lunes, 4 de septiembre de 2017

Indignación

El médico había entregado su gabardina al maitre que les había acompañado hasta la mesa con ese savoir faire que tanto envidiaban sus residentes, que imitaban sus gestos mucho más torpemente, sin dejar de admirar los oropeles del restaurante. La palmada en la espalda y las sonrisas de complicidad confirmaban la asiduidad que los jóvenes ya habían sospechado al ver a su tutor dirigirse sin titubeos a la mesa a la que empezaban a sentarse.

Una copa de Martini rosso colocada frente a él con prontitud servil y sin que mediara palabra fue el golpe de gracia  definitivo para aquellos dos chavales que no habrían tenido tanta admiración de estar sentados al lado del mismísimo James Bond. 

El médico era un hombre elegante, un cincuentón en casi perfecto estado de conservación: vestido con ese estilo casual con acento en la primera "a" que era de todo menos casual y barato, pelo entrecano que cubría holgadamente las vergüenzas del cuero cabelludo, y ni asomo de barriga ni de déficit de testosterona, a juzgar por las miradas que repartía y recibía entre las féminas con las que se cruzaba, casi a partes iguales. 


Degustaba su Martini a sorbos breves, como si estuviera sentado en la mismísima piazza Navona, mientras sus residentes hacían lo propio con los suyos, pedidos por el mimetismo que acarrea la admiración profunda e inconfesada. 

Justo tras la segunda mirada a su Tag Heuer apareció el cuarto comensal. Llegó disculpándose, con las hombreras de la chaqueta del traje azul empapadas  y renegando de la lluvia de última hora y de su mala cabeza, que le impedía recordar en qué puerta se había dejado abandonado el paraguas enorme, de golfista profesional, con el logo gigante de la empresa, que prometió regalarles a los tres en su próxima visita. 


Apuraron los Martinis mientras ojeaban la carta, aunque cuando el maitre hizo acto de presencia, el médico y el caballero del traje empapado sacaron un repertorio de entrantes y segundos que dejó boquiabiertos a los jóvenes residentes. El maitre asentía y alababa los gustos de los caballeros, añadiendo alguna recomendación de su propia cosecha que era recibida con expresiones de aceptación y a veces incluso hasta de júbilo. Las glándulas salivares de los residentes trabajaban a todo lo que daban de si, mientras los camareros llenaban sus copas de un tinto con aromas frutales que se escapaban de las copas a sus fosas nasales. 

- Hoy les he puesto bien firmes.- El discurso había empezado mientras paladeaban todos aquellos taninos y olores a barricas de roble.- Otra vez con sus cuentecitos sobre la prescripción, ese erre que erre que parecen que les tatúan en el culo a todos los gerentes. No quieren enterarse de que los médicos somos los reyes en nuestra consulta, que nuestra libertad de prescripción está por encima de cualquier cosa. 

Había indignación en su tono, que calmaba con pequeños tragos de vino, al tiempo que sus atentos escuchantes asentían e incluso, en el caso del caballero trajeado, acompañaba las aseveraciones de pequeños golpes sobre la mesa que hacían tintinear la cubertería. 

- Ahora es que nos atizan por todos los lados: informes de nuestra prescripción cada mes, visitas de las farmacéuticas a explicarnos lo fatal que lo hacemos y lo mucho que gastamos, zancadillas en el programa electrónico para desanimarnos. Pero vamos, que conmigo pinchan en hueso, ya deben tenerlo claro después de tantos años. 

Había platos de jamón que exhudaban su condición ibérica, unas gambas alineadas mirando todas ellas a su Huelva natal y una fuente de percebes que exhalaban olores de las rías gallegas. Se hacía difícil seguir el discurso en medio de aquella vorágine de dedos entrecruzándose sobre la mesa. 

