lunes, 8 de agosto de 2016

Holgazanólogico

Las últimas guardias previas a las vacaciones son terribles. El calor aprieta y no lo mitigan los aires acondicionados de la consulta ni del coche. Las bermudas, los morenos, las suturas de las heridas piscineras, el puntillo verbernero en los ojos de los pacientes, esa pregunta picarona sobre las mixturas de analgésicos y enoles variados, todo contribuye al efecto llamada. Sólo que la llamada nos pilla sin los tapones de cera de Ulises para las orejas y estamos a un paso de abandonarnos en los brazos de las sirenas. Como el propio Ulises, sobrevivimos atados por la profesionalidad al mástil de la famosa atención continuada o urgencias, a gusto del consumidor. Sobrevivimos, sin más.

El domingo de agosto achicharraba las neuronas, y parecía decidido a llevarnos de pueblo en pueblo en un tour barato sin derecho a micción gratuita. Era la primera guardia que compartía con mi nuevo residente, a su vuelta tras un primer mes de estancia en el servicio de urgencias del hospital, el aviso de una "mili" que promete dureza y pocas bromas. La verdad es que traía ojillos de perrito expósito agradecido.


En la última salida, abandonamos a la enfermera en la consulta nadando en un mar de silvedermas y linitules. Ustedes me perdonarán por el continuo metaforeo marítimo. Era la hora punta, el mediodía de los servicios sanitarios, y nos llamaban a capítulo de uno de los pueblos de la perifería (con acento, como les gustaba a los profesores pedantes de la Facultad).

Un fuerte dolor abdominal retorcido en una hernia umbilical eran los causantes, así que, dada la temporal inutilidad de la presencia de los servicios médicos en la consulta, decidimos no demorar las cosas innecesariamente. La informática nos ofrece cierto consuelo a quienes vivimos de la longitudinalidad, y tampoco se tarda tanto en un rápido vistazo a informes hospitalarios, ingresos, medicaciones y otros antecedentes, un repaso pre-examen de última hora, de los que son siempre de agradecer para no aterrizar con las posaderas al fresco.


Así que allí nos encaminamos. Los kilometros esteparios se prestan a conversaciones de enjundia. Bueno, para que nos vamos a engañar, es que uno es un plasta de categoría. Hablábamos sobre ese pecado tan humano de la vanidad, que siembra en nosotros pensamientos sobre la consideración que despertaremos en nuestros colegas: pensarán que cómo me atrevo a derivar a este enfermo al hospital, murmurarán que cómo no me he dado cuenta de tal o cual síntoma, sonreirán ante mi ignorancia por no haber utilizado éste o aquel tratamiento.

Intentaba espurgarle de semejantes defectos, por el procedimiento místico de pensar exclusivamente en el paciente, y mandar a tomar por donde amargan los pepinos lo que puedan decir de nosotros. Pero el misticismo, ya se sabe, tiene cierta tendencia a caer en manos inquisitoriales. Cuestión de fe.

En estas disquisiciones andábamos cuando llegamos a la dirección. Diez años haciendo guardias esconden la alegría de reconocer ciertas casas, recordar haber estado antes allí. Llegamos a la cabecera de la cama al mismo tiempo que mi cerebro ponía cara a todos los datos fríos que había recogido antes de salir.

- ¿Se acuerda de mi?
- Sí, hombre, el del cólico 
- ¡Está  visto que tenemos que vernos siempre en un ay!

Risas mientras nos apretamos la mano en un saludo de esos de pulgares cruzados tan de colegas que allanan todos los caminos. Luego aparto con cuidado la otra mano con la que esconde un bulto deforme que duele como todos los demonios y empiezo a manipular suavemente aquella anormalidad mientras entablamos una conversacion a la que le faltan las cañas y las aceitunas. Me gusta aquel hombre, con barbaza de sindicalista de la transición, y un cáncer de pulmón que le ha dejado una cicatriz de mordedura del tiburón de Spielberg.

- ¡Holgazanológico! - me dice cuando por fin notamos un borboteo en las tripas y el dolor desaparece como por ensalmo. - ¿No sabe lo que significa? ¡Dolores de holgazán!

Y nos ponemos a reirnos como si hubiéramos escuchado un chiste de gangosos de Arévalo. Se queda con un apaño a modo de faja de esos de los médicos de las trincheras, contándome los chascarrillos con los que se reía con el oncólogo y nos marchamos por donde hemos venido, de vuelta a las charlas filosóficas de la canícula y a dejar escurrirse las horas hasta que volvamos a ver el mar.