lunes, 10 de abril de 2017

Su corazoncito

No hay un tiempo determinado para sentirte a gusto en una consulta, no. No existe una pauta aleatoria o basada en sesudos estudios científicos que permita orientarnos sobre en qué momento comenzaremos a sentirnos parte de la comunidad en la que trabajamos, parte de las vidas de los pacientes a los que atendemos. No hay reglas que dirijan el flujo de buenos sentimientos, que despierten de la noche a la mañana la confianza, el respeto, la sonrisa al verte salir a la puerta a llame al primer paciente. No las hay.

Conozco gente que lleva años pasando consulta en el cráter más seco de Marte. Con casco de astronauta y todo puesto. Atraviesan la sala de espera como si llevaran botas de plomo gravitatorias, miran a su alrededor y ven solo polvo. Y para sus pacientes parecen bustos en bronce de Gregorio Marañón con la capacidad de hablar, pero poco, eso sí. Y nunca jamás de sonreír. Por descontado.  

Y también conozco otra gente que son un mestizaje entre Miliki y la madre Teresa de Calcuta, gente que sonríe con absolutamente todos los dientes, hasta los de leche, con sonrisas de esas que provocan calorcito y ganas de que te toque en el amigo invisible. Son gente a los que las sopas de letras les forman siempre la palabra empatía, hasta con el juanete enfurruñado o dos horas de sueño efectivo porque le está saliendo el premolar al churumbel. 

Pues ella era de esas personas, cálida como una manta zamorana, una araña capaz de tejer lazos sin darte cuenta, telarañas que jamás se te ocurriría limpiar con la mopa. 

Llevaba casi cinco años pululando por la consulta, compaginando las largas estancias hospitalarias con apariciones intermitentes pero tan inevitables como los monzones en la India. E igual de torrenciales, de deseadas y de fértiles. Entre medias, dos permisos maternales disfrutados como solo se puede disfrutar de ser madre, aunque siempre con ese puntito de añoranza por la consulta y por recuperar ese huequito en las vidas de los pacientes. 

Y por fin, unos últimos meses de entrega diaria, de derramar sobre la comunidad su empatía como el cura el agua bendita con el hisopo, de haber entrado en las casas y haber vivido la enfermedad en pijama, y de haber sentido a la muerte esperando a los pies de la cama a que la vida dejara de ser tan obstinada. 

No sé cuántas horas dicen los manuales que hay que tener de vuelo para sentirte arte y parte de una consulta, ni me importa, pero ella se había ganado las alas con creces. 

Aquella mañana la reunión del tutor parecía alargarse más de lo esperado por todos. La oportunidad de probar esas alas es demasiado golosa como para no afrontarla sonriendo desde el minuto uno, así que la residente abrió la puerta de la consulta como quien abre el telón el día de su debut en Broadway, exactamente con la misma ilusión y las mismas ganas. 

Las caras se volvieron hacia ella presumiendo de sincronización perfecta, y las sonrisas que pudo percibir tras el buenos días la hicieron sentirse como Julie Andrews dando vueltas en lo alto de un monte de los Alpes. 

Pero entonces se escucharon desagradables los primeros truenos:

- ¿No está el doctor?
- No. Está en una reunión, y no sé a qué hora volverá. Pero yo pasaré la consulta. 

Julie Andrews empezaba a marearse y a trastabillar un poco. 

- Ya, pero es que yo quería que me viera él.
- Y yo también. Pues menuda faena, porque hemos venido a verle a él y para nada. 

Julie definitivamente se había caído de culo al prado. 

- Bueno, pero yo puedo atenderos igual, ya os he atendido otras veces y he estado con él siempre que os he atendido. 
- Mujer, si no es por ti. Es que queríamos verle a él, porque él entiende mucho de esto que le pasa a mi hijo. 
- Y yo quiero enseñarle mis tensiones para que vea como me va el tratamiento. 

La confianza es una flor delicada, un edelweiss difícil de encontrar, y que puede estropearse con una breve ráfaga de viento (no sé por qué tanta metáfora alpina, me disculpen). Aquella florecilla tenía raíces fuertes, había crecido robusta y hermosa y las miradas comprensivas, cálidas de las demás personas de la sala de espera consiguieron que apenas se dejase un par de pétalos. 

La vida continuó regalando retazos de sus mil formas detrás de la puerta de la consulta, y aquella médica, disfrutó de sus bien merecidas alas, aunque le envió un guasap al médico para contárselo. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestro corazoncito. 



4 comentarios:

Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

.
Ayuda a ser más Julie Andrews usar un lenguaje más inclusivo.
Por ejemplo, en la historia escribimos: "solicitamos" ,"recomendamos" ,"prescribimos" ,..., en lugar de los impersonales y semimarcianos reflexivos: "se solicita" ,"se recomenda" o "se prescribe".
.
Aunque debo reconocer que soy más de Lilo, la de Lilo & Stich, que de María la de los Alpes.
Será por eso de vivir en una isla y ser mi hija pequeña fan de ella.
.

Raul Calvo Rico dijo...

Totalmente de acuerdo. Así podemos recordar que la historia no es nuestra, es de cada paciente, pues es parte de sus historias, una parte más.

Y por otro lado Juan Antonio, ya se sabe que los Alpes te quedan lejos!!


Abrazos.

Ma José Fortuny dijo...

En los meses de verano donde pasaba consulta con la residente mayor,(ya adjunta), al entrar los pacientes preguntaban:
-"Uy, ¿no está la doctora?"y mi compañera miraba debajo de la mesa y decía "¡Aquí no!"

Raul Calvo Rico dijo...

Sí, aún me ocurre después de tantos años cuando paso la consulta de algún compañero por un motivo u otro (ocasiones excepcionales en mi caso) que mucha gente verbaliza lo obvio. Yo antes de que puedan hablar suelo presentarme y explicar mi presencia, lo cual evita ese tipo de comentarios. Por lo general no suelen ser despreciativos, sino la mayor parte de las veces la expresión de la frustración de sus esperanzas de ver a aquella persona con la que ya tienen unos lazos establecidos. Es lógico y hasta deseable.
Pero cuando te ocurre después de un tiempo con ellos te duele, precisamente por revelar os que no hemos sido aún capaces de crear esos lazos.
Gracias por tu comentario