domingo, 8 de enero de 2017

Un cuento de Navidad: y final

La consulta con la paciente que llegó bien entrada la madrugada fue la más rara que la enfermera había visto hacía años, y había visto cosas de verdad muy pero que muy raras. El médico parecía estar en una película de las del Inspector Clousseau: se quedaba mirando fijamente a la muchacha y de repente daba media vuelta como si creyera que alguien le vigilaba a su espalda. Después giraba la cabeza espasmódicamente a un lado y a otro como en un partido de tenis de mesa. Le costaba articular las preguntas y a la mitad de las respuestas se plantaba de dos zancadas en el pasillo de Urgencias y miraba a todos los lados con los ojos fuera de las órbitas. Luego volvía a explorarla, pero alternaba el escrutinio más feroz, las preguntas más inquisitivas con momentos de desconexión cortical. ¡Hasta podría  jurar que le había visto pellizcarse con ganas un par de veces! Definitivamente, al hombre le estaba dando algo al coco, no cabía duda.

Menos mal que la chica sólo tenía un catarro y que ella misma la despachó con tres o cuatro recomendaciones sensatas que la fue dando acompañándola a la puerta. Mientras se marchaba, aun tenía los ojos abiertos como platos y volvía la cabeza atrás como para asegurarse de que había parado en el Centro de Salud y no en la casa del Gran Hermano. En fin. El médico se había vuelto a la cama farfullando, pero no parecía que arrastrara ninguna extremidad al andar, así que, salvo empeoramiento manifiesto, ella a la cama, eso sí, con el pestillo echado, por si las moscas

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Suena el teléfono. Es un tono persistente e inconfundible, lo que faltaba. El médico se incorpora, o se gira, o baja las piernas, ya no sabe cómo está en la cama, sólo quiere que amanezca por fin y termine aquella guardia. Descuelga el auricular. Doctor, soy yo, ¿no me reconoce? Pues debería, lleva usted toda la noche atendiéndome. Doctor, mire, mire. 

La pared de la habitación ha desaparecido. Como si se tratara del escaparate de unos grandes almacenes,  contempla a un viejo de pelo cano y bigote, con una corbata desajustada y una bata arrugada sentado delante de una mesa que rebosa papeles. Aquello parece un bazar: portabolígrafos, sujetapapeles, reposa móviles, calendarios, almohadilla del ordenador, recipientes para clips de tres o cuatro originales formas, caramelos, post-it de colorines, todos ellos aderezado con nombres de medicamentos y logos farmacéuticos. Parece un bazar, pero es una consulta.

En la puerta hay tres o cuatro personas esperando. No hablan entre ellos. Miran sus móviles o leen aburridos los carteles de las paredes. Frente a las demás puertas hay un jolgorio de gente sentada y de pie como si las rebajas hubieran llegado a todas esas consultas, menos a la del médico de la bata arrugada. Está viejo, tose, tose mucho. Tiene el bigote lleno de canas y las arrugas le marcan el contorno de los ojos, pero es él, sin duda. Es él.

Sí, eres tú. Animate, es tu último día de trabajo antes de jubilarte, eso que últimamente deseas tanto. Mira la gente que espera en tu consulta, mira la que espera delante de las consultas de tus compañeros. Hace tiempo que apenas te hablas con ellos. Te vanaglorias de haber "limpiado" tu cupo de indeseables. No lo has limpiado. Ellos se han ido. Pero tu les dices a tus compañeros que no aceptaban tus normas, que tú no estás allí para hacer lo que te digan los pacientes, que se juega con tus reglas o mejor que se busquen a otro. Y tus compañeros han optado por dejar de hablarte para no mandarte a donde no les deja su educación.

En la consulta contigua está charlando con una anciana la enfermera con la que el médico lleva años compartiendo pacientes. Escucha las risas y detecta la química que une esa relación. No ve ni rastro de ninguna reacción ni química ni física entre el viejo médico y el paciente que, sentado frente a él, recibe varias recetas y el volante para hacerse unos análisis. En la misma puerta, el paciente duda por unos instantes y parece contener algo en los labios, pero el amago de marcha atrás es frenado por un estruendoso grito de "el siguiente". El paciente deja la puerta abierta y se marcha meneando la cabeza.

