidiéndole entre agradecimientos y lágrimas.
Y tampoco consigue olvidar el tiempo que pasó consolándoles cuando su mujer perdió su primer niño cuando empezaba a apuntar barriga y ya habían pensado nombres de niña y de niño, sin importarle cuánta gente había detrás de la puerta removiéndose intranquilos en esa misma sala de espera en la que no paraban de asaltarle los recuerdos.
Hay dos tipos trajeados en una esquina, en un lugar estratégico donde son invisibles y tremendamente visibles. Tienen maletines negros y ese aire de suficiencia, de quienes se sienten por encima de pacientes, del vulgo en general. Como si dispusieran de un pase vip. La siguiente vez que se abre la puerta se aseguran de que han sido vistos. Los pases vip funcionan y disculpándose muy amablemente y asegurándoles a todos que será sólo un minuto, son absorbidos por la consulta, provocando apenas un leve murmullo de incomodidad.
En pocos minutos salen entre apretones de manos y se marchan de nuevo con disculpas, reanudándose el desfile de pacientes entrando y saliendo como si nada hubiera ocurrido. Él es el siguiente. No puede dejar de pensar en el artículo que ha leído en el periódico. Habla de cientos de millones anuales gastados en los médicos. No dice en cuales, no dice dónde, no sabe si una parte ha llegado hasta esa puerta que cuando se abra, le dará paso por fin a él. Lleva todos esos días releyendo en su memoria cada línea que le explica algunas cosa en las que nunca creyó que iba a pensar.
Hoy iba a recoger la medicación para su madre. Las pastillas nuevas para el dolor que empezó a probar hace cuatro semanas la dejan adormilada, pasa las mañanas en un constante mareo, le cuesta pensar y a veces parece balbucear como si su cerebro se estuviese convirtiendo en papilla. Tiene menos dolores, pero Mario duda de si el precio a pagar no sería excesivo. Y ahora, antes de pasar a la consulta, ya no puede dejar de pensar sobre si aún queda dentro de él sitio para el respeto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





