lunes, 24 de julio de 2017

Porque yo lo pago

  Porque yo lo valgo. Porque yo lo pago. ¡Cuánto daño ha hecho a la civilización occidental la publicidad d L'Oreal! No se conoce nada igual desde las bermudas vaqueras para hombres. 

La consulta del médico había empezado con uno de esos funestos presagios que ponen a temblar al más pintado: había huecos disponibles a pesar de que no había habido consulta el día anterior. Eso solo puede tener dos significados: o un hotel de Marina D'Or se preparaba para recibir una invasión de manchegos o se avecinaba el fin del mundo y no se había enterado el Roberto Brasero. 

Pero el médico, reconfortado por su segunda dosis enteral de cafeína, se arremanga la vocación, le saca punta a la empatía y se lanza al ruedo como Manolete en Linares, con un ojo puesto en la altura de la barrera por si hubiera que saltarla a lo Fosbury. 

Y al asomar el ojo a la sala de espera se le erizan los pelillos de los antebrazos porque en el repaso rápido de la lista previa al cante de los agraciados no había caído en la cuenta de que el Miura quinqueño y que derrota por las dos astas está esperando a ver si hoy por fin sale a hombros el maestro. 

Aunque no le toca todavía, los dos que hay por delante no responden a sus nombres que el médico vocea en tono de pregonero con la esperanza de que estén en el water. Pero es como si se hubieran esfumado. Así que finalmente cede el paso al veterano indomable que antes de atravesar la puerta ya se ha desayunado los diez minutos que tenían reservados los dos desertores previos. 

La consulta se extiende, saltando de una rama a otra como aquella ardilla que recorría la Península Ibérica sin poner un pie en el suelo patrio, la muy anarca. Es como ir al cine por primera vez a ver Titanic: a nadie se le ocurre moverse hasta que se hunde el barco. 

Veintinueve minutos cronometrados. Los segundos los deja de propina. El médico ha cogido la fea costumbre de cronometrar sus visitas. Le acompaña a la puerta palpando la insatisfacción que le ha quedado tras la consulta. Se marcha cabeceando como si supiera que  a la vuelta de la esquina se acordará de otra cosa importantísima que llevaba toda la semana pensando en contarle al médico y al final ha olvidado explicarle. Será el Alzheimer, el azúcar, el corazón, la tensión, las pastillas, los mareos, la tristeza, el prostatismo, los acúfenos, o si viudedad, o todo junto o ninguna de esas cosas. Vaya usted a saber. 

En la sala de espera hay revuelo. Una mujer cuarentona se abalanza a la puerta enfadada. 

-Oiga perdone, ¿por qué hora va, que nosotros tenemos prisa?

El médico tiene no sólo una frase hecha, sino una expresión automatizada lista para aflorar en cuanto detecta esa pregunta. Es un encogimiento de hombros y una sonrisa bobalicona que quiere decir que en el pueblo a la vida en general se le ha olvidado ponerse el reloj de pulsera, y mucho menos a la Medicina rural. Aquí uno sabe cuando llega, pero nunca cuándo atravesará la puerta deseada. 


Pero la mujer se rebrinca. Si no es nueva en el pueblo, debe ser de las de residencia intermitente, porque el médico no es capa de reconocerla. 

-Es que le hemos llamado varias veces por teléfono para que nos active la medicación y no nos ha hecho caso. Y llevamos aquí esperando un montón de tiempo y nos tenemos que ir. 

La situación empieza a hacerse berlanguiana. Durante la soflama, una de las irreductibles, una anciana de las clasicas cuyo cerebro gestiona sus citas mil veces mejor que la App del servicio de salud, ya que parece haber asumido que el cupo de su médico es de una sola persona, es decir, ella misma, ha aprovechado la puerta abierta para entrar en la consulta y acomodar sus generosas dimensiones en una de las sillas junto a la mesa. 

El médico, incapaz de revertir la situación y con las dos piernas metidas en el fregado de la discusión previa y la media hora de retraso, busca rápidamente en el ordenador las demandas de receteo de la pareja de las prisas ante la cachaza de la otra buena señora que parece asistir a una comedia desde las butacas de la claque del teatro. 


Y cuando el médico termina de repasar el tedioso receteo informático de los interfectos, aunque podía haberlo solucionado por la vía rápida, el cuerpo le pide marcha, y ruega a marido y mujer que entren un momento en la consulta para explicarles "una cosita".

Entonces les cuenta que confundir unas facilidades que, aunque dificulten la vida del médico, aligeran la de los pacientes, con una obligación es un grave error, error que genera otro aún mayor, la demanda exigente, propia del cliente con tarjeta de El Corte Inglés, el que establece sus condiciones en la relación de pareja de hecho, porque "el
Cliente siempre tiene la razón", 

Y entonces ella se rebrinca y empieza a elaborar el argumento estrella, el tesoro de Golum de los pacientes impacientes, el Santo Grial de los políticos sanitarios:

- Usted tiene que hacer lo que yo le diga porque yo lo pago. 

El médico no da crédito a lo que ha escuchado. Los años de convivir con sus pacientes habían reservado el hueco a esa expresión a algún iluminado en una guardia, pero para ser sincero llevaba mucho sin oírla. Eso sí, es un viejo número uno de los cuarenta principales que nunca pasa de moda. 

La discusión suele cerrarse con amenazas veladas en la inconsistencia y una enorme tristeza que le amarga la boca al pobre médico como si se hubiera dejado el cepillo de dientes en casa y le hubiera sorprendido una vomitona. Sigue trabajando normalizando un pulso insólitamente disparado. 

Aquel día toda la comida le sabrá a estómago revuelto y vocación cortada. 





(Imagen del 40 aniversario de la famosa frasecita de la afamada marca de cosmética)


5 comentarios:

Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

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40 no, pero sí 35 años, eso que nos distingue de la Atención Secundaria.
El inefable y exclusivo "para eso le pago" del Médico de Familia.
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Continúan asimilando Seguridad Social y Sanidad.
Es de las pocas cosas universales de la Sanidad.
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Raul Calvo Rico dijo...

Tienes razón Juan Antonio. Es una coletilla que llevamos oyendo tantos años que hemos desarrollado mil y una forma de contestar, pero todas traducen la misma tristeza y fracaso

Julio Cuevas Morales dijo...

Perfecta descripción. En algunas ocasiones, con cabreo del paciente añadido, te sueltan " su sueldo lo pago yo", y qué hacemos? Pues seguimos pasando consulta.
Tenemos buenas tragaderas.

Raul Calvo Rico dijo...

No solo buenas tragaderas, es que nos gusta nuestro trabajo y la inmensa mayoría de nuestros pacientes son personas maravillosas que nos dan mil satisfacciones. A veces tendemos a juzgar el todo por la parte. Gracias por el comentario Julio.

moyes Andree dijo...

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Antes, nunca creer que era real hasta que lo confirme ahora porque tengo
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Que tomé, me quedé embarazada una semana después, y ahora tengo un hijo para
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