domingo, 27 de marzo de 2016

No lo vi venir

No reconocí su nombre en la lista. Unos apellidos corrientes que lo único que me decían es que había una paciente nueva esperando, un vistazo rápido a una historia clínica demasiado vacía, con apenas unos ibuprofenos y unos paracetamoles recetados.

La vi en una esquina de la sala de espera, sin hablar con nadie. Levantó la cabeza y me regaló una sonrisa con el poder de transportarme en el tiempo casi veinte años atrás, a épocas donde el agotamiento extremo recibía un chupito extra de oxígeno con una sonrisa igual a aquella. Me hizo un gesto que quería decir inequívocamente, trátame como una más, entraré cuando me corresponda, como no podía ser de otra manera. 

Desde aquellos años duros y felices, nuestros caminos se habían cruzado y separado tantas veces como las huellas en la playa. El azar nos había llevado a convertirnos en vecinos de centros de salud, y nos veíamos ocasionalmente en las reuniones con los jefes y algún que otro curso con ese apellido que recuerda tanto a la basura reutilizable. Y ahora la tenía esperando al otro lado de la puerta. Y yo me sentía nervioso e intranquilo. 

La recibí en la puerta, como a todos los demás. Volvimos a intercambiar esas sonrisas teletransportadoras, y ya con la puerta cerrada, dos besos de amistad sembrada hace años. Se sentó a mi lado y soltó un par de comentarios admirativos sobre la amplitud de la consulta y la sensación de intimidad que ofrece la cercanía de las sillas sin la barrera de la mesa. Casi no tuve que decir nada. Se notaban sus años de entrenamiento en las relaciones humanas, el manejo fluido de las distancias cortas que se desarrolla en la trinchera diaria de la consulta de la medico de cabecera. 

-No quería contar nada a mis compañeros del centro de salud, aunque me llevo muy bien con ellos. Ya sabes que son casi todos de otra generación. He estado dándole muchas vueltas y al final he decidido  ponerme contigo como médico de cabecera. Han pasado muchos años pero estoy segura de que podrás entenderme. 

La sombra de una consulta sagrada estaba instalada sobre nosotros casi desde el minuto uno. Y ella necesitaba pocas palabras y muchas orejas. Así que mis intervenciones se limitaron a dar pie e ir escuchando respetuosamente. 

-Cada vez me cuesta más concentrarme. He cometido un par de errores de novata y pedido perdón sonrojada como una adolescente. Mis pacientes perciben que algo no va bien. Me convierto inconscientemente en una máquina de hacer recetas, en una derivadora incapaz de asumir responsabilidades. Soy un peligro y cuando salgo de la consulta hasta que llego a casa voy sufriendo por haberme convertido en lo que nunca quise ser y se me hace un nudo en la garganta como el que tengo ahora mismo, un nudo amargo que se resuelve cuando siento el sabor salado de las lagrimas que me han empañado las gafas sin que me haya dado cuenta. Agradezco cada uno de los veinte minutos que tardo en llegar a casa porque esas lagrimas me vienen estupendamente, son una válvula de escape que me resulta imprescindible para enfrentarme a lo que me espera.

Los pañuelos de papel empiezan a adquirir protagonismo, al tiempo que parezco convertirme en una enorme oreja escuchante. Casi puedo ver cómo se van desmoronando los muros de aquella mujer acostumbrada a poner parches en las almas y cuerpos de sus pacientes y que se ha vuelto consciente súbitamente de su fragilidad. 

