lunes, 19 de septiembre de 2016

Con el alma quebrada

Había pasado un año, más o menos. Estaba sentado en la cocina protegiéndome contra el Alzheimer con mi dosis estratosférica habitual de cafeína vespertina cuando oí barullo en la zona de las administrativas. Como parecía un barullo de tintes amables, decidí saborear los segundos de tranquilidad y soledad previos al inicio de la jornada, seguro de que la marea emotiva no tardaría en inundar mi remanso de paz. Y así fue. Como si hubieran abierto la puerta del cine, entraron en la cocina un tropel de compañeras y compañeros rodeándola, asaetándola a preguntas y zarandeándola entre besos y abrazos como un Mr Marshall que al fin hubiera parado en Villar del Río. 

Ella tenía hueco reservado en el corazón de todos, una plaza de aparcamiento en nuestras vidas con su nombre pintado que se había ganado a pulso por una rareza de la naturaleza: por ser inmensamente buena. Yo la conocía hacia al menos dos siglos. La recordaba con unas gafas enormes y el pelo cardado, casi sepultada entre libros y apuntes, riéndose de mis trastadas en clase con la condescendencia de quién no alberga dudas sobre la existencia de un fondo aprovechable dentro de mi. Igual era la única persona que no tenía esas dudas, incluyéndome a mí mismo. Entraba y salía de mi vida por las confluencias en clases y prácticas que propiciaba el azar de las iniciales de nuestros apellidos, y mis inevitables irregularidades académicas, por decirlo de un modo amable. 

Luego, el millón de caminos del destino pareció que dejaría nuestros encuentros en la memoria o en el olvido, hasta que una pobre mujer tuvo que guardar reposo durante todo su embarazo y el joven y flamante médico de familia itinerante la sustituyó en su consulta inmensamente feliz de saborear una continuidad que le permitiera pasar al menos una vez, todas las hojas del calendario de mesa con chistes de Forges. 

Y, así es la vida, tres puertas más allá, con unas gafas mucho más pequeñas y un pelo mucho más liso, enfundada en una bata repleta de chapas y libretas, el destino había hecho un requiebro de los suyos y volvía a cruzarla en mi camino. Solo tardé unos segundos en reconocer la semilla que había sembrado ya a su alrededor, en los apenas seis meses que hacía que se había incorporado a su plaza después de aprobar la oposición, los saludos de sus pacientes en la sala de espera, las tres o cuatro veces que se detuvo a cruzar unas breves palabras con una mujer, con un niño, con un abuelo, la atención que la prestaban el resto de compañeros cuando me presentaba como un viejo amigo. La gente buena simplemente brilla. 


Durante unos meses fui feliz en ese trabajo. Vivía la fantasía de ser el propietario de esa plaza, y las fantasías siempre suelen ser benevolentes. Antes de empezar, nos juntábamos en la cocina a atiborrarnos de café matasiestas y charlábamos sobre el trabajo, salpicándolo de vez en cuando con alguna anécdota prehistórica, de esas que cada vez tiene menos carga de realidad. Y un día, ocurrió. 

Por alguna razón que desconozco, las tardes suelen tener salas de espera más silenciosas, como si la gente temiera despertar a los vecinos o como si añoraran en silencio estar en cualquier otro lado. O quizás sea, simplemente, el día languideciendo. No se. Así que los gritos me sonaron desproporcionados y desubicados. Mi paciente y yo miramos hacia la puerta de la consulta alarmados. Un golpe fuerte, como una silla cayéndose, y un portazo, fueron la espoleta que me levanto del sillón y salí al pasillo. Solo vi gente de pie, unos señalando hacia la salida, otros gritando, otros como pasmados, y la puerta de su consulta abierta. Cuando llegué, ella lloraba abrazada a una enfermera, tapándose con una mano la mitad de su cara, que escondía una hinchazón que amenazaba con cerrarla el ojo en breves instantes. 

Había pasado un año más o menos. Ahora volvía a entrar en la cocina entre palmas como en Domingo de Ramos. Sonreía detrás de sus gafas un tanto infantiles, desbordada por el recibimiento, asumiendo la inevitabilidad de aquellas efusiones, pero deseando que terminaran cuanto antes. La rutina diaria recolocó a cada oveja con su pareja y nos quedamos los dos solos con nuestros tanganazos de café con leche en la mano. 


Todos sabíamos el infierno que había pasado en aquel año. Sabíamos que el tipo aquel había ido a pedirla cuentas, convencido de que su mujer había decidido dejarle después de las conversaciones con su doctora. Sabíamos que ella había decidido aislarse, marchándose, desapareciendo durante muchos meses, a pesar de que de tarde en tarde contestaba alguna de nuestra llamadas "para que no os preocupéis, que estoy cada vez mejor", sonando tan triste que después de cada llamada, pasábamos una semana como si estuviéramos encerrados en el más triste de los otoños. La habíamos visto en el juicio deseando estar en cualquier otra parte y habíamos respetado su segunda desaparición tras la sentencia. 

Y ahora, sin previo aviso, estaba frente a mí saboreando su café. 

- No sé si podré volver. No tengo ninguna confianza, llevo un año hundida en una sensación de fracaso y, la verdad, es como si tuviera las piernas metidas en cemento aún líquido. El problema es que siento que se está solidificando y me quedaré ahí atrapada. No sé si podré volver, y lo que es más grave, no sé si quiero volver. Lo malo es que soy médica y nada más. O lo bueno. Quién sabe. Así que me voy a sentar ahí, a tu lado, como si fuera una estudiante, y vamos a ver qué es lo que pasa. 

Terminamos los cafés, y sin mediar más palabras, nos metimos en la consulta. Estaba claro que no sería fácil. Ni tampoco que fuera a terminar en éxito. Pero al menos, había que intentarlo.