lunes, 2 de julio de 2018

Cuidados inversos

El médico llega pronto al centro de salud. Es una costumbre heredada de la disciplina militar que ha vivido en su casa. Se presenta a una administrativa que tiene sujeto entre el hombro y la oreja un teléfono. Dice su nombre y apellidos y ve como toma nota en un papel y entre dos frases apresuradas, le indica con la cabeza el pasillo que conduce a la cocina y el estar. Él está acostumbrado, ha conocido en ese verano ya varias cocinas, y se prepara para la ronda de presentaciones, en el mejor de los casos, saludos corteses y un sinfín de nombres que será incapaz de retener, y en el peor, miradas breves y gestos hoscos que ya ha aprendido a ignorar. Al final todas estas cosas se aprender rápido.


En esta ocasión hay café caliente y una mujer entrada en años, vestida con un uniforme color Guantánamo, con un desparpajo y una verborrea capaz de generar por sí solos un ambiente hogareño en esa cocina despersonalizada, que poniéndole delante una vaso de cristal y metiendo una jarra de leche en el microondas, le da pocas opciones a negarse al redesayuno, pero le arranca la primera sonrisa de gratitud del día. El es un tipo alegre y optimista, pero ese deambular de un sitio a otro, esas presentaciones con sorpresa final, y esa angustia de la consulta desconocida sin duda le están pasando factura.


Poco a poco se van incorporando personajes al sainete. La primera, la administrativa que apuntó su nombre, que le informa de su exitosa alta en el sistema. Veremos. La experiencia le ha ido enseñando que las zancadillas de la tecnología tienen más probabilidades de dejarle con el culo al aire que cualquier otra cosa. Mientras termina su café, le pide que le indique dónde está su consulta; le gusta estar allí un buen rato antes de empezar la batalla: abrir el ordenador, leer el listado de los nombres, familiarizarse con el mobiliario, con los bártulos que se repiten de una en otra, y con los que le sorprenden e incluso, como le ha ocurrido en alguna ocasión, con los que le perturban.


La administrativa le mira asombrada; falta aún un buen rato para que hagan acto de presencia sus compañeros, que aun deberán pasar por la cocina y el ritual cafetero de la mañana, sin olvidar la cohorte de trajeados que han ido tomado posiciones en las sillas de espera que hay justo a la entrada del centro, con sus carpetas preparadas, sus folletos y sus bolígrafos esperando encontrar su lugar en los bolsillos de las batas. Él no lleva bata y prefiere no perder ahí su tiempo. Las dos afirmaciones le conceden la primera mirada rara del día. Está acostumbrado a sentirse vegetariano en una feria del jamón serrano.


Entran un par de enfermeras charlando animadamente. Le regalan una sonrisa amable y sus nombres; el médico les hace el mismo regalo y se promete a sí mismo retenerlos en su memoria al menos aquella mañana. Una de ellas es su compañera de cupo, ella misma le da el dato, justo cuando se disponía a hacerlo la administrativa. El médico le pregunta si hay algún paciente en el cupo que esté muy mal y haya que ir a visitarlo a su casa. A la enfermera la pregunta le ha sonado a chino mandarín por lo inesperada, pero es obvio que le gusta, porque la sonrisa se amplía y mientras se sirve su café de rigor, le cuenta que hay dos pacientes ancianos que lo están pasando mal en los últimos meses, desde que a ambos se les diagnosticaron un par de cánceres cabrones de los que se ceban en personas tan mayores, a sabiendas de que encontrarán la batalla casi ganada sin resistencia. El calor y las pastillas que se toman para aliviar los mordiscos interiores les están pasando factura, y aunque el margen de actuación está lejos de ser grande, las visitas de su enfermera y su médico les ofrecen consuelo, les permiten dar rienda suelta a sus quejas y cuitas, y son árnica del bueno para los dolores del cuerpo y de lo que no es el cuerpo.


El joven médico le pide a la enfermera que encuentre un hueco para ir juntos a verles, pero ella, riendo, menea la cabeza con la misma condescendencia que una madre a la que su hijo pequeño le ha pedido que le lleve a Disneyworld. No tendrás tiempo, le advierte. Una vez que empieces la consulta, no podráss mover el culo del asiento hasta que tengas que irte. El niega con la cabeza, tan obstinado como el niño empeñado en ir a Disney, y vuelve a pedirle que le avise en cuanto está disponible. Durante la conversación han ido llegando más miembros del equipo, todos con sus batas, casi todos saludando brevemente, diciendo sus nombres e interesándose por dónde va a estar o cuántos días se quedará. Él abrevia ya los saludos y disculpándose, se dirige a su consulta.