La voz vuelve a sonar en el auricular del teléfono. Te has fijado, la enfermera ha cegado la puerta que comunica ambas consultas con un armario. Hace tiempo que decidió rendirse contigo. Fueron años manteniendo un respeto que se basaba más en sus viejos comportamientos atávicos, arraigados en antiquísimas formaciones jerárquicas incorporadas a su ADN en los años de hospital, que en algo que te ganaras día a día con tu comportamiento. Pensabas que la concedías un regalo permitiéndola hacer tus recetas, o inventándose mil excusas cuando te negabas a atender a algún paciente porque no tenía cita o era demasiado pronto o demasiado tarde. Cuando logró superar esa falsa fidelidad que creía impuesta en las normas no escritas de los equipos, cuando se dio cuenta de que en realidad no estabas a la altura de lo que ella había entendido siempre como un profesional ni  un compañero, olvidó el atavismo y directamente te mandó al carajo. Fue una liberación. Aquella noche hizo el amor con su marido como cuando tenía veinticinco años y se levantó con cuatro arrugas menos en la cara. Y ya sólo se dirigió a ti, bueno a él, por escrito o de usted. 

El médico quisiera colgar el teléfono, pero detiene el ademán a la mitad del movimiento. Echa una mirada a un taburete lleno de polvo en una esquina de la consulta. Era donde se sentaban siempre sus residentes. La voz vuelve a dejarse oír. Hace años que no se usa. No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. La necesidad eterna de tutores con plazas golosas para los residentes te garantizaba la reacreditación, se trataba de hacer un pequeño chantaje emocional al jefe de la unidad docente, enviarle cuatro o cinco cursos de esos amañados que te rellenaban los representantes, y colocando los residentes tu nombre en alguna de las cositas que presentaban en algún que otro congreso, solucionado. Pero hasta de ser perezoso se cansa el perezoso. Y un bendito día dejaste de cargarte la vocación de unos buenos médicos de cabecera. La Especialidad debió darte entonces la medalla al mérito con banda y asignación vitalicia, pagada por todos los afortunados que se libraron de ser tus residentes, ¡qué ingratos!

El médico contempla al viejo sentado en la consulta, casi parapetado entre la pantalla del ordenador y los cachivaches de la mesa. No hace nada, no mira a ninguna parte. Sólo deja pasar el tiempo. Apenas quedan un par de personas apuntadas en la lista. Uno no sabe cómo imaginarse el día de su jubilación, pero en su fuero interno espera visitas, despedidas, llantos, palmadas en la espalda o una fiesta con amargor de boca de hernia de hiato gigante. Pero lo que el médico ve allí es un viejo que no le importa a nadie. Entonces cuelga el teléfono y se recuesta sobre la almohada doliéndole hasta el último músculo de los lomos, con la mirada fija en el techo, en la rejilla de aire acondicionado, en la telaraña de la esquina, y siente algo atravesado en el gaznate, como si fuera la espina de un tiburón, y una humedad en los ojos impropia de los años y de las horas.

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 Suena el despertador. El médico abre los ojos y la claridad que se desborda por la ventana le pasa la mano por la espalda como una madre cariñosa. En la cocina, la enfermera y la residente están preparando café y pan tostado.

¿Cómo habéis pasado la noche? ¿Habéis descansado? Ambas le miran un segundo y luego se miran la una a la otra como si se hubiera presentado ante ellas en pelota picada. ¿Estás bien? pregunta la enfermera. Anoche parecías un poco trastornado cuando atendimos a la chica del catarro. El médico hace un gesto con el que pretende despejar dudas y sonríe utilizando no menos de diecisiete músculos faciales, atrayendo el triple de dudas de las que quería despejar. Mañana podíamos quedar media hora antes de empezar la consulta para planificar el trabajo, podíamos ver que pacientes necesitan que vayamos a verles a su casa juntos y de paso, podíamos pasar por el colegio a hablar con la directora, a ver si hacemos aquello que me comentaste de los juegos con los chavales y las visitas conjuntas. ¿te parece?
Afortunadamente, el cartón de leche estaba bien cerrado, y aguantó perfectamente la caída al suelo desde las manos insensibles de la enfermera. ¿Qué tal están tus niños? Le podías haber dicho a tu marido que los trajera a la guardia para haber jugado con ellos un poco. Seguro que están súper mayores. El fin de semana que viene os venís todos a comer a mi casa, sin excusas. Así aprovechamos para charlar tranquilamente de la residencia, de la consulta. Tengo un par de ideas rondándome, y fijo que tú debes tener muchas más. Hayq ue aprovechar el empuje que tenéis los jóvenes. 
Bueno. Os veo mañana, no me quedo a desayunar porque quiero pasar por urgencias a ver cómo está el hombre que mandamos, aquel que iba tan ahogado, a ver si puedo hablar con quien le haya atendido y por si necesita algo. Hala, a descansar, que os lo habéis merecido. Y ¡Feliz Navidad!  Y les plantó dos besos a cada una de aquellas dos mujeres petrificadas por la mirada de Medusa en la cocina del Centro de Salud.