-Lo que más me duele es no haberlo visto venir. Yo, que cada día me enfrento a cincuenta personas que encierran secretos del cuerpo y del alma, que sabes que me dedico a esto con pasión, y no he sido capaz de verlo en mi propia casa. 
Llevo toda la vida a régimen, como mi madre y mis hermanas. Somos rechonchas y con tendencia a ganar peso, y sufrimos porque nos encanta comer, y nos saltamos el régimen con una mezcla de remordimientos y felicidad transgresora. Y así, una y otra vez. Pero somos felices, siempre lo hemos sido. 
Mi niña, la tercera, después de dos mocetones altos como su padre, fue regordeta desde niña. Reconocí en ella enseguida los genes de las mujeres de mi familia y me propuse que fuese feliz, como lo habíamos sido nosotras. Fue mi orgullo, capaz de sacarme una sonrisa con solo mirarla. Estudiosa, cariñosa, la niña perfecta. En casa siempre hemos comido sano, con nuestros pecadillos veniales, nada del otro mundo. Yo seguía con mis operaciones bikinis, mis cremas de adelgazamiento, y mi ropa deportiva desempolvada cada primavera, sin darme cuenta de que mi niña iba creciendo transformándose en una jovencita que se enfadaba cuando no encontraba talla en Zara y que miraba arrobada a las modelos con sus delgadeces extremas enfermizas. 
Día a día con los ojos cerrados a los kilos que iba perdiendo, a sus pómulos afilados, a la ropa de tallas cada vez más pequeña, a no sentarse a la mesa con nosotros. Una ciega que se ha sacado los ojos de sus órbitas voluntariamente porque su cerebro se niega a aceptar el sufrimiento que tantas veces he aliviado en otros. 
Ahora ya no sé si puedo ser médica, no sé siquiera si puedo ser madre. Soy un absoluto fracaso. 

Hubo un tiempo en nuestras vidas en que creímos ser súper héroes, en que pensamos que consolaríamos, aliviaríamos, curaríamos, acompañaríamos, como solo nosotros sabemos hacerlo. Hubo un tiempo en que fuimos orgullosos e inmortales, un tiempo de inconsciencia juvenil. E inevitablemente, llega un tiempo en que somos paridos a nuestra fragilidad, a nuestra futilidad. Y como todos los partos, el dolor nos aturde y nos descoloca. Y, sobre todo, nos escupe de nuevo a nuestra pobre, pero tierna, condición humana. 

Algún día, tal vez dentro de cien años, como ha ocurrido con el tabaco, nuestra sociedad asuma su responsabilidad y el paradigma comercial de la belleza física deje de regir nuestras vidas, y las personas volvamos a ser felices con nuestros cuerpos normales y nuestras tallas comunes y corrientes. Y quizás ese día, lloremos por tantas y tantas personas que quemaron sus vidas en el fuego mentiroso de una sociedad hedonista y cruel. 



La foto corresponde a los vergonzosos maniquíes que exhibe ese paradigma del triunfador en una de sus miles de tiendas. 


7 comentarios:

mibiciyyosiemprejuntos dijo...

Me ha gustado mucho tu ultima entrada en el blog. Muchas reflexiones en tan pocas líneas.
Como otras tantas veces, enhorabuena.
PD: Gracias por ampliar mi vocabulario (futilidad = Cosa inútil o de poca importancia).

Juan Antonio García Pastor dijo...

Buena entrega. Me ha llegado.
Somos vulnerables a lo cotidiano y es importante cómo gestionemos esa vulnerabilidad.
Sólo haciendo las cosas de forma adecuada, pueden que salgan bien.
Si la historia es cierta, todo mi apoyo y consuelo a tu amiga.
Ya se ha dado cuenta y sólo así puede generar algún cambio.
Seguro que hasta ahora había dado lo mejor de sí misma en cada momento y en cada entorno.
Desprende ser buena persona.
Un abrazo.

Matilde Matarredona Martinez dijo...

Ahora que los ojos han vuelto a las órbitas a luchar, a luchar por ser feliz con tus kilitos, buscar una modista que sepa poner las pinzas donde corresponden y a preparar en común ricas viandas... Lo difícil está hecho y es que "vuelvan los ojos a las órbitas".... Muchas gracias por el relato, si es real esa mujer no ha fracasado ni como madre ni como médico...

Juan Antonio López Rosique dijo...

Gracias. Cómo no lo vi venir. Yo tambien me he dicho lo mismo en algunas ocasiones.
Muy bien escrito.

Raul Calvo Rico dijo...

Muchas gracias a todos por los comentarios. Todas las madres con una hija con un trastorno de la conducta alimentaria son esa mujer. Y todas las médicas de cabecera que abandonan la seguridad de su invulnerabilidad (ilusoria), también. De nuevo, gracias por vuestra amabilidad.

Marta Mar dijo...

Gracias por tu relato, tan cercano.

Gloria Colli dijo...

Preciosa historia.¡Y tan bien contada! Me he sentido identificada, porque nunca como médico te puedes "fiar" de tu ojo clínico con la familia. Hay que asumirlo y delegar. Por nuestra salud mental y la salud física de los nuestros. Gracias por compartir, y descubrirme de paso tu blog ;)