domingo, 10 de septiembre de 2017

Desorientación y nada más.

IEl médico avanza por el largo pasillo ojeando las dos hojas impresas que lleva en una de sus manos. Ha entrado saludando a un residente y a un par de las auxiliares. Se le ve seguro sobre el terreno, firme, desenfadado. Exhibe sonrisa y moreno a partes iguales, ese bronceado descansado de playa y pilas al cien por cien de carga. 

La enfermera se aparta para cederle el paso a la habitación. El se detiene brevemente y echa un vistazo al interior. Hay una  cama sin deshacer. La otra mira hacia la ventana. El cabecero está incorporado.  Sólo hay una sábana cubriendo un cuerpo huesudo, un tratado de anatomía ósea que se adivina incluso bajo aquella burda tela blanca. La boca parece empeñada en mantenerse abierta. Los pómulos sobresalen como queriendo escapar de la cubierta de piel macilenta. Los ojos están cerrados y la respiración alterna fases agonizantes con ritmos sosegados de siesta dominical. 



Hay un fino tubo escapando de una de las fosas nasales a algún lugar perdido detrás de la almohada. 

Una mujer bien vestida está en pie junto a la cama, con los brazos cruzados mirando al médico que no se decide a entrar. Detrás de ella, medio oculta, se muerde las uñas una chica joven. Querría estar en cualquier otro lugar, sin duda. 


Por fin el médico entra en la habitación. Interroga a la mujer despacio, dejándola hablar, dejándola soltar los miedos, que son cientos, miles, desde que aquel ser humano que ahora boquea y ronca a partes iguales dejó de ser el hombre fuerte y cariñoso que cogia a su hija en brazos y paseaba a su lado por el parque del pueblo para convertirse en esa caricatura con pañales y sonda nasogastrica que ni siquiera abre los ojos y que apenas lleva una semana en la residencia donde llegó desde el hospital para alivio secreto y vergonzante de una esposa y una hija que  siguen en el mismo estado de desorientación en el que quedaron aquel día en que dejó de hablar. 


Ahora esperan para que le hagan un agujero en la tripa por donde alimentarle porque apenas tiene sesenta años y ellas guardan la inconfesable y absurda esperanza de que las cosas vuelvan a ser como antes. Aunque de sobra saben que nunca volverán a ser así. 

El médico y la enfermera se afanan con sus aparatos, sus gomas y su jerga cada vez más incomprensible. La joven ha desaparecido. Cuando el médico termina su exploración, se vuelve y empieza a hablar, la mujer la busca con la mirada. Al verla esperando en el pasillo la llama por su nombre. Ella entra en la habitación como quien baja al último de los círculos infernales de Dante. 


El médico utiliza su tono de voz más sosegada. No ve cambios respecto a lo que escribieron quienes le dieron de alta en el hospital. La situación no da mucho más de si. La vida no da mucho más de si. 

Ella tiene miedo de que deje de respirar y nadie se de cuenta, tiene miedo de que deje de vivir aunque aquellos pellejos no contengan nada más que la sombra de su marido. O ni eso. 

El médico no puede quitarle esos miedos, no sabe. Así que le ofrece que elija el puerto en el que se sienta más segura. Pero ella no se siente segura en ningún lugar, no sabe dónde está, no sabe  nada. 

Llama a su hija y le pide que se convierta de repente en una adulta, la enfrenta a las decisiones pero ella se resiste a que la vida se la lleve por delante. No quiere ver que ya la ha atropellado. 

El médico ofrece una solución que no tiene nada de solución. Pero la mujer se agarra a ella como a un asidero en medio de un huracán. Al salir, toca el hombro de aquel pobre remedo de ser humano y lanza una mirada a la hija mimetizada con la pared. 

No queda nada en esa habitación, piensa mientras desanda el pasillo de camino a la calle. Nada. Solo una terrible y cruel desorientación en medio de la nada. 





5 comentarios:

Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

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Existe la creencia de: "La esperanza es lo último que se pierde".
Y también nos aferramos a ella transformando una mera ilusión en un deseo realizable.
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Mejor es creer que la esperanza es tener una vida con un bienestar y una calidad satisfactorios...
... y una muerte digna con soportes adecuados y proporcionados.
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Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

Nota adicional:
Los soportes a los que me refiero empiezan casi todos por la letra "C":compañía, confort, consuelo, "cedación",...

Rafael Gómez García dijo...

Se llaman también con C, Cuidados Paliativos. La sedación es una técnica más, no es la más importante, las dos técnicas más importantes también empiezan con C: Competencia y Compasión

Rodrigo Gutiérrez Fernández dijo...

Está claro que necesitamos brújulas frente a los clavos ardiendo...
Gracias por el post, amigo.

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias a los tres por vuestros comentarios. Solo un faro queramos o no, y deberíamos querer siempre, es una obligación ética con nuestros pacientes, y seguramente, uno de los motivos que nos hizo médicos. Un saludo.