sábado, 2 de enero de 2016

Obituario

Desde hace un tiempo tengo un obituario. Lo guardo en esa maravilla electrónica que me sigue a todas partes en el bolsillo del vaquero, ese mini ordenador que alguna que otra vez, de forma cada vez más asombrosa, me permite hacer una llamada de teléfono. Esto lo cuento para los que creen que ser un médico de pueblo es ser un analfabeto tecnológico.

Tengo una nota que titulé, un poco pomposamente, en un latín inculto, in memoriam. Debajo aparece el nombre de cada uno de mis pueblos, y una relación de las mujeres y los hombres que han muerto desde que yo aterricé, este año hará ya una década. Junto a sus nombres, una breve frase de recuerdo, no es un certificado de defunción, ni es un determinación de causas: son muchas veces sentimientos, rasgos, recuerdos con carga de profundidad evocadora. 

No recuerdo los nombres de todos, para mí vergüenza. Hubo tiempos en que la vida transcurría demasiado deprisa, y el galope de las caballos no me dejaba escuchar, solo oía estruendo. Aunque, sin excusas, debí haber estado más atento: me faltó paciencia y descubrir el gusto de la intemporalidad. Aun así, me he propuesto ir averiguándolos como investiga estas cosas un médico de pueblo, preguntando a los vecinos. Hay algunos de los que conservo el recuerdo de su mote, que en muchos casos es un árbol genealógico de raíces más profundas que algunos títulos nobiliarios. De otros, solo los lazos de parentesco que me regala la longitudinalidad, el día a día con sus familias o sus amigos. 

Nunca he comentado con otros compañeros si tienen costumbres parecidas, pero la necesidad de grabar en palabras sus caras, convertirlas en inmortales, en la frágil inmortalidad de la batería de mi teléfono móvil, germinó en mí como esas arrugas de las sábanas que no te dejan dormir a pierna suelta, pero que sabes que la más absoluta pereza te impedirá levantarte a deshacerlas. Mi mujer dice que estoy pirado porque alguna noche ha sentido que me levantaba y me obstinaba en reconstruir la lisura perdida, y no le quito la razón, faltaría. 

Así que un día decidí vencer la pereza y les puse palabras a los recuerdos. Para mí, las palabras son joyas delicadas. De vez en cuando leo el obituario y les quito el polvo a esas joyas con mimo, como el mayordomo que sabe lo que vale la cristalería de Murano. No es una lista larga, medio centenar, pero tardo cierto tiempo en leerla, y suelo hacer algún añadido, o corregir un tanto, como si recolocara la cristalería de una manera distinta en su vitrina una vez limpia. 

Y detrás de cada línea me asaltan las historias, cincuenta vidas multiplicadas por millones de acciones, cincuenta memorias recordadas detrás de no sé cuántas puertas, con un enigmático efecto mariposa de recuerdos, que salta de uno a otro y a otro y a otro, muchos aquí, y quién sabe cuántos allí o allá. 

No, no guardo un obituario por ser especialmente macabro. No tengo oscuras y tétricas intenciones. Tampoco lo hago por necesidad de justificarme. Y no porque no haya creído todas y cada una de las veces que hubiera podido hacer algo más. He sido educado en una férrea cultura de enfrentamiento con la muerte, en la absurda creencia de que los médicos estábamos hechos para vencerla, sin que me dejaran, en todos los años en que estuve convirtiéndome en médico, que mirara el reverso de esa sentencia, ese en el que pone que, realmente, a lo más que llegamos es a retrasar su victoria.  

Y tantos años escuchando la cara A del disco hacen inevitablemente que a la mínima oportunidad tararees la musiquilla, y te pares a pensar en pruebas no pedidas, antibiótico no mandado, derivación demasiado tardía, no se, un sinfín de señoritas Rottenmeyer metidas en tu cerebro golpeándote con una vara flexible en los nudillos recordándote que podrías haber sido mucho mejor médico. 

Pero insisto, no es mi obituario un ejercicio de penitencia o de exculpación hacia mi, no. No es para mí. O para ser más exacto, diría que no es para mi provecho egoísta. Y añado el feo adjetivo porque en realidad sí es para mi provecho. Porque esas pequeñas joyas colgadas de esos grandes recuerdos,  son en realidad para acompañarme. Y es que creo que el médico de cabecera que vive expuesto a tantas vidas queda enganchado de éstas, dejándose arrastrar como Mesala por los caballos desbocados en Ben-Hur. Yo no concibo forma de desatarse de esos enganches, aunque te arrastren por la arena del Circo Máximo. Así que al final de esas vidas, los médicos acabamos magullados y son sus recuerdos los únicos que pueden ponernos el bálsamo en las heridas. 


Y yo no quiero desengancharme de esas bridas, ni aún por las magulladuras, ni tampoco perderme el bálsamo sanador. Por ello, como la memoria es frágil y ellas y ellos atravesaron una vez sus vidas con la mía, esos conjuntos disjuntos se merecían una memoria más resistente, aunque se nombrara en gigas y cupiera en una tarjeta milimetrica. 


La vida parece a veces una carrera de cuádrigas de caballos desbocados y conductores asustados intentado sujetar las riendas. Lo siento, pero la analogía no se me iba de la cabeza.






5 comentarios:

Alfonso Villegas dijo...

Nunca dejarás de sorprenderme

Juan F. Jimenez dijo...

Como dice el comentario anterior no deja de sorprender tu creatividad.
Respecto al tema del obituario creo que puede resultar positivo y hasta fecundo humanamente creo que todos recordamos a algunos pacientes especialmente cercanos que se fueron,
Pero también puede resultar infecundo pues se corre el riesgo de la culpabilidad, inseguridad y olvidar que la Medicina es una ciencia inexacta, lo importante es saber que hemos hecho todo lo humanamente posible en nuestra circunstancias,y que la muerte es el destino inevitable de todos, de hecho aquí en Mexico, donde estoy, se dice popularmente: !Ya se nos fue, no mas se nos adelanto!! esta con Dios!
Tal vez la memoria cumpla su función en el equilibrio mental recordado y olvidando lo necesario y saludable para nosotros y los demás.
Aprovecho la ocasión para desear un feliz nuevo a

José Antonio Plaza dijo...

Muy bueno, para variar. Se disfruta leyéndote en 2016 igual que en 2015. De cómo recordar la vida que nos lleva...#plasplas

Concha Álvarez Herrero dijo...

Comparto contigo este recuerdo a mis pacientes muertos que es, sobre todo, un sentido homenaje. Gracias por tu entrada.

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias a todos por vuestros comentarios tan amables. Yo desde luego lo vivo como un homenaje a quienes nos permitieron compartir parte de sus vidas.