lunes, 1 de agosto de 2016

No tengo pueblo

No tengo pueblo. De niño, en mi pequeña ciudad provinciana, me costaba encontrar a alguien que sufriera ese mismo descaste. Al fin y al cabo, las ciudades llevaban décadas convirtiéndose en los sumideros de un país emperrado en abandonar el campo, un país donde la ruralidad era sinónimo de antiguo, de Corpus y capote de Guardia Civil, un país que quería llenarse la boca de Europa y de modernidad, así que le iban sobrando las grasas saturadas de los pueblos, empeñadas en engordar la cintura de sus ciudades, las de siempre, y las inventadas, las dormitorio o las del cinturón obrero, las pijas de los nortes, o las macarras de los sures.

Así que, en ese trastorno de la personalidad patrio, los niños eran embutidos en los utilitarios los viernes por la tarde y marchaban sin cinturones de seguridad y con las ventanillas bajadas hacia los pueblos de los abuelos. Allí se encontraban con los primos, y los primos de las primas de las hijas de las hermanas de leche, y se montaban en sus bicicletas y se bajaban al río a fumar a escondidas o a jugar a la botella, o se iban a pescar cangrejos con sus tíos de madrugada, o a correr detrás de los galgos por los sembrados. 

Y a la vuelta, morenos y lustrosos, contaban hazañas y aventuras, o se las inventaban, que a veces era mejor que haberlas vivido, porque en las invenciones no cabían los miedos ni las broncas o los cachetes de los padres. Y yo, con cara de imbécil, no sé si alguno más, no consigo recordarlo, pero no creo que muchos, yo, con cara de idiota me iba a casa jodido, renegando de la suerte que me había tocado, porque, yo, no tenía pueblo. 

El único atisbo de pueblo me quedaba lejos, en distancia y en generaciones. Pero era lo único que tenía, a pesar de no haber ido nunca, a pesar de no saber si aún quedaría alguien con una traza de mi ADN entre sus cuatro casas. Soñaba con que mis padres heredaban una casa antigua, de piedra, con una puerta enorme de madera gruesa, y volvíamos allí en las vacaciones, y al regresar, abandonaba el coro de escuchadores para convertirme por fin en relatador. Pero eran sueños de niño. La amarga realidad era que no tenía pueblo. 

Y aquella amargura no se atenuó cuando volví a la gran ciudad a abandonarme en la Medicina. Los pueblos se volvieron más lejanos, más variados y pintorescos, pero seguían estando presentes, sin distinguir clases sociales, de los cortijos a los chamizos junto a un embalse, aquel sentido de pertenencia, aquel enraizamiento parido desde la plaza, desde el pilón, desde los quintos y las comparsas, desde el camino hasta las eras, desde la huerta, aquella Candelaria, aquella Virgen de agosto, aquella matanza, aquel vareo, aquellos huevos de corral, me daban una soberana envidia y alguna cosa removían dentro de mi, algo que yo aún desconocía, como nos desconocemos a nosotros mismos, con inocencia. 

Luego vinieron los kilómetros de consulta en consulta, los cafés con leche en vaso en el bar de la plaza, el ritmo caribeño de la vida, el mercadillo de los lunes, las ancianas de negro en la puerta mirándote con ojos de qué joven eres para saber lo que a mí me pasa, el caso es que ya médico, qué barbaridad, ahora que, como don Alfonso, y ese algo desconocido dentro de mí que, empeñado en su anonimato, sin dejarme diagnosticarlo, va encargándose de crear una zona de confort en mis entrañas, algo cálido que te empuja a buscar un barbecho donde instalar ese cerro de raíces que llevas al aire desde hace tantísimos años. 


Y cuando por fin has madurado lo suficiente, el diagnóstico de eso que crecía en tu interior te viene solo, y sin necesidad de ponerle nombre. Has renunciado a otras plazas más urbanizadas, donde cuesta más ver las balas de paja apiladas tras la siega, Y te encuentras en la Misa mayor de las fiestas del pueblo donde llevas ya diez años de médico, con  toda tu familia en los bancos traseros de la iglesia. Recuerdas cómo te quería el padre de la mujer que pasa el cepillo, y te dice en bajito lo guapos que son tus hijos. Recuerdas la borrachera hipoglucémica del paciente que canta fervoroso en el último banco, y como os reísteis cuando se recuperó. Tratas de consolar a la hija del señor que han ingresado este fin de semana, y que tiene que contener las lágrimas cuando se acerca a contártelo. Saludas por su nombre a todos los que se cruzan contigo, el abuelo que obliga a sus nietos veinteañeros a acercarse a darte la mano, orgulloso como pocos de esos dos hombres a los que limpiaba los mocos hace unos minutos. Coges en brazos a la pequeña que en la consulta te abre los cajones y te saca lo que encuentra, bromeas con el pequeño que metió el miedo en el cuerpo de todos cuando pasó dos noches en la UCI. No consigues pagar la cerveza que te has tomado y tienes que disculparte para no salir del bar con tres o cuatro más en el cuerpo. 


Miras a tu alrededor y detrás de las caras ves las historias, en realidad, sólo pinceladas de las historias,  el resumen de un niño pequeño de Guerra y paz. Pero te basta. Y te marchas sonriendo, porque al final la vida ha sido justa en esto contigo y al menos por esta vez, ha saldado su deuda. 



  





2 comentarios:

Pedro Lozano Gago dijo...

"Tu eres más de pueblo que una alpargata!" Pero en el buen sentido. Ojalá mucha más gente viviera la ruralidad con tanta pasión y tanto entusiasmo como tú. Qué bonito Raúl!
Conforme se lee se ve la dirección hacia donde ibas, y cómo acabas dónde acabas, con el pecho hinchado o henchido. Enhorabuena!

Ali Cuenca dijo...

Que historia tan tierna. No he podido evitar sentirme identificada con esa infancia en el pueblo. 😊