domingo, 10 de mayo de 2015

Lo he tenido fácil.

Yo vengo lo que se dice de una familia bien, de orden. De esas en las que el padre mete el voto en el sobre a sus hijos y se van a Misa luego todos juntos después de llevarlos a las urnas. Y no nos los llevaba él porque las leyes sin pies ni cabeza se lo prohibían, algo según él, vergonzoso, que duda cabe.

Tuve una niñez y una adolescencia en mi pequeña ciudad de provincias de faldita de tablas, carpetas forradas con Leonardo di Caprio y mensajitos escritos (sí, en papel, alguna vez fueron así) de los guapitos de la clase. Bueno, y algún besito, sin que entremos en escala de castidades. 

Pero tuve la suerte de que en mi ciudad no se podía estudiar Medicina, así que me fui a la capital con enorme pena de parte de mis padres que hasta me hicieron la matrícula y me encontraron una residencia acorde a mi fachada de señorita provinciana. Y aquello fue el acabose. Descubrí las fiestas, las manifestaciones, las cafeterías de las facultades, y, en fin, la libertad sexual y el derecho, el mío, a disponer de ella. Fue la repera. 

Pero una vez repuesta del huracán de novedades, con un saco de suspensos, y la amenaza de dos hostias bien dadas de parte de un padre que jamás me había puesto una mano encima, saqué la cabeza del culo y me lié a estudiar como una loca. Fue sólo un año perdido, o ganado, ahora que lo veo en perspectiva.   

El caso es que el esfuerzo me puso un título de Licenciada en Medicina en las manos y un lío en la cabeza de impresión, porque en realidad no tenía nada, salvo la certeza de que me tocaba estudiar un cerro para poder decidir mi futuro, ahí es nada, mi futuro. 

Pues mi futuro fue un verano sin ponerme un bikini, blanca como un vampiro, pero con mucho menos glamour, me había dejado la mitad del poco que tenía en las gafotas que tuve que terminar poniéndome cuando se me empezaron a cruzar las líneas (que no los cables)

Y llegó el gran día, y la gran corrección, y la gran elección. Y la decisión poco fundamentada, por ser finos, de ser médica de familia. Y después de una cascada de amigos, de compañeras y compañeros de piso, de amores hospitalarios y primarios (no sensu estricto, sino de localización) me llegó el amor por la medicina de cabecera casi al mismo tiempo que le conocí a él. Debe ser que los amores nunca vienen solos, digo yo. Médico también, aunque de los que se aterran si el paciente tiene fiebre, en vez de mucha tristeza y ganas de llorar. Sí, psiquiatra, qué le vamos a hacer. 


Y de repente aquello dejó de venir y aquello empezó a crecer, y cuando quisimos darnos cuenta estábamos llorando delante de la pantalla del ecógrafo y riéndonos cuando la "R" de nuestro año de gine nos señalaba la cola del enfant tèrrible. 

Lo que pasa es que las risas se fueron trocando en tobillos hinchados y un dolor  de patada en los riñones cuando las horas de pasillo de urgencias se iban acumulando, y en una pesadez de Caballé al intentar salir del coche de urgencias del centro de salud. Y él atendiendo depresivos primaverales en sus guardias no ayudaba precisamente. Pero en fin. 

Luego para casa durante seis meses donde el fonendo acumulaba polvo y la bata olor a naftalina. Y a mi se me olvidaba lo mucho que me gustaba y lo que había peleado por ser lo que era (lo poco que era), se me olvidaba cuando el cabroncete me echaba una risita mientras se enganchaba a los pezones, como dice el clásico sucedido médico, "como un adulto". 

Y cuando después de medio año volví a ponerme la bata, me pareció un traje a rayas con un número en la pechera que me separaba de mi niño. Y el fonendo, una bola de acero atada a mi tobillo que me impedía ir a rescatar a mi pequeñín de ese orfanato de brujas maltratadoras que en realidad era sólo una pobre guardería. 

Y que volviera a latir (y no a fibrilar) mi corazón de médica tuvo que ser a base de descargas de 360 julios que me dió el  bueno y paciente de mi tutor. Pero las guardias me seguían doliendo porque la separación de mi niño se unía a un desapego por la Medicina transversal que me habían imbuido y no era ya capaz de escupir. 

Y cuando el resto de mis colegas eran paridos en primavera a las bolsas de trabajo, y a las urgencias hospitalarias y de las otras (las de las Casas de Socorro echanicianas), yo aún tenía por delante seis meses de sueldo fijo que ocultaban al menos un par de años más que mis ex-compañeros de adherencia a la precariedad. No sé si he contado entre medias las horas de guardias con las tetas a reventar y las lágrimas a flor de piel por tener que abandonarle con mi suegra, hay que ver el instinto maternal las pasadas que nos juega. Por no hablar de las mañanas salientes de guardia que le robaba al sueño para pasear por el parque y no sentirme mala madre y perra dejándole en la guardería estando yo en casa (aunque mirara de reojo y con deseo el sillón del salón). O de las noches en vela de apiretales y ronquidos del froidiano de los cojones que luego se despertaba tan cariñoso y encantador como era, cada vez mejor psiquiatra, y yo cada vez más vieja, más cansada y peor médica.