- Y es que ya no dejan títere con cabeza, para ellos, todo el monte es orégano: que si los nuevos antihipertensivos producen diarrea y son muy caros, que si    los nuevos protectores gástricos no han demostrado nada mejor que los antiguos, que si los nuevos hipolipemiantes son demasiado caros y no hacen falta en prevención primaria. Esas son las cantinelas de siempre, - incluso masticando el jamón de pata negra era elegante, y se le entendía perfectamente todo lo que decía. Eso por no hablar de su destreza digital en el descabezamiento de crustáceos. - Pero ahora andan como locos con los nuevos antidiabeticos, que si son para unos pocos pacientes muy específicos, que no nos olvidemos de los viejos y fiables de siempre, que si solo han demostrado mejoras en parámetros, no en calidad de vida y tres cuartos de los mismos con los nuevos inhaladores, que qué caros para que el pobre bronquítico tenga un poco mejor el FEV pero viva lo mismo. En fin. Que quieren enseñarnos Medicina y se les ve el plumero: no tienen un duro y quieren que lo ahorremos nosotros a costa de nuestros pacientes. Pues van apañados. 

Terminó la soflama al mismo tiempo que dejaba al descubierto la carne rosada y gelatinosa del último percebe, lo degustaba con placer y recibía una calurosa ovación por parte del caballero trajeado, que había ido adquiriendo un tinte rosáceo en la cara, mezcla de satisfacción y de glotonería.  

- Pues conmigo, ni hablar. Y como yo, otros muchos.- Centraba su atención en las cocotxas con angulas que parecían flotar en una fina capa de aceite en su plato. Los jóvenes residentes trataban de permanecer atentos al discurso sin poder evitar estremecimientos de placer gastronómico al ir degustando sus platos. - Yo receto libremente sin que me influya nadie, sin que ningún jefecillo de empleo temporal venga a decirme qué, cómo y a quién. No lo han conseguido nunca y a mis años no creo que lo consigan. Y vosotros, que estáis empezando, aprended esta lección y que no se os olvide nunca: vuestra independencia es vuestra fuerza. 

Todos asintieron con las cabezas porque remataban los últimos bocados y daban salida a las últimas copas de la segunda botella de vino. Las cosas se apaciguaron a los postres y la conversación derivó hacia intrascendencias que les iban a llevar directamente a ver el último partido de Champions en un palco en el Bernabéu. 

Al levantarse, volvió a derramar sobre todos los presentes su savoir faire al colocarse la gabardina que le trajo diligentemente el maitre, mientras los residentes le seguían y el caballero trajeado se guardaba en el bolsillo de la americana su Visa y el recibo que acababa de firmar. 














6 comentarios:

Juan F. Jimenez dijo...

Simplemente genial, por lo que dice sin decir, y por lo que lucida y ludicamente transmite.

Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

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Otro excelente relato 👏👏👏.
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😔
Triste que sea delante de residentes o delante de personas sobre quiénes influimos.
😔
Triste que reivindiquemos valores negativos de nuestra profesión.
😔
Triste es que algunos indignados sean indignantes.
"Haberlos haylos".
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😵
Que penoso es ser un tarugo indignado.
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Tarugueo
Corrupción entre funcionarios públicos.
Soborno aceptado por funcionarios públicos.
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Raul Calvo Rico dijo...

Gracias a ambos Juanes: el relato dice y calla, para eso está la imaginación de cada cual. A lo mejor poca a algunas vergüenzas, incluso más ajenas que propias, aunque también algunas de éstas.
Mientras tanto, mantengamos la calma.

Alicia Alonso dijo...

Fantástico, como todos tus relatos. Me ha encantado lo de "unas gambas alineadas mirando todas ellas a su Huelva natal" 😂😂 no sé cómo se te ocurren estas frases tan geniales!

Rodrigo Gutiérrez Fernández dijo...

Gracias, como siempre, por tu claridad y honestidad, amigo: "...incluso masticando el jamón de pata negra era elegante, y se le entendía perfectamente todo lo que decía."
En efecto, se (les) entiende todo.
Abrazos.

Enrique dijo...

Claro, claro, claro.
Mientras, el Juramento Hipocrático con caligrafía antigua, que un día le regaló un representante, colgado en su consulta.