Pasa como un rayo junto al grupo de trajeados, que están en animada cháchara con tres o cuatro sujetos con batas blancas que miran con interés seguramente fingido los brillantes colores de los folletos, mientras acumulan bolígrafos en los bolsillos y se van cambiando de puesto como si fueran curiosos en la plaza del mercado. Los trajeados le lanzan las mismas miradas que los defensas centrales cuando se les escapa Messi, y miran a la administrativa como pidiéndole fuera de juego, pero ella, como si fuera un mal árbitro, les hace el gesto con la cabeza de que sigan jugando, y aunque a alguno seguro que le apetecería hacerle una buena falta con los tacos de la bota por delante, lo dejan correr, desechando el esfuerzo inútil, y concentrándose en el más sencillo y útil que tienen entre manos.


Cuando el médico llega a la consulta ya hay gente en la puerta. Le miran con ese fastidio con el que se mira al usurpador que ya reconoce tan bien. Aprovecha para imprimir rápidamente su listado y plantarse en la puerta a recitar nombres, saltándose el reconocimiento del campo de batalla que tanto le gusta. La consulta empieza con dos o tres partes de baja. Sabe que no va a conseguir gran cosa, pero no puede evitar un leve sondeo, que es resuelto con frases breves que se traducen de inmediato en su cabeza con un "a usted qué le importa". Luego empieza a llegar la cofradía de los colesteroles, análisis impresos como octavillas de propaganda de la dictadura del miedo. Se intercala algún enfermo, lo que parece convertirse casi en una sorpresa agradable, si no fuera porque la mayoría de ellos se sabe de sobra la fórmula de la limonada alcalina y que si tiene fiebre es mejor que tomen paracetamol. Son veteranos en esas lides, incapaces de retener en algún recoveco de la memoria los cuidados que les han enseñado una y otra vez, una temporada tras otra. Muchos de ellos, en busca del papel que acalle el furor opresor del jefe sobre la clase obrera.


Pasan los pacientes, los dolores de años de cartílagos rozándose entre sí en busca de remedios milagrosos, las narices moqueando a chorro por culpa de las arizónicas, o la flor del olivo, o vaya usted a saber, las peticiones de acudir al paraíso donde están las respuestas a todos los males, ese que empieza con H, donde sí les podrán pedir esa resonancia que la injusticia les niega. El joven médico se resiste al pesimismo, sabe que esa no es más que la realidad vista a travéss del cristal grotesco de su suplencia, pero pasan las horas, tiene el culo pegado a la formica, y no ha sido capaz de encontrar la aguja del valor de su Medicina en el pajar de tanta inutilidad.


Así que cuando la enfermera asoma la cabeza por la puerta con un gesto divertido y le espeta en plan irónico que está lista para ir a hacer aquellas dos visitas de las que hablaron durante el lejanísimo café, el joven médico despacha a la anciana preocupada por la sequedad de sus ojos en ese verano de cuarenta grados a la sombra y disculpándose educadamente con el resto de los pacientes de la sala de espera, les informa de que debe acudir sin falta a ver a un paciente en su domicilio, pero que a su vuelta atenderá a todos los que lo necesiten con sumo gusto, y cogiendo su maletín como si fuera el jodido cesto de las chufas, echa a andar tras la sorprendida y sonriente enfermera.



Dedicado a Julian Tudor Hart, a su Ley de Cuidados Inversos que cada día de mi vida me hace reflexionar sobre mi trabajo y me obliga a actuar para no olvidarme del médico que quiero ser. Gracias.



















6 comentarios:

José Luis Contreras dijo...

La Ley de Cuidados Inversos ,podemos reducirla día a día en todas nuestra intervenciones
Gracias por recordarlo

VIC PALSANZ dijo...

4 años de hospital y 34 de primaria rural. Cada vez que te leo me recuerdas hechos vividos. Digue ahí porque es un lujo leerte.

chan dijo...

Genial entrada!! Ciertamente es necesario recordarlo!!! A veces no nos da de sí la consulta!!! Gracias

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias a todos. A veces la vida no nos da de si, pero nos hace falta el coraje para forzarle la mano. Y valentía estoy seguro que no nos falta.

Javier Arribas Aguirregaviria dijo...

Totalmente de acuerdo desde mis 39 años de servicio.

vivici dijo...
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