miércoles, 25 de julio de 2018

Solo quiere verle

Ella tiene en las entrañas un monstruo empeñado en devorarla, un grandísimo hijo de puta que pretende llevársela por delante. Y lo hará, lo hará más tarde o más temprano. Aunque le costará, porque ella es fuerte como una roca y no han pasado por encima ochenta y nueve años, dos visitas a la UCI, una cicatriz en medio del esternón, un par de válvulas mecánicas y medio kilo de pastillas diarias para dejarse forzar la mano así como así.


Ir a la consulta  había sido siempre para ella un grano en el culo. No es que tuviera nada contra el médico, es capaz de recitar sin equivocarse los nombres de los cuatro o cinco que ha habido en los años en que se recuerda que hubiera médico en el pueblo, y de todos ellos guarda un recuerdo agradable. Pero en general los médicos cuanto más lejos de ella mejor. Bastante los ha tenido danzando a su alrededor con sus batas y sus pijamas verdes, azules, blancos, de todos los pelajes, jóvenes con todo por hacer, otros con la experiencia en forma de otros más jóvenes revoloteando junto a ellos, y algunos deseando pasear por la playa dedicados a escribir sus memorias o a cuidar a sus nietos.


Sí, ha visto demasiados. Así que las visitas a su médico de cabecera cada año se cuentan con los dedos de una mano y sobran un par de ellos. El le trata bien, sale a recibirla a la puerta, le ayuda a sentarse dándole la mano, a su lado, algo que al principio le extrañó bastante, pero que con el tiempo terminó por gustarle. Se sientan codo con codo y charlan, sobre cómo se encuentra, habla sobre la familia, las cosas del pueblo, intercalando hábilmente las preguntas que ella sabe que él quiere intercalar: se te hinchan las piernas, te fatigas cuando subes la cuesta desde la panadería hasta tu casa. Ella contesta con paciencia y aunque siempre rezongando, acepta hacerse su analítica anual, la que tranquiliza a sus hijas y la conciencia del médico.


Pero aquella primavera la vida le pesaba como una losa de mármol, las piernas eran tan graníticas como esa losa sobre el pecho, y el ánimo apenas le daba para quitarse las legañas por la mañana y calentarse la leche. El médico se sorprendió de verla con su hija frente a la puerta, e hizo alguna de sus bromas capaces de relajar las salas de espera más densas. Cuando le llegó su turno, su hija le ayudó a ponerse de pie, pero ella se agarró al brazo del médico para sentarse en la silla junto a él, como siempre hacía. Fue su hija la que habló de su tristeza, de cómo se había esfumado ese remolino incontrolable que había sido su madre, habló de sus sospechas de depresión, de que quizás una pequeña ayuda en forma de pastillita matutina devolviera las cosas a su ser.


Ella permanecía callada allí, junto al médico, que la miraba como si quisiera volverla del revés, más allá de su silencio, más allá de su cicatriz de esternotomía y de sus clicks valvulares, más allá de sus ojos acuosos, de los casi noventa años que cincelan su rostro. La pastilla queda aplazada al veredicto de una analítica que empezó a descubrir a la bestia que hasta entonces se había limitado a crecer enjaulada y oculta como la gran cabrona que es.


Y una vez que da el primer rugido, lo complicado es mantener a raya al ejército almas que con la mejor de las intenciones pretenden cercarlo, acojonarlo, hacerlo huir, aún a sabiendas de que está agarrado con uñas y dientes a su presa, y que no piensa dejarla como si tal cosa. Pero ella no soporta los hospitales, no quiere ver a ningún médico que no sea el suyo, así que pide tregua y vuelve a su casa porque es su cama, su sillón, su patio.

Y solo quiere sentirse cuidada, solo quiere poder contarle a su médico cómo el dolor es un puño en la boca del estómago retorciéndola las entrañas, cómo las piernas le tiemblan cuando quiere levantarse del sillón, solo quiere sentir que sigue siendo importante para alguien, que ahí fuera hay alguien pendiente de si se le hinchan las piernas, de si ha comido, de si ha cagado, de si se ha animado a bajar andando hasta el banco del final de la calle o de si ese puño cabrón bajo las costillas no la ha dejado ni hinchar el pecho a gusto en toda la noche.


Porque eso es todo lo que ella quiere, a sus ochenta y nueve años, ella sólo quiere verle.









3 comentarios:

Myriam dijo...

¡Qué bonito escribes hasta lo mas feo! Un beso.

Javier Arribas Aguirregaviria dijo...

Así debe ser y desde nuestro trabajo, el más cercano al paciente debemos seguir junto a ellos hasta el final

Unknown dijo...

Nada más que médicos ...
Y nada menos