Se transformó en un pis-pas en adjunto, aunque su contrato se firmaba cada tres meses. Qué faena, me dijo, al tiempo que me insinuaba que por fin podríamos ir a por la niña. Podríamos adoptar mejor una de 20 años y que supiera planchar, que me hacía más apaño, le contesté, y me hizo un psicoanálisis a vuela pluma al que sólo le faltó el acento argentino para que le hubiera reventado la virilidad de una buena patada.

Y cuando por navidades me escupieron por fín al frío del mercado laboral (que estaba helado hacía ya muchos años) eché en la bolsita del carrito del niño el cúmulo de promesas que me hicieron mis antiguos jefes, y cayeron encima del ansia que tenía por ser médica de cabecera, todo bien en el fodo. Luego puse encima los pañales y me fui a casa a hacer la comida, aunque ese día me ahorré la sal por motivos obvios para cualquiera que tenga algo de romanticismo en su alma.

Así que allí estaba, madre feliz, eso es cierto, amantísima esposa (también, en serio, el psiquiatra me hartaba de vez en cuando pero tenía su punto), y médica de cabecera ya vocacional, pero en paro.Y como aquello no debía durar, para no hacer un feo a tantísimo político preocupado porque cotizáramos, acepté lo primero o segundo que me ofrecieron, porque aunque no quería abandonar mi meta de vivir mi propia consulta, se me empezaban a olvidar los principios activos y hasta los pasivos, así que me vi de adjunta de urgencias rellena huecos en época de gripes para que no me coma la prensa (gerente dixit). No me gustaba pero al menos sanaba, a veces, trataba de humanizar siempre que podía y hasta de racionalizar si me dejaban. Incluso me atrevía con una pizca de docencia, aunque si abusar, que no me veía aún yo quién. Luego vino el despido por e-mail, que para finos y tecnológicos, nosotros, que se note que somos potencia mundial, y llegar a casa acordándome del padre que los engendró a todos y de las teas de la Bastilla, y, tras el sosiego, las consultas de un día coche para arriba, coche para abajo, y hasta las de media jornada, que aunque me costaban dinero, al menos me servían para acumular tiempo trabajado.

Mi querido esposo seguía firmando contratos cada 3 meses, porque la lista de espera se desbordaría si les echaban, me decía, y eso, antes de elecciones es terrible. Y yo seguía acumulando mala leche que fermentaba con el deseo de volver a ser madre justo cuando empezaban a encontrar algo menos esclavo mis compañeros de promoción, primero los hombres y luego las sin hijos, menos exigentes a la hora de optar por una horario infame. Y cuando alguien me decía aquello de "menos mal que a tu marido no le falta", entonces tenía que venir a detener mi brazo Hipócrates y toda la comisión deontológica de la OMC para que no le rebanara el cuello con la cureta de extirpar moluscos, y aun les costaba.

Sí, soy una mujer, soy una médico, soy una madre, soy una trabajadora precaria. Lo he tenido fácil.



Sobre la precariedad laboral de los sanitarios, especialmente en Atención Primaria y en Salud Pública, las dos hermanas tontas de la Sanidad en nuestro país, y más concretamente en las más perjudicadas, como en tantos otros terrenos, las mujeres, hay dos textos básicos enredados en las redes más recientes, el de Juan Irigoyen en sus tránsitos intrusos, y el de Sergio Minué, en su Gerente de Mediado.  Fue este último, y su demoledor título, Se nos ha ido de las manos, el removedor de conciencia que algunos necesitábamos para despertar de nuestro letargo vergonzante y adquirir compromisos que nos tocan de cerca. No sé ustedes, pero yo necesito dormir con la conciencia tranquila. Ya lo decían los miles de compañeros marchando por las calles de Madrid: "sí se puede"














2 comentarios:

Juan F. Jimenez dijo...

La situación sabemos que es inaceptable desde el plano de derechos laborales o humanos, pero el problema “sigue sin existir” fuera de los ámbitos blogueros o de charlas de café en centros de salud.
Estos días vemos que en los debates electorales de los partidos políticos sobre sanidad, la atención primaria ni se toca… al parecer “todo sigue OK”.
Lo de “se nos va de las manos” quizas seria interesante preguntarse: a quien o quienes les corresponde, y si alguna vez realmente fue “cogido con las manos” .

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias a Juan F Jimenez x comentario. Efectivamente, la invisibilidad dl problema es parte dl mismo. Nos toca actuar