lunes, 17 de abril de 2017

El caleidoscopio

Hay lecciones que se tardan años en aprender. Otras que solo minutos, que se graban a fuego y no llegan a bajar nunca al subconsciente, permanecen en el consciente más doloroso. Pero la realidad es que nunca sabemos cuáles se clasificarán entre las apremiantes y cuántas tardaremos siete vidas en fijarlas. Quizás una de las más caóticas sea descubrir lo diferente que puede ser nuestra visión de la de nuestros pacientes. En ocasiones esa divergencia nos asalta sin avisar y ya nunca la olvidamos. Otras veces, pasamos años y años de consulta creyendo que el único gran objetivo a través del cual se contempla la realidad es el de nuestra cámara, hasta que descubrimos que nuestra lente solo es una más, a veces tan turbia y distorsionante como los cataratosos ojos de un abuelo.


Llevaban un tiempo adaptados a vivir en la pequeña consulta como en el camarote de los hermanos Marx: dos sillas para los pacientes, un sillón de jefazo que el jefazo evitaba siempre que podía y dos taburetes informales y juveniles, donde era más fácil encontrar al inquieto tutor. Allí, o de pie apoyado contra la ventana, aprovechado la tibieza del sol del final del invierno. 

Pero de vez en cuando, esa presencia tiranizante del tutor, que atrae las miradas y las palabras de los pacientes como un agujero negro espacial, absorbiendo los tímidos intentos de autonomía de las residentes, esa presencia de voz en off, de supertacañón de los tiempos del Un, Dos, Tres, emigraba hacia la consulta de al lado, aprovechando el vacío de las visitas domiciliarias del compañero, intentando arrastrar todo ese inevitable magnetismo lejos de las dos jovenes médicas, que disfrutaban de una libertad agridulce, pero libertad en cualquier caso, y esa es una gran palabra. 

Ese día el tutor regresaba de uno de esas pequeños interregnos. Después de tantos años, es capaz de percibir las corrientes subsónicas como los perros policías. Y le chirrían igual de fuerte. El paciente estaba sentado en silencio ante las médicas, que repasaban su historial. No le dio tiempo ni a saludar. 

- Hombre, menos mal. 
-¿Cómo estás, F.?
- Ya está bien que te vea. Pues mal. Como quieres que esté. La última vez venía con un dolor que no veas en la pierna y aquí estoy, igual. No sé si será de la circulación, el tobillo o qué. 

El paciente vuelve a contar la historia mientras el tutor ojea las anotaciones de las residentes. Hace un par de preguntas para centrar el tema, pero salta a la vista que lo que le apetece al buen señor es un poco de jaleo tabernario. Las médicas asisten a la diatriba en silencio. Nunca se sabe cuando saltará la lección, es cierto. 

- Lo que no es normal es que me sienten en la camilla, estén media hora mirándome y hablando entre ellas y no sean capaces de preguntarme ni qué me pasaba. 
- Venga hombre. ¿Me vas a decir que dos médicas te han sentado en la camilla y te han explorado sin haberte preguntado qué te pasaba, donde te dolía, que te habías hecho y cómo? ¡Venga ya! 
- ¿Es que no me vas a creer lo que te digo?
- Pues sintiéndolo mucho, no puedo creerte. No creo que ningún médico sea capaz de hacer eso, pero estoy seguro que ninguna de estas dos médicas lo ha hecho. 


Hay firmeza en la voz del tutor, pero se nota claramente entremezclada con la pena, la que rezuma en los conflictos de parejas condenadas a la convivencia, donde no caben divorcios ni separaciones amistosas, ni aun llamándoles cambios de cupos o traslados. Cuando todos asumen esa irremediabilidad, siempre se mantiene sujeto el freno de mano, se dejan puentes que algún día vuelvan a cruzarse, se pliegan las velas de la dignidad al menos lo suficiente para que no escueza el reencuentro. 


El paciente se marcha dejando dos o tres frases hechas que mantienen la fantasía del orgullo pero que suenan a cálculo de bajas en la retirada. La despedida es algo más seria que lo usual y la puerta cerrada permite el momento de la reflexión, el descubrimiento súbito y permanente de la existencia de los mil y un cristales a través de los que contemplar la realidad, y a dos jóvenes médicas asimilando ese caleidoscopio de las vidas con las que apenas acaban de empezar a cruzarse. 

  













4 comentarios:

Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

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Una historia con mucha PNL.
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Primero parar, observar y darnos curnta de que nuestro mapa no es el territorio y que la realidad que vemos no es más que nuestra percepción de la realidad.
Y que esto está presente en todos los actores de cualquier relación.
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Así podremos pasar a centrarnos en una comunicación más eficaz con feedback de los mensajes, con pensamientos menos distorsionados o metamodelados, con comportamientos más asertivos en la comunicación y con una mayor calidad de consentimiento informado (información, capacidad y toma de decisiones).
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Es la permanente búsqueda de la excelencia en nuestras relaciones asistenciales (y de la vida misma).
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mibiciyyosiemprejuntos dijo...

Cuando el paciente dice que no le han preguntado, creo que el dice la verdad de lo que él ha percibido.

Raul Calvo Rico dijo...

Un gran comentario que pone de manifiesto la capacidad Docente que llevas en tu interior. Un abrazo.

catalina coral coral dijo...

Y al contrario otros pacientes sienteb que les has preguntado demasiado....