lunes, 20 de febrero de 2017

La carta

La ha leído ya cuatrocientas veces. Está encima de la mesa que hay frente a los sillones. manoseada, arrugada. Desde lejos tiene localizadas las palabras terribles, sabe dónde se encuentran, en qué párrafo, a qué altura. Se pregunta cómo puede ser el lenguaje tan frío, él, que tanto lo ha amado durante toda su vida, todos aquellos años enseñando literatura a generaciones y generaciones de cabestros asilvestrados, en la esperanza de que alguna frase de un poema se tatuara en sus cerebros en barbecho. Esperaba tal vez de tanto amor un poco de correspondencia, una guiño romántico por los años pasados juntos. Nada. Frialdad y dolor. ¡Qué putas pueden ser a veces las palabras!

Su mujer ha ido a misa de siete. No tardará en volver. Siempre le hizo gracia la paradoja del ateo irredento enamorado hasta las trancas de la beata de rosario nocturno, pero un tipo con su sentido del humor no puede dejar de apreciar los momentos en que la vida se pone cachonda con uno.  Apúntate una, destino sinvergüenza y socarrón. Pero entre tú y yo. Mi mujer preferirá apuntarle el tanto a San Antonio o cualquier otro santo. 

Cuando regrese tendrá que explicárselo. No es que no quisiera ahorrarla el disgusto, es que es incapaz de ocultarle nada a la capacidad deductiva de su Holmes particular. Cuando no ganas nunca,  el juego deja de tener gracia, así que él dejó de jugar enseguida: las verdades, como motas de polvo o como puños, por delante. En cualquier caso ambos llevan un par de semanas esperando la dichosa cartita, desde que le hicieron la biopsia de la próstata. El procedimiento había sido breve y aséptico, como no podía ser de otra manera, faltaría. Aunque a veces no estaría de más un pelín menos de asepsia en el trato, que eso tampoco va a contaminar ningún bicho multirresistente, piensa. Una tarde un poco nervioso saliendo de una habitación empujado en una silla de ruedas, con el pijama clásico de culo al aire y máxima vergüenza, un pinchazo en el brazo, la mesa de un quirófano. Unos gorros verdes y unas mascarillas asomándose y retirándose y un sueño feliz inducido por el líquido transparente que depositó una jeringuilla en un tubo de plástico. Después un despertar parlanchín y para casa con un cierto dolor en zonas delicadas y pudendas, que se amortiguó con una capsulita roja. 


De todo eso han pasado unos días, días en los que se mira dentro del buzón sin la indiferencia habitual, con nerviosísimos similares a aquellos que se sentían cuando esperabas la carta del amor que había durado lo que duraron las vacaciones en la playa. Aunque ahora deseas secretamente que la carta no llegue nunca, que las muestras se hayan enviado a un laboratorio de Hong-Kong, que se hayan eliminado por error al confundirlas con las de un caso ya resuelto la semana anterior, que el punch nunca hubiera agujereado esa próstata, que la consulta con el urólogo se hubiese suspendido, que nunca hubiera visto aquel programa de la tele, que le hubiese hecho caso a su sobrino el médico de pueblo y hubiese elegido la seguridad social y un buen médico de cabecera, en vez de Muface, que Sergio Ramos no hubiera rematado aquel córner en Lisboa. En fin. Que la vida fuera un Cine-Exin en el que la manivela pudiera girarse hacia atrás. 


Pero la triste realidad es que la carta está allí, en las manos de su mujer que acaba de llegar con el cuerpo de Cristo en su estómago y cara de no tener ni puta idea de qué significa la palabra neoplasia porque esa palabra no aparece en los libros que a ella le gusta leer, esos que escriben los Papas y que se compran en la librería diocesana. Y la amarga realidad es que las lágrimas en su cara se parecen a las de la imagen de la Dolorosa y él no ha podido soportarlas nunca sin que le entraran ganas de romper algo, aunque fuera dentro de sí mismo. 


Y aquella noche los dos hacen agujeros en el techo de la habitación de tanto clavar en el las miradas, y la carta sigue abandonada en la mesita frente a los sillones, con las arrugas estratégicamente situadas para que las palabras cabronas resalten como los anuncios fluorescentes de Picadilly. 

Durante dos días hablan poco, y duermen todavía menos. Ninguno de los dos reúne coraje suficiente como para meter la carta en un cajón, y la muy chula sigue pavoneándose en el mismo sitio donde se quedó. Los chicos han llamado por teléfono para preguntar si había llegado el resultado, pero las miradas de ambos se cruzaron y la verdad se aprovechó de la pobreza sensorial de las ondas electromagnéticas. El tercer día, por la tarde, de repente, asusta a su mujer con un gesto con el que parece querer desprenderse de la parálisis del miedo, y levantándose del sillón, coge la carta en una mano y el teléfono en otro. Marca el número de su sobrino. Ella le ve leerle al aparato uno a uno los párrafos de la carta: de las doce muestras recogidas... apenas toma aliento entre frase y frase... cinco corresponden a...

Cuando termina, ella permanece atenta a la expresión de su cara, como si estuviera presenciando el alzamiento del cáliz y la hostia tras la consagración. Y nota como los surcos de preocupación que se habían apoderado de él van lentamente diluyéndose, como el terror cede terreno en sus ojos, se rinde aunque lo haga de mala gana. Anda, cuéntaselo a tu tía, por favor. 

Entonces le pasa a ella el teléfono y mientras escucha sus interjecciones de asentimiento y los audibles resoplidos de alivio, dobla la carta, rematando los dobleces con la pinza de sus uñas, y la guarda en el cajón de la cómoda, permitiéndose esa pequeña y momentánea victoria, como si hubiese  resuelto la ordenación final del